Índice del número 172
Mayo de 1935. Año 16. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm
- Valencia y su Patrona. F. de Paula
Humildad. Galo Reguero García.
Pascua y el ciclo pascual. Breves lecciones de liturgia. Fr. Juan Bta Botet, ofm
Habla, Señor. Jesús Galbis
La tortada de Maruela. Fr. Manuel Balaguer, ofm
El P. Antonio Llinás y Massanet (IV). Fr. Francisco Lliteras, ofm
València y sa Patrona. Fr. Luis Ángel, ofm - Peregrinaciones del Convento de Nazaret. Fr. León Villuendas, ofm
De China. Episodios de la vida misionera. Fr. Fabián Castellá, ofm
Mes de María. Francisco de A. Esteban
Crónica. Bibliografía.
Valencia y su Patrona
La Acción Antoniana ofrenda en este número de Mayo tributo de admiración y homenaje de amoroso reconocimiento a Valencia y su Patrona, la Virgen de los Desamparados.
Desgraciadamente no faltan en nuestros días valencianos que, valiéndose de los medios mal llamados legales, quieren demostrar que nuestro pueblo ha desmerecido de aquella fe inquebrantable y de aquella filial confianza con que desde el siglo XIV vinieron acudiendo nuestros padres, en todas las bienandanzas al igual que en todos sus quebrantos, a los pies de la Reina y Soberana de nuestra ciudad, de nuestros hogares y de nuestros corazones, que en el regazo de nuestras madres aprendieron el amor que le profesan y enseñáronse a festejarla con la piedad y el entusiasmo de hijos, al comenzar a latir en nuestro pecho.
En el santo Hospital, levantado a impulsos de la caridad inagotable del Padre Jofré, cuya estatua aparece humilde y modesta en el patio del establecimiento, se escribe la página primera del poema de gratitud dedicado por Valencia a su madre, cuya imagen veneranda, según reza la tradición, fue labrada por los ángeles que en figura de peregrinos visitaron nuestra ciudad para dejarnos tan rica joya, testimonio de la predilección con que la Madre de Dios mira a los valencianos.
Valencia paga con creciente entusiasmo las pruebas de amor con que su Madre la favorece, pues según consta en escritura firmada en Mayo de 1487, trasladóse la santa Imagen de la capilla primitiva, pequeña para la multitud de valencianos continuamente postrados ante el trono de su Señora, a nuestra iglesia Catedral, hasta que el Virrey, Conde de Oropesa, milagrosamente arrancado de las garras de la muerte, él con toda su familia, en el cólera de 1647, activa, agradecido, con su influencia y su bolsillo, el grandioso proyecto acariciado por toda Valencia de levantar magnífico palacio a la excelsa Patrona de la ciudad.
Y como el amor todo lo puede, comienzan las obras de la Real Capilla en 1652, para terminarlas en 1665, en en cuyo lapso de tiempo disputáronse nuestros antepasados la honra de contribuir a la erección de ese monumento del arte y casa solariega de los nacidos bajo el cielo límpido v sereno que lo baña con la luz más brillante y alegre del mundo y de los moradores de la hermosa ciudad de las flores. Y no se interrumpe el poema de amor y gratitud cantado por los valencianos a la Señora de sus pensamientos, como lo acreditan el rico camarín que le construyen en 1694, el decorado del templo debido a los más renombrados artistas en 1701, las reformas posteriores de embellecimiento interior y exterior de la Capilla y la inolvidable Coronación del año 1923.
Y más que con esas obras de arte que tan alto hablan en favor de su entusiasmo, predican con su fe y confianza en la Madre de los Desamparados los hijos de Valencia, el amor que le profesan y el cariño que sienten por ella. Las lágrimas con que escritas quedan en nuestros fastos las fechas que recuerdan el paso de la justicia de Dios por esta tierra en las calamidades públicas con que nos visitara y la remembranza de las misericordias de María para con nosotros en tan críticas circunstancias, hasta en tiempos recientes, hechos son de la protección de nuestra Virgen a Valencia y del reconocimiento de los valencianos a su excelsa Patrona.
¿Se ha desviado en nuestros tiempos esa corriente de entusiasmo que a través de los siglos llevó los corazones de los hijos de Valencia a las plantas de la que fué siempre su Reina? Así lo creen algunos, por el hecho de que debido a las circunstancias no se hagan pública y oficialmente festejos religioso-populares en la ciudad, feudo suyo y en su propio palacio. Pero no advierten que ese reto insolente a la piedad valenciana, hace que surja pujante en el pecho de la Valencia católica el fuego de la devoción a su Reina de los Desamparados, que tiene un trono y un altar en cada pecho valenciano.
¿Ingrata Valencia? No. Lo niegan las flores de sus jardines, las joyas de sus damas, las obras de sus artistas, el celo de sus sacerdotes, la lira de sus poetas, la inocencia de sus niños, el entusiasmo del pueblo, y el corazón de sus hijos que sirve de trono a la misericordia de su Madre y Patrona, la Virgen de los Desamparados.
F. de Paula
Imagen de Absolut Valencia
Rápida
Humildad
Así como el pecado de la soberbia es tronco de donde brotan otros muchos pecados, la virtud de la humildad es la raíz de donde salen otras muchas virtudes.
La verdadera humildad nace del bajo concepto que tenemos de nosotros mismos como entes morales, y por lo tanto uno de sus primeros efectos es el desprecio propio, el amor a la mortificación, a la pobreza, y en general a todo aquello que pueda contribuir a la admiración propia o de los demás.
Es la florecilla escondida que sólo una vista perspicaz o un fino olfato pueden encontrarla; es el convidado que ocupa uno de los últimos puestos en el convite; es la que hace de los hombres ángeles; es la que hace nacer en un establo al Rey de reyes...
Ella perfuma como el sándalo el hacha que le hiere; ella hace que pida perdón el ofendido; ella hace sufrir con la diferencia de los demás; alia hace salir los colores al rostro cuando la descubren; ella es la cenicienta satisfecha y contenta en la postergación; ella es la que hace de Nuestro Seráfico Padre San Francisco un Bienaventurado, a quien regala con los estigmas de su crucifixión el Santo de los Santos.
¡Oh virtud santa que tantos beneficios proporcionas a quienes te hacen su compañera! ¡Vuelve a reverdecer entre los Terciarios para que sea su ejemplo como faro que guíe a los demás cristianos navegantes en este mar proceloso de egolatrías, de cinismos y de confusión moral!
Hemos de huir de la falsa humildad, que no arranca de nuestro propio desprecio, pues s¡dejamos que el gusanillo de la vanidad, el orgullo y demás secuaces de la soberbia, corroa esa vigorosa raíz, pronto caeremos en el servilismo, en la hipocresía, en la mayor adyección moral.
No olvidemos que la soberbia hizo a los ángeles demonios y que la verdadera humildad hizo a los hombres ángeles, en medio del lodazal del mundo.
Galo Reguero García
Breves lecciones de liturgia
Pascua y el ciclo pascual
Estamos en plena Pascua: la fiesta de las fiestas; el día que hizo el Señor; el día de la Resurrección del Hijo de Dios; el triunfo del cristianismo; el fundamento y base de nuestra Religión Divina: pues s¡Cristo no hubiese resucitado, vana sería nuestra fe, dice enérgicamente San Pablo.
Gozo, pues, alegría, júbilo, aleluya, en las almas y corazones de todos los cristianos; alegría y gozo en la familia, en el pueblo, en la sociedad, en la naturaleza toda: «se cubren de verdor los campos, los árboles de la selva se visten de nuevo follaje, el canto de las avecillas alegra los aires; el sol, tipo radiante de Jesús triunfador, envía sus olas de luz sobre la tierra regenerada» (Dom Gueranger).
Y el oficio divino y la santa misa de esta fiesta y de toda su octava, en las que no resuena otra idea que la idea de la Resurrección, n¡palpita otro sentimiento que el sentimiento de gozo y de la alegría, están llenos de lecciones y de enseñanzas profundas.
Jesucristo resucita como Hijo de Dios, por su propia virtud, por su Divinidad, cuando El quiso, como tampoco murió sino cuando le plugo; mostrando en esto su dominio absoluto sobre la muerte y sobre la vida.

Jesús resucitado. De Aplicaciones
El triunfo de Jesucristo es completo: sobre la muerte que devuelve su presa, reconociendo su derrota; sobre sus enemigos que huyen despavoridos, a la vista del Angel, vestido de luz, que levanta la losa del sepulcro; y sobre el mismo infierno que cierra sus puertas para todos los hombres que quieran aplicarse los frutos de la Redención.
Jesucristo se nos muestra también en la festividad de la Pascua, como Dios Hombre, como el cordero Pascual, el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Pues «Cristo, como dice San Pablo, cancelada la cédula del decreto firmado contra nosotros, que nos era contrario, la quitó de en medio, enclavándola en la cruz: y despojando con esto a los principados y potestades infernales, los sacó valerosamente en público y los llevó delante de sí, triunfando de ellos en su propia persona».
«El Cordero redimió a las ovejas, cantamos en la Secuencia Pascual; Cristo inocente reconcilió a los pecadores con su padre. Lucharon maravillosamente la muerte y la vida: el Autor de la vida, habiendo muerto, reina vivo». «Cristo es el verdadero Cordero que quitó los pecados del mundo: el que con su muerte destruyó nuestra muerte, y con su resurrección restauró la vida», canta el sacerdote en el Prefacio de esta festividad.
Y debemos cantarlo todos los cristianos, llenos de gozo, porque la Resurrección de Jesucristo es el triunfo completo sobre el, pecado que dominaba las almas y las tenía marcadas con el estigma de la culpa: y Cristo, con su sangre divina, ha borrado esta mancha ignominiosa, haciendo reaparecer en ellas su imagen y semejanza, con que fueron, creadas.
Y últimamente, celebramos con la Resurrección de Jesucristo, nuestra propia resurrección y regeneración espiritual. «Purificaos, nos dice San Pablo, de la antigua levadura, para que seáis masa nueva como ácimos que sois, pues ha sido inmolado nuestro Cordero Pascual Cristo. Celebremos, pues, este convite, no con la levadura vieja, n¡con la levadura de la maldad y corrupción, sino con los ácimos de la sinceridad y de la verdad».
Ved aquí el programa claro, concreto, sencillo, del verdadero cristiano que resucita con su Divino Maestro. Hay que desechar el pecado, causa de la muerte del alma: y no sólo el pecado grave, sino hasta el pecado leve deliberado, toda mala levadura, pues un poco de levadura es suficiente para hacer fermentar de nuevo toda la masa. Y no basta echar de nuestras almas la antigua levadura del pecado, es necesario formar pan nuevo, pan ácimo, puro y sin mancha alguna, como hostias vivas, para ser ofrecidas a Cristo Resucitado, que es nuestra vida. Pan de verdad y de sinceridad, pan de verdadera vida cristiana, como verdaderos discípulos de Jesucristo, confesando su credo y su doctrina, públicamente, sin rubor, con valentía, y practicando la Ley Divina, expresada en sus preceptos y en los mandamientos de su Iglesia Santa.
El ciclo pascual dura hasta el sábado después de Pentecostés: y en todo este tiempo la Iglesia nuestra Madre continúa amaestrando a sus fieles hijos, como amaestró Nuestro Señor Jesucristo a sus discípulos, hasta el día de su gloriosa Ascensión a los cielos, mandándoles como último precepto suyo en la tierra, que se recluyesen en el cenáculo, para esperar la venida del Espíritu Santo, Don del cielo, merecido y obtenido con su sangre divina.
Escuchemos también nosotros, como buenos discípulos de Jesús, las sublimes lecciones que nos da la Iglesia Católica, en todo este tiempo, por medio de su Sagrada Liturgia, siempre profunda y adecuada a las necesidades de nuestras almas.. En el Oficio Divino, y en las Epístolas y Evangelios de todo este tiempo, hallaremos divinas enseñanzas, que nunca debemos olvidar, s¡de veras queremos seguir las huellas del Crucificado, que por nosotros resucita para darnos la vida eterna.

Habla, Señor
¡Jesús, prisionero Abranse tus labios, Tengo el pecho herido, |
de amor y de vida, Dime a mí una sola, Jesús, m¡Maestro, |
Jesús Galbis
La tortada de Maruela
Las fiestas de Pascua habían puesto en conmoción a toda la ciudad, y ricos y pobres recorrían las tiendas de comestibles y los escaparates de las pastelerías para proveerse de tortas, hogazas de huevo, pasteles, tortadas, bizcochos y mil otros objetos de refinado gusto, a placer y según el capricho del apetito de cada cual.
La linda Maruela y su papá salieron de la pastelería con sendos paquetes de repostería, y con ellos una muchacha de la tienda llevando una hermosa tortada, para dejarla en su casa. Había sido capricho de la nena y el papá, que ninguna otra cosa le quedaba en el mundo sino la niña, no sabía negarse a sus antojos y todos sus caprichos eran mandatos para su voluntad.
Era el papá Ernesto Báguena, militar retirado, que al enviudar y quedarse solo en el mundo con su niña Maruela, dejó las armas para vivir al cuidado y atender a la educación de su única hijita, que además de sus gracias morales y físicas, gozaba de una buena fortuna.
Era de ver la atracción que causaba el paso triunfante de la tortada de Maruela, que hacía detener a los transeúntes para dirigirle envidiosos requiebros, que a más de uno les iba provocando el apetito. Sabroso manjar para tentación de los golosos, y no menos para envidia y rencor de los pobres y desheredados de la fortuna.
Ya habían andado un buen trecho cuando al volver de una calle bastante solitaria dieron de frente con un desarrapado de mal talante, todavía joven, pero marcado con el estigma de los hijos del hampa y del arroyo, que viven familiarizados con el hambre y más aun con los desafueros de la vida.
Llamábase Chuto, y con el desahogo de los picaros acercóse al grupo diciendo:
—Señorito, un poco de dinero para comprar una torta.
Y mientras Ernesto buscaba una moneda, Chuto miraba con avidez la rica tortada y se relamía haciéndosele agua la boca. Recibió maquinalmente la moneda sin apartar sus ojos de la grande golosina y diciendo de reojo:
—Señorito, unos tanto y otros tan poco. En m¡vida he probado yo una cosa como ésa.
—Y te gustaría darte un hartazo de esa rica pasta? —le dijo Ernesto.
—Claro está. ¿A quién le amarga un dulce? —repuso el Chuto.
Quedó Ernesto pensativo y también la niña pensaba en algo grande y hermoso, mientras Chuto se relamía con la ilusión de que estaba saboreando aquel monte de miel. Los dos se miraron, padre e hija, como consultándose su pensamiento de hermosa caridad.
—Sí, papá—contestó Maruela a la mirada de su padre, diciendo—: Dale la tortada al pobre.
—¿De modo—dijo Ernesto a Chuto—que no has probado nunca ese rico bocado y te gustaría probarlo?
—Figúrese usted—contestaba el picaro sin soltar los ojos de la rica tortada.
—Pues, mira, m¡hija Maruela te la regala.
—¿A mí? ¿Toda entera? No sea usted cruel —repuso Chuto—; usted se burla.
—No, buen hombre —intervino Maruela—; se la doy con sumo gusto, toda entera; hágame el favor de recibirla y llevársela a su casa, y regalarse con ella todas las fiestas.
—Señorita, es usted demasiado buena para un picaro como yó; pero, ya que me la ofrece con tan buena voluntad, me la llevaré, no a m¡casa, porque no tengo, sino aun cochitril donde suelo albergarme; y me
la comeré a gusto, quedando a ustedes eternamente agradecido.
—Tómela, pues —le indicó Maruela, añadiendo con extremada ternura estas palabras—: Sea usted bueno y tan dulce como esta tortada, y recuerde que también en el mundo hay personas de bien.
—No lo olvidaré, señorita —contestaba Chuto, al propio tiempo que le ofrecía el regalo la muchacha de la tienda.
Dió Ernesto su propina a la muchacha, y mientras Chuto desaparecía triunfante con su rico presente, Ernesto y Maruela siguieron camino de su casa, saboreando unas lágrimas de ternura que su buena acción había hecho brotar de su pecho, como premio de su bondad.
No podemos seguir el camino de Chuto que con su dulce regalo iría a saborearlo sumergido en los antros del hampa; pero iremos a la casa de Ernesto, que es más asequible su acceso a las personas de bien, y podemos contemplar la tranquilidad y la paz y alegría de aquella casa cristiana donde tan viva estaba la caridad de Dios.
Pasaron las fiestas y pasaron los días sin que apagara la caridad de Maruela, que se complacía haciendo el bien, y sin que se agotaran las satisfacciones de Ernesto, que se nutría de felicidad contemplando las bondades de su hija.
Han transcurrido algunos años; mediaba el mes de Septiembre, los calores habían alejado de la ciudad a las familias más pudientes, los palacios y las ricas moradas estaban deshabitados, la gente bien se holgaba en el ambiente fresco de las playas; y la gente del hampa merodeaba, al abrigo de la noche, para trabajar lo suyo sin grande riesgo.
Maruela no andaba bien de salud y su padre la retuvo en la ciudad para que no le faltara la asistencia de los médicos.
Una noche, no pudiendo conciliar el sueño, estaba Ernesto leyendo en su habitación, cuando le pareció haber escuchado un ligero ruido en la puerta que daba al jardín, como el roce de una llave que forcejea en la cerradura. Intrigado, vagamente inquieto, puso intensa atención. Las casas vecinas estaban vacías... Era allí... positivamente se oía andar... alguien subía la escalera. Rápidamente saltó del lecho, echó mano del revólver, pero fatalmente estaba descargado. No tuvo apenas tiempo para cargarlo; súbitamente se abre la puerta y un hombre fornido salta sobre él, le desarma y le oprime la garganta. Entonces el desgraciado Ernesto, sintiéndose perdido, da un grito lastimero diciendo:
—¡Maruela! ¡M¡pobre Maruela!
El bandido se detiene, da un paso atrás y mira con fijeza a su víctima; y al momento, palideciendo, repite:
—¡Maruela! ¡Ingrato de mí!
—¿Quién eres tú? —le pregunta asombrado Ernesto.
—Yo soy un miserable; pero por mucho que lo sea no puedo olvidar que en el mundo hay personas de bien y hay acciones que nunca se olvidan.
—No comprendo —le dijo Ernesto.
—Pues lo va usted a comprender recordándole yo una tortada de Pascua. ¡Qué riquísima estaba! Pero aun era más dulce la tierna voz y la grande bondad de su hija Maruela. Yo soy aquel miserable a quien ella la regaló.
—Lo recuerdo —repuso Ernesto—. ¡Cuán bueno es Dios! ¿Y qué es lo que pretendías?
—Robar para vivir. El hambre nos acucia. Yo quisiera ser honrado; desde que oí la tierna voz de su hija Maruela, su bondad me conmovió de tal modo que desde entonces me persigue el ansia de ser honrado; pero no puedo; no hay quien me ampare en el mundo, todos me miran con recelo; y los ricos me desprecian cuantas veces he intentado pedirles ayuda y trabajo para vivir honradamente. Su dulce hija me hizo creer que en el mundo había personas de bien, pero yo sólo las he encontrado una vez.
—Pues, amigo mío, no lo dudes, que las hay —le dijo Ernesto—; sólo que alejados del camino del bien es difícil encontrarlas. ¿Quieres realmente ser honrado?
—Lo deseo con todo m¡ser; mas lo creo imposible...
—No tanto. ¿Dónde vas ahora?
—No lo sé. Tal vez a la cárcel o a dormir bajo de un puente, o a pelearme con otros compañeros que me aguardan; a la miseria, a la maldad, al crimen, al abismo... Es m¡destino... es m¡mala estrella...
—Cálmate, amigo. Cierra la puerta para que no entren tus compañeros... Está bien. Ahora saciarás tu hambre; dormirás tranquilamente y mañana partirás con nosotros a mis haciendas de la costa. Necesito un guardia y un hombre honrado que vele por m¡heredad en mis ausencias. ¿Quieres tú serlo?
—Seré fiel hasta el morir.
Pasó el tiempo y en la hacienda de Ernesto continuaba viviendo un hombre honrado que bendecía todos los días a Dios, porque una obra de caridad y amor le había redimido del camino del crimen. Esa obra fué la tortada de Maruela.
El P. Antonio Llinás y Massanet
IV
Desde el mes de Abril del año 1679, en que comenzó él duro ejercicio de las misiones católicas en la ciudad de Morelia, de la Seráfica provincia de los Apóstoles San Pedro y San Pablo del Michoacán, hasta el día postrero de su vida terrenal, que todavía duro 14 años, se esforzó el Padre Antonio cuanto supo y cuanto pudo por iluminar, convertir y santificar, con su vida, doctrina y sacrificios personales, a los moradores de los continentes español y americano, en la parte que estaba encomendada a su grandioso celo de apóstol de Jesucristo, cuya gloria celaba y defendía a toda costa, en todo tiempo y en todo lugar.
Para el mejor cumplimiento de sus deseos, que miraban a la pronta y universal restauración religiosa dentro de los dominios del rey don Carlos II de España, a su laboriosa e incesante actuación personal, que Dios fecundaba y bendecía largamente, agregó la de muchos otros religiosos hermanos y compañeros suyos en el ministerio apostólico, quienes formaban a sus órdenes un aguerrido ejército bien equipado y disciplinado según el espíritu de la santa Iglesia. Por esto eran todos, en el apostólico arte de atraer y subyugar a las muchedumbres, luz y gracia en el Señor, para quien las ganaban y a quien diligentemente servían en todas partes.
Esta conducta evangélica del Padre Antonio, encendía e irritaba más y más la rabia y furor de los espíritus infernales, quienes, confusos y exasperados por las grandes hazañas y victorias espléndidas que sobre ellos obtenía mediante su apostolado seráfico, se vengaban de él horriblemente. Así es que con espantoso estruendo y aparato de mucha fuerza, descargaban sobre el mismo terrible lluvia de azotes, y le golpeaban con palos, con barras de hierro y con otros mil instrumentos de cruel maceración, hasta dejarle molido y estropeado en su parte física. Le odiaban y martirizaban sobre todo por la secreta virtud con que él rompía y destrozaba las cadenas de pecados, de errores y de malas artes, con que ellos tenían presas las almas de innumerables pecadores que ya contaban por suyas, y la libertad espiritual que devolvía a los prisioneros por ellos arrastrados hasta la boca del infierno.
Estas y otras escenas violentas de un martirio tan doloroso y prolongado, llegaron a sér muy frecuentes en la última etapa de la preciosa vida del Padre Llinás. Tenían lui¡ar sobre, todo cuando él se hallaba retirado ya de noche en su pobre celda, durante las pocas horas qué destinaba al descanso antes de asistir al rezo de los maitines y laudes de las doce, que indefectiblemente rezaba con la comunidad en el coro, aunque no hubiese dormido; n¡descansado un solo momento, por no dejarle libre los demonios. Lo más ordinario era —durante estos cercos diabólicos en que el poder de las tinieblas le atormen. taba con crueldad tan inaudita— pasar en vela las noches enteras, atado siempre al potro de las purgaciones del sentidó. y del espíritu, con que Dios acrisoló su invicta paciencia.
Desde el día de su sincera conversión en el convento de Morelia hasta que ocurrió ¡su muerte en el de Madrid, supo guardar; intacto su puesto de honor y su dignidad personal entre los demás religiosos y acreditados misioneros de nuestra seráfica Orden, a que pertenecía en cuerpo y alma. A todos estimulaba, a todos alentaba, a todos sostenía en la virtud y celo por la buena causa, los guiaba de la mano en todas sus empresas de reparación y de renovación moral y social, y los adoctrinaba convenientemente con la eficaz persuasiva de sus palabras y ejemplos para que fuesen dignos de continuar la obra de Jesucristo en medio del mundo.
Por esto todos los religiosos franciscanos que por entonces militaban bajo sus banderas y a quienes dirigía por las vías de la virtud y santidad evangélicas, perfumaban los claus tros con su religiosa y ejemplar conducta, mejoraban los pueblos saneando sus usos y costumbres, acreditaban más y más las misiones católicas de España y América, purificaban las selvas de los indios mejicanos desterrando de su país a los ídolos infernales a quienes adoraban, y disipando los erases errores de que aun eran víctimas, ala vez que extendían y consolidaban la obra magna de los colegios apostólicos por uno y otro continente, con el celo y espíritu que movieron al Padre Llinás a fundarlos en España y América. Su mucha santidad de vida, su pureza e integridad de costumbres, la aspereza y desprecio de sus personas, y el interés con que atendían a la eterna salvación y santificación de sus prójimos, fueron siempre la contraseña, el mejor distintivo y la verdadera piedra de toque de los hijos espirituales y discípulos del Padre Antonio.
En orden a su santidad personal, no se contentaba el Padre Llinás con los trabajos y fatigas de sus purgaciones y cercos diabólicos, n¡con los contratiempos de su apostolado seráfico entre los españoles e indios cristianos y los infieles que aun vivían en las selvas no obstante causar ya éstos horror y espanto a nuestra tímida y flaca naturaleza; sino que, ávido de padecer mayores males en este mundo y de estar crucificado con Cristo en todo tiempo y lugar, se entregaba a otras muchas penitencias voluntarias gravísimas, admirables y dignas de toda ponderación por los que aun vivimos en el mundo.
Los que quieran formarse una idea aproximada de la magnitud del calvario pacientemente sufrido por este gran siervo de Dios en su cuerpo y en su espíritu, prueben de sintetizar y englobar aquí lo que padeció de parte de los demonios y sus secuaces, de parte de sus émulos y contradictores que nunca le faltaron, de parte de los ejercicios de un celo misional apostólico, de parte del desvío y pecados de otros hermanos suyos muy queridos en el Señor, de parte de la compasión y amor entrañable que le merecían los pecadores redimidos por Jesucristo en persona, de parte de sus ardientes anhelos de la glorificación de Dios y de sus divinos atributos que adoraba siempre, y de parte suya propia, ya que aspiraba a dar a Dios una víctima que satisficiera por sus pecados y por todos los que se cometían en la universa tierra, que eran sinnúmero.
Lo de menos era para él su extenuado cuerpo, que reducía a una servidumbre completa y absoluta por todas las vías imaginables. De aquí que no lo permitiese el descanso suficiente n¡cosa de regalo superfluo, sino que le privaba muchas veces de lo más preciso y necesario para la conservación y
ayuda natural de su persona. Además, como considerase que lo tenía sólo para el servicio de Dios y de su alma, le obligaba a acudir prontamente a todas partes donde fuese llamado y a someterse de continuo a las cargas que le impusieran, aunque fuesen superiores a sus fuerzas físicas, s¡en ello placía a Dios o mejoraba en algo la suerte espiritual suya o la de sus prójimos. Y como eran tantos estos sacrificios personales que empalmaban entre sí y formaban cadena durante toda su vida de apóstol de España y sus indias, resulta muy cierto que el Padre Antonio apuró el cáliz de todas las amarguras terrenas por la gloria de Dios, por la santificación propia y por la salvación eterna de sus hermanos en Jesucristo. El ardor de su celo traspasó los límites de todo lo creible.
Antes y después de sus apretados cercos diabólicos, y también simultaneándose con ellos, venían a completar el negro cuadro de esos horrores y crueldades pasivas, las frecuentes disciplinas de sangre, las vigilias prolongadas, los ayunos rigurosos, los cilicios de aspereza imponderable, las pócimas amargas y otros muchos trabajos de su invención particular. No se pirran tanto las gentes sibaritas de este mundo por los placeres de la carne y las vanas satisfacciones de los sentidos, cual se afanaba el Padre Antonio por reproducir en su propio cuerpo los tormentos de la crucifixión y muerte de Cristo nuestro Redentor.
Es, por lo tanto, el Padre Llinás un acabado modelo de toda virtud y perfección, que puede proponerse a los simples cristianos, a los sacerdotes religiosos de toda categoría, y a todos cuantos luchan por subir al monte santo de la verdadera piedad dentro de su respectivo estado. Unos y otros podemos es-pigolar dentro del anchuroso campo de sus preclaras virtudes morales, de su ascética encumbrada y de su mística contemplativa, que nos muestran a Dios de cerca y a El nos conducen con suavidad y* eficacia indescriptibles; s¡no oponemos resistencia a la gracia del Señor que padeció y murió por nosotros, antes de subir al reino de su gloria.

Proyecto de Basílica a la Virgen de los Desamparados.
València y sa Patrona
Te Valencia, nostra terra, Fruites te molt estimades Es son cel del mon enveja, Una mar te en la qu'es mira Ho te tot ¡res l¡falta, |
Es sa joya més preuada, Es la Mare ¡tendra Mare Ja no mira a la alta gloria, Ella escolta la plegaria ¡Oh Valencia afortunada, |
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