Amenidades

El aprendiz de santo

Era un mozo, no mal cristiano, algo infeliz, y tan forzudo que podía tirar de un carro, siempre de guarda en la esquina de la Plaza, con su esportilla para lo que pudiera ocurrir a los parroquianos; la gente del barrio le conocía por el Esportillero.

No iba tan a menudo a la iglesia, quizás como debiera, pero un día entró, determinado a rezar por el alma de su madre, que le había criado en el santo temor de Dios. Justamente un sacerdote subió al púlpito mientras él rezaba: aquel sacerdote era San Felipe de Neri.

El Santo habló de lo necesario que nos es la santidad, y repitió hasta diez veces que «para morir santamente es preciso aprender a ser santo y vivir como santo».

El Esportillero se aprendió de memoria la frasecilla, salió repitiéndola de la iglesia y no pudo olvidarla en todo el día; le asaltaba en la esquina, cuando caminaba con la carga, en sueños y hasta en el banco de la taberna.

«Para morir como santo, hay que aprender a ser santo y vivir como santo».

Y cansado de tanto cavilar, resolvió ponerse de aprendiz del nuevo oficio, creyendo que no le tendría nada que envidiar al oficio de esportillero, y se fue a casa del predicador consabido, que vivía en la casa del Oratorio.

Cuando se vio delante del sacerdote, exclamó con sencillez:

—Mi amo, aquí vengo a ver si su merced me quiere enseñar el oficio de santo.

—Le han engañado, amigo mío, respondió aquél, todavía no lo soy, sino pobre pecador.

—¿Pues no es su merced don Felipe de Neri?

—Eso sí, es verdad, me llamo Felipe de Neri.

—Entonces es vuestra merced el hombre santo que yo digo. ¿Qué hay que hacer para serlo?

San Felipe meditó un instante, conmovido de tanto candor, consultó al Señor, y mirándole cariñosamente, la dijo:

—Dime, buen amigo, ¿sabes leer?

—De corrido, de corrido, no señor, como aquel que dice, pero con algunos tropezones ya calo lo que está escrito.

San Felipe Neri
Battista Tiépolo. San Felipe Neri
[de Wikipedia]

—Pues bien, continuó el santo, aquí tienes este libro; lee, nada más que cuatro renglones, trata de aprenderlos bien, y vuelve dentro de ocho días.

—¿Y con eso saldré oficial?

—Si lo practicas bien, creo que sí.

—Corriente, hasta la vista y gracias.

A los ocho días vuelve el Esportillero.

—¡Hola, amigo! ¿Aprendiste bien los cuatro renglones? —le pregunta el santo.

—¡Aprenderlos, aprenderlos! La dificultad no está en aprenderlos— contestó el buen Esportillero.

—¿Pues en qué?

—Toma, en hacer lo que mandan. Por saberlos bien de corrido que me los sé. Oiga su merced y verá.
Amarás a tu Dios, le adorarás con reverencia y perderás todas las cosas antes que ofenderlo. No jurarás en vano su Santo Nombre, ni blasfemarás. Santificarás las fiestas, oirás Misa entera...

—Está bien hombre. Tienes buena memoria...

—Lo que es por memoria... «No harás daño al prójimo, ni te achisparás, ni»...

—Basta, basta y... al grano. ¿Has hecho lo que mandan esos cuatro renglones?

—Ay, señor, me costaba cada día más que arrancarme una muela, pero al fin y al cabo lo he hecho como lo reza el libro.

Hombre, bueno. Para ser aprendiz, bien empiezas, como sigas así, arremetiendo con lo que el libro dice, te armas y sales un buen oficial, Dios mediante.

—Lo que es por mí no quedará.

—Ea pues, échate al coleto estos otros cuatro renglones y el oficio nuevo que ya tienes... Vamos, valor y confianza en el Señor.

—A los ocho días ya no vino el Esportillero. San Felipe empezó a inquietarse, y a rogar a Dios por aquel bendito y sencillo ganapán.

Pasaron ocho días más, y luego quince, y el mozo de Cordel no parecía. San Felipe, que le había cobrado afición, no esperaba volver a verlo más. «En medio de todo, pensaba el Santo, el pobre empezó bien, pero sin duda se ha acobardado y echado a pasear el libro, los cuatro renglones y el oficio nuevo que ya tiene cuatro bemoles.

De repente escucha pasos estrepitosos en el corredor, como si pasara un carro, y oye que llaman a su puerta.

Era el Esportillero, pero el Santo no le conoció al principio. Arrastraba su cuerpo trabajosamente, apoyado en un palo, y llevaba debajo de la barba un pañuelo anudado en lo alto de la cabeza. Asomaban los carrillos amoratados, magullados.

—¿Que te ha pasado, hijo mío?— exclamó San Felipe asustado. ¿Y quién te ha puesto así?

—Vaya vuestra merced, como el que dice; el caso es muy sencillo. Iba yo cargado con mi esportilla por la calle de Albano, cuando hete aquí que encuentro de frente a un coche con dos caballos. Los animales, al ver mi esportilla cargada, se espantan, se encabritan y dan al traste con el carruaje. Un señorito que guiaba se levanta, se encara conmigo, y furioso me derriba con carga y todo, me revuelca en el barro, y me apalea durante un rato. ¡Ah! señor, aquel caballero era para mi un alfeñique y si yo hubiera querido lo hubiera podido aplastar de un coscorrón, como se quiebra un mal cacharro contra las piedras. Aquí están mis puños; que no me dejarán mentir, y que más de una vez han levantado una carga de cebada.

¿Tenía yo la culpa de que mi esportilla hubiera espantado a sus caballos? ¿No gano yo mi vida con la esportilla?

Tentaciones me dieron de acogotarlo, me acordé de los cuatro renglones que iba repitiendo: «No volverás mal por mal; haz bien a tus enemigos; pon la mejilla derecha si te pegan en la izquierda» y tragué saliva. No tuve que ponerle la mejilla, porque él me las buscó, y me las puso hinchadas como un pan. Me callé, señor, como un mudo, y recogí la carga cuando el otro partió.

¿He cumplido con lo que el libro dice? Corríjame, mi amo, si he faltado, que no he podido venir antes, porque ahora mismo salgo del Hospital donde me he estado curando tres semanas.

San Felipe enternecido, admirado de tanto heroísmo, unido a tanta simplicidad, abrazó con lágrimas en los ojos al Esportillero, se ofreció curarle, y le propuso que se quedara en su compañía, para ser religioso como él, con lo cual acabaría de aprender el oficio de santo.

El Esportillero, lleno de agradecimiento se echó a llorar, y se arrodilló a los pies de San Felipe, espantado de aquella proposición, de que se creía indigno.

Aquellos dos hombres, el maestro y el aprendiz, no se separaron más.

El Esportillero llegó a ser lego del Oratorio y edificaba a todos por su humildad, su obediencia y su fervor.
Había querido aprender el oficio de santo y Dios le había facilitado el camino. A los veinte años de Religión murió rico de obras buenas y en olor de santidad.

«Para morir como santo, hay que aprender a ser santo y vivir como santo».

Luisito

Luisito es un niño muy bueno, pues tiene unos padres cristianos que inculcan en su tierno corazón la virtud divina de la caridad. ¿No ha de ser bueno?

Su mayor gozo es ir con su madre a las casas humildes de los pobres para llevar a ellas la alegría de la limosna. Cuando en alguna de esas casas tropieza con pequeñuelos de su edad, los besa con cariño y juega con ellos.

Cierto día, en el hogar de una infeliz viuda, vio que un rapazuelo más pequeñito que él estaba muy triste y tiritaba de frió, al par que por sus blancas y pálidas mejillas se resbalaban lentamente las lágrimas. El infeliz tenia fiebre.

¡Qué lástima sintió Luisito al verle! Ganas le entraron de llorar también. Se acercó al pobre niño, le besó en la frente, se quitó el gabancito que llevaba y se lo puso al enfermito diciéndole:

—Para ti; verás cómo se te quita el frío.

—¡Ay!—pensó luego para sí —¿me regañará mamá?

Y tímidamente volvió la cabeza hacia donde ella estaba. ¡Qué salto le dio el corazón, de gozo! Su mamá le estaba mirando y sonreía complacida. Le llamó, le estrechó en su regazo, y besándole con toda la efusión de su maternal cariño, le dijo:

—Hijo mío, que siempre sea así de generoso tu corazón.

Luisito tiene un portal de Belén, un nacimiento con la mar de pastores, lavanderas, reyes magos, ovejitas, árboles, casas, montes, arroyitos y fuentes con peces de colores. Como se acerca Nochebuena, está ahora muy atareado en colocarle.

Para que le ayuden llama a sus compañeritos, esto es, a los niños pobres a quienes socorre, y cuando se cansan de poner y quitar, mudándolas cien veces de sitio, las figuritas del Belén, cogen las zambombas y ensayan villancicos.

El otro día ocurrió en el Belén una tragedia: resbaló el caballo del rey Melchor y rodó por la pendiente vereda que conduce al portal. Al rey se le rompió la cabeza y un brazo. ¡Quedó inútil! Sin cabeza y sin brazo, ¿cómo iba a presentarse al Niño Jesús?

Era necesario adquirir otro nuevo; y fue a buscar a su padre para persuadirle a ello. Todo quedó arreglado en un par de minutos. Cuánto costaba el rey, ¿cinco pesetas?

—Pues toma—le dijo su padre entregándole un duro—cómpralo. Ya se retiraba Luisito, lleno de gozo, cuando entró «El Buen Amigo».

—A ver —dijo el padre—; veamos qué nos cuenta hoy.

Y pasó la vista por los títulos de los artículos.

—¿Qué será esto?—preguntó, y comenzó a leer: «Tragedia infantil». Era el artículo publicado por «El Buen Amigo», dando cuenta del llamamiento del Papa a la caridad española en favor de los niños hambrientos víctimas de la guerra.

Luisito se detuvo para escuchar lo que su padre leía, y al enterarse del hambre, del frío, de los intensos sufrimientos que millones de niños padecían, sintió una pena tan grande... ¿Qué podría hacer él por aquellos pobrecitos niños? y se quedó pensativo.

¡Ya dio con ello! Y expuso con infantil y generosa alegría la idea que acababa de ocurrírsele.

—Papá —dijo— si te parece, ya no compro el rey Melchor.

—Pues, ¿y eso?

—Verás. Tú me arreglas con cera el que se ha roto, y las cinco pesetas que me has dado se las mandamos a esos niños para que compren pan el día de Nochebuena. ¿Quieres?

Se emocionó el padre, y exclamó: —¡Pues no he de querer, hijo mío! Toma, a esas cinco pesetas tuyas, agrega estas otras mías. Mañana se las llevas al señor cura para que las mande a su destino. Entretanto ve y ponlas junto al Niño Jesús de tu portal de Belén para que las bendiga.

Así lo hizo el buen Luisito, y después, como era ya la hora de acostarse, se fue a la cama tan lleno de gozo, con tal satisfacción que, al quedarse dormido, sus labios sonreían, y soñó...

Lo que soñó Luisito

Se inundó de luz la habitación, pero de luz clara como la del sol al mediar el día. Al mismo tiempo se saturó de exquisita fragancia.

¡No, no era perfume de rosa, ni de clavel, ni de violeta, ni de azucena, ni de azahar de naranjo!; era más embriagador... y mucho más que el del nardo, y el del romero y el del almoradux de los montes.
Luisito vio acercarse a su lecho un niño hermosísimo, vestido de blanco. Eran azules los ojos del niño, rubia como el oro su cabellera, como un capullo de rosa su boca sonriente y resplandecía su rostro con aureola de luz.

Se arrojó del lecho Luisito para recibirle y, al sentir en su frente el beso con que fue saludado por el precioso niño, gozó de un bienestar tan grande, una alegría tan intensa, que estuvo a punto de desvanecerse, y hubiera caído al suelo si el niño aquel no le sostiene estrechándole contra su pecho.

—¿Quién eres? —le preguntó Luisito.

—Ya lo sabrás—contestó el misterioso niño, y su voz era cual acorde de celestial instrumento. Voy por el mundo —continuó— recogiendo limosna para los niños que mueren de hambre y de frío; he sabido que tú tenías dos duros para ellos, y, al pasar por tu casa, he entrado para recogerlos.

—¡Oh!, sí, sí —exclamó Luisito— aquí los tengo, ven. Y le llevó junto a su portal de Belén. Aquí están míralos; los puse junto al Niño Jesús para que los bendijera.

—Y el Niño Jesús los ha bendecido y te ha bendecido a ti también.

—¡Qué alegría! ¿Cómo lo sabes?

—Yo lo sé todo.

—Pues toma, toma los dos duros, y, al entregarlos, se fijó en la carita del Niño Jesús de su Belén. ¡Ay, Dios mío, y cómo se parecía al niño con quien estaba hablando!

—Dime —dijo a éste al entregarle el dinero.— ¿Por qué no me llevas contigo? Entre los dos podríamos llevar más pan y más ropa a los niños pobres.

—Es muy largo y penoso el camino.

—No importa. Con tal de estar contigo y llevar alegría a aquellos pobrecitos, todo lo sufriré contento.

—Pues entonces, sígueme.

Y se pusieron en camino. Era la noche muy oscura; el cielo estaba cubierto de nubes negras; hacía un frío intenso y comenzó a nevar.

—Pisa sobre mis huellas y no temas —dijo a Luisito el niño de los ojos azules y cabellera de oro.

y caminaron caminaron por los campos solitarios; llegaron a un valle cubierto por un bosque muy espeso en el que rugían las fieras: lobos, osos y tigres. Luisito pisaba con cuidado sobre las huellas del niño y ni se cansaba ni sentía miedo. ¡Qué miedo iba a sentir si veía venir a las fieras al encuentro del niño, sumisas como corderitos, para hacerle fiestas como los perros cariñosos a sus amos!

Un monte muy alto, coronado con picachos roqueños imposible de ser franqueado, se atravesó entre ellos. ¿Cómo pasarían?

Dos águilas poderosas bajaron desde los riscales, posándose sumisas junto a los niños. Cabalgaron éstos sobre ellas, remontaron las aves el vuelo, y en un instante estuvieron al otro lado del monte. Llegaron luego a un río caudaloso. ¿Cómo atravesarlo sin puente y sin barca? Y apenas el niño de blanca vestidura introdujo el pie en las aguas del río, se dividieron éstas, dejando en el lecho del río un camino enjuto, por el que pasaron.

Andando, andando, llegaron a un mar enfurecido por el soplo de recio huracán.

—Ven —dijo a Luisito su compañero— no temas. Pon tu brazo sobre mi hombro y yo el mío sobre el tuyo.
y así, entrelazados, subieron sobre una gigantesca ola coronada de espuma, llegando, en un momento, salvos, a la otra orilla del mar.

—Ya estamos cerca —dijo el niño misterioso.— Entremos en aquella ciudad que ves allí y adquiramos con tus diez pesetas pan y abrigo para sus niños.

Así lo hicieron. En un saco pusieron el pan y se lo cargó a la espalda el niño de ojos azules; en otro saco pusieron bufandas, gabanes y otras prendas de abrigo y Luisito cargó con él. ¡Qué poco le pesaba!
y una noche llegaron a un gran desierto cubierto de nieve, en el que se oían aullidos de lobos hambrientos.

Era la Nochebuena. Andando, andando, llegaron a una aldea. Todo era en ella silencio; ni en sus calles ni en sus hogares se oían las zambombas, tambores y almireces, ni tampoco el canto de villancicos. ¡Qué triste era aquello!

—¡Ven! —dijo a Luisito su compañero, empecemos nuestra buena obra.

Y empujando la puerta de una humilde y ruinosa casa entraron en ella. Luisito sintió en su generoso corazón un dolor tan grande y una pena tan intensa en su alma, que para no caer desvanecido se apoyó en su compañero.

¡Qué espectáculo tan desgarrador se presentó ante su vista! ¡Jamás vieron sus ojos tanta miseria!
El escaso reflejo de una lumbre casi extinguida, descubrió, tendido sobre unas pajas, a un hombre atormentado por la fiebre; sentada junto a él, a una mujer con un niño en su regazo, y, a su alrededor, a otros cuatro niños de diversas edades. Todos parecían esqueletos, todos estaban casi desnudos y encogidos por el frío, todos en silencio, muy tristes, esperando resignados a la muerte, deseosos de que llegara pronto y pusiese término a sus incomparables sufrimientos.

El niño misterioso les contempló un momento; en sus ojitos azules brilló una lágrima; luego, uno a uno, fue besándoles en la frente y entregándoles pan y ropa.

¡Oh, qué maravillosa transformación! El hombre enfermo se incorporó, ya sano, y bendijo a su bienhechor; la mujer, llorando de gratitud, le besó en la mano; y los niños, recobrando su infantil alegría, comenzaron a reír, a cantar y a jugar. Igual ocurrió en otros cien hogares que visitaron.

—Y tú, ¿quién eres que así sabes consolar a los que sufren y de tal modo multiplicas los socorros en favor de los miserables? —preguntó Luisito a su compañero.

Y contestó este sonriendo:

—¿Yo? Soy la Caridad cristiana. Soy el Niño Jesús de tu portal de Belén. ¡Soy Dios! y el que tiene caridad está conmigo y yo estoy con él; por eso es tan hermosa la caridad; por eso vence todas las dificultades cuando de socorrer al desvalido se trata; por eso es inagotable en sus recursos, y por eso es fuente de intensas alegrías.¡Hay tantas penalidades en el mundo, porque la mayor parte de los hombres la han desterrado de sus corazones!

Y, conforme hablaba, el niño de los ojos azules iba trasfigurándose; resplandecía más su rostro divino, se hacía su voz más armoniosa y más dulce su mirada.

¡Qué intenso placer sentía Luisito! Bajaron los ángeles del cielo; ciento, mil, millones eran. Una lluvia de luz asemejaban. Cogieron a Luisito y le remontaron en los aires; desde allí vio la tierra toda; se había derretido la nieve, habían florecido las plantas de sus campos, cantaban los labradores entre mieses maduras, jugaban alegres los niños, las madres sonreían felices...

¡Oh, poder inmenso de la Caridad! Todo aquello era obra suya. Y los ángeles dejaron a Luisito en su cama. Un beso le despertó, y, al abrir los ojos, vio a su madre que le sonreía con ternura.

¡Ay! ¡Qué sueño más hermoso había tenido! Y desde entonces es mayor su caridad para los pobres.

No verlas

—Oye, Laurita, ¿qué quiere decir esto? —exclamó de pronto D. Benigno, suspendiendo la lectura del periódico y mirando a su hija por encima de las gafas.

Pero Laura, que también leía, o por mejor decir, devoraba con los ojos el último capítulo de un novelón romántico de los de a cuartillo de real la entrega, no oyó o fingió no oír la pregunta de su padre.

—¡Contesta, niña, contesta, que es tu padre el que te pregunta! —continuó D. Benigno al cabo de tres minutos de espera.

—¿Qué quieres, papá? —replicó Laura con visible mal humor, agitando nerviosamente el libro y sin dejar de leer.

—Que me digas qué quiere decir esto.

—¿El qué?

—¡Esto! Espérate, espérate a ver dónde está... ¡Ah, sí! ¡Aquí está! Decrépito. ¿Qué quiere decir decrépito?

Laura se detuvo perpleja un momento. Recordó haber leído u oído decir que la sal crepita cuando la arrojan al fuego, y contestó sin vacilar, con todo el aplomo de un académico:

—Decrépito es lo que salta haciendo ruido.

—¡Pero si se trata de uno que ha muerto decrépito!... ¿Cómo iba a saltar ni...?

—¡Pues claro está, papá! ¡Le daría alferecía para morir, y le castañetearían los dientes!

—¡Tienes razón, hija, tienes razón! —contestó D. Benigno asombrándose de la sabiduría y penetración de su hija.— Aunque me parecía a mí que la alferecía sólo daba a los chiquillos, y este señor era ya muy viejo...; pero, en fin,cuando tú lo dices...

—D. Benigno y Laura volvieron a sus respectivas lecturas, mientras doña Leonor, que no había prestado atención alguna a la conversación de su esposo y de su hija, hacía calceta sentada en una silla baja cerca del balcón del gabinete, porque allí veía mejor y no se le escapaban los puntos de la calceta ni lo que pasaba en la calle.

—Y esto ¿qué quiere decir? —saltó D. Benigno cinco minutos después.

—Espérate un poco, papá, espérate, que no me faltan más que dos párrafos...—contestó Laurita incorporándose anhelante en el sofá, con la mirada febril y el rostro pálido de emoción, mientras recorría ávidamente con los ojos las últimas líneas del novelón. Cerró después éste de golpe, se llevó ambas manos al pecho, y alzando los ojos al cielo, exclamó con extraordinaria vehemencia:

—¡Ah! ¡Qué hombre!, ¡qué hombre! ¡Esto es amar! !Esto es amar como no se ama en el mundo! ¡Esto es pasión, delirio, frenesí, locura! ¡Así, así quisiera yo ser amada, y no he de parar hasta que Ramiro me ame de ese modo! O me ama de este modo o le despido, porque a mí no me gustan los amores vulgares. Tengo que volver a leer la escena de la fuga de Carlota y Roberto. ¡Ah, qué escena! ¡Qué escena! ¡Tengo que leerla veinte veces lo menos!

—¿Con que tan bueno está eso?

—No puedes figurártelo, papá. No he leído en mi vida un libro más hermoso.

—Y eso que tú lees cosas muy buenas...

—Pero como este libro, ninguno... ¡Ah, qué escena, qué escena la de la fuga! Cuando Carlota no pudiendo soportar la tiranía paterna, exclama con aquel arranque sublime: «¡Basta! ¡Basta ya de humillante opresión! ¡Atrás, desalmados, tiranos! ¿Qué importa la deshonra, qué importa la muerte misma ante el amor de Roberto? ¡Paso, paso a la mujer emancipada!» Me parece que la estoy viendo vestida con una bata blanca y el pelo suelto, «hermosa en su desesperación», como dice el autor. Pues, ¿y cuando, una hora después, cubierta con negro manto y «amparada por las discretas sombras de la noche» (¡qué frase tan preciosa!) abandona el hogar paterno para seguir los pasos del amado, mientras lanza una mirada compasiva al perro del jardinero que sale a lamerle la mano como despidiéndola, y otra mirada de odio al hogar que le sirvió de prisión? ¡Y qué bonitas comparaciones pone allí el autor para demostrar la fidelidad del perro y la crueldad de los padres!

—Pero, mira, niña—dijo entonces doña Leonor, sin dejar de mover las agujas de la calceta —aunque yo no entiendo esas cosas, se me figura que eso que dice ese libro no está bien.

—¿Por qué?

—Porque eso viene a ser como poner el perro del jardinero sobre los padres de Carlota, y ya ves tú, por bueno que sea un perro, creo yo que para cualquier persona deben ser primero sus padres.

—¡Según, mamá, según!

—¿Cómo según?

—¡Es claro! ¿Se había opuesto jamás el perro del jardinero a que Carlota siguiera los impulsos amorosos de su corazón? ¡No! ¿Se habían opuesto sus padres? ¡Sí! Y ¿por qué se oponían? Vamos a ver, ¿por qué? Porque Roberto había sido un bandido. ¿Y por qué había sido un bandido? Por amor a Carlota, para ofrecerle tesoros y tenerla como una reina.

—¡Hija, pero el robar nunca es lícito, por ningún motivo!

—Claro que no es lícito; pero ahí se ve lo que Roberto quería a Carlota, que hasta robaba por ella; y por ella fue a presidio, y por ella asesinó y por ella le dieron garrote. ¡Ya ves tú si la querría! ¿No había de quererle ella también?

—¡Jesús, Jesús, y qué cosas dicen esos demontres de novelas! —contestó haciéndose cruces doña Leonor.— Pues a pesar de todo lo que has dicho, no me has convencido. Lo que yo digo es que esa Carlota debía ser una sinvergüenza, y que sus padres hacían bien en oponerse a que quisiera a semejante monstruo. ¡Pues poco que sufrirían los pobres cuando su hija se escapó con él!

—¡Qué quieres, mamá! En la lucha de la existencia, el placer de la vida que se desarrolla produce fatal y necesariamente una cantidad igual de dolor en la vida que se atrofia.

—¿Y qué quiere decir eso? —contestó doña Leonor soltando la calceta y abriendo llena de asombro los ojos y la boca.

—Pues, mujer, que para que unos gocen y realicen su destino, tienen que padecer otros que ya lo han realizado. Esa es la ley de la existencia.

—Cada vez te entiendo menos...

—¡No seas tonta, Leonor!—exclamó entonces D. Benigno, que juzgaba a su hija un pozo de ciencia, y que, lleno de pasmo, la había estado escuchando soltar aquel atajo de barbaridades.—¿Cómo hemos de entender tú ni yo lo que dice la niña? ¿No ves que ella está siempre leyendo, y habla lo mismo que los libros que lee? Por eso le tiene rabia la médica, porque su hija es una ordinaria y la nuestra se expresa con distinción y elegancia.

—¡No digas eso, hombre, que Rosita es una muchacha muy bien educada y mujer de su casa! ¡Pues si da gusto de ver cómo guisa y cómo cose!

—¡Esas son ordinarieces, mamá! —chilló Laurita.—Y te advierto que no volvemos a poner los pies en casa de Rosita, porque me he enterado de que ella y su madre me están quitando el pellejo porque yo no me ocupo en las cosas de la casa. ¡Pues no faltaría más! ¿Qué sabe esa gente lo que es una señorita? ¡Que sabe guisar y coser!... Y ¿qué tenemos con eso? En cambio no sabe brillar en sociedad. o si no, acuérdate cuando el año pasado por carnaval, se representó en la posada del tío Roque el drama «Diego Corrientes». ¿A quién eligieron para hacer el papel de Consuelo? La eligieron a ella? ¡No, que me eligieron a mi!. Y aunque me esté mal el decirlo, lo hice muy bien, ¡y eso que el papel de Consuelo no es ahí cualquier cosa! ¡Pues en día y medio me lo aprendí! ¡y no me equivoqué más que siete veces, y una fue por culpa del apuntador!

Poco rato después, y cuando Laura se dirigía a su tocador a pintarse el rostro y rizarse el flequillo para volverse a poner a leer novelas hasta la hora de la comida, penetró en el gabinete D. León, excelente sujeto, muy conocedor del mundo y del corazón humano, y antiguo amigo de la niñez de D. Benigno.

—Vengo de despedida —dijo después de los cumplimientos de ordenanza.— Mi hermano sigue cada vez más delicado de salud, y se hace necesario que yo marche allá para encargarme de sus negocios.

—¿Y nos deja usted para siempre? —dijo D. Benigno.

—Para siempre, no; a no ser que Dios disponga otra cosa. No me agrada la vida de capital, y en cuanto la enfermedad de mi hermano se resuelva en bien o en mal, me vuelvo al pueblo. ¿Quién lee aquí esto? —agregó mirando el título del libro que Laura había dejado abandonado sobre el sofá, en donde D. León se había sentado.

—¡Ah! —contestó sonriendo bonachonamente don Benigno.— Mi hija. ¡No puede usted figurarse qué aficionada es a la lectura! ¡Como que apenas hace otra cosa más que leer! Su cuarto parece una librería.

—¿Y es como esto todo lo que lee?

—¿Qué sé yo? Lo que ella quiere. Lo que más le gusta son las novelas. Yo la dejo que lea cuanto quiera, porque como, gracias a Dios, podemos costear dos criadas, y no tiene nada que hacer...

—Pues permita usted que le diga, querido D. Benigno, que hace mal en permitir a Laurita que lea lo que ella quiera. Eso es mucho peor que si le permitiera usted comer todo lo que quisiera. ¿Le permitiría usted comer una substancia venenosa, aunque ella se empeñara en comerla?

—¡Quite usted allá! ¿Cómo había de permitirle tal cosa?

—Pues mucho peor es que le permita usted leer libros como éste, porque si las substancias venenosas matan el cuerpo, los libros profundamente inmorales, como esta novela, matan el alma, cuya muerte es mucho más de sentir que la del cuerpo.

—¡Qué exageraciones, D. León! ¿Por qué ha de hacerle daño a la chica leer novelas?

—Porque de ellas sacan ordinariamente las jóvenes enseñanzas prácticas, que es lo peor. Si sólo se tratara del tiempo que pierden leyendo disparates, menos mal, con ser esto ya bastante malo; pero es el caso que de libros como éste sacan reglas de conducta, enseñanzas prácticas, como antes dije. En estos libros aprenden el modo de faltar a todos sus deberes, y en cuanto se presenta la ocasión faltan a ellos, si no es ya que ellas mismas buscan la ocasión, cuando ésta tarda en presentarse.

—¡D. León!... ¿Supone usted que Laura...?

—Supongo que Laura tiene naturaleza humana, pocos años y fantasía exaltada, como todas las jóvenes: me parece que todo esto es cierto.

—Sí que lo es.

—Pues con esas condiciones y la lectura de novelas como ésta, que pervierten la inteligencia y corrompen el corazón, no se necesita más para explicar la verdadera causa de ciertos hechos escandalosos que cubren de vergüenza y deshonran a toda una familia, llenando al par su corazón de amargura; y aunque la cosa no llegue a tanto, que sí suele llegar, crea usted que la lectura de novelas como ésta produce siempre funestos estragos en el corazón y en la inteligencia de las jóvenes.

—¿De modo es que, en absoluto, no deben leerse novelas?

—Casi en absoluto, tratándose de jóvenes. Pocas, muy pocas son las que éstas pueden leer sin perjuicio. Exceptuando esas pocas (que no niego que haya alguna), a las demás, es decir, a casi todas, les falta una letra.

—No entiendo...

—En vez de novelas, deben llamarse «no-verlas».

—¡Qué exageraciones, D. León!

—Pues al tiempo, y quiera Dios que no toque usted algún día prácticamente los resultados de la funesta condescendencia que hoy muestra usted con Laurita, permitiéndole leer todo lo que quiere.

* * *

Ocho meses después de esta escena recibía D. León una carta de don Benigno, cuyo último párrafo decía así: «Aunque mi deshonra es pública, no atribuya a desdén o a soberbia que no le hable del hecho escandaloso que ha costado la vida a mi pobre esposa, y que tampoco tardará mucho en llevarme a mí al sepulcro después de llenarme de vergüenza y amargura para toda mi vida. ¿Para qué decirle nada, si ya la maledicencia se lo habrá dicho todo, y el recuerdo de mi afrenta me abrasa el rostro y me tortura el alma? Perdone usted, amigo mío, que no le hable más de este asunto. Sólo le diré que las últimas palabras de usted, el día de su memorable despedida, se han grabado en mi corazón, aumentando mi tortura... Si aquel día hubiera escuchado sus juiciosos consejos, no me vería hoy como me veo... ¡Tenía usted razón! Las novelas deben llamarse «no-verlas».

La juventud saca de casi todas ellas, principalmente, enseñanzas prácticas para su perdición, y de aquel libro infame, que con tanta justicia condenó usted aquel día, las sacó la desdichada (a quien ni siquiera nombrar quiero) para su perdición, mi vilipendio y mi muerte, que no tardará en llegar, viéndome, como me veo, sin esposa, sin hija y sin honra... Pida usted a Dios por este infeliz, y también por la desventurada, cuya conducta en esta vida, me llena de vergüenza, y cuyo destiño en la otra me hace temblar de espanto, si antes de morir no desagravia a la Justicia divina, a la que tanto está ofendiendo».

Desde mi observatorio

Señoras y señoritas: tengo que comunicarles a ustedes una cosa interesante, una noticia de sensación, una novedad importantísima, un verdadero descubrimiento, que hemos llevado a cabo entre el P. Director del Observatorio y un servidor de vuestras mercedes.

Antes advierto que el dicho P. Director y yo somos dos entes tan inseparables, que lo que es del uno es del otro, porque estamos destinados a vivir y morir juntos.

Pues es el caso, que entre ambos hemos instalado un magnífico observatorio aquí, en Sanlúcar de Barrameda, en lo más alto del convento Franciscano: observatorio, que daría tres y raya al de San Fernando, (y aún al de París) si tuvieran el mismo objeto; pero da la casualidad que lo tiene totalmente contrario, porque aquellos son astronómicos y el nuestro terronómico; allí observan las cosas de arriba, y aquí observamos las cosas de abajo; allí se fijan en los astros, y aquí nos fijamos en los hombres, y... en las mujeres también; pues en ellas precisamente hicimos el interesante descubrimiento, que vamos a revelar, para bien de la humanidad, y especialmente para bien de las familias, padres llenos de deudas, esposos entrampados, etc., etc.

¡Atención, pues, señoras y señoritas! Días pasados nos pusimos a ensayar el novísimo y grandioso telescopio, últimamente adquirido (sistema Nieremberg), y... qué cosas vimos! Estaba por no decirlas... pero... ¿por qué no? En fin, allá van y den donde dieren.

El P. Director del Observatorio dirigía las maniobras, que duraron lo que duró el siguiente diálogo.

Él me decía:

Monta el telescopio en esa dirección, así; hacia el Oeste; abre el ojo.

Y fíjate bien; ¿qué ves?

¡Huyyy!... ¡Qué hormiguero de gentes! van hombres, mujeres, niños, viejos, doncellas, matronas, jóvenes, ancianos, ricos, pobres, amos, criados, militares, paisanos, clérigos, comerciantes, políticos... ¡la mar! ¡Qué hormiguero de gente, Dios mío!

—Pero ¿por donde van?

Por el camino de la vida, y se dirigen de Oriente a Occidente, como si dijéramos de la cuna a la sepultura, del tiempo a la eternidad y de la vida a la muerte.

—¡Ya, ya! ¿Y van muy de prisa?

—Sí, corriendo, más todavía, volando vertiginosamente, como alma que lleva el diablo; tanto que, si no fuera el Telescopio de tanta potencia y sus cristales de tanto alcance, no las podría distinguir. ¡Guarda, canario! que se bifurca allí el camino; y casi todos se van por el de la izquierda. En el sitio que el camino se divide, hay este letrero escrito con gruesos caracteres: «Separación de los justos de los pecadores». En este lado se lee: «Camino del infierno». ¡Cuán ancho es! ¡y va llenito! El de la derecha dice «Camino del cielo». ¡Qué estrecho, Dios mío! y aún no va lleno!

—¡Qué dolor! ¿y casi todos se van por el camino del infierno? ¿Y tan de prisa? ¿y no vuelve ninguno atrás? Obsérvalo bien, que eso interesa.

—Espera... No: atrás no vuelve nadie; lo que sí veo, es que algunos dejan el camino de la izquierda y se dirigen al de la derecha por unas sendas o trochas poco trilladas. Tienen también sus nombres. La primera dice «Senda del desengaño»: La otra «Via Poenitentiae». La de más allá, «Iter lacrymarum». La otra no se ve bien; son letras muy pequeñas.

—¿Y qué hacen esas gentes por ese camino de la vida?

Los que van por la izquierda, van entretenidos en pasatiempos, diversiones, bullicios, fiestas, algazara, locura y... sí; mucha locura y mucha infamia se ve entre los que van por ese camino. Los que van por la derecha, van modestos, juiciosos, pacíficos, devotos, y ¡Cáspita! ¿Qué será aquello? ¡que cosa más rara! Redes, fantasmas, y muchas jóvenes envueltas entre los fantasmas y las redes. ¡Qué fenómeno más extraño!

—¿Y esas niñas enredadas por los fantasmas son las que van por el camino del cielo? Limpia los cristales del telescopio y observa bien, que eso debe de ser curioso, a ver si descubrimos algo nuevo.

—Sí; desgraciadamente son de las que van por el camino del cielo, y no todas son jóvenes; las hay también que peinan canas. Uno de los fantasmas es una vieja asquerosa con cara de niña. Lleva el peinado a lo... (no sé decirlo), rostro pintado, el cuello erguido, el seno abultado, la cintura prensada, los pies oprimidos; una red en la mano y un abanico de plumas, con el cual hace mil monaditas. ¡Qué atroz! se cambia de figura y de traje a cada paso. Cada vez que cambia de traje, tiende una red en el camino del cielo, y muchas damas caen en ella; y una vez enredadas, la fantasma tira y se las lleva hacia el camino del infierno. ¡Cuántas ha pescado esta vez! Lleva la red atestada... y tiene la maldita vieja un letrero en las espaldas que dice: «La Moda».

¡Ah! ¡la moda! ¡ya, ya! maldita moda; ¡qué pocas almas se escaparán de su red! ¡A cuántas arrastrará del camino del cielo al del infierno! Y el otro ¿quién es?

Un viejo con muchos perifollos, muchos dijes, muchas plumas, muchos abalorios, muchas galas, muchísima vanidad y muchísima desvergüenza, llamado «Lujo», y entre él y la «Moda» van dejando desierto el camino del cielo. Más allá de la «Moda» está un hijo suyo llamado «Gastos», y tras de éste un nieto, que se llama «Disgustos», y luego dos biznietas llamadas la una «Riñas», y la otra «Miserias», todos con sus redes, en las cuales caen más tarde o más temprano todos los que cayeron en la red de la vieja «Moda». Detrás del «Lujo« tiene tendida la red su hija «Lujuria», y después de ella viene su nieta la «Concupiscencia»; con una caterva de nietecillos, entre los cuales distingo al «Escándalo», a la «Desvergüenza», al «Fraude», a la «Deshonestidad», y a otros mil más asquerosos todavía. ¡Y ver que las almas nacidas para el cielo se dejan prender en tan groseras redes!... ¡Vamos, que esto es un dolor!

—¡Es verdad!... un dolor es lo que acabamos de observar. Confiemos al papel el fruto de nuestras observaciones, que tal vez sea provechoso a las almas. ¿No son provechosas a los navegantes las observaciones del sabio, que descubre la formación de las tempestades y la dirección que llevan? Y cuando el papel, que guarda el secreto de esas observaciones, llega a manos del experto piloto, ¿no varía éste el rumbo para librarse de la tormenta? ¿Quién sabe, si harán otro tanto las jóvenes cristianas, al leer los descubrimientos que hemos hecho hoy? Confiémoslo al papel, y los papeles al viento, para que los lleva donde Dios sea servido. Volad, pues, papeles míos y no paréis hasta llegar a manos de alguna casquivana, y hacerla comprender que es esclava de dos asquerosos viejos, «El Lujo» y la «Moda», que con sus redes la van arrastrando hacia el camino del infierno.

¡Y basta! Dejemos el instrumento, y otro día continuaremos nuestra labor.