Una carta a San Antonio
La cosa se iba poniendo muy seria. Desde la alta buhardilla, sobre un sexto piso de uno de los grandes edificios que en Lyon se elevan hacia el cielo, a lo largo del Ródano, miraba hacia la tierra con horror y desesperación una joven de 15 años, María Reydet. Su padre, un obrero tipógrafo, despedido del taller, y sin encontrar trabajo y sin recursos, herido de fatiga y de tristeza, se rindió al golpe de unas fuertes calenturas. ¿Qué hacer en situación tan desesperada?

María, desconfiada de la tierra y de los hombres, miraba de vez en cuando al cielo desde el ventano de su buhardilla, y parece que esas miradas le infiltraban algún rayo de luz y de esperanza. Una idea cruzó por su mente que le hizo exclamar con resolución: "Ya está". Acudió al servicio de su padre enfermo, que reclamaba su cuidado, y sentada junto a él iba revolviendo en su mente los recuerdos de su niñez. La Hermana profesora del Colegio lo había repetido mil veces: "San Antonio oye siempre las súplicas de sus devotos; s¡alguna vez no os conceda en seguida lo que pedís, escribidle una carta, y los ángeles que tiene a su servicio le presentarán vuestras peticiones." Esta idea es la que había cruzado por su mente en una de aquellas miradas de intensa emoción que había dirigido al cielo desde su buhardilla, y esa es la resolución que había tomado, escribirle una carta a San Antonio.
La noche había cernido sus densas tinieblas sobre la tierra, su pobre padre parece que reposaba con el sopor tibio que dio a su cuerpo la última taza de alimento líquido que quedaba en su casa. Desde ese momento ya no quedaba más esperanza que hambre, tristeza, agonía y muerte. La joven se levantó con tiento para no interrumpir el sopor que adormecía al enfermo, y fuese a su mesilla exclamando: "¡Bendito seáis, Dios mío, que habéis revelado a los humildes y pequeños los misterios de vuestro amor!" Tomó un pliego de papel, y pluma en mano comenzó a escribir:
"San Antonio mío: M¡querido padre está enfermo y sin trabajo; no nos olvides; nos hallamos en suma necesidad; socórrenos.
María Reydet.
Calle de los Arcos, 205."
Dobló el pliego, lo encerró en un sobre y le puso la siguiente dirección:
"A San Antonio en el CIELO."
La carta ya estaba escrita, mas, ¿en qué buzón la podría echar para que llegara a su destino?
Con la carta en la mano y presa de grande preocupación, fuese a la ventana, y apoyada sobre su alféizar, se puso a contemplar el cielo. En medio de aquella inmensa oscuridad, la sorprendía el vivo rielar de las estrellas, y absorbida por un pasmo sobrenatural, le parecía escuchar al blando vuelo de los ángeles, cual s¡revolotearan por aquel misterioso ambiente. ¿A qué esperar más? ¿No estaban allí los ángeles dispuestos a llevarle la carta a San Antonio?
Impulsada por este convencimiento arrojó su carta al espacio, que al hundirse en aquella inmensa oscuridad desapare, ció de su vista, y quedó ella con fijeza, cual s¡viera como los ángeles la cogían para trasportarla al cielo. Transcurrido breve espacio en esa contemplación, se retiró ya tranquila y sosegada para descansar.
A la mañana siguiente, muy temprano, llamaron a la puerta; era un hombre elegantemente vestido, que, con una carta en la mano preguntaba:
—¿Vive aquí la señorita María Reydet?
—¡Sí, señor, servidora de usted —contestó sobresaltada la joven, que había acudido a abrir.
—Pues traigo —añadió aquel señor— la contestación de San Antonio, que me encarga os diga que primero curaremos a vuestro padre y luego le proporcionaremos trabajo.
Los ángeles no habían llevado la carta al cielo, pero arrastrada por contrarias corrientes de aire, había bajado de piso en piso, introduciéndose por una ventana abierta, en las habitaciones de un rico y generoso cristiano.
"San Antonio oye siempre las súplicas de sus devotos", porque el enfermo, con los nuevos cuidados que le prodigaron, recobró la salud y con la salud el trabajo, y la alegría volvió a reinar en la buhardilla del tipógrafo, donde padre e hija solían repetir con gratitud:
—La dicha que gozamos se la debemos a San Antonio. —
P. B.

Estampa. Moralidad e inmoralidad
Moralidad, progresión espiritual que enaltece y humaniza el carácter. Inmoralidad, regresión de espíritus innobles que violan animismos sacrosantos.
La vida es un discurrir por el plano ascendiente o descendiente de perfeccionamiento. La ley reguladora de la vitalidad humana, que desbordante recorre direcciones contrapuestas de ascenso o de descenso, de espiritualismo o de animalismo, de purificación o de perversión, es un canon impreso en la mente del hombre.
La religión, sobre ser un producto metafísico, es una necesidad lógica deducida de la fenomenología de la moral. La moralidad exige una revelación dogmática. Kant, incrédulo del poder de la mente, laboratorio de la ciencia de Dios, ha reconocido el poder de la moral que clama en lo sagrado del ser la existencia supraterrena de una bondad divina. La moral ordena la intelección. Dios es un producto existencial que reclama la moralidad histórica.
Moralidad e inmoralidad. Moralidad, exigencia determinante de un ordenamiento de espíritu. Inmoralidad, parálisis del progresismo, regresión desvaloradora. Campos de cultivo intensivo y extensivo del valor: espíritu. Luces que orientan hacia el ideal. Auroras boreales que estimulan perfecciones secretas y ordenamientos heroicos. Líneas reguladoras de la arquitectura de lo divino,
Fr. Luis Mª Rubert Candau
Diálogo en honor de la Inmaculada
1º ¡Inmaculada, Inmaculada! 2º También me hechiza también me encanta 1º El Libro Santo, el dragón fiero, 2° Esa, querido, es bien notoria. 1° Ah! ¿Tú la sabes? Veamos, pues. 2° En los albores del Cristianismo, 1° Horrible pasmo, desde el Averno, 2° Por eso mueve todo el infierno 1° ¡Ah!, sí; algún rayo, de cuando en cuando, |
2° De ella nos hablan, de su belleza; 1° Ya no me extraña que a dudar lleguen 2° Reñida lucha doquier se entabla 1° Más de uno creo, por cobardía, 2° Héroe fue ilustre Juan Duns Escoto 1º. Ya, pues, me explico la alegoría, 2° Sí, a Luzbel vence y a sus mesnadas 1° Bendita sea, por siempre loada 2° ¡Ah!, no olvidemos que fue un Terciario, 1º Loor eterno; por siempre gloria |
Los tres espejos
Pidió una niña a su madre, ausente, que le enviase un espejo, objeto indispensable para ella.
"Querida hija —le escribió ésta—: te enviaré tres; en el primero verás lo que eres; en el segundo, lo que serás, y en el tercero, lo que debes ser."
Llegó la esperada caja. La abrió, y hallando un espejo, dijo: "¡Qué buena es m¡madre!"
Se miró en el espejo, y vio lo que era, y le dio un beso. Abrió con ansiedad el segundo bulto, y se horrorizó, pues se halló con un cuadro que representaba una calavera... lo que sería con el tiempo. "¿Qué habrá en el tercer paquete?", se preguntaba la niña, y, llena de miedo, lo empezó a descubrir. Un grito de alegría se escapó de su pecho al hallar envuelta en un paño de seda una preciosa imagen de la INMACULADA.
"He aquí lo que debo ser —exclamó—: fiel imitadora de ella, y lo seré con la gracia de Dios."
Y arrodillándose al punto, oró largamente ante la imagen de la Virgen.
Yo soy quien te ha matado
—Señora, encuentro mejoría.
—¿Es cierto eso, doctor? —dice la madre con aire de duda.
—La fiebre disminuye, la parte inferior del pulmón se normaliza: prosiga usted los baños a 27°, cataplasma de mostaza por la mañana y tarde, y sobre todo nada de alimento; procure usted que el niño se halle más bien sentado que acostado. ¡A los pies de usted, señora!
El esposo acompaña al médico hasta el rellano de la escalera.
—¿Qué hay?
Tal fuerza de interrogación se lee en la mirada, que el doctor vacila contrariado.
—Toda vez que acabo de decírselo, extraño...
—Sí, sí; pero yo quiero saber la verdad, toda la verdad.
—¡Para que usted luego me la eche en cara!
—No.
—...¡Luego, ¿para qué?
—Soy hombre, soy padre... ¡puedo, quiero saberlo!
— ¿Lo quiere usted?
—Sí.
—Pues, sépalo usted: su hijo es caso desesperado —y se despidió.
El esposo penetra otra vez en casa, con el semblante extremadamente pálido, llegándose hasta la alcoba.
—Diría que la mano es más ardiente... Mira cómo brillan sus ojos, ¡pobrecillo! ¡Tan pequeño!... Prenda mía, ¿verdad que no quieres separarte del lado de mamá?
—No hables así —interrumpe el padre—; ¡no hay que pensar en lo imposible!
* * *
Era una mañana de abril en que todo presagiaba vida y renovación; los botones relucientes entreabrían su verde cinta en el borde de las ramas del boulevard, y el sol se deslizaba para acariciar al enfermito con uno de sus rayos hasta la almohada.
—¡No puede morirse uno con un tiempo así! —exclama la madre algo tranquilizada por el doctor y se arrodilla al pie de la cuna.
También él quiere rezar... sin saber qué va a decir. Como hijo del siglo en que vive, correcto, pero escéptico, desde la edad de dieciséis años que no cree ya, pero hay horas en que el más incrédulo mira con envidia la plegaria, ¡tan buena es ella!
Por esta razón, al ver a su mujer dirigiéndose a Dios en súplica, en su dolor inmenso, por instinto casi, se hinca junto a ella: "Al pedir juntos a m¡Padre algo en m¡nombre, Él os lo concederá" —dijo Cristo—. "
Ambos esposos, de rodillas ante el crucifijo de marfil, colgado encima de la cuna como símbolo de protección pedían a la par: "¡Dios mío, s¡es posible haced pasar este cáliz de amargura de nosotros!"
En este momento el padre experimentó necesidad de dar prenda a Dios, de imponerse algo sobre sí.
—S¡m¡hijo cura, yo os prometo...
Y buscó en la imaginación algo que ofrecer; algo duro, que fuese como una retractación de todo el pasado de indiferencia culpable.
Entonces, en voz alta dijo:
—¡S¡m¡hijo cura... esposa, vas a tener una dicha muy grande... yo cumpliré desde este año con el Precepto Pascual.
* * *
Al día siguiente, el doctor, cas¡seguro del fallecimiento del niño, penetra en la portería antes de subir a la habitación.
—¿Qué hay?
—La noche la ha pasado bien... se encuentra mucho mejor.
—¡No puede ser!
Con todo, era tan cierto, que diez días después de esto, en una tibia tardecita de primavera, se veía a un niño de cinco años, convaleciente, en los jardines del Luxemburgo; muy pálido, con grandes ojos azules, llenos de vida, que parecían beber ávidamente la dorada luz, sonriendo la renovación de la Naturaleza.
El padre estaba todavía excitado por la angustia experimentada en los últimos días. Bien demostraba el voto que había hecho el estado de su ánimo; ¡un voto insensato! ¡Oh, los niños, los niños!... Cuánto pueden en medio de su debilidad.
Afortunadamente, el peligro había pasado, ahora ya podía la razón recobrar sus fuerzas.
Por de pronto, alejó la idea de la realización del mismo pura y sencillamente. ¿Él ir a comulgar? ¿Él, un hombre correcto, un hombre de gobierno, un hombre de Universidad?... ¡Vaya con Dios! Semejante promesa no tiene base. Por otro lado, una promesa no obliga, como no sea hecha con plena sangre fría y con toda libertad... Ante la agonía de su hijo experimentó una especie de locura; ¡esto es claro, estaba del todo loco! Por lo mismo, cuanto ofreció, hallándose en tal estado de perturbación mental, no obliga; es perfectamente nulo en buena doctrina jurídica.
Con todo, la semana postrera de Cuaresma una extraña inquietud se apoderaba de todo su ser: lo cierto es que él había ofrecido comulgar por Pascua... ¡Quizá era necesario cumplir! ¿A quién lo había prometido? ¿A Cristo? No creía en Él poco n¡mucho. No sería malo arrodillarse ante un confesionario; dar muestra de buena voluntad dejar que el sacerdote le detuviese en el camino... ¿Pero él? ¿Él de rodillas? ¿Qué pensarían las esposas de sus compañeros que le viesen en tal actitud en el templo?
A pesar de todo, la mañana del último domingo, lleno de perplejidad, torturado por la irresolución fue al templo en ayunas. ¿Quién sabe? Tal vez la ocasión sería propicia... la figura simpática de un sacerdote... la capilla vacía...
De súbito, en mitad de la nave, una última aprehensión hizo presa de él, era el postrer combate de la cobardía; ¡no!, no podía resolverse a ello: sería demasiado cómico; ¡se reirían de él! Vuelve la espalda, sale, y para terminar de una vez entra en una pastelería, toma un dulce maquinalmente, y lo come con avidez. De esta manera ya no le hallará en ayunas y concluirá de una vez con ese estado enervante en que le sumía la irresolución.
Se limpiaba entretanto los dedos mirando a los transeúntes, y vio venir hacia él a su hijo: su Juanito, hermoso niño rubio que iba de la mano de la criada para atravesar la calle. Tosió el padre para que se fijara en él.
Efectivamente, lo notó el niño, le hizo un cariñoso mohín y llamó la atención de la criada.
—Es papá... m¡papá que come...
No pudo terminar la frase; el carro de un lechero que venía al galope por la calle de Rennes se vino encima del pequeñuelo y antes de que pudiese hacer un solo movimiento tenía el pecho aplastado por la pesada rueda, alejándose el carro con brutal estrépito de hierro hacia la estación Montparnasse para escapar de la muchedumbre que se agolpaba en torno de la masa sanguinolenta y palpitante aun que allí quedaba.
Inmóvil quedó el padre: algunos amigos del vecindario que le reconocieron, se ofrecieron a acompañarle... no fue hacerlo, más que a viva fuerza, hasta su casa.
Le creen loco muchos en la actualidad porque por momentos se detiene en mitad de conversación y con mirada hosca, dice:
—¡Hijo mío! ¡Yo soy quien te ha matado!
—¡Cálmese usted! ¡Fue el carro del lechero!
—¡Yo, repito que he sido yo tan solo! ¡Me parece que lo sabré mejor que usted!
Pierre L'Ermite
Nuestro viaje Roma-Yen-an-fú (China)
Hechos y monumentos dignos de mención
Al día siguiente de nuestra llegada a Taiynanfú, o sea el 25, se celebraba la fiesta de Cristo Rey y en la catedral hubo misa cantada, en la que se revistió de subdiácono el Padre Severino y un servidor de diácono. De los 1.500 católicos que hay en aquella población, asistieron al divino sacrificio unos 1.400.
La música toda corrió a cargo de los seminaristas, quienes interpretaron con buen gusto los cantos.
A media hora de Taiynanfú se levanta un pequeño cementerio católico para las monjas, misioneros, huérfanos y vírgenes que mueren en el orfanatorio y para los europeos seglares también católicos. Los cristianos prefieren ser enterrados en sus propias tierras, como es costumbre en China, bendiciendo, como es natural, cada uno de los sepulcros. En el cementerio dos sepulcros nos llamaron extraordinariamente la atención: el de la Venerable Sor María Asunta, por su simplicidad, y el del Padre Martín Áyrant, francés, quien estudió un año con nosotros en Roma y siempre manifestó tener una salud de hierro. Todavía no hacía más que 16 meses que estaba en China enseñando filosofía en el seminario y el Señor se lo llevó a mejor vida, con gran desconsuelo y edificación de todos sus compañeros, ya que era la alegría de sus superiores y un ejemplo continuo para sus hermanos en religión.
Durante el 1900 hubo en China una cruel persecución llamada de los Boxers, en la cual miles de cristianos recibieron la palma del martirio. La causa de beatificación ya desde algún tiempo que está introducida y son más de 2.000 los que tratan de elevar a los altares. En Taiynanfú hubo gran número de víctimas, entre las cuales hay cinco franciscanos de la primera orden y siete monjas blancas. Los franciscanos son: Monseñor Gregorio Grassi, Vicario Apostólico; Monseñor Fogolla Francisco, Obispo Auxiliar; Padre Elías Facchini; Padre Teodorico Balat; Fray Andrés Ganer. Los nombres de las monjas son: Madre María Erminia, Superiora; Madre María de la Paz, Vicaria; Madre María Clara; Sor María Natalina; Sor María de San Justo; Sor María Adolfina; Sor María Amandina. Entre los mártires hay diez más del clero secular pertenecientes a la tercera orden de San Francisco y algunos seminaristas.
Dos de los moradores de la residencia de Taiynanfú fueron ordenados sacerdotes por Monseñor Grassi. Las cárceles en que fueron encerrados los religiosos y monjas martirizados aun se conservan, pero con alguna modificación; actualmente sirven de morada a los cristianos, y están dispuestas formando una especie de atrio, en medio del cual se levanta un monumento erigido por el gobierno chino, en el que hay tres grandes lápidas; en la de en medio se halla el decreto de protección a los europeos; en la de un lado los nombres de los religiosos y religiosas martirizados, y en la otra los nombres de algunos europeos, víctimas también de la crueldad de los Boxers. El lugar del martirio fue el palacio de gobernación, situado actualmente en el mismo sitio.
Dada la imposibilidad de recoger todos los restos auténticos de estos gloriosos atletas de nuestra sacrosanta religión, pasada la tempestad reunieron los que creyeron verdaderos y les dieron honorífica sepultura cerca del cementerio antes citado.
Los cristianos fueron martirizados en otra parte, habitada hoy por paganos y cristianos, cuyas casas están formando atrio. Entramos en él acompañados de un antiguo misionero. Por la cara pudimos conocer quienes eran paganos y quienes cristianos; éstos nos miraban con semblante risueño y circundándonos apenas nos vieron entablaron conversación con el padre que nos conducía; aquéllos, en cambio, nos miraban con recelo y como a gentes extrañas.
Cas¡tocando los muros de la residencia episcopal, las franciscanas misioneras de María tienen un grande orfanatorio. En él hay departamentos para los niñitos abandonados apenas venidos al mundo, para las viejas, para las mujeres amentes, para vírgenes, para la enseñanza y sobre todo para niños y niñas que necesitan de comer o están desamparados. Varias mujeres habían allí refugiadas para no ser vendidas por sus maridos. Entre ellas había una de 24 años, y no era fea, la cual, para que no la vendiera su cruel esposo ingresó en el orfanatorio. Las religiosas tienen dominio absoluto sobre el lugar que ocupan y ninguno sin el consentimiento de las autoridades puede, contra la voluntad de las monjas, sacar de allí alguna mujer refugiada. Las clases son frecuentadas de numerosas jóvenes de familia distinguida. Las religiosas pertenecen a diversas nacionalidades y forma parte de tan insigne Comunidad una española, natural de la provincia de Castellón.
En la residencia episcopal hay una imprenta en la que estampan con caracteres chinos. También hay seminario y además un colegio de seglares al que asisten más de 300 alumnos y el director es un franciscano canadiense. La mayor parte de los asistentes son paganos.
Entre los monumentos principales de Taiynanfú está su armería, en la cual trabajaban unos 15.000 hombres. Desde que el ejército sudista obtuvo el triunfo sobre el nordista, el número de trabajadores quedó reducido a 2.000.
Es curioso ver las casas de por aquí. Todas ellas tienen tan sólo planta baja y en el tejado hay una o varias cabezas de dragón de forma horrible. Antiguamente se le consideraba como el protector de la China y actualmente entra en las construcciones como adorno.
En Taiynanfú nos despedimos de los tres alemanes que nos acompañaban, quienes se dirigieron a la misión de Sochaco, en el norte de China. De aquí en adelante fue nuestro guía el Padre Eugenio Auvers, belga, de la congregación Schent, el cual se encaminaba a Mongolia, en donde tiene su misión.
(Continuará.)
A los perseguidores de la Iglesia
«Realizad vuestro ideal en el mundo; de una vez arrancad todas las cruces, romped todas las aras, derribad todos los templos, levantad con ellos una cordillera de escombros que sea el mausoleo de una civilización y osario de un mundo; sentaos sobre ella como s¡fuese el trono del ateísmo triunfante.
Y cuando creáis que habéis arrancado la idea de Dios y la Religión de la mente y del corazón de los hombres, del fondo de esa pirámide de escombros, saldrá una voz misteriosa que repetirá estas preguntas que resuenan perfectamente en la conciencia de todo ser racional que no se haya hecho indigno de serlo:
¿De dónde vienes? ¿A dónde vas? ¿Quién eres? ¿Cuál es tu origen? ¿Cuál tu naturaleza? ¿Cuál es tu destino?»
Vázquez de Mella
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