El tiempo

Datos del primer trimestre

Van pasando los días, el sol ha llegado a la cumbre de su carrera, es la hora de comenzar a sudar, y el tiempo parece que no se haya dado cuenta de las condiciones astronómicas. Sigue más que fresco el ambiente, porque llega a molestar por la noche; las nubes no cesan de humedecer la tierra, alimentando infinitud de criptógamas, que cual el mildeu están arruinando la zona levantina. La falta de calorías junto con esta humedad ha impedido la granazón completa del trigo, y está estropeando el arroz; caen los tomates de las plantas, no hay manzanas, peras ni casi ninguna fruta; enferman la casi totalidad de hortalizas y si esto fuera poco, lo poco que llega a sazón, no tiene valor en el mercado.

No está todo en que llueva mucho, sino a tiempo y con medida, y ambas condiciones dejan de cumplirse en el presente 1933. En estos seis meses primeros lleva recogidos nuestro pluviómetro 452 milímetros. Enero, 39; Febrero, 90; Marzo, 146; Abril, 52; Mayo, 35; Junio, 90. Los días completamente cubiertos fueron 22, los con nubes 95, y los despejados 54i. Junio tuvo sólo 4 días sin nubes; los restantes fueron nubosos, y dos de lluvia persistente con cariz de temporal de invierno.

Las temperaturas se han mantenido en general bajas, pero de un modo especial Junio que es el que más influye en las cosechas, como lo dan bien a entender la multitud de refranes que a él se refieren: Agua por San Juan, quita vino y no da pan. Este mes ha tenido una media de 19'4°C que es grado y medio inferior a la normal; la media de las máximas ha sido 2'6 más baja que la de los años ordinarios, y sólo ha llegado a marcar en los días más calurosos 32'2°C a la sombra, cuando años hay que llega a 36°C.

Las lluvias del 4 de Junio fueron torrenciales por Valencia y Castellón hasta llegar a 200 mm. en la noche y mañana de dicho día en la vega del Palancia. En cambio, en la comarca de Cuenca, padecían hasta primeros de dicho mes una pertinaz sequía, de modo que tuvieron que acudir al remedio del Cielo con unas fervorosas rogativas.

A continuación anoto las temperaturas medias y extremas de los seis meses pasados:

Temperaturas: Media: Enero, 7'0; Febrero, 10'0; Marzo, 11'3; Abril, 15'2; Mayo, 18'5; Junio, 19'4. Media de las máximas: Enero, 11'7; Febrero 15'2; Marzo, 16'6; Abril, 22'2; Mayo, 25'5; Junio, 25'4. Media de las mínimas: Enero, 2'4; Febrero, 4'7; Marzo, 6*1; Abril, 8'3; Mayo, 11'5; Junio, 13'5. Oscilación media: Enero, 9'3; Febrero, 10'5; Marzo, 10'6; Abril, 13'8; Mayo, 14'0; Junio, 11'9. Máxima: Enero, 16'7; Febrero, 25'0; Marzo, 22'7; Abril, 27'8; Mayo, 32'6; Junio, 32'2; Mínima: Enero, 3'5 (bajo cero); Febrero, 3'0 (bajo cero); Marzo, 0'0; Abril, 3'4 (sobre cero); Mayo, 7'9; Junio, 8'3.

A pesar de haber llovido mucho no ha sido torrencial en ningún caso. Los días en que más fuerte llovió, fue el 27 de Marzo y el 4 de Junio con 46 mm. En estos seis meses, llovió poco o mucho 49 días. Nevó o cayó nieve granulada en 5 días. En Marzo hubo una tormenta, 4 en Mayo y 8 en Junio. Los cambios de tiempo son bruscos coincidiendo con los saltos del viento SW. o terral y tibio, el NE., fresco y húmedo. Casi siempre debidos a mínimos secundarios de la borrasca del Norte formados en el centro y oriente de la Península. Por el estrecho, apenas si ha entrado depresión alguna.

Fr. Eusebio Arbona, ofm
Onteniente-5-julio-33.


Episodios del negrito Marabá (17)

La caza del león

La pacífica morada de Güezo, aquel rincón del bosque que por muchos días había servido a Djerua y Marabá de remanso paradisíaco y halagador, veía su paz frecuentemente perturbada, desde el último incendio, por la invasión de las fieras. Era peligroso internarse un poco en la selva, ni aún se podía libremente llegar tranquilos a las orillas distantes de la laguna. Las fieras solían ir allí para abrevarse; y el tigre, la pantera, el leopardo y otros felinos podían sorprenderte en el sendero del bosque para ser pasto de su voracidad. Al huir de la quema de aquel voraz incendio se habían establecido por los aledaños de aquel lago y era esto un continuo peligro para los moradores de aquella aldea y más aún de la casa de Güezo que estaba junto al bosque y cerca del lago.

Pero el peligro se hizo inmensamente mayor cuando se persuadieron de que el león había escogido allí cerca su guarida. En un principio se escuchaba algunas noches su espantoso rugido algo lejos y eso no causaba tanto temor; pero a medida que se observaba mayor alejamiento de las otras fieras, se notaba más cercana la presencia del león y aún tenían que lamentarse muchas noches la desaparición de algunas reses domésticas, prueba segura de que el león merodeaba por los alrededores de la aldea; y hechas las pesquisas se comprobó que había establecido su madriguera bien cerca de la casa de Güezo.

Los leones suelen vivir aislados, reuniéndose por parejas en la época del celo; si bien se dan casos en que se juntan varios de ellos para dar caza cuando son abundantes los ganados o manadas de otras bestias. Cada uno de ellos tiene su comarca, de la que generalmente se aparta poco, aunque en algunos países siguen a las tribus nómadas, de cuyos ganados se alimentan principalmente, en sus emigraciones. Los lugares preferidos por el león son casi siempre las llanuras con hierbas o matorrales altos; habita a veces, en los más altos montes, si allí hay caza para su alimento, y gusta también establecerse cerca de los sitios habitados por el hombre, sin duda por la facilidad que encuentra entonces para apoderarse de animales domésticos.

Permanece durante el día oculto, descansando en un rincón abrigado, en el que se prepara una yacija escarbando el suelo con las garras; por la noche sale a cazar, lanzando unas veces sus sonoros rugidos, y arrastrándose otras silenciosamente por entre los matorrales; o bien frecuenta los sitios en que acuden otros animales a beber para escoger entre ellos su presa. Tiene fuerza y agilidad bastantes para salvar de un salto una distancia de unos nueve metros, y con un ternero en la boca salta todavía una valla de poco menos de tres metros. De un sólo salto puede plantarse en el lomo de un caballo y matarlo de un mordisco en la nuca; a los animales de pequeña talla los mata de un simple zarpazo. Antes de saltar sobre una presa se agacha para dar mejor el salto. Se calcula que por término medio vive 30 años, por más que en cautividad se han conocido algunos que han llegado hasta los 70.

Uno de ellos, un terrible león, era el nuevo huésped que había buscado su guarida cerca de la apacible mansión, donde, también como huéspedes, vivían nuestro negrito Marabá y su madre. Durante varias noches había infundido el espanto en aquella región y muchos animales domésticos habían sido víctimas de su voracidad, pues su osadía llegaba hasta penetrar en los corrales de las chozas. Se hacía preciso organizar una batida para cazarlo en su misma madriguera. Para el efecto se juntaron unos veinte guerreros de los más valerosos, armados de carabinas, y salieron diseminados en busca de su guarida; mas ésta se hallaba más cerca de lo que ellos creían, pues apenas se internaron en el bosque, casi desprevenidos, al pasar uno de ellos junto a unas rocas recubiertas de ramas de mutuma, escuchó un sordo rugido que no le dio ya tiempo ni para volverse; de un zarpazo le dejó el león sin vida y lo arrastró al fondo de las rocas; era su madriguera.

Los otros guerreros sorprendidos por el grito de espanto de su compañero no tuvieron ya ni tiempo para disparar, como una sombra vieron al león internarse con su presa en su guarida. Por mucho que esperaron a distancia y apuntando hacia la cueva el león no volvió a aparecer, y ellos no creyeron prudente el acercarse a la puerta de su covacha. Saben los negros que cuando el león ha probado la carne humana la encuentra muy sabrosa y se aficiona a ella. Se retiraron con precaución, y creyeron más oportuno cebarle para ser cazado por la noche.

A la entrada del bosque y a vista de las chozas de Güezo se ató un jumento al tronco de un árbol, y aquél y sus trabajadores quedaron apostados todos con su carabina cargada. En otros diferentes sitios se puso también el cebo, quedando otros hombres apostados para la caza; pero el rey de las selvas no quiso darles gusto esa noche, y ni dejó oír sus espantosos rugidos; estaba por lo visto bien saciado con el banquete que se dio aquel día de carne humana; sin embargo, con quietud y silencio debió haber salido aquella noche hacia las orillas de la laguna, pues allí se encontraron algunas reses muertas por la garra del león. Como estaba harto no las comió, pero sin duda alguna que a la noche siguiente volvería a buscarlas. Entonces se pensó aprovechar aquellas víctimas para cebo y ponerlas a tiro de los fusiles desde las chozas de Güezo.

Se arrastraron las presas hasta el punto de destino, con la seguridad de que el león sigue el rastro y va en busca de sus víctimas; y así ocurrió.

Cerca de media noche un espantoso, rugido se dejó oír por las orillas del lago; era el león que buscaba sus víctimas; bien pronto sonaba otro rugido en las cercanías de las chozas; los hombres apuntaban, el león de un salto se precipitó sobre el cebo, pero un certero tiro de Güezo le daba en la cabeza y otros dos tiros más hacían blanco en su cuerpo, cayendo exánime dando un sordo rugido. El león estaba muerto, ya podían respirar con tranquilidad.

Al día siguiente toda la aldea pasaba por delante de la morada cristiana para contemplar al león y felicitar a sus cazadores.

Cadáveres por el río

Había transcurrido ya bastante tiempo desde la llegada de nuestros príncipes fugitivos a la morada cristiana de Inés, su vida se deslizaba allí apaciblemente como entre buenos hermanos y María les había enseñado ya cuanto ella sabía de la religión cristiana, y podemos afirmar que lo eran ya cristianos de corazón. La llama de su vocación no se había apagado, sino que frecuentemente ardía en sus almas el anhelo de volver a emprender el viaje para ir en busca de los blancos y de la fe.

Un acontecimiento, harto frecuente en aquellos desgraciados pueblos, vino a conmover el alma de Djerua y a dar a su cuerpo una penosa nerviosidad que excitó vivamente sus ansias de salir de aquellos lugares. Había ido con Lucila y con María al mercado de Mabán y junto a las orillas del río Ogún vieron aglomerarse una multitud de gente. ¿Qué es lo que ocurría?. Cuando se llegaron a un extremo de aquella turba de curiosos, se acercaron al río en el preciso momento en que las aguas arrastraban unos cadáveres mutilados y abiertos por el medio, y se enteraron de que desde el amanecer se estaba observando aquel macabro desfile. No había duda alguna; en algún poblado del interior se estaban celebrando las fiestas con el horrible espectáculo de los sacrificios humanos. Djerua no quiso ver más, ni Lucila y María hubieran querido llegar a las orillas del río; pero era ya inevitable, y con presteza y llenas de amargura volvieron a su apacible cabaña de los linderos del bosque.

Anuncios de partida

Djerua mostró desde ese día más vivos deseos de reanudar su viaje; y Güezo que llevaba también una plausible resolución en su alma sé dio prisa en los preparativos del viaje.

Güezo iría con ellos hasta encontrar a los padres misioneros, y trataría de convencerles para que vinieran a los bosques de Mabán a renovar la misión junto a la tumba del misionero, corriendo por su cuenta la construcción de las cabañas y todo lo demás necesario para realizar si» deseos.

(Continuará)

Fr. Manuel Balaguer, ofm

Ecos de las misiones

Nuestro destino en China

Después de un año de estudio de la lengua china, nuestro Obispo, Fr. Celestino Ibáñez, nos dio destino al P. Severino González y al que suscribe, señalándonos a cada uno su parte en la viña del Señor. Cuanto antes preparamos las cajas y nos dispusimos a emprender la marcha hacia la porción a nosotros confiada. Acompañados del P. Zendóquiz, vizcaíno, y del hermano lego, Fray Buenaventura Olaso, navarro, nos dirigimos hacia nuestro destino. Varios días tardamos en llegar, y las pocas peripecias que pasamos en el camino, no quiero dejarlas en olvido en mi libreta de apuntes.

Desde Kankuy hasta Lichiape, residencia del P. Severino, hicimos cinco jornadas; todas las noches las pasamos en las posadas, excepto una, en la que descansamos en la residencia misionera de Sintiel. En la primera de éstas dormimos todos juntos sobre un mismo djan, o sea una cama grande formada de ladrillos y argamasa o barro; el local era húmedo, la ventana tenía grandes agujeros, el termómetro estaba bajo cero y la comida pésima. Uno de los motivos porque nos resultó fastidioso este viaje es por la gran lentitud con que caminaban nuestras bestias.

El segundo día, a la luz de la luna, comenzamos la segunda jornada, y por espacio de unas dos horas nos alumbró el camino, pues a las tres de la madrugada ya estábamos en marcha. Antes de llegar a un pueblo llamado Machiahu, vimos una cabeza de un jefe de bandidos, suspendida sobre un palo. Estaba dentro de un capacete formado por gruesas mallas de hierba, dispuestas de modo que permitían a todos los transeúntes su vista; se hallaba amoratada y seca, y todas las facciones se conservaban muy bien. A la mitad del palo había un cartelón con un letrero que decía: "Jefe de bandidos, tercer grado." Según tengo entendido los cabezas de ladrones están divididos en 10 grados. Esto lo hicieron para escarmiento de los bandidos, quienes viven formando sociedades.

Por fin llegamos a Chiuchia, ciudad amurallada y muy comercial. Cuando entramos estaban de feria, siendo muy numerosa la gente que allí había afluido; pasamos por la calle principal, en la que no cabía ni un alfiler, tal era la aglomeración. Todos tenían los ojos fijos en nosotros. Dormimos dentro de la ciudad, y durante la noche robaron a dos de nuestros arrieros. La cantidad robada ascendía a 100 dólares chinos, 60 dólares a uno y 40 al otro; en total 300 pesetas, cantidad que en España nada significa, pero aquí es mucho, porque el dinero abunda poco y tiene subido valor. No pudiendo averiguar quienes eran los autores del robo, se fueron a una pagoda a consultar los dioses. Me enteré que en aquella pagoda habían varios libros; uno trataba de robos, otro de enfermedades y los demás no sé de qué cosas.

Para conocer la voluntad del dios cogen una papeleta, y después abren la página del libro allí indicada, en el que se encuentran las respuestas en términos generales. Los muleteros no sabían leer y cogieron por acompañante un joven de la misma posada, para que les enterara sobre la suerte del libro. Sacado el número y confrontado el libro, dedujeron que el autor del robo era de dentro de la posada, pero que no podían armar pleito, porque el tiro les saldría por la culata. Si en la respuesta nos hubiera caído la suerte, hubieran armado un San Quintín, y quién sabe si nos hubieran llevado al tribunal. Yo no sé cómo me las hubiera entendido, siendo así que entonces aun chapurreaba el chino.

Los pobres hombres no se atrevieron a mover ruido, y rechinando en voz baja y con semblante muy mustio se decidieron a continuar cuanto antes el viaje, lo que nos causó gran placer. A veces por tonterías semejantes arman líos al pobre misionero, y no le queda otro remedio que armarse con una buena dosis de paciencia.

Dos veces atravesamos un río en barca; ésta era tan capaz que en ella cabían muy bien unas 40 personas y algunas bestias de carga. En la orilla del río vimos un camello hundido hasta la panza. Eran varios los hombres que ayudaban al pobre animal a salir de aquel apuro, mas en vano, pues seguía lo mismo y se quejaba dando enormes bramidos.

Llegada a Lichiapie

A las cinco y media de la tarde hicimos nuestra entrada en Lichiapie. Desde lejos se veía la nueva torre de la Iglesia, recién levantada por el celoso y activo P. Andrés Berengueres. Medio kilómetro antes de llegar a Lichiapie nos salieron al encuentro los Padres Fradua, Berengueres, Zendóquiz y Fray Olaso. Estos dos últimos montados en buenas bestias se adelantaron para recibirnos. Además de los indicados también nos salieron a recibir unos 20 cristianos con banderas, disparando cohetes en honor de su nuevo párroco, a quien consideraban como un enviado del cielo. Una de las banderas era azul y tenia en medio una grande cruz blanca, símbolo de la que tenía que llevar el nuevo misionero.

Todos, hombres, mujeres y niños, le esperaban con grandes ansias; después entraron en la sala de recepción y le dieron la bienvenida. El Padre Berengueres les presentó su sucesor con breves palabras, terminadas las cuales el Padre González les dio la bendición. El Padre Andrés Berengueres, para celebrar la llegada de su digno sucesor, mató un cordero.

Llegada a mi destino de Fuichiapie

El Trabajador y entusiasta P. Antonio Grau, de la Provincia de Cataluña, envió un criado a Lichiapie para enterarse de mi salida de aquel lugar, con el fin de hacerme un recibimiento a toda pompa. Establecido el día de mi partida, el P. Grau llamó una banda china, de las que hay por aquí, que constan de dos o tres dulzainas, otros tantos pares de platillos, dos o más trompetas largas y de una especie de sartén, la que golpean con un mazo.

De Lichiapie a Fuichiapie fui acompañado por el P. Francisco Frádua, vizcaíno. En este trozo quedé encantado por la riqueza grande de carbón que vi, y casi todo a flor de tierra; pero, como no hay medios de transporte, toda esa gran riqueza se pierde. Unos cinco kilómetros antes de llegar a Fuichiapie, lugar de mi destino, encontré la embajada mandada por el Padre Grau, la cual era formada por la banda descrita, por dos jinetes, por unos 30 cristianos con multitud de banderas, entre ellas la española, y por dos hombres con retacos. Al verme me hicieron un saludo y yo les respondí desde mi caballo con una inclinación de cabeza.

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De las Misiones de China. PP. Andrés Berengueres, y Antonio Grau, de la Provincia de Cataluña (en el centro), y sus sucesores PP. Fabián Castellá y Severino González, de la Provincia de Valencia.

Yo entonces, al ver a todos aquellos con tanta formalidad, no pude contener la risa, pero me esforcé por ponerme serio cuanto antes, pues el acto, según ellos, no era para ser tomado a risa. Hasta Fuichiapie habían cuatro o cinco pueblecillos, y siempre al pasar por el lado o por dentro de alguno de ellos, comenzaba la charanga a interpretar sus melodías y como estos chinos son tan curiosos salían todos a contemplarme, mirándome bien desde los pies hasta la coronilla.

En el atrio de la misión me esperaban muchos cristianos de allí y alrededores, y en medio de ellos se hallaba el Padre Grau. Al llegar me hizo entrar en la iglesia, y detrás de mí siguieron los cristianos. Me arrodillé en medio del altar mayor; mientras tanto los fieles entonaban las letanías de la Virgen y la Salve, lo que me impresionó sobremanera. Después les di la bendición y me salí. El Padre Antonio me regaló dos cucurruchos grandes de caramelos, los cuales tiré a los fieles, quienes con gran placer los recogieron, pues los dulces les gustan la mar, y aquí rara vez los prueban.

Tirados ya todos los caramelos entré en la habitación de mi antecesor, en donde fui visitado por todos los cristianos, sin excepción de ninguna clase; allí bebimos un poco de café los tres padres, mientras una pequeña orquesta nos obsequiaba con un concierto. En otra cristiandad de este distrito fui recibido de la misma manera.

El tiempo que estuve en compañía del Padre Grau lo empleé visitando las diversas cristiandades de mi jurisdicción, y en instruirme en todo aquello que pertenece a la misión; por ejemplo, las chiquillas de la Santa Infancia repartidas entre familias cristianas; pequeñas propiedades y casas hipotecadas por la iglesia para escuelas; condiciones de los cristianos, etc.

Montamos también nueve escuelas de catequesis, cinco de hombres y cuatro de mujeres, y cada escuela con su correspondiente maestro o maestra, pues este es el único medio de propagar en estas tierras, y también el único medio para hacer aprender el catecismo a los fieles.

Fr. Fabián Castellá

Cómo se fabrica una calumnia

Estamos en la redacción de La Barbaridad. El director, que acaba de escribir un artículo contra la inmoralidad, se divierte leyendo una novela pornográfica. Entra el señor Rodríguez, uno de tantos tarambanas de las redacciones y que, a cambio de pases de teatros y tranvías, lo alaban todo y dan noticias atrasadas.

—¡Buenas noches!—saluda éste.

—¡Hola, señor director!... ¡Ni pintado!... ¿Podría dejarme la butaca de Eldorado? Muchas gracias... Tenga usted, le devuelvo el pase del tranvía. Por cierto que a poco más le traigo asunto para una gacetilla, porque al bajar del tranvía he visto a un sacerdote a punto de ser atropellado por un carruaje.

—¿Un cura?—dice el director.

—Pues, aguarde, haremos un suelto picante.

—Sí, pero la cosa no tiene importancia.

—Para el caso tiene lo mismo.

—Y, además, nada se puede decir contra el sacerdote.

—¿Que no? ¡Qué inocente es usted! Ya verá si puedo o no... Diga usted, Rodríguez, ¿qué ha sucedido?

—En la plaza de Palacio, un coche que iba fuera de dirección se echó sobre un sacerdote viejo, que a duras penas pudo hacerse a un lado y librarse del inminente atropello.

—Bueno, aguarde... Yo le dicto y usted escribe... "Ayer, en la plaza de Palacio ocurrió un hecho del que fue protagonista un sacerdote, y que indignó a cuantos lo presenciaron. Pasaba por allí un cura..." Ese capellán ¿era gordo o flaco?

—Hombre..., así, así, ni gordo ni flaco.

—Pues escriba: "...un cura gordinflón, de esos que no dan muestra de preocuparse de tanto infeliz que no tiene qué comer. En esto el cochero le avisó que se apartase..."

—¡Eh, eh, no es eso! El cochero no le dio aviso ninguno, iba a escape y el vehículo se echó sobre el sacerdote.

—¡Estábamos frescos si dijésemos las cosas según ellas son! Escriba: "...pero el cura, lejos de hacer caso, le dirigió una mirada soberbia y desdeñosa, y se negó a moverse, corriendo, como es natural, grave peligro de ser atropellado." ¿Qué más ha pasado?

—El pobre capellán dijo al cochero: "Buen hombre, podía haber tenido un poco de cuidado". Pero el automedonte, que era un bestia, comenzó a renegar, insultando al sacerdote, llamándole gandul, ladrón y otros calificativos más duros todavía, promoviendo un guirigay espantoso, tanto, que unos caballeros que acertaron a pasar por aquel lugar apostrofaron al cochero, amenazándole con ponerlo maduro a bastonazos. Entonces el cochero ahuecó el ala.

—Bueno, escriba usted: "Entonces, el cura, con ademán furioso y voces descompuestas, la emprendió contra el cochero, dirigiéndole frases insultantes y usando un lenguaje impropio de un ministro del Señor. El cochero dio sus excusas con gran prudencia, pero viendo que aquel energúmeno eclesiástico no cesaba en su alboroto, optó por retirarse. Un caballero que presenció la escena censuró duramente el proceder del cura, adhiriéndose a sus censuras todo el público circunstante. Creemos que es hora ya de que el pueblo liberal despierte de su bochornoso letargo y vea la actitud que le conviene tomar en vista de la creciente audacia de la gente de sotana". ¿Qué le parece de este suelto, Rodríguez?

—Francamente, lo encuentro de una habilidad bestial... Quiero decir fenomenal.

—Así hay que redactar todas las gacetillas que se refieran a los curas.

—¡Claro que sí! Ya lo sabía yo...

R. P.

Bibliografía

«María al corazón de los niños» Devocionario catequístico por Fr. Buenaventura Botella, O. F. M.— Pego, 1933. Imp. F. Cuquerella.

En los tiempos de indiferentismo religioso que atravesamos, cuando por todas partes tropezamos con padres de familia que se toman mucho interés por la instrucción profana de sus hijos, que se cuidan mucho de que estos hijos sepan leer y escribir, salgan buenos comerciantes, médicos, abogados, etc., pero que no hacen nada para que esos hijos sepan la ciencia de la Religión, sean buenos católicos y tengan buenos principios religiosos, que son los únicos que, según la experiencia, contienen el desbordamiento de las pasiones, nos libran de los vicios y hacen respetar la justicia y la caridad produciendo esa cosecha de ideas sanas, de buenas costumbres y de afectos honrados que lleva a los pueblos la prosperidad y la dicha, era una necesidad sentida la falta de un devocionario catequístico que a la vez que recordara al niño las verdades de nuestra santa fe, presentándole un compendio o síntesis de las mismas, fuera un manual completo de prácticas de piedad.

A llenar este vacío que se notaba en los libros de piedad viene esta obrita del fecundo y celosísimo franciscano P. Buenaventura Botella, pudiendo decir con satisfacción que ha conseguido con creces el fin que se proponía.

La obrita que ofrecemos al público forma un elegante tomo de 255 páginas encuadernado en tela y se vende en Pego en casa del editor F. Cuquerella y en las principales librerías de Valencia.

«El Sacrificio de Jesús» Por el P. Luis Colomer, O. F. M, Precio 6 pesetas. Un Tomo de 398 páginas en octavo. Casa Fenollera.

Acaba de salir y es obra ya de palpitante actualidad por la oportunidad y conveniencia de su publicación.
El anhelo de la generación presente, agitada por las corrientes de sensualismo y por las procacidades de la impiedad, es volver los ojos a Cristo, en quien está la salvación para regenerarse de nuevo con las doctrinas del divino Crucificado; para conseguirlo nada más oportuno que conocer la personalidad divina de Jesús, abarcando todos los extremos de su obra grandiosa de redención y su vida toda de sacrificio.

Toda la vida de Jesús está admirablemente sintetizada en el sacrificio, por esto no podía caberle otro nombre más adecuado a la meritisima obra del P. Colomer que El Sacrificio de Jesús, porque este nombre abarca y sintetiza toda la grandiosidad, toda la profunda Teología y toda la sublimidad de los misterios divinos, tratados con maestría y profundo saber en esta obra.

Dividida la obra en cuatro partes hace un estudio profundo y al mismo tiempo asequible por su fácil comprensión de todas las relaciones de Jesús, primeramente respecto del plan divino y con respecto a la creación; en segundo lugar habla del Sacrificio de Jesús en sí mismo con todas las realidades del amor divino en la cruz; sigue a esto la enumeración de los sublimes efectos producidos por la obra de Jesús y termina presentando tan divino sacrificio como ley suprema de santificación y adaptación a todos los sectores de la vida humana.

La obra de El Sacrificio de Jesús debe ser leída con detención por todos aquellos que anhelan volver al camino de la vida y saciarse con las dulzuras del divino amor. Es preciso conocer a Jesús para amarle, y para conocerle basta leer con detención esta obra tan bien trazada, en la que no falta ningún detalle de la sublime y profunda Teología del Verbo de Dios.