Índice del número 154

Noviembre de 1933. Año 14. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm

La caída de las hojas

¡También la vida tiene su otoño!

Siento un escalofrío como el trémulo sutil que corre por el ramaje del árbol en el comienzo del otoño, temblor insano que seca la savia y acaba por atrofiar el pedúnculo de las hojas, sin más remedio que caerse amarillentas y escuálidas para rodar y extinguirse en un lodazal o en un rincón de los más alejados que tiene el olvido; así fenecen las bellas hojas como se disipa la nube que, orlada de carmín y de púrpura, llegó a halagar y a deleitar a los hombres en algún delicioso amanecer; como se extingue en el jardín un ligero soplo de las auras matinales; como se hiela y se deshace en el ambiente el suspiro de un alma enamorada. Así como caen las hojas por el impulso frío del cierzo inclemente, así se tronchan y caen las ilusiones por el rudo golpe de la desgracia o por el sutil y secreto martirio de un desengaño que roe el alma, o por la alevosía de un desamor que quebranta y atrofia las fibras más delicadas de un corazón.

¡El otoño! ¿Y qué es el otoño sino un sepulcro insaciable, donde vienen a fenecer y acabarse todas las gracias más puras, todos los encantos y todas las bellezas de la madre naturaleza? ¿Qué se hicieron aquellos lindos claveles y aquellas encendidas rosas, que eran orgullo de los jardines? ¿Dónde están las bellas flores que esmaltaban la pradera y el verdor de los arbustos, y el esmalte y los matices de las florestas y los vigores del seto? Todo lo ha marchitado el otoño con sus ráfagas matinales de nieblas congeladas por el frío relente de la noche serena, que, empujadas por el cierzo, llevan por doquiera presagios tristes de muerte y desolación.

Árboles melancólicos, semidesnudos, como mendigos de raída capa y con ropa de andrajos de color de bronce, mostrando sus miembros escuálidos y secos, suelo desnudo con remolinos de hojarasca, que el viento lleva sin tino, como despojos de una vida efímera, que ya es pasto de la muerte, bajo un cielo cobrizo que ya no alegran los trinos del ruiseñor ni las algarabías de las juguetonas aves; sólo se perciben lamentos monótonos del aire, que recoge el último secreto de las hojas, las que al frío estremecimiento del árbol, agitado por el cierzo, caen rodando lánguidamente con gemidos lastimeros, que, unidos en triste armonía, forman un cantar de endecha fúnebre que, al dejar la vida, entonan las hojas caídas a la muerte que se presta a recibirlas en su seno. Canción doliente, musitada con sollozos, que es el eco, tal vez, de un corazón inconsolable por el tiempo feliz que ya pasó, como fenecieron los cantos y perfumes del abril lejano, que pasó y no volverá.

¡Paisaje de otoño, paisaje de nostalgia, de tristeza, de frialdad y de muerte!

No en vano el chillido del azor, el chupar de la lechuza, el piar agorero del mochuelo, el graznido de la corneja y el rechinar del esquivo búho, suplantan la inquieta algarada de los gárrulos gorriones cuando las nocturnas sombras de los días otoñales invaden las tupidas ramas del fúnebre ciprés, que se alza con místico mutismo del solar de los claustros monacales y de los linderos de las austeras avenidas del cementerio. Es que el otoño lleva en su seno los vestigios de la muerte y la va entronizando por donde marca su paso, en los ámbitos de la naturaleza y en todos los corazones; porque también la vida del corazón tiene sus días otoñales y sus anhelos, sus esperanzas, sus ilusiones van cayendo con la languidez de la hojas muertas al seno del olvido, de la decepción, del desengaño, que es como decir: al seno de la muerte.

Por eso en la plenitud del otoño poblar. las campanas a muerto .y su tañido bronco, seco, profundo, entroniza la muerte en todos los muros, en todas las iglesias, en todos los altares, en todas las casas, como está entronizado su dominio en todos los corazones. Por eso la Iglesia ha confiado al otoño la conmemoración de todos los fieles difuntos.

Por una vez siquiera en la vida, o mejor dicho, en el año, la razón humana, ante el ambiente misterioso del otoño, cierra sus ojos y tapa sus oídos al mundo exterior y entra el hombre dentro de sí mismo para investigar el camino de la vida futura; y a los débiles rayos de la antorcha temblorosa de su luz, percibe un abismo, y a sus bordes, como otras tantas puertas de diversos senderos a seguir, se muestran la nada, la oscuridad, el silencio, el tiempo, la eternidad, lo infinito; son otros tantos centinelas que al llegar la razón humana la detienen, quedando sumida en tinieblas, porque su luz se apaga al llegar a estos límites, como una antorcha que se sumerge en el agua. La nada entonces nos cierra el paso, la oscuridad nos oprime, el silencio nos aturde, el tiempo nos empuja, la eternidad nos sostiene y lo infinito nos abruma.

Una luz brilla entonces para las almas que reconocen a Dios; la luz desciende de lo alto: es la antorcha de la fe.

La fe nos alumbra, y guiada por luz, penetra la razón humana por las puertas de la eternidad y se explaya en sus diversas y múltiples mansiones. Ve otra vida que es el complemento de sus aspiraciones y se convence de que el alma es inmortal.

La muerte es el tránsito de una vida a la otra, y más allá del sepulcro toaos somos iguales; todas las almas penetran por la misma puerta a posar sobre la balanza de la justicia de Dios, Dios no tiene aceptación de personas. Delante de una sepultura es preciso que el cadáver se despoje de todos los atavíos de la vida; por eso a la puerta del sepulcro dejamos el nombre, los títulos y los honores con que hemos hecho el viaje de la vida, lodo lo más que puede hacerse es dejarlo escrito en la lápida que cierra el nicho, como lo vemos en todos los cementerios con letras de oro esculpidas en un pedazo de mármol. Es el último recurso que queda a la vanidad humana; es un poco de espuma que hierve un instante y se disipa, cuando la humanidad a oleadas viene a estrellarse contra los mármoles de los sepulcros. Dios le ha dicho, como dijo al Océano: "De aquí no pasarás"; y en vano confía la soberbia humana a los mármoles la memoria de su nombre. El olvido llega también a posarse sobre las losas de las sepulturas; sólo hay una voz que rasga su profundo velo: es el triste son de las campanas que doblan en el día de difuntos; es la voz de la oración, de la plegaria que penetra hasta el cielo y llega al seno de Dios, donde las almas viven eternamente.

Fr. Manuel Balaguer, ofm.

Juan Duns Escoto

El Caballero de Lourdes

El Venerable Juan Duns Escoto

En este año jubilar, en que la Iglesia Católica celebra el XIX centenario de la Redención del género humano y el LXXV aniversario de la Aparición de la Santísima Virgen a la pastorcilla de Lourdes, el pensamiento se transporta deferente y enternecido hacia un hijo de Francisco de Asís, humilde y grande, que fue el primero en sostener y defender la Concepción Inmaculada de la Madre del Salvador.

Son numerosos, ¡ay!, los que ignoran quién fue este gran religioso, que por la profundidad de su doctrina mereció el título de Doctor Sutil y que, después de seis siglos, en la Orden Franciscana, en la diócesis de Nola y de Caserta y en otros lugares, goza los honores del culto a fuer de Bienaventurado. Este culto no ha sido todavía reconocido por Roma, por causas que parecían hasta ayer insuperables, pero que hoy, después de la gran declaración hecha por la misma Virgen a la hija de los Soubirous, no tienen más razón de existir. Nosotros nos guardamos bien de discutir o censurar las prudentes decisiones de la Iglesia Católica, de la cual protestamos ser hijos devotos y obedientes, pero con la más grande humildad, nos permitimos atraer su benévola mirada sobre uno de sus más afectuosos y más dignos hijos, para que el culto del Bienaventurado Juan Duns Escoto, sea pronto reconocido y que este grande y humilde franciscano, denominado también el Teólogo de la Inmaculada, pueda obtener, en un día no lejano, la gloria de los Santos.

El deseo de los buenos sería ver este valeroso defensor de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios, canonizado al mismo tiempo que la Beata Bernardetta. ¡Esperanza dulcísima y en extremo significativa, que uniría, a la gloria de la Inmaculada, su sierva de predilección y su grande y humilde caballero! Deseo justo y santo, que logrará conseguir de la Divina; Providencia, la fervorosa y sincera súplica a la Santísima Virgen de la Gruta de Massabielle. Por este motivo, con toda humildad, queremos hacernos promotores de una causa, que será ciertamente comprendida por todos los buenos y particularmente de los que tendrán el insigne favor de visitar en este año, mil y mil veces dichoso y deseado, a la ciudad de las glorias de la Inmaculada.

A ellos y especialmente a nuestros amados enfermos, pedimos una plegaria a la Virgen para el reconocimiento del culto del Bienaventurado Juan Duns Escoto. Él no se engañó defendiendo la santidad de la Madre del Salvador y él supo, sin hacer caso alguno de las calumnias, de las acusaciones y de los escarnios, insistir hasta el último momento de su vida mortal, sobre su grande convicción.
Seis siglos después —hace ya de esto seiscientos quince años, como todos sabemos— la misma Virgen, en un resplandor de su gloria soberana, confirmaba la verdad de las afirmaciones de su poderoso defensor.

El Bienaventurado Juan Duns Escoto nació en Maxton, en Escocia; de carácter excelente y muy inteligente, quiso inscribirse, muy joven todavía, en la Orden Franciscana en la cual debía de ser una de las más radiantes glorias. Su buena voluntad y su humildad, altamente ejemplares, le hicieron querido de sus Superiores y de todos sus hermanos. Profesor en la Universidad de Oxford, en Colonia y en París, fue considerado universalmente como uno de los más grandes maestros y doctores de su tiempo. Pero lo que más ha atraído hacia él la atención y la consideración, fue su vida ejemplar y su profundo amor a la Virgen Inmaculada. Por esto estaría bien que juntamente con la confirmación del culto por nuestra madre la Santa Iglesia, sea concedido al Bienaventurado Escoto el título de caballero de Lourdes, porque él puede ser muy bien considerado como su precursor. Nuestra imaginación se lo representa arrodillado con la Beata Bernardetta Soubirous, ante la blanca aparición de la Reina del Cielo, las manos juntas, en tanto que la Santísima Virgen, en la oquedad de la Gruta, ennegrecida por millares y millares de cirios
y en medio del esplendor de la divina luz, se digna sonreírle bondadosamente, como Ella lo ha hecho por la buena y simple Pastorcilla.

Así se lo representa nuestra imaginación, y de este modo, con toda la sinceridad de nuestro corazón, pedimos de nuevo a todos los peregrinos, a todos los enfermos y a todos los fieles se unan en la súplica a la Santísima Virgen, medianera de todas las gracias, para acelerar el reconocimiento del culto del Bienaventurado Juan Duns Escoto, lo cual es una gracia muy grande para la Iglesia Católica y para la gloria y el honor de la Orden del Mendigo de Asís. No estaría fuera de propósito que cualquier persona piadosa se haga promotora de peticiones y de adhesiones en favor de la glorificación del caballero de Lourdes.

Mario Carmelindo Justi

Traducido por Fr. Carmelo Jordá, ofm

La Iglesia y la Familia

El espíritu de la Iglesia en el hogar

Un ejemplo sublime

Fui huésped algún tiempo de aquella casa cristiana. Era una familia numerosa y me llamaba la atención sobremanera la paz y la alegría de aquel hogar. Las relaciones de los esposos y de los padres e hijos, eran admirables. Parecía una familia trasplantada del cielo y como la Sagrada Familia de Nazaret.

¡Qué bien se estaba allí! Me parecía respirar toda la suavidad y hartura de un verso colmado de mieses maduras, las delicias de un paraje de quietud, perfumado de aromas, de un oasis surcado de aguas puras y envuelto en frescuras de sombra. Se dilataba el alma como impregnada de un bálsamo celestial...

Era el amanecer del día de la Inmaculada. Un silencio profundo invitaba a continuar al descanso cuando, de repente, aquella casa se llenó de cánticos y de alegría, como una fronda, al despuntar la aurora, se llena de trinos y de luz...

¡Cantaban todos!... Las voces argentinas de los niños, las voces blancas de las señoras y de las doncellas, las graves del cabeza de familia y de los criados, formaban un concierto maravilloso. Yo estaba emocionado. Presté atención y aprecié el himno precioso que se oía:

Del cielo ha bajado
la Madre de Dios.
Cantemos el "Ave"
a su Concepción.
¡Ave, Ave, Ave María!
¡Ave, Ave, Ave María!

No pude permanecer más en el lecho. Una unción sublime me levantaba y como si me obligara a postrarme de hinojos ante un cuadro de la Inmaculada. ¡Nunca recé con más devoción la salutación angélica!...

Cuando salí de mi cuarto, a todos los encontré alegres, todos se disponían gozosos a cumplir sus deberes. Ya no me extrañaba la ejemplaridad de aquella familia numerosa. Yo, yo mismo sentía alas para el bien.

La Iglesia tiene su asilo en el hogar

No abandona la golondrina su nido amado. Es inútil que las tempestades y los aquilones intenten torcer su rumbo. Ella sabe dónde va.

El nido de la Iglesia fue el hogar; ella sabía las tempestades que tenía que cruzar y, por eso, escogió refugio tan seguro. Sólo cuando destrocen ese nido, pudiera ella sufrir quebranto. Pero no, esto no sucederá nunca, porque sabe que Dios le ha hecho por fuera de bronce y granito y por dentro de oro.
Desde el principio del mundo ha tronado en torno de la Iglesia, que es tan antigua como el hombre, ha rugido, decimos, la tempestad, pero la Iglesia y la familia siempre encontrarán su arca donde salvarse .
La tempestad sigue rugiendo en torno de la Iglesia; una vez es en esta latitud, otra en la de más allá. Una vez será en Rusia, y otra en Méjico; pero en el peligro, la Iglesia abraza al hogar, como las ramas frondosas de un árbol corpulento, ante la faz del huracán; volverá a levantar su copa gloriosa hasta los cielos.

Y hoy vuelve a ser en esas naciones la casa templo, y el templo volverá a ser basílica, y la basílica volverá a ser hogar, continuando esta lucha la Iglesia» hasta que, en la consumación de los siglos, la construya Dios con piedras cuadradas de jaspe y esmeralda de dichas y alegrías inconmovibles y eternas.

La Iglesia y la familia moderna.

El modernismo, que tolera a duras penas la relación del individuo e Iglesia, va borrando poco a poco la de familia e Iglesia.

He aquí la táctica. Nada en el hogar que recuerde la Iglesia, ni cuadros, ni efigies, ni prácticas, ni plegaria en común; hacer el vacío religioso en torno del hogar, y pronto la religión desaparecerá aún de los individuos. En el templo se vive poco tiempo; donde transcurre la vida es en casa; si en el hogar no se habla de religión, el individuo será indiferente y, andando el tiempo, será descreído.

Siempre la Iglesia y la familia.

Es un deber de las familias visitar sus parroquias, su iglesia; pero no debe faltar la Iglesia en el hogar. ¿Cómo podría faltar donde es tan necesaria? Allí donde la vida de los fieles es más intensa, donde crecen los niños y se preparan las juventudes para entrar en el mundo. Donde surgen tan graves problemas de conciencia, de espiritualidad; donde atraviesan las almas crisis tan delicadas y decisivas; donde se perfeccionan los vínculos sagrados; donde se alientan las más graves decisiones; donde se fragua el porvenir temporal y eterno de los individuos. ¿Podía faltar la Iglesia? Imposible...

Por tanto, siga el hogar siendo templo, siga sintiendo con la Iglesia y vibrando al unísono de ésta. El año litúrgico vuelva a hallar eco en el recinto del hogar, con recuerdos tristes y alegres, acompañados con himnos de júbilo o de lamento, de .cántico, de preces, que sostengan el espíritu y lo levanten de la materia impura de este mundo.

Volvamos a las tradiciones piadosas del hogar, que derramaron sobre el bálsamo de la paz y de las puras alegrías, que forjaron a las almas de temple; los héroes y los santos.

Prudencio Ramos
Consiliario de la Asociación de León.

Un misionero de cinco años

Un Sacerdote que había predicado una Misión vio entrar en el templo a dos niños: el uno de cuatro a cinco años y el otro de diez. El pequeño conducía al mayor hacia el altar, y una vez llegados cerca de él le ensañaba el Tabernáculo y le daba explicaciones, arrodillándose ambos después.

Intrigado el Sacerdote preguntó al pequeño:

—¿Qué estabas haciendo hace un momento a tu compañero?

—Yo he asistido a la Misión y el Padre nos ha dicho que todos podemos ser Misioneros y, como éste, aunque mayor, no sabe nada, ni siquiera donde está Dios, le he traído aquí, y le estaba explicando que Dios por amor a nosotros se había hecho pequeño y vivía en esa casita dorada.

¡Qué rasgo tan sublime y tierno en su misma sencillez!

Filosofía del trabajo

La índole de la naturaleza humana, con su dualidad de elementos, cuerpo y alma, nos explica la esencia del trabajo, sus propiedades y sus derivaciones.

La Filosofía por una parte y la Psicología por otra, demuestran que viven en nosotros dos fuerzas irreductibles entre sí, llamadas material o física y espiritual o anímica.

En su empleo, aplicación o ejercicio depende, hasta cierto punto, del imperio de la voluntad, alumbrada por la inteligencia. La fatalidad o el determinismo tienen cabida en el hombre; se verifican en él actos necesarios; pero tiene también su radio de acción el libre albedrío, móvil de sí mismo e impulsor consciente de las fuerzas físicas y espirituales. Hay, pues, en nosotros, dos energías específicamente diversas: una que produce actos fatales, necesarios, y otra, actos libres. Estos actúan ilustrados o dirigidos por la luz de la razón.

De donde resulta que voluntad, inteligencia y energía son tres elementos que necesariamente existen en el hombre, dada su índole material y espiritual.

El ejercicio de estas tres potencias origina tres especies de actos distintos, según predomine uno u otro de los tres elementos, o bien obre solamente uno de ellos.

Habrán, por consiguiente, actos de carácter material y actos de carácter espiritual, actos del cuerpo y actos del alma, actos de las manos y de la fantasía, y actos de la mente y de la voluntad.

Y lo curioso es que todos estos actos, cuando se ejecutan racionalmente y no por determinismo fisiológico, siempre, llevados a razón, producen algo: la mente halla o produce la verdad, valiéndose de instrumentos de trabajo, de las ideas, de los juicios, de los razonamientos, de los axiomas, de la experiencia, de la sensibilidad, etc.

La voluntad, obrando, trabajando, produce el amor y la libertad, el acto libre, tesoro de valor inapreciable.

La fantasía o imaginación produce formas de varia calidad, las reproduce y refleja, de donde sacan sus modelos las Bellas Artes. Los pies caminan, las manos transforman, los ojos ayudan, los oídos oyen y todo el cuerpo se interesa e interviene en las obras a su manera, que verificadas inteligentemente, no dejan de tener en todo caso alguna utilidad más o menos remota, alguna derivación benéfica.

Diremos, pues, que la actividad humana en ejercicio, cuando es consciente y racional, produce algo que es el fruto de la operación, del trabajo. Este fruto del trabajo, o bien de la actividad, siempre tiene algún aspecto útil, si juiciosamente se le examina. Porque es útil la verdad, obra del trabajo de la inteligencia; e., útil el amor, obra del trabajo de la voluntad; es útil la creación de imágenes por la fantasía y su reproducción, porque recrean, se aprovechan de las mismas los artistas y nos ayudan en muchos menesteres de la vida; es útil la obra de nuestras manos, el cambio de lugar hecho a costa de nuestros pies, y trabajan los ojos facilitando las obras de los pies y de las manos, y los oídos escuchando la voz que instruye y abriéndose para dar paso a los divinos acordes de la música, que de otra manera no serían percibidos por el alma.

Luego diremos también, en conclusión, que hay tres géneros supremos de trabajo: trabajo de la mente o intelectual; trabajo de la voluntad o de afecto, y trabajo corporal o material, con sus múltiples variedades.

El trabajo del espíritu, además, excede en tanto al trabajo del cuerpo, que, mientras puede hallarse para éste una retribución justa o proporcionada, nunca se hallará para el otro. "A la verdad, escribe san Buenaventura, Doctor Seráfico, el trabajo manual se recompensa condignamente; pero en cambio, el trabajo espiritual jamás recibe digna compensación." [Expositio Regulae, cap 5, núm 2. Opera omnia]

Saquemos, pues, en consecuencia, que trabajo es toda actividad humana actuando o empleándose en la producción, transformación o adquisición de algo útil o bueno en cualquier espacio u orden de la vida, material o espiritual, individual o social.

De aquí se seguirá inevitablemente, que el trabajo debiera ser humano, y, por tanto, inteligente y libre; que, para su mejor rendimiento, deberá ser asociado y reglamentado para que el desorden no disminuya su rendimiento; unido al capital, para que, completándose mutuamente, uno y otro convivan y surtan más fecundos y espléndidos resultados; protegido por la ley, para su garantía, para su disfrute libre, para evitar que los holgazanes, los salteadores de la propiedad y los zánganos de la colmena humana, vivan a costa del trabajo y de los sudores ajenos.

Son, finalmente, derivaciones del trabajo, la dignidad del mismo, por ser obra del hombre guiada por la inteligencia, imperada por la voluntad y ejecutada por las fuerzas corporales; y su universalidad, porque es un crimen de lesa naturaleza la acidia o pereza que impide la expansión de las energías humanas, haciéndolas improductivas.

Todos consumen, y todos están obligados a producir, cada uno de conformidad con sus posibilidades: el niño consume, y produce desarrollo en su organismo y acumula conocimientos para trabajar en el porvenir; consume el adulto, y produce con su trabajo; consume el hombre sabio, y con fatiga trabajosa aumenta el caudal de conocimientos y el número de las invenciones; consume el sacerdote, el religioso, la religiosa, y producen buen olor de vida, ejemplos de virtud y sacrificios no pequeños, son los maestros de la Religión y de la Moral, ciencias no sólo útiles, sino indispensables a la sociedad, al orden político y al progreso; consumen los enfermos e imposibilitados y producen frutos de maravillosa paciencia y resignación, conformándose con los juicios secretos del Altísimo, inescrutables a los hijos de los hombres.

Todos, pues, consumen, todos trabajan y todos producen; sólo el pigre y el inmoral quedan excluidos de la progenie dichosa de los trabajadores: el perezoso, por improductivo; el inmoral, por corruptor. Tanto el uno como el otro merecen el más rudo anatema del género humano, porque no pasan del aire, viviendo, por consiguiente del cansancio, del sufrimiento y de los ahorros del prójimo atribulado y empobrecido.

Contra ellos alzó su voz robusta el Apóstol San Pablo, cuando dijo: "Quien no trabaje, que no coma"; contra ellos, y no contra los que antes hemos enumerado con elogio, como injustamente y sin rubor lo hacen los socialistas y comunistas, para quienes sólo existe un trabajo, el mecánico o material, el único que no puede existir sin que le preceda, le impulse y le dirija el trabajo de la inteligencia, garantizado por la moralidad.

¿Por qué no piensan en esto los obreros que se han adueñado injustamente de la palabra trabajo, haciendo de ella su ídolo, su principio, su fin y la meta de sus aspiraciones? Y lo peor del caso es que han errado la elección, quedándose con el peor de los trabajos, con el trabajo propio de los esclavos, de las bestias de carga y de las máquinas, despreciando, echando en olvido o desconociendo el trabajo mental, el afectivo y el de la fantasía, que son los trabajos propios del hombre libre, que le colocan a infinita distancia de los brutos y de los artefactos productores.

Despreciando el espíritu, ha caído el hombre en la materia, sin pensar que apesga y vale para poco, mientras que el espíritu es útil para lodo. De esta manera se cumple en la persona de los obreros aquella sentencia tan inquietante: "El hombre ha sido comparado a los jumentos, y se ha hecho a ellos semejante."

No debiera rebajarse el obrero a la calidad y condición de los jumentos, sino remontarse a la categoría de los ángeles, acordándose que es hijo de Dios y hermano de Jesucristo, y que, por consiguiente, para cosas más levantadas y superiores ha nacido.

Fr. Juan Bta. Gomis, ofm

Un monarca, un fraile y un presidiario

Hará cosa de cincuenta años que murió en Italia y en olor de santidad el Padre Luis o Ludovico de Casoria, religioso de la seráfica Orden de San Francisco.

Partió un día a mediados del pasado siglo, al África, en busca de niños negros, a los cuales luego educaba para convertirlos en sacerdotes y apóstoles de los mismos negros africanos. Antes de aquel viaje apostólico fue el Padre Luis al palacio de su grande amigo el rey de Nápoles Fernando II, y ambos se despidieron hasta el retorno del misionero a Italia.

Partió, pues, el santo Religioso y llegó a Alejandría; y aconteció que en el muelle de esta ciudad topó de manos a boca con el napolitano Danieli, revolucionario furibundo que allí estaba cumpliendo la pena de destierro perpetuo.

Se encaró Danieli con el Padre Ludovico, a quien conocía muy bien, y lleno de ira y rezumando rabia y sarcasmo le pegó al humilde religioso una gran bofetada, diciendo así:

—Anda y lleva este recuerdo de mi parte a tu amo o amigote el rey de copas.

El Padre Ludovico siguió su camino serena y tranquilamente, como si nada hubiera oído y como si tal cosa hubiera pasado.

Permaneció en África ocho meses; logró juntar su amadísima tropa de negritos; se embarcó en Alejandría; entró con ellos en Nápoles, y con todos ellos entró también luego en el palacio del rey Fernando, en donde el monarca y toda su familia real ya estaban esperando con alegría al Misionero apostólico.

Se adelantó el rey a recibirle con los brazos abiertos, pero el santo Religioso se puso de rodillas y dijo estas palabras:

—Señor: antes de nada deme licencia para pedir una gracia que entiendo que es la mayor que se me puede otorgar en este mundo.

—Padre mío —dijo el rey amorosamente—, pedidme lo que queráis, que ya sabéis cuán grande es el cariño con que aquí os amamos. ¿Qué gracia os he negado yo nunca? ¿Pero qué linaje de gracia será esa, cuya petición tanto os turba? No parece sino que vais a pedirme la mitad de mi reino.

—Es más grande todavía que todo eso —contestó lleno de confusión el Religioso—. La gracia que vengo a pediros, señor, es que levantéis el destierro a Danieli, desterrado de Nápoles hace ya varios años en Egipto.

—¿A Danieli? Pero ¿no sabéis que fue condenado a presidio y, que, no obstante haberle conmutado esta pena por la más llevadera de destierro, todavía persevera en conspirar contra mí? Pero en fin, sea como deseáis: queda perdonado. Solamente quiero saber cómo diablos os habéis convertido, siendo quien sois, en abogado defensor de una causa tan mala.

El Padre Ludovico no acertaba a salir del atolladero; porque ¿cómo iba a decirle al rey lo del bofetón y, sobre todo, lo del grosero desacato real que en las palabras de marras se encerraba?

—Señor—dijo por fin el Padre—, no os lo puedo revelar; pero baste a la clemencia de vuestra majestad saber que he recibido de Danieli un beneficio grande, grande, muy grande, grandísimo.

El rey adivinó que en todo esto se encerraba alguna virtud heroica de aquel Santo que se hallaba en su presencia, y ya no le preguntó más. Pero mandó que oficialmente notificasen a Danieli el indulto, con el bien entendido de que le había sido otorgado a petición del Padre Ludovico; mas también ordenó el rey que cuando Danieli volviese del destierro fuese traído a la presencia del monarca para que el propio Danieli revelase lo que tanto ocultaba el santo Religioso.

Compareció, pues, ante el rey el presidiario, que agradecido, arrepentido ya y humilde, se postró de rodillas y no ocultó al monarca ni una mínima cosa de todo lo que entre el propio Danieli y el Padre Ludovico había pasado. Y aconteció que al rey le hizo mucha más mella que el desacato de Danieli la virtud heroica del Santo Religioso.

—Danieli —dijo Fernando II—, todo queda desde hoy perdonado, porque ese Santo me está enseñando mi deber. El y yo hemos sido muy injuriados por ti; él y yo (su heroica virtud me lo está diciendo a voces) debemos perdonar como cristianos. Él te ha logrado el indulto; por él te se ha levantado el destierro; razón será que yo te perdone y que de mí recibas una pensión diaria que desde hoy cobrarás en la mayordomía de mi palacio.

Cuando Danieli salió del palacio corrió presuroso en busca del Padre Ludovico y se arrojó a sus pies y los cubrió de besos, y los regó con sus lágrimas. El Santo le levantó del suelo, le dijo palabras muy dulces, le estrechó amorosamente contra su corazón, y puede decirse que en ese corazón magnánimo quedó ya para siempre como encerrado y cautivo el revolucionario Danieli.

El cual, renunciando al mundo, quiso profesar en la Orden de San Francisco, y profesó, en efecto, en el convento napolitano de Parma, en donde era guardián el Padre Luis, a cuya sombra, siempre amorosa y benéfica, vivió Danieli penitente hasta que, por fin, murió como mueren los predestinados.

El Misionero, el rey y el presidiario, todos tres fueron grandes; el Misionero por su santidad, el rey por su clemencia, el presidiario por su santo arrepentimiento.

¿Qué grandeza y hermosura serán la hermosura y la grandeza del Señor cuando tan grandes son y tan hermosos sus destellos, sus reflejos o sus vislumbres en las pobres criaturas?

Chafarote

Rusia

Recluta de maestros comunistas

Pero en este respecto, el medio más eficaz empleado por el Komitern fuera de Rusia es la "Internacional de la Enseñanza", que radica en París, formada por más de 75.000 maestros de primera y segunda enseñanza de diversos países. Órgano suyo es la Internacional de los trabajadores de la Enseñanza, periódico que sale en tres idiomas, pregona la lucha de clases y la guerra contra la religión, y sirve de lazo de unión de todas las organizaciones proletarias.

De tiempo en tiempo se reúnen Congresos infantiles. Del 20 al 30 de Septiembre de 1925 se reunió el primero en Moscú, y a él acudieron maestros y niños de once nacionalidades. Allí se acordó centralizar todos los grupos infantiles a base de células escolares, mejorar la prensa propia y colocar los maestros bajo la inspección del Gobierno de Moscú.

Del 15 al 22 de Mayo se tuvo la "Semana Internacional de la Infancia". He aquí parte del manifiesto que los periódicos comunistas de todo el mundo reprodujeron:

"Durante esta semana todos los hijos de los obreros deben reflexionar acerca de su vida y de la de sus hermanos en el extranjero. Los hijos de los propietarios de Inglaterra han pasado privaciones inauditas durante la huelga minera de 1926; los niños de Alemania han sentido dolorosamente los efectos de la racionalización capitalista y del paro forzoso, y los de Francia, Checoslovaquia y Polonia se ven obligados desde su más tierna edad a prepararse para ser soldados y defender la fortuna de los capitalistas.

Solamente en un país, en la Rusia proletaria, la situación de los niños obreros mejora de día en día: se inauguran nuevas escuelas y hospitales y se crean clubs para niños, se instalan casas-cunas y jardines para la infancia y se multiplican los cinematógrafos, teatros infantiles y talleres de aprendizaje... Jóvenes compañeros de todos los países: debéis hacer la propaganda en las escuelas, en las calles, entre la familia y en las organizaciones infantiles, contra la guerra de pillastre..."

Lo que hay de verdad en tanta ventura lo veremos más adelante. ¡Así se engaña a los niños y al mundo!

La glorificación del Venerable Escoto

¿Quién hay, insigne maestro
de la Escuela Franciscana,
que tu gloria soberana
pretenda altivo emular?

1u sutil y claro ingenio
no ha tenido semejante,
y quizás en adelante
no se pueda igual hallar.

Como el Águila de Patmos,
hasta el cielo te levantas
y a la Madre excelsa cantas
en fantástica visión.

En su Concepción gloriosa
la proclamas sin mancilla,
y en su frente por ti brilla
tan espléndido florón.

A la Reina de los cielos,
con amor tierno y profundo,
hoy proclama todo el mundo
pura y limpia de ti en pos.

Pura, limpia e Inmaculada,
desde lo alto de su trono
la proclama Pío Nono
y con Ella triunfáis vos.

¿Triunfáis vos? ¡Oh!, la calumnia
en ti, Escoto, se ha cebado,
y el instante aun no ha llegado
de encumbrarte en el altar.

Mas ha de llegar, yo espero,
y triunfar es tu destino;
ya a la Virgen me imagino
que te viene a coronar.

Fervorosa es la plegaria
que por ello a las alturas
elevan las almas puras
con fe viva y con tesón.

Quien glorifica a la Virgen
es de Ella glorificado.
¿Alguien te habrá superado
en tal glorificación?

Es, pues, justo, dulce Madre,
ya que tan honrada has sido,
des a tu siervo querido
el ansiado galardón

que bien merecido el tiene
y siglos ha que esperamos;
por tu honor te lo rogamos,
escucha nuestra oración.

Bien sé que tu gran misterio
no tuvo mejor fortuna,
y esta gloria, cual ninguna,
combatida siglos fue;

mas con fulgores divinos
brilla al fin sobre tu frente;
con la de Duns se acreciente,
y más y más te amaré.

Fr. Luis Ángel Roig, ofm

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