Por el amor de Dios

I

La débil luz de la lámpara que pendía del centro de la artesonada techumbre se filtraba a través de la oscura bomba que la cubría, esparciendo en torno suave y dudosa claridad, mientras quedaban envueltos en medrosa penumbra los extremos de la severa y suntuosa cámara.

En el centro de la estancia, y próximo al testero principal de ella, se levantaba un lecho casi regio, y en él yacía, presa de mortal dolencia, el dueño y señor de aquel magnífico palacio, el Excmo. Sr. don Álvaro Téllez de la Fuensanta, Grande de España de primera clase, Duque de Navahermosa, Marqués de Valverde y Conde de la Cruz Blanca, joven, inmensamente rico, miembro de varias corporaciones científicas y presidente honorario de algunas academias, el cual, a pesar de todos sus títulos, juventud y riquezas, se moría sencilla y prosaicamente en su lecho suntuoso de una enfermedad vulgar, como puede morirse cualquier hijo de vecino en su catre de tijera.

D. Álvaro era soltero; sus padres habían muerto cuando él era aún muy niño, y no tenía parientes cercanos. Sólo existían algunos deudos suyos, en tercero o cuarto grado, que residían en Madrid y habían venido a Sevilla al tener noticia del gravísimo estado del Duque, solícitos de cuidarle y de recoger su último suspiro. Pero D. Álvaro, que era y había sido siempre muy malicioso, aseguraba que todos eran unos bribones, y que lo que deseaban recoger cuanto antes era, no su último suspiro, sino sus cuantiosos bienes. Así es que rechazaba agriamente sus cuidados y los echaba con cajas destempladas cuando se acercaban al lecho, negándose tenazmente a tomar alimentos y medicinas, habiéndose dado ya el caso de tirar una taza a la cabeza de un marqués tronado que quería darle amorosamente una cucharadita de caldo, y estuvo en poco que no le descalabrara.

Aún se veía intacta sobre el precioso velador chino que había cerca del lecho la poción que como último recurso le había ordenado el médico el día anterior, disponiendo que se le diera una cucharadita cada media hora, y asegurando que si no había medio de hacerle tomar aquella bebida, no había esperanza de salvación. Inventaron mil estratagemas para hacerle siquiera probar aquel líquido; pero D. Álvaro se negó a tomar absolutamente todo cuanto le daban, creciendo su resistencia a medida del empeño de los que le rodeaban.

A las nueve vino el médico, y preguntó si había tomado la poción: se la mostraron intacta sobre el velador, observó al enfermo algunos instantes, y llamando aparte a uno de los parientes de D. Álvaro, le dijo:

—Es inútil ya todo cuanto se haga. Si se consiguiera hacerle tomar algunas cucharadas de ese líquido, podría tal vez prolongársele la vida algunos días, pero la muerte es ya inevitable. Prueben, sin embargo, a administrarle esa bebida.

Se volvió a intentar en balde. D. Álvaro, cuya razón se encontraba perturbada aquella noche por ía influencia de la altísima fiebre que padecía, demostró, no sólo de palabra, sino palpablemente, repartiendo algunos sopapos entre sus ilustres parientes, que se cansaban sin éxito, y al fin tuvieron que dejarle por imposible, ya que se empeñaba en morirse.

Y no era lo más grave que D. Álvaro se muriera, puesto que más tarde o más temprano tenía que hacerlo, sino que, hablando humanamente, tardaría en pegar el gran zarpazo en los infiernos lo que tardara en morirse, porque, según de público se sabía, D. Álvaro era un impío de tomo y lomo. Se decía por algunos que era también masón durmiente, pero no se sabía de cierto. Lo que se sabía de cierto es que no creía en Dios, ni confesaba, ni iba a Misa, como no fuera por compromiso, y que había pasado la mayor parte de su vida quebrantando casi todos los mandamientos.

A las diez, próximamente, penetró en la cámara el ilustre general X, noble y valiente veterano que había sido íntimo amigo del padre de D. Álvaro, y profesaba a éste singular afecto. Después que se hubo enterado de lo que pasaba, se inclinó al oído de un pariente de D. Álvaro y le preguntó en voz baja:

—¿Se ha llamado a algún sacerdote?

—¿Para qué?—contestó el pariente encogiéndose de hombros.—Sería inútil. Ya sabéis las ideas de mi primo... Además, en el estado en que se encuentra su cabeza, sería imposible que confesara.

—Pues hay que hacer cuanto se pueda por prolongar su vida. Siquiera hasta que desaparezca la fiebre. Es preciso.

El pariente volvió a encogerse de hombros, y contestó al fin:

—Tampoco se puede hacer nada en ese sentido. Se niega obstinadamente a tomar esa bebida que, según el médico asegura, es la única esperanza que puede ofrecer la ciencia.

El anciano general inclinó apesadumbrado la noble frente, y levantándose de pronto cual si hubiera tomado alguna resolución salvadora, murmuró brevemente saliendo de la estancia:

—Hasta luego.

II

La noche estaba hermosísima. La luna llena derramaba sobre la tierra torrentes de melancólica y apacible claridad que penetraba por todos los cristales del balcón situado en el extremo de la cámara opuesto a la entrada, contrastando con la imponente semioscuridad que reinaba en la estancia. La limpieza y diafanidad de la atmósfera permitían ver del otro lado del balcón las copas de los árboles del jardín que la brisa balanceaba blandamente, y más allá la inmensa franja azul del Guadalquivir que se perdía a lo lejos entre bosques de azahares.

El pavoroso silencio que imperaba en la cámara apenas era interrumpido más que por la agitada respiración del enfermo. Los parientes de éste permanecían sentados a lo largo del salón, silenciosos e inmóviles como estatuas.

Una hora habría transcurrido desde la salida del general, cuando se oyó en el silencio de la cámara el leve roce que producía al moverse el luengo cortinaje de damasco que cubría la puerta de entrada, escuchándose a continuación el ruido de unos menudos pasos sobre la alfombra. Los circunstantes volvieron hacia allá la cabeza, y vieron destacarse de entre las sombras, seguida del general y avanzando hacia el lecho de D. Álvaro, la figura de una mujer alta y esbelta que vestía humilde y sencillo traje oscuro, y cubría su cabeza con las flotantes y blanquísimas tocas de las Hermanas de la Caridad. Era Sor Ángela, la popular Hermana, conocida y venerada en toda Sevilla por su ardentísima caridad, su heroica abnegación y su incomparable dulzura. Decían de ella los sevillanos que tenía la «grasia e Dios» para asistir a enfermos y convertir herejes, y no faltaba quien asegurara que habiéndose llamado en cierta ocasión a Sor Ángela para asistir a un enfermo que no quería tomar una medicina, y habiendo aquél expirado antes de llegar la Hermana resucitó para tomar la medicina de sus manos, volviéndose a morir después. Descartando lo que hubiera de hiperbólico de estas afirmaciones, es lo cierto que Sor Ángela era venerada en toda Sevilla como una santa, y que efectivamente lo era.

Sor Ángela, que ya había sido informada por el general del estado físico y moral de D. Álvaro, llegó seguida de aquél hasta el lecho del enfermo. El general habló a la Hermana algunas palabras al oído, señalándole al mismo tiempo la bebida que don Álvaro no había querido tomar.

Sor Ángela se inclinó sobre el enfermo, observó su rostro con atención unos instantes, murmuró después con voz tan suave que parecía un suspiro: —¡D. Álvaro! ¡Sr. D. Álvaro!...

El enfermo entreabrió los ojos y —D. Álvaro— repitió Sor Ángela después de un momento.—vais a hacerme el favor de tomar una cucharadita de este líquido que yo os daré. ¿Sí?

D. Álvaro, sin abrir los ojos, movió negativamente la cabeza.

—¡Vamos!— continuó Sor Ángela con tono suplicante.—¡Una sola! ¿Qué trabajo os cuesta?

D. Álvaro se agitó bruscamente en el lecho, se incorporó con violencia, miró a la Hermana con ojos desencajados por la fiebre, y de súbito, sin que nadie pudiera preverlo ni evitarlo, alzó el brazo y descargó sobre el rostro de Sor Ángela una brutal bofetada que la hizo vacilar, tambaleándose un momento.

—¡Álvaro!—rugió el general con voz de trueno interponiéndose entre D. Álvaro y Sor Ángela, con los puños crispados, mientras los circunstantes se incorporaban sobre sus asientos lanzando un grito ahogado, y D. Álvaro, rendido por el esfuerzo, se desplomaba sobre el lecho.

Sor Ángela indicó a todos con un gesto, a la vez imperioso y dulce, que no se moviesen, y permaneció firme en su puesto, con el hermoso rostro encendido por el golpe brutal, la mansedumbre en los ojos y la sonrisa en los labios...

a
Santa Ángela de la Cruz
[de la web de la santa]

—¿Estáis todavía ahí?—continuó D. Álvaro, después de algunos instantes, dirigiéndose a Sor Ángela— Pero vos, ¿quién sois?

—Una indigna sierva de Dios— contestó mansamente Sor Ángela

—¡De Dios!—replicó D. Álvaro con acento indefinible.

—¡Sí, de Dios! ¡De Dios que os ama entrañablemente y me manda que sufra en silencio todos vuestros ultrajes, y que os pida por su amor, hasta de rodillas si es preciso, que toméis una sola cucharadita de ese líquido! ¿Qué trabajo os cuesta hacerlo por el amor de Dios?—concluyó Sor Ángela con voz dulce y suplicante.

Todo contribuía a despertar en el alma un sentimiento que se acercaba mucho a lo sublime... La celestial figura de Sor Ángela destacándose sobre el fondo luminoso del balcón situado enfrente: sus palabras impregnadas de mística dulzura, que resonaban como un cántico divino en el alto silencio que reinaba en la cámara; la débil luz de la lámpara que prestaba a los objetos formas indecisas y fantásticas, y la idea terrible de que un alma iba a presentarse, quizá dentro de pocas horas, ante el tremendo tribunal donde sentencia Jesucristo las almas de los muertos...

—¡Por el amor de Dios!—replicó D. Álvaro en voz muy baja y con tono extraño.

—Sí —contestó Sor Ángela con acento cada vez más humilde, más dulce, más suplicante.— ¿Por qué no habéis de hacer una cosa tan pequeña por su amor? ¿No os ama Él con amor infinito? ¿No os ha amado siempre? ¿No derramó toda su sangre y dio su vida por vuestro amor en un patíbulo afrentoso, en medio de los más atroces tormentos? ¿Por qué no habéis de sufrir, pues, una molestia tan pequeña en obsequio de quien os ama tanto?...

—¡Por el amor de Dios!—prosiguió D. Álvaro en voz más baja aún.—¡Por el amor de Dios habéis sufrido mi bárbaro ultraje, y después me rogáis, hasta de rodillas, si es preciso!

—¡Sí! ¡De rodillas!—contestó Sor Ángela, cayendo de hinojos.

Se siguieron algunos instantes de terrible ansiedad... Al cabo de ellos observó Sor Ángela que a través de los entornados párpados del enfermo se desprendían dos lágrimas que rodaron silenciosas por sus mejillas. Después D. Álvaro extendió un brazo, y, sin abrir los ojos, señaló hacia el velador.
Sor Ángela se levantó, y tomando una cucharada de la medicina, la aplicó a los labios del enfermo. D. Álvaro la bebió sin ninguna dificultad...

—Sois un ángel—añadió después, —y yo os he maltratado cobardemente. ¿No me querríais perdonar—prosiguió con voz temblorosa—también por el amor de Dios?

—¿Podéis dudarlo siquiera?—le contestó Sor Ángela, sonriendo como una santa.

—¡Oh! ¡Qué bueno es Dios!—murmuró D. Álvaro conmovido.—¡Qué bueno!

—¡Muy bueno!—replicó Sor Ángela con toda su alma.—Y decidme: si ese Dios tan bueno y que nos ama tanto quisiera venir a visitaros, ¿le cerraríais las puertas de vuestra casa y de vuestro corazón? ¿Tendríais valor para rechazarle?

—¡No! ¡No!—contestó D. Álvaro con voz entera y firme, y rompiendo a llorar como un niño... ¡Que venga, que venga pronto!

El viejo general tenía los ojos arrasados en lágrimas. También los parientes de D. Álvaro lloraban todos de alegría...

III

El magnífico palacio de los duques de Navahermosa presentaba a la noche siguiente un aspecto deslumbrador. La multitud se agolpaba con mezcla de curiosidad y asombro a las puertas del palacio, abiertas de par en par, y por las cuales, lo mismo que a través de los balcones, se escapaban torrentes de luz vivísima. Antiguos y riquísimos tapices de valor incalculable, plantas tropicales, flores vistosas y brillantes luces se ostentaban por todas partes en el interior del palacio, y particularmente en el trayecto comprendido desde la puerta de la calle hasta la cámara de D. Álvaro, obedeciendo a las órdenes de éste, que había mandado desplegar todo el lujo y la pompa posibles para recibir dignamente en su casa la visita del Señor de los señores...

Una hora después de recibido el santo Viático D. Álvaro, que había confesado perfectamente contrito sus culpas la noche anterior, obedeciendo sumiso desde entonces, «por el amor de Dios», todas las prescripciones del facultativo, entregó tranquilamente su espíritu al Criador.

—Ha muerto como un santo—exclamó el sacerdote que le había auxiliado hasta el último instante, acercándose a Sor Ángela, que en un ángulo de la cámara, rezaba fervorosamente de rodillas ante un crucifijo.

—¡Bendito sea el Señor!—murmuró Sor Ángela elevando sus ojos al cielo, mientras su hermoso rostro resplandecía como el de un santo arrebatado en éxtasis.

El buen apóstol

La gente ciega no quería escucharle. Iba el inflamado apóstol del bien peregrinando de pueblo en pueblo, llamando en todos los hogares, y pocos, muy pocos le dieron hospitalidad.

Sobre el mundo se había desencadenado una tempestad terrible de ideas, mil veces más dañinas que el rayo, que destrozaba los tronos, abatía las cúpulas de los templos, disolvía las familias, sofocaba los cimientos de toda autoridad, corrompía las costumbres, negaba los más sagrados derechos, indisciplinaba los hijos, desataba los más profundos odios, provocaba la guerra de clases, incendiaba los campos, destruía las fábricas y coronaba de laureles a los asesinos.

Y el apóstol bueno, que había escuchado la voz de Dios: «Levántate y ve a salvar a la humanidad»; iba, como dejamos dicho, de pueblo en pueblo, llamando en todos los hogares, ofreciendo el remedio salvador; pero sin ser escuchado.

Los hombres, ciegos por el egoísmo y las pasiones, emancipados del deber, aliados en sus negocios con toda justicia e inmoralidad, no querían tratos con aquel ser austero, cuya voz removía el cieno de las conciencias.

Sigue, sigue adelante, no te detengas en mi casa—decía el rico,— tu voz me hace daño.

¿Por qué hace daño al rico la voz del apóstol? Porque le decía:

—Lo que gastas en vanidades, lujos y vicios, es pan que robas al pobre; lo que indebidamente acrecientas tu capital, es salario cercenado a los que te sirven. Dispones de tus bienes cual si fuesen tuyos, has olvidado que son el patrimonio de los pobres, que Dios puso en tus manos para que le administrases, y lo disipas en tu solo provecho, mientras Sus legítimos dueños gimen en la más espantosa indigencia; mientras hay hogares sin pan y sin abrigo; mientras hay niños que lloran de hambre y ruedan, faltos de todo, por el arroyo en convivencia con todas las miserias y podredumbres de la vida. Tú llenas tus trojes de trigo, multiplicas tus majadas, extiendes tus dehesas, acumulas más y más el oro, llenas tu casa de lujo superfluo y gastas en viajes y caprichos sumas considerables, mientras los que cultivan tus tierras y cuidan tus ganados, regresan desnudos, por la noche, a sus hogares, en los que no se enciende el fuego, con un mendrugo de pan insuficiente para alimentar a sus hijos.

Y no es esa, ¡oh, rico!, tu misión. Dios quiere, te lo manda, que hagas participantes a los demás de las riquezas que ha puesto en tus manos; quiere que te preocupes de que el pobre tenga lo necesario para la vida, que tenga hogar, vestido y pan; que pueda educar a sus hijos; que su esposa pueda cumplir sus obligaciones de madre; que el pobre, en una palabra, viva con la dignidad que corresponde a su naturaleza de hombre.

y el rico, a quien no agrada oír estas prédicas, dice al apóstol:

—Sigue, sigue, no te detengas en mi casa.

—Desecha—le dice—esas ideas que te enloquecen; esos odios que germinan en tu corazón. Esa igualdad con que sueñas es imposible. Dios ha hecho desiguales a los hombres en talento, en laboriosidad, en virtud; ha dado a cada uno aficiones y aptitudes distintas, y desiguales son los medios de vida que repartió sobre la tierra, y lo que Dios hace, el hombre no puede deshacer.

Dios te ha dado energías, salud y talento, y puedes utilizarlos para mejorar tu situación, para hacerte rico, si puedes, pero dentro de la justicia, sin lesionar los derechos de los demás. Si no puedes lograrlo, resígnate, ten paciencia y piensa que hay otra vida donde Dios premia al que supo mantenerse en ésta dentro del deber, a pesar de toda privación y de toda injusticia. Echar por el atajo de la insubordinación, del odio, de la guerra de clases, del crimen, tal vez es agravar tu situación, es hacerla más aflictiva, es llevar a otros hogares tus desdichas, sin que en el tuyo queden remediadas.

Y el pobre a quien ha quitado la fe... generalmente el mal ejemplo del rico, no quiere escuchar tampoco la voz del apóstol, y, como el rico, le dice:

—Sigue, sigue, no te detengas en mi hogar.

Ricos y pobres están ciegos, lectores amigos, creedlo.

Ricos y pobres pagarán caro su ceguera. La voz del apóstol pondría orden y justicia entre los de arriba y los de abajo. Si le escucharan ya se convencerían, aun por egoísmo de las ventajas que surgen del cumplimiento del deber. Mas como todos le dicen: «Sigue, sigue», y le cierran las puertas de sus hogares, la tormenta de ideas funestas avanza, y crecen los crímenes, y las injusticias, y los vicios, y los placeres, y los odios, y se derrumba la fe religiosa, y la moral, y la autoridad, y la familia, y la idea de patria, y se desconocen los derechos de propiedad, y se proclama como un dogma la guerra de clases.
El Buen Apóstol, compadecido de la humanidad, seguro de poder atenuar sus dolores, insiste en su llamamiento. Abrid la puerta, ricos y pobres, escuchad su voz y la paz, el orden, la justicia, la caridad, el máximum posible de bienestar reinará en el mundo.

¿Qué quién es ese buen apóstol?
¡Ah!, ¿no lo conocéis?
¡Es la prensa católica!

La hija del desterrado

Un oficial del ejército ruso, llamado Lopulof, fue injustamente condenado por cuestiones políticas y desterrado a una de las provincias más miserables y salvajes de la Siberia, de aquel país frío, despoblado, en donde con su mujer e hija sufría toda clase de privaciones.

Isabel fue siempre una buena muchacha, compasiva y desde pequeñuela se afligía mucho al considerar la suerte de su buen padre, que, a pesar de llevar ya muchos años allí, no se podía acostumbrar nunca a tan triste situación, abandonándose con frecuencia al más violento abatimiento. La pérdida de su libertad le iba minando la existencia. Ella concibió una idea grande: tan grande, que en mucho tiempo no se atrevió a comunicarlo: ¡lr a San Petersburgo a pedir al Emperador el perdón para su padre!

Advertid que desde donde ellos vivían a San Petersburgo, la capital de Rusia, hay mil leguas de camino, camino fatal la mayor parte; que a su padre Lopulof, nadie le conocía en la capital, no solo por hacer tanto tiempo del suceso, sino por su poca categoría en el ejército; y por último, que los desterrados no tenían una triste moneda de qué disponer. Pero esta hija admirable, puso toda su confianza en Dios y se atrevió al fin a comunicar su proyecto al padre amado, diciéndole sencillamente:

—Padre mío, espero que me daréis licencia para ir a San Petersburgo y solicitar allí del Emperador su perdón. Espero en Dios que favorecerá nuestra causa, pudiendo realizar mi intento.

¡Con qué ganas se rió el padre oyendo a la rapazuela! La tomó de la mano, y la condujo a donde se hallaba su madre, disponiendo la comida.

—¡Buenísimas noticias, esposa mía! ¡Se acabaron todas las desgracias! Escucha bien: Esta gran señora que te presento, se digna ir a la corte del gran Emperador de toda la Rusia a solicitar mi perdón del mismo que la recibirá en persona. ¿Qué te parece?

—¡Mejor sería que pensara en sus labores! ¡Qué simplezas hay que oír!

Mas como luego observase el desconsuelo con que la niña lloraba, le abrazó riéndose: y presentándole un paño de cocina, dijo:—¡Vamos, queridita; comienza por limpiar la mesa, que luego te ocuparás de tu visita al Emperador.

Mucho tiempo tardó en volver a hablar del asunto la joven, ya que tan a burla lo habían tomado sus padres. Pero firme en su buen propósito, continuamente suplicaba a Dios en sus oraciones que le diera fuerzas para resistir, inspiración para ejecutar y valor para aguardar.

Varias veces insistió más tarde con sus padres; y al fin, ya de dieciséis años, y como vieran aquellos la formalidad, la fe, el amor con que hablaba, y no pudiendo disuadirla con caricias y lágrimas, le concedieron al fin el permiso solicitado, emprendiendo ella el viaje al fin, después de recibir las bendiciones paternales.

Con muy escasas monedas de cobre, pero con muy abundante valor y fe, y con la confianza ciega de que Dios le serviría de guardián, se puso en marcha al fin.

¡Imposible describir las grandísimas fatigas y contrariedades que experimentó la joven en este largo viaje, así como los espantosos peligros que en él hubo de arrostrar! Como no conocía la ruta que era preciso seguir, a cada paso se veía obligada a preguntar, y a cada paso expuesta a ser engañada o desatendida; pues al preguntar con tal formalidad por el camino de San Petersburgo, que tan lejos estaba, se la tomaba por loca muchas veces, contestándole frecuentemente con carcajadas que le helaban la sangre en las venas. Por todas estas causas, perdiéndose de continuo, prolongaba mucho el largo camino que había de seguir.

¡Qué lucha tan gigantesca contra las inclemencias del tiempo, contra la indiferencia de las gentes, a veces hasta brutales, contra las necesidades de mil géneros que la atormentaban casi siempre! Se detenía en los pueblos más o menos tiempo, según la acogida que se le dispensaba, según el mayor o menor cansancio, según las mayores o menores necesidades; pero siempre que en cualquiera casa se detenía algún día, cuidaba de ganarse el pan que comía, el socorro que recibía, ayudando a barrer, a fregar, a coser, a lavar, etc. Cuando injustamente era rechazada de una parte, sus lágrimas de amargura eran tan verdaderas, que en más de una ocasión se vio llamada por aquéllos mismos que la despidieron de mal modo, y socorrida y consolada con agrado.

¡Pero eran muchísimas más las penas que las alegrías en aquélla peregrinación! Sorprendida por violenta tempestad y buscando refugio en monte espeso, allí hubo de pasar larga noche de invierno entre zarzales, que si la resguardaban del viento, no fue así de la lluvia torrencial; pues la tuvo que recibir sobre su cuerpo la noche entera. A la mañana siguiente, medio helada y enteramente cubierta de lodo, llegó a una cabaña en donde fue bastante bien recibida, y en donde por varios días hubo de estar, la pobre, enferma a consecuencia del suceso.

En otra ocasión, atravesando unas montañas, fue acometida en pleno día por una manada de lobos. ¡Dios mío, qué mal lo pasó también! Y seguramente hubiera sido devorada al fin, sin el auxilio de unos aldeanos que, atraídos por sus gritos, pudieron llegar a tiempo para salvarla, no sin que una de aquellas fieras le dejara impresa para siempre, con sus uñas, buena señal en una pierna.

Atravesando más tarde unos pantanos cubiertos de hielo, y después de esforzarse una y otra hora en encontrar la senda que debía seguir, llegó a sitio salvaje, rodeado de bosque espeso. La noche se aproximaba; Isabel se estremeció de miedo, había visto a lo lejos unos hombres que avanzaban y que tenían todas las trazas de criminales. Por fin se le acercaron, y con voz siniestra le preguntó uno qué hacía por aquellos sitios:

—Vengo de la región más apartada de la Siberia y voy a San Petersburgo a solicitar del Emperador el perdón para mi padre, oficial desterrado injustamente.

—Pero... ¿y por tu propia voluntad haces sola ese viaje?

—Sí; ningún sacrificio por un padre es bastante grande.

—¿Y con qué dinero cuentas para ello?

—Con ninguno; vivo de limosnas.

Extrañados al oír aquellas declaraciones, y tan admirados como compadecidos de tal valor, virtud y naturalidad, no sólo no le hicieron mal aquellos malvados, sino qué le dieron algunas monedas y ropas y alimentos para muchos días; indicándole el camino que debía seguir.

Llego a Kasam, ciudad importante de Rusia, y allí tropezó con otra gran contrariedad. El viento fuerte y frío amontonaba sobre las riberas del Volga gran cantidad de témpanos de hielo; de modo que era era casi imposible vadearlo; pues sólo una parte podía atravesarse en lancha, con peligro manifiesto, y luego era preciso ir saltando sobre los témpanos, ejercicio arriesgado por extremo al que ningún barquero se atrevía. Isabel les propuso la travesía, y la rechazaron bruscamente haciéndole ver el peligro y advirtiéndole no se lo podrían consentir hasta que el hielo cediera.

Volga

Río Volga [de la web Rusia]

Preguntó cuánto tiempo aproximadamente se tardaría en ello, y cuando oyó que por lo menos quince días, dijo con acento indescriptible de amargura:

—¡Por Dios! ¡Sed compasivos! Vengo de allá, del fondo de la Siberia, en busca del perdón para mi padre, injustamente desterrado hace muchos años. Sin más amparo que el de Dios, sin más recursos que los de la pública caridad, llegué aquí después de grandísimos sufrimientos en mucho tiempo; sabéis el largo camino que aún he de recorrer. ¿Consentiréis que haya de detener mi marcha otros largos quince días? ¡No! ¡Sed compasivos, amigos míos! ¡Os lo suplico!

Uno de los que la escuchaban, profundamente conmovido, tomó a la joven de la mano y dijo:

—Venga usted. Trataré de conducirla. Soy padre; usted es buena hija; temerosa del Señor, y amante de su padre. ¡El cielo nos guiará! Estoy seguro de ello!—

Y haciéndola entrar en su barca navegó con bríos y con aplausos de todos hasta donde imposible navegar, no sin gran clamor de ruegos para que no siguiera adelante. Cuando no pudo más, dejó la barca, echó sobre el hombro izquierdo a la joven, tomó en la mano derecha un remo, y auxiliándose de él para afianzarse en el fondo, fue saltando de hielo en hielo con increíble arrojo, con serenidad pasmosa hasta poner en salvo su carga en la orilla opuesta del Volga. ¡Qué muestras de gratitud le prodigó allí a su bienhechor la pobre Isabel! ¡Con qué alegre y decidido paso emprendió su camino de nuevo, en la idea de no tener que perder ya aquellos quince días!

Unas jornadas le faltaban aún para llegar a Moscou, y la pobre comenzó a carecer de todo; el calzado destruido, los vestidos desgarrados, la comida muy escasa... El frío era, por otra parte, intenso; había un metro de nieve congelada por completo: cuando caía, más bien que copos parecían carámbanos que no permitían distinguir el cielo de la tierra. ¡Qué días angustiosos aquellos que empleó en llegar a la populosa antigua capital de Rusia, hambrienta, desnuda, descalza, y sin haber perdido por ello, y por su cansancio extremo y aquella marcha forzada sobre el hielo, su habitual buen humor, su valor indomable, su fe y esperanza, pensando en Dios, y en la vuelta del padre amado a su patria! ¡Aquellas ideas le fortalecían el ánimo de modo maravilloso!

Fue acogida en cruel noche en un convento, en donde contando el objeto de su viaje, y desventuras pasadas en él, recibió de la Superiora una carta de recomendación para alta dama de Moscou, influyente en la corte del Emperador y muy amiga suya, y aún para otra que vivía en el mismo San Petersburgo. La de Moscou la recibió muy bien, compadecida; la retuvo algunos días a su lado para restaurarle las fuerzas; la vistió y la calzó y aprovisionó de alimentos y dinero para hasta cuando calculaba que no podría llegar a San Petersburgo, ya que ella no quiso ir hasta allá sino a pie como había hecho el viaje, y así, después de dieciocho meses, de sufrimientos y caminatas, llegó Isabel a la corte, saltándole el corazón en el pecho al penetrar en la ciudad. Por ella anduvo como perdida los primeros instantes; pero informada al fin de la vivienda en que habitaba la buena señora a quien iba recomendada, se llegó allá; y como en Moscou, encontró alojamiento cariñoso, espléndido, satisfactorio por todos estilos.

¿Pero cómo llegar al Emperador? Esto era difícil, porque aquella señora no tenía ya influencia alguna en el Palacio; y unos amigos suyos que la pudieran servir, estaban ausentes. ¡Era preciso esperar!... ¡Esperar! ¡Esperar ella con sus diez y ocho meses de camino mortal! ¡No!... Se presentó casi a diario a las puertas de Palacio, y contaba a los centinelas su historia, haciéndoles ver cómo había de hablar al Emperador con urgencia, y suplicándoles le ayudaran en ello. Pero los soldados, tomándola algunas veces por loca, se echaban a reír, teniéndose que alejar de allí toda confusa. ¡Y así tuvo que pasar la pobre muchos días, siendo consolada siempre por la buena señora que la hospedaba!

Al fin, una persona caritativa habló a la esposa de un oficial de la real guardia, y ésta a una amiga suya, esposa de uno de los secretarios de la Emperatriz, quien haciéndola llegar a su presencia, y profundamente conmovida del relato interesante de Isabel, y de sus no menos interesantes prendas personales, le dijo: ¡Eres una excelente hija! Dios, que hasta ahora te protegió, sigue indudablemente prestándote sus favores, porque te prometo que muy en breve has de ser complacida. Quédate hoy a comer con nosotros.

El marido se enteró del caso, y aquel mismo día habló a la Emperatriz, quien le dijo:

—Tráemela esta misma tarde.

En efecto, fue presentada en Palacio, no sin antes sufrir un desmayo de felicidad al saberlo; no sin antes levantar sus ojos al cielo para decir:

—¡Gracias, Dios mío! ¡No en vano puse en ti toda mi confianza! —no sin antes inundar de lágrimas de gratitud las manos de la esposa del secretario.

La Emperatriz la recibió y escuchó con indecible bondad y complacencia, interrogándole sobre todas las circunstancias de la historia. Isabel, que al principio estaba temblorosa, se animó poco a poco, recobrando al fin su serenidad, su valor admirable y acabando por decir:

—Señora; mi padre es inocente del delito que se le atribuyó; no pediría para él el perdón si no fuera digno de él. Sólo suplico que se revise el proceso y se le haga justicia.

Conmovida y admirada la soberana, abrazó a Isabel colmándola de caricias, de felicitaciones por su conducta heroica, de promesas y regalos espléndidos, que recibía ella con lágrimas de agradecimiento.

Se examinó el proceso; se vio la inocencia de Lopulof, y el Emperador mandó que fuera solemnemente reconocida y proclamada, levantando el destierro, y dado al mismo para reparar la injusticia de que fue objeto, un gran puesto en el ejército y una fuerte pensión que recaería sobre su mujer y hija; y esta última, como recompensa a su conducta heroica, una distinción soberana en la Corte y un puesto en ella cerca de la Emperatriz.

Leyenda eucarística

Anita

Esta es la historia de una niña que se llamó Anita; niña tan pequeña, que casi podía considerarse que era un ángel, semejante al de su guarda, que la llevó al cielo. Sin embargo, esta niña había aprendido a amar al «Santo Dios» más que muchas niñas de mayor edad.

Cuando Anita tuvo tres años nada más, su querida madre murió, y no había nadie para cuidarla, ni cuidar la casa tampoco, porque, como su padre era soldado, tenía que vivir en el cuartel. Así, la pequeña Anita y su hermana, fueron enviadas a un colegio de religiosas Franciscanas del Buen Pastor.

Al llegar al convento las dos hermanas, se apercibió una de las monjas de que Anita estaba enferma de la tos ferina y en seguida la llevaron al hospital, donde quedó aislada unas semanas. Después de ponerse bien, volvió otra vez al convento y vivía entre las otras niñas. Todas eran mayores que Anita y estaban muy contentas de tener un bebé, digámoslo así, con quien jugar. Todas la querían mucho e hicieron todo lo posible para tenerla contenta y dichosa siempre.

A pesar de ser tan amada y tan atendida, algunas veces encontraron a Anita llorando, y por fin llegaron a creer que Anita era una niña mimada que tenía mal genio. Pero, en realidad, no era así.

Algunas semanas después, se puso la niña muy enferma y los médicos observaron que, cada vez que lloraba, era a causa de haber sufrido un dolor que no pudo explicar por ser tan pequeña. Llegó a ser tan grave su estado, que la llevaron a una casita muy bonita que tenían las monjas situada al otro extremo del jardín del convento, donde se cuidaban las niñas enfermas.

Durante las horas que la madre enfermera estaba ocupada en otros quehaceres, una de las niñas mayores quedó siempre con Anita para cuidarla. Esta niña se levantaba muy temprano para ir a misa y recibir la Sagrada Comunión en la capilla del convento, pero, cuando no se encontraba bien, se quedaba en la cama por orden de la madre.

La primera mañana que le ocurrió esto, la niña mayor que estaba a su cuidado, después de levantarse, bajó al cuarto de la pequeña Anita. En seguida que la vio, la niña le dijo:

—«Tú no has recibido a Jesús en tu corazón, hoy».

—«Pero ¿cómo lo sabes?»—contestó la mayor.

—«Yo lo sé —respondió Anita— y se lo diré a la madre».

Cada vez que su amiga se quedaba en la cama, lo sabia Anita, aunque no dormía en el mismo cuarto, y, cada vez que esto ocurría, la pequeña la saludaba con una mirada muy triste y le decía: «Tú no has recibido al buen Jesús hoy».

La madre enfermera le habló mucho, a la niña, de Dios y de su Santísima Madre, y le enseñó a decir muchas oraciones. Nunca era tan feliz como cuando estaba escuchando cosas de Jesús, y de la Virgen, y los Ángeles.

Un día, durante las Cuarenta Horas, la madre llevó a Anita en sus brazos a la capilla, y le dijo que allí vivía el buen Jesús y le explicó todo lo concerniente al Santísimo Sacramento. Después de esta visita, parece que Anita no pensó en otra cosa. Comprendió también lo que le explicaba de la Sagrada Comunión y suplicaba a la madre que la visitase todos los días después de haber recibido la Comunión.
Al oír el Obispo referir todas estas cosas de Anita y de su profundo amor a Jesús Sacramentado, dijo que iría al convento para administrar a Anita el Sacramento de la Confirmación. Y así, otra vez llevó la madre en sus brazos a la niña hasta la capilla, donde, en los brazos de la madre, el Obispo la confirmó. Después Anita deseaba ardientemente hacer su primera Comunión. Cada día que pasaba, preguntaba: ¿Cuándo vendrá el Santo Dios a mi corazón?

Durante este tiempo, iba muchas veces al convento, para pasar unos días, un sacerdote muy conocido por su santidad. Cada día hacía una visita a la pequeña Anita, y cuando comprendió su deseo tan ferviente de recibir a Nuestro Señor, y la claridad con que entendía lo referente a la Sagrada Comunión, dijo que la dejaría prepararse para recibir su primera Comunión, y pidió permiso a su Obispo para administrársela.

¡Qué feliz era al ver los preparativos! El día anterior, las buenas monjas erigieron un altar al niño Jesús, muy cerca de su cama, y Anita sentía tanta dicha, que no podía explicarla. Le hicieron un bonito vestido blanco, y una corona de flores blancas, y un velo. Demostró mucho interés en todo, hasta en sus medias y zapatos blancos.

—«Todo debe ser muy bonito para mi Jesús—dijo—tienen que vestirme así cuando Él me lleve al cielo».

Llegó la mañana, y Anita, vestida toda de blanco, era llevada a la capilla donde había puesto la madre un sofá, porque ya la pobre niña no podía sentarse. Todas las madres y las niñas estaban allí. Las niñas cantaban como ángeles del cielo durante la Misa, pero Anita, con sus manitas apretadas, rezaba fervorosamente sus oraciones en lenguaje de parvulita.

¡Qué feliz era cuando, por fin, el sacerdote le llevó la Santa Comunión! ¡Qué niña tan buena y tan simpática, arrodillada allí, hablando a su querido Jesús! Después de su acción de gracias, la madre la llevó otra vez a su camita. ¡Nunca jamás había visto a un bebé tan dichoso!

Durante la Misa de Nochebuena, Anita recibió por segunda vez la Sagrada Comunión. Después empezó a agravarse y el sacerdote le llevó la Sagrada Comunión a su cama. ¡Qué niña más valiente! Aunque sufría horrores, nunca se quejó. Siempre decía:

—«¡Mira cuánto sufrió Nuestro Señor en la Cruz! Sufrió más que yo. ¡Qué deseos tan grandes tengo de estar con Él para siempre!

Pero ya le quedaba poco tiempo de estar en la tierra. Cada día empeoraba, hasta que un día, un domingo, bajó del cielo un ángel para llevar a Dios el alma de la niña.

Las madres y las niñas sentían mucho la pérdida de su querida niña y compañera, y todos estaban presentes cuando aquel cuerpo pequeño quedó enterrado en un sepulcro, en el camposanto del convento. Muchas veces fueron allí para rezar; y desde el cielo, Anita les ayudaba con sus oraciones. El recuerdo de su cariño inmenso a Jesús Sacramentado quedó toda la vida con aquéllas que habían vivido con ella, y su buen ejemplo ayudó a todos a perfeccionarse especialmente en saber preparar su corazón para acercarse al Santísimo Sacramento.

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