Páginas de la vida
La medalla de m¡madre: La Milagrosa
En la marcha de la vida, en el continuo rodar del tiempo que va desgranando sus horas sobre la humanidad, hay un momento, un alto en el camino de la existencia, que abre nuevos horizontes,nuevas orientaciones, nuevos senderos en nuestra vida. Ese momento es cuando, dejando en el desván los caballitos de cartón y los soldaditos de plomo, héroes anónimos que realizan, al conjuro mágico de nuestra imaginación y de nuestra voz, las heroicidades más sublimes y las victorias más resonantes que ha conocido la historia, nos preparamos para la lucha por la existencia, para envolvernos en el dinamismo de la sociedad y ser un escalón más en la cadena del trabajo y de ¡a vida que aprisiona a la humanidad.
Otoño frío y lánguido, como beso de moribundo, que se divierte en despojar de su ropaje a los árboles que, en esos obscureceres plomizos parecen esqueletos que se levantan de las tumbas... El sol, en aquella hora bruja y soñadora del atardecer otoñal con sus reflejos pálidos, que daban a la campiña un tinte de oro rancio, de oro viejo, como el de un plato cerámico de Manises, parecía una hoja amarillenta que caía del árbol del tiempo.
Todavía recuerdo la escena de la despedida de m¡madre.
Yo era un hombre, tenía que ausentarme de m¡casa para crearme un porvenir.
La hora de la despedida había llegado: y m¡madre, sacando un diminuto estuche, me dijo: «Mira, hijo mío, vas a entrar en una nueva fase de tu vida: en el mundo como en todas las cosas existe lo bueno y lo malo. Hasta hoy he velado por ti, he puesto toda m¡ternura, todo m¡cariño y todo m¡corazón de madre en ti, para encauzarte por los senderos del bien, con el fin de que seas un perfecto cristiano y un caballero perfecto. Pero las circunstancias cambian y hoy te alejas de mí, por lo tanto la vigilancia, los cuidados,que como madre cariñosa te he prodigado, ya no los puedo realizar, no porque note quiera
sino porque te vas. Y te vas precisamente ahora cuando más necesitas de mí, pero es preciso y no quiero que m¡egoísmo entorpezca tu porvenir».
Un suspiro, un ¡ay! apagado, como un quejido del corazón, salió de sus labios y prosiguió: «Ahora tendrás que luchar tú solo en el mar de la vida y cuando lleguen las horas tristes, las horas amargas, esas horas en que a nuestro alrededor todo es dolor y nuestro corazón siente el aleteo de las cosas funestas, no desesperes, acuérdate de tu madrecita que te quiere, que te ama, que daría su vida para ir contigo. Mas ya que no puedo ir, toma esta medalla de la Virgen, reza como yo quiero que reces, ella te protegerá porque la Virgen también es tu madre, quiérela mucho; sé bueno para que tu madre no tenga que avergonzarse de tener un hijo». Y abriendo el diminuto estuche sacó una medallita de oro, de la Virgen Milagrosa.
Hubo un momento de silencio. Nos miramos, y un beso muy largo, un fuerte abrazo, como s¡tuviéramos miedo a que nos separaran, y unas lágrimas fue el epílogo de aquella memorable fecha.
* * *
Han pasado los días, los meses, los años y aun no he podido ver a m¡madre.
¡Cuánta razón tenía ella al darme la medalla! En la soledad, ¡cómo ha servido de lenitivo a mis penas la Imagen de la Virgen que me dio m¡madre!
No me he olvidado n¡un momento de m¡madrecita. Todos los días saco la medalla de oro, imprimo un beso en ella y elevo una oración que sube a los cielos, como en mensaje de felicidad y como una petición de bendiciones y de gracias para m¡madrecita; y todos los días también evoca m¡memoria la escena de aquel atardecer otoñal, cuando el sol, en su ocaso, con sus reflejos pálidos envolvía a la ciudad, como un manto de oro rancio, de oro viejo, como el de un plato cerámico de reflejos metálicos, de Manises...
Marcos Vilar.
Preparando el Séptimo Centenario de la muerte de San Antonio
El Ministro General de la Orden Franciscana, ha recibido una carta del Eminentísimo Cardenal Pacelli, Secretario de Estado de Su Santidad, la cual en nombre del Sumo Pontífice, y como para concretar los preparativos que se han de hacer para la celebración del VII Centenario de la muerte del Santo Paduano, dice así:
Rvmo. Padre:
Cuando perdura todavía vivo el recuerdo de los grandiosos cultos tributados por todo el mundo católico a San Francisco en la celebración siete veces centenaria de su feliz tránsito, está para comenzar el séptimo centenario de la preciosa muerte de San Antonio de Padua, hijo y discípulo predilecto del seráfico Padre.
Tan fausto centenario se cumplirá el 13 de junio de 1931, y es por lo tanto muy justo que desde ese día se comiencen los festejos que habrán de terminar el 13 de junio de 1932, que recordará el centenario séptimo de la canonización del Taumaturgo de Padua.
El Padre Santo desea que estas solemnidades —a las cuales la Orden Franciscana contribuirá con su celo fervoroso y activo— resulten verdaderamente dignas del Santo, y otorga desde ahora con paternal complacencia la Bendición Apostólica a cuantos contribuyan al feliz éxito de los festejos.
Al expresarle mis votos personales, aprovecho la ocasión para confirmar m¡distinguido y sincero afecto a V. P. reverendísima en el Señor.
E. Cardenal Pacelli.
Peregrinaciones a Padua
Para el próximo séptimo centenario de San Antonio se anuncia que irán a Padua muchas peregrinaciones italianas y extranjeras, habiéndose constituido en Padua un Comité central civil y religioso, y en Roma otro, encargados de la organización de las peregrinaciones. Las Asociaciones Antonianas de Valencia invitan a todas las de la región y, en general, a los devotos de San Antonio, a tomar parte en la Peregrinación que a fines del próximo verano saldrá de Valencia y que promete ser muy nutrida. Visitará en unos veinte días Barcelona, Costa Azul, Génova, Roma, Asís, Padua, Venecia, Florencia, Milán, Ginebra, Lión, Lourdes, regresando por Zaragoza a Valencia. La Peregrinación será dirigida por los Padres Franciscanos y la parte técnica correrá a cargo del gerente de peregrinaciones y turismo don Luis Prats, que ha dirigido las dos celebradas por los Antonianos defienda, a Lourdes en estos dos últimos años.
¿San Antonio, Doctor de la Iglesia?
Así lo quieren los organizadores del próximo centenario antoniano. Al efecto, varios eruditos y teólogos han tomado a su cargo la labor preliminar e indispensable de estudiar en los escritos del Santo, para hacer de ellos una luminosa exposición, que mueva al Sumo Pontífice a graduar a San Antonio, declarándolo solemnemente Doctor Universal de la Iglesia.
Justo sería que este honor alcanzase el primer Lector de la Orden Franciscano, cuyo encargo de enseñar la Teología recibió personalmente del propio San Francisco; y a quien, por su subida ciencia, elevación y profundidad de conceptos y erudición sagrada y bíblica, al oírlo predicar el Papa, dijo, con admiración y entusiasmo, que era, «Arca del Testamento». Tal era el conocimiento profundo que tenía de las Santas Escrituras. Augura-ramos feliz éxito a los iniciadores de esta empresa.
Las misas de San Gregorio
Con el nombre de las misas gregorianas o del papa San Gregorio, se entienden aquellas 30 que en otros tantos días rigurosamente continuados, se celebrase, desde que fueron instituidas por este santo pontífice, a voluntad de los devotos que las encargan o de los sacerdotes que las eligen para su celebración.
La antigua costumbre de celebrar ese trentenario en sufragio de los fieles difuntos, está recomendada por la santidad de su autor, por el irrecusable testimonio del papa Benedicto XIV, que lo calificó de piadoso y digno de alabanza, y por el respeto y gran veneración con que lo han mirado siempre los buenos cristianos de todos los países.
Hablan también en su favor las numerosas aprobaciones, directas e indirectas, de que hasta hoy ha sido objeto en la Iglesia de Dios.
No consta, sin embargo, con certeza, de donde proviene la eficacia especial que con harto fundamento le atribuyen sus apologistas. Así, mientras unos se fijan en los méritos y virtudes de San Gregorio, apelan otros a la indulgencia plenaria que suponen les concedió este pontífice, durante su pontificado.
Todas estas misas se han de aplicar en sufragio de un difunto o difunta en particular, durante 30 días consecutivos. Sólo se admite la interrupción ocasionada por el último triduo de Semana Santa, donde ocurra celebrarlas por esa fecha. Las otras que se hagan, sean o no culpables los sacerdotes encargados de estas misas, han de considerarse ilegales o contrarias a la esencia del trentenario, según el común sentir de los autores que tocan esta materia. Destruyen esta misma esencia los que aplican esas misas para vivos o para dos o más difuntos en común. En ninguno de estos casos subsiste el trentenario de San Gregorio.
No es preciso que se digan todas en un mismo altar, n¡en una misma iglesia, n¡por un mismo sacerdote, n¡a la memoria de tan santo pontífice. Basta que se digan las 30 misas por quien fuere y donde mejor pareciere, que se apliquen directamente y en primer lugar por un difunto o por una difunta en concreto, y que las otras intenciones, tanto para vivos como para difuntos, s¡acaso las hubiere, sean enteramente secundarias, es decir, que vayan aparte, y que en nada perjudiquen a la intención especial.
El sacerdote que se encarga de la celebración de estas misas, cuando no pueda o no quiera celebrarlas por sí, ha de buscar a otro que quiera y pueda continuar ese trentenario en su nombre, para los días que necesite tal sustituto. De lo contrario perdería su validez, y el sacerdote que lo aceptó no evadiría las responsabilidades contraídas al comprometerse a celebrarlo en los 30 días rigurosamente consecutivos.
Sea, pues, cual fuere la causa de su interrupción, fuera de la mencionada dentro de la Semana Santa, quien haya recibido o espere recibir la limosna correspondiente al gravamen que supone haberlo de continuar hasta el fin, tendrá que empezarlo de nuevo y que proseguirlo después hasta completarlo, cual se ha dicho antes. Mas s¡esa limosna no guarda la proporción debida con su gravamen, cumplirá, quien lo interrumpa sin culpa, con celebrar, por sí o por otro, las misas que faltaren a decir, hasta 30.
Con motivo de ese trentenario no se impone al celebrante ninguna nueva obligación que cumplir en cuanto a celebrarlas o no por los formularios de Réquiem insertos en el Misal de difunto. Hay que acomodarse, pues a la disciplina vigente; lo mismo para estas misas que para las otras del referido carácter. Y dice la Sagrada Congregación del Santo Oficio, en diciembre del año 1912, que será laudable y acto de caridad-para con el difunto celebrarlas de Réquiem todos los días que lo permitan las rúbricas y el directorio de las iglesias, capillas y oratorios, de su celebración. La de Ritos, el día 3 de Marzo del año 1761, mediante el decreto núm. 2461, postulado 7.° de la «Declaración Auténtica», ya dijo por su parte; «Los días en que pueden decirse misas privadas, votivas y de difuntos, el sacerdote que por razón de fundación o de estipendio manual aceptado, viene obligado a celebrarlas, no cumple con la
Continuará
Cartas a Mariófila
(Continuación)
No fue Ella creada expresamente para ser Madre del Verbo encarnado? Escusado será, pues, decirte, carísima, lo mucho que el Todopoderoso se miraría en la formación de esta criatura, dándole un cuerpo purísimo para que pudiera prestar su carne y sangre al Dios humanado, y un alma santísima para que fuera el templo vivo más hermoso y regalado que la Trinidad Beatífica tuviese en la tierra después del de Jesús. Te basta saber que en su formación agotó Dios, como dice San Agustín, su poder, su sabiduría y sus riquezas, y que en el instante mismo de su concepción fue libre del pecado de origen y llena de todas las gracias. Según esto fácil es comprender que su valor, su talento y su habilidad está sobre la de todos los ángeles y hombres, y por consiguiente el mérito que de las acciones de estas bellas cualidades resultan, será también superior al de todos ellos.
Empero la fuente inagotable o la superioridad del mérito de María sobre los demás hombres le viene de su dignidad de Madre de Dios; pues, aunque sea cierto que la medida del mérito en los hombres es la intensidad de la caridad o gracia de la que procede la obra meritoria y el valor o magnitud de la obra mismo, prescindiendo de la dignidad personal, sin embargo, tratándose de Cristo y de la Santísima Virgen, su dignidad personal da mérito a sus obras en proporción a la misma, porque ocupan el lugar preeminente en el orden sobrenatural, Jesús, por su unión hipostática y María, por estar íntimamente relacionada con él, cosa que de ninguna otra pura criatura se podrá decir, aunque esté revestida de alguna alta dignidad personal.
«Las obras de Cristo, dice a este propósito el P. Vega, citado por Salvador Ramón en su Teología Mariana (T. II, cuest. 14.a), aunque en sí eran de bondad finita, sin embargo, porque eran obras de Cristo, adquirían mérito infinito; luego las obras de la Santísima Virgen eran de mérito cas¡infinito, puesto que su dignidad era cas¡infinita; la razón de la semejanza en los méritos de Jesús y de María es, porque en la misma relación está la unión hipostática de Cristo con sus obras, que la Maternidad divina con las obras de la Santísima Virgen, porque, s¡es cierto que la Maternidad divina es extrínseca a las obras físicas de María, y sólo de una manera moral tiene relación intrínseca con ellas, no es menos cierto que igualmente sucede con la unión hipostática y las obras de Cristo, luego s¡las obras de Cristo son de mérito infinito, porque proceden de Cristo, a quien la unión hipostática hace infinitamente santo, las obras de la Santísima Virgen son cas¡infinitamente meritorias, porque la Maternidad divina la hace cas¡infinitamente santa». De donde podemos deducir lógicamente, que la superioridad del mérito de María sobre el de todos los ángeles y hombres, le vienen de la dignidad de Madre de Dios.
Y s¡a lo dicho en los párrafos anteriores añades, m¡cara Mariófila, la gracia inmensa que le fue concedida a la Santísima Virgen, podrás rastrear la excelsitud de los méritos de esta privilegiada criatura. Tan copiosa fue esta gracia en María, que estaba como empapada de ella, s¡me permites la frase, no de otra suerte que lo está la esponja dentro del agua. ¿Qué otra cosa significa el vellón de Gedeón empapado de rocío, según nos describen los Sagrados Libros, y tú habrás oído decir como símbolo de María? Por eso los Santos Padres enseñan que todos los Santos reciben la gracia del cielo en riachuelos, mas la Santísima Virgen la recibió a mares, quedando anegada en ella de tal suerte que el ángel la pudo llamar llena de gracia.
Y s¡la gracia eleva nuestras obras a un orden sobrenatural y María la tuvo tan sin modo n¡medida ¿cuáles no serían sus méritos? «S¡la gracia y los méritos están en proporción, como la causa formal con su efecto, te diré con el docto Salvador Ramón en el lugar citado, de la gracia concedida a la Santísima Virgen pueden conjeturarse sus méritos, complaciéndonos en adelantar así como la gracia de María es incomprensible, pues es el milagro de los milagros, en orden a su semejanza con la naturaleza divina, así es el milagro de los milagros en cuanto a sus méritos, que solamente cede en magnitud y excelencia al sumo de todos los milagros, que es el Verbo encarnado».
Fr. Mariano.
Florecillas de Santo Espíritu del Monte
De cómo los moros Berberiscos saquearon una noche el convento y se dieron al pillaje
Era el año 1547. Uno de los moros que vivían en Gilet, (porque todavía no se habían expelido totalmente de España) se vino al convento, y, entrándose cautelosamente en la sacristía, hurtó las alhajas que pudo haber a las manos. No lo hizo con tanto disimulo, que se ocultase el hurto y el ladrón a los Religiosos. Luego que lo advirtieron, para poder recobrar las alhajas robadas, el P. Guardián, que era Fray Fulano Tafalla, se presentó en Gílet a informar al señor del caso ocurrido, y pedir la restitución del robo. De resultas fue preso el morisco, se le formó causa, y por sentencia, sufrió la pena de azotes. Quedó tan irritado el delincuente, con el castigo de su culpa, y tan enfurecido contra los Religiosos que determinó, en su infame corazón, vengarse de ellos.
Para efectuar el perverso intento contra el convento y sus Frailes, se convino con los demás de su mala raza y tratando con unos corsarios de Berbería, acordaron que para tal noche estuviesen en el Grao de Murviedro, donde podían desembarcar; que él los conduciría por parte escusada y segura hasta ponerlos en el convento, donde les aseguraba la presa de los religiosos y un gran botín en cálices, ornamentos y demás utensilios y abastos del convento. Les previno que no temiesen el menor peligro en la expedición, porque en caso de no poder ejecutar el hecho en la misma noche que tomasen tierra, ya les tenía dispuesto alojamiento en las casas de los moriscos y moros tributarios, confidentes suyos, que los ocultarían hasta el día y hora más oportuna.
Asegurados los Berberiscos con estas prevenciones, armaron siete galeras, y, viernes, 17 de setiembre, del dicho año 1547, que fue el día convenido, anclaron en el Grao de Murviedro, donde ya los esperaban los moriscos de Gilet. Desembarcó la tripulación, y formando un pequeño ejército, capitaneado por el ladrón, hicieron su marcha por el rincón de Gacesa, y barranco de la Mala Dicha. Llegaron al convento a tiempo que la Comunidad estaba reunida en la iglesia, en el ejercicio de la disciplina. Forzaron las puertas, entraron en la iglesia con luces, degollaron a dos religiosos, prendieron y maniataron a los demás, y se entregaron al saqueo del convento.
Pero Dios, nuestro señor, aunque permite la tribulación de sus siervos, no los abandona en ella, n¡deja de acudir en su ayuda y defensa. Por especial providencia divina pudieron escapar tres de los religiosos sin ser advertidos, y mientras los bárbaros se cebaban en el pillaje, corrieron a Murviedro, a dar cuenta de tan fatal desgracia. La villa se portó en esta ocasión con la caridad y afecto que siempre ha mostrado a los Franciscanos, y con el valor que le es propio, como heredado de sus mayores. Cas¡se puede decir que fue un acto mismo, el oír la funesta noticia, armarse el paisanaje y correr en busca del enemigo. Le alcanzó al que ya iba a embarcarse, le quitó la presa de las manos, poniendo en libertad a los religiosos, recobrando los ornamentos y demás utensilios que habían robado, mataron algunos, y obligaron a los restantes a una vergonzosa fuga.
De este modo lograron los religiosos volver al Convento a dar gracias a Dios.
Fr. Juan Alventosa, ofm
Hacia América
(Continuación)
En cuanto al tiempo hemos tenido de todo. De Valencia a Cádiz, muy bueno, menos un rato de niebla al pasar el Estrecho, como ya he dicho; de Cádiz hasta la zona occidental días espléndidos y calurosos, mar tranquilo y apacible y viento en popa. Cerca del Ecuador aparecieron nubes de tormenta y tuvimos un día de chubascos; cambió el viento y lo tuvimos contrario y fresco varios días; pasamos la línea ecuatorial sin sentir el calor y muy pronto se nos echó encima el invierno, de modo que los tripulantes que vestían traje blanco se lo cambiaron por azul marino y los pasajeros que iban de verano se pusieron de riguroso invierno.
Día de zozobra
El mar se ha portado muy bien con nosotros y el vapor como llevaba tanta carga iba sin hacer apenas movimiento alguno. De vez en cuando veía yo algunas olas grandes y le preguntaba a Fr. Ramón: ¿Es esto lo que llaman mar de fondo?— No, Padre; cuando hay mar de fondo se forman montañas y barrancos en el mar, y las olas no hacen espuma. Yo quisiera que tuviéramos algún día para que V. R. lo viera y así tendría algo que contar. Se lograron sus deseos. El día 17 de septiembre, fiesta de las Llagas de N. P. S. Francisco, al anochecer notamos todos que el vapor se movía mucho a una y otra parte; toda la noche estuvimos balanceándonos en el camarote, y al día siguiente al levantarnos teníamos mar de fondo, que nos duró cas¡todo el día. En el mar había montañas de agua que se paseaban de una a otra parte y valles y barrancos que se formaban y desaparecían como por encanto. Fue un día desagradable para todos. Al vapor se le corrió la carga hacia la parte izquierda e iba muy inclinado llegando a alarmar a algunos pasajeros. Unas mujeres argentinas lloraban de miedo, los niños corrían y jugaban como s¡nada pasara, los jóvenes se reían de las lágrimas de aquellas señoras, pero los hombres sensatos se alegraban de ver que los marineros hacían esfuerzos para nivelar el barco. Pasaron 24 toneladas de aceitunas de una a otra parte con ese fin y cuando ya lo tenían nivelado, se nos
inclinó de nuevo en un momento hacia la parte contraria. Tuvimos que dejarnos en manos de la Providencia. Por fin lograron nivelarlo, él sosegó sus iras y nosotros quedamos tranquilos. Ese día no me atreví a celebrar la santa misa por el peligro que había de que a mí y al altar nos echase un golpe de mar patas arriba; todos los demás días tuve el consuelo y la dicha de ofrecer el santo sacrificio, al cual asistían con mucha devoción algunos pasajeros más devotos; huelga decir que los domingos asistían cas¡todos.
Un amiguito de Jesús
Viene entre nosotros un niño de cinco años que suele asistir todos los días a misa y luego nos ayuda a retirar los candeleros, vinajeras, etc. a nuestro camarote, esperando unas galletitas que le solemos dar como premio. Es uno de esos niños que todo lo observan y preguntan. Ve que le doy la sagrada comunión todos los días a Fr. Ramón y me dice un día en cuanto se termina la misa: Oiga V: ¿eso que le da al otro cura en la misa qué es? Eso es el Pan de Dios, ¿Verdad, usté? — Sí, hijo mío, sí; el Pan de Dios como tú dices; eso es la sagrada comunión, es Nuestro Señor Jesucristo, el Niñito Jesús Sacramentado. —¡Ah, pues yo quiero que V. me dé a mí también un pedacito del Pan de Dios. Yo le quiero dar un besito a Niño Jesús. —¿Cómo no ha de querer Jesús a los niños? Ese candor e inocencia angelical me hicieron pensar en aquellas palabras de Nuestro Señor Jesucristo: «Dejad que los niños se acerquen a Mí».
Demos el Pan de Dios a los niños antes que pierdan la inocencia.
Otro granito de sal andaluza
El día que tuvimos mar de fondo estábamos ya cerca de Santos, y de esta ciudad a Montevideo está el golfo de Santa Catalina donde el mar suele estar alborotado. Ya me lo dijo un camarero cuando estábamos todavía en el Mediterráneo. Mientras pasábamos el día aquel de las montañas y valles en el mar, me acerqué al joven andaluz mencionado y le dije: Estoy preocupado. ¿Qué será de nosotros cuando pasemos el golfo de Santa Catalina? —No se apure usted —me contesta con su gracia y acento andaluz— a lo mejor
se encuentra uno con un golfo de quien espera una mala jugada y resulta ser una persona decente que le da mejor trato que nadie. Así ha resultado, como el simpático andaluz lo presentía. En estos momentos en que escribo lo estamos pasando, el mar está que da gusto de ver, n¡un estanque está así quieto y tranquilo.
El hombre propone y Dios dispone
Son las diez del día 23. A estas horas según nuestros cálculos debíamos estar ya en Montevideo, pero tuvimos ayer algo de neblina y tan espesa resultó anoche que el vapor tuvo que parar, y aquí estamos todavía parados. Esta noche pasada, con el fin de evitar algún choque posible con algún otro vapor, sonaba con frecuencia la ronca voz de la sirena del barco, de modo que apenas s¡hemos podido dormir, y esta mañana hacen sonar cas¡continuamente una campana como s¡tocaran a misa. Ya veremos cuándo se despeja el tiempo y partimos de aquí...
Desapareció por fin la neblina, la máquina vuelve a marcar el compás ternario que invita a algunos pasajeros a cantar alguna jotita y el vapor parte para Montevideo, después de descansar medio día sin ninguna cosa que merezca especial mención más que el haber visto un pez que sacaba sus hocicos sobre las aguas. Ya con rumbo hacia la Capital del Uruguay hemos pasado una tarde fría y tormentosa con rayos, truenos y lluvia en abundancia, pero muy distraída para todos los pasajeros, que han salido a ver los lobos marinos que a bandadas venían a visitarnos.
En Montevideo
Después de otro rato de neblina que hizo parar de nuevo al vapor llegamos a la gran ciudad-jardín de Motevideo que tiene cerca de un millón de habitantes. El día 24 desembarcamos y fuimos a celebrar a la iglesia de Padres Franciscanos, muy bella por cierto y por su arquitectura me recordó la nuestra de Segorbe. En dicha iglesia celebré la primera misa en el continente americano. Tuvimos el consuelo de ver allí y dar un estrecho abrazo a los Padres Juan García y Cándido Alcaina, de nuestra Seráfica Provincia de Valencia y misioneros de Tierra
Santa, que nos trataron con el cariño de verdaderos hermanos y nos preguntaron por todos y cada uno de los religiosos de Valencia y por todo lo que interesa a los buenos religiosos, buenos españoles y amantes de la patria chica.
Dos días estuvimos en dicha ciudad y me llamó la atención, entre las bellezas del arte arquitectónico un rascacielos que según decían es el edificio más alto de todas las Américas, y entre las bellezas del orden moral la finura y buena educación social de todas las personas: desde el Sr. Arzobispo Mons. Aragone, a quien tuvimos el gusto de saludar y nos invitó a quedarnos en su diócesis, hasta los rapazuelos de la calle que venían a pedirnos medallitas. Ya en el puerto, para embarcarnos de nuevo, vimos como echaba a volar un hidroavión que va todos los días de Montevideo a Buenos Aires y viceversa.
Camino de Buenos Aires
No nos falta ya más que atravesar el río «La Plata», tan ancho y con tanta cantidad de agua que se confunde con el mar;
14 horas de vapor necesitamos para vadearlo. Durante estas horas tuvimos una tormenta horrorosa de viento y agua, y como era de noche, la pasamos medio dormidos en el camarote.—Padre, despiértese, me dice Fr. Ramón allá al amanecer— ya estamos en Buenos Aires.— En Malos Aíres; —contesto yo— este viento no hay quien lo aguante. El viento del Castillo de Cullera, comparado con este, resulta ser el céfiro-blando.
Era ya el 26 de Septiembre, con tantos días de mar le tomamos cariño al vapor que nos había servido de casa, y los que íbamos en él nos tratábamos como s¡fuéramos una familia. Desembarcamos por fin para dejar el vapor tal vez para siempre, y después de las mutuas despedidas nos separamos yéndose unos a sus casas y otros a luchar por la vida. ¡Cuánto me acuerdo de algunos jóvenes que iban en busca de trabajo! El Señor y la Santísima Virgen les asistan y les den cuanto necesiten, para que puedan vivir honradamente y como buenos cristianos por estas tierras y puedan mandar algún socorro a sus familias.
Fr. Buenaventura Meseguer, ofm.
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