Leyenda infantil

Los padres

Señor maestro... señor maestro, los hermanos Fliquete han respondido esta inañana a un mandato de su madre con palabras irrespetuosas.

—¿Lo has oído tú?

—Sí, señor; Ballester y yo estábamos allí y todo lo hemos presenciado. Su madre lloraba de pena. ¡Si supiera usted lo malos que son esos niños!

En esto entraron los aludidos hermanos. El maestro los llamó a su lado. Después hizo que todos los demás niños callaran, y cuando reinaba el mayor silencio dijo con acento grave:

«La madre es el ser que más os quiere en el mundo y a quien vosotros debéis obedecer, respetar y venerar como a la cosa más sagrada.

Casi todas las madres darían un año de felicidad por quitar a los hijos una hora de dolor; muchas darían hasta su vida.

El cariño de la madre es el más puro, el más desinteresado, el más ardiente de cuantos existen sobre la tierra.

Amadla mucho. Nunca la ofendáis ni hagáis asomar a sus ojos las lágrimas del dolor. Bastante sufrió a! daros la vida, y en vuestras más ligeras enfermedades.

Considerad que el niño que puede recibir las caricias de su madre es el más feliz, y que el más desgraciado es aquel que la ha perdido para siempre. La imagen buena y dulce de la madre alegra el corazón: es el paño que seca todas las lágrimas, que hace desaparecer todos los pesares, que borra las mayores angustias y sufrimientos.

Un escritor italiano ha dicho que si el ladrón o el asesino quieren y respetan a su madre, aún tienen algo de bueno y de honrado en su corazón; y yo os advierto que si ofende a su madre el que tiene fama de bueno y virtuoso, es un hipócrita, que merece el desprecio más absoluto, porque su personalidad es cual sarcástica mascarada que escarnece a la virtud con la podredumbre del vicio. Nada hay más laudable que el amor a los padres; nada más censurable que la falta de respeto y consideración a los mismos.
Amad mucho a vuestra madre; quitad sus penas con vuestros amantes besos; disipad la tristeza de sus ojos con la ternura y riente sonrisa de los vuestros; no olvidéis nunca que de todos los afectos humanos, el de la madre es el más venerable y santo».

Los hermanos Fliquete estaban encarnados y con la vista dirigida al suelo. El maestro los miró fijamente como si quisiera leer sus pensamientos. Después se dirigió presuroso al armario, cogió un folleto, buscó una página...—Toma, lee —dijo presentándoselo abierto al primer niño de la clase—. Levantad esa cabeza —añadió dirigiéndose a los dos hermanos— escuchad la historia de un presidiario... Era mejor que vosotros, tenía mejores sentimientos, sabía no sólo amar a su madre como se debe, sino hasta sacrificar la vida por recoger uno de sus besos. ¡Qué no hubiera hecho por restañar sus lágrimas! Y vosotros... lee, lee. —El muchacho a quien había entregado el folleto leyó las siguientes líneas de Dicenta:

«Tu madre está muy mal, sin esperanza de salvación; quiere verte, no piensa más que en ti».

»Al leer esta carta que le presentó un empleado de presidio, creyó Pedro que todo el edificio se desplomaba sobre su cabeza. ¿Cómo? Su madre, el único amor que le restaba en el mundo, se iba a morir y quería verle, y él no iba a cumplir su suprema y única voluntad. No, aquello no era posible de ningún modo. El necesitaba ver a su madre, recoger un beso postrero, estrecharla en sus brazos... Y lo haría, ¡vaya si lo haría! ¿Quién iba a negárselo?.. No era posible que se lo negasen.

Pedro fué a ver al Director del presidio, y al llegar a su presencia exclamó con la voz enronquecida por la pena:

—¡Mi madre se muere,señor Director! Concédame usted licencia para verla... que me acompañen... Le juro que volveré en cuanto me despida de ella.

—Si eso fuera posible, lo haría —respondió el Director, que estimaba en mucho el carácter y la buena conducta de Pedro— pero ya sabe usted que no puede ser.

—¿Que no puede ser?

—No.

Pedro salió del despacho del Director con las cejas fruncidas, y alguien le oyó murmurar por lo bajo.

—¡Que no puede ser!... ¡pues sí puede ser, y será!

Al anochecer de aquel mismo día, terminadas las faenas en el arsenal, los presidiarios se alineaban en el muelle para el recuento. De pronto vieron un hombre que corría sobre las rocas hasta el punto en que éstas se encuentran con el mar: era un preso que intentaba fugarse. Algunos soldados corrieron en su persecución, pero el hombre les llevaba mucha delantera. Llegó a la punta del acantilado, dió un salto terrible y cayó de cabeza al mar. Se le vio aparecer un momento y desaparecer después; los soldados descargaron sus armas en dirección del fugitivo, las lanchas del puerto se lanzaron en busca suya. Nada; ni el menor rastro; o al hombre se lo habían tragado las olas o había sido muy diestro para ocultarse.

El fugitivo era Pedro. ¿Cómo pudo sustraerse a la investigación y pesquisas de sus perseguidores? Ni él mismo ha podido explicárselo luego: solo sabe que permaneció toda la noche, una noche lluviosa y terrible de enero, detrás de unas rocas, tiritando de frío, bajo sus vestidos empapados de agua, oyendo al mar romper sus olas estruendosamente a sus plantas, el trueno rugir en las nubes y el huracán en el espacio con bramido ronco y salvaje.

Asi pasó horas y horas, con el pensamiento puesto en su madre; así, a nado unas veces, otras desgarrándose los pies contra las erizadas puntas de los peñascos que bordean la costa, consiguió ganar una casuca donde se facilitan vestidos y disfraces a los presidiarios. Cambió en ella fa ropa, hizo durante tres o cuatro horas ese camino ruinoso, hipócrita, incierto, que hace el preso para despistar a sus acechadores: y al cabo de tres días, muerto de hambre, de frío, de sed, con los píes sangrando, la ropa hecha jirones y los ojos llorosos, llegó a la puerta de la casita blanca con que soñaba todas las noches al dormirse contra el camastro del presidio.

En la alcoba, desfigurada por la fiebre, próxima a lanzar el último suspiro, acompañada por una vecina compasiva, estaba su madre, con los ojos clavados en el techo, las manos en cruz, murmurando por lo bajo como si dialogara con su esperanza: «¡Hijo mío!»

Pedro, que levantaba su cabeza por entre las cortinas de la alcoba, oyó aquellas palabras y sin poderse contener:

— ¡Aquí me tienes, madre, aquí me tienes! —gritó avanzando hacia la anciana y estrechándola en sus brazos... Fué un beso largo, muy largo. La eternidad de un amor y el fin de una vida, confundiéndose sobre dos bocas temblorosas...

Luego la vieja abrió los brazos y cayó muerta sobre la cama, y Pedro rompió en ahogados sollozos.
A los seis días entraba un hombre por las enrejadas puertas del presidio. Era Pedro. Cuando fué presentado al Director, dijo:

—He ido a despedirme de mi madre; aquí me tiene usted. No pensaba escaparme y he vuelto.
El Director había dado parte de la fuga y el penado sufrió cuatro años de recargo en su condena.

Pedro decía hablando con sus compañeros:

—«Bien vale cuatro años de presidio el último beso de una madre».

—Ya lo veis, desgraciados—añadió el maestro dirigiéndose a los Fliquete— ¡cuatro años de presidio por un beso de su madre!... ¿No os avergonzáis al comparar vuestros actos con vuestra madre y los de aquel joven presidiario con la suya?

Y estaba en la cárcel... como hombre vil... ¡teniendo un alma tan hermosa! Vosotros, sin embargo...
Los dos culpables principiaron a llorar.

—Sí, llorad, llorad: que ese Lllanto os llegue al corazón y os lo reblandezca, está muy duro, le falta ternura, sentimiento, fuego sagrado de amor filial.

Los restantes permanecían callados y fijos como cipreses.

—La tristeza de la inmensa mayoría de las madres —continuó diciendo el maestro— siempre es motivada por la falta de cariño en los hijos. El mejor hijo ama a su madre con ternura; la peor madre ama a sus hijos con pasión. ¡Pasión pura en su esencia y santa en su fin!... Llorad, llorad... ¡que esas lágrimas sean el agua milagrosa de vuestro bautismo.

—Si eso fuera posible, lo haría —respondió el Director, que estimaba en mucho el carácter y la buena conducta de Pedro— pero ya sabe usted que no puede ser.

—¿Que no puede ser?

—No.

Pedro salió del despacho del Director con las cejas fruncidas, y alguien le oyó murmurar por lo bajo.

—¡Que no puede ser!... ¡pues sí puede ser, y será!

Al anochecer de aquel mismo día, terminadas las faenas en el arsenal, los presidiarios se alineaban en el muelle para el recuento. De pronto vieron un hombre que corría sobre las rocas hasta el punto en que éstas se encuentran con el mar: era un preso que intentaba fugarse. Algunos soldados corrieron en su persecución, pero el hombre les llevaba mucha delantera. Llegó a la punta del acantilado, dió un salto terrible y cayó de cabeza al mar. Viósele aparecer un momento y desaparecer después; los soldados descargaron sus armas en dirección del fugitivo, las lanchas del puerto se lanzaron en busca suya. Nada; ni el menor rastro; o al hombre se lo habían tragado las olas o había sido muy diestro para ocultarse.

El fugitivo era Pedro. ¿Cómo pudo sustraerse a la investigación y pesquisas de sus perseguidores? Ni él mismo ha podido explicárselo luego: solo sabe que permaneció toda la noche, una noche lluviosa y terrible de enero, detrás de unas rocas, tiritando de frío, bajo sus vestidos empapados de agua, oyendo al mar romper sus olas estruendosamente a sus plantas, el trueno rugir en las nubes y el huracán en el espacio con bramido ronco y salvaje.

Asi pasó horas y horas, con el pensamiento puesto en su madre; asi, a nado unas veces, otras desgarrándose los pies contra las erizadas puntas de los peñascos que bordean la costa, consiguió ganar una casuca donde se facilitan vestidos y disfraces a los presidiarios. Cambió en ella la ropa» hizo durante tres o cuatro horas ese camino ruinoso, hipócrita, incierto, que hace el preso para despistar a sus acechadores: y al cabo de tres días, muerto de hambre, de frío, de sed, con los pies sangrando, la ropa hecha jirones y los ojos llorosos, llegó a la puerta de la casita blanca con que soñaba todas las noches al dormirse contra el camastro del presidio.

En la alcoba, desfigurada por la fiebre, próxima a lanzar el último suspiro, acompañada por una vecina compasiva, estaba su madre, con los ojos clavados en el techo, las manos en cruz, murmurando por lo bajo como si dialogara con su esperanza: «¡Hijo mío!»

Pedro, que levantaba su cabeza por entre las cortinas de la alcoba, oyó aquellas palabras y sin poderse contener:

—¡Aquí me tienes, madre, aquí me tienes!—gritó avanzando hacia la anciana y estrechándola en sus brazos... Fué un beso largo, muy largo. La eternidad de un amor y el fin de una vida, confundiéndose sobre dos bocas temblorosas...

Luego la vieja abrió los brazos y cayó muerta sobre la cama, y Pedro rompió en ahogados sollozos.

A los seis días entraba un hombre por las enrejadas puertas del presidio. Era Pedro. Cuando fué preseniado al Director, dijo:

—He ido a despedirme de mi madre; aquí me tiene usted. No pensaba escaparme y he vuelto.

El Director había dado parte de la fuga y el penado sufrió cuatro años de recargo en su condena.
Pedro decía hablando con sus compañeros:

—«Bien vale cuatro años de presidio el último beso de una madre».

—Ya lo veis, desgraciados—añadió el maestro dirigiéndose a los Fliquete— ¡cuatro años de presidio por un beso de su madre!... ¿No os avergonzáis al comparar vuestros actos con vuestra madre y los de aquel joven presidiario con la suya?

Y estaba en la cárcel... como hombre vil... ¡teniendo un alma tan hermosa! Vosotros, sin embargo...

Los dos culpables principiaron a llorar.

—Sí, llorad, llorad: que ese Lllanto os llegue al corazón y os lo reblandezca, está muy duro, le falta ternura, sentimiento, fuego sagrado de amor filial.

Los restantes permanecían callados y fijos como cipreses.

—La tristeza de la inmensa mayoría de las madres—continuó diciendo el maestro—siempre es motivada por la falta de cariño en los hijos. El mejor hijo ama a su madre con ternura; la peor madre ama a sus hijos con pasión. ¡Pasión pura en su esencia y santa en su fin!... Llorad, llorad... ¡que esas lágrimas sean el agua milagrosa de vuestro bautismo espiritual! Yo os perdono. Vuestra madre también os perdona. Y ¿cómo no?... si las madres no son madres, son cantidades infinitas de amor y dulzura, de abnegación y sacrificio.

Y el maestro cogió uno de los libros que al acaso tenía sobre la mesa («Los niños mal educados»), lo abrió rápidamente y leyó los siguientes versos:

Amor de madre

Puesto a los pies de su dama
rendido un galán exclama:
—Cuanto tengo es para ti;
reyes son tus labios rojos,
órdenes son fts antojos;
¡manda! ¿qué quieres de mi?
Galas, diamantes, dinero,
pide, que tuyo es entero
el tesoro de mi padre...

Y le responde la hermosa:
—Sólo me haría dichosa
el corazón de tu madre.
Y sumiso a su tirana,
el hijo, a la madre anciana
hiere sin vacilación,
desgarra el materno pecho
y va a llevar satisfecho
el pedido corazón.

Tan ciego va, que en su huida
cae al suelo el parricida,
donde oye aterrado y frío,
al corazón, aun caliente:
que le dice dulcemente:
"—¿Te has hecho daño, hija mío?"

El maestro apenas pudo terminar. —¡Esa es la madre!—balbuceó, emocionado.—Ahí está retratada la inmensidad de su amor y fa grandeza sublime de su alma.

* * *

Después, haciendo un esfuerzo para recobrar su serenidad, con voz más suave, siguió diciendo:

—El cariño que os profesa vuestro padre es comparable al de vuestra madre. Parece más apagado; pero es lo mismo de intenso. También vuestro padre perdería su vida por daros salud y alegría, por haceros felices.

¡Con qué afán trabaja para proporcionaros alimentos! Sube por anda-mios, baja a las profundidades de la tierra, pasa horas y horas entregado al trabajo, gasta sus fuerzas, su salud, su inteligencia; piensa, indaga, ejecuta en los diferentes órdenes de la vida agrícola, industrial, comercial, administrativa, económica... ¿Sabéis por quién? Por vosotros que sois sus hijos; por vosotros que representáis su única ilusión, su más dorado ideal, su esperanza más legítima.

Su rostro, de formas duras y que parece insensible al dolor, toma, cuando estáis enfermos o en peligro de perder la vida, la expresión de una angustia terrible: ¡es porque, como vuestra madre, también él os ama con toda el alma!

Si llegara a Faltaros el pan, se volvería loco: pediría limosna para vosotros, robaría, mataría... con tal de que no murieseis de hambre. En cambio, estando vosotros hartos le veríais a él alegre, aunque estuviera hambriento.

¡Oh, amad mucho también a vuestro padre, queredle con todo vuestro corazón! Pensad que es una gran injusticia ocasionarle el menor sufrimiento por causa de vuestra impremeditación y ligereza.

Hijos míos —añadió después solemnemente—, preferible es que os quedéis mudos a que se abran vuestros labios para hacer oír a vuestros padres una palabra irreverente.

Luego miró con fijeza a los hermanos Fliquete, y éstos, como impulsados por una fuerza misteriosa, cayeron de rodillas: ¡habían sentido en sus corazones el amargor de los remordimientos!

—Marchad a vuestro sitio ¡Clase de lectura!—añadió después levantando la voz. Y principiaron las tareas escolares.

Palmi.

Catedral de Valencia

Un aspecto de las Naves, Crucero y Via Sacra de la Catedral de Valencia.

Al Guadalaviar

Guadalaviar, te conozco,
te observo desde mi celda,
sé muy bien de dónde vienes,
dónde vas y lo que anhelas.

En vano ocultas tu nombre,
y el de Turia o Blanco llevas;
conocido es tu abolengo,
tu historia es bien manifiesta.

Tu madre es madre fecunda,
que a varios ríos engendra,
todos a cual más famoso
por sus virtudes y gestas.

Como tus buenos hermanos,
vas bajando de las sierras
humilde y casi sin nombre,
oculto entre las malezas.

No te ocultes, no te ocultes,
ni te canses en dar vueltas,
pues por doquier te delata
el verdor de tus riberas.

Eres bueno y generoso
y el cielo te recompensa;
por el agua que nos das
nuevas fuentes se te llegan.

Hasta la nieve, que brilla
de los montes en las crestas,
baja, al verte, presurosa
y tu caudal acrecienta.

Por eso son transparentes
tus aguas, limpias y tersas
y apagan en ti su sed
ciudades, pueblos y aldeas.

Puedes estar orgulloso
de los que a tu orilla encuentras;
todos de sangre muy limpia,
de noble y santa entereza.

Tú pasas haciendo bien,
como Jesús nos lo enseña,
sin una tilde de orgullo,
sin razón de conveniencia.

Siendo ensalzado el humilde,
según divina promesa,
ha de ser tu apoteosis
sonada, grande, inmensa.

Te bendicen a tu paso,
te admiran y te festejan,
vistiendo sus ricas galas,
jardines, prados y vegas.

Desde tu fuente hasta el mar,
todos de ti se hacen lenguas
y es tu triunfo incomparable
cuando llegas a Valencia.

La que es oriental Sultana,
del Mediterráneo Reina,
tiene a gran gloria llamarse
del Turia la rica perla.

Y es que le das sin medida
todo el caudal de tus venas
y en terrenal paraíso
conviertes sus ricas huertas.

Huertas que son un vergel
de flores las más diversas,
que embalsaman el ambiente
con su riquísima esencia.

Flores que, a veces, en frutos
de fino sabor se truecan
y al hombre sus gracias brindan;
vista y paladar deleitan.

Por eso te canta el cielo
retratado en tu faz bella;
te canta el sol y la luna
y en ti sus rayos reflejan.

Y cantan los pajarillos
ocultos en la arboleda
y entusiasmada te canta
toda la naturaleza.

Propios y extraños te alaban,
todos tus gracias celebran
y tu nombre es conocido
más allá de las fronteras.

Por este humilde cantar,
al pasar frente a mi celda,
llévate un millón de besos
para mi adorada tierra.

Fr. Luis Ángel, ofm

Teruel -1929.

De la Santa Misa

VI

E n el otro artículo decía si la misa podía aplicarse de un modo indefinido a los fieles y esto debe entenderse de un modo singular del fruto especial que se aplica, según dijimos, por la intención de aquella persona que, de ordinario, ofrece el estipendio tasado por el Señor Obispo o costumbre, al sacerdote celebrante. Pues sabido es que el fruto general, que pertenece a la Iglesia, éste siempre tiene efecto, aunque el sacerdote no lo aplique ni se acuerde de él. Y contestaba en mi artículo anterior que había una opinión, seguida por grandes teólogos y a la que San Alfonso decía en su tiempo que era la más seguida, que lo sostenía.

Y esto puede entenderse de dos modos, que con su tecnicismo sintetizan los teólogos con estas dos palabras, intensive y extensive, que sucintamente voy a exponer.

Si un sujeto por quien se aplica la misa, se encuentra en buenas disposiciones de alma y no pone obstáculo a la gracia, ¿recibirá el mismo fruto si se ofrecen por él, en determinada hora del día, una misa, que si en la misma hora se le aplicaran cien? Si respondemos afirmativamente, en este caso la misa tiene un fruto indeterminado intensive. Podemos esto aclarar con una comparación. Si entra alguien en un salón donde existen innumerables perillas eléctricas, si la estancia no es mup grande, con una perilla de mil bujías tiene una espléndida iluminación que le hace distinguirlos más pequeños detalles. Pero es el caso que a la vez se enchufan 18 perillas de mil bujías, ¿se ganó algo en este caso para distinguir detalles?

Apliqúese, en cuanto cabe, esto al fruto especial de la misa. Si una misa sola llena el alma del fiel, a quien se aplica, de gracias, de tal modo que podíamos decir que no le cabe más, el fruto de las demás misas que en el mismo tiempo se le aplican, no encuentran senos del alma que llenar, porque fueron repletos por la primera en el orden real de aplicación. Luego una misa le aprovecha tanto a esta persona, dotada de buenas disposiciones, que si, a la vez, se le aplicaran muchas. Entiéndase que se dice a la vez o en determinada hora y no en diferente hora; porque si fuera en diferente hora, como la persona en el transcurso del día, por desgracia, cae en mil miserias, y a encontraría el fruto de la segunda misa que borrar e impetrar etc. Además, téngase en cuenta que como el alma tiene una potencia pasiva o receptibilidad indefinida, cooperando a la gracia o fruto de la primera misa, ésta ensancharía sus senos para que cupieran los frutos de la otra misa celebrada en diferente hora.

La segunda cuestión o si el fruto se puede aplicar indefinidamente extensive, se explica del siguiente modo, valiéndome de la siguiente comparación. Existe un rico manantial de cristalina agua, al que acude determinada persona con su vasija para llenarla de rica y fresca agua hasta los bordes. ¿No podría este manantial llenar otras ánforas que se hundieran en su líquido y apaciguar la sed de mil individuos que se acercan a su margen para recibir idéntico beneficio que el dueño de la vasija? Apliquemos también esta comparación al santo sacrificio de la misa. Si su fruto se aplicara indefinidamente y extensive, esto querría decir que una vez llena el alma, por quien se aplica el fruto especial, según sus disposiciones, todavía corre agua en el manantial que pueda llenar otros receptáculos, grandes o pequeños; porque su fruto se extiende ademas a las almas sedientas que a El se llegan y por las que el sacerdote se puede y debe en este caso acordar y no limitar, si fuera cierta esta opinión, lo que Jesús nos dejó ilimitado.

Terminemos estos renglones con el siguiente caso que se cuenta en la vida de un siervo de Dios. Le pareció distinguir, arrebatado en Dios, un inmenso manantial de aguas vivas, a donde acudían una infinidad de palomitas que en aquel se sumergían, y a placer bebían y lavaban su plumaje. Unas no acertaban a subir de estas aguas, sin que el dueño se sintiera molestado, antes bien las atraía y convidaba: otras, si bien salían, no le perdían de vista y con frecuencia en él se zambullían. Y las que mucho de él se apartaban, eran perseguidas por los milanos, que las acechaban y puestas en aprieto las más, y muchas cogidas en sus garras y devoradas. Y entendió que este manantial era la preciosa sangre de Jesús y las palomas significaban las almas.

Desiderio.

Charlas Catequísticas o Instrucciones religiosas

Trinidad de Dios quiere decir que en Dios hay tres personas realmente distintas.

Redención significa que el Hijo de Dios se hizo hombre, padeció y murió en la Cruz para salvarnos.

En la señal de la Santa Cruz, con las palabras, expresamos la Unidad y Trinidad de Dios, y con la figura de la cruz, la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

Haciendo la señal de la Santa Cruz manifestamos profesar estas verdades y todas las demás que de ellas se derivan.

La señal de la Santa Cruz se hace trazando con la mano derecha dos lineas; una de arriba abajo y otra de la izquierda a la derecha.

El cristiano usa de esta señal de dos maneras: estas son Signar y Santiguar.

Al signarse y santiguarse, si está libre la mano izquierda se pone extendida debajo del pecho.

Signarse eshacertres crucesconeldedo pulgar de la mano derecha; la primera en la frente diciendo: Por la señal de la Santa Cruz; la segunda en la boca diciendo: de nuestros enemigos; la tercera en el pecho diciendo: líbranos Señor Dios Nuestro.

Hacemos la señal de la Cruz en la frente, porque nos libre Dios de los malos pensamientos; la segunda en la boca, porque nos libre Dios de las malas palabras; en el pecho, porque nos libre Dios de las malas obras y deseos.

Santiguarse es hacer una Cruz, llevando la mano derecha extendida a la frente diciendo: En el nombre del Padre; luego al pecho diciendo: y del Hijo; de aquí al hombro izquierdo y al derecho, diciendo: y del Espíritu Santo; y se termina con la palabra Amén.

Para hacer la señal de la Cruz usamos la mano derecha, porque es la principal, y en el servicio de Dios hemos de usar lo mejor.

Cuando hacemos la señal de la Cruz, el pasar de la izquierda a la derecha indica que por virtud de la Santa Cruz hemos pasado del estado de la culpa al estado de gracia, por lo tanto la señal de la Cruz debe hacerse con la mayor devoción.

Es cosa nobilísima hacer la señal de la Cruz, porque tiene la virtud de avivar la fe, desechar las tentaciones y alcanzar de Dios muchas gracias.

Conviene usar la señal de la Cruz: por la mañana al levantarnos y por la noche al acostarnos; al principió y al fin de la comida y del trabajo; al entrar y salir de la Iglesia y especialmente al comenzar la oración.
Siendo la Cruz el signo de nuestra redención, es muy conveniente que toda familia cristiana tenga un cuadro o imagen de Jesús crucificado en lugar visible y principal de la casa.

Partes principales de la Doctrina Cristiana.

Los deberes del Cristiano son: Creer las verdades de la fe; Orar con frecuencia; Observar la ley de Dios y de la Iglesia; Recibir con devoción los" Santos Sacramentos, por consiguiente, el cristiano al llegar al uso de la razón debe saber: lo que ha de creer, orar, observar y recibir. Estas cuatro cosas están contenidas; en el Credo, lo que ha de creer; en el Padre Nuestro y demás oraciones de la Iglesia, lo que ha de orar; en los Mandamientos de la ley de Dios y Preceptos de la Iglesia, lo que se ha de observar, y en los Sacramentos lo que se ha de recibir.

Las partes principales de la Doctrina Cristiana, pues, son cuatro: Credo, Padre Nuestro, Mandamientos y Sacramentos.

José Mª Luca.

(Continuará).