Leyenda infantil

Amor filial

(Conclusión)

La reñirán, de seguro; pero esto no le importaba. ¡Ah, si pudiera encontrar ella medio para cargar con toda la responsabilidad y dejara salvo ante su padre las faltas de su madre, se creería feliz! —Que aparezca yo culpable —se decía— que se manche mi honor si es preciso; pero que quede limpio el de mi madre.

Y ensimismada en estas reflexiones le pareció oír la voz de un ángel que la decía:

—Isabelita, Dios está observando tu proceder; y El, que profundiza los más recónditos pensamientos se congratula de que haya en la tierra niñas tan buenas como tú. Vela siempre, como lo haces, por la honra de tus padres, y Dios premiará tus sacrificios. El cuarto —dijo la voz solemnemente— honrar padre y madre.

Y el eco, perdiendo sílabas e intensidad, se alejó repitiendo: «¡honrar padre y madre... ¡madre!...»

Después, Isabelita se sintió más fortalecida y dispuesta a entregar su vida para que hubiera paz y amor entre sus padres. Sentía dentro de sí el misterioso impulso que Dios envía a quien lucha por el cumplimiento de su divina Ley; y con esta fortaleza hubiera llegado gozosa hasta el martirio.

Una tarde, su mamá se empeñó en que salieran de paseo y la dijo:

—Isabelita, arréglate que vamos a salir.—Mamá—respondió la niña temiendo que la obligara a ponerse alguna alhaja —permíteme que me quede en casa. —No, hija mía, estoy resuelta a hacerte cambiar de vida. Estás desarrollada como una joven de veinte años y quiero que luzcas tu hermosura en salones y paseos. Desde hoy vas ya a dejar tu vida de colegiala.

—¡Pero mamá...—balbuceó Isabelita.

—Ni una palabra—replicó doña Filomena con imperio.—Ponte los pendientes de brillantes y... no—añadió cambiando de parecer—yo misma te los pondré, porque tú serías capaz de salir con esos que llevas.

Y se encaminó hacia el tocador de Isabelita.

—¡Qué carácter tan raro! ¡Jesús qué chica!—seguía diciendo mientras abría el cajoncillo donde Isabelita solía guardar sus alhajas. —Por supuesto que ya estoy decidida a... ¿Y tus joyas?—preguntó al ver vacío el cajoncillo.—¿Dónde las tienes?

Isabelita no supo qué contestar y se volvió encarnada como la grana.

—¿Qué dices?... ¿dónde has puesto tus joyas? ¿Las has escondido para que no te obligue a ponértelas? Pues te equivocas, niña. Hoy me salgo yo con la mía, pese a quien pese.

Y abría y buscaba, uno por uno, todos los cajoncillos del tocador.

—¡Qué serán estos papeles!—exclamó una vez abierto el cajoncillo donde Isabelita guardaba las papeletas de empeño.— ¡Papeletas del Monte!

Y después de revisarlas todas las estrujó nerviosamente y se dirigió furiosa contra Isabelita. Esta, al ver la actitud amenazadora de su mamá, se levantó y, con los ojos suplicantes y las manos juntas delante del pecho, adelantó algunos pasos hacia doña Filomena diciendo:

— ¡Mamá de mi alma!...

Pero no pudo concluir la frase. Doña Filomena cortó las palabras de su hija con una tremenda bofetada, que repercutió sonora por toda la casa.

—¡Dios mío!—balbuceó Isabelita llevándose las manos a la cara. Y con la boca llena de sangre a causa de la contusión, aturdida, vacilante, viendo rodar todos los objetos, casi desmayada... buscó la pared para no caerse. En el mismo momento apareció su padre en el umbral de la puerta, y al ver el estado de su hija corrió presuroso a sostenerla.

—¿Qué es esto?—preguntó a su esposa, que todavía miraba a Isabelita con la vista caldeada por la ira. ¿Qué ha hecho la niña para que la maltrates de ese modo?

—¡Es una bribona! Toma—dijo doña Filomena alargando a su esposo las papeletas.—Pasa la vista por esos papeles y después... arrepiéntete de haberla querido tanto.

—¡Papeletas del Monte!—exclamó admirado don Pedro.

—Sí; ha empeñado todas sus joyas; el collar, los solitarios, las pulseras y sortijas... todo.

—¿Tú, niña? ¿Es verdad lo que dice tu mamá?

—Sí; perdóname, papá—respondió Isabelita mezclando sus palabras con lágrimas y suspiros.—Tenía falta de dinero...

—¿Tú? ¿Y para qué necesitabas el dinero?

—¡Papá!...

—¿Qué has hecho del dinero?—volvió a decir D. Pedro con severidad.

Pero Isabelita, no atreviéndose, a delatar a su madre ni a mentir, levantó sus hermosos ojos preñados de lágrimas, miró suplicante a su padre y, cayendo de hinojos a sus pies, le cogió una mano, la acercó a sus labios y la regó con sus lágrimas.

—¡Ya ves, Pedro, que tu hija no tiene desperdicio!—dijo irónicamente doña Filomena.—¡Y qué alhaja nos ha concedido el Señor! Ahora me explico la tristeza de estos últimos meses—añadió intencionadamente— y la merma que tú decías haber encontrado en las cosechas almacenadas. ¡Quién lo hubiera sospechado de la señorita mística!

Al oír esto, Isabelita se puso las manos sobre el corazón, dio un grito agudo y cayó al suelo sin conocimiento.

Las últimas palabras de su madre habían puesto a prueba su fortaleza, se habían clavado en su oído como la punta de un afilado puñal, le habían lacerado el alma.

***

Cuando las criadas penetraron en la habitación de Isabelita, llamadas por los señores, ésta se hallaba ya en su cama. D. Pedro, al verla en el suelo con la mejilla amoratada, los ojos cerrados, la boca llena de sangre y el cabello en desorden, tuvo lástima de ella y la levantó en sus brazos. Doña Filomena se acercó para ayudarle, pero él la miró con reconcentrado enojo, por ser la causa del lastimoso estado en que se hallaba su hija, y le dijo con desprecio y acritud:—¡Aparta!

Doña Filomena fue a sentarse, despechada, en un sofá, mientras D. Pedro depositaba cuidadosamente a Isabelita en su lecho.

A fuerza de éter, Isabelita recobró el conocimiento. Lo primero que hizo fue rodear con sus brazos el cuello de su padre, que la miraba afanoso medio echado en la cama. Y ella besaba a su padre en la frente, y le miraba con los ojos muy abiertos, y después le volvía a besar. La pena le había producido un hipo extraño, y entre suspiros y palabras cortadas decía:

—Pa... pá, no me... abo... rrezcas. ¿Me... quieres co... mo antes?

—Sí, hija mía, te quiero más. Cálmate.

—¿Y la... ma... má...?

—También te quiere lo mismo—respondió don Pedro, dispuesto a no recordar a su hija y a prohibir a su esposa que la dijera ni una palabra sobre sus joyas.

—¿Y por... qué... no está... aquí con... tigo?

¡Filomena!—gritó don Pedro.

Y al presentarse ésta, Isabelita soltó un brazo del cuello de su padre y, por el otro lado de la cama, acercó a si la cabeza de su madre para besarla.

—¡Mamá de... mi vida!—decía,—no me... odies. El pa... pá dice que... me... quieres. ¿Es verdad?

—Sí, hija mía—respondió en seguida doña Filomena, al observar las terribles miradas que le dirigía su esposo,—te quiero.

Gracias... mamá. Ahora soy... feliz, Yo no... podría... vivir sin... vuestro ca... riño. Os quiero... tanto!

Y acariciando la cabeza de su madre con una mano y la de su padre con la otra, se quedó al rato dormida.

***

En la mañana de aquel día, doña Filomena había convenido con la Rosca sacar aceite por la noche. De cada una de las tinajas de la bodega habían sacado diez arrobas; pero doña Filomena quería elevar dicha cantidad a quince arrobas, Don Pedro, impresionado por el acontecimiento de la tarde apenas probó la cena. Subió a vera su hija. Encontrándola dormida, la besó cuidadosamente, por no: despertarla, y se marchó al Casino. Mercedes, impresionada por el acontecimiento de la tarde, no pudo resistir más y salió detrás de don Pedro para contárselo todo. Antes de que su amo entrara en el Casino, le dio alcance y faltó a su promesa, si bien creyendo que al estado a que había llegado la cosa, las explicaciones eran ya deber de su conciencia.

—Es una santa, es una mártir —terminó diciendo Mercedes;— pero, ¡por Dios, señor, finja usted, olvide lo pasado!

D. Pedro, preso de visible emoción, penetró en el Casino, y Mercedes regresó a casa y se acostó. Las demás criadas hicieron lo mismo, y sólo quedó en pie doña Filomena. ¡Qué intranquila estaba aquella noche! Su conciencia comenzaba a pedirle cuenta de sus actos como esposa y como madre. Sentada en una silla, esperaba a la Rosca, y aunque se pasaba la mano por la frente como para ahuyentar ideas, éstas se iban elaborando en su cerebro precipitadamente, bullían en él con una tenacidad extraordinaria, formaban juicios y daban lugar a una lucha terrible del pensamiento —¿Qué poderoso motivo ha obligado a mi hija a empeñar sus joyas? ¿En qué ha invertido. el dinero? ¡Si ella no sale de casa ni tiene afán por nada! ¿En qué lo habrá gastado?

Y doña Filomena no podía comprender el problema. ¡Claro! El alma de la hija era muy grande y la de la madre, hasta entonces, había sido muy pequeña.

Mientras tanto la Rosca llegó, y los acostumbrados golpecitos que anunciaban su presencia distrajeron a doña Filomena de sus reflexiones. Ya juntas se encaminaron las dos a la bodega para sacar el aceite convenido. Destaparon cuidadosamente la primera tinaja, y, al verla llena hasta la boca, las dos palidecieron y se miraron asustadas.—¡Alguien las ha llenado! —se atrevió a decir la Rosca.

Doña Filomena no contestó. Más pálida que una muerta le indicó que destapara la segunda, mientras ella hacía lo propio con la última. ¡También estaban llenas!

Lo que entonces experimentó doña Filomena no puede contarse: el corazón parecía querer romper el armazón de su pecho; se puso a temblar y buscó un apoyo en la pared.

—¿Se siente usted mala?

—Sí; tape usted las vasijas y váyase.

—¿Sin el aceite?

—Y rogándole además —respondió doña Filomena—que no venga ya por esta casa.

La Rosca salió y doña Filomena, una vez cerrada la puerta, subió presurosa al cuarto de su hija, que seguía durmiendo; se sentó en la silla que había en la cabecera de la cama y, apoyando la cabeza en la almohada de Isabelita, principió a llorar amargamente. Tal era el llanto de doña Filomena, que despertó a su hija; y ésta, besando ansiosa a su madre, le decía:

—¿Soy yo quien te hace llorar, mamá de mi vida? ¡Perdóname!

—Calla, hija mía, calla—exclamó apasionadamente doña Filomena, besando repetidamente a Isabelita.—Yo soy la que implora tu perdón, ángel mío.—Y apretaba contra su pecho la cabeza de su hija. —Lo sé todo; sé el sacrificio que tehabías impuesto para cubrir mis faltas ante el papá; y al comparar tu conducta con la mía, me siento avergonzada, indigna de llamarte mi hija. Tú, hija de mi alma, eres un ángel y yo... yo no soy más que una miserable.—Y exhaló un fuerte sollozo.

—No digas eso, mamá... Yo te quiero mucho.

—Tu abnegación—prosiguió diciendo doña Filomena,—tu nobleza y santidad han iluminado mi alma, sacándola milagrosamente de las sombras en que se hallaba. ¡Tú me has salvado, hija de mi corazón!

—Si, ella te ha salvado—respondió D. Pedro apareciendo en la puerta de la alcoba—, y salvándote ha vuelto a unir nuestros corazones, librándonos al mismo tiempo de caer en la miseria.

—¡Pedro!—dijo doña Filomena arrojándose a los pies de su esposo—perdona mis extravíos, perdona a la esposa indigna que te robaba, perdóname en nombre de nuestra hija.

—Te perdono y te amo, esposa mía— respondió D. Pedro levantándola.—Pero bendigamos a nuestra hija, estrechemos contra nuestro corazón a este ángel que nos ha concedido el Señor.

Y al sentir Isabelita la dulce presión de los abrazos que le daban repetidamente sus padres, levantaba su vista al cielo diciendo:

—¡Gracias, Dios mío, gracias! Has oído mis oraciones y resucitado nuevamente el mutuo cariño de mis padres.

¡Ahora soy la más feliz de las criaturas!

Palmí.

Palma de Mallorca

Palma de Mallorca

Palma es la capital de la provincia de las Baleares: residencia del Gobernador Civil, del Capitán General, del Presidente de la Audiencia y del Obispo de Mallorca. Tiene una población de más de 90.000 habitantes y dista de Valencia 141 millas, con cuya ciudad comunica por servicio de modernos vapores, debiendo su bien merecida y creciente nombradla al templado clima de que goza, a la brillantez de su cielo y de su sol, a las confortables brisas mediterráneas, a la salubridad del terreno, a la hermosura del paisaje, al hechizo de sus calas, a la maravilla de sus grutas, al sugestivo espectáculo que ofrecen los vastos almendrales que florecen entre enero 3 y febrero, a la singularidad de sus joyas arquitectónicas que demuestran su pretérito poderío y desarrollo, al par que dan prestancia a su actual florecimiento.

Los vapores que hacen el tráfico entre Valencia y Mallorca, salen a la caída de la tarde y al amanecer del día siguiente pueden ya los viajeros contemplar en el horizonte la silueta de la Isla Dorada. Pronto se distingue la costa de Miramar con los belvederes que en ella hizo construir el Archiduque de Austria, Luis Salvador; los viñedos de Bañalbufar que producen exquisita malvasía, los poblados montes de Estalléns; se pasa el Freo, estrecho canal que separa de Mallorca el islote de la Dragonera, sumamente escarpado, en la cumbre del cual se levanta un faro. Se hallan los viajeros entonces rodeados de altos acantilados, pasan el canal y de tiempo en tiempo, descubren promontorios cortados a pico que, destacándose de la costa, forman caprichosas bahías. Se ve el antiguo fuerte de San Telmo que adquirió el mencionado Archiduque, el islote de Pantaleu, primera tierra mallorquina que pisó el rey D. Jaime el Conquistador, el puerto de Andraitx con sus fábricas de jabón; caseríos rodeados de hermosos jardines, cabañas de pescadores...

Se recorre la costa suroeste de la isla, muy accidentada hasta el cabo de Calafiguera y después de contemplar magníficos y sorprendentes panoramas se entra en la inmensa bahía de Palma.—En el horizonte, hacia el sureste, se destacan las islas de Cabrera, tumba de dos mil franceses que, hechos prisioneros en la batalla de Bailén, fueron allí trasportados para perecer uno tras otro durante los cinco años de su cautiverio; la Conejera, cuna de Aníbal, según antigua tradición, que cuenta que habiendo ido en peregrinación la esposa de Amilcar Barca a un templo erigido a la diosa Luccina, en dicha isla, dio a luz al famoso general cartaginés.

Se deja a la izquierda la pequeña ensenada de Portáis, donde desembarcaron las tropas de D. Jaime el Conquistador; el pino de los Moneadas, bajo el cual murieron luchando contra los moros los dos hermanos que llevaban este nombre; el oratorio de Nuestra Señora de Portáis, sitio de peregrinaciones piadosas; la sierra Burguesa con sus minas de yeso; el castillo de Bendinat, llamado así porque D. Jaime, después de largas privaciones, encontró por fin en aquel sitio medio de procurarse una frugal comida, exclamando "Be hem dinat", Bien hemos comido

Se dobla la punta de San Carlos y el viajero se halla sorprendido a la vista del bello panorama que ante su vista se extiende. La ciudad de Palma se destaca en el fondo, al pie de la elevada cadena de montañas de Soller, con su grandiosa Catedral, sus numerosos campanarios, el Palacio Real,la Lonja,el Consulado, sus casas de aspecto árabe coronadas de palmeras...—Entretanto se deja a la izquierda a Porto-Pi, pequeño puerto flanqueado por dos torreones que en otro tiempo sostenían los extremos de la cadena que lo cerraba; los numerosos y risueños caseríos de Génova y del Terreno y en la cima de una colina cubierta de pinos, el elegante castillo histórico de Bellver, en donde estuvo encerrado Francisco Aragó para ponerse a cubierto del furor del pueblo, que lo tomó por espía cuando fue para determinar el meridiano de París.

Por fin se entra en el puerto; el muelle se halla lleno de autos, coches y de curiosos que esperan. Una larga plancha, verdadero puente levadizo, pone el buque en comunicación con toda comodidad, viéndose en seguida asaltado el viajero por cocheros, comisionistas y mozos de hospedaje. Se figura uno encontrarse en una especie de Suiza, cuyos habitantes se distinguen por su habilidad en atraerse a los forasteros; pero hay que desengañarse, los mallorquines se contentan con ser amables y hospitalarios; ante los forasteros recién llegados se descubren sonrientes, como si fueran conocidos; están en Mallorca y es bastante; amigos son.

El monumental templo construido para iglesia parroquial cuya inauguración tuvo lugar el 30 de junio con extraordinaria solemnidad

De la Santa Misa

IV

El sacrificio de la misa se puede considerar de estos cuatro modos:

a) es latréutico, si se ofrece para dar culto a Dios, culto supremo, por ser El Señor y tener dominio sobre todas las cosas. Así de la palabra latina, que designa el culto dado a Dios, se llama latréutico el sacrificio cuando se ofrece con este fin. Nuestro culto, aunque sea de latría, es limitado, por ser nuestras personas y méritos limitadísimos; pero el culto que Jesús da a su Eterno Padre en la misa es un culto dignísimo e infinito por ser la persona de Jesús, infinita, que realza y ennoblece las acciones de su naturaleza humana;

b) es también el sacrificio de la misa eucarístico, o sea, sirve para dar a Dios gracias por los innumerables beneficios que recibimos de su generosidad y largueza. Y como nunca podremos medir ni contar los beneficios particulares, además de los generales, así llamados por recibirlos muchos de las manos misericordiosas de Jesús, nunca podremos darle gracias suficientes por estas larguezas debidas a su bondad;

c) además el sacrificio de la misa es propiciatorio y satisfactorio; en cuanto se ofrece a Dios para obtener el perdón de los pecados cumple con su fin propiciatorio, o volvernos a Dios propicio, supuesto que solo el pecado es el que enoja a Dios contra el pecador. Y como todo pecado perdonado en cuanto a la culpa, no siempre está perdonada la pena temporal que merece el pecado si es venial, y si es mortal, la pena temporal con que se conmuta la pena eterna que merecía el pecado mortal, una vez perdonado en cuanto la culpa: esta pena temporal que hay que pagar en esta tierra, si no queremos luego satisfacerla en el Purgatorio, se cancela por el valor satisfactorio del sacrificio de la misa;

d) y finalmente el sacrificio de la misa es también impetratorio, o sea, sirve para alcanzar, impetrar las innumerables gracias que necesitamos, su socorro y valimiento contra la multitud de enemigos que nos asedian, en una palabra, todo aquello que sea digno del nombre de Jesús y que pueda servir para nuestra santificación, mediata o inmediatamente, ya sea temporal y lleve consigo cierta comodidad que despierta los impulsos latentes de un alma generosa y hasta entonces remisa para con su Dios, ya sea espiritual: ora venga esta gracia con la dulzura propia del paladar de los niños, o lleve consigo cierta capa severa que la envuelva y sirva para entonar y elevar los sentimientos de la criatura para su Criador y buen Dios.

Y como nosotros hemos de satisfacer estas obligaciones que tenemos con Dios, no encontraremos manera a mano ni Dios en su infinita largueza nos dio otro medio más excelente que el de oír y aplicarnos los frutos del sacrificio de la misa. En la misa le adoramos como a Dios, pero no estamos solos, sino que adoramos al Eterno Padre en compañía de Jesús y por medio de Jesús, para que sea nuestra adoración aceptada: damos, en la misa, gracias a Dios, por los innumerables beneficios recibidos, y esta acción de gracias es más grata al altísimo que si le ofreciéramos penitencias y del caudal de nuestra pequeñez: sirve la misa para obtenernos el perdón de nuestros pecados y satisfacer por la pena temporal que resta como reliquia del pecado perdonado en cuanto a la culpa, porque es Jesús quien ruega por nosotros diciendo: «Padre perdónalos» (Lc 23-34) y nos dice San Pablo que Jesús fue oído» (Hebr 5-7) En fin, la misa nos alcanzará del Señor todo aquello que le pidamos y nos sea necesario o conveniente para la vida eterna. Por esto nuestros padres tenían la gran devoción de oír misa todos los días, aun los del trabajo: primero se asociaban con Jesús en la misa y cumplían sus grandes obligaciones de cristianos; y luego con la bendición del cielo se dedicaban a sus trabajos.

Y termino con el siguiente ejemplo que nos testimonia y confirma el valor y auxilio que se recibe en la misa.

Cierto señor tenía la gran tentación de ahorcarse, y un devoto confesor le dio el remedio de que oyera misa todos los días. Así vencía la tentación. Ocurrió que un cierto día, por sus ocupaciones y debido a error, llegaba tarde al lugar de la misa, cuando ésta era terminada. Le asaltó la tentación del suicidio y clamando que era perdido, le oye otro hombre que regresaba de oír misa, y chanceándose le dice, si usted quiere yo le vendo la misa oída; se conciertan y parte el primero al lugar; y cuando regresa a su casa, se encuentra al hombre que había vendido la misa chanceándose, ahorcado de un árbol.

Desiderio.

Charlas Catequísticas o Instrucciones religiosas

Cristianismo

La religión cristiana es la única religión verdadera.

En Jesucristo se cumplieron todas las profecías referentes al Mesías prometido. Nuestro Señor Jesucristo manifestó claramente y probó con grandes milagros que El, era verdadero Dios.

La doctrina cristiana es purísima. Sus dogmas no son contrarios, sino superiores a la razón; y su moral enseña al hombre el cumplimiento de los deberes para con Dios, y con el prójimo; a practicar la caridad, abnegarse a sí mismo y refrenar la concupiscencia.

El cristiano que comete una mala acción, ya en esto prácticamente deja de ser cristiano.
Unos pobres pescadores, a quienes Jesús nombró sus Apóstoles, fueron los encargados de predicar esta doctrina, tan contraria a las pasiones humanas.

En la rápida propagación del cristianismo se ve bien claramente el dedo de Dios, y no la obra del hombre.
Innumerables mártires derramaron su sangre por la religión cristiana en forma tal, que solo Dios podía darles la fortaleza de ánimo y aun la alegría, que mostraban en medio de los mayores tormentos.

La religión enseñada por nuestro Señor Jesucristo, pues, es divina y la única verdadera.
La religión existe desde que empezó a existir el hombre.
La religión primitiva, es la revelada por Dios a nuestros primeros padres Adán y Eva, que la trasmitieron a sus descendientes.

La religión mosaica, es el conjunto de dogmas y preceptos revelados por Dios al pueblo Hebreo por medio de Moisés, siendo obligatoria para los Hebreos y debiendo durar hasta la venida del Mesías.

Desde la venida del Mesías, que la religión cristiana es obligatoria a todas las personas.

Jesús dijo a los Apóstoles: «Id, enseñad a todas las naciones, predicad el Evangelio a toda criatura. Aquel que creyere y fuere bautizado, se salvará: aquel que no creyere, será condenado».(Mt 28,18-19).

La Biblia y la Tradición Divina

Todas las verdades de la religión cristiana están contenidas en la Biblia y en la Tradición divina.
La Biblia o Sagrada Escritura, es la palabra de Dios escrita; sus libros son setenta y dos, siendo el Espíritu Santo quien inspiró a los hombres que la escribieron.

La Biblia se divide en Antiguo y Nuevo Testamento.

El Antiguo Testamento comprende 45 libros escritos antes de la venida de Nuestro Señor Jesucristo.

El nuevo Testamento comprende 27 libros escritos después de la venida de Nuestro Señor Jesucristo.

Jesucristo no escribió libro alguno, ni mandó a los Apóstoles escribir, sino predicar el Evangelio a toda criatura; y así lo practicaron.

Tradición divina es la palabra de Dios no escrita en la Biblia.

La religión primitiva pasó de padres a hijos por la Tradición divina.

La Sagrada escritura nos dice qué libros han sido inspirados por Dios; sabemos cuáles son éstos solo por la Tradición divina, por esta razón, es tan importante la Tradición divina como la misma Sagrada Escritura.

José Mª Luca.

(Continuará).

Santo Cristo de la Agonía

Por qué estoy enamorado del santísimo
Cristo de la Agonía

(Al Círculo de Festeros de Onteniente)

El Santísimo Cristo de la Agonía
todo el amor me roba del alma mía.

Son para él todas mis alabanzas,
porque en él tengo puestas mis esperanzas,
porque pena conmigo cuando yo peno,
porque siempre le encuentro piadoso y bueno,
porque gimen sus labios por mis pecados,
porque tiene las manos y pies clavados,
porque llora conmigo cuando yo lloro,
porque no hallo en la tierra mejor tesoro,
porque ahuyenta mis penas y mis dolores,
porque es el arca santa de mis amores,
porque es la luz que alumbra todos los días,
porque es rey y es amigo de los pequeños,
porque atiende a mis ruegos y a mis ensueños,
porque lloran sus ojos mis desventuras
con llanto que revelan sus amarguras,
porque tiene la vista mirando al cielo
adonde yo encamino todo mi anhelo,
porque ha bebido el cáliz de negras hieles,
y nos envía un río de dulces mieles,
porque es el sol divino de mi alegría,
porque es el norte cierto que al cielo guía,
porque es el pararrayos de nuestros valles
y pasa bendiciendo por nuestras calles,
porque es el padre mío, porque es mi hermano,
porque es entre los reyes el soberano,
porque es la paz, el iris, porque es hermoso,
porque le veo humilde y es poderoso,
porque está malherido y agonizando
y en ese mismo instante nos está amando,
porque es el Santo Cristo que me embelesa
y tengo en sus amores el alma presa.

¡Qué Santísimo Cristo el de la Agonía,
que roba los amores del alma mía!
Es el ramo de flores iluminado
que llevo sobre mi pecho de enamorado.

Fr. Juan Bta. Gomis, ofm

Misiones franciscanas. Episodios misionales

Las apariencias engañan

Después que el P. Gabriel Sala hubo cesado en su cargo de Prefecto de la misión del Ucayali, cargo que desempeñó dignamente durante seis años, distinguiéndose por su celo apostólico e inmensas labores, le confió el Gobierno del Perú algunas comisiones muy honrosas para el Padre, Comunidad a que pertenecía y para la Orden Franciscana. El nombre del Padre Sala era pronunciado con respeto por todos, su fama de abnegado misionero e intrépido explorador del bosque peruano era universal en toda la República. Y aunque algunos no eran partidarios del trozo de la Vía Central del Pichis, según el ingeniero Capelo, director de Fomento y el mismo Padre no estaba conforme en algunos puntos y hasta por la prensa había manifestado su opinión contraria, no obstante, el Padre Sala era estimado y respetado en todo el Perú.

Sin embargo, aconteció cierto día, que viajando el Padre llegó a una gran finca a pedir alojamiento para pasar la noche y continuar su viaje al siguiente día. Los dueños no conocían personalmente al Padre Sala; por eso al verle tan pequeño, flaco, con el rostro desfigurado por la viruela, sin dientes, lo tomaron por un Hermanito y le dieron un alojamiento ordinario. Mas el Padre, que era muy humilde disimuló y después de acomodar sus cosas y bestia, empezó a rezar el oficio divino y sus devociones particulares. Cuando llegó la hora de cenar, le llamaron diciendo: ''Hermanito venga a comer". El hermanito fue allá y ocupó en la mesa el sitio que le señalaron los señores de la casa.

Durante la comida empezaron a charlar y la conversación vino a recaer sobre el Padre Sala. El dueño de la casa hizo un brillante elogio, un verdadero panegírico del misionero franciscano, ponderando sus cualidades físicas y morales, demostradas en sus exploraciones por las selvas peruanas. El Padre oía y disimulaba con gran humildad y modestia. Mas cuando le preguntó: ¿Dónde está ahora el Padre Sala? Respondió sin mentir: No está lejos. Esto llamó la atención del dueño de la casa y volvió a preguntarle:
¿Pero en qué convento mora? Y observando la turbación del Padre para responder, le interrogó de nuevo diciendo: ¿Es usted el Padre Sala? El Padre respondió humildemente y lleno de turbación: Sí señor, soy yo...

Estas palabras fueron como una bomba, como una explosión formidable. No sé que admirar más, si la turbación de los señores de la casa al caer de rodillas ante el Padre pidiéndole perdón de lo acontecido o el rubor del misionero, que se puso rojo como una amapola al provocar indirectamente aquella escena.

Todos quedaron mortificados: Aquéllos por dejarse guiar de las Apariencias, que engañan muchas veces, tomando al Padre por un Hermanito, y éste, cuya modestia le llevó a ocultar su nombre cuando en todo el Perú no se hablaba de otra cosa que de los viajes del P. Sala al Gran Pajonal.

La escena cambió súbitamente. El regocijo y alegría disiparon la confusión y rubor pasado, y las atenciones y agasajos se sucedieron a la previsión anterior. Esto aumentó en los señores de la finca el entusiasmo por el humilde hijo de S. Francisco, que lleno de gratitud y reconocimiento no sabía cómo agradecer a sus admiradores cuanto hacían por complacerle, cumpliéndose al pie de la letra lo que dice el Evangelio: Dios ensalza a los humildes.

Por eso los verdaderos hijos de San Francisco, no se fijan tanto en las personas, cuanto en el hábito que visten o el instituto a que pertenecen. Su devoción les lleva a honrar a éste, sea que lo vista un sacerdote o lego, un letrado o ignorante. Miran en unos y otros al hijo del Serafín de Asís, al religioso franciscano, y de este modo evita el rubor y confusión, que suelen acarrear a menudo ciertos prejuicios, por que las Apariencias a veces engañan.

Fr. Manuel Navarro, ofm
Misionero Apostólico