Cultura religiosa. Errores modernos

A la juventud Antoniana

Mis queridos Antonianos: Os decía mi en m¡ conversación anterior, que no todas las verdades que hemos de creer los católicos se hallan contenidas en la Sagrada Escritura, sino que muchas de ellas han llegado a nosotros por medio de la Tradición.

Y la Tradición es la palabra de Dios o escrita, transmitida de viva voz por los Apóstoles, y que ha llegado a nosotros por medio de la enseñanza de la Iglesia nuestra madre.

Y ¿dónde, me diréis, hemos de aprender las verdades de la Tradición?

Las verdades que fueron enseñadas verbalmente por los Apóstoles, fueron escritas luego, y transmitidas por los distintos medios de que dispone la iglesia Católica.

Y estos medios son: los Símbolos, los decretos de los Concilios, las obras de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia, los libros de Liturgia, las Actas de los Mártires, y los innumerables monumentos del Arte cristiano.

Y aquí es donde hemos de aprender las verdades de la Tradición.

En primer lugar en los Símbolos.

Se llama Símbolo, una imagen, figura o divisa,con que se representa un concepto, intelectual o moral, por alguna semejanza o correspondencia que el entendimiento percibe entre este concepto y aquella imagen.

Se llama también Símbolo, el resumen o resultado de una conferencia entre varias personas, como también el santo y seña que sirve para darse a conocer entre sí algunos individuos.

Por todo esto, se llama Símbolo por antonomasia, el Credo de los Apóstoles, pues lo compusieron éstos como el resumen y compendio de la reunión que tuvieron en Jerusalén antes de separarse.

Porque luego que Jesús hubo subido a los cielos el día de la Ascensión,los Apóstoles tuvieron que ir a predicar el Evangelio, por todo el mundo, como les había mandado el Divino Maestro. Y antes de separarse, redactaron el Credo, o sea un resumen o breve compendio de las verdades principales de nuestra fe, a fin de que todos ellos enseñasen la misma doctrina en las diversas partes del mundo en que habían de predicar.

Y se llamó también Símbolo el Credo de los Apóstoles porque sirvió de santo y seña a los primitivos cristianos para darse a conocer entre sí y distinguirse de los falsos discípulos de nuestro Señor Jesucristo.

Aunque el Símbolo o Credo es uno sólo, sin embargo se cuentan cuatro que son:

1.° El Símbolo de los Apóstoles, llamado así porque fue redactado por ellos, como hemos dicho antes.

San Antonio2.° El Símbolo de Nicea, que es el mismo de los Apóstoles, pero al cual se añadieron en el Concilio de Nicea algunas frases para explicar más claramente la Divinidad de Jesucristo, negada por los arríanos.

3.° El Símbolo de Constantinopla, que es el mismo de Nicea, al cual se añadieron algunas palabras para explicar el dogma del Espíritu Santo, negado por los Macedonios. Este es el Símbolo que se reza o canta en la Santa Misa.

4 ° El Símbolo de San Atanasio, llamado así porque lo compuso este Santo Doctor, y es un resumen admirable de los Misterios de la Beatísima Trinidad y de la Encarnado del Verbo en las purísimas entrañas de María Santísima.

El Símbolo o Credo, pues, en estas cuatro variedades, fue el primero de los medios de que se valió la Iglesia nuestra Madre, para transmitirnos las principales verdades de nuestra fe.

Este es el Símbolo o Credo, mis queridos antonianos, que debemos recordar y repetir constantemente, por ser el mejor resumen y compendio de las verdades de nuestra religión.

Y no sólo debemos recordarlo y repetirlo, sino grabarlo además en nuestro corazón, y aprender a cantarlo en la forma sencilla y majestuosa en que nos lo enseña la Iglesia, porque él es además el santo y seña que sirve para darse a conocer entre sí los verdaderos católicos,y distinguirse de los herejes y falsos seguidores de Cristo.—Continuaremos hablando de las fuentes de la Tradición.

Vuestro afmo. amigo,

Fr. Juan B. Botet, ofm

De la Santa Misa

VIII

La primera condición para oír misa es la presencia. Esta presencia debe ser a toda la misa, que es lo que los teólogos denominan presencia continuada. Y como a veces voluntaria o involuntariamente se omite oír alguna parte de la misa, se trata de investigar ¿cuándo la omisión es notable o de poca consideración, y por lo tanto en el primer caso, si es voluntaria, constituye pecado mortal? Es sentencia seguida en las escuelas que la omisión voluntaria de una tercera parte de la misa es notable, y se incurre en tal caso en pecado mortal. Y suelen dar ciertas reglas para determinar esta omisión notable y cuando no llega.

Santa Misa. San Pío1ª. Probablemente no es pecado mortal omitir desde el principio de la misa hasta el evangelio inclusive. Tampoco peca gravemente el que omite solo lo que resta después de la consumación del sacerdote en ambas especies.

2ª. Es pecado grave omitir juntamente el principio de 1a misa hasta el evangelio y lo que resta después de la consumación del sacerdote. También omitir las dos conservaciones de la hostia y el cáliz; y también parece que sea grave el no asistir a la consagración de una sola especie. Pero téngase presente lo que dijimos de la asistencia, que no es necesario que se vea consagrar, sino que basta que se repute como uno de los asistentes y lo sea en realidad; esto basta para oír misa observando las demás condiciones que se irán explicando. Se disputa entre los teólogos si sería grave no asistir a solo la consumación del sacerdote, inclinándose San Ligorio a la sentencia de los que afirman la gravedad.

No oiría misa si alguien asistiera a la misa de dos sacerdotes que se hallan el uno en la elevación de la hostia y el otro al principio, siguiendo al primero hasta el fin y al otro hasta la elevación: esto es sencillamente asistir simultáneamente a dos partes de dos misas, peno no oír misa entera, que manda el precepto. No obstante parece que cumpliría con el precepto si encostrara la misa de un sacerdote en el ofertorio, v. gr., asistiera a esta hasta el fin con las debidas condiciones, y luego supliera la parte que no oyó en la primera misa, asistiendo a esta parte, en la misa de otro sacerdote, que saliera luego de concluida la primera misa. Así lo aseguran los teólogos.

Nuestro Padre San Francisco, así como le era familiar el adorar al Señor cuando entraba en una iglesia, con aquella devota oración: Te adoramos Señor Jesucristo, aquí y en todas tus iglesias que hay en todo el mundo y te bendecimos, que por tu santa cruz redemiste al al mundo, así cuando oía la santa Misa se creía trasportado al calvario, considerando a Jesús clavado en la Cruz; y la sangre que manaba de su sagrado cuerpo veía que empapaba su alma y caía abundosa sobre la esposa mística de Jesús, la Santa Iglesia.

Desiderio.

Aromas Antonianos

A Dios lo que es de Dios

Es evidente que algo nuevo ocurría entre los clérigos de la Catedral de Lisboa y alguna extrañeza se notaba también entre los fieles que llenaban la espaciosa nave del templo:

¿Dónde está? se preguntaban sigilosamente los corales.

¿Qué vacío se nota hoy en el coro, se decían las almas devotas, pues no se oye una voz dulce que llenaba de emoción y encanto?

Se ha puesto fraile, contestó el sacristán a uno de los directores de coro, que se llegó a preguntarlo; y esta voz corrió como un reguero entre todos los cantantes y canónigos; y una sombra de desilusión y casi tristeza recubrió los semblantes de todos los corales.

¿Se ha puesto fraile? decía un anciano canónigo a otro que se lo contaba; Bien está, añadió con plena convicción; Bien está: A Dios lo que es de Dios.

Evidentemente, Antonio era de Dios. Aquel joven Hernando de Bullón, que con su modestia, con su devoción, con su voz armoniosa y dulce robaba los corazones, y era ejemplo de edificación para todos los clérigos de la Catedral de Lisboa, había ingresado en el monasterio de los canónigos regulares de San Agustín, sin que nadie se hubiera percatado de su resolución; y de ahí esa general extrañeza que produjo su ausencia en la Catedral; pues no hay duda que todos se sentían atraídos hacia él, todos se embelesaban oyéndole cantar en el coro, y todos sentían ansiedad de verle y de escucharle; porque algo de extraordinario y divino se notaba en su semblante de sublime emoción.

Pero el joven Hernando, nuestro San Antonio, era de Dios, Dios lo había escogido para sí, y él se había consagrado ya desde su mocedad, o mejor dicho, desde niño, al servicio de Dios y de su Santísima Madre; y cuando allá a ¡os quince años, se percató de los peligros del mundo, y se dio cuenta de las seducciones que ofrecían a su espíritu las honras y las grandezas humanas, huyó a la soledad, buscó el retiro del claustro; y al anochecer de cierto día abandonó el palacio de los Bullones y se encerró en la casa de Dios. Se dio a Dios de lleno porque no era del mundo; sino que era todo de Dios.

Dos años estuvo San Antonio en el monasterio de San Vicente, que estaba a las afueras de la ciudad de Lisboa; y en ese tiempo echaba altos fundamentos al edificio de su virtud, que había de trascender en sublime santidad. Mas al darse cuenta sus parientes y sus amigos de su presencia en el monasterio y de su grande virtud, acudían frecuentemente a buscarle para tomar consejo de él en sus negocios, y para edificarse con su palabra llena de unción y de santidad. Mas esto le era un estorbo para el mayor aprovechamiento de su alma, y decidió mudar de sitio, alcanzando licencia de sus prelados para pasar a Coimbra y morar en el monasterio de Santa Cruz de la misma Orden de San Agustín.

Según el parecer de algunas crónicas, estuvo San Antonio once años en este monasterio, terminando allí la carrera eclesiástica y ordenándose de sacerdote.

Quién será capaz de descubrir la vida de santidad y de continua contemplación en que vivía anegada el alma de aquel joven religioso? Su lema era dar a Dios lo que es de Dios, y como de Dios era el alma, él con toda el alma se daba a Dios en aquellos momentos sublimes de su oración; y como lirio purísimo emanaba perfumes y aromas de pureza y de virtud, que se difundían por el mundo desde aquella celda tantas veces santificada con la presencia del Niño Jesús.

Un día llegaban a las puertas del cielo unas emanaciones dulces, suavísimas, puras como las emanaciones de la virginidad; y los ángeles se decían: ¿Qué flor tan purísima habrá brotado en la tierra, que ha llegado a competir con los perfumes del cielo? Y obtenida la venia del Altísimo bajaron a miríadas sobre la tierra, siguiendo el reguero de los perfumes de aquella flor, y llegaron a Coimbra, y penetraron en el monasterio de Santa Cruz; y en una pobre y humilde celda encontraron a un joven religioso en oración, y con él estaba el Niño de Belén, que le inculcaba el amor a la humildad, y prendía en su pecho el fuego de su amor a las almas. Los ángeles sorprendidos, se postraron en tierra, rodeando aquel cuadro sublime de Antonio y de Jesús y oyeron como Jesús le decía:

Dame almas Antonio,
dame almas benditas,
las que he redimido
y se pierden precitas:
yo en cambio te entrego
mi amor, mi poder.

Al ver y escuchar esto los ángeles sigilosamente se decían:

¿Sabéis el secreto
que funde en amores
el pecho de Antonio,
que es huerto de flores?
¿Sabéis por qué su alma
volcán es de fuego,
y es dulce remanso
de eterno sosiego?
Ya veis que del ciclo
bajó enamorado,
el Dios de las almas,
el Dios humanado,

y anduvo buscando
por valles y sierra
el fuego que un día
se prendió en la tierra,
el fuego de amores
del dulce Jesús.
Lo anduvo buscando
y halló en los vergeles
un lirio oloroso
cuajado de mieles,
el lirio de Antonio
que ardía de amor.

Lo vio enamorado
Jesús tierno niño,
lo vio puro y casto,
le dio su cariño;
y alzando sus alas
de tul y de armiño,
de púrpura y rosa,
de azul y carmín,
posó en su regazo
que ardía de fuego
y le dio un abrazo
de amores sin fin.

Así presenciaron los ángeles por vez primera aquel tierno idilio de Jesús y de Antonio que tantas veces se repitió en su vida, porque era todo de Dios.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

Charlas Catequísticas o Instrucciones religiosas

Articulo 1°
Creo en Dios, Padre Todopoderoso criador del cielo y de la tierra.
Creo significa: estar cierto que todo lo que contiene el Credo es verdad infalible revelada por Dios.

DIOS
Dios es el Ser Supremo, infinitamente perfecto, Criador y Señor del cielo y de la tierra.
Dios no ha recibido su ser de nadie; todo lo demás tiene su ser recibido de Dios.

Pruebas de la existencia de Dios
Todas las cosas nos están diciendo: Dios nos ha dado el ser y no nosotros mismos. Los seres que vemos, no se han criado a sí mismos: luego existe un Creador.

1ª Yo mismo no me di el ser; mis padres tampoco se lo dieron a sí mismos; luego es necesario llegar a una causa primera, que es Dios.

2ª El mundo entero con su orden admirable revela la existencia de Dios, sabiduría infinita.

3ª Todos oímos en el fondo de nuestra conciencia una voz que nos dice: no puedes matar, robar; haz el bien, evita el mal; los buenos serán premiados, los malos castigados.

Sólo el Ser Supremo puede hablar en forma igual y con tanto imperio a todos los hombres.

Niegan la existencia de Dios los que quisieran que no lo hubiera, para poder pecar sin remordimientos de conciencia.

Dicen los impíos: Si hubiera Dios, no permitiría tantos males sobre la tierra. ¡Necios! Si Dios permite el mal, no os quepa duda alguna que lo permite para Sacar siempre un mayor bien.

Nuestro pequeño entendimiento muchas veces no puede comprender el bien que resulta de los males que nos afligen.

El profeta David (Salmo 91) dice: «¡Cuán grandes son Señor, tus obras! ¡Cuán insondables tus designios! El hombre insensato no conoce estas cosas, ni entiende de ellas el necio

José Mª Luca.

(Continuará)

La voz del Papa

Discurso de S. S. Pío XI a los peregrinos de las Archidiócesis de Valencia y Sevilla

«Hoy—dice el Papa—, con motivo de la fiesta de Cristo Rey, los españoles han repetido las manifestaciones de respeto, de sumisión y de amor, tan expresivas y entusiastas, que no sabemos si es que España entera se ha trasladado al Vaticano, o si somos nosotros los que nos sentimos transportados a España.

Al pasar entre vosotros he podido darme cuenta de cómo están representadas todas las clases sociales: la nobleza, los trabajadores intelectuales, los obreros, el clero con los Prelados, el Embajador de España, que representa a su Rey; niños de cortos años y ancianos veteranos de la vida. Pero,sobre todo, me producen especial complacencia esos jóvenes que llevan en su pecho los colores de la Inmaculada y son hoy un risueño porvenir que se ha de convertir en halagüeña realidad de mañana.

Bienvenidos seáis, peregrinos españoles. Acabáis de llegar de un pueblo del que conocemos cosas verdaderamente admirables de fe, de fidelidad, de entusiasmo, de perseverancia. Vosotros, que hubierais podido ganar el jubileo cómodamente desde vuestro hogar, habéis querido afrontar incomodidades, sacrificio y dispendios por traer este consuelo a mi corazón. Habéis conseguido, con la unidad y catolicidad de nuestra fe, convertir Nuestro jubileo sacerdotal en vuestro jubileo espiritual. El jubileo del padre se ha convertido en el del hijo en estos momentos en que vosotros os habéis infiltrado del espíritu cristiano que se respira desde el último rincón de las catacumbas hasta las más altas cúpulas de las basílicas de Roma.

Nos queremos recorrer con la imaginación vuestras magníficas iglesias, especialmente aquellas en las que rendía culto a la Virgen, cuyo 75 aniversario del dogma de la Inmaculada Concepción queréis celebrar con devotas fiestas. Me imagino los templos de Bilbao, Valencia, Andalucía, Montserrat, el Pilar, que condensan la devoción de España por la Virgen.

Quiero daros una bendición especial, que yo reservo para los hijos de España. Una bendición para los niños que han venido con vosotros, para los ancianos, los sacerdotes, los Prelados, los religiosos. Una bendición para el Rey, representante de España y de toda la raza, que ha querido en estos tiempos renovar otra vez el gesto caballeresco y cristiano, eminentemente español, de sumisión a la Santa Sede».

El Papa termina su discurso rogando a los Cardenales de Toledo y de Sevilla que repartan entre los peregrinos medallas con la efigie del Papa y de Santa Teresita del Niño Jesús, patrona de todo apostolado de la fe, porque es deseo expreso del Papa que cada uno sea apóstol de la fe, primero consigo mismo, después con la familia y con la sociedad, en el trabajo manual y en los negocios, preparándose íntimamente y tomando el espíritu, el corazón y la inteligencia de las cosas de Dios y obrando en todo momento, en público y en privado, con esta formación cristiana.

Leyenda infantil

La tísica

Consuelo, hija única del marqués de A... había tenido la desgracia de perder a su madre cuando la niña empezaba a balbucear tan sagrado nombre.

En la época a que nos referimos había cumplido y a los dieciséis años. Su padre, más inclinado a los negocios y diversiones que a la verdadera educación de Consuelo, había dado a ésta la enseñanza que la mayoría de los ricos suelen dar a sus hijos: criados serviles, coches de lujo, alhajas, sedas y orgullo. Le había enseñado a mirar al pobre como a un ser inferior, como al ente inoportuno que se debe despreciar; y su corazón, siendo bueno, permanecía insensible, cerrado a las bellezas de la caridad. Por esta causa, sin duda, a pesar de estar en la hermosa edad de la vida en que todo se ve matizado de alegría y con el deslumbrante prisma de la esperanza y la ilusión (mucho más cuando se es millonada y hermosa como lo era ella) le faltaba algo a Consuelo para ser feliz. En medio de su opulencia, se la veía con el sello de la melancolía; parecía hastiada, y su rostro principiaba a tomar el tinte de esas flores que mueren por falta de jugos en la dura tierra donde se depositó la semilla que les dio vida. Consuelo iba languideciendo; ninguna cosa le llamaba la atención; no había objeto que la sacara de su glacial indiferencia.

Esta enfermedad moral trascendió a la parte física, y Consuelo fue enflaqueciendo poco a poco. El padre consultó entonces al médico más afamado de Valencia (población donde vivían), y después de algunos días de visitas y de emplear inútilmente el influjo de algunos medicamentos, el galeno dijo al padre:

—Señor Marqués, su hija ha entrado en el período de una enfermedad moral de carácter grave. Procure usted que pasee, que se distraiga, que respire el aire puro de las montañas, que viaje... Precisa sacarla de ese estado de tristeza que la consume... De lo contrario se muere sin remedio.

Desde aquel día, el padre no perdonó medios ni gastos para que Consuelo curara de su dolencia: la llevó a Francia, Suiza, Bélgica, Alemania y otras naciones de Europa, deteniéndose en las poblaciones más importantes de cada una y asistiendo a los sitios de mayor atractivo. Pero la enfermedad siguió su carrera, <y cuando regresaron a Valencia, Consuelo tosía constantemente y arrojaba algunas esputos de sangre. Nuevamente se buscó el recurso de la medicina; pero ni consultas ni reconstituyentes arrancaron a la melancólica Consuelo su tristeza, ni pararon los progresos del mal que padecía.
¿Es que la salvadora fórmula no estaba escrita en la frente de las eminencias médicas? ¿Es que la ciencia, con todo su poder, resultaba impotente para curar a Consuelo? ¡Tal vez!

En las enfermedades morales hay que combatir sentimientos, las preparaciones químicas de sólidos y líquidos resultan siempre ineficaces; y en las indicadas afecciones, a veces llega la caridad hasta donde no puede llegar la ciencia. El único remedio que quedaba, pues, para salvar a Consuelo, era abrir su corazón a las hermosuras de la caridad cristiana; porque, como hemos dicho, hasta donde no alcanzan las recetas de la medicina ni la ciencia de los hombres, alcanzan los redentores principios de Jesucristo.
Sin embargo, ¿cómo emplear este plan de curación? ¿Quién lo concebía?

Si Consuelo hubiese tenido, al menos, los consejos y el cariño de su difunta madre, los bellos sentimientos del corazón tal vez se hubieran desarrollado en ella, cambiando su carácter melancólico e indiferente. Pero había crecido sin el calor materno y su corazón era cual buena simiente depositada en terreno pedregoso. Las personas que la rodeaban no podían enseñar lo que no sentían. Y ¿cómo? ¡si la nota más sensible de su carácter la constituía el egoísmo, y éste es y será siempre contrario a la caridad!

Nadie había enseñado a Consuelo el placer que experimenta aquel que remedia las necesidades del prójimo; ninguna voz se había deslizado hasta su oído para decirle:

«Consuelo, hija mía, tú puedes dar de comer al hambriento, de beber al sediento y vestir al desnudo; tú puedes visitar a los enfermos que gimen en la miseria y redimirlos de su enfermedad con tu dinero; tú puedes enjugar muchas lágrimas y recibir muchas bendiciones; tú, hija mía, puedes experimentar la dicha más pura y la satisfacción más grande de las criaturas que son buenas como tú, si diriges la vista a las miserables buhardillas y prestas tu apoyo a los desgraciados que allí moran. Sí, Consuelo; allí te espera la madre que ve agonizar a su único hijo sin poderle dar una taza de caldo que le reanime; allí te espera el aterido anciano, tiritando de frío... cubierto de harapos... con la angustia en el rostro... con el corazón oprimido... esperando que alguien le lleve una rama seca para calentarse; allí también está llamándote la enlutada viuda, rodeada de numerosos hijos pequeños, llorando amargamente.

¿Sabes por que llora, Consuelo? No es sólo por la muerte de su marido, del padre de sus hijos, no: aquel dolor, con ser grande, ha sido borrado por otro dolor más grande todavía: llora, se desespera, maldice, vuelve a llorar, cae abatida; su dolor es muchísimo más intenso que el que producen las heridas del cuerpo: es un dolor moral; es un dolor del alma, llena de heridas profundas; es un sufrimiento horrible el que experimenta aquella desdichada. ¡Consuelo, esa mujeres madre, y no puede calmar el hambre de sus hijos dándoles el pan que inútilmente le piden!

Tú no comprenderás la aterradora magnitud de este dolor; no eres madre, no ves a tus hijos con la palidez en el rostro, demacrados, lívidos .. pidiéndote pan. ¡Ah, Consuelo!, esa mujer es honrada...: el mayor sacrificio que podía exigírsele ya lo ha hecho: ha pedido limosna, tapando su vergüenza con la obscuridad de la noche, y acaba de regresar a su destartalada buhardilla, sin pan y con algunos ultrajes inferidos a su honra; cuando se le acaban las lágrimas maldice a los hombres, suplica a Dios, y al ver que sus pequeñuelos también lloran, se ciega, se irrita, siente vértigos... ¡Desdichada!... en un momento de locura... hasta al mismo Dios pretende alcanzar con sus maldiciones. Pero Dios la perdona porque aquella madre no sabe lo que se hace; la impulsa el amor a sus hijos y la precipita el vil egoísmo de los hombres. Tú, Consuelo, no puedes comprender el terrible calvario de esa infeliz; pero medita un momento en lo que voy a decirte y tal vez llegues a formarte idea de lo que es el amor de madre.

Esa viuda, si supiera que pudiera calmar el hambre de sus hijos con la sangre que aún le queda en las venas, la verías coger un cuchillo, inferirse una herida, cortarse una arteria y decir a sus hijos: «Venid, hijos míos; acercad vuestra boca a la herida; chupad uno después de otro; alimentad vuestros cuerpos con mi sangre, ya que la sociedad me niega el mendrugo de pan que necesitáis para vuestro sustento». Después... la verías morir satisfecha, tal vez risueña. Piensa,Consuelo, que existen ejemplos como éste, miserias, escenas de dolor parecidas a las que te he relatado, y piensa también que ha? muchos ricos como tú. Llega a esas viviendas sin luz ni fuego, y yo te aseguro que no podrá darte el mundo goces tan puros como los que experimentarás cada vez que conviertas el llanto en risas, los aves de dolor en exclamaciones de gratitud y de alegría...»

Pero nadie había intentado depositar en el corazón de Consuelo estos o parecidos consejos; y la enfermedad siguió haciendo estragos en la aristocrática joven, la cual iba perdiendo gradualmente las pocas fuerzas que le quedaban. Si intentaba caminar, apenas había dado algunos pasos volvía a sentarse rendida de cansancio. Los médicos pronunciaron aquellos días, en presencia del padre, el último y terrible fallo de la ciencia: ¡Consuelo estaba tísica!

Su padre había perdido las esperanzas de curarla desde que los médicos le anunciaron la aparición de la terrible enfermedad, y ordenó a la servidumbre que todos ejecutaran inmediatamente hasta el más extravagante capricho de la señorita.

Corría el mes de septiembre, era domingo por la tarde. Las demás criadas jóvenes de la casa habían salido de paseo, y sólo quedó al lado de Consuelo la jovial Francisca, criada predilecta de la señorita.

—¡Qué hermosa está la tarde! —decía Francisca mirando el despejado cielo por entre los cortinajes del balcón.— La playa del Cabañal estará llena de gente, y la señorita —añadió dirigiéndose a la enferma— podrá distraerse viendo la animación y contemplando las azuladas ondas del mar. ¿Mando enganchar el coche?

— Lo que tú quieras—contestó Consuelo, demostrando indiferencia.

Un momento después, ama y criada se dirigían a la playa en un soberbio landó, tirado por dos fogosos caballos.

—Señorita —dijo Francisca cuando llegaron al Cabañal— ¿entramos en «Las Arenas»?

—No —respondió Consuelo.— Deseo huir del bullicio... Mejor es que vayamos a la playa de la Malvarrosa.
Francisca dio oportunas órdenes al cochero y, a los pocos minutos, se apeaban las dos en el sitio que la señorita deseaba.

Consuelo caminó unos cincuenta pasos, apoyándose en el hombro de la criada, hasta llegar a la sombra de una pequeña arboleda, y dijo de pronto sentándose en el suelo:—¡No puedo más..! ¡Estoy rendida! Tú márchate si quieres, a donde está la gente.

—¿Y va usted a quedarse sola?

—Anda, no importa. Diviértete mientras yo aspiro la brisa y contemplo la azulada inmensidad del agua. Yo te esperaré. Vete.

Francisca no se hizo mucho de rogar y se alejó, más contenta que el niño que llega por fin a posesionarse del juguete suspirado, hacia donde estaba el bullicio y la animación.

La melancólica Consuelo quedó ensimismada en sus meditaciones, ora mirando fijamente la grande llanura del mar, ora inclinando la cabeza sobre el pecho y quedándose absorta en sus tristes pensamientos. El recuerdo de su madre le vino con insistencia a la imaginación y las lágrimas surcaron silenciosas sus pálidas mejillas. Nunca como entonces le parecieron más vanas las cosas del mundo. Miraba el firmamento y, tras aquel azul de mágicos fulgores, le parecía descubrir un lugar de descanso eterno, de beatitud sin límites, hacia el que se sentía impelida por una fuerza misteriosa. Su alma repelía la pompa, el lujo, las riquezas... hasta las glorias del ser humano sobre la tierra y forcejeaba por elevarse a otro mundo mejor. En este estado de ánimo, Consuelo lloraba silenciosa y copiosamente como si fuera una necesidad natural de su espíritu. ¡Infeliz! ¡Cuán desgraciada era!

Un ruido de pasos precipitados la sacó de estas reflexiones. Volvió la vista y vio correr hacia donde ella estaba una niña de unos doce años, a quien perseguía un jovenzuelo de una poca más edad, con una cesta en la mano. Detrás de ellos se veía avanzar, en la misma dirección, a una mujer entrada en años: era la madre de los dos muchachos que corrían.

—Tú has perdido—dijo el joven a su hermana, dándole alcance antes de llegar a la orilla del mar, a unos veinte pasos de donde se hallaba Consuelo. —Porque la arena me impedía corre r— respondió la niña, dejándose caer en el suelo rendida de cansancio y con las mejillas encarnadas como una amapola.

—¡Toma!—exclamó su hermano—esa excusa no te vale. Te he ganado un beso y la merienda. La merienda te la perdono, pero el beso no.

Y, acercando sus labios al encendido rostro de su hermanita, le dio unos cuantos besos que la niña le devolvió alegremente.

La madre se acercaba riendo y gozando al ver le ternura de sus hijos.

—¿Quién ha ganado la apuesta?

—Yo, mamá —respondió el muchacho.— Ya me he cobrado y quiero compartir contigo las ganancias —añadió abrazando y besando a su madre.

—La niña se levantó repentinamente al ver la acción de su hermano diciendo:

Pues a mí aun me queda capital.

Y abrazando a su mamá por el otro lado .—¡Toma, toma y toma! —le dijo depositando tres fuertes besos en su bondadoso rostro.

Consuelo miraba extática la tierna escena que se desarrollaba ante su vista; y por la primera vez en su vida sintió envidia. Aquella familia, que demostraba no ser rica, era feliz.

Entre madre e hijos existía un tierno afecto que no había encontrado jamás entre su padre y ella.—Yo nunca he besado a mi padre con ese calor—se decía—ni mi padre ha depositado en mi rostro ninguno de esos besos que dejan satisfecha el alma. ¡Siempre entre nosotros afectos fríos de cariño! ¿Por qué no me han educado en el ambiente de esa familia? ¿Por qué no han excitado mi amor filial con el amor paterno?¡Ah! la felicidad está sin duda en el desarrollo de los sentimientos del corazón.

Mientras tanto, la madre y los hijos habían puesto su frugal merienda en el suelo sobre una blanca servilleta, y principiaron a comer con buen apetito.

Pero de pronto la niña divisó, un poco más allá de donde estaba Consuelo, a un pobre hombre sentado en una piedra.

Estaba con las manos a los lados de la cara y en actitud del mayor abatimiento.

—Mamá, mira aquel hombre —exclamó señalándolo con la mano.—Parece el tío Roque, ese pobre enfermo que tiene tantos hijos pequeños y que, según nos dijo la vecina, están todos muriéndose de hambre.

—Pobrecitos — añadió el muchacho.—Tal vez no hayan comido nada en todo el día. Voy a darle estos diez céntimos que tengo.

—Y yo estos cinco que me ha dado la mamá para que me los gaste en lo que quiera—repuso la niña sacando la pequeña moneda de cobre.—¡Ah, quien pudiera ser rico para esparcir el bien por todas partes! Cada vez que secara las lágrimas de una familia necesitada me creería la más feliz de las criaturas.

—Id, hijos míos respondió la madre—id a entregarle vuestro dinero, pues no podéis concebir la felicidad que siento al ver arraigado en vuestros juveniles corazones el sentimiento de la caridad. Pero yo también quiero socorrerlo. Dadle estos dos reales de mi parte—dijo sacando una monedita de plata—y decidle además que venga a participar de nuestra merienda.

Juan y su hermana pasaron corriendo por delante de Consuelo, rivalizando por llegar antes, y luego regresaron llevando entre ellos a aquel pobre hombre, que no sabía cómo expresar su agradecimiento. Cuando llegaron, le ayudaron a sentarse en el suelo y ambos se desvivían por animarle en la comida.

El pobre les refirió por qué serie de circunstancias había llegado a aquel deplorable estado; y al decirles que ni él ni sus hijos habían comido nada en todo el día, por falta de recursos y por la vergüenza que experimentaba al ir a implorar la caridad pública, se puso a llorar como un niño. —Muchas veces durante el día—añadió suspirando—he intentado extender mi mano al transeúnte que se cruzaba en mi camino; pero, al llegar el momento preciso, ni la voz salía de mi garganta ni mi brazo tenía fuerza para levantarse. El sentimiento de la dignidad propia se sobreponía siempre a la satisfacción de las necesidades del cuerpo.

El hambre de mis hijos me animaba nuevamente a pedir limosna; pero... volvía a perder el valor. En vista le esta terrible lucha de mi espíritu huí de la gente y me retiré a este sitio para llorar mi desgracia y morir antes de hambre que pasar por la vergüenza de la mendicidad. En las dos horas que estoy allí sentado, la idea del suicidio ha herido muchas veces mi razón, cada vez con más fuerza, pues ¿cómo volver a casa sin llevar a aquellas pobres criaturas un pedazo de pan? Cuando más aferrada estaba en mí la idea de la muerte oí la voz de dos ángeles: eran sus dos hijos, señora, que venían a demostrarme el inesperado auxilio de Dios. ¡Benditos sean y bendita usted que ha desarrollado en ellos sentimientos de tal belleza!

El pobre no pudo proseguir a causa del llanto. La niña comenzó también a hacer pucheros y Juan y su madre intentaban inútilmente retener las lágrimas que vertían. Consuelo, interesada vivamente, no perdían una palabra, ni un movimiento: el ejemplo de aquella familia le había llegado al alma, introduciendo en su frío corazón un ardoroso rayo de calor. Entonces comprendió la causa de la ternura de aquella madre y sus hijos y el motivo de su felicidad. «El sentimiento de amor al prójimo —se decía— ha encendido en ellos el sacro fuego del mutuo cariño; el ejercicio de la caridad les da salud, dicha y alegría constantes.

¡Ahora comprendo mi tristeza y mi enfermedad! ¡Oh! ¿Por qué no me han enseñado desde pequeña a hacer lo que esos muchachos? ¿Y mi corazón ha podido permanecer en la obscuridad tanto tiempo? ¡Dios mío! ¡Hoy me sacas de las tinieblas... hoy que casi estoy al borde del sepulcro! Pero no,—dijo de pronto en un arranque de fe—Tú, Dios mío, no puedes permitir que haya llegado tarde a mis ojos el brillante rayo de luz que tu divina providencia me ha enviado. Mi misión en la tierra no puede dejar de realizarse. Necesito vivir para el prójimo y viviré.

¡Corazón—exclamó después tratando de sujetar sus fuertes latidos—ya no estás frío, ya siento en tu interior el fuego de la caridad cristiana! ¡Alienta y regocíjate porque hoy es el primer día de vida!»
Mientras Consuelo pasaba por tal metamorfosis de sentimientos, la dichosa familia se levantaba para ir a su casa.—Adiós—decía el pobre despidiéndose.—En el corazón guardaré eternamente el recuerdo de esta tarde.

Y mientras los muchachos se alejaban saludando al pobre con la mano, Consuelo los miraba enternecida diciendo en voz baja:— Yo también os digo adiós, nobles criaturas; vosotros me habéis regenerado y a vosotros os deberé la vida. También en mi corazón será eterno vuestro recuerdo. Y tú, modelo de madres, yo haré porque reemplaces a la que perdí siendo niña. ¡Adiós!... ¡Pronto nos volveremos a ver.
Después se levantó y se acercó al pobre, que estaba como clavado en la arena mirando la borrosa silueta de sus bienhechores, y le entregó un billete de cincuenta pesetas diciendo:—¡Para sus hijos!—Después se volvió con bastante celeridad hacia el coche.

¡Su primer acto de misericordia parece que había comunicado fortaleza mágica a su debilitado cuerpo!
En esto llegó Francisca y ambas subieron al carruaje. Al rato no quedaba en la playa dé la Malvarrosa más que el ruido que hacían las olas al besar la levantisca arena. Las sombras de la noche principiaron a extenderse como lúgubre crespón, borrando los contornos del paisaje y absorbiendo poco a poco la alegría que da la luz a los espíritus. Era la hora predilecta de los recuerdos. ¡Aquella tarde moría dando la vida a un corazón!

Prolijo sería enumerar los actos de caridad que realizó Consuelo desde aquel día. Sólo diremos que, cuando le faltaba dinero, vendía sus joyas y todo lo que consideraba como superfluo para la vida, para remediar al necesitado. Su ocupación diaria fue visitar los barrios pobres de Valencia y esparcir el bien a manos llenas.

A los tres meses de ejercer esta vida de amor al prójimo estaba ya completamente restablecida. Había vuelto la alegría a su corazón, el carmín a sus mejillas y la robustez y la hermosura a su esbelto cuerpo.
Entonces indagó noticias de la familia que en la playa le había enseñado los puros placeres de la caridad, y supo que Juan era un artesano que mantenía a su madre viuda y a su hermanita con el producto de su trabajo. Ella se lo arregló de modo que trabó amistad con ellos.

Como era hermosa e inmensamente rica, tuvo muchos pretendientes de la aristocracia valenciana; pero Consuelo rehusó la mano de todos: buscaba un corazón y éste lo había encontrado la tarde que resucitó a la vida de la misericordia. Juan fue el elegido y se casó con él.

—Quien practica el bien, tarde o temprano, encuentra la recompensa. No se olvide que la caridad cristiana es el prodigioso talismán que cura todas las penas.