El P. Antonio Llinás y Massanet
Ilustre Misionero del siglo XVII
Nació el venerable Padre Antonio Llinás en la religiosa villa de Artá, provincia de las Baleares y diócesis de Mallorca, el 17 de Enero del año 1635. Nos hallamos por lo tanto en el centenario tercero de su venida al mundo y queremos celebrarlo publicando en La Acción Antoniana un breve extracto de sus virtudes místicas más notables, después de la pequeña biografía histórica que hemos dado a luz en las Misiones Franciscanas, de Oñate.
I
Fue tan brillante la aureola de virtud y santidad que los pueblos de su época creyeron ver en torno la persona de este venerable Misionero franciscano de España y América, que de todas partes acudían a él las gentes devotas y le pedían toda suerte de gracias, con fe inquebrantable en su poderoso valimiento en la presencia de Dios.
De este modo, la fama de sus virtudes y merecimientos personales corría de boca en boca entre los fieles de toda edad, sexo y condición social, dentro del viejo y del nuevo mundo, donde era tenido por santo y aclamado en vida por un grande siervo de Dios.
Don Francisco Sanvicente, doctor y párroco de la iglesia de San Salvador, de Madrid, y el Padre Diego Bringas de Manzaneda, misionero apostólico del seminario de Querétaro y escritor público muy versado en las ciencias místicas, con otros muchos autores que han descrito esta fase histórica de su vida íntima, dicen que fue tan activo y eficaz el amor que en sus últimos años tuvo al Creador de todas las cosas, que acabó por quitarle la vida del cuerpo y arrebatarle el alma, llevándosela a la eterna gloria. Y por que no había quien así no lo creyese y confesase, todos lo buscaban con solicitud inaudita, todos lo rodeaban de honores y veneraban por santo, todos se encomendaban en sus oraciones, todos le confiaban los intereses de su alma y representaban sus trabajos y aflicciones. Con esto llegó a serle muy difícil viajar de incógnito por donde era conocido y evadir los entusiasmos populares por donde pasaba y los numerosos concursos de gentes devotas, necesitadas o agradecidas, en las casas donde se hospedaba y en los conventos de su ordinaria residencia.
En algunas ocasiones creció tanto la devoción y entusiasmo de los pueblos visitados por dicho padre y de aquellos otros por donde transitaba, que se llegó al extremo de dejarle en público mal vestido a fuerza de cortarle pedacitos del hábito que entonces llevaba puesto. Las gentes guardaban después estas reliquias con mucha veneración y aprecio, las llevaban encima, las besaban con frecuencia y aplicaban a sus enfermos, pidiendo a Dios que les remediase y sanase por su intervención.
Contribuía no poco a este género de veneración popular, verle y contemplarle frecuentemente arrobado en éxtasis con motivo de las continuas visiones y locuciones místico-sobrenaturales que padecía aún durante sus sermones, conferencias y pláticas piadosas dirigidas al público en las plazas o iglesias, y también en las conversaciones de carácter familiar, s¡en ellas se nombraba a Dios o se hacía mérito de sus divinos atributos, porque Dios era el objeto principal de su amor y de sus obras.
En una de estas conversaciones particulares, santas y edificantes, pudo verle y admirarle —dentro de su mismo palacio episcopal— el señor Arzobispo de Cerdeña, que sentía por él mucha devoción. Estaba entonces el padre Antonio levantado de la tierra cosa de seis palmos y con su espíritu enteramente transportado en su Dios y Salvador, a quien servía y amaba con todo el celo de su ardiente y apasionado corazón.
De este mismo fenómeno tan llamativo como singular fueron a su vez testigos oculares todos los individuos de la familia de ese elevado Príncipe de la Iglesia Católica, a quienes llamó previamente su E. R. con una señal de campana que en breves momentos los reunió a todos en la misma sala donde se hallaba entonces extasiado el Padre Antonio. Después de este éxtasis maravilloso y público, ordenó el señor Arzobispo a su Secretario de cámara que autenticase en debida forma aquel hecho sobrenatural para gloria del humilde y santo varón que tenía hospedado en su propia casa y era venerado de todos en ella.
Por muchos conceptos mereció el Padre Llinás que su divina Majestad le visitase con frecuencia en la oración contemplativa y que a menudo le confortase en ella y le regalase con los especiales favores místicos de que ahora venimos hablando. Citaremos sólo algunos en particular de entre los que nos ha conservado la historia de su portentosa vida para consuelo y edificación de los que aún le amamos y admiramos.
Era el año 1682 de Jesucristo nuestro Señor cuando el venerable Padre Antonio celebraba el augusto sacrificio de la Misa en la iglesia del Convento de San Francisco, de Palma de Mallorca, y tuvo en el altar de la celebración este otro rapto maravilloso, referido por varios autores como real y verdaderamente auténtico. Véase la sustancia y la forma con que lo describen nuestros cronistas antiguos y modernos en alabanza de tan virtuoso Padre.
Se hallaba en el segundo memento de la Santa Misa cuando sintió tan grande incendio de amor divino en su magnánimo y noble corazón —con un deseo igualmente vivo e insaciable de que Dios fuese allí conocido, amado y servido de toda humana criatura y nunca jamás ofendido n¡despreciado de nadie sobre la universa tierra—, que vino entonces el espíritu del Señor sobre él y lo arrebató para sí con fuerza extraordinaria e irresistible y le comunicó una luz y virtud sobrenatural óptimas y regaladas para que acabase de entender sin dificultad lo que por sí mismo obraba entonces Dios dentro su propia alma, atento sólo a estrechar más y más con ella los apretados vínculos de sus bodas místicas, puras y santas.
Con esto se quedó su cuerpo ligeramente levantado de la tierra y con los brazos extendidos en forma de cruz. Sus ojos —que miraban entonces fijamente al divino Redentor de los hombres convertido en el Calvario en padrón de ignominia— derramaban copiosas y gruesas lágrimas de pena y sentimiento profundo, imposible de explicar por lengua humana. ¡Cómo, pues, no llorar amargamente contemplando a su Señor y a su Dios llagado y ensangrentado desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza!
Se acentuó más y más la suntuosidad de este magnífico cuadro y la especial nota de condolencia y de profunda melancolía de este gran siervo de Dios, al oír el Padre Antonio de los purísimos labios de Jesús moribundo estas penetrantes y significativas palabras: «¡Así me han puesto los hombres!». «¡Así me tratan aquellos mismos a quienes yo tanto he distinguido y amado!».
A esta contemplación místico-dolorosa se hallaron presentes —entre otros muchos devotos y admiradores del Padre Llinás— el señor obispo Cotoner, Prelado propio de aquella diócesis, con todos sus capellanes y familiares, según lo refiere el doctor don Francisco Sanvicente en la Oración fúnebre que a honra y gloria suya predicó en Madrid el año 1693, que fue el de su preciosa muerte.
Crónica
Saludo
La Acción Antoniana, al entrar en este número y fecha en el XVI año de su publicación, se complace y envía un cordial saludo a sus ilustrados colaboradores, amables lectores, entusiastas favorecedores y generosos anunciantes, deseando a todos feliz y próspero año nuevo, y pide al divino Niño Jesús, por mediación de San Antonio de Padua, derrame sobre ellos y sus familias toda clase de gracias y bendiciones.
Sorteo
Debido a circunstancias ajenas por completo a la administración de esta revista no se pudo verificar en Junio del pasado año el sorteo de una preciosa escultura de San Antonio de Padua como regalo a los lectores y empaquetadores que se interesaron en el aumento de suscripciones. Mas desaparecidas aquellas causas La Acción Antoniana publicará en el número próximo las nuevas condiciones a que deberá sujetarse dicho sorteo, que no será ahora de una imagen, sino de tres, y que tendrá lugar antes de Pascua de Resurrección de este año.
Importante para nuestros lectores
Tenemos la satisfacción de ofrecer, como siempre lo hemos hecho, a todos los amigos y abonados las páginas de esta revista para la publicación de cuantas noticias estimen y de cuantos acontecimientos de carácter íntimo y familiar ocurran en sus respectivos hogares, como nacimientos, bautizos, primeras comuniones, bodas, traslados de domicilio, defunciones, etc., siendo completamente gratuito la inserción de tales noticias.
Pero s¡desean que la gacetilla del suceso familiar vaya ilustrada con algún fotograbado, éste debe ser a cuenta de los interesados, satisfaciendo por anticipado el importe del mismo, según tarifa de los talleres donde se confeccionen.
La envoltura del Niño Jesús
Esta simpática Asociación celebró, según costumbre, su fiesta principal el tercer día de Navidad con la exposición y bendición de 48 envolturas completas y gran cantidad de prendas de ropa suelta para niños pobres recién nacidos.
En la fiesta religiosa que al efecto se celebró en nuestra iglesia de San Lorenzo, con gran concurso de fieles, que admiraban la delicada labor de las señoras asociadas, predicó adecuado sermón de circunstancias el director de la Asociación Padre Francisco Lloréns, O. F. M.
A las muchas felicitaciones que la Junta directiva recibió con tal motivo añadimos las nuestras más sinceras, y que el éxito logrado este año continúe en los venideros.
Idilio de amores divino
Jesusito va a la fuente
por llenar su cantarito,
va gozoso y anhelante,
que su madre va delante.
¡Oh que Niño tan divino!,
¡oh que faz tan hechicera!,
cuando El va por el camino
alumbra a la tierra entera.
Sus ojos son dos luceros
que han robado al cielo hermoso
sus azules reverberos
y su brillar misterioso.
Ternura y amor transpira
cuando mira con anhelo,
que los ojos con que mira
son dos cachitos de cielo.
Su boquita es un clavel
lleno de amor y de mieles,
nido que brotan por él
las sonrisas a tropeles.
La Virgen María le espera en la fuente,
ya llega el niñito
con su cantarito.
Su madre le abraza, le besa en la frente:
«Venid, prenda mía—le dice gozosa—,
y deja que lave tu cara de rosa;
o s¡es que prefieres que aquí tú te laves,
el agua está tibia y está rumorosa»;
y luego le dice en extremo amorosa:
«¿Me quieres, m¡niño?»,
y el niño la besa con mil besos suaves.
¡Qué inmenso cariño!,
¡qué amor tan ardiente!;
en éxtasis quedan y en rapto ferviente
los dos abrazados,
la madre y el niño,
con tierno cariño...
y el cielo y la tierra los miran pasmados...
La fuente calla sus tiernos rumores,
y allí en sus cristales del agua tan pura
refleja la imagen de aquellos amores,
de aquella hermosura,
de aquel tierno idilio de eterna ventura...
Bajando ya la cuesta
En las Bodas de Oro de m¡vida
Yo te alabo y bendigo,
¡oh m¡Dios!; por Señor yo te confieso;
de corazón te sigo,
y en tu amor nunca ceso,
pues m¡todo eres Tú, Tú m¡embelesó.
Cincuenta años hace
que m¡aliento vital,
¡oh Dios!, sostienes;
que m¡vida renace
a cada instante y vienes
sobre mí a derramar copiosos bienes.
Cincuenta son los años
que debo ya, Señor, a tu clemencia;
Tú de innúmeros daños
librado has m¡existencia
y en mí ensayas tu amor y omnipotencia.
La mayor parte de ellos
del claustro en la mansión han transcurrido;
los más dulces y bellos
tales años han sido,
y en la paz del Señor los he vivido.
Rugido ha la tormenta,
es verdad, y con rabia me ha azotado;
mas su furia sangrienta
contra mí se ha estrellado,
que en el seno de Dios me he refugiado.
Cincuenta son, ¡Dios mío!,
los años que huir v¡yo, aun más que el viento;
su reino y poderío duró sólo un momento,
y tal velocidad sigue en aumento.
Subido he la alta cuesta
y a bajarla el Señor ya me convida;
muy fácil cosa es ésta
al alma desprendida
del mundo y que ama sólo la otra vida.
Desde aquí se vislumbra
la región eternal a do corremos;
su fulgor nos deslumbra
y con gozo ya vemos
la patria donde al fin descansaremos.
Fr. Luis Ángel Roig, ofm
nacido el 27 de diciembre de 1884
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