Por vergeles valencianos

Elevadas chimeneas que empujan sus penachos hasta las nubes.

Los abundantes y limpios chorros de agua, tras llenar los enormes depósitos, se esparcen por doquier en mil cruces y direcciones.
El Loquillo de Belén
Cuando el amor de Dios penetra en las almas y éstas se le rinden con toda generosidad, produce en él tan admirables efectos, que no es dado a la capacidad humana el calcularlos, ni aún con una remota aproximación, porque las eleva, colocándolas en un plano sobrenatural, las transforma, las diviniza y las enloquece.
Así, es propio de los santos enloquecer por el amor de Cristo, y es precisamente la más feliz, razonable y sublime de todas las locuras, esa inefable locura de la santidad...
Víctima de ese divino enloquecimiento fue de la más completa y acabada manera el corazón seráfico del Pobrecillo de Asís; pero él, tan dado a la sencillez y a la pobreza, que estáis virtudes llegaron a personificarse del más admirable modo en su fisonomía espiritual, tenía que enloquecer y enternecerse más especialmente ante aquellos misterios de la vida de Jesús, en los que su amor a los hombres, se manifiesta bajo el dulce y tierno velamen de la pequeñez y de la humildad.
Y así fue efectivamente, porque Francisco, hecho y a presa fiel en las redes dulcísimas del amor de Jesús, empezó a obrar locuras, que si bien para el mundo fueron motivo de escarnio primero, de edificación después, semillero de nuevas locuras más tarde, y al fin causa de suprema admiración y alabanza; para el cielo fueron desde un principio actos de gran mérito, por medio de los cuales Francisco logró a granjearse la predilección especialísima de Dios, que llegó a hacerle estampa viva y copia fidelísima y palpitante de su Hijo Unigénito Jesucristo.
Pero en todos estos estragos divinos del amor de Jesús en S. Francisco, siempre campea como luz de radiante claridad que baña hasta los más insignificantes destellos de su vida, el apego de su alma a lo pequeño, a lo sencillo, a lo tierno y delicado; siempre resplandece la humildad del Serafín entre todas sus virtudes, como brilla el sol con esplendor inmenso entre todos los demás astros.
En ese ambiente de pequeñez seráfica en que se desarrollaba el amor delirante de Francisco hacia Cristo Jesús, resulta mu y natural, aunque siempre conmovedora y sublime, la locura del Pobrecillo ante las inefables ternezas de la cuna de Belén... La visión de Jesús Niño en el pesebre, la contemplación de Dios, hecho debilidad, ternura y pobreza por nuestro amor, hizo temblar de emoción todas las fibras delicadas y sentimentales de Francisco y puso en sus labios un grito de amor tan intenso, que ni antes de él había sido pronunciado nunca, ni después ha podido repetirse con la fuerza y el delirio con que brotó del corazón del Serafín...
Llevado Francisco de su amor a Jesús y de su celo por la salvación de las almas, visitó los Santos Lugares de Palestina, con el único anhelo de sentir más de cerca la influencia de Jesús, viviendo en su mismo ambiente, y con la única sed de dar su sangre por el amor de su Amado, que le abrasaba... Allí tuvo la dicha de visitar la humilde cuevecita de Belén, donde Jesús nació, convertida en piadoso santuario, y allí sintió derretirse y enternecerse su corazón, grabándose en su fantasía impresionable y joven hasta los más mínimos detalles de aquello que vio y admiró y veneró con todas las ternuras de su alma.
Regresado a Italia, nunca se borró de su imaginación el recuerdo de aquellas santas cosas, y un año, al celebrar los divinos misterios de las fiestas de Navidad, se sintió enloquecer, pero con una locura tal, que ya no la pudo contener dentro de su corazón tan grande...; y tuvo que estallar; y Francisco, hecho como un niño también por el amor de su Niño Dios, empezó a gritar y correr por todos lados, con muestras de tanto júbilo que a todos se contagiaba su alegría, y nadie podía contener el desbordamiento de aquella locura, porque Francisco clamaba incesantemente y con todo el delirio de su enamorado corazón: «SOY EL LOQUILLO DE BELEN», «SOY EL LOQUILLO DE BELEN»...
Otro año, el Loquillo, al prepararse a celebrar tan sacratísimas solemnidades, concibió el risueño proyecto de enloquecer también a los demás ante la contemplación de Jesús Niño; y poniendo manos a la obra, se valió de un gran amigo y protector suyo, para arreglar una cueva existente entre las rocas de los montes cercanos a Greccio con toda la semejanza posible a la cueva de Belén, y en ella celebrar los misterios de la Noche buena.
Allí mandó colocar un pesebre lleno de paja, una mula y un buey, y el parecido logrado con estos artificios de Francisco fue tan perfecto, que los Ángeles sonreirían gozosos desde el cielo ante aquella cabañita de Belén, y se sentirían con ansias de bajar de nuevo a la tierra para cantar él himno de la gloria y de la paz...
Se celebró allí la santa Misa a media noche, con asistencia de los frailes de Fonte Colombo y de fieles de toda la comarca. Francisco cantó el Evangelio como Diácono que era, y luego predicó a los fieles, hablándoles con tan divina y celestial unción, que todos quedaron enternecidos, y fueron sus palabras la fecunda y feliz semilla de la locura que él quería injertar en los corazones de sus oyentes. Pero no acabaron ahí las maravillas de aquella noche memorable pues el mismo Jesús, que bajo el velo de las Especies Sacramentales había reposado sobre aquel pesebre que el amor de Francisco le preparara, quiso manifestarse ostensiblemente, para que nada faltase a aquel nuevo Belén; y en forma de gracioso y tierno, niñito, descendió del cielo aquella santa noche a los brazos de Francisco; mientras él radiante de divino esplendor se transformaba acariciando al dulce Dueño de sus amores, y todos los concurrentes se sentían abrasar en el amor de Aquel, que vino al mundo y murió en la Cruz para salvarnos...
¡Oh cuanto puede amor de un Santo!...
Aquel chispazo de Greccio repercutió rápidamente por toda Italia, por toda Europa, por todo el mundo; hizo sonreír al cielo y temblar de júbilo a la tierra, tanto, que hoy después de más de siete siglos que tuvo lugar aquel acontecimiento, vemos aún renovarse y repetirse por todas partes los belenes, ante los cuales las almas sencillas se enternecen, cantan, suspiran y lloran de alegría...; porque Dios ha querido así hacer fecundas y duraderas hasta el fin de los siglos las obras de aquel, que para gloria suya y ejemplo nuestro se llamó v fue realmente en vida EL "LOQUILLO" DE BELEN...
Jesús Galbis
Valencia, 25 Diciembre 1928.
Charlas catequísticas o instrucciones religiosas
Extendida por todo el mundo la religión cristiana, y debiéndole a ella nuestra civilización, interesa a todos saber, que qué es dicha religión; pero los cristianos especialmente, deben conocerla bien y tener de ella ideas claras.
Quien ignora la religión que profesa, tiene justo motivo de confusión.
En los tiempos actuales no basta anunciar simplemente las verdades de la santa religión, sino que es necesario dar razones que satisfagan a la inteligencia, y como el catecismo es muy lacónico y necesita explicaciones que muchas veces no se pueden obtener, o por falta de tiempo o de persona competente, explicaremos, en estas charlas mensuales, aunque brevemente, en forma clara y con razones sólidas, acomodadas a la inteligencia de todos, qué es Religión.
RELIGION es, el conjunto de los deberes del hombre con Dios.
La religión verdadera es la que enseña a servir a Dios como El quiere ser servido, no como a nosotros nos agrade.
La verdadera religión también nos enseña de dónde venimos, para qué estamos en la tierra, y cual será nuestro paradero después de la vida presente.
El asunto de la religión es, pues, el más digno de estudio para todo hombre de sana razón.
La primera obligación que tenemos todos sin distinción de clases, estado, sexo ni edad, es procurar conocer y practicar la verdadera religión.
Nada teme tanto la religión verdadera como el ser ignorara; pues quien la conoce bien, no puede menos que amarla sinceramente, a no ser que tenga el corazón enteramente corrompido.
La mayor parte de las personas que aborrecen la religión, la aborrecen porque no la conocen.
José Mª Luca
(Continuará)
Fulgores eucarísticos
Al P. Miguel Alonso Martell, guardián del convento de Beniganim en sus Bodas de oro sacerdotales
Hermoso, halagador y sorprendente Pero más bello, grato y deleitoso Hoy se han cumplido veinte y cinco años Y junto con el Pan sacramentado Mas hoy después de veinte y cinco años |
Y como el astro rey al descansar Pues vos durante veinte y cinco años Como fiel y amoroso jardinero Como Pastor y Médico solícito Henchido y deslumbrante de esplendores |
Fr. Bernardino Mª Rubert Candau, ofm
Onteniente, 27 - XII -1928
Temas de liturgia
El Misal y la Gallofa
De entre los innumerables temas de liturgia sagrada que más poderosamente llaman hoy nuestra atención y reclaman de nosotros un auxilio que no sabemos ni podemos negarles, tomamos los que se refieren a la Gallofa regular y al Misal propio de las Ordenes Religiosas estrictamente obligadas al coro, en cuanto son comunicables a las Congregaciones e Institutos religiosos de ambos sexos que carecen de ellos o que su derecho a los mismos es de carácter puramente convencional, como lo veremos más adelante.
Los que miramos estos libros con veneración y respeto, los consideramos merecedores de una suerte más venturosa. Tanto de parte de las Congregaciones e Institutos religiosos afines de las Primeras Ordenes exentas que los poseen con derecho propio y con agrado los comunican a quienes pueden y quieren aceptarlos, cuanto de los señores sacerdotes que para la celebración de la Santa Misa acuden a las capillas semipúblicas, oratorios principales o iglesias donde ellos rigen siquiera en virtud de privilegio libremente aceptado por los encargados de las mismas, hay derecho a pedir algo más de lo que ordinariamente se les concede. No extrañe, pues, nadie que nos duela en el alma verlos postergados, menospreciados o relegados a culpable olvido, máxime si se trata de personas que debieran acatarlos y exaltarlos reconociendo su mérito integral, la brillante historia de la Orden respectiva y el indiscutible derecho litúrgico de los que les abrieron las puertas de sus casas o se les sirven en las sacristías.
Decir de nuestra parte a unos y a otros, siempre con estilo claro y sencillo, especialmente a los dignos sacerdotes que frecuentan dichas casas, a los Religiosos nuestros hermanos que laboran por el bien de ellas y a las Congregaciones piadosas ya agregadas a su respectiva Primera Orden de varones exentos de la jurisdicción episcopal todo cuanto pueda interesarles sobre este mismo tema, es lo que ahora guía especialmente nuestra pluma, agudiza nuestro entendimiento y lleva adelante el desarrollo de nuestro plan litúrgico.
Aspiramos a dar a conocer a quienes convenga, que es oportuna, racional y legítima la introducción litúrgica del Directorio regular y del Misal de la Orden respectiva en los oratorios, iglesias y capillas principales de los Institutos religiosos y Congregaciones piadosas de ambos sexos que por su origen, forma de agregación y especial desenvolvimiento, guardan alguna, relación o unión íntima con las Ordenes regulares que les sirven de madres hasta franqueárseles tesoro de sus obras meritorias. Lo cual tiene perfecta aplicación en todos los lugares aquí aludidos aunque no se rece en ellos de comunidad el Oficio divino eclesiástico, sino tan sólo el Oficio parvo de la Santísima Virgen María u otras preces de costumbre o de reglamento particular, como las de aquellas Congregaciones que después del Oficio parvo conmemoran el Santo o Santos del día.
Entra también de lleno en nuestro propósito desterrar de ciertas sacristías administradas por varias Terceras Ordenes regulares de mujeres no obligadas al coro, esa espantosa, molesta e inexplicable confusión de ideas u opiniones encontradas que poco a poco se han ido infiltrando en ellas hasta adueñarse de casi todo el campo. Nos referimos ahora a unos hechos rigurosamente históricos que dan lugar a frecuentes y deplorables cambios de liturgia en la ordenación y celebración del Santo Sacrificio de la Misa en una misma iglesia o capilla semipública de carácter principal. Pues sucede no pocas veces en esos lugares que se presentan dos gallofas y dos misales de rito diferente a un mismo sacerdote, tanto del clero regular como del secular, para que él: escoja el que más le plazca, o se le pregunta candorosamente qué Misal y qué Gallofa quiere, así que entra en la sacristía, para celebrar, cual si esto dependiese de la voluntad de cada uno. Y, francamente; tales abusos reclaman una pronta y eficaz enmienda, ya que nunca podrá autorizarlos la liturgia sagrada. Esa liturgia que se merece respeto y veneración de todos.
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En rigor de verdad, para la ordenación y celebración de la Santa Misa, tanto para los sacerdotes del clero secular como para los del clero regular, no hay en toda la iglesia latina más que un sólo Misal y una sola Gallofa: la Gallofa y el Misal de Iglesia universal, que reciben el aditamento de Misal Romano y la Gallofa eclesiástica.
Estos dos libros, litúrgicos, únicos en su clase, sirven de norma y guía para los Misales y Gallofas de las iglesias, oratorios y capillas de todos los países de rito latino. Pero estas Gallofas y Misales de utilidad meramente particular, que por su ingente multitud y variedad no es cosa fácil reducirlos a número, no pueden discrepar de su respectivo modelo en lo que a la sustancia se refiere. Sus cambios afectarán, por ejemplo, a sólo la introducción de Oficios nuevos, al traslado de fiestas determinadas, a la ordenación litúrgica y simplificación de Oficios y Misas de carácter local o regional, y a la modificación temporal o perpetua con que han de celebrarse las que por derecho o privilegio legítimamente están concedidas a cada iglesia u oratorio particular.
Así, cada una de las diócesis del clero secular y de las Provincias o Custodias regulares de las Ordenes religiosas aquí aludidas, tienen para sí en toda la iglesia latina del orbe católico, su Gallofa propia y su apéndice de Misas estrictamente locales para natural complemento del Misal Romano o del Regular respectivo. En el primer caso se llaman Gallofas romano-diocesanas, y de ellas se sirven únicamente los miembros del clero secular para la debida ordenación litúrgica de los Oficios eclesiásticos y de las Misas en los oratorios e iglesias de su pertenencia, como también los Institutos religiosos y las Congregaciones piadosas que no lo tienen propio ni tampoco apropiado, ora sea que carezcan de él por ley litúrgica, ora por negligencia o descuido en apropiarse el que tal vez la ley les conceda. Gallofas, Calendarios o Directorios propios es el calificativo que en el segundo supuesto más directamente afecta a las diversas Epactas eclesiásticas de las Ordenes religiosas e Institutos regulares que ni para el Oficio divino del coro ni para la celebración de la Santa Misa en sus iglesias y oratorios públicos ni semipúblicos toman nunca para sí la Gallofa diocesana.
En este sentido tienen Misal y Calendario estricta y absolutamente propios aquellas Ordenes religiosas de varones obligados al coro y con votos solemnes perpetuos, a las cuales el Derecho canónico-regular declara exentas de la jurisdicción ordinaria de los respectivos Señores Obispos. Y éstas son las únicas Ordenes religiosas que pueden extender y que de hecho extienden el privilegio de tales libros litúrgicos a los Institutos y Congregaciones de ambos sexos que les están legítima y actualmente agregadas. Pero estas últimas, una vez que los han aceptado y recibido de aquellas, oficialmente y para toda la Corporación, sea cual fuere el número de sus casas, los tienen apropiados y los usan recta y adecuadamente en sus iglesias y oratorios de toda especie, sin que obste nada en que se les dé el nombre de propios; pues lo son, aunque sólo en sentido lato. Lo cual vale tanto para solo la Misa, cuando no hay lugar a más, cuanto para el Oficio y la Misa juntamente, si las Comunidades que los adoptan en debida forma vienen obligadas al coro en razón de sus votos y clase de profesión religiosa, o rezan el Oficio eclesiástico en virtud de su ordenación clerical en la Iglesia de Dios.
Carecen en cambio de Misal y Calendario regulares aquellas otras Congregaciones e Institutos religiosos, así de hombres como de mujeres que no los tienen propios en ninguno de los dos sentidos arriba dichos, ora sea porque hayan descuidado el uso legítimo de sus privilegios, ora porque no mantengan las relaciones indispensables de origen y de agregación o de interna comunicación con las Ordenes religiosas de varones que podrían comunicárselos y que de hecho se los comunicarían si los pidieran legalmente.
Las casas religiosas que los tienen propios o que se los han apropiado en debida forma, han de usar de ellos siempre que los necesiten en sus oratorios e iglesias, con exclusión absoluta de los que usa el clero secular en las diócesis donde se encuentran. Lo cual ha de aplicarse de igual manera a los que rezan el Oficio Divino de obligación, que a los que sólo rezan el Oficio parvo de la Virgen, con o sin otras preces particulares. Pero quienes no los tengan del modo dicho, ora sea por desidia personal, ora por la natural independencia de su Instituto, usarán sólo la Gallofa del clero secular y el Misal Romano, por no ser lícito en ningún caso promiscuar estos libros litúrgicos con sus homónimos del clero regular.
Fr. Francisco Lliteras Cervera, ofm
Nota. Según el diccionario de la RAE gallofa es 1. Verdura u hortaliza que sirve para ensalada, menestras y otros usos. 2. Cuento de poca sustancia. 3. Calendario del rezo y oficio divino para todo un año. Epacta. 4. Comida que se daba a los pobres que venían de Francia a Santiago de Compostela, en Galicia, pidiendo limosna.
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