La primera Santa Mallorquina

Santa Catalina Thomás

Ultimos años de su vida. Su santa muerte.

Vamos hoy a despedirnos de la «Beateta», como con tierno cariño la llamamos los Mallorquines. Su alma pura no encontraba descanso en los cenagales de este mundo. Deseaba verse pronto libre de las ataduras mortales para volar al eterno abrazo de su Amado; y este ardiente anhelo junto con el pesar que le causaban los pecados de los hombres, le hacían derramar continuas y abundantes lágrimas.

Lloraba de día y de noche, y al quererla sus hermanas consolar, les decía: «Déjenme desahogar los ardores de un corazón que no puede contenerse», y luego vuelta al Señor, exclamaba con amorosos gemidos: «¡Oh, Esposo mío dulcísimo! ¡Quién pudiera derramar lágrimas de sangre viendo las ofensas que se cometen contra Vos! Descargad, oh Dios, sobre mí, todas las penas y trabajos que pueden padecerse aquí, para que perdonéis a los pecadores... ilustrad su entendimiento a fin de que abracen la penitencia, y no malogren el fruto de vuestra sangre».

Muy quebrantada su salud por las penitencias y sufrimientos tanto físicos como morales, bien se veía que su vida no podía alargarse mucho tiempo, sino por milagro. Por otra parte, la misma Sor Catalina, en distintas ocasiones había proferido frases reveladoras de su pronto tránsito.

Orando estaba un día Sor Isabel Calvo en el Coro, y al verla tan extenuada, suplicaba interiormente a Dios se dignara conservarle veinte años, por lo menos, su preciosa vida; mas, conociendo nuestra Santa por divina revelación lo que la Superiora pedía, se levanta de su sitio y se fue a decirle al oído: «Madre, no serán veinte, sino diez», quedando aquella muy sorprendida y apenada.

Después de aquel rapto de 21 día que le acaeció en 1571, aproximándose la fiesta de su Patrona Santa Catalina, se le oyó exclamar entre sollozos y suspiros: «¿Aún tres años? ¿Tres años aún dueño mío?» con lo cual se deja ver que su espíritu no moraba ya en la tierra, sino en el cielo, tantas eran sus ansias de unirse para siempre al Esposo divino. En Mayo de 1572, le refirieron algunas religiosas el fallecimiento en el Convento de San Francisco de Asís de Palma, de Fr. Pedro Calafat, siendo su cadáver muy visitado, por la opinión de Santidad en que generalmente era tenido; a lo que repuso Sor Catalina, que lo mismo verían, en breve, de otra persona; y aunque no la nombró; bien se vio que hablaba de sí misma.

En fin, las celestiales armonías de los espíritus angélicos con que el cielo la recreaba, y el suave canto de las aves, particularmente de un jilguerillo, que de vez en cuando aparecía en su celda, alegrándola con sus melodiosos trinos, indicio fueron de haberse terminado ya el destierro de su vida.

El 28 de Marzo de 1574, dominica de Pasión, se acercó la Santa a Sor Margarita Oleza, muy apreciada suya, y le dijo claramente que se despedía de ella para el cielo, donde esperaba volverían a verse juntas algún día.

A la mañana siguiente se acercó a comulgar siguiendo a la Comunidad y se quedó luego extática hasta el Domingo de Ramos, 4 de Abril. Vuelta a sus sentidos dijo a la Priora que dentro de poco terminaría sus días una religiosa del Monasterio, y a continuación le suplicó le permitiese recibir el santo Viático y la Extrema Unción. Se sorprendió aquélla no poco por no ver en Sor Catalina síntoma alguno de un próximo desenlace, y así, antes de resolverse a ello, llamó a los facultativos. Estos, si bien no reconocieron en ella gravedad en su estado de salud, no obstante dieron más crédito a las manifestaciones de Sor Tomasa que al dictamen de su propia experiencia, ordenando en su consecuencia se le administrasen los últimos Sacramentos.

Grande fue la consternación de todas las Religiosas al divulgarse la noticia, y de pronto corrieron a su celda para dar el postrer adiós a su querida Hermana. Exigen las Constituciones que la Religiosa, llegada a este trance, antes de recibir a Jesús Sacramentado, haga pública profesión de fe, pida perdón a la Superiora y demás Hermanas, haga completa renuncia de todos los objetos de su uso, y finalmente pida a la Priora, como limosna, la túnica con que cubrir su cuerpo al ser bajada a la tumba. Todo lo cual cumplió exactamente nuestra Santa con fe viva y entre incendios de amor. Luego recibió el Santo Viático, entrando seguidamente en amoroso éxtasis que le duró 24 horas. Siguió a este otro como de media hora, y se le administró por último la Extrema Unción.

Al ver las Religiosas que Sor Catalina se disponía a emprender su vuelo a las eternas mansiones, deseosas de recibir algunos documentos piadosos que les sirvieran de solaz y alivio en medio del dolor inmenso en que iban a quedar sumergidas, al mismo tiempo que de atajo seguro en los penosos azares de esta vida, le suplicaron entre sollozos y lágrimas, les dispensara esta gracia,como la última que le pedían. A la humilde súplica, contestó ella condescendiente y amabilísima:

—«Mucho os amo, hermanas mías, para negaros en el último día de mi vida el consuelo que deseáis; pero no fijéis en mí vuestra atención, que nada he hecho que merezca ser imitado, sino en nuestro Esposo Jesucristo, y aprended de Él a ser mansas y humildes de corazón. Amad a Dios y en Dios amaos las unas a las otras; y esta doble caridad sea el móvil de todas vuestras acciones. Frecuentad la oración, en cuya escuela aprenderéis a triunfar de las astucias del demonio, a obedecer a vuestras Superioras, a amar la pobreza, a ser castas en el cuerpo y en el espíritu como vírgenes consagradas a Dios, y a practicar todas aquellas virtudes que os hagan dignas de salir al encuentro al divino Esposo, y entrar en las bodas celestiales, cuando os llamare en la última hora de vuestra vida».

Dejo a la consideración del lector el efecto de compunción y dolor que estas palabras producirían en el ánimo de todas las Religiosas que derramando torrentes de lágrimas la escuchaban.

Se avecinaba el ultimo instante; de súbito se apagó el candil, y salieron presurosas algunas Hermanas en busca de luz; lo que advertido por Sor Tomasa les dijo: «Tráiganla enhorabuena para vosotras, que a mí el sol me da a la cara». Luego pidió a la Priora le rezara el salmo In te, Domine speravi, y al llegar al versículo «in manus tuas, Domine, commendo spiritum meum», en tus manos, oh Señor, encomiendo mi espíritu, plácidamente expiró, emprendiendo su alma cual cándida paloma el vuelo al eterno abrazo de su Esposo celestial. Era el lunes de Semana Santa, acaecido el 5 de Abril de 1574.

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Santa Catalina Thomás, rogad por nosotros

Conclusión.

Caro lector:— Se ha terminado ya la vida de Catalina, que bien pudiéramos llamar con toda propiedad, «Historia de un ángel».

Y nosotros también hemos terminado. Nada diremos del extraordinario concurso de todas las clases sociales, así de Palma como de los pueblos de la Isla, que acudió a venerar aquellos restos mortales. Nada de sus honras fúnebres; nada de las varias traslaciones que se hicieron de su cuerpo venerable después de su glorioso sepelio; nada de sus múltiples milagros. Para todos éstos detalles, te aconsejamos la «Vida de Santa Catalina Thomás», escrita por plumas más competentes y más autorizadas que la nuestra.

Únicamente nos propusimos vulgarizar la vida ejemplar de nuestra «Beateta». Y para ti escribimos particularmente, noble pueblo valentino, ofreciéndote la fragante flor de nuestra Santa Mallorquina, a fin de que aspiraras su delicado perfume mezclado con el azahar de tus incomparables naranjales.

Gracias mil.

Las más efusivas y sinceras al P. Director de «La Acción Antoniana», que merced a sus inmejorables condiciones, literarias, artísticas y económicas, va abriéndose paso por entre los pueblos de nuestra Isla dorada. Y mi más vivo reconocimiento a todos los Padres del Convento de San Lorenzo, particularmente al P. Luis Fullana, Provincial de los Religiosos Franciscanos de Valencia, sabio y santo hijo de San Francisco de Asís, honra y prez de las letras patrias.

Finalmente, sea para Vos mi última palabra ¡oh reina de la bendita tierra valenciana! Amparadme siempre en mis necesidades y peligros, así del cuerpo como del alma, cobijadme bajo vuestro manto; y concededme la gracia que ardientemente brota hoy de mis labios: Haced, Virgen Santa, que no se cierren para siempre en este mundo mis ojos, sin que venga a postrarme ante ti, de hinojos, ¡oh Madre de los Desamparados!

A. M. D. G. et L. B. V. M.

Aguiló. Pbro.
La Puebla. (Mallorca). 20 Noviembre.

La esclava Del Sacramento

La venerable Madre Patrocinio

Tenemos en la nación española un Santo del Santísimo Sacramento, en San Pascual, declarado por la Iglesia, celestial Patrono de todas las obras y Asociaciones Eucarísticas; una Loca del Sacramento, en doña Teresa Enríquez, muerta en fama de santidad en las Concepcionistas Franciscanas de Torrijos; una Enamorada y Esposa del Sacramento, en la Condesa de Feria, que con el nombre de Sor Ana de la Cruz, murió en Santa Clara de Montilla; una bienaventurada Madre Sacramento; la venerable Madre Ágreda, llamada Apóstol de la Inmaculada como Sagrario Viviente, porque se conservaban en la Virgen María las especies de la Eucaristía de una comunión a otra; una Serafín de la Eucaristía, en la sierva de Dios Madre Sor Ángeles Sorazu, muerta en nuestros días (1921) en las Concepcionistas de Valladolid; y, entre varias otras, podemos añadir a todas estas la Madre María Dolores del Patrocinio, muerta en olor de santidad en las Concepcionistas de Guadalajara con el nombre de Esclava del Sacramento.

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Sor Patrocinio
[de Directorio franciscano]

¿Quién no ha oído hablar de la Madre Patrocinio? En ella se pueden encerrar las persecuciones y vicisitudes de la Iglesia en España en el siglo XIX. Unas siete veces fue sacada entre bayonetas del Retiro de su convento; la calumniaron de mil modos en sus misteriosas llagas y en todos los actos de su vida santa; y la desterraron dos veces a Francia, sufriendo un prolongado martirio en las dos guerras civiles y en todas las fases de su existencia. Su proceso de beatificación y canonización está introducido en Roma, y mientras la Iglesia declare su santidad oficialmente, queremos hablar dos palabras de su acendrado amor a la Eucaristía, para cuyo efecto nos basta copiar algunos párrafos del capítulo 29 de su admirable vida.

Era frecuente, dice una súbdita suya, en mi venerada Madre Patrocinio, llamar a sus monjas las Abejitas del divino Colmenar de la Inmaculada, y existe una estampa alegórica, encargada de intento por ella para repartirla entre las mismas religiosas, figurando un enjambre numeroso que zumbaba en torno de un copón lleno de Formas consagradas, en el cual anhelaban las abejas posar su vuelo para extraer de allí la divina sustancia, de que ha de formarse la miel purísima del panal que constituya las delicias del Sagrado Corazón de Jesús, su celestial Esposo.

Justamente, en aquel honroso mote y en esta sublime alegoría, se halla simbolizado y cabalmente expresado el objeto de sus más finos y regalados amores: el Santísimo Sacramento del altar.
Es allí, junto al Sagrario, a donde esta enamorada virgen acudió siempre desde sus primeros años, en busca de la paz y dicha única que ansiaba sobre la tierra. En Jesús-Eucaristía puso este Serafín el centro de su descanso. La sagrada Eucaristía fue su fortaleza en las luchas y tormentos de su atribulada vida, y del Maná sacrosanto, del Pan consagrado, sacó siempre su encendido corazón, nuevos incendios con que enardecer otros corazones, celando así y extendiendo de modo prodigioso la honra y gloria de su Amado.

En atención a esto, y como manifestación espléndida de sus amores Eucarísticos, las fiestas del Santísimo Sacramento en los conventos de nuestra Reforma fueron siempre, y siguen siendo hasta el día, las más principales y las más solemnes, y tantas en número, que bien pudiera decirse que, en tiempos de la Sierva de Dios sobre todo, jamás se interrumpieron los cultos extraordinarios a la Sagrada Eucaristía. En las cartas se firmaba la Esclava del Sacramento.

En los días clásicos del Santísimo Corpus Christi, las vísperas y misas eran con exposición. El viernes del Sagrado Corazón de Jesús, el que sigue a la Octava del Corpus, quiso la Sierva de Dios que fuese día Sacramental por excelencia, y, además de la función solemne de por la mañana, estableció que se hiciese por la tarde la Minerva y Visita de Altares con asistencia de todo el clero, al que se le invitaba oportunamente.

«Esclava del Santísimo Sacramento» quiso esta enamorada de Jesús-Eucaristía que se llamaran y fuesen en verdad sus hijas, y valiéndose de sus facultades de Fundadora y obteniendo el apoyo y autorización de los Prelados, estableció en sus casas todas, con gusto y fina voluntad de sus hijas, esa obra admirable y celestial que se llama Vela Perpetua de Jesús Sacramentado por lo cual, las religiosas Concepcionistas Descalzas, hijas de esta Sierva de Dios, hacen guardia de día y noche en presencia de su Rey y Esposo adorable, junto al trono amoroso de su Dueño.

Es encantador lo que pasara al instituir en nuestras casas obra tan celestial: con que amor depositan todas las religiosas la papeleta de su voto favorable al establecimiento de la Vela Perpetua.

—Estoy gustosa, dice la votante, de que en este nuestro convento se instituya la Vela Perpetua al Santísimo Sacramento y me obligo a acompañar a su divina Majestad el tiempo que me corresponda.

Y parecía que de cada religiosa salía una canción seráfica, una estrofa de regocijo y coloquio profundo al divino Prisionero del Sagrario, como los versos siguientes que en aquel momento salieron de sus pechos, enamorados de la Eucaristía:

Pues, míranos aquí, Jesús benigno
adorado Pastor del Monasterio,
día y noche postradas con fe viva,
ante tu celestial acatamiento.

Derrama los raudales sin medida
de esta tu caridad que arde en el cielo,
en estas tus pobres hijas que te adoran
a cada hora, Señor, y en todo tiempo.

El Cardenal Arzobispo de Toledo, admirado y lleno de ternura, al saber la generosidad y amor de estos rebañitos de hijas de la Inmaculada, decía en la aprobación del acta de Institución que se le mandó: «Con gran satisfacción de nuestra alma, hemos leído el acta que antecede, y alabando la mucha piedad de las religiosas que la firman, venimos a aprobar la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento a que se ofrecen con santo amoroso empeño en desagravio del general olvido e irreverencias que sufre nuestro amante Jesús en la Eucaristía; y para más alentar la piedad y devoción de las mismas religiosas, concedemos cien días de indulgencia por cada vela que hicieren implorando la divina misericordia y rogando por nuestra Santa Madre Iglesia y demás santos fines generales».

Semejante a la comunicación anterior, es la que enviara el reverendo Padre Comisario Provincial de Castilla de nuestra Orden Seráfica. Con razón, pues es llamada la Madre Patrocinio la Esclava del Sacramento.

Fr. Andrés de Ocerín Jáuregui

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Al Seráfico Francisco de Asís

El Taumaturgo de Asís
cuando por el mundo andaba
hasta a los bichos amaba
y a las fieras del país.

Las florecillas, las plantas,
las personas y los brutos,
y las piedras, y los frutos
y las aguas de la mar;
y los ríos y los montes,
las colinas y los valles,
los arroyos de las calles,
el aire y la tempestad.

Cuanto existe, cuanto alienta,
el murmullo de las fuentes,
el huracán, las serpientes,
las alimañas; el sol.

Las estrellas, las arenas;
bandidos con sus cadenas,
cuando están en la prisión.
Los pecadores, las furias
de mujeres maleantes,

conquistadores galantes
y pícaros de ocasión.

A todos amaba el santo,
a todos los bendecía;
y a todo ser le daría
su sangre y su corazón.

El fervor de su entusiasmo,
el amor, que de su pecho
brotaba, jirones hecho
dejaba todo su ser:
que era su alma una pira
do se consumía el santo,
y su amor, el solo encanto
que acrecentaba su fe.

Santo bendito y glorioso
Seráfico ángel de Asís...
Da a nuestras acciones guía
que al bien y al cielo conduzca.
No olvides en este día
triunfe España, alegre y pía
y a la morisma reduzca.

F. Cantó Blas.

Ven a mi pecho a nacer

Jesús que piensas venir
a este mundo a consolarnos,
y llegas en fría noche
padeciendo, por salvarnos.

Corazones que no albergan
que dar hoy menos que ayer,
y entre alegrías y amor
ven a mi pecho a nacer.

Allí encontrarás por cuna
a todo mi corazón;
cuna que mecerá mi alma
con exquisita atención.

Y mi Lira entonará
con delicioso primor,
un canto tierno y suave
anegado de tu amor.

Allí podrás reclinarte
sin miedo a la traición,
y dormirás tranquilito
al canto de mi oración.

Allí encontrarás ¡oh príncipe!
fibras que saben amar,
reír, jugar, complacerte
y hasta sufrir y llorar.

Allí encontrarás lozanas
cual en fecundo jardín,

fragantes y bellas flores:
lirios y rosas sin fin.

También hallarás, sin duda,
pajitas de imperfección,
¡por ellas al mundo vienes
a padecer la Pasión!

Mas, yo te prometo, Niño,
con enérgico vigor,
no malograrte este viaje
que realizas por mi amor.

Puede que también encuentres
alguna espina escondida,
y que hiera, cuando a mí,
tu tierna y preciosa vida.

O una lágrima cuajada
de esa cuna, en una prenda,
ansiando contar sus cuitas
a quien mejor las comprenda.

Mas... quien te ofrece con gozo
su corazón aunque herido,
bien merece de tu parte
el verse correspondido.

Ven, Jesús, y dulcemente,
reclina tu cabecita,
en este mi pecho humano
que te ofrece una cunita.

Adelaida Barres

Florecillas de Santo Espíritu del Monte

De como sonó una vez la campana de la cartuja de Ara-Christi y la oyeron con terror los frailes de Santo Espíritu

Corrían los años de 1612. En la Cartuja de Ara-Christi, junto al Puig, vivían los monjes cartujos y en el Monasterio de Santo Espíritu, escondido en los montes del valle de Tolín, moraban los frailes franciscanos.

Aconteció que el prior del Puig, que lo era el P. D. Bartolomé Puig, deseoso del mayor recogimiento interior y aislamiento de sus monjes, buscaba un lugar conveniente y desierto donde trasladar su morada.

Después de muchas cavilaciones se les ocurrió que quizás los frailes del Santo Espíritu gustarían de cambiar y ellos, en este caso, se pasarían al desierto de los frailes. Pues creían, en buena fe, que en ello lograrían ventajas los unos y los otros. Merecida la aprobación de ambas partes, se resolvieron a ponerla en ejecución.

Así quedó el cambio concluido por parte de los religiosos pero no por parte de Dios. El Señor, en sus altos fines, destinó el valle de Tolín para recogimiento y morada de Frailes Menores y las llanuras del Puig para Monjes Cartujos; y como las ideas de los hombres no pueden estorbar las de Dios, quedaron desvanecidas del modo más portentoso e inesperado.

Estando ya el contrato no solamente concluido sino a punto de firmar la escritura, les pareció muy justo y conforme esperar la aprobación del Capítulo Provincial de los Franciscanos que iba a celebrarse.

Así las cosas. Una noche, mientras dormían todos los monjes en la cartuja sonaron inesperadamente la campanilla de la Comunidad. Se levantaron los monjes y por los corredores y claustros se preguntaban quién había sonado la campana y para qué? En medio del silencio de la alta noche la respuesta la daba la misma campanilla, que sin impulsarla nadie, giraba sobre sí misma como alocada con furia y arrebato. Los monjes recelaron si sería presagio de algún castigo.

Los sones de la campana de la cartuja llegaron hasta el Monasterio de Santo Espíritu, y en aquella noche de responsabilidades, en cada corazón de los frailes sonaba fatalmente una campana. Y en desasosiego, se preguntaban unos y otros, qué pasaba...

En Valencia estaban reunidos los padres del Capítulo. A ellos llegó la petición de un cambio tan extraño. Y sobre los frailes de Santo Espíritu sonó la campana de la obediencia que expulsó del Monasterio a todos sus moradores, menos a uno que siempre permaneció contrario al cambio. Y al Guardián y moradores, prohibieron los capitulares, con los más ásperos y rígidos preceptos, tratar en ningún tiempo de semejante materia.

Tal fue el terror que se infundió que, en mucho tiempo, ni permitían entrar en el convento a ninguno de aquellos monjes, ni se atrevían a visitarles en la cartuja. De manera que, ofreciéndose a uno de los cartujos más principales hacer viaje a Santo Espíritu, recelando ser mal admitido, dispuso que el criado llamase antes a la portería, pero al instante que el portero la abrió y advirtió al monje cartujo, la cerró con tal presteza, que ni criado ni monje pudieron entrar ni aun a saludarle. Por estos modos extraños quedó todo desvanecido, permaneciendo los cartujos en su cartuja, y los franciscanos en su convento de Santo Espíritu.

Fr. Juan Alventosa García, ofm

Episodios misionales

Yo ojo Sebastián

Teníamos en la residencia misional del río Pichis un neófito llamado Quinchocri, de la tribu Campa, mozo de unos 20 años, sencillo, ingenuo, bonachón como el mismo. Se servía el lego Fr. Blas Anaya de él para enviarlo a cazar al bosque y a pescar a los ríos. Tenía el pobre gran empeño en aprender castellano, pero le costaba mucho, y esto daba lugar, a que los más pequeños, se burlaran y rieran de él a mandíbula batiente. Sin embargo, no se molestaba de ello, pues era de temperamento pacífico, flemático, alegre. Así son en general los infieles: se bromean unos con otros, sin molestarse, sin ofenderse ni airarse por las burlas y bromas.

Cierto día, iba Quinchocri en la canoa por el río Chivis, (boa), y se encontró con un tapir, (zacha-vaca), voz quechua castellanizada, que significa vaca del bosque. Estaba el animal comiendo gramalote a la orilla del río, y al verla el campa, cargó la escopeta, disparó con tan buena puntería, que hirió de muerte al rumiante casi anfibio. Guiado éste del instinto de conservación, se arrojó al agua y zambulléndose trató de ocultarse a las miradas de su perseguidor. Probablemente el dolor y la hemorragia, consecuencias de la herida, lo pusieron en estado agónico y no se le vio más. Quinchocri cansado de esperar lo dejó y se vino a casa; pero en su semblante triste y mustio, se reflejaba, que algo notable le había pasado. Los muchachos pequeños al observar la preocupación de Qninchocri, le hicieron mil preguntas hasta que lo contó todo; tal como le había pasado, pero no lo contó en campa, que era su lengua o dialecto, sino en su jerga castellana.

Oigámosle por un momento: «Yo zacha-vaca muere; yo zacha-vaca cae agua; yo zacha-vaca apesta; yo ojo Sebastián». Cualquiera no puede explicar esas galimatías; cualquiera no puede formarse una idea del pugilato que hacen esos pobres indios con el hermoso lengua de Cervantes. Lo que Quinchocri quería decir es lo siguiente: «Yo he matado un tapir, éste herido cayó al agua, ya hiede, yo he avisado a Sebastián».

Esto dio materia a los demás para reírse de él, durante mucho tiempo. Uno le decía: Yo zacha-vaca muere; otro, yo zacha-vaca apesta; aquel, yo ojo Sebastián; este, yo zacha-vaca cae agua. Y esto lo repetían a todas horas, mañana y tarde, de noche y de día, y antes se cansaron ellos de repetirlo, que él de escucharlo sin muestra alguno de enfado.

Verdaderamente, esto es raro y muy extraño, pero esta es la psicología de esos salvajes, y en general de todos los salvajes. Por eso el misionero no debe perder esto de vista,y tener paciencia y constancia, pues no es posible cambiar su modo de ser en un momento. Hay que soportar todas sus niñerías, y poco a poco suavizar sus costumbres montaraces y civilizarles y educarles. Por lo demás, si bien lo miramos, hasta entre los civilizados, medio mundo se ríe del otro medio. Esta es herencia de la pobre Humanidad. Nos reímos del prójimo hasta en sus desgracias. Somos más propensos a la risa, que a la compasión. Nos gusta reímos a costa ajena, antes que servir de hazme reír.

Nuestro simpático Quinchocri, era, pues, un tipo bondadoso sui generis, de quien todos se reían, estaba como blindado e invulnerable a las bromas y burlas de sus compañeros, más pequeños, con quienes se juntaba, y reía, y jugaba, como si fuera igual a ellos, de la misma edad. Un hombrón que podía con un puntapié hacer rodar a cualquiera de ellos, jamás usó de violencia, sino siempre estuvo afable con ellos, a pesar de que le repetían por activa y pasiva: Yo ojo Sebastián.

Por lo referido, se ve, cuán interesante es al misionero, el observar bien las costumbres, carácter y psicología de sus neófitos, para saber cómo los ha de gobernar y dirigir, a fin de que su labor civilizadora sea útil. Conseguirá esto estudiando el carácter de cada uno, en cuya tarea siempre encontrará algún Quinchocri, que le dirá: «Yo ojo Sebastián o algo parecido...

Fr. Manuel Navarro Artal, ofm
Ex-Misionero del Ucayali

Noticias franciscanas

Serrano (República Argentina)

R. P. Director de «La Acción Antoniana»
Muy amado Padre: Paz y bien.

Como además de los religiosos de Nuestra Seráfica Provincia son bastantes las personas que desean les escriba yo comunicándoles noticias de nuestro viaje a otras lejanas tierras y casi todas ellas leen «La Acción Antoniana», he pensado, si a usted le parece bien, se publiquen estas letras en la revista de su digna dirección, y así con una carta quedan cumplidas todas y a mí me ahorra con este favor sellos y trabajo.
Además creo yo que tampoco les será molesto a los suscriptores de la Acción Antoniana leer esta croniquilla, pues algún interés puede tener para todos los que la lean.

Para cumplir la voluntad de Dios manifestada por orden de la santa obediencia nos embarcamos Fr. Ramón Roig y yo en Valencia el día 28 de Agosto en el vapor «Cabo Patos» de la Compañía Ybarra y salimos del puerto alas diez de la noche. Vinieron a despedirnos además de nuestras respectivas familias, algunos religiosos y otras buenas personas que de veras nos aprecian. A todos les agradecemos esas muestras de santo afecto, que tanto consuelan a los que han de salir de la patria. A la hora dicha suena la sirena del vapor y poco después nos movíamos ya sobre las aguas. Mientras pudimos ver las luces de Valencia, estuvimos mirándolas, pero ¡cuán pronto desaparecieron!

Seguíamos como encantados mirando hacia la Perla del Turia, pero cansados ya de mirar y no ver más que agua en el mar y estrellas en el cielo, se nos cerraban los ojos de sueño, por lo menos a mí, pero no me quise ir a dormir hasta ver el faro de Cullera y rezarle una Salve a la Virgen del Castillo, pidiéndole fuera mi Madre cariñosa en el mar y en la Argentina, como lo ha sido los tres años que tan felizmente he pasado en su Santuario. Luego me fui al camarote, me encomendé de nuevo a la Sma. Virgen y me dormí tranquilamente como duerme un niño en la cuna mecido por su madre cariñosamente que no le pierde de vista. Desperté al amanecer; subí a cubierta y ya estaba allí Fr. Ramón contemplando el paisaje con unos lentes. Era el mar de Benisa y Altea. ¡Que recuerdos tan gratos me trajeron aquellas playas y acantilados! También le mandé mis saludos de despedida a la Puríma «Chiqueta».

A las ocho estábamos en Alicante, donde hizo escala el vapor unas horas. Desembarcamos, atravesamos el bosque de palmeras que hay junto al mar y fuimos a celebrar la santa misa al Colegio de Padres Franciscanos, que estuvieron muy atentos con nosotros; visitamos brevemente la Ciudad y volvimos al vapor para seguir nuestro viaje.

El día siguiente, era ya el 30 de Agosto fiesta de santa Rosa de Lima Patrona de las Américas a donde la Santa obediencia nos mandaba, y el primer día que yo celebré la santa misa en el mar.

Emoción santa y sublime que no se puede describir y que para comprender algo de ella es preciso haberla sentido. Y ahora que viene a mi mente la gracia que me ha hecho el Señor de celebrar tantas veces en medio de la inmensidad del mar, quiero hacer constar aquí mi gratitud al P. Manuel Fabregat que me alcanzó a tiempo la facultad de celebrar en altar portátil, y al P. Custodio provincial, reverendo P. Guardián de Valencia, Vicente Corell y demás religiosos que se interesaron para que no me faltara lo preciso para celebrar el santo sacrificio de la misa durante la travesía. ¡Dios se lo pague! Me ha servido de mucho consuelo el poder celebrar. ¡Qué triste hubiera sido nuestra despedida de España, y con cuanta amargura hubiéramos pasado sobre todo los cuatro domingos y la Natividad de la Sma. Virgen, que tuvimos que pasar en el mar, si no hubiéramos tenido el consuelo de la santa misa! Pero el Señor guardó para sí la corona de espinas, y cuando la pone sobre las sienes de sus hijos suele mezclar las espinas con flores de suave perfume.

Sigamos la narración. Hizo escala el vapor en Málaga y aprovechamos unas horas para ver la Ciudad con sus hermosos paseos de árboles encantadores. Tienen muy bien ganado el sobre nombre de Málaga la Bella. Volvimos a embarcarnos y al anochecer partimos para Cádiz. Pasamos el Estrecho de Gibraltar de noche y con niebla, y por este motivo nos despertó bastantes veces la sirena del vapor, que sonaba con frecuencia. Suele estar el mar bastante agitado en el Estrecho; pero el día que nosotros pasamos estuvo muy tranquilo, celebré la santa misa durante la travesía del mismo sin notar que se moviese el vapor.

Llegamos a Cádiz cerca de medio día y allí estuvimos dos días y medio. Fuimos a celebrar los dos días a los PP. Franciscanos que nos recibieron con el cariño de hermanos. Uno de estos días tomamos billete de ida y vuelta para el Colegio Franciscanos de Chipiona donde Fr. Ramón deseaba saludar a varios religiosos que fueron sus compañeros en las Misiones de Tierra Santa. Fuimos muy obsequiados por los religiosos de aquel Santuario y tuvimos el gusto de visitar el Colegio y encomendarnos a la Virgen de Regla que protege de un modo especial a los navegantes del Atlántico, así como la Virgen del Castillo de Cullera cuida de los pescadores del Mediterráneo.

De Cádiz ¿que diré? Muchas cosas me llamaron la atención, pero no cabe todo lo que podría decir, en una reseña de esta índole. La Catedral es notable; allí nos estuvimos mucho rato, y no me hubiera salido de ella. ¡Cuanto arte en la arquitectura y en las bellas esculturas! Quién tenga ocasión de verla que la aproveche, que no se arrepentirá y me agradecerá seguramente el consejo.

La despedida de tierra Española.—Salimos de Cádiz el día 2 de Septiembre a las 9 de la noche. El vapor iba lleno de pasajeros y de carga. En ocasiones como esta se da uno cuenta de lo que ama a su patria. Aunque viajaban con nosotros algunos argentinos que volvían a su nación, la mayoría éramos españoles y todos estábamos en cubierta y mirando hacia la patria en el momento de la partida. No se oía hablar de otra cosa que de lo triste que es ausentarse de España para estar lejos de ella. Me conmovió sobremanera un señor catalán que lloraba como un niño en silencio. Me dijo después que se dejaba en España dos hijos estudiando en un colegio y que no había tenido valor para decirles que se marchaba a Buenos Aires. Poco a poco se fueron retirando los pasajeros a sus respectivos camarotes; algunos me daban las buenas noches y me preguntaban: ¿Padre que V. no tiene sueño? Yo, a todos daba la misma contestación: Mientras pueda ver el faro de Cádiz que nos está diciendo adiós en nombre de España, aquí me estaré mirándolo; ¡y ojalá pueda verle toda la noche! Por fin nos tuvimos que retirar con la esperanza de que un día nos salude el mismo Faro dándonos su parabién por ver de nuevo tierra española.

Todo el Atlántico en un trago sin parar siquiera en las Islas Canarias. El día siguiente estábamos ya en alta mar y a medida que nos alejábamos de España nos veíamos mas solos. El vapor no paró un momento en los 16 días con sus noches que le costó la travesía del Atlántico, desde Cádiz a Santos (Brasil).

Esos días que nos parecieron siglos. Algunos vapores, muchos peces que salían del agua volando a bandadas, pocos delfines (en el Mediterráneo vimos muchos más), una o varias ballenas que arrojaban de vez en cuando gran cantidad de agua a los aires, un enjambre de gaviotas de diversos colores y tamaños, allá en las costas del Brasil que casi sin querer me hacían cantar aquellos versos:

Al ver en la inmensa llanura del mar
las aves marinas viniendo hacia acá...

Y fuera de esto, mar y cielo y nada más.

Hasta el día 18 por la tarde, unas horas antes de llegar a Santos no vimos tierra pero ¡cuánta alegría tuvimos todos los pasajeros cuando pudimos divisarla! Y eso que no eran mas que unos islotes sin vegetación ni belleza alguna. Por fin llegamos a Santos a la una de la madrugada del día 19, donde hizo escala el vapor. Lloviznaba y el cielo estaba encapotado y casi llegué a creer que no podríamos poner el pié en tierra firme en tantos deseos como tenia de salir del mar, pero por fin cesó un poco la lluvia.

Pisando barros y poniendo a mal tiempo buena cara, nos fuimos Fr. Ramón y yo a ver si podríamos encontrar el convento de PP. Franciscanos que hay en dicha ciudad; y aunque temíamos no nos entendiesen porque hablan allí el idioma brasileño, (casi el portugués), la Providencia nos salió al encuentro y encontramos muy pronto el Convento de S. Antonio de Padua cuya iglesia, pobrecita y bastante deteriorada ya, debe ser muy bella a los ojos del divino Jesús, pues es la primera que se construyó en Santos. Entramos en dicha iglesia para adorar a Jesús Sacramentado por primera vez en tierras americanas. Allí nos vio arrodillados el reverendo P. Guardián que estaba ocupado en la iglesia y nos llamó; le pedimos la bendición y le dijimos que éramos religiosos españoles de la Seráfica Provincia de Valencia, y él nos trató con tanta amabilidad y cariño como si nos hubiéramos conocido y vivido juntos toda la vida.

Es Santos una ciudad de 150.000 almas y tiene un puerto importante, (se discutía entre los pasajeros si es mejor el de Santos o el de Barcelona.) No es extraño que haya tanto movimiento en aquel puerto, no obstante ser Santos una ciudad pequeña si se compara con Barcelona, porque el mismo puerto sirve para la ciudad de San Pablo que no está más que tres horas de Santos y tiene, según dicen un millón de habitantes. Abundan en Santos los negros y me llamó la atención verlos en medio de las calles bastante bien trajeados, pero completamente descalzos. Los pobrecitos me dieron lástima porque hacía frió y estaba el tiempo lluvioso. La gente me pareció respetuosa y hasta devota; muchos hombres nos saludaban quitándose el sombrero y los niños venían a besarnos la mano y a pedirnos estampas.

Sal andaluza.—Como esta relación tal vez resulte poco interesante para algunos, voy a amenizarla con una nota de sal andaluza. Viene en nuestra compañía un joven de Algeciras simpático e ingenioso como buen andaluz. Este joven entró en Santos: Fue a comprarse algunos objetos que necesitaba y por ellos le pidieron 150.000 reis. (150 pts.)

—Ciento cincuenta mil reis— les dice a los vendedores y comerciantes con toda su gracia y pronunciación andaluza:—¡ahí les doy a ustedes el rey y la reina, los príncipes y las princesas y el palacio real entero, pero ciento cincuenta mil no los voy a encontrar yo aunque recorra todas las naciones de las cinco partes del mundo y busque todos los destronados en la guerra europea.

Se quedaron aquellos pobres brasileños como viendo visiones.

En este mismo puerto nos cruzamos con el vapor «Cabo San Antonio» que tuve gusto de visitar acompañado de Fr. Ramón que conocía a los tripulantes. Es mucho más grande más rápido y mejor acondicionado que el «Cabo Palos», merece tenerse en cuenta que tiene oratorio para celebrar la santa misa y lleva capellán, y el pasaje vale lo mismo. Hago yo esta observación para que la tengan en cuenta los religiosos que tengan que venir aquí algún día.

Antes de partir de Santos vinieron al vapor muchos vendedores de plátanos y naranjas. Para probar las del Brasil que me parecieron riquísimos, aunque no tan agradables a la vista, compramos una docena que nos costaron una peseta y con otra peseta nos dieron un hermoso ramo de plátanos muy buenos, en el cual contamos 54.

El reloj lleva en Santos tres horas de retraso si se compara con la hora de España; aquí ya son cuatro.

El viaje nos resultó muy feliz: la tripulación y sobre todo el mayordomo y los camareros nos han tenido toda clase de consideraciones, y aunque el vapor no tiene oratorio ni lleva capellán, nos facilitaron con mucho gusto que pudiéramos celebrar todos los días la santa misa en el mejor salón que hay en el vapor. Los días de hacienda celebré a las siete y los domingos, a petición de los oficiales, a las ocho y media.

Fr. Buenaventura Meseguer, ofm
(Continuará).

Énova a San Francisco.— En este simpático pueblo se está celebrando el solemne Quinario dedicado por la tercera Orden a su Seráfico Padre San Francisco de Asís.

La Comunidad de Religiosas Terciarias Franciscanas y de la Inmaculada han sabido en unión de la junta de la Tercera Orden organizar la solemne fiesta que anualmente dedican a su Padre San Francisco de Asís.

Ha predicado el P. Francisco Ferrer, ofm, maestro de coristas y lector de Historia Eclesiástica del convento de Cocentaina.

Teruel. Fiesta de Cristo Rey

El P. Serafín Gilabert, organista de la iglesia de S. Francisco de esta capital y profesor del colegio de S. Antonio, quiso ofrendarle a Cristo Rey una de sus composiciones, e inspirándose en la melodía gregoriana de la misa Orbis Factor compuso una admirable partitura a tres voces mixtas que obtuvo, bajo la dirección del mismo autor, y acompañada al órgano por el excelente músico D. Ángel Mingote, una interpretación pulcra y esmerada por la capilla del Colegio.

Predicó el P. Bernardino Rubert, ofm. Al final se estrenó el himno a Cristo Rey, con melodía del P. Luis Ángel y armonizado por el P. Serafín.

Ejercicios espirituales.—Los han practicado todos nuestros alumnos durante los días 1, 2 y 3 del pasado bajo la dirección del P. Antonio Ribera morador del Santo Retiro de Chelva.

Bibliografía

Adviento y Navidad, Espiritual preparación para el Nacimiento del Hijo de Dios y Octavario al Niño de Belén, con la Hora Santa para terminar y comenzar el año.

Por el P. Buenaventura Botella. O. F. M. —Imprenta de Francisco Cuquerella, Pego.

Muy oportuna nos parece la aparición de esta piadosa obrita, editada con nitidez y esmero en la imprenta donde se publica la Revista «Fontilles».

Contiene la popular devoción de las Cuarenta Avemarías o Benditas que se rezan en Adviento; la práctica de las Jornadas que la Ssma. Virgen y el Patriarca San José, hicieron desde Nazaret a Belén, próximo ya el Nacimiento del Verbo encarnado; un Octavario al Niño Jesús y el Ejercicio Santo para ofrecer a Dios la última media hora del año que termina y la primera media del que comienza; todo ello escrito con unción evangélica, viniendo a ser como un braserillo que podrá encender los afectos de nuestro corazón al prepararnos para hacer nuestras visitas a la Santa Cueva durante los días de Navidad.

Es opúsculo que no debe faltar en ningún hogar cristiano y que quisiéramos ver en manos de todos nuestros lectores, y aún que lo propagaran entre sus amistades. Consta de 112 páginas.