Lluvia de ceniza...
Motivo de honda reflexión y de pena es este día gris, que va tornándose en oscuro, a causa de una copiosa y tupida lluvia de fina ceniza que oscureciendo el sol y sumiéndonos poco a poco en la noche, en pleno día, nos convida a la meditación mientras nos encoge el corazón ante la tragedia de lo imprevisto misterioso.
Hemos amanecido con unos centímetros de ceniza blanca, más blanca que la nieve, purísima y sutil; pues que se clava por ventanas y resquicios, por grietas y quebraduras, las más imperceptibles.
La lluvia de ceniza continúa creciendo.
Aun pasando a toda velocidad por la cuadradura del patio, la ceniza nos tiñe de blanco el hábito y la cabeza. En la calle nos preguntamos todos, y un interrogante es la pregunta y otro la contestación. Nadie sabemos nada de nada, y sin embargo quisiéramos continuar no sabiendo nada; porque prevemos la tragedia, con todo su espantoso séquito de pérdidas de fortunas y de vidas...
Llegan los primeros radios y telegramas. Toda la zona volcánica baja y sur de los Andes ha entrado en erupción. Especialmente el Descabezado, Tinguiririca, Bermejo, Pepuyo y Las Leguas. Todavía quedan quince volcanes más y se teme que todos entren en acción. Se habla de pueblos cubiertos por la ceniza, de millones de caballos y vacas muertas. Malagüe, San Rafael, Mendoza y otras ciudades más están en grave peligro. Tras la lluvia de cenizas del volcán se teme la de agua. Y recordando la historia de la famosa erupción del Vesubio, semejante en todo a ésta, se teme que por lo menos Malargüe quede, como Pompeya, sepultada. Huye la gente sin norte n¡orden ninguno. La respiración se hace fatigosa. Y los animales, en las grandes estancias, saltan aterrorizados los alambrados y se matan sobre los obstáculos.
Aun aquí, en Villa Mercedes, muchas leguas apartados de los volcanes en erupción, la impresión es desoladora. N¡una ráfaga de aire mueve las hojas. La tranquilidad terrible del firmamento y del ambiente, la oscuridad en que nos hallamos, nos hace temer que pronto se harán sentir los efectos. S¡bien desde aquí no se notan los temblores y profundos y fuertes golpes de otras partes, sin embargo las descargas eléctricas se acusan con intermitencias en nuestro alumbrado. Los autos, por los que penetra la ceniza hasta los carburadores, se paran en medio de las calles y urge su limpieza interior para reanudar su camino. También nuestra respiración no es normal. Los afectados en sus vías respiratorias son los primeros en pedir el auxilio de los médicos, y éstos han entrado en un momento de vertiginoso servicio facultativo. Los técnicos se proponen estudiar los componentes de la ceniza, pero aun los menos técnicos notamos por su olor la abundancia que tiene de azufre. Ya un tanto mareados tememos que pronto habremos de necesitar un geniol o cafiaspirina.
Y mientras todas estas cosas suceden, ¡cómo se adentra uno instintivamente en la meditación! ¡Cuán grande es Dios que en su divina Providencia multiplica y perpetúa sobre la tierra a la Humanidad a despecho de todas las hecatombes históricas, rodeada de tan grandes y tan terribles enemigos, de cielo y tierra! Y para esta misma Humanidad, tan alejada de Dios hasta la incredulidad más ignominiosa, ¡cuán fuerte motivo son estos castigos de la ira divina para volver al cielo su mirada, oscurecido hoy por la materialidad de la ceniza volcánica, símbolo de esa otra materialidad que ha cerrado los ojos del cuerpo y del espíritu y clamar con el ciego del Evangelio: «¡Señor, que os vea! ¡Acrecienta en mí la fe!...»
Esta humanidad americana, engreída por su riqueza, un tanto pervertida por el placer, orgullosa de su progreso material, teme, clama y huye ante el peligro material de los volcanes, que no son más que fieles criaturas de las iras de Dios que castiga porque está ya repleta de indignación la copa de su cáliz pecador. Y, no obstante, no parece entrar en el verdadero significado del misterio de las cosas. Un sudario blanco, sudario de las almas, es esta ceniza que cubre hoy la inmensa extensión del territorio argentino.
Como todo el mundo dice, esto puede ser, y tal vez, por desgracia, así sea, el preludio de fatales acontecimientos. Las campanas de las iglesias y la voz de los apóstoles claman como Jonás, un mes, unos días, diez, veinte, treinta, cuarenta, ¿quién sabe?, y el castigo, del cual esta ceniza que cubre a la Ninive-Argentina es precursor, vendrá, y convertirá tanta riqueza en miseria, tanta belleza en exterminio, tantas vidas en muerte, y a la gran ciudad dejará tal vez desolada, la que es reina entre las urbes americanas, y mucho me temo que este aviso del cielo, y esta voz de Jonás, no hallen eco en el corazón y en la conciencia de un pueblo que ha secado ya los gérmenes del remordimiento...
Villa Mercedes, 12-IV-1932.
A la Juventud Antoniana
Los perseguidores de la Iglesia
Os decía en m¡conferencia última que la mayor parte de los perseguidores de la Iglesia han muerto de muerte desgraciada y desastrosa. Y como muestra os voy a referir brevemente el desenlace final de la vida de algunos de ellos para que se vea cómo cae la mano justiciera de Dios sobre los que maliciosamente persiguen a su Iglesia Santa y a sus hijos los cristianos.
Y el primero de tales perseguidores cuyo nombre me viene a las mientes es el rey Herodes, quien, como sabéis, mandó degollar a los niños Inocentes, primicias de los mártires del Cristianismo, sin que conmovieran su corazón los ayes desgarradores de las madres que lloraban a sus tiernos hijitos, muertos en sus propios brazos.
¿Y sabéis cómo murió aquel tirano? El historiador Josefo nos dejó descrita la última enfermedad y muerte de Herodes en los siguientes términos: «Un calor lento interior le abrasaba y consumía las entrañas. Al mismo tiempo le devoraba un hambre canina que ningún alimento podía saciar. Sus intestinos estaban llenos de úlceras y cólicos violentos le hacían sufrir dolores agudes Tenía los pies hinchados y todos sus miembros estaban putrefactos y manaban gusanos. Respiraba con gran dificultad y su aliento era tan fétido que no era posible acercarse a él. Y todos los que presenciaban los sufrimientos de aquel desventurado príncipe convenían en que era aquella muerte un visible castigo del cielo a su gran crueldad.» Así moría aquel gran tirano que pretendió matar al Niño Jesús recién nacido, y que hizo derramar la primera sangre de los protomártires del Cristianismo.
Otro de los más crueles perseguidores de la Iglesia fue el emperador romano Nerón, el que inauguró las sangrientas persecuciones contra los cristianos, el incendiario de Roma, el que hizo matar a su maestro, a sus dos esposas y a su propia madre Agripina, y el que hizo sufrir crueles tormentos a innumerables cristianos, entre ellos los apóstoles San Pedro y San Pablo.
¿Y sabéis cuál fue el final de aquel monstruo de la Naturaleza? Después de haber llenado su vida de arbitrariedades y locuras, que han hecho execrable su nombre, le condenó el Senado romano a ser azotado con varas hasta que muriese.
Y antes de que se ejecutase esta sentencia él mismo huyó de Roma disfrazado, se refugió en la casa de campo de uno de sus libertos, intentó envenenarse y, por último, se hundió un puñal en el pecho, siendo después quemado su cadáver.

Icono donde se representa a San Mercurio matando al emperador Juliano. Iglesia de San Mercurio. El Cairo.
Entre los apóstatas e infieles a la gracia divina podemos citar a Juliano, llamado el Apóstata, emperador de Oriente, quien hasta los veinte años observó la ley cristiana. Mas inspirado, sin duda, por Satanás, intentó, ¡infeliz!, la destrucción del Cristianismo. Para ello se valió de la malicia y de la astucia dictando inicuas leyes contra la libertad y gobierno de la Iglesia y de sus hijos; mandó cerrarlas iglesias cristianas y abrir los templos paganos; él mismo sacrificó víctimas a los dioses, por lo que fue llamado el Victimario, y sustituyó el Lábaro de Constantino por el antiguo estandarte de los emperadores paganos.
Y después de haber dictado tantas leyes contra la Iglesia de Cristo, en una de las batallas de su ejército contra los persas fue herido mortalmente por una flecha enemiga, que le arrojó del caballo. Entonces, ebrio de furor y de rabia, tomó un puñado de su propia sangre y arrojándola hacia el cielo profirió aquella horrible blasfemia: «Venciste, Galileo», como así llamaba por desprecio a Nuestro Señor Jesucristo. Su cadáver fue sepultado en Tarso, pero un terremoto lo extrajo del sepulcro, según refiere San Gregorio Nacianceno.
Entre los muchos herejes que rasgaron la túnica inconsútil de Cristo citaremos sólo a Nestorio, patriarca de Constantinopla, gran heresiarca, que se atrevió a negar, de palabra y por escrito, la más alta prerrogativa de la Santísima Virgen, o sea su excelsa dignidad de Madre de Dios. Y después de haber sido excomulgado y depuesto de su silla, le castigó Dios con una horrible enfermedad, que convirtió su cuerpo en un hervidero de gusanos, que devoraron su lengua, instrumento de tantas blasfemias y errores. Así castigaba Dios a los blasfemos de su Santísima Madre.
Y entre los enemigos de la Iglesia que se han servido de la burla, de la mofa, de la ironía y del sarcasmo, como de armas viles para atacar a la Esposa Inmaculada de Cristo, basta citar al soez Voltaire, quien se propuso, como él mismo decía, aplastar al Infame, según él, con horrible blasfemia, llamaba a Nuestro Señor Jesucristo. Pero el aplastado, burlado y escarnecido fue él por los mismos que habían sido sus secuaces y discípulos.
Este escritor impúdico fue, según dice un historiador, «la encarnación menos imperfecta del diablo en la tierra. Después de haber intentado dar una bofetada en el rostro del mismo Dios, se consagró a destruir el culto cristiano, esa piedad filial de las naciones. Poseía la astucia de la serpiente y el veneno de la víbora. Su pluma inoculó en las masas uno de esos odios que, semejantes al puñal del salvaje, conserva siempre su veneno. A todos quiso dejar sin Dios para ser él solo el ídolo de todo el mundo.»
Y ved cómo murió aquel infame. En sus últimos días se sintió atacado en sus entrañas de una persistente inflamación. Para calmar sus dolores tomó opio en tal cantidad que llegó a perturbarse su razón. El cura de San Sulpicio le hizo varias visitas para recordarle las verdades y obligaciones de nuestra Santa Religión; pero Voltaire despreció aquellos últimos avisos y arrojó de su cabecera al piadoso cura. Dominado por el delirio y la rabia y con los ojos encendidos como dos tizones blasfemaba y maldecía como un endiablado.
Y sintiendo él mismo en su alma y en su cuerpo la mano pesada de Dios, del que tanto había blasfemado, exclamó públicamente que moría abandonado de Dios y de los hombres, con otros horribles excesos que publicó la Prensa de París en la muerte de aquel desventurado.
Así perdió la razón y murió como un loco aquel que con su pluma y sus carcajadas se burló de todo lo más santo y sagrado, y quien en su satánica soberbia se consideró superior a todos los hombres y que llegaría a ser mayor que el mismo Dios.
Y nos haríamos interminables s¡pretendiéramos continuar la reseña de los perseguidores de la Iglesia, cuya muerte fue desgraciada y desastrosa. Mas basten los mencionados para hacer ver cómo cae la mano de Dios sobre los que se proponen burlarse de las leyes santas y divinas y cómo al mismo tiempo protege y defiende a su Iglesia, que vive con vida cada vez más prodigiosa y avanza a través de los siglos con paso de Reina y Soberana, que ningún poder de la tierra podrá nunca detener, porque camina sostenida por el brazo omnipotente del que es Inmortal y es Eterno.
San Antonio y las misiones
Nunca ha dejado de brillar un sol esplendoroso cuando el fragor de la tormenta ha precedido, hendiendo los aires el brillo siniestro de los relámpagos y retumbando por los montes y selvas, por los yermos y poblados, sus truenos y explosiones. Así, es también señal inequívoca de que un nuevo astro va a brillar en el cielo de la Iglesia cuando más oscurecido está el horizonte por las nubes del error y de la maldad.
Por eso brilló en la Edad Media el sol esplendente de Francisco de Asís, que puso Dios en el firmamento de la Iglesia para formar gloriosos escuadrones de santos que vinieran a purificar con sus virtudes los cienos y las maldades de la sociedad. Fundador de una Orden, adoptó Francisco para ella el traje humilde de los pastores de Umbría y recorrió la Italia consolando a los desheredados de la fortuna, a los pequeñuelos, a los afligidos, y predicando a todos la paz y el perdón.
Era un alma de fuego, cuyas llamas eran producidas por tres sublimes amores: Dios, la Iglesia y la pobreza. Era un loco de amor, de un amor de Dios sin medida, de una ternura exquisita, que se derramaba a torrentes sobre toda la creación.
Este amante de la Naturaleza era al mismo tiempo un potente reformador. Nadie tuvo mayor conocimiento que él de las necesidades y de los males de su época n¡un mayor grado de intuición de los remedios más eficaces para curarlos y del valor de ponerlos en práctica porque nadie amaba más que él. Para detener a los pueblos en el camino de su apostasía crea al fraile apóstol y lo envía a conquistar almas, con la misma resolución con que San Bernardo había lanzado sus monjes caballeros a la conquista de los Santos Lugares. Su celo no conocía razas n¡fronteras, y era igual para las naciones infieles que para los cristianos de Europa.
Crea una misión de nuevo género, una cruzada nueva, la única peculiar de su carácter; la evangelización de los mahometanos, la que dio a su Orden los primeros mártires y la que dio ocasión para hacer brillar en el cielo de las Misiones su astro más esplendoroso, que llenó el mundo de prodigios y de milagros, con los que afianzaba la fe que el fervor de su palabra hacía brotar en las almas.
Ese astro de la fe y de las misiones es San Antonio de Padua.
Su vocación brotó al reguero de la sangre de los primeros mártires de Francisco, y en Coimbra, junto al sepulcro de esos héroes, brotó el lirio de San Antonio lleno de ardores y lleno de ansias de morir por la fe. Por eso tan pronto como vistió el hábito franciscano nació en él el cruzado de Francisco que se embarcaba para el África para convertir a la fe de Cristo a los mahometanos. Fue como el ave que nace para volar y no se detiene apenas sale del nido. Así, Antonio nació a la vida franciscana para ser misionero de la fe, y su primera salida fue a través de los mares para misionar a los infieles.
Mas no eran esos los planes de Dios, que s¡bien le destinaba a las misiones le quería para martillo de los herejes, a los que había de convertir con maravillosos prodigios. Por eso habiendo enfermado en Marruecos y dispuesto a volver a la patria, Dios llevó por medio de una deshecha tormenta al navío a las costas de Mesina, dejando al misionero desconocido de los hombres para estar solo en las manos de Dios, que había de elaborarlo a su gusto para darlo a conocer según la oportunidad de sus designios.
Pasó cerca de un año en las fragosidades de Monte Paulo, cerca de Forli, ejercitándose en austeridades espantosas, de las cuales sólo los ángeles fueron testigos. El contemplativo, conocedor de sus destinos, espera sólo una señal de la Providencia para desahogar su alma y verter sobre el mundo torrentes de luz y de amor El momento llegó, la señal esperada va a darse en una escena memorable que ha de decidir sobre el porvenir del Santo.
Reunidos en Forl¡multitud de religiosos franciscanos y dominicos con ocasión de las Ordenes Sagradas se ve obligado Antonio por la obediencia a dirigirles la palabra. La mano de Dios se mostró en él, y sorprendidos los oyentes creían oír en él un eco de la voz de los profetas y vertían lágrimas de ternura. Era llegado el momento en que nuestro santo entraba de lleno en el ejercicio a que le llamaba su vocación. Desde ese momento ya en el resto de su vida le hallamos ocupado en las misiones de los pueblos bajo la dirección de sus superiores.
Toda Francia estaba invadida a los principios del siglo XIII por la funesta herejía de los albigenses. Antonio debía ser su apóstol, y en sus misiones comenzó a recorrer la Italia y el Mediodía de Francia, viniendo pronto en confirmación de sus doctrinas los portentosos milagros. Su alma ardía toda en el celo de la fe y el fruto de sus misiones era fortalecer a los buenos, confundir a los malos y reducir a los extraviados. No bastaba para ellos las buenas cualidades del orador; para reducir a los herejes hace falta la intervención directa de Dios, que el buen misionero consigue por medio de la oración. San Antonio la conseguía con tanta abundancia que su predicación estaba continuamente confirmada con milagros; con ellos levantaba las masas y hacía entrar a los herejes en el seno de la Iglesia.
Es necesario que la vida del misionero sea todo celestial, en armonía con la doctrina que está encargado de anunciar. San Antonio fue el mejor dechado de esa vida apostólica, al que debemos seguir y al que se debe tomar como modelo en todas las misiones s¡deseamos que obre en ellas la eficacia de la gracia divina.
«Me preguntaron no ha mucho qué opinaba de enseñanza religiosa, y respondí que era partidario de ella por espíritu liberal. Es indudable que la Religión Católica, oficial en España, y la que profesan la mayoría de los españoles, ha influido y sigue influyendo en el modo de ser, de vivir, de pensar y de sentir del pueblo español, tanto más, creo que mucho más que su lengua, su legislación, su historia...» Unamuno
Su majestad la moda
Acabo de ver morir a una joven. Caso desgraciadamente frecuente en las grandes y en las pequeñas ciudades. Pero la joven que he visto no debía morir. Tenía veinte años, gozaba de buena salud, era de padres sanos, inteligente y fina, poseía todo cuanto tiene la vida de interesante.
Y ha muerto, no obstante, después de haberse defendido y luchado durante diez días. Tan robusta era su naturaleza, que su agonía duró setenta y dos horas, y en el momento supremo lanzó un grito, cual el del roble bajo el hacha montaraz del leñador.
La miraba yo .. y pensaba: «¡S¡vieran esto los que la han matado!» Porque la han matado. Me lo decía el médico, bajando las escaleras:
—Fíjese bien —decía el doctor— en lo que sucede ahora mismo en la Naturaleza. Es el invierno... Gripe... Lluvias glaciales... Viento norte y sol... Por eso dio el Creador una pelliza a todos los que no se la pueden comprar... Todos los animales tienen su piel; la tienen hasta los pequeños capullos.
—Y ¿qué hacen los que visten a nuestras jóvenes?... ¿Los responsables de sus cuerpos juveniles, esperanza de la raza y del porvenir?... ¿Los inventores de las modas?... ¿Todas esas costureras? ¿Todos esos modistos?...
—¿Que qué hacen, los miserables? ¡Desabrigar criminalmente a las jóvenes en pleno invierno!... Y por eso ha muerto esa joven.
Llegábamos a la avenida. Era el jueves pasado; soplaba viento frío; la nieve derretida dejaba por todas partes un barro glacial pegajoso.
—¡Mírelas..., y dígame s¡no es una locura!... Y me mostraba un grupo de muchachas escotadas, amoratada la cara bajo los polvos de arroz, desnudos los brazos, con abrigos apenas cruzados, faldas cortísimas y medias caladas, zapatos pequeños entreabiertos que dejaban entrar por todas partes el agua y la humedad.
Y repitió el médico:
—Así cogió el mal a esa joven. Salía de su despacho caliente, muy de prisa, muy coqueta...; se mojó los pies... esperó el bus en la corriente... y después ¡ya vio usted!
Y terminó:
—Los que crearon esos maniquíes para las pobres jóvenes..., ¡tienen ensangrentadas las manos!
La frase tienen ensangrentadas las manos se me grabó. La memoria que confirmaba la triste verdad. ¡Cuántas muchachas he visto morir el año pasado! Y las previne muchas veces. Pero las jóvenes son pájaros. Ignoran todavía por qué aquí abajo sólo se sabe aquello que el sufrimiento ha impreso en nuestra propia carne.
—Pero... me dirá usted. ¿Y los padres? ¡Los padres! La mayoría, ahora, lo consienten todo...
—¡No se puede hacer nada contra la moda! — me decía una de ellas.
Y una venerable anciana de ochenta años exclamaba osadamente:
—El demonio ya no sabe por donde cogeros.
—¡Imposible resistir a la corriente que nos empuja! —murmuraba otra.
—Cuando esté usted mejor de salud ¿será más razonable?—le decía yo aúna enfermita.
—¡No sé!...—contestó suspirando—. ¿Cree usted que hago lo que quiero?...
Es que el mal ejemplo viene a veces de muy alto. Así que la moda sigue su derrotero. ¿Para qué molestarla?... Todo cede ante ella. Y uno se pregunta asustado qué será el año que viene de la mujer y de la joven.
Los escaparates de espaciosos almacenes, otras veces reputados por su fina corrección, exponen ahora una lencería de ruina y descomposición..., lencería digna de gentes que han perdido la cabeza.
Es un avance hacia el escándalo..., avance que ha extrañado hasta a algunos periódicos de bulevar. ¿Por qué se inquietarán también éstos?
Ninguna cliente parece reaccionar.
Entonces, ¿qué hay que hacer? ¿Lo daremos todo por perdido? ¿Tan poderosa es la moda que sin inquietarse por nada todo lo puede, sea lo que sea, ridiculizar, arruinar, manchar, matar?
¿O quedan todavía en la sociedad jóvenes de corazón y sentido común para alzar una barrera y decirle a la moda: «Entre nosotras y... las otras; entre nuestras hijas y... las otras, ¿exigimos con todo una diferencia?»
Pierre L'Ermite
La tierra transformada en cielo
Muy humilde es la estancia,
morada es de la altísima pobreza,
limpia empero y aseada,
sin cesar perfumada
por aromas divinos de pureza.
Para si, de buen grado,
la escogiera de Asís el Pobrecillo;
que allí todo es sencillo,
y halla paz y dulcísimo reposo
en su seno el humilde religioso.
De superfluo no hay nada;
antes bien, allí faltan muchas cosas;
mas tan ricas las halla y abundosas
el alma que allí mora,
que un caudal infinito en sí atesora.
Es Antonio aquel ser afortunado que,
en su amable retiro,
tan preciados caudales
amontona de bienes celestiales,
y a quien pobre, no obstante, siempre admiro.
Y es que el alma agraciada,
que los bienes del cielo saborea,
desprecia los terrenos
y piensa en ellos menos
cuanto más en aquéllos se recrea.
Pobre y rico; sublime paradoja
que causa admiración y gozo al cielo;
¿qué de extraño que al fin con raudo vuelo
los ángeles se acerquen a esa estancia
y crezca por momentos la fragancia?
Con ella la luz crece,
cataratas de luz todo lo inundan;
como a un foco radiante,
los celestes espíritus circundan
a su Dios transformado en tierno infante.
Con los brazos abiertos,
Antonio a recibirle se prepara;
y dale estrecho abrazo
apenas logra haberle en su regazo,
mientras tierno acaricia Aquél su cara.
¡Oh, cielo sin segundo!
¡Oh, placer del mortal jamás soñado!
¡Estarse con su Dios así abrazado
gozando intensamente
la dulzura que mana de tal fuente!
¿Y no mueres, Antonio, ya de gozo?
¿Tan inmenso placer no te deshace?
Dame, al fin, s¡te place,
ese dulce, adorado y tierno Niño,
con que sacie también yo m¡cariño.
Pero dicha tan grande no merezco,
que no soy como tú inocente y puro;
de mí no estoy seguro;
quiero serlo, no obstante,
s¡me prestas tu ayuda en adelante.
Sólo así transformado
de vil tierra seré yo en puro cielo,
y lograré m¡anhelo
de besar y abrazar al Dios Infante,
convertido, a m¡vez, en digno amante.
—