Amenidades

Los viajes de Perico

Diálogo

Oiga usted, tía Alguacila, usted que sabe tanto: a ver si sabe usted lo que quiere decir «metensicóses» (metempsícosis).

—¡Uy, Marujilla, qué cosa más rara...! ¡Se me antoja a mí que eso no debe de estar en el «dicionario» de la lengua!

—¿De qué lengua?—repuso Maruja asombrada, abriendo la boca y enseñando la suya.

—¡De la lengua de los españoles, mujer! El «dicionario» es un libro muy grande en donde está todo lo que se dice: por eso se llama «dicionario».

—¡Ah, vamos, ya!... ¿Y en ese libro tan grande están toas las palabras que se hablan en toos los pueblos de España?

—¡Digo! ¡Sin faltar una!

—¡Uy, qué cosas, tía Alguacila! ¡Miusté que ya tendrá que ser grande ese libro pa tener too lo que se habla en España!

—Pues yo te digo que esa palabra que tú has dicho no está en el «diccionario» de los españoles: debe de estar en el de los italianos u cosa así. ¿Y a quién le has oído eso tan raro, mujer?

—Al hijo de la señá Andrea, la del estanco.

—¿A Perico?... ¡Bah! ¡Podías haber comenzao por ahí! ¡Cualquiera averigua lo que será eso! ¡Jesús, Jesús, y qué tontísimo ha venío de Madrid ese muchacho! ¡No sabe hablar más que cosas del extranjero, por darse pisto! A mí me parece por el término de la palabra (la tía Alguacila quería decir por la terminación), que eso debe de ser cosa así de coser Metensicóses... Si-coses... ¿Estabas tú cosiendo cuando te lo dijo?

—¡Qué ha de ser cosa de coser, ni quien tal fundó, mujer!... ¡Si es cosa del alma!

—¿Del alma? Entonces, de fijo es alguna barbaridad, porque te advierto que Perico, ahí donde lo ves dándosela de fino y de me lo contaste, es de lo más bruto que nace de mujer. Ahora le ha dao por disputar de cuestiones de tejas para arriba, y por negar hasta el modo de andar en las cosas de Dios y de la Religión. ¡Ya ves tú, un herrador, como si dijéramos, un zapatero de los burros, qué va a entender del alma!

—¡No, mujer, que ha estao mucho tiempo en Madrid!

—¿Y qué tenemos con eso? Ha entrao en Salamanca, pero Salamanca no ha entrao en él. ¡Como que tú creerás que too el que va a Madrid se vuelve sabio por eso! En Madrid hay, como en todas partes, personas que saben y personas que no saben ni dónde tiene la boca un celemín. ¡Y mira tú lo que son las cosas, mujer! yo he oído decir que en Madrid casi no hay brutos, así al estilo de los pueblos, porque claro, allí se habla con finura; pero que tontos hay muchísimos. Dicen que los chiquillos, de pequeñuelos, suelen ser muy listos, pero que conforme van siendo mayores se van poniendo como tontos. ¡Conque no vayas tú ahora a creer que porque Perico haiga estado en Madrid se va a haber vuelto un Salomón! Lo mismo ha venido que se fue, y peor, porque antes siquiera se metía más que en echarles medias suelas a sus parroquianos, y como no hablaba de lo que no entendía, no decía desatinos; pero ahora, como habla de cosas que no tiene motivos para entender, cada golpe es un gazapo. ¡Jesús, hija, y qué atrevida es la ignorancia!

—Por lo que él se explicoteó, eso de la... ¡Vaya, que ya no lo digo!... ¡Bueno, lo que dije antes!

—¡Sí, mujer, sí! ¡Eso del alma!

—Sí. Dice que eso consiste en que, cuando se muere una persona, su alma va a una estrella, y luego a otra, y luego a otra...

—¡Jesús, hija! ¡Pues ni que fuera el judío errante!

—¡y si viera usted qué cosas decía!... ¡Yo, la verdad, no entendía la mitad de ellas!

—¡Ni él tampoco, tonta! ¡Apuesto cualquier cosa a que todo aquello vendría a parar en decir que no había gloria ni infierno!

—¡Justamente! ¡Eso fue lo que dijo! ¡y, la verdad, lo que eso no me gustó ni chispa que lo dijera!

—¿Lo ves tú, hija, lo ves tú que hereje?... ¡Si sabía yo que todo eso de los viajes de recreo por las estrellas quería decir eso: que no hay gloria ni infierno!

—Verá usted: Gloria decía que sí; que al fin hay gloria pa toos, aunque no es una gloria como la que dicen las personas que creen en Dios, sino de otro modo; pero, en fin, que a la postre toos son dichosos. Lo que decía que no hay es infierno. Que eso no es más que fanatismo de los curas.

—¿Ves tú, hija, ves tú?..., ¡Vamos es que no puedo oír con calma esas cosas! ¿Conque es decir que ala postres toos han de quedar iguales, los buenos y los malos? ¿Conque es decir que los pillos y los hombres de bien han de acabar al fin comiendo en el mismo plato?... ¡Pues entonces lo mismo daría ser bueno que malo, o mejor dicho, bueno y malo serían la misma, la mismísima cosa, puesto que el bueno y el malo alcanzan lo mismo al fin! y ¿quién puede creer que lo malo es igual que lo bueno, y lo bueno igual que lo malo?

—Pa creer eso es menester no tener sentío común.

—¡Pues claro, mujer, claro? y si no, vamos a ver. ¿Por qué hay leyes? Pues porque hay cosas buenas y cosas malas; porque las leyes, ¿qué son sino las órdenes que da la autoridad mandando hacer lo bueno y prohibiendo hacer lo malo?

—¡Ya se ve!

—¿Y no hay, además, cárceles y presidios y horcas para castigar a los que faltan a la ley?

—¡Ya lo creo que los hay, y debe haberlos! ¡Pues aviados estaríamos si no se castigara a los pillos!

—Pues ahí tienes tú: por eso hay también infierno, porque debe haberlo para castigar a los pillos, es decir, a los que faltan a la ley de Dios. ¿O es que un alcalde va a tener derecho para hacer justicia en la tierra, y no lo va a tener Dios para hacerla en el cielo?

—Pues, mire usted: dice Perico que eso del infierno no está muy conforme con la bondad de Dios, porque si Dios es tan bueno como dicen...

—¡Claro! ¿No debe castigar con el infierno! ¿No e' eso lo que dice Perico?

—¡Eso! ¡Eso mismo es lo que dice!

—¡Pues eso es una barbaridad que sólo puede ocurrírsele a Perico, que es tan bruto, que si lo zarandean echa bellotas! Si Dios no castigara a los malos,no sería bueno, que sería malo. Si le diera la gloria lo mismo al que ha obrado bien que al que ha obrado mal, no haría justicia, sería injusto, y el que es injusto no es bueno, que es malo. ¿Cumple con su deber el alcalde que no castiga a los malhechores?

—¡Una porra! ¿Qué ha de cumplir? ¿No se acuerda usted ya de cuando tuvimos de alcalde al bribón del tío Roque? Aquél, no sólo no castigaba a los malhechores, sino que decían que estaba conchavao con ellos.

—Pues eso haría Dios también sino castigara a los malos, conchabarse con ellos.

—Bueno, verá usted. Lo que Perico dice no es que no se deba creer que Dios castigue más o menos, sino que haya infierno. El dice que Dios castiga, pero que luego los perdona a todos, y que eso es lo que debe de ser y lo que se debe creer, porque siendo Dios bueno, no puede ser que castigue con el infierno, que es una cosa eterna.

—Pues eso, aunque no lo parezca, es otra barbaridad; porque has de saber que lo que es uno cuando se muere, eso sigue siendo siempre: si bueno, bueno; y si malo, malo. En la otra vida no sucede como en esta, que el que es bueno se puede volver malo, y el que es malo puede arrepentirse y volverse bueno. Allí no pasa así: ¡como que aquello es la eternidad, y en la eternidad no hay cambios! Por eso el que muere en pecado mortal, es decir, siendo muy malo, siendo muy malo sigue siempre, y por consiguiente, Dios no lo puede perdonar nunca. Como la culpa sigue eternamente, eternamente sigue el castigo. Y ahí tienes el infierno, Maruja: un castigo eterno. Ya ves que no puede suceder de otro modo, porque como los que mueren siendo muy malos, muy malos siguen siempre, Dios no puede perdonarlos nunca, porque eso sería conchabarse con ellos, aprobar su maldad. En resumen, hija: que si no hubiera infierno, Dios sería malo. ¿Lo entiendes?

—¿Pues no lo he de entender, si eso es más claro que la luz del día? Porque lo que usted ha dicho, viene a reducirse en sustancia, a esto: Que el tiempo pa arrepentirse de los pecados mortales que se haigan cometío, lo da Dios en esta vida, y que, no dando tiempo en la otra...

—¿Mujer, explícate bien! ¿Cómo va a dar Dios tiempo en la otra vida si en la otra vida no hay tiempo? ¿No ves tú que aquello es la eternidad?

—¡Bueno, mujer, eso quise decir! ¡No sea usted tan viva de genio! ¡Como yo no oigo tantos sermones como usted, ni sé leer, no me explico bien; pero ya se entiende!

—Sí, mujer, sí, ¡No te enfades! Sigue.

—Bueno: pues decía, que no siendo posible el arrepentimiento en la otra vida, tampoco es posible el perdón, porque el perdón tiene que fundarse en el arrepentimiento; ¿no es eso?

—Sí. —Y que no habiendo perdón nunca, el castigo dura siempre.

—¡Claro!

—Y que como ese castigo que dura siempre es lo que se llama infierno, no tié más remedio que haber infierno.

—¡Eso, eso!

—Pues, tía Alguacila, ¡si eso no puede ser más claro, ni puede ser de otra manera! ¿Por qué no se lo explica usted así a Perico, a ver si lo entiende?

—Porque sería igual que si no se lo explicara.

—Pues, mujer, yo creo que por muy animal que sea, lo entenderá, porque eso es bien claro.

—Si no es que no lo entendiera, tonta. Es que no querría entenderlo, aunque lo viera tan claro como tú.
¿No comprendes que Perico tiene interés en negar que haya infierno?

—¡Ah!... ¡Vamos! Ya lo entiendo todo. El no quiere creer en el infierno, porque desde que volvió de su viaje de Madrid no anda derecho.

—No es sólo porque no anda derecho, sino, principalmente, porque no quiere enderezarse.

—¡Y mire usted que anda torcío!... —Más que el tronco de una parra vieja, hija... Pues ahí está todo el busilis de los que no creen en el infierno, Marujilla. ¿Has visto tú alguno que viviendo como Dios manda niegue el infierno?

—A ninguno, tía Alguacila.

—¡Ni lo verás nunca, tonta! ¡Mira cómo antes de irse Perico a Madrid, cuando vivía como Dios manda, no negaba que hubiera infierno! El no querer abandonar las malas costumbres adquiridas en el viaje que echó a Madrid, le ha traído el creer en eses viajes por las estrellas, para no dejar su mala vida; y el creer en esos viajes por las estrellas, le va a traer el estrellarse en el infierno, cuando eche el último, verdadero y único viaje que todos tenemos que echar al fin de la vida. Digo si no se arrepiente antes.

—Puede ser que se arrepienta luego, a última hora...

—Puede ser... Pero lo mejor sería que lo hiciera desde luego, porque lo que se deja para última hora suele no hacerse nunca...

Amenidades

El farolero

Hace poco más de un año—me decía un amigo—que ingresó en tina fábrica de papeles pintados, un guapo muchacho de diez y seis años, vigoroso, trabajador, llamado Jaime. Activo en la tarea, en el descanso se mostraba triste, soñoliento, perezoso en sus ademanes; y de ahí vino el llamarle «dormilón», sin que él por ello se mostrara ofendido.

De excelente corazón, amable con todos, dulce en el hablar, sin que jamás se le oyera una palabra grosera, sin que ninguna apariencia revelase en él malos pensamientos, era querido en general. Listo e ingenioso para todo, apenas veía hacer algo cuando ya lo tenía aprendido. Razones que hacían exclamar frecuentemente al jefe de los talleres:—¡Serás un buen oficial, y se te subirá pronto el sueldo!—Y por la misma causa su envidioso oficial no le quería bien, le miraba con desconfianza y aún le trataba de mal modo, con frases mortificantes.

Pero en Jaime todos veíamos algo grande, extraordinario, respetable, solemne, que no sabíamos explicarnos; y nadie de él se reía, y él admitía la burla con sonrisa de resignado y compasivo, dando siempre grandes pruebas de su buen corazón. Murió la mujer del referido oficial, dejando una criaturita recién venida al mundo. Era preciso enterrarla, y el viudo no quería que fuera a la fosa común, pero no tenía cuartos para remediarlo. Jaime le oyó explicarse en tal sentido, y dijo en el taller: «Debemos reunir entre todos lo necesario para comprar la sepultura. Sería de malos compañeros dejarle en su pena». Y haciendo la «colecta», sacó lo suficiente para enterrar a la madre, y aún para pagar a un ama que criase al niño.

Esta acción generosa y otras por el estilo, hicieron que poco a poco Jaime fuera amado por todos, respetado en aquel aire de grandeza de alma que a todos infundía una extraña simpatía que no lograban desvanecer su carácter tristón, "ensimismado" poco comunicativo, serio por demás a sus años.
Hace ya cinco o seis meses que se empezó a notar un cambio grande en sus costumbres. Antes fue siempre exacto por las mañanas, llegaba al trabajo de los primeros, pero comenzó luego a venir tarde, unos minutos después de que todos estábamos ya en nuestra faena. Y por la noche se marchaba siempre corriendo, apenas dejábamos la tarea, sin esperar a nadie, como aquel que teme y huye.
Yo le amaba tiernamente, aunque nada le dije nunca; y un día que llegó algo más tarde aún, le pregunté:

—¿Qué haces, que vienes tan tarde esta temporada?

—¡Yo!—contestó como sorprendido.

—¡Sí, tú!

—¡Pues quehaceres que tengo!

Conocí por su contestación que pensaba en algo cuya revelación no le convenía, y callé. El último día del mes y del año, cuando se nos fue llamando al despacho del Director para cobrar, ya sabíamos todos que la noche antes habían desaparecido de la mesa del mismo trescientas pesetas, que el ladrón no parecía, y que se había dado parte del hecho a las autoridades.

Cuando a mí me tocó el turno, el Director me dijo:

—Acércate, Martín, y cierra la puerta; quiero que hablemos en secreto... Sabes muy bien que me han robado trescientas pesetas, y que la policía entiende en el asunto. Pero lo que acaso ignoras es sobre quién recaen las sospechas todas.

—No, no lo sé, señor.

—Sobre tu compadre Jaime. Hace algún tiempo que anda trastornado en su asistencia al trabajo, y el inspector de policía, advertido de ello, quiere arrestarlo como sospechoso en este asunto; que también muestra grandes reservas en sus manifestaciones a los compañeros de taller.

Y al decir estas frases, me miró fijamente como para sorprender en mí sensaciones y pensamientos.

—Sin embargo,—siguió—he impedido el arresto, por de pronto. No puedo creer que Jaime fuese culpable. Tengo la mejor opinión de él; le creo hombre de bien, y honrado trabajador.

—¡Oh, señor! ¡Estad seguro de ello, y en su nombre os doy las gracias!—dije en voz alta, vivamente emocionado. Pero como a las primeras palabras que el Jefe me había dicho de Jaime cruzó una nube por mi alma, me sentía mal y ninguna seguridad tenía en la opinión que había emitido sobre mi compañero. La conciencia me decía: «Defiéndele; es bueno y, sin embargo, algo había para condenarle en su conducta extraña; en fin, que veía oscuro el negocio, cuando hubiera querido aclararle.

—Martín; es menester que hables a Jaime. Dile de mi parte, que si ha tomado el dinero, venga a disculparse y devolvérmelo, y que esté seguro no lo sabrá nadie más que nosotros tres, perdonándole yo desde luego. Seguiré impidiendo que sea arrestado, condenado, deshonrado; le ayudaré, en fin, a reparar el mal que hizo, porque le quiero como tú. Tiene una madre anciana a quien sustenta, ¿no es cierto?

—Sí, señor.

—Pues háblale de ella, de las penas que pasaría con su prisión, y se convencerá. Le tengo por buen hijo, y a ti por buen amigo. Cuento contigo. No hables de esto a nadie. Si Jaime hizo el mal, que tenga confianza en mí, que lo remedie, y no se arrepentirá de ello.

Sabía yo que aquel hombre decía la verdad, porque no es posible encontrar mejor Jefe de taller que el nuestro. Así es que decidido para hablar a Jaime, le seguí después del trabajo a una habitacioncilla en donde guardábamos los avíos durante el día. Tomó su chaqueta, se la puso, y al hacerlo, y cuando yo tras él le iba a decir: «Tengo que hablarte», unas cuantas monedas de oro le cayeron del bolsillo, y al verlas caer la sangre se me heló en las venas. Jaime, se bajó, las cogió y guardó, y al verme luego cerca de él, no pareció turbado, aunque sí contrariado. Quise aún hablarle, pero el corazón me latía con violencia y no pude más que pronunciar un «adiós» a su saludo cariñoso y tranquilo.

Salió, y le seguí a distancia, recatándome siempre. En vez de tomar su habitual camino, siguió otro muy distinto, atravesando las calles principales y reparando mucho en los escaparates de algunas tiendas, como si afanoso buscara alguna cosa; y esto durante largo tiempo. Por fin entró en un comercio, y al cabo de largo rato, salió de allí con gran bulto que ocultaba bajo la capa. Parecía muy satisfecho, y marchó desde entonces tan aprisa, que apenas le podía seguir. Atravesó calles y plazuelas hasta llegar a la en que vivía; marchaba al final más despacio y mirando receloso a todas partes, como si temiera ser observado. Al fin entró en su casa, de pobre y triste apariencia; atravesó el portali-11o estrecho y oscuro, subió la empinada escalera sombría y yo dominado por mi intento de descubrirlo, advertirlo y salvarlo, y ahora también por curiosidad invencible (aunque confieso que era un acto feo), le seguí siempre ocultándome.

Llegó a su buhardilla, sacó la llave, abrió la puerta, penetró en el cuarto, cerró y le sentí decir:—¡Aún no vino ella! ¡Qué suerte!

No oí más. Jaime podía salir de un momento a otro, sorprenderme allí; una escala de mano conducía al techo de la habitación y sentí pasos en la escalera, y no quise hacerme sospechoso; además, ¡tenía tal pasión por realizar mi intento! El acto era poco digno, pero el sentimiento me turbó la razón, y allá arriba fui a esconderme. Unas pequeñas grietas me permitieron ver lo que por allá bajo pasaba.

Echado a la larga, observé que Jaime, con los brazos desnudos, los cabellos en desorden a la claridad de una vela, tenía el rostro radiante de alegría, y contemplaba gozoso y como entusiasmado una pequeña estufa de bronce, lindamente construida que variaba a cada momento de lugar, para mirarla y remirarla a
distancia. Sobre ella, en caracteres blancos, se veía escrito: «Tres Enero». «Santa Genoveva». Luego desenvolvió y colocó sobre la mesa dos ramos de lindas flores en sus jarroncitos. Tomó algunos pedazos de leña seca, los metió en la chimenea todo con rapidez asombrosa y mirando a la puerta a cada paso, como temiendo ser sorprendido en su faena; echó al fin, sobre la leña las brasas que aún ardían en el fuego, y dos minutos después palmoteaba de contento, oyendo chisporrotear allí dentro la leña. Levantó los ojos al techo, cruzó las manos, y dijo fervoroso:—¡Gracias, Dios mío! ¡Me dejaste realizar mi sueño! Pobre madrecita mía del alma!

Yo, temblando de emoción, de placer y de susto por si fuera visto por Jaime, dije con entusiasmo para mis adentros:—¡No! ¡Tú no eres ladrón! ¡Bendito seas!...

Pasaron unos instantes. Un ruido de pasos se sintió en la escalera, al fin; subían lentamente. Jaime abrió la puerta y una ancianita penetró en la estancia, sonriente:

—¡Madre, madre mía! ¡Deseo a usted muy feliz día mañana! ¡Santa Genoveva! ¡Ella pida al Señor para que me la conserve muchos años. Aquellas flores son de las que más gustan a usted; por eso las tenía encargadas para hoy. Y esta estufa... ¡Ah! Esta estufa es mi sueño dorado, porque no quería verla pasar otro invierno como los anteriores. ¡Al menos que caliente la habitación para que tenga usted menos frío y se le hagan menos largos los días..., ¡Cuánto he soñado con poderle comprar una estufa como esta! ¡Al fin se realizó mi deseo! Y mientras así se expresaba; besaba mil veces las manos frías, temblonas, pálidas, descarnadas de la anciana, acercándoselas a la estufa para que se calentara. Y ella lloraba de placer, diciendo:—¡Bendito, bendito seas, hijo mío! ¡Pocos hijos como tú hay en el mundo! ¿Pero de
dónde has sacado tanto dinero? ¡Porque esto te habrá costado mucho!

—¡Ah!... Al buen trabajador y al que tiene buenas ideas nunca le falta dónde ganarlo. Hace mucho tiempo que pensaba en esto, madre, y para ello busqué en todas partes trabajo que me produjera lo suficiente; hasta que hace dos meses lo encontré; porque aunque dije a usted todo ese tiempo que salía tarde de la fábrica, no fue así; quise sorprenderla y por eso oculté la verdad. ¡Nadie lo ha sabido! Pero lo cierto es, que se puso malo un farolero y me contrataron interinamente para sustituirle. ¡Mucho he sentido ir un poco tarde al trabajo, y salir precipitado de allí cada día, pero era preciso encender y apagar a tiempo los mecheros del gas. ¡Así he podido proporcionarle alguna comodidad para el invierno frío, y estoy contento! Además, como es negocio que lo puedo hacer sin faltar a mis deberes de la fábrica, pienso pedir permiso al Jefe, que me quiere bien, y continuaré con las dos cosas, madre mía, y así vivirá usted con más holgura; que el pobre a quien suplí en su tarea, ha muerto, y me han ofrecido en propiedad la plaza.

¡De qué buena gana, Dios mío, hubiera abrazado entonces a Jaime! Pero la prudencia me contuvo hasta el día siguiente, que es hoy. Bajé sin hacer ruido, aguardé impaciente el nuevo día, entré en el despacho del Jefe, y cuando acababa de contarle entusiasmado lo ocurrido, un agente de policía entró con el oficial de Jaime a noticiar como estaba probado que él fue quien sustrajo las trescientas pesetas. Hoy mismo ha sido ascendido Jaime, con general aplauso, a oficial de talleres, con buen aumento de sueldo, concediéndosele el solicitado permiso, y lo que es más, un abrazo de entusiasmo de Jefe y compañeros.

Amenidades

Adelita

Adelita era una muchacha como son muchas hoy en día.

Todas las mañanas muy tempranito, cuando por primera vez tocaban a misa, sonora e inquieta, la campana del convento franciscano, Adelita iba a comulgar, muy recatada y honesta. Ella era terciaria franciscana, hija de María, celadora del Sagrado Corazón de Jesús, catequista, en una palabra, miembro de todas las cofradías y obras de celo que había en la localidad.

Casi todos los días tenía que asistir a alguna junta, ya del ropero, ya de la conferencia de San Vicente, ya de la V. O. T. etc., etc.

—Es un apóstol—decía de ella la gente.

Como activa sí que era activa y, al parecer, procedía con recta intención. Sólo la ponían un «pero»: ser demasiado esclava de la moda.

Adelita vestía siempre a la última, y, para decirlo todo, con bastante exageración.

El escote y las mangas cortas no la asustaban, y como era guapa, una real moza, como suele decirse, alegre y expansiva, cuando pasaba por las calles o iba a los paseos públicos, arrastraba tras sí todas las miradas: unas meramente curiosas y otras no muy inocentes.

Y no servían advertencias y consejos por parte de su director espiritual. Al pronto hacía propósitos de enmienda; mas, apenas se echaba a la vista un boletín de modas, claudicaba y seguía rindiendo culto al escote y a las mangas cortas.

Esto le costó la vida y algo más, como veremos. Una tarde otoñal se fue con unas amigas a dar vueltas en un paseo muy concurrido, que es a manera de un escaparate donde se exhiben las casaderas con miras a la Vicaría. Como de costumbre, Adelita iba ligerilla de ropa, aguantando heroicamente el airecillo frío y sutil que soplaba de la parte norteña. Cuando se retiró a casa, sentía ligero dolor de cabeza; luego escalofríos y algo de destemplanza; un dolorcillo en el costado, después y, por último un calen-turón tremendo que la hizo perder el sentido y delirar disparatadamente.

Se llamó al médico y... nada: una pulmonía furiosa que en dos días la facturó para la otra vida.

¡Pobre Adelita! ¡Qué guapa estaba en su ataúd blanco, vestida con su mejor traje, muy a la última, rodeada de flores y cubierta con una gasa, por la que se vislumbraban sus brazos y pechos desnudos, apenas desfigurados por la breve enfermedad, y una serie de medallas y escapularios, testimonios de su piedad.

Y, así ataviada, se puso en camino para el cielo; iba ligera, impaciente por llegar cuanto antes. Parecía una mariposa blanca, arrastrada por perfumada brisa primaveral. Cuando estuvo cerca de las puertas de la celestial mansión, S. Pedro, que la vio llegar, salió a darla el alto.

—¿A dónde se va?—le preguntó —diciendo luego para sí: ¡Vaya si viene desabrigada la moza!

—Al cielo—contestó Adelita.— ¿Voy bien por aquí?

—Sí, vas bien; pero antes que se te abran sus puertas, tienes que pasar a la Aduana por si llevas contrabando.

—¿Contrabando?

—Sí, mujer, contrabando, esto es, alguna mancha en el alma.

—Yo he sido de comunión diaria, terciaria franciscana, hija de María, hermana del Sagrado Corazón...

—No importa, no importa. Muchos de los que llegan aquí han sido todo eso y mucho más; sin embargo, traían contrabando.

—Pues yo creo que no lo traigo.

—Me alegraré mucho, pues no hay mayor satisfacción para mí que el franquear a las almas las puertas del cielo; pero, hijita, aquí se hila muy delgado. Pasa, pasa a la Aduana y veremos.

—¿Cómo te llamas?

—Adela, para servir a Dios y a usted.

—¿Adela? Me suena ese nombre. ¡Caramba! ¿A ver si vas a ser...? Pasa, pasa. ¡Esa indumentaria que traes...!

Penetraron en una gran habitación en que había una estantería abarrotada de libros.

—Son—dijo San Pedro—el registro de los mortales; en estos libros está apuntado todo. Y poniéndose las gafas, comenzó a recorrer las hileras de tomos, musitando muy quedo:

—Adela... Adela...

Aquí está—dijo en seguida—, este es el registro de las Adelas.

Lo sacó del estante, le abrió, le puso sobre una mesa y preguntó:

—¿Adela qué?

—Adela del Olmo y Gómez.

—Adela del Olmo y Gómez —repitió el portero celestial, recorriendo con la vista las páginas del libro.

A poco se detuvo, hizo un gesto alarmante, puso el dedo índice sobre un nombre, y mirando a la joven, preguntó:

—¿Y decías que no traías contrabando? ¡y del peor género, hijita! Sois incorregibles las hijas de Eva; todas os parecéis a tal madre.

Adelita comenzó a temblar. ¿Qué habría allí apuntado?

—Ya te dije que me sonaba tu nombre; hace poco llegó aquí un pobre muchacho con las pretensiones que tú traes de pasar al cielo; no era malo, pero tenía necesidad de una buena limpieza; ciertas miradas no muy santas le habían puesto el alma hecha una lástima. ¿Y esto, hijo?—le pregunté.—¿Dónde te has puesto así?

—Pues mire usted—me contestó, —allá abajo hay una Adela tan despreocupada en el vestir, que ha sido la causante de todo; cuando se presenta en los paseos o en las reuniones con sus escotes y trajes transparentes, se necesita ser un santo de palo para espantar al diablo.

—A ver, le dije, para tomar mis notas. ¿Cuáles son los apellidos de esa despreocupada?

—Del Olmo y Gómez—me contestó.

Adela en poco se desmaya. San Pedro continuó:

—Veo que no me engaño. ¿Con ese traje que traes te presentabas ante el público? Pues ya ves las consecuencias. Pobre mozo; si no hubiera sido por ti estaría ya gozando de Dios; pero, hijita, esos brazos y ese escote tan al natural, han tenido la culpa de que tuviese necesidad de darse un buen baño de purgatorio. Un baño como el que tú necesitas, y gracias a que recibisteis a tiempo los Santos Sacramentos, que, si no, la moda da con los dos en el mismísimo infierno.

Con que, anda, anda, infeliz, a calentarte un poco, que con ese traje debes tener frió. Anda, no seas remolona, no sea que cojas otra pulmonía.

y el Santo portero la echó fuera, poniéndola en camino del lugar de expiación.

Juan

Leyenda eucarística

Cuando Juan fue por primera vez al Colegio era un niño tan sucio y desarrapado y atrevido, que, a menudo, constituía la desesperación de su maestra. Pero no era de extrañar que Juanito fuese tan perverso, pues nunca se le había enseñado otra cosa. Sus padres eran unos vagabundos que pasaron toda la vida de pueblo en pueblo, mendigando y derrochando, en la primera ocasión, el dinero recogido. Nunca le hablaron sin blasfemar ni usar palabras malsonantes, que Juan aprendió en seguida, por lo que fue acumulando tan gran número de ellas, que nunca hablaba sin usar un lenguaje indecente.

Siempre iba lleno de harapos, sin que jamás hubiese sabido lo que era llevar zapatos y medias, ni tampoco podía recordar haber estado una semana en el mismo pueblo, hasta que había cumplido los ocho años. Por aquel tiempo, estando cerca de Manchester, cayó enferma su madre, y se fueron a vivir a un pequeño cuarto situado en una de las peores calles de aquella ciudad.

La madre de Juan era católica, aunque no muy buena, por no haber pisado una iglesia desde que era pequeñina e iba al Colegio. Pero, al sentirse tan enferma, pensó en la mala vida que había llevado, y en que Juan no había sido bautizado todavía. Un día, aprovechando la ausencia del padre, envió a Juanito a buscar a un sacerdote. Salió Juanito a la calle, preguntó dónde podría encontrar un cura, y volvió con él junto a su madre.

Como el sacerdote vio que estaba muriendo, se quedó junto a ella largo rato para ayudarle a arrepentirse de la mala vida que había llevado. También le prometió que Juanito sería llevado a una escuela católica. Poco después, se murió la madre, pero no sin que el sacerdote hubiese hecho todo lo posible por su buena muerte y por Juan, cuyo padre decidió quedarse en Manchester ya que había muerto su mujer.

A Juanito no le gustaba nada la escuela. Había pasado toda su vida vagando por los campos, y no comprendía por qué ahora había de estar tantas horas sentado, y estudiar cosas que no quería saber. Tan poco a gusto estaba, que se portó lo peor que pudo, e hizo lo posible por volver malos a sus compañeros. Solamente se portaba bien en el Colegio, durante las lecciones de Religión. Hasta aquel momento, nunca había oído hablar de la vida de nuestro Señor, por lo que, cuando por primera vez escuchó la historia de la Pasión, rompió a llorar amargamente. Si la maestra no se hubiese fijado en esto, seguramente le hubiese echado de la escuela, pero pensó que podría volverlo bueno para el servicio de Nuestro Señor.

Un día, le dijo la maestra que saliese con ella, porque tenía que hablarle a solas. Ella le explicó cómo ofendía a Dios con su mala conducta y su mal lenguaje. Juan contestó que no se daba cuenta de sus malos actos y que no sabía que las palabras que usaba eran malas, pues él hablaba igual que su padre. Su maestra le dijo que le daría una estampita del Sagrado Corazón de Jesús para que la guardara en su pupitre y la tuviera siempre presente, con lo que Juanito prometió que se portaría lo mejor posible.

Todas las mañanas sacaba la estampita que la maestra le había dado, y muchas veces, en el momento de querer hacer una travesura para hacer reír a los chicos, sus ojos se encontraban con los de la imagen, y en vez de seguir su mala intención, continuaba tranquilamente sus estudios. No hay que pensar que Juanito se hiciese bueno de pronto. ¡No! Todavía tuvo que ser castigado con frecuencia; pero algo adelantaba, y esto era todo lo que su maestra deseaba.

Al año siguiente, hizo su primera confesión. Su falta más incorregible eran sus palabras feas y blasfemias. Parecía que nunca podía curarse de esta costumbre tan mala. Claro, ¡había oído siempre en casa este lenguaje!

Después de un año, el sacerdote le puso entre los niños que preparaba para su primera Comunión, pero le advirtió que, si quería seguir en su clase, tenía que corregir del todo este vicio de su lengua. Muy a menudo, Juanito hizo pequeños sacrificios, pero se ponía muy triste cada vez que Comprendía que adelantaba muy poco. Un día su maestra aconsejaba a los niños que, en vez de gastar sus céntimos en comprar caramelos, compraran una caja en donde pudieran guardar su dinero, y con ello podrían comprar algo para los niños pobres y demostrar de esta manera su cariño al Niño Jesús por estas pequeñas mortificaciones. ¡Pobre Juan! ¡Qué triste se puso! ¡Qué podría él dar! ¡Si no tenía nada!

Al día siguiente, su padre le dio diez céntimos para pan y chocolate. ¡Qué dicha! Fue corriendo a la escuela, y, acercándose a la maestra, le pidió tomar la mitad para los pobres y devolverle cinco para pan. ¡Cuánto apreció el Niño Jesús este sacrificio.

Un mes más tarde, el día de la hermosa fiesta del Corpus, era el señalado para día de la primera Comunión, y aunque Juan soltaba alguna palabra fea de vez en cuando, había hecho tan grandes progresos en corregirse, que el sacerdote le dio permiso para tener la dicha que tanto deseaba. El día anterior, Juan fue a confesarse, y estaba muy contento al pensar que no le quedaba más que una sola noche para poder recibir a Nuestro Señor. No tuvo ningún traje bonito para ponerse, pero su maestra le advirtió que se lavase muy bien y que ella le buscaría una chaqueta.

Cuando era hora de irse a la cama, Juan buscó el agua y empezó a bañarse vigorosamente, Esto le extrañó a su padre, quien quería saber el por qué, y Juan le contó que al día siguiente tenía que hacer su primera Comunión. Solamente dos o tres veces había hablado Juan con su padre de cosas religiosas, porque cada vez que hacía referencia a ellas, su padre le pegaba brutalmente, y como era natural, el niño pensó que era más prudente no decir nada. Pero aquella noche, siendo tan dichoso, no se dio cuenta del peligro que corría al decir a su padre que era vigilia del día más feliz de su vida.

Cuando el padre oyó sus palabras, se puso furioso; empezó a usar un lenguaje terrible y cogió un palo para pegar a su hijo. «Padre mío, si quieres, pégame —gritó Juan, poniendo los dedos en los oídos— pero no use usted nunca estas palabras tan feas, porque, si las dice, yo no puedo quedarme aquí«' Furioso e indignado, aquel hombre, le cogió, y llevándole a la puerta, le empujó a la calle, diciéndole que podía buscarse otra casa y no volver nunca más por allí. ¡Pobre Juanito! Muy despacio anduvo por las calles hasta que vio la entrada de una tienda donde podría sentarse, y sacando su rosario, se quedó dormido mientras rezaba.

Muy de mañana, se despertó, sintiendo mucho frío y mucho dolor. Olvidó todo su dolor, todo su frió, y corriendo sin parar, pronto llegó a la escuela. Ya estaba allí su maestra y unos cuantos niños más. Ella le lavó y le vistió su otro traje y le puso en la manga su lazo blanco. ¡Qué contento! ¡Qué dichoso era, al acercarse al altar! ¡Qué felicidad tener en su corazón al Niño Jesús!

Durante su desayuno, Juan contó al sacerdote dónde había pasado la noche. «¿Usted ve, Padre? —dijo— tuve tanto miedo de escuchar aquellas palabras feas que yo podría repetirlas sin darme cuenta y manchar mi alma».

Así, por querer hacer, de su alma, una casa pura y sin mancha, Juanito perdió su casa paterna. Pero quedaréis muy contentos al saber que su padre espiritual, este buen sacerdote, encontró para Juanito una casa nueva, en donde fue instruido y se hizo un hombre muy bueno y muy útil.