Imitación de San Francisco

A los Terciarios Franciscanos, se nos manda leamos y meditemos la vida de nuestro Santo Padre, y recojamos las sublimes enseñanzas que de su estudio se sacan y las reglas de práctica de vida espiritual, que siguiendo al Seráfico, nos aproximan a Jesús.

Y es lo más importante, el ejemplo, de tal modo que él sólo debe constituir la norma de los Terciarios Franciscanos en los presentes momentos de acción católica.

El más alto ejemplo que nos da nuestro Santo Padre, es el amor a la pobreza, con que él mismo se desposó solemnemente en el principio de su vida pública, y que en realidad es el centro sobre el que llega y sobre el que irradia el espíritu franciscano.

Ante los males, todos los males sociales, que su antagónica la riqueza produce desquiciando al mundo, se levanta esta virtud santa, que como decimos, constituye el corazón de la doctrina del espíritu franciscano.

El desecha el afán de riquezas y acepta de buen grado y de corazón la pobreza, siente enseguida dentro de sí un espíritu de fortaleza y de valor que le da alientos, como sobrenaturales en la vida. Y es porque ese es el camino de la salvación de la humanidad, porque cercena de raíz toda ambición y desaparecen todos los problemas de raza, de nación, de estado social, del individuo, porque mueren en él, ese desaliento que cada vez invade más al hombre, y que se ha llamado lucha por la vida.

¡Lucha por la vida! Por la muerte, que es la puerta de entrada a la vida eterna.

Por eso para salvar a la sociedad como al individuo, ha y que acogerse al renunciamiento, pues en él está el camino de la paz.

Este es el ejemplo de nuestro Seráfico Padre, este el primer acto plástico que encontramos en su vida y que le da aquella fortaleza y aquella voluntad que transformada en amor, le acerca a Jesucristo, y que sus doctrinas esparcidas y practicadas por las Ordenes por él fundadas, salven a los hombres y a las sociedades y sean una esperanza asimismo de salvación en las actuales.

¡Nada de supeditación a los negocios! ¡nada de afán por las riquezas!; que no hay más negocio que uno, la salvación del alma, que no hay más riqueza que una, la paz interior que con la beatitud nos lleva a Dios.

Este es el gran camino—que coa la humildad—nos marcó San Francisco, el camino de luz por el que hemos de seguir sus huellas, dando ejemplo, ejemplo individual, para que repercutiendo en la colectividad, ser como en los cristianos de la antigua Roma, el faro luminoso que atrayendo las conciencias salve al mundo, ya que el Altísimo lo amó tanto, que mandó a su propio Hijo, que sufrió para salvarlo muerte y pasión.

Manuel de Enpinosa, Terciario Franciscano.

De la Santa Misa

VII

Tienen obligación de oír misa en los domingos y dais de precepto, los que teniendo uso de razón, hayan cumplido los siete años. Dos condiciones se exigen para estar obligados al precepto de oír misa: a) uso de razón, b) siete años cumplidos. No es bastante que exista sola una condición, sino las dos a la vez. Luego se sigue que los dementes no están obligados a oír misa, aunque tengan más de siete años. Y también se deduce que los niños que tengan uso de razón, si no han cumplido los siete años, tampoco les obliga este precepto.

Este precepto es natural y ceremonial. Es natural en cuanto manda que se dé culto a Dios y que se dedique algún tiempo para adorarle y darle gracias por los inmensos beneficios de El recibidos y le pidamos auxilio en nuestros trances apurados,confiándole nuestros secretos como a nuestro buen Padre y se digne ampararnos y guiarnos en nuestra temporada de destierro. Y es ceremonial en cuanto designa el tiempo en que hemos de cumplir estas obligaciones. En la antigua ley era el sábado el señalado para santificar nuestras obligaciones con Dios.

La Iglesia, en memoria de la resurrección de Jesús, que se verificó en domingo, sustituyó este día al sábado.

Para oír Misa se necesitan tres condiciones, 1ª que se esté presente a la misa; 2ª atención; 3ª lugar debido.

La presencia debe ser moral y continuada desde el principio al final de la misa. Está cualquiera presente moralmente a la misa cuando es considerado como uno de los asistentes. No es necesario para que se considere presente el que vea el altar, oiga al sacerdote; basta el que siga a la misa y se dé cuenta de sus principales partes por la campanita y movimiento de los asistentes.

Lugo sostiene que de una casa próxima a la Iglesia, que no diste más de 44 metros, se puede oír misa, con tal que la oiga como está dicho antes; pues se puede y debe llamar uno de los asistentes.

Se cuenta en la vida de Santa Clara que deseaba tener comunicación con su Santo Padre Francisco y santos compañeros, porque de sus conferencias espirituales sacaba su espíritu más amor a Dios y más firmes propósitos en sus santas resoluciones. Y acercándose los días de Navidad y no pudiendo obtener tan deseada entrevista, el Señor la concedió de modo maravilloso el que pudiera asistir á los maitines y misa que celebraban los religiosos a media noche en la Iglesia de la Porciúncula, oyendo la fervorosa alocución que dirigía a los religiosos y fieles el Santo Padre, trasportado en celestes alegrías, por el amor del Niño de Belén.

Desiderio.

Zurbarán. San Diego de Alcalá

Nicocolo Betti. Milagro de San Diego de Alcalá. Descalzas Reales de Valladolid

San Diego de Alcalá

Un milagro del Santo

Hallándose una vez San Diego en Sevilla, visitó con su compañero Fray Esteban a una familia, insigne bienhechora de la Orden Franciscana. Junto a la casa de esta Familia, vivía una pobre mujer que se ganaba la vida cociendo pan. Y esta mujer tenía un hijo de siete años, quien por una pequeña falta que había cometido, y por miedo a su madre, se metió en el horno y se quedó profundamente dormido.

Al preparar la mujer el horno para cocer pan, puso la leña conveniente, y le prendió fuego. Al momento se oyeron ayes desgarradores dentro del horno; y era que al calor del fuego se había despertado el niño de su sueño. La madre al oírlo, quedó como fuera de sí, y no se le ocurrió otra cosa que salir a la calle gritando como una desesperada, suplicando con lágrimas a cuantos pasaban, que acudiesen a su casa para salvar a su hijo que se quemaba.

Dios hizo que saliera entonces a la calle el Santo Fray Diego, a quien informaron de lo que ocurría. Compadecido el Santo de la desgracia de aquella mujer, la aconsejó que fuese inmediatamente a la iglesia, y se postrase delante de la imagen de María Inmaculada, pidiéndola la salvación de su hijo.
Mientras tanto, Fray Diego, con su compañero y una inmensa muchedumbre de gente, fueron a la casa donde estaba el horno y se quemaba el niño; y después de breve oración, llamó en nombre de Dios al niño, que estaba en medio de las llamas, y todos los presentes vieron maravillados, cómo caminando sobre las brasas, salió fuera del horno, sin la menor señal de quemaduras.

Y entre aclamaciones de gozo y entusiasmo, que iba creciendo cada vez más, trajeron el niño a la iglesia, donde se hallaba su madre, orando con lágrimas ante la imagen de María Inmaculada. Al ver aquella buena mujer a su hijo sano y salvo, lo estrechó contra su corazón, y ambos de rodillas dieron gracias a la Santísima Virgen y al humilde Fray Diego, por tan portentoso milagro.

Entonces los sacerdotes de aquella iglesia vistieron al niño de blanco y lo consagraron a María Inmaculada, quien le había salvado de una muerte segura, por las oraciones del santo lego franciscano. Así consta en el oficio del Santo.

Amaba San Diego con tierno afecto a María Inmaculada, comunicando su devoción a cuantos trataba, y curando a innumerables enfermos con el aceite de la lámpara que ardía ante alguna imagen de la Santísima Virgen, y atribuyendo siempre a la protección poderosa de la Madre de Dios cuantos prodigios obraba.

El cuerpo de este Santo se venera en la iglesia del convento de Franciscanos de Alcalá de Henares, ante cuyo sepulcro los ciegos recobran la vista, los sordos el oído, los mudos el habla, los paralíticos el movimiento, y toda clase de enfermos obtienen la salud.

Amemos a San Diego, honor de la Iglesia, gloria de España, preclaro hijo de la Orden Seráfica, y celestial Patrono de los hermanos legos franciscanos.

Su fiesta se celebra en toda la Iglesia Universal, el día 13 de noviembre.

Las obras de misericordia: visitar a los enfermos

Dos buenos amigos

Fernando hacía algunos días que no asistía a la escuela. Andrés y Pascual, que estaban en la misma clase, extrañaron la ausencia de su amigo Fernando y, aquel día, apenas salieron de la escuela, fueron a su casa porque suponían que estaría enfermo o existiría alguna otra causa grave que motivara su falta de asistencia.

Fernando era el más asiduo a clase, y tanto él como sus padres daban a la escuela la importancia que se merece, pues la consideraban como la institución más noble y útil de cuantas existen. La escuela para ellos era la base de la civilización y progreso, la única esperanza de regeneración individual, social y política. Y ¿cómo no, sí en aquel humilde edificio se dejaba oír continuamente la bondadosa voz del maestro que instruía, que aconsejaba a los niños acariciándoles con una mano y enseñándoles el cielo con la otra?

Andrés y Pascual llegaron a casa de Fernando, llamaron a la puerta, y el padre les abrió: tenía el semblante triste y los ojos llorosos.

—¿Por qué no ha venido Fernando estos días a la escuela?—dijo Andrés.

—¿Está enfermo?—añadió Pascual demostrando cierto afán.

El padre los miró melancólico, les pasó una mano por la cabeza y dijo:—Entrad.

Sin pronunciar palabra llegaron a la habitación de Fernando, el cual yacía en la cama con el semblante pálido y los ojos cerrados. Su madre estaba sentada a la cabecera; tenía los ojos irritados de tanto llorar y miraba a su hijo con una expresión de dolor indescriptible.

—¿Qué tiene?—balbucearon los dos muchachos a un mismo tiempo.

La madre, que parecía no haberse advertido de la presencia de los dos niños, volvió la cabeza al oírles hablar, echando sobre ellos una mirada que expresaba a la vez angustia y dolor.

—¿Está muy malo?—repitieron los chicos acercándose a la cama.

La madre contestó con un amargo sollozo. Después, con voz entrecortada, pudo decir: —Hijos míos, está muy enfermo. Hace dos días que no responde a nuestras palabras, delira a ratos diciendo cosas de la escuela, habla con el maestro, recita lecciones y pronuncia vuestros nombres juntamente con otros, que suponemos serán de niños que asisten a la misma clase.

—¡Fernando!—gritó Andrés.

—¿No nos oyes? añadió Pascual.

Fernando, preso de la fiebre, comenzó entonces a decir: —¡Andrés!... ¡Pascual!

—Sí, somos nosotros que hemos venido a verte —respondieron los niños. —Ten ánimo que pronto te pondrás bueno. ¿Te sientes muy malo?

Fernando en su delirio, siguió diciendo: —¡Andrés!... ¡Pascual!...

—¿No nos conoces?

Pero el enfermo siguió repitiendo los nombres de sus amigos, sin abrir los ojos ni cambiar de posición.
Andrés y Pascual le dirigieron otras preguntas; pero el enfermo siguió delirando.

—¡Ya lo veis!—dijo angustiado el padre.

—¡Se muere! añadió la madre con el mayor abatimiento— ¡Se muere el hijo de mi corazón!

Los dos muchachos miraron nuevamente el pálido rostro de Fernando y las lágrimas asomaron a sus ojos. El padre, al observarla clase de sentimientos que animaban en aquel momento a los amigos de su hijo, les colocó una mano sobre el hombro diciéndoles enternecido:

—Gracias, hijos míos. ¿Queréis mucho a Fernando, verdad?

Los niños movieron la cabeza en sentido afirmativo, lloriqueando.

—Vuestra visita—continuó diciendo el padre—ha sido un gran consuelo para mí. Ella me manifiesta la verdadera amistad que profesáis a mi hijo y que, en vuestro corazón, germina lozano el sentimiento de la caridad cristiana. Ejercitaos en obras de misericordia y seréis queridos de todos. Ahora marchad, hijos míos, pero nunca olvidéis que, de las Obras de Misericordia, la primera manda «visitar a los enfermos».

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La enfermedad de Fernando fue bastante larga y penosa. Sin embargo, Andrés y Pascual no dejaron un solo día de visitar la casa del enfermo hasta que estuvo completamente restablecido. Preferían estar junto con su amigo Fernando a jugar y distraerse en otras cosas durante las horas destinadas a recreo y distracción. Allí animaban a Fernando, le distraían, le prodigaban consuelos y mitigaban la pena de sus padres.

¡Benditos sean los niños que practican la primera de las Obras de Misericordia!

Las obras de misericordia: Dar de comer al hambriento

María

En una aldehuela de mísero aspecto vivía, en compañía de su padre, la bondadosa María. Su cara era blanca como una rama de nardos, su cuerpo gracioso y esbelto como un junco, y en la piel satinada de su cuello y de sus manos aparecía la dirección de las venas como borrosas nubecillas de azul celeste.
No tendría arriba de doce años y, en su tranquila y despejada frente, ya germinaba la semilla de una reflexión robusta, mientras en su corazón anidaba el más puro sentimiento de amor al prójimo.

—María —le decía constantemente su padre sentándola sobre sus rodillas y pasándole la mano por el rubio, sedoso y abundante cabello— la virtud es el mejor adorno de los que somos pobres. Los ricos, hija mía, aunque no a los ojos de Dios, pueden a los ojos del mundo cubrir sus vicios con el dinero y la influencia; mas los pobres ¿con qué cubriríamos el escándalo de nuestras malas acciones?

La honradez constituye el más grandioso tesoro del pobre, tesoro que no debemos cambiar por todo el dinero y las riquezas de la tierra. La virtud, en sus diferentes aspectos, nos acerca a Dios; las riquezas suelen arrojarnos al lado del diablo. Jesucristo dijo que éstas eran espinas que se clavaban en el corazón de los hombres para matar el desarrollo de todo buen sentimiento. Nunca las ambiciones, hija de mi corazón, antes al contrario, fíjate en las necesidades del prójimo y remédialas, si te es posible, con los escasos recursos de tu pobreza. No mires nunca con indiferencia al desdichado ser que pide un pedazo de pan para calmar el hambre que siente, y socórrele aunque sea partiendo con aquel desgraciado la comida que para ti tengas preparada.

Acuérdate del milagro que operó Dios en Santa Casilda, hija de Aldemón, rey moro de Toledo, cuando convirtió en flores las viandas que llevaba escondidas en la falda para los prisioneros cristianos que gemían en los calabozos de aquel palacio, milagro que evitó el que su padre la matara.

No olvides la parábola del «rico avariento»; piensa que quien de todo corazón practica en este mundo cualquier obra de misericordia, recorre al mismo tiempo un buen trozo del camino que conduce a las puertas de la Gloria. Cada lágrima que enjuguen tus sentimientos de caridad, representa para ti un día de felicidad en la tierra... ¡tal vez de bienandanza en el cielo! La virtud, María, la virtud es la única herencia que te legará tu padre al morir. Guárdala siempre en tu corazón, hija de mi alma. ¡Desgraciada de ti el día que la pierdas!

Estos y otros consejos parecidos, hacían crecer la hermosura espiritual en el corazón de María, trasladando un reflejo de bondad angélica a su rostro. La madre de María había muerto cuando ésta comenzaba a balbucear algunas palabras.

La niña contribuía al sostenimiento de casa cuidando de un pequeño rebaño de cabras y ovejas, el cual sacaba diariamente a pastarlas verdes hierbas que crecían en los collados, mientras su padre empuñaba el arado o la azada y sufría las inclemencias del tiempo para ganar unos pocos cuartos de jornal.

Aquel día, su padre había salido con la azada al hombro, al asomar la aurora, para cavar en las tierras de uno de los arrendadores de la aldea; y la hermosa niña quedó sola en casa, esperando que el sol secara con su calor el abundante rocío que se había depositado en la hierba durante la noche.

Estaba en la puerta contemplando el camino, que por la parte de oriente se alejaba culebreando hasta la cima de la colina próxima, cuando asomó por ella la silueta de un pobre anciano cubierto de harapos.
Descendía por el camino que conducía a la aldea. Le había sorprendido la noche, después de caminar extraviado todo el día por aquellos montes, sin comer ni un pedazo de pan desde el día anterior, y, al anochecer, no había tenido más remedio que pernoctar bajo las hojas de un frondoso pino y acostarse sobre el duro suelo.

María observaba atenta el lento paso de! anciano, el cual, poco a poco, llegó a .la primera casa de la aldea, enfrente de la que habitaba aquélla. La situación topográfica de la aldea permitía a la niña distinguir las puertas de las veinte o treinta casas que constituían aquel poblado, pues no tenía más calles que una especie de plaza de forma irregular. La casa en cuya puerta se había parado el anciano para pedir una limosna, pertenecía a uno de los tres o cuatro propietarios del pueblo.

—¡Ave María purísima!—dijo el anciano con débil voz.

Del interior de la casa no contestaron.

—¡Ave María purísima!—repitió el pobre con más fuerza.

Entonces salió la dueña de la casa con cara de vinagre y, al conocer por el aspecto de aquel desgraciado el motivo de las dos invocaciones a María Santísima, le dijo con cierta aspereza: —¡Dios le remedie!

— Dos días que no he comido —añadió el anciano con acento de humilde súplica.— Un pedacito de pan... que tengo hambre.

—Ya le he dicho que Dios le remedie—refunfuñó la dueña volviéndose de espaldas.

El pobre clavó su mirada en el cielo, como implorando el auxilio de la divina gracia se dirigió a la casa contigua.

También allí le socorrieron diciéndole que Dios le remediara.

La tercera y la cuarta casa tenían las puertas cerradas y el anciano pidió un pedazo de pan en la casa de más arriba; pero tampoco ablandó el corazón de sus moradores, los cuales le despidieron con el «Dios le remedie» de costumbre.

María, que observaba el desaliento del anciano, deseaba que este llegase cuanto antes a la puerta de su casa para darle algo; pero el pobre, por la dirección que llevaba, llegaría a casa de la niña después de haber pasado por todas las demás de la aldea, pues la plaza formaba una especie de óvalo abierto, en uno de cupos extremos se hallaba enclavada la humilde casita de María. Esperó, pues, sin apartar la vista del pobre anciano, y vio que en ninguna casa había encontrado una mano caritativa que le diera un pedazo de pan. Cuando el anciano llegó delante de la niña, presentaba el aspecto más compasivo. Su rostro venerable llevaba impreso el sello del mayor abatimiento. Con los ojos tristes y la angustia en el corazón miró a la niña con una expresión tal de dolor que María se adelantó hacia él diciéndole con dulce voz:

—Pasad, buen hombre. Me da lástima vuestro estado. Estáis temblando y os flaquean las piernas. Entrad, entrad y descansaréis mientras os preparo un poco de comida.

Y cogiéndole del brazo lo dejó sentado dentro de casa; le puso delante la única mesa de pino que poseían ella y su padre y, sacando un pan y un pedazo de queso que tenía preparados para ella, le dijo:—Comed, buen anciano. Yo quisiera daros una comida más excelente; pero somos pobres y no puedo ofreceros lo que quisiera.

El anciano la miraba conmovido, sin decir palabra. La niña, le sonreía bondadosamente animándole a que comiera; y aquel desgraciado, no encontrando forma con qué expresar su asombro y agradecimiento, principió a suspirar, hasta que por fin, sus apagados ojos dejaron escapar algunas lágrimas que trató
inútilmente de ocultar con el dorso de la mano.

—¿Lloráis?—preguntó María con tierno afán.

—No pases cuidado, hija mía—respondió el anciano.—Estas lágrimas son de alegría... Son una muestra de la sorpresa que me ha causado la bondad y nobleza de tu corazón. Dios, sin duda, te ha puesto en mi camino para hacerme ver el auxilio de su Divina Providencia, para consolidar más mi fe, para fortalecer en mí la salvadora virtud de la esperanza, para que la fatalidad no precipitara mi razón en un abismo de sacrílegas dudas. Pero tú, niña celestial, no debes ser una criatura humana: tú debes ser un ángel enviado por Dios para librar de la muerte a este desgraciado anciano que iba a sucumbir de hambre y pena.

—¡Un ángel!—exclamó María riendo—. No, hombre, no soy más que una niña, tal vez la más pobre de este lugar; pero mi padre me ha enseñado, desde pequeñita, a practicar las Obras de Misericordia con el corazón. Y no tengo en mí más mérito que el de poseer una gran voluntad para remediar las necesidades del prójimo, siempre que me sea posible. Conque comed, sin esforzaros en demostrarme vuestra gratitud, pues Dios nos manda «dar de comer al hambriento».

El anciano se puso a comer y, mientras consumía la frugal comida que la angelical María le había presentado, elevaba una oración mental al cielo diciendo: —Dios mío, recompensa las virtudes de esta niña, hazla dichosa.

Cuando terminó de comer se levantó para marcharse; y María le despidió cariñosa mientras el anciano la decía llorando:—Yo no puedo recompensar tu acción como se merece; pero no olvides—dijo poniéndose una mano sobre el pecho—que mis fervientes oraciones se dirigirán al cielo para pedir tu felicidad. ¡El Señor te bendiga como te bendice este anciano!—Y echando sobre la niña la última mirada de agradecimiento, se alejó de la aldea.

María reunió su pequeño rebaño y se encaminó al collado próximo tatareando una tierna balada que había aprendido. Estaba más contenta que otros días y era más feliz. La obra de misericordia que había acabado de practicar llenó su corazón de una alegría desconocida, de una emoción dulce y placentera que embelleció su rostro cual si fuera un ángel del cielo.

Palmí.

Temas religiosos de liturgia

—¿Han de hacer alguna reverencia los fieles cristianos cuando entran en la iglesia en atención a la santidad del lugar pala majestad de Dios que en él habita y lo llena todo?

—Sí, cada uno ha de hacerla en su debida forma.

—¿Cuál ha de ser esta reverencia y a quién ha de dirigirse para que llene bien su cometido litúrgico?

—Una inclinación profunda de cabeza a la Cruz del altar mayor, si desde la entrada no descubren el Santísimo Sacramento, ni el Sagrario. Una genuflexión sencilla, pero de modo que llegue a tocar tierra la rodilla derecha, si sólo descubren el Sagrario. Una genuflexión doble, con inclinación media del cuerpo, si tienen la Hostia consagrada a la vista, elevan a Dios o están dando la comunión a su presencia. Mas de cualquiera de estos tres modos, la reverencia debe dirigirse sólo a Dios.

—¿Acaso la Cruz del altar mayor no requiere siempre la genuflexión sencilla cuando es ella el objeto principal más venerando que primero se presenta a los ojos de los fieles que entran en la iglesia, como sucede donde no hay Sagrario ni Hostia consagrada que se vea desde la entrada del templo?

Durante las funciones litúrgicas del mismo altar mayor, sí; antes o después de ellas, no. Hay que atenerse, por lo tanto, a las circunstancias de cada caso particular y obrar en consecuencia.

—¿Cómo han de hacerse las genuflexiones sencillas y cómo las dobles para que agraden al Señor a quien se dirigen?

—Las sencillas se hacen bajando la rodilla derecha hasta que toque tierra junto al pie izquierdo, menos cuando se efectúan en las gradas. Las dobles ¡lácense bajando sucesivamente ambas rodillas también hasta tierra, empezando por la derecha y colocando después la izquierda junto a ella. A las sencillas no acompaña ninguna inclinación del cuerpo; pero las dobles suelen ir acompañadas de su inclinación media cada vez que se hacen.

—¿Ha de hacerse inclinación o genuflexión a la Cruz principal de los altares laterales, llamadas secundarias?

—Fuera de las funciones litúrgicas, no; dentro de ellas, sí. Se hará genuflexión sencilla sólo a la Cruz del altar de la función, y sólo mientras dure ésta. Pero en otro tiempo ni siquiera se le hará inclinación de cabeza con carácter litúrgico.

—¿A dónde han de encaminarse en primer lugar los fieles cristianos, después de haber entrado en la iglesia y cumplido las ceremonias de la entrada, y cuál deberá ser entonces el primer acto de piedad por ellos ejercido en el templo?

—Conviene que visiten ante todo la Capilla de comunión y que adoren en ella a Jesús sacramentado, a no estar el Sacramento en el altar mayor. Es una hermosa y piadosa práctica que debiera observarse escrupulosamente por todos y en todas partes. A fin de cooperar a conseguirlo con mayor facilidad el Papa Pío XI ha concedido recientemente 300 días de indulgencia que puede ganarse cada vez que la practican con corazón contrito, aunque se haga esto con suma brevedad.

—¿Qué fórmula ha de recitarse en estos casos de adoración eucarística y cómo deberán conducirse los fieles que deseen lucrar esa indulgencia parcial cada vez que acuden a la iglesia?

—No habiéndose prescrito nada en concreto, creemos que basta una visita ordinaria y que cualquiera es dueño de rezar lo que mejor le parezca según su devoción y el tiempo de que entonces disponga. Proponemos, sin embargo, la fórmula de nuestro Seráfico Padre San Francisco de Asís, que desde antiguo está oficialmente en uso entre nosotros y en toda nuestra ínclita Orden. Se dice de rodillas y con la cabeza profundamente inclinada en todas las comunidades franciscanas de uno y otro sexo, en común y en particular. He aquí sus palabras: «Te adoramos, santísimo Señor Jesucristo, aquí y en todas las iglesias que hay en todo el mundo, y te bendecimos porque por tu santa Cruz redimiste al mundo». Así lo practicamos antes y después de nuestros actos en el coro y en la iglesia. Es nuestra fórmula clásica de adoración a Jesús Sacramentado.

—¿Qué ciase de reverencia han de hacer los cristianos que pasan por los altares en que se dice misa, desde que se levanta a Dios en ellos hasta después de haber comulgado el sacerdote que la celebra, en atención a la Hostia del augusto sacrificio?

—Sólo una genuflexión sencilla, como cuando se pasa por delante del Sagrario. Pero se hará doble si entonces el sacerdote la muestra al pueblo para su pública adoración, cual si estuviese de manifiesto en el viril o en la custodia.

—¿Requiere algún culto especial o reverencia determinada el cáliz que ha servido para una misa y que se deja después sin purificar sobre la mesa del mismo altar para otra vez servirse de él en la 2ª o
3ª misa de los sacerdotes que dicen dos o tres en un mismo día, conforme a rúbrica o por privilegio de la Santa Sede?

—No. Bastará, pues, que al pasar por delante del altar donde él se encuentra, se dé a la Cruz o al Sagrario que allí haya el culto que les corresponda, según lo que se ha dicho más arriba.

—¿Dónde han de colocarse los simples fieles dentro de la iglesia, qué orden de colocación han de guardar ellos entre sí, y qué respeto han de tener todos a la casa del Señor?

—Los que no sean sacerdotes ni hayan de tomar parte en las funciones sagradas se quedarán en el plano de la iglesia y frente al altar del sacrificio o de la función a que ellos asistan, cuidando entonces de que sea una hermosa realidad litúrgica la separación de ambos sexos dentro del sagrado recinto. Formarán, por lo tanto, en el lugar que respectivamente se les haya asignado en el templo, los dos grupos de rúbrica; no volviendo a juntarse los hombres con las mujeres hasta después de haber salido del santuario por la puerta que a cada grupo corresponda, donde sean varias las disponibles.

Reminiscencia de esta antiquísima costumbre en la iglesia es la nomenclatura que aún hoy día conservan esas puertas en muchas partes, denominándose una la de los hombres y otra la de las mujeres. Restablézcase en lo posible tan santa costumbre en aquellos pueblos, ciudades y villorrios en que haya caído en desuso, tal vez por negligencia de los vigías de la casa de Israel.

Mientras tanto permanezcan los fieles dentro de la iglesia, ora estén de rodillas ora en pie, han de conducirse de modo que se den mutuamente allí pruebas inequívocas de verdadera y sólida piedad cristiana. No se distraerán, pues, mirando vagamente a una y otra parte ni hablarán los unos con los otros más allá de lo absolutamente preciso, como tampoco harán ruido inoportuno con los asientos ni con los pies, al cambiar de postura o al trasladarse de un lugar a otro, dentro de la misma iglesia. De modo que por ningún concepto han de querer atraerse la atención de los demás fieles.

—¿Cuáles son las razones fundamentales de esta veneración y respeto religioso que se piden a los católicos?

—Unas se refieren a la santidad del lugar, otras al sagrado de las funciones que se tienen en él ya los sacramentos que allí se administran, otras a ¡a voluntad expresa de Dios consignada en las divinas letras, y otras a la real presencia de la Majestad soberana que llena y santifica todo aquel recinto. «Mis ojos estarán abiertos y mis orejas atentas a la oración de aquél que orare en este lugar», dice el Señor. Es Dios mismo quien ha escogido y santificado los templó se iglesias de los católicos para residir de fijo en ellas sin apartar nunca de estos lugares sus ojos ni su corazón, como consta en otras muchas partes de las sagradas escrituras. De aquí la necesidad de eliminar urgentemente esa baraúnda de profanaciones que con harta frecuencia convierten las iglesias en teatros y plazas públicas.

—¿Cuál es la pieza principal de cada iglesia particular?

—El altar, que da nombre a todos los objetos de su alrededor y a los que son de su utilidad o de necesidad para el sacrificio que en él se inmola tantas veces. Así hablamos de la Cruz del altar, del servicio del altar, de los Ministros de! altar, del Sacramento del altar, de las toallas y sacras del altar, de los candeleros, del altar y de todo lo demás que con el altar se relaciona o del altar participa.
Siempre se ha distinguido en la iglesia de Dios el altar entre todas las otras piezas del Santuario, y de muchas maneras se encarece todavía su valor y dignidad entre los fieles cristianos que militan
hoy en la misma Iglesia. Todos, pues, debemos mirarlo con profunda veneración y acercarnos a él con las especiales demostraciones religiosas de quien se llega al Sancta Sanctorum. Los que prescinden de los miramientos v respetos arriba dichos, profanan no solo el altar sino también todo el local en que está emplazado, ofenden al Hijo de Dios que es la víctima en él sacrificada y truecan para sí las bendiciones en maldiciones, la salud en enfermedad, la vida de la gracia en muerte del pecado, la gloria del cielo en los horrores del infierno.

Descalzados nuestros pies de todas las solicitudes carnales y de las afecciones terrenas que miserablemente nos enlodan, hemos de trepar por este monte alto que es Cristo y subir con ligereza a las cumbres de él, si queremos fabricar nuestros nidos de amor en los agujeros de la Piedra viva más alta. Las llagas sagradas y adorables de Jesús muerto en la Cruz del Calvario, son esos agujeros misteriosos, prenda segura de nuestra eterna salvación, a donde ya no llegan nuestras pasiones desordenadas, ni las aves de rapiña pueden ocasionarnos daño ninguno espiritual.

Fr. Francisco Lliteras, ofm

Charlas catequéticas o instrucciones religiosas

Lo que se ha de creer

Fe es creer todo lo que Dios ha revelado y la santa Iglesia nos enseña.

Las principales verdades de la Fe son:

Iª. Dios existe.
2ª. Dios premia a los buenos y castiga a los malos.
3ª. En Dios hay tres personas realmente distintas.
4ª. La segunda persona divina se hizo hombre para salvarnos.

Dice San Pablo: Sin la Fe es imposible agradar a Dios. (Heb 9, 6).

Debemos creer todo lo que Dios ha revelado, porque Dios no puede engañarse ni engañarnos.
Dios no revela a cada uno directamente las verdades que debemos creer. La Santa Iglesia es la depositaría de las verdades reveladas por Dios y ella es la encargada de enseñárnoslas.

La Santa Iglesia tiene todos los títulos y caracteres necesarios que demuestran su divina institución y misión para enseñarnos lo que Dios ha revelado.

Todo lo que debemos creer está contenido explícita e implícitamente en el Credo, por lo tanto todo cristiano procure saber el Credo y rezarlo con frecuencia.

El Credo se llama símbolo apostólico porque lo hicieron los Apóstoles, por especial encargo de la Santísima Virgen, para dar a los cristianos una norma de Fe.

El Credo tiene doce artículos por estar formado por los doce Apóstoles, a saber:

San Pedro: Creo en Dios, Padre Todopoderoso, criador del cielo y dé la tierra.

San Andrés: Y en Jesucristo, su único hijo, Nuestro Señor.

Santiago el Mayor: Que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo: nació, de Santa María Virgen.

San Juan Evangelista: Padeció debajo del poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado.

Santo Tomas: Descendió a los infiernos, al tercer día resucito dé entre los muertos.

Santiago el Menor: Subió a los cielos: está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso.

San Felipe: Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

San Bartolomé: Creo en el Espíritu Santo.

San Mateo: La Santa Iglesia Católica; la comunión de los Santos.

San Simón: El perdón de los pecados.

San Tadeo: La resurrección de la carne.

San Matías: La vida perdurable.

José Mª Luca.

(Continuará)

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