Nuestro viaje Roma-Yen-an-fú (China)

Gratas impresiones

De todos los lugares hasta aquí visitados ninguno me ha gustado tanto como Formosa. El 7 de Octubre, a las seis del día, ya nos encontrábamos en Kelung, puerto principal de la isla. Apenas se paró el barco, inmediatamente subieron en él una multitud de chinos y japoneses quienes a empujones lograban poner sus pies en las escaleras; algunos no cayeron al mar por milagro. Los chinos llevaban sombrero de paja de forma cónica.

Enterados de que en Taihocu, capital de Formosa, tenían los padres dominicos españoles una residencia, nos decidimos en ir allá a verlos. Tres cuartos gastamos en tren para llegar a Taihoku. En este trayecto disfrutamos de lo más. Entonces nos convencimos que esta isla no sólo merece el nombre de Formosa, que significa hermosa, sino el de hermosísima s¡el resto es como lo que vimos. Los montes eran todos de color verde oscuro y claro; los valles muy fértiles y muy bien trabajados, y el río que por allí serpenteaba formaba con lo demás un panorama del todo atractivo. Algunos de los paisajes nos recordaron los de nuestra querida Valencia. Fray Ezequiel Gasulla iba sentado a m¡lado y me dijo: "Ahora estamos en Valencia", y en verdad lo hubiera creído sino recordara muy bien la gran distancia que de ella nos separaba.

Ya en la capital nos dirigimos a la misión de los dominicos, quienes nos trataron con cariño fraternal. A unos 50 metros de esta residencia las monjas dominicanas españolas dirigen un colegio de muchachas, cuyo número llega a 500, siendo 400 externas y 100 internas. La mayor parte son japonesas. Nos contaban las monjas que era esta la primera vez que eran visitadas por pasajeros españoles. La alegría que tuvieron cuando nos vieron fue inmensa. Nos mostraron todo su colegio con todos y cada uno de los departamentos, y al llegar a la clase de caligrafía las jóvenes estaban practicando sus ejercicios y las religiosas nos hicieron entrar, y al punto las muchachas se pusieron de pie e hicieron una inclinación profunda de cuerpo. Un minuto más tarde, repetida la ceremonia, se sentaron. "Las japonesas son tan ceremoniosas —nos decía una de las monjas— que en todos los colegios de muchachas se exige un salón para practicarlas." El que había allí era muy capaz. En la clase de cocina japonesa también encontramos las muchachas estudiando el modo de guisar y divididas en grupos de cinco se hacían la comida.
Visto el colegio nos despedimos de las dominicanas y un padre nos llevó al jardín zoológico. Entre los animales que v¡me llamaron más la atención dos serpientes boas que medían unos seis metros, un gorila y una gallina cuya cola tenía más de dos metros.

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Formosa, desde fines del pasado siglo, pertenece a los japoneses. El 90 por 100 de sus habitantes son chinos; los restantes japoneses. Las principales producciones de la isla son: arroz, azúcar, té, tabaco, opio y alcanfor.

Junto al jardín zoológico está el principal templo pagano de Formosa. Los príncipes del Japón lo primero que hacen al llegar a la isla es visitarlo. Nosotros también lo vimos. Un camino muy ancho le precedía, el cual, a una y otra parte, tenía multitud de faroles eléctricos muy elegantes. Dos jóvenes sintoístas nos seguían a pocos pasos de distancia, quienes se dirigían al templo a hacer sus adoraciones. Observamos todos sus actos. Lo primero que hicieron al entrar es purificarse lavándose bien manos y boca en una fuente que allí había. Más adelante se quitaron el sombrero y lo pusieron sobre una mesita. Después echaron unas monedas en él y vueltos un poco atrás batieron fuertemente las manos y tocaron tirando de una cuerda un campanillo grueso para despertar el Dios a fin de que los viera. Inmediatamente hicieron tres inclinaciones profundas de cuerpo y volvieron a salir. Uno de los departamentos del templo era reservado a los bonzos que celebran los ritos sagrados.

Como ya se hacía tarde nos volvimos a la estación a tomar el tren, atravesando por los barrios chinos y por el japonés. Este estaba muy limpio; aquéllos muy sucios. Ya en el puerto, s¡queríamos ir al barco por tierra, teníamos que dar una grande vuelta, por lo que nos resolvimos a subir en una barquita. Como aquellos marineros no conocían otro dialecto que el de la isla, estuvimos hablando más de un cuarto con señas para entendernos.

El día 8, de buena mañana, terminaron de descargar las 2.000 toneladas de amoníaco, que eran las únicas mercancías para Formosa, e inmediatamente la máquina comenzó su movimiento hacia la ciudad cosmopolita de Shanghai.

Fr. Fabián Castellá, ofm

(Continuará)


Episodios del negrito Marabá (VII)

El Lama fetichista mayor y su vivienda

Cerca de la ensenada que servía de abrigo a las piraguas del fetiche Osa se levantaba la vivienda del Lama, sacerdote máximo del ídolo de la laguna. Era una choza de regulares dimensiones, levantada sobre un pequeño montículo, sostenida por gruesos troncos de árbol, que trababan sus paredes amasadas con barro, paja y hojas de palmera; su techo, formando ángulo muy pronunciado, era de la misma construcción, recubierto además por largos manojos de palma, trabados entre sí, que impedían llegara a penetrar el agua en la vivienda. Varias otras chozas más pequeñas se adosaban a la mayor, que servían de abrigo a otros fetichistas y a los esclavos del jefe de todos ellos.

El Lama era en esta ocasión un hombre de mediana edad, aunque sus vicios y ferocidades le daban un aspecto de más viejo. Su mirada era torva y feroz, en extremo receloso, y siempre dispuesto a irritarse al menor motivo. Por la noche dormía como un cancerbero, siempre gruñendo y ojo avizor, para saltar al menor ruido; pues además de su diabólico empleo, era un salteador que pirateaba, al cobijo de la noche, las ricas piraguas de aquellos traficantes que tenían el mal gusto de cruzar la laguna a esa mal hora. Su indumentaria consistía de ordinario en una faldilla de piel de cabra ceñida a la cintura, s¡bien en los días solemnes colgaba de sus hombros una especie de manto de piel de caimán o de león, que le daba un aspecto más feroz y solemne. En su pecho desnudo y en sus brazos y piernas llevaba tatuadas diversas calaveras y figuras de búhos, de serpientes y caimanes. Todo esto le daba el aspecto del verdugo más feroz de la tribu, por lo que se hacia temer y respetar hasta de los mismos príncipes.

El Lama durmió aquella noche con bastante despreocupación, pues con la crecida de las aguas, y agitada la laguna por la pasada tormenta, no era de sospechar que ningún traficante se aventurase a quererla cruzar aquella noche. Mas, cercano ya el día, y avezado él por costumbre a percibir todo ruido en su soñolencia, saltó como un gamo de su yacija, al parecerle haber oído el chapoteo de unos remos sobre las aguas. Comenzó a otear desde el montículo por la laguna y vio una piragua que con rapidez se alejaba, cual s¡hubiera salido del puertecillo sagrado del fetiche... "¿Será posible?", se decía, como queriendo ahuyentar una sospecha que golpeaba su mente. Corrió a la ensenada; contó las piraguas, y dio un pataleo sobre la arena capaz de promover un terremoto. No cabía duda, faltaba la piragua de la princesa y en ella no veía más tripulantes que una mujer y un niño que se alejaban a todo correr. Dio gritos como una fiera, entró en su cabaña y salió sonando el más recio gongon de su fetiche, con lo que despertó a todos sus subordinados.

La salida de las piraguas

—¡Allá están! —gesticulaba como un demente—. ¡Djerua y Marabá; ellos son, daos prisa!

—Pero, ¿qué pasa? —preguntaban soñolientos sus esclavos.

—Se han escapado en una piragua sagrada Djerua y Marabá; corred a alcanzarlos.

Al momento soltaron las amarras de las otras naves, y subiendo a ella fetichistas y esclavos se lanzaron en su persecución.

A los pocos pasos un grito desgarrador sonó en la primera piragua que más había avanzado.

Un enorme caimán, surgiendo del agua, había apresado la mano de un esclavo, al tender el remo, y con fuerza lo arrastraba hacia el fondo; luchando su compañero para detenerle, un fuerte golpe de remo dado por otro esclavo a la cabeza del caimán le hizo soltar la presa, aunque llevándose la parte de brazo prendida.

Los caimanes viven escondidos en las laderas del lago. Debido al estruendo producido por las embarcaciones y gritería de los esclavos habían surgido de sus madrigueras y corrían hacia la flotilla de piraguas y causó el espanto de aquellos negros que retrocedieron rápidamente hacia la ensenada, saltando a tierra, y abandonando la persecución de los fugitivos.

El Lama se mesaba los cabellos de rabia, y en su locura comenzó a golpear y dar azotes a los esclavos, como s¡ellos fueran culpables de la aparición de los terribles caimanes.

Navegación de Djerua y Marabá.

Unos fetichistas corrieron a dar aviso al Príncipe de la huida por la laguna de Djerua y Marabá. La noticia puso en conmoción a las chozas reales, y se pusieron en pie los escuadrones de amazonas para acudir a la caza de caimanes, mientras los remeros emprenderían la persecución de las víctimas. En breves momentos todo el pueblo se vio junto a la laguna. El Lama, frenético y fuera de sí, señalaba, gesticulando, a lo lejos.

—¡Allá! ¡Allá!—, decía; pero nadie veía nada.

En toda la laguna no se registraba ninguna embarcación, n¡rastro de ella. Allá por donde señalaba el Lama, a unos kilómetros de la costa, se veía la negra frondosidad de un bosque, que parecía emerger del fondo de las aguas, donde el ingente espejismo del lago parecía agrandar sus sombras, dándole proporciones inmensas.

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Los paletuvios o mangles

En aquel laberinto de paletuvios, árboles acuáticos y de rara germinación, se había internado la piragua de los fugitivos y no era ya fácil alcanzarlos con la vista. Al llegar allí dio Djerua descanso a sus remos y secaba su sudor, pues la marcha había sido vertiginosa. Cuando se dio cuenta de que el Lama los estaba espiando y oía el tintineo del gongon sagrado, y vio los preparativos y el asalto precipitado de las piraguas, se dio por perdida. Mucho había de correr para escapar de la pesquisa. Miró en dirección al bosque de paletuvios, puso la proa en su ruta, y haciendo un supremo esfuerzo, comenzó a remar con tal ímpetu que la barquilla, más que navegar, parecía ir volando al impulso de algún gigante, o arrastrada por el empuje de un torbellino. Marabá se dio cuenta del peligro, y sin chistar, iba mirando a su madre y alentándola con sus miradas de fuego, y de cuando en cuando, agazapado al extremo de la popa, inspeccionaba los movimientos del enemigo.

Su madre nada veía, mas que a Marabá, y como electrizada en su vista daba empujes colosales a los remos, y le parecía soñar que volaba hacia regiones seguras de paz y de vida.

La voz de Marabá la hizo volver en sí, como despertando de un ensueño.

—¡Mamá!, ¡mamá! —se volvió hacia ella diciendo—: ya no nos siguen; se retiran; míralo, ¿no lo ves?

—¿Qué será esto?—se preguntaba a sí misma con extrañeza Djerua apagando por un momento el ardor de los remos.

Marabá, que era lince y no dejaba de mirar, le dio la explicación gritando:

—¡Los caimanes! ¡Los caimanes!

—Otro peligro más, —murmuró con dolor la valerosa madre—, y volvió a remar con fiereza.

La costa se iba alejando por momentos; Marabá ya no distinguía n¡al Lama, n¡los esquifes, n¡a sus remeros, n¡tampoco a los caimanes; todo quedaba ya velado por la tenue bruma de la ribera, sin que se pudiera apreciar los detalles; por eso Marabá, ya tranquilo, se volvió a mirar sosegadamente a su madre. Ahora le interesaba advertir a su madrede la presencia de algunos paletuvios que salían al paso a fin de que, con la rapidez, no chocara la piragua en sus troncos y ramajes.

El paletuvio (Avicena tomenossa) es un árbol curiosísimo. De sus ramas inferiores se desprenden muchos apéndices que caen en el agua, se hunden en el légamo, y como el gigante Anteo, tomando nuevo vigor al contacto de su madre, se levantan, se reúnen y forman un nuevo tronco, y que convertido en árbol a su vez, transmite por el mismo fenómeno que le ha dado nacimiento la vida a otros paletuvios, y así sucesivamente en todo el espacio propicio a esta multiplicación.

Los paletuvios sumergidos en las aguas semejan plantas acuáticas de dimensiones prodigiosas, o puede llamarse un árbol inmenso que sumergido en el agua y el légamo, por su red inextrincable de ramificaciones, ocupa muchas leguas de extensión. Los grandes ríos quedarían completamente obstruidos por este árbol invasor, s¡los tripulantes no cortasen a sablazos o quebrasen con los bambúes los vástagos nacientes. Con frecuencia los troncos, entrelazando sus ramas y su follaje, forman grutas naturales, tapizadas con el verdor de las plantas enredaderas o esmaltadas con sus flores. Uno se creería transportado a esas grutas habitadas por las hadas, mas he aquí que a lo mejor se advierte, cerrando el paso, un enorme caimán, con las fauces abiertas y como dispuesto a engullir la embarcación entera y dando la sensación de que aquella gruta de verdor y de flores es el antro de un monstruo horrible.

En un bosque o laberinto de estos paletuvios encontraron refugio nuestros fugitivos Djerua y Marabá.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

(Continuará.)

Cultura popular

Frutos de un árbol

Cas¡todos los días me lo encontraba al salir de casa. El volvía invariablemente a la misma hora, la chaqueta echada sobre el proverbial elástico de panadero.

Si alguien dudara de su oficio, bien se lo había de indicar su cara, toda enjalbegada de harina.
Allá en el quinto piso le esperaba su esposa, mujer limpísima y cristiana s¡las hay y dos rollizos muchachos de tres y cinco años, que s¡no se abrían diez veces al día la cabeza rodando por la escalera, a su ángel de la guarda se lo debían; y porque en el quinto piso había colgado, como las golondrinas bajo el alero del tejado, su nido de amor, subía de dos en dos los peldaños que lo separaban de su dicha y cas¡se oían desde el portal los ruidosos besos que repartía entre los pedazos de su corazón.

¡Siempre alegre, y eso que llevaba una vida tan aperreada! Pero como todo invierno trae en pos de sí una primavera, y, tanto más florida cuanto ha sido él más riguroso, así la ruda labor de nuestro panadero, cas¡cocido junto al inmenso horno que ardía toda la noche, tenía sobrada recompensa en aquel idilio de familia que se representaba todos los días a la misma hora en el quinto piso de m¡casa.

—¡S¡usted viera qué felices somos! —era la frase que con frecuencia me repetía su trabajadora mujer—. Y no se vaya usted a creer que una no pasa sus apuros, porque m¡hombre necesita alimentarse bien, y mis chicos, ¡me tragan más pan y me destrozan más ropa!. Menos mal que él no tiene vicios y me entrega el jornal enterito, y a los rapaces con una blusa rota se les hace un par de pantalones...

* * *

Un año estuve ausente de m¡casa. Volví a ella con el ansia de abrazar a mis padres, y a poco me tropiezo en la escalera con la mujer del panadero.

—iAy, señorito —me dice—, no sabe usted bien lo que hace unos meses voy sufriendo!... M¡hombre...

Y aquí la pobre mujer se echó a llorar con amargo desconsuelo.

Quise haberla dirigido de pronto algunas palabras de ánimo, pero me pareció mejor respetar su dolor y esperar a que se fuese desahogando al correr de sus lágrimas.

¡Cómo no había de llorar! Aquel panadero, espejo de maridos honrados y laboriosos, mientras no se acordó más que de su familia, ya no era el de antes.

¡Con qué pena me lo repetía ella! "Créame usted, señorito, ¡ya no es el de antes!"

Triste era su historia. Ella notaba que el amor de su esposo se iba poco a poco enfriando. Antes jamás se acostaba, a la vuelta del trabajo, sin besarlos repetidas veces; ahora, lo mismo le daba retirarse sin decir una palabra.

Le molestaban los chicos, le enfadaba la mujer, hasta la comida parece como que le sabía peor. ¡S¡fuera sólo esto!

Comenzó por mermarle una peseta del jornal, porque tenía que pagar no sé qué cosas...

Después ya eran dos porque le daba vergüenza no tomar nada, cuando todos sus amigos lo tomaban...

Más tarde sólo le entregaba la mitad, y ya no le decía el porqué, pero se lo sospechaba ella..., ¡el desgraciado jugaba!...

¡Y ella, entretanto, callaba y sufría!

Un día se atrevió a quejarse.

Y ¿sabe usted qué respuesta me dio?

Pues me dijo que no me apurase, que iban a hacer pronto una huelga y que los patronos no tendrían más remedio que subirles el jornal.

Y, en efecto, se lo subieron, mas no a la infeliz mujer, que lo seguía recibiendo tan mermadito como antes. Y con esto pasaba ella las mayores privaciones, y cas¡se quitaba el pan de la boca para llenar las de su desgraciado marido y sus pobres hijos, y se agarraba a todo para poder ganar algo más; ella lavando ropa y fregando suelos, ¡la que había sido antes reina dentro de su hogar!

* * *

Se pasaron meses sin que volviese a encontrar a m¡hombre en la escalera. Decididamente, huía de uno. ¡Aun había alguna vergüenza en aquel hombre desgraciado!

Y, la verdad sea dicha, tampoco tenía yo muchas ganas de tropezarle. ¿Para qué? ¿Para ver su rostro sombrío y entrever su alma, más sombría aún? ¿Para tener que devolver un saludo, s¡es que se dignaba él saludarme, a un jugador, borrachín, y, por contera, blasfemo?...

En estos dares y tomares estalló la décima huelga del año.

Y como los patronos no estaban dispuestos a regalar la panadería a sus obreros, que era, poco más o menos, lo que pedían, se cerraron en banda y ya no quisieron ceder más.

Y sobrevino lo que irremediablemente había de sobrevenir... Que la huelga se iba prolongando, y la caja de resistencia se cansó de resistir cuando se acabaron los fondos, y llamó el hambre a las puertas del panadero, y tras del hambre el casero, que hacía meses no cobraba la renta, e iba a despejar de una vez la incógnita.

Entró en el piso y no es para descrito lo que sus ojos vieron allí...

En la única cama de la buhardilla agonizaba la mujer...; la tisis minaba su existencia, consumida por los excesivos trabajos, a cuyo peso sucumbía.

El culpable, sentado en un baúl, ocultaba el rostro entre las manos...; los niños lloraban pidiendo pan...

Un periódico comunista yacía tirado en el suelo...

El encapuchado

In memoriam

Fr. Buenaventura Ivars Ortolá

En Benisa, a la edad de 81 años, y después de prolongada enfermedad, sufrida pacientemente, falleció en el Señor el P. Buenaventura Ivars Ortolá, natural de Benisa, misionero del Perú por espacio de veinte años y decano de los sacerdotes franciscanos de la Provincia, pues tuvo la honra de ser el primero de los religiosos que recibió las órdenes sagradas después de la restauración.

Era alto, fornido, de complexión robusta y de una resistencia asombrosa. Era naturalmente silencioso, pero incansable en el trabajo.

A propósito para las fatigas y penalidades propias de los misioneros entre infieles, escuchó con docilidad la voz de Cristo y se entregó en cuerpo y alma a la evangelización de los indios en el Perú. No contento con atender al bien espiritual y material de su misión emprendió con entusiasmo la reconstitución de los caminos que abrieron los misioneros antiguos arruinados por incurría de la posteridad y la inclemencia de los tiempos. De esa manera consiguió facilitar la comunicación entre diversas Misiones en beneficio de todos. Los indios trabajaban en las empresas dirigidos y alentados por él ¡Más de veinte años consagrados al bien de las almas y al progreso de la civilización sin otros testigos que los cielos y la tierra!

Desempeñó los cargos de Maestro de Novicios y Guardián del Convento de Santo Espíritu por dos veces.
No conocía el reposo, por lo que siempre se le veía haciendo algo, cumplidas sus obligaciones como religioso.

Sorprendido por tenaz inapetencia, no sabía a qué atribuirlo hasta que advirtió que le molestaba una hernia umbilical. Se agravó hasta el extremo de que no podía tomar nada sin que le provocase a náuseas que le atormentaban en gran manera. Los médicos que le reconocían diagnosticaron que no tenía cura por su avanzada edad.

Pidió con insistencia que le fuesen administrados los Santos Sacramentos, diciendo que la muerte no avisaba a nadie y que no quería que le sorprendiese.

Suplicó al Padre Guardián que en su nombre pidiese perdón a toda la Comunidad, por s¡les había desedificado en algo, y luego no se preocupó de otra cosa que de prepararse para bien morir.

Falleció precisamente en el momento en que el Padre Guardián con toda la Comunidad le recomendaba al Señor para que le asistiese en su agonía prolongada.

Cuando expiró, con serenidad en el rostro, eran las diez de la noche del día 24 del mes de Agosto del año 1932.

Al día siguiente se celebró la misa exequial y por la tarde él oficio de difuntos y el entierro, que fue concurrido, y al que asistieron las autoridades.