Azucenas de Pureza

Era Luis el más simpático y jovial de los jóvenes que, por los años de 1290, se custodiaban en la ciudadela de Barcelona. En su corazón, siempre abierto a los efluvios del cielo, no hallaban lugar el tedio, la tristeza y el abatimiento que a menudo se apoderaban de sus compañeros llevándolos a mal traer. Los azares de la vida los tenían allí recluidos muy a pesar suyo.

San Luis obispo de Tolosa

San Luis Obispo de Tolosa, cuyas reliquias se guardan en precioso altar de la catedral de Valencia donde, se exponen a la pública veneración de los fieles el 19 de Agosto, día en que se celebra la fiesta del Santo.

El Padre de Luis, vencido y hecho prisionero por el rey de Aragón, logró su libertad a condición de entregar en rehenes tres hijos suyos con un séquito de sesenta cortesanos, y de cumplir otras cargas que el vencedor le impuso.

Privado de su libertad en Barcelona, aunque a sus tiempos daba Luis alguna muestra de pena y se acordaba con nostalgia de sus buenos padres y de su querida patria, nunca se vio el ceño en su rostro, ni afloró jamás una palabra de desesperación a sus labios. La paz de su corazón, cimentada sobre la firme roca de la fe y buenas costumbres, le mantenía tranquilo y dueño de sí en medio de los contratiempos y amarguras de la vida.

Sus compañeros, afanosos de ahogar en los placeres la melancolía que les roía los huesos, quedaron sorprendidos al observar que Luis se abstenía de entrar a ser parte en sus juergas licenciosas. La sorpresa pasó a desconcierto cuando se supo que, solicitado por uno de ellos a probar los placeres pecaminosos, se llenó Luis de indignación y rechazó con viril entereza aquellos absurdos planes diciendo: «¿Te parece poco tener el cuerpo en prisiones que aun quieres hacer el alma esclava del demonio?»... y con tal persuasión le habló de la angélica virtud que es compañera inseparable de la voluntad fuerte y de la sabiduría verdadera, que conquistó para Dios el corazón de aquel joven disoluto.

Así conquistó otros captándose las simpatías de todos con la sinceridad de sus palabras, su recto proceder y la noble hidalguía de todo su porte. Ya no hubo entre ellos ni conversaciones livianas, ni mojigangas escabrosas, ni palabras obscenas. Todos los nobles cautivos hicieron pacto común de someterse a penitencia pública cuando se desmandasen en algo, y pronto las blancas y fragantes azucenas de la pureza se vieron florecer en los mismos corazones donde habían arraigado antes las ponzoñosas y hediondas matas del vicio.

Bastó el ver y tratar una vez a Luis para que algunos se sintiesen trocados en su interior y el perfume de la pureza comenzara a exhalarse de sus costumbres antes pervertidas.

Se cuenta que al morir San Luis se vio salir de su boca una rosa blanca, símbolo de su virginal pureza; y que un religioso que se hallaba en oración vio subir al cielo su bendita alma acompañada de gran multitud de ángeles que con alegres voces cantaban: «Este galardón y premio da el Señor a quien le sirve en pureza y castidad».

Veinte años después, cuando ya canonizado el Santo se exhumaron sus restos para trasladarlos a suntuoso sepulcro costeado por el rey de Sicilia, hermano de San Luis, se hallaron milagrosamente conservados, cual si estuvieran vivos, los hermosos ojos del Santo en los que jamás había pintado una imagen lasciva. Su cerebro, asiento perenne de castos pensamientos, apareció también fresco e incorrupto, y de todos sus huesos se desprendía una fragancia celestial.

La Iglesia da a San Luis obispo de Tolosa el título de Lirio de virginidad y lo presenta a los jóvenes como dechado y patrono de la angelical virtud de la pureza.

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

El Colegio Internacional de San Antonio de Roma

(Continuación).

Cuando el grandioso Colegio apareció sobre la desierta Vía Merulana, no faltó quien dijo que era demasiado espacioso. Tiempos no lejanos han demostrado que no era así. No bien asumió el cargo de Ministro General el P. Buenaventura Marrani cuando concibió la idea, llevada en continente al deseo y a la obra, de ensanchar el Colegio, porque las necesidades urgentes de los estudios así lo requerían. Era preciso levantar una nueva ala, en el espacio vació que el Colegio poseía hasta el Viale Monzoni.

Expuesta su idea al Definitorio, el 10 de noviembre de 1927, fue acogida con entusiasmo por todos, invitando a las Provincias Americanas del Norte, que tomaran a su cargo econonómicamente la empresa. El 3 de octubre de 1928, se colocó la primera piedra; y la obra, espléndida, con todas las exigencias modernas, de líneas sencillas y clásicas, dirigida por el ingeniero Emilio Campa, y por el religioso Fray Vito Monti, ha sido ejecutada en veinte meses. El P. Marrani lo anunció a la Orden el 20 de mayo del actual y el 12 del presente junio acaba de ser inaugurada con solemnidad extraordinaria.

Entre los asistentes al acto se contaban los Cardenales Van Rossum, Prefecto de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide; Cerretti, Protector de la Orden; Laurenti, Prefecto de la Sagrada
Congregación de Ritos; Mons. Nuti, O. F. M., Vicario Apostólico de Alejandría en Egipto; el Abad Stozingen, Primado de los Benedictinos; y los monseñores Dominioni, Respighi, Carinci, Cesarini, Ruffini, Pascucci, La Puma, Campa, Cherubini, Fidecicchi, Caiazzo, Bernasconi, Trezzi, Teodori, Luttor, Vaes, Bonazzi, Dante y otros. Presentes se encontraban también el P. Vlodimiro Ledochowski, Prepósito General de la Compañía de Jesús, el P. Javier de la Inmaculada, General de los Trinitarios; el P. Arrigo, Superior General de los Terceros Franciscanos Regulares; igualmente, los Superiores Generales y Procuradores de las Ordenes de los Dominicos, Capuchinos, Marianistas, Agustinos, Agustinos Recoletos, Carmelitas Descalzos y Calzados, Salesianos, Josefinos y muchas otras Congregaciones. De los franciscanos estaba el General, P. Buenaventura Marrani, el Procurador, Padre Iglesias, el Postulador General, el P. Gemelli, Rector de la Universidad de Milán y el Definitorio General.

La bendición del edificio la dio el Cardenal Van Rossum. El Definidor General, P. Ricciardi, pronunció un hermoso discurso, y luego se descubrió una lápida al fundador del Colegio, P. Bernardino de Portogruaro.

Fr. Juan Alventosa García, ofm

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Preciosa imagen de Santa Catalina Thomás que se venera en el Convento de Religiosas Canonesas Agustinas de San Cristóbal de Valencia.

Como recordarán nuestros lectores el día 22 del pasado junio, en la Basílica del Vaticano S. S. Pío XI rodeado de la corte pontificia y del Sacro Colegio de Cardenales, concedió la gloria y el honor de los Santos a la Beata Catalina Thomás. Este fue término feliz de un largo proceso en el que se adujeron concluyentes pruebas de los milagros obrados por la intercesión de la humilde religiosa mallorquina para alcanzar su canonización. El Arzobispo-Obispo de Mallorca, Dr. Miralles, que es el único superviviente del tribunal que se constituyó en Palma para incoar dicho proceso, ha sido el primer prelado español que desde el siglo XVII ha visto florecer en su diócesis a una santa glorificada por la Iglesia. En efecto, desde 1622 en que el Papa Gregorio XV canonizó a Santa Teresa de Jesús ninguna otra mujer había sido adscrita en el Santoral Romano. Más de tres siglos de férvida devoción popular ha hecho de la Beata Catalina Thomás la gloria más pura de la Isla de Mallorca.

Amenidades

Los deberes sociales

Serafina, por Dios, ven y recoge estos chicos que no dejan escribir!—gritó por tercera vez D. Fulgencio, cargado ya hasta la coronilla. Estaba terminando un trabajo importantísimo, que debía entregar aquel mismo día en el ministerio de Hacienda, en donde estaba empleado con tres mil pesetas anuales, y sus cinco hijos, cuya edad variaba entre cuatro y doce años, le tenían ya loco con sus gritos y carreras y su continuo entrar y salir en el despacho. Era imposible con aquel estrépito terminar el trabajo a la hora debida.

Y como viera D. Fulgencio que su esposa no acudía a sus voces, y que los chicos, que en aquel momento se habían agolpado todos al despacho sin cesar de correr, gritar y subirse a los muebles dando saltos y zapatetas, no le hacían caso tampoco, se levantó irritado y les echó fuera repartiendo mojicones a derecha e izquierda. Después atrancó la puerta, cuya cerradura habían hecho saltar los chicos, colocando una silla por la parte de adentro, y continuó su trabajo.

Pero no había transcurrido aún media hora cuando la silla se vino al suelo con estrépito, se abrió la puerta de par en par chocando fuertemente contra el tabique, y los chicos tomaron por asalto el despacho otra vez, representando al vivo la irrupción de los bárbaros.

—¡Nada, está visto que no he de terminar hoy esto!—murmuró D. Fulgencio soltando la pluma con desaliento, y apoyando en la mano la mejilla.

A todo esto, uno de los chicos había comenzado a tocar una campanilla que encontró sobre una mesa, otro empezó a meter un dedo en un tintero y a pintarse patillas, y los tres restantes se pusieron a jugar al toro, haciendo de capa un pañuelo de la criada que habían cogido en la cocina, y de espada el bastón de D. Fulgencio.

—Pero esta mujer mía ¿en dónde estará?—murmuró aquél volviendo a impacientarse.

Y levantándose después con cierta calma rabiosa, volvió a cerrar la puerta, y cubriéndola luego con su cuerpo para que no se le escapara ninguno de los chicos, gritó con voz de trueno:

—¡Silencio!

Los chicos se quedaron mudos y clavados en sus sitios respectivos.

—A ver... ¡aquí todo el mundo!— volvió a gritar D. Fulgencio con voz formidable.

Los chicos avanzaron silenciosos y amedrentados, colocándose en semicírculo al rededor de su padre.

—¿En dónde está mamá?

Silencio absoluto...

—¡Que en dónde está mamá he dicho! —repitió D. Fulgencio, próximo a estallar.

—No sabemos...—dijo temblando uno de los chicos.

El mismo silencio de la vez anterior...

—¿Qué os dije antes?—repitió don Fulgencio.

—Que no volviéramos aquí en todo el día —contestó Luisito haciendo pucheros.

—¿Y por qué habéis vuelto?

—Porque nos dijo la criada que no la dejábamos guisar, y que nos viniéramos al despacho.

—¿Es decir, que aquí todo el mundo manda más que yo?... Pues ven acá tú —prosiguió D. Fulgencio, cogiendo al chico que estaba más próximo a él y sacudiéndole tres o cuatro poderosos argumentos "a posteriori" —Ahora tú — continuó, cogiendo al segundo y repitiendo la misma operación. Y así sucesivamente fue haciendo con todos, cuidando de que no se le escapara ninguno.

—Ahora todos conmigo a buscar a mamá —prosiguió el irritado señor, saliendo del despacho seguido de todos los chicos, que iban llorando a grito pelado. Aquello parecía la desolación universal...

Por fin, después de entrar y salir en varias habitaciones la alborotada comitiva, dieron con Serafina, que se hallaba en un gabinete muy repantigada en una butaca, bordando con seda de colores una primorosa tarjeta de felicitación que pensaba enviar a una amiga en el día de su cumpleaños. Bien había oído Serafina las voces del esposo que la llamaba, y el alboroto que armaban los chicos, pero no le había dado la realísima o mejor dicho la republicanísima gana de acudir, porque era preciso cumplir con el deber social de cumplimentar a la amiga, y apenas le quedaba ya el tiempo preciso para terminar la tarjeta. ¡Oh! ¡los deberes sociales!... Para Serafina no había nada antes que lo que ella llamaba deberes sociales, o sea, el hacer y recibir visitas de comadres, que no tenían otro objeto que chismorrear y cortarle sayos hasta al lucero del alba.

—Pero, Serafina, ¿no me has oído llamarte? ¿No ves esto mujer? —exclamó el irritado D. Fulgencio cuadrándose en medio del gabinete, rodeado de los chicos que seguían berreando y restregándose los ojos, colorados como tomates, de resultas del berrenchín.

—Pero, ¿qué pasa?—exclamó Serafina interrumpiendo su labor.

—Nada, que mientras tú te estás ahí muy tranquila bordando tarjetitas para cumplir tus deberes sociales, como tú dices, los chicos no me dejan terminar el trabajo que sabes he de entregar esta tarde en el ministerio. ¿Te parece a ti que esto se puede soportar? Hazme el favor de hacerte cargo de los chicos.

—Yo no puedo, Fulgencio. Tengo que terminar esta tarjeta que he ofrecido enviar mañana mismo a doña Sinforosa, la viuda del intendente. He empeñado ya mi palabra, y no puedo faltar. Son deberes sociales que no hay más remedio que cumplir.

—¡Eso es! ¡Y mientras tú cumples con tus deberes sociales, dejo yo de cumplir con mi obligación en el ministerio; y si mañana me despiden, comeremos cañamones o nos daremos con un canto en los dientes. ¿Te parece bien?

—Bueno, hombre, pues llama a la criada y que se encargue de los niños. ¡Oh! ¡la prosa de la vida!—murmuró Serafina melancólicamente.

—Mira, Serafina: déjate de prosa, y de poesía, y de tarjetas, y cuida de los niños, que ya se me va ahumando a mí el pescado y no estoy dispuesto a tolerar más tiempo que tengas abandonados tus principales deberes en el orden natural, o sean tus deberes de esposa y madre, para atender a eso que tú llamas deberes y exigencias sociales, y no son, en resumen, más que tu afán de enterarte de lo que pasa dentro y fuera de la población, y de darle a la tijera de la lengua, en vez de darle a la otra tijera, que es la que debías usar y no la usas. Con que a soltar ya eso, y a cuidar de tus hijos y de tu casa. ¡Vivo, que se hace tarde!

—¡Insolente!—gritó Serafina, ronca de coraje.— ¿Qué se entiende? ¿Tú crees que yo me he casado contigo para vivir hecha una negra, enterrarme en vida, y no tratarme con las gentes? ¿Te has olvidado ya de la epístola de San Pablo que nos leyeron el día que nos casamos? «¡Compañera os doy y no sierva!»—concluyó Serafina con acento dogmático, levantando el dedo índice de la mano derecha.

—En resumen: ¿dejas ese bordado, o no lo dejas?

—¡No, y no, y no!

—Pues, ¡toma, toma, y toma!— gritó D. Fulgencio ciego de coraje, arrebatando do manos de un chico el bastón que había servido a aquél de espada para jugar al toro, y comenzó a medirle las espaldas a Serafina.

Esta echó a correr dando gritos, D. Fulgencio echó detrás de ella dándole palos, los chicos echaron detrás de D. Fulgencio también; acudió la criada, el perro comenzó a ladrar al sentir el alboroto, y entre unos y otros armaron tal tremolina, que parecía que la casa se venía abajo.

—¿Qué es eso? ¿Qué pasa?—preguntaban los vecinos asomándose asustados a los balcones, al oír aquel escandalazo.

—Nada—contestó tranquilamente uno que conocía bien el flaco de Serafina.— Es que D. Fulgencio ha comenzado hoy a enseñar a su mujer a cumplir sus deberes sociales.

Amenidades

Frutos de la caridad

Permítame el lector un anticicipado comentario al cuento. De vez en vez, conviene reflexionar en serio.

Empecemos:

A un gran sector de la sociedad se le ha quitado la fe y se le ha dicho que la resignación es una cobardía; al mismo tiempo, le han señalado las riquezas y placeres del mundo como último fin del hombre.

Modelada con tales ideas un alma, ¿qué extraño que al sentir los tormentos de la miseria caiga fatalmente en una desesperación, que, a la vez que aumenta el sufrimiento, empuja al desorden?

Se oye, además, y se lee frecuentemente, que la pobreza es signo, en el que la padece, de degeneración y de debilidad, y que el perpetuarla, con el auxilio de la caridad, es entorpecer el perfeccionamiento de la raza humana.

El pobre, dicen, es una postema, un miembro gangrenado de la sociedad, un ser degenerado al que hay que extirpar por el bien de la raza.

Estas doctrinas paganas han llegado al proletariado, hiriéndole en su amor propio y uniéndoles para rechazar el estigma de raza inferior.

No hay, gritan, tal inferioridad de raza; lo que hay son muchas injusticias sociales, de las que somos víctimas, y puesto que el sufrirlas pacientemente, se traduce por inferioridad, nos unimos y nos organizamos para la conquista del poder y de la riqueza, signos, según decís, de raza superior. Y si la lucha destruye esas riquezas y hace imposible el gozarlas, y, por lo tanto, el que podamos subir hasta vuestros goces, al menos, conseguiremos que vosotros descendáis a nuestros dolores, que seamos iguales en el sufrir.

Ha contribuido a la rápida difusión de tan disolventes doctrinas la conducta anticristiana de gran mayoría de los afortunados, incluso de muchos que confiesan y oyen misa.

Se han despojado, como de carga enojosa, de los imperativos de la caridad, y borrado en sus libros de cuentas la partida con que Dios gravó sus bienes en favor de los pobres, creyéndose con derecho a disponer de todas sus rentas para gastarlas en lujos, en costosos viajes, en espectáculos y... en vicios, cual si fuesen exclusivamente suyas y nadie tuviera derecho en ellas.

Y, ya puestos en ese terreno, no se detienen en borrar la partida de la caridad; tachan también lo que deben a la justicia. Todo ello sin recato, jactándose de su desaprensión y poniendo a la vista de las víctimas, con insultante descaro, sus lujos y sus goces...

—¿No es cierto cuanto voy diciendo? Pues si lo es, vosotros, los que lamentáis la rebeldía y desesperación de la clase menesterosa, ya sabéis, conociendo el origen del mal, cuál será el remedio: devolver a esa clase la fe, la justicia y la caridad que la han quitado.

y ahora viene el cuento... o la historia que, por cierto, leí hace tiempo, no sé donde.

Poco más o menos decía así:

Desesperación.—Caridad.—Gratitud

El niño parecía iba a morir de un momento a otro; su respiración era fatigosa en extremo; con insistencia desesperante, se llevaba la pálida manecita a la garganta, donde sentía el origen de su tormento; un quejido débil y continuo entreabría sus labios marchitos.

Sus padres le contemplaban con el corazón deshecho. Eran jóvenes; obrero él de una fábrica metalúrgica; y el niño que moría era el primer fruto de sus amores y, por ende, el único.

Hermoso el pequeño, rosado, inteligente y alegre, era, naturalmente, el ídolo de lios jóvenes esposos, la alegría, el encanto del hogar.

El padre, a quien las propagandas revolucionarias habían quitado la fe, fuente de consuelo y resignación, estaba desesperado.

Allí había alguien que pretendía robarle su tesoro; pero estaba invisible ese alguien. ¡Ahí ¡Si el pudiera cogerle con sus callosas y fuertes manos, cómo le estrujaría en ellas!

La madre, más cristiana, sentía y lloraba, ¿cómo no?; pero, de vez en vez cuando la angustia parecía ahogarla, levantaba sus ojos al cielo, musitaba una súplica y sentía descender sobre su alma un dulce alivio para su pena inmensa.

De pronto, el niño fue preso de convulsiones terribles, y la madre, al ver que de un momento a otro se le moría su hijito idolatrado, gritó:

—¡Un médico!, pronto, que venga un médico!

—¡Un médico!—rugió rudamente el obrero—para los pobres no hay médico.

El municipal estaba muy atareado, ¡son tantas las enfermedades que engendra la miseria! Hasta el día siguiente no les tocaba a ellos el turno. Además, vivían en el campo, a dos horas de la ciudad, y no llegaría a tiempo.

Los otros médicos eran para los ricos, para los que podían pagar altos honorarios, y ellos eran pobres.
Todo eso pensó el desesperado obrero.

—¡Si fuera para los beatos de la quinta!—masculló luego entre dientes.—¡Ah!, entonces no faltarían médicos y medicinas y aduladores sirvientes, y la luna, si la luna era necesaria. ¡Canallas! ¡¡Hipócritas!! ¡¡¡Explotadores infames!!!

—Calla, por Dios—suplicó su esposa.

—¿Que calle?

Y, rojo de ira, abrió la puerta y salió para respirar el aire del campo... para desahogarse con más libertad.

En aquel momento un poderoso automóvil avanzaba veloz por la carretera. ¡El automóvil de los señores de la quinta!

El obrero lanzó una mirada de odio profundo y amenazó con el puño, profiriendo una terrible maldición; penetró luego, rápido en su morada y cerró de un portazo.

II

El auto se detuvo en la puerta de la humilde casa, y de él descendieron una joven elegante, casi una niña, y una señora de compañía.

Dentro de la casa la difteria seguía avanzando en su terrible obra, agarrotando la garganta del niño. La madre lloraba, el padre maldecía.

La joven llamó, y cuando abrieron, penetró resuelta, besó a la madre cariñosamente y saludo cortés al obrero. Luego explicó, en pocas palabras, la causa de aquella visita: había sabido que el niño, a quien conocía por haberle encontrado muchas veces en sus paseos por el campo y a quien había dado muchas veces dulces, se encontraba gravemente enfermo, y, suponiendo que ellos, sus padres, no podrían proporcionarle la asistencia debida, había ido a la ciudad en busca de un médico que no tardaría en venir.

Entretanto le aplicaría ella misma al enfermito los remedios de carácter general, preconizados en tales casos.
Y, sin más, se dirigió al lecho del niño, le besó la frente, le acarició con sus delicadas manos y le hizo tragar dos o tres cucharadas de un líquido que, a prevención, llevaba.

La señora de compañía protestó, una y otra vez, de tales imprudencias. La señorita, dada su juventud, pudiera contagiarse fácilmente.

El obrero estaba confundido ante aquel insólito espectáculo, según él y la madre, en una efusión de gratitud, besaba las manos de aquel ángel providencial que Dios, atendiendo a sus repetidas súplicas, le había enviado.

III

Ha pasado un mes. Todas las tardes, al salir los obreros de la fábrica, uno de ellos, de un jardín, corta unas flores y se encamina al camposanto; penetra en él, llega a un suntuoso monumento funerario, se arrodilla, coloca las flores sobre la lápida y llora como un niño; llora y reza, porque la gratitud y el dolor le han enseñado a ello.

Bajo aquella losa fría están los restos de aquel ángel, de aquella jovencita que se presentó en su humilde hogar para arrebatar a su hijo de las garras de la muerte... a costa de su vida; de aquella joven rica y hermosa, que se había sacrificado por un desheredado.

Y ya el obrero no maldecía jamás a los beatos, ¿quién sino una beata como aquella señorita hubiera realizado tan heroica obra de caridad?

No, no todos los ricos eran egoístas e injustos; al menos, en aquella ocasión, el injusto había sido él. Y, el infeliz, lleno de gratitud y arrepentimiento, lloraba y rezaba por su santa señorita.

Amenidades

Triunfo de la inocencia

I

Si hubierais nacido, lectores amables, al abrigo de una vetusta ejecutoria de nobleza y tuvierais del honor el ampuloso concepto de los antiguos señores napolitanos, muy seguro estoy que tendríais por perfectamente correcta la actitud de tigre acorralado del opulento caballero D. Arístides Niendimeno, al ver su palacio poco menos que tomado por asalto por los inflexibles agentes de justicia. Nunca el noble señor las había visto tan gordas: y lo peor es que todo militaba en contra suya... los manchones de sangre de sus vestidos, el puñal ensangrentado también, que acababa de arrojar debajo de una silla, la expresión de su rostro horriblemente inmutado y, para colmo de desventuras, el haberle la guardia nocturna descubierto rodilla en tierra junto a la víctima...

Claro está que, si se tratara de presentarse delante del tribunal de la justicia eterna, Niendimeno hubiera por ello recibido premio en vez de castigo; porque si de vuelta para su casa se manchó con la sangre del herido y allí le avistó la guardia, fue porque se creyó en el deber de auxiliarle; y si llevó a casa el puñal que encontró clavado en el pecho del moribundo, y que sacó al instante para poder así vendarle la herida, lo había hecho en un momento de loca alucinación, sin darse cuenta de ello, al tratar de emprender la fuga por temor de verse confundido luego con el asesino. Pero, como él se decía con verdad, ¿qué caso iba a hacer la justicia humana de semejantes explicaciones? El que con todas sus ínfulas de político eminente hubiera hecho el propio D. Arístides en persona.

De aquí el que no bien notó el noble prócer que detrás de su sombra iban a metérsele de rondón en palacio un par de guardias, que casi, casi, le iban pisando los talones, les dio en las narices un formidable portazo, y subió las escaleras de dos en dos, llamando a grito tendido a sus criados para que cerraran cuantas puertas había y corrieran a ponerse a su lado.

Entre tanto que los burlados guardias llamaban con signos convencionales a sus compañeros para someter el palacio a un asalto en toda regla, D. Arístides cambiaba el traje apresuradamente y corría a ocultarse tras una disimulada aspillera que le permitía defender la puerta de entrada... Porfiada fue la resistencia; mas al fin de cuentas, la guardia se impuso, no sin habérselas cuerpo a cuerpo con el fogoso prócer, que en el salón de lujo, en presencia de los retratos de sus antepasados, tuvo que dar sus manos a los cordeles y salir de allí tratado como un criminal vulgar, en tanto que su palacio era sometido a un escrupuloso registro.

¡Qué horror! Al dar D. Arístides una última angustiosa mirada de despedida a la colección de retratos, le pareció que todos los descendientes de la estirpe de los Niendimeno le miraban irritados, y que de sus labios salía un grito de desprecio, calificándole de «asesino».

—¡Soy inocente!—gimió con muestras de abatimiento profundo.

—¿Quién os recrimina?—repuso el jefe de la guardia.—La justicia os pedirá cuentas: nosotros nos limitamos a cumplir con nuestro deber.

—Defenderé mi causa; jamás permitiré que en los limpios blasones de los Niendimeno caiga el borrón infame del crimen que se me imputa.

II

Y en efecto, D. Arístides, arrancado bruscamente del seno de su hogar, en donde una esposa inocente y unos niños con caritas de ángeles lloraban a lágrima viva una desventura nunca por ellos imaginada, no tuvo más remedio que defender el día siguiente desde el banquillo de los acusados su conducta, con una energía y denuedo dignos de los más levantados elogios.

Dijo que, pasando a media noche en dirección a su palacio, había tropezado en la calle solitaria con el cuerpo de un hombre mortalmente herido, y que, cediendo a los nobles impulsos de la caridad, se inclinara sobre el infeliz para socorrerle; siendo su primer cuidado vendarle la herida por la cual iba a escapársele el alma. Después, sintiendo pasos cerca de sí, le había asaltado el temor de que pudieran tomarle a él por asesino; y sin reparar en nada, huyó de aquel lugar funesto con el fin de evitar el deshonor de su familia.

—¿Y cómo explicáis, entonces, vuestra tenaz resistencia a la autoridad?

—Comprenderéis muy bien que en la situación de ánimo en que me encontraba, notando que la sangre de mis vestidos podía volverse en contra mía, me era forzoso evadirme a las imposiciones de la fuerza, hasta tanto que no los dejara a buen recaudo.

—¿Y nada tenéis que decir acerca del puñal ensangrentado y que se ajusta perfectamente a la herida?

—i Ah, sí el puñal... Lo tenía clavado el moribundo en el pecho, y yo se lo quité para poder vendarlo.

—¿Conocisteis al herido?

—No me fue posible: la noche era muy oscura y el farol de la calle estaba a bastante distancia.

—Se trataba de...

—¿De... mi rival?

D. Arístides palideció aterrado. ¡Cómo se conjuraban en contra suya todas las circunstancias! Sin una intervención especial del cielo era indudable que los jueces se verían en el forzoso trance de condenarle a la última pena... ¿La de la muerte? Eso no le importaba gran cosa. Lo que sí estaba a punto de volverle loco era el presentimiento de que su funesto recuerdo quedaría perpetuado en la estirpe de los Niendimeno, como un lunar imborrable... y si acaso llegaba su retrato a figurar en el gran salón de lujo, al lado de los de sus antepasados, ¿serviría para otra cosa que para que cuantos entrasen allí le señalaran con el dedo, murmurando a media voz: «Arístides el asesino?»

—¡Oh, intolerable, intolerable!— rugía Niendimeno en las lobregueces de la prisión, a que se le llevó a descansar, después de la entrevista con los jueces.

—Y lo peor es —proseguía mesándose de rabia los cabellos— que ni mi mujer ni mis hijos me creerán inocente ¡Tan terribles son las pruebas en contra mía!... Se han tomado todas mis explicaciones por una defensa muy sutil, muy ingeniosa, haciendo honor —¡un honor que maldigo!— a mi talento. Y yo, yo que he sido siempre un modelo de cristianos y caballeros; yo que me he mirado siempre en el bruñido espejo de la irreprochable conducta de mis antepasados, poniendo todo empeño en realzarla con un honroso comportamiento, ¡yo descender al nivel de los asesinos! ¡yo ser causa de la deshonra de los Niendimeno! ¡yo dejar en el mundo una mujer y unos hijitos que acabarán por morirse de pena... que no podrán comparecer en parte alguna sin que las gentes digan: «la señora de Arístides el asesino», los hijos del...»!

¡Oh Dios! el cáliz es demasiado amargo... apartadlo de mis labios. Venga sobre mí la muerte, pero no el deshonor; porque mi deshonor hará infelices a muchos... Y tú, San Antonio bendito; tú, el defensor de la justicia y de la inocencia; tú, que eres el paño de lágrimas de los degraciados... ¡ah! tú, que presides el oratorio de mi palacio, que recibiste diariamente mis plegarias de cariño, que me miraste siempre con esos dulces ojos que inundan de júbilo a los senos más turbados de la conciencia, ¿dejarás en el desamparo a tu fiel devoto? ¿No desgarrarás a los ojos de la justicia humana las negras sombras que envuelven mi destino? ¿No llegarán a tu corazón las lágrimas de hiel que enturbian mis pupilas, clamando a gritos por mi inocencia?... A estas horas, mi señora y mis hijos estarán de hinojos ante tu imagen. ¡Santo mío! si los acentos del desdichado no bastan, que los suyos te conmuevan. ¡En ti estriba nuestra última esperanza!...

III

Las crónicas de donde tomamos este episodio se abstienen de fijar el año a que pertenece, y ni aun descienden a poner en nuestro conocimiento otros detalles más minuciosos que para el hecho en sí mismo resultan de capital importancia. Lo único que de ellas se desprende es que sucedió durante el período de la dominación española, y que a la sazón estaba Nápoles bajo la dependencia de un virrey, al cual el tribunal se apresuró a presentar la sentencia de pena capital, fulminada contra el infortunado Niendimeno.

Como tales casos eran frecuentes en aquella época y las pruebas resultaban de una evidencia aplastante, el virrey, celoso como el que más de la justicia, no tuvo por el momento otro inconveniente para sancionar la sentencia, que los muchos y urgentes negocios en que se hallaba ocupado aquella tarde; negocios hasta tal punto apremiantes, que, una vez despedidos los miembros del tribunal, volvió a encerrarse en su despacho, dando orden rigurosa a sus subordinados de que a nadie en absoluto se permitiese la entrada.

Era ya de noche; y cuando despachados sus asuntos se disponía el virrey a poner la rúbrica al pie de la sentencia que al día siguiente debía ejecutarse, sintió a la puerta un leve roce de sandalias y luego unos suaves golpecitos:

—¿Quién esté ahí?—preguntó.

—Fray Antonio de Padua—dijo una voz.

—¿Qué desea el Padre?—repuso el virrey, levantándose respetuosamente, y mirando al que entraba con ojos desmesuradamente abiertos.

—Pediros, señor, que paséis despacio la vista por este memorial antes de firmar la sentencia del noble prócer Niendimeno. Ese hombre, acusado de homicidio, es inocente del crimen que se le imputa, y su sangre caerá sobre vuestra cabeza si a ciegas firmáis su condena.

El virrey quiso dirigir al atrevido fraile una mirada de reconvención; pero bien pronto tuvo que bajar la vista. Aquel fraile, de majestuosa presencia, de voz reposada y tranquila, le desarmó con sola su actitud humilde.

—Está bien; me enteraré.

—¿Me prometéis suspender la ejecución hasta haberos informado con toda calma?

—Os lo prometo.

—Gracias, señor, en nombre del Juez eterno que juzga las mismas justicias...

Quizá el virrey prometía en un principio por pura cortesía; mas las postreras palabras del fraile se le clavaron en el corazón como saetas de fuego, y a la luz que ellas arrojaban temió dar un paso en falso en caso de firmar a ciegas la sentencia.

Esto, empero, no obstaba para que los guardias y porteros recibieran una severa filípica, por haber contravenido sus órdenes.

—¿Quién es el que manda aquí? ¿No os dije que no dejarais pasar a nadie?

—Señor, nadie ha pasado—dijeron a coro unos y otros.

—Pues ¿y ese fraile que acaba de salir?

Guardias y porteros se miraron asustados, con medio palmo de boca abierta. ¿Si estaría loco el virrey?

—Podemos juraros que no hemos visto salir ni entrar persona alguna.

—¡Vaya un caso raro!—murmuró el virrey, volviendo abatido y confuso a su despacho.

No bien penetró en él de nuevo, le pareció que en la estancia había perfume como de azucenas; y en su fantasía tomó formas el fraile misterioso con el hábito ceniciento bañado en dulce claridad y la frente circuida por luminosa aureola. Indudablemente, allí había algo de sobrenatural; era preciso descifrar el enigma.

Abrió temblando de emoción el memorial, y vio que en efecto aparecía firmado por el fraile en persona, por un tal Fr. Antonio de Padua. La exposición en favor de Niendimeno era realmente acabada; no faltaba un sólo pormenor de cuantos pudieran desearse en demostración de su inculpabilidad. Sólo que, por otra parte, de la lectura del mismo nada podía sacarse en limpio, para dar con el rastro del verdadero asesino. Era indudable que el fraile aquel estaba al corriente de todo; ¿y no debía él, en fuerza de su cargo, obligarle a declarar cuanto supiese?

IV

Pensando el virrey en estas cosas, vio transcurrir las horas lentas de la noche sin poder cerrar ojo. Al día siguiente abandonó el palacio en las primeras horas de la mañana, y se personó en la iglesia del convento franciscano de la ciudad.

—Deseaba —dijo al Superior— que hicierais venir a Fr. Antonio de Padua; tengo necesidad de hablar con él inmediatamente.

—Señor —dijo el Superior sin salir de su asombro— no hay en este convento ni conozco tampoco religioso alguno de la Orden que lleve ese nombre.

—¡Cómo se entiende esto! Pues ¿y el que anoche fue a presentarme un memorial del reo Niendimeno?

—No puedo adivinar quien haya podido ser. Quizá equivoquéis el nombre.

—No, no me equivoco. Lo que puede suceder es que el fraile no haya querido manifestárseme con el suyo propio. ¿Tendríais a bien, añadió después de reflexionar un instante, llamar a mi presencia a toda la comunidad? Si entre ellos se encuentra el supuesto Fr. Antonio, estoy cierto de reconocerlo al punto.

—¿Por qué no, señor? Ahora mismo veréis satisfechos vuestros deseos.

En efecto; algunos minutos después, la comunidad en pleno desfilaba silenciosa y humilde por delante del virrey. Pasaron primero los novicios, plantas vírgenes arrancadas al mundo por el celestial Jardinero de las almas; luego los jóvenes estudiantes, avispados e inteligentes, con la extrañeza pintada en el rostro; tras ellos, los sacerdotes de edad mediana, hombres de acción que llevaban sobre sus hombros el peso del magisterio y del apostolado, y por último los ancianos, graves y austeros, cargados con el peso de sus años y de sus méritos...

—No está entre ellos Fr. Antonio —dijo el virrey con desaliento.— ¿Dónde podré dar con él?

El Superior se encogió de hombros; pero iluminado de pronto por una súbita inspiración, dijo alegremente:

—Venid, señor; os mostraré el único Fray Antonio de Padua que tenemos aquí.

Y esto diciendo, lo introdujo en la capilla de San Antonio.

Se sonrió el virrey amablemente al darse cuenta de la alusión del Superior; mas, no bien fijó las miradas en el rostro del Santo Taumaturgo, que con su Niño Jesús en brazos se levantaba sobre un trono de azucenas en el centro del altar, sintió que una ola de emoción sobrenatural le subía del fondo del pecho, provocando en sus ojos las lágrimas, en los labios los sollozos...

—¡Este es! —exclamó cayendo de rodillas.— El mismo, sí, el mismo que anoche estuvo en mi despacho y me presentó el memorial. Justa debe ser su demanda, pues... ¡un Santo no puede convertirse nunca en defensor de la injusticia!.

V

Muy lejos estaba Niendimeno de imaginarse que su celestial Protector tomaba tan a pechos su defensa. Puesto en capilla desde la tarde anterior, devoraba en silencio su amargura, esperando el momento en que vinieran los verdugos para conducirle al patíbulo. Nunca el infeliz vio amanecer día más triste que el en que iba a sellar con su sangre, no sólo su propia infamia, sino también la de todos los suyos. Cuando en el patio de la cárcel notó la presencia de patrullas de soldados; cuando advirtió que en las afueras la gente tomaba posiciones para asistir al fúnebre desfile; cuando supo que los agentes de justicia daban las últimas órdenes, se postró abatido delante del Crucifijo que asistiera por la noche al drama lúgubre de todas las trágicas emociones de su alma atribulada, e hizo con resignación heroica el sacrificio de su vida...

—Sólo os pido, Jesús dulcísimo, que después de mi muerte llegue a reconocerse mi inocencia, a fin de que el borrón de la infamia no cubra de luto el porvenir de los míos.

Un sordo rumor vino en aquel punto a distraerle en sus oraciones.

—¡El virrey! ¡Paso al virrey!—clamaron cien voces.

Llegaba en efecto el virrey, rodeado de su guardia. Se descubrieron todos en su presencia; y él, imponiendo silencio con un ademán enérgico, exclamó:

—No hay ejecución. Tengo nuevos informes, y es preciso revisar la causa, no sea que en vez del asesino sea sacrificado un inocente...

Y mientras la abigarrada multitud se disolvía y los soldados desfilaban hacia el cuartel, penetró el virrey en el lugar donde se encontraba Niendimeno, y abrazándole le dijo:

—Amigo mío, sois dichoso, pues merecéis tener por defensor a quien puede y quiere salvaros. No tardaréis ya mucho en ir a llenar de alegría a vuestra familia, que desea abrazaros.

—¡Gracias, San Antonio!—gimió Niendimeno con voz rebosante de emoción.

—En efecto, a San Antonio se lo debéis todo. Sedle muy agradecido. Pronto sonará la hora de vuestra libertad.

Aquella misma mañana, y tomando por base el memorial de San Antonio, se instruyeron nuevas diligencias que hicieron cambiar de aspecto la cuestión, y demostraron palmariamente la inocencia de D. Arístides, devolviéndole así al seno de los suyos doblemente feliz; porque —apuradas las hieles de la desventura— supo desde entonces apreciar en su justo valor la dicha que tenía en casa, y que nunca como entonces había apreciado en toda su plenitud; lo que equivale a decir que no volvió a procurarse distracciones fuera de casa durante la noche.