San Antonio de Padua de Limoges
La Perla del Corazón de Jesús
Hablan trascurrido cuatro años desde aquel día memorable en que el humilde morador del eremitorio de Monte Paulo, obligado por la obediencia, manifestó en Forli, ante selecta concurrencia, el caudal inmenso de sabiduría divina que poseía...
Ya ha enseñado Teología a los noveles de la naciente Orden franciscana, ha predicado en Bolonia, Vercelli, Tolosa, Montpelier, Puy-en-Valey... La Provenza y el Languedoc, después de la Lombardía y el Piamonte,le han aclamado como el apóstol esperado para disipar las tinieblas de la herejía y enardecerse de nuevo en el fuego santo del Evangelio de Jesús.
Ahora es Limoges (Francia) el lugar afortunado que contará entre sus moradores a Fray Antonio. Ha sido nombrado Custodio de los franciscanos de aquella región. Su llegada a la ciudad lemosina fue en el otoño de 1226. El día de la conmemoración de los fieles difuntos tuvo lugar una gran concentración en el cementerio de San Pablo. El sermón corrió a cargo del joven Custodio de los franciscanos. La emoción producida por el predicador en el numeroso auditorio fue tan honda, que las crónicas benedictinas del tiempo la hacen constar, conservando hasta el texto y argumento de la alocución: "Ad vesperum fletus, et ad matuninum laeticia", dijo con el salmista. "A la tarde, llanto, y por la mañana, alegría... Hay tres tardes y tres mañanas; tres lutos y tres alegrías. Tres tardes, que son: la caída de nuestros primeros padres, la muerte de Cristo y nuestra propia muerte. Tres mañanas: el Nacimiento de Cristo, su Resurrección y la nuestra".
Con este primer sermón conquistaba Antonio la simpatía y la atención de los lemosinos.
Al día siguiente dos benedictinos de la Abadía de San Martín llamaban a la puerta del humilde conventito de los franciscanos, y preguntaban por el padre Misionero. El Abad quería también que sus monjes participaran de la bendición envida por el cielo aquella ciudad con la apostólica palabra del joven minorita, y le invitaba a que predicara en su monasterio. Antonio, humilde, aceptó la invitación y se subió al punto a la célebre abadía. La alocución que dirigiera ha sido conservada por los monjes como una delicada y hermosa miniatura de sus más preciados códices. Diríase que es más bien la proyección luminosa de su alma seráfica...
"¿Quién me dará alas, como la paloma, y volaré a m¡asilo y allí descansaré en paz? Tal es el grito de un alma cansada del mundo, que suspira por la soledad y el santo descanso de la vida del claustro...
"¡Oh, vida religiosa! De t¡habla el Profeta cuando dice: Abandonad las ciudades, habitantes de Moab; id a habitar en la roca, y sed como la paloma que hace su nido en lo más profundo del hueco de la piedra..."
Y el alma de Antonio se difundía por los ámbitos de la célebre Abadía, como pomo de esencias celestiales, abierto en su adecuado ambiente.... Su verbo misionero pinta al vivo los peligros del mundo y sus vicios, que arrastran a las almas por caminos de perdición; pero muy pronto, como rauda paloma, eleva su vuelo al monte, donde está la piedra -que es Cristo- llena de hendiduras -que son sus llagas-, en las cuales el alma enamorada encuentra el asilo en donde se libra del mundo y se llena de la dulcedubre del Divino Esposo...
"...Este habla de las múltiples aberturas de la piedra, pero también habla de la cueva profunda (caverna maceriae). Hay en su carne numerosas heridas, y sobre todo la llaga de su costado. Esta llaga conduce a su Corazón, que es a donde llama el alma con quien quiere desposarse. Él le ha abierto sus brazos, y le ha abierto su costado y su Corazón para que allí vaya a esconderse...
"No nos detengamos -continuaba- a la entrada de la gruta; en los labios de la llaga encontraremos, es cierto, la sangre que nos ha rescatado, y esta sangre habla y pide misericordia por nosotros. Pero no se debe detener ahí el alma religiosa. Después que ha oído la voz de esta sangre divina, debe caminar hasta el manantial de donde brota, hasta lo más íntimo del Corazón de Jesús, y allí encontrará el alma luz, y consolaciones, y paz, y delicias inefables..."
Entonces Antonio les invita a que construyan allí su nido, como palomas místicas, y les enseña, con minuciosidad de enamorado, la manera de construirlo, aprovechando las pajas que el Esposo Divino les proporciona, con las virtudes...
"El mundo les desprecia como pajas inútiles y, sin embargo, sólo valiéndonos de ellas podemos establecer nuestra morada eterna en lo más profundo de la piedra: en el Corazón de Jesús..."
Religioso silencio invade la espaciosa Sala Capitular. Los monjes, emocionados, se despiden con profunda reverencia del apostólico varón. El Abad le abraza agradecido en nombre de todos. Antonio, humilde, con el rostro inflamado y con el corazón henchido de fuego divino, marcha presuroso al retiro de su conventito para, a sus anchas, gozar con el amado...
![]()
Así hablaba Antonio; mejor, así vivía. Por eso sus palabras iban siempre impregnadas de unción divina. Al salir por su boca eran como saetas empapadas con la sangre del Corazón de Cristo que al llegar a las almas las herían de amor o de arrepentimiento, redimiéndolas del pecado e inundándolas de gracia.
Tres siglos después la venerable Sor Juana de la Cruz, en visión memorable, contemplaría al alma de Antonio de Padua como una preciosa perla que llenaba el Corazón de Jesús.
Ahí hay que buscar el secreto de la simpatía universal ejercida por el Taumaturgo Paduano en el mundo de las almas.
Los hijos del Serafín de Asís vuelven al
Santuario de la Virgen del Castillo de Cullera
El 10 de mayo de 1944 será marcado con piedra blanca en los anales de la progresiva ciudad de Cullera. Después de trece años de obligada ausencia -por motivos harto conocidos-, los Franciscanos se reintegran al Santuario para ser los custodios fieles del más rico tesoro de los buenos hijos de Cullera: Su Madre excelsa, la Virgen del Castillo.
El acto fue emocionante y arrancó muchas lágrimas de gozo, mezclado con recuerdos dolorosos. A la hora prefijada, en el auto de la Unión llegaron los religiosos, presididos por el P. Luis Colomer, Ministro provincial de los Franciscanos. A la entrada de la ciudad esperaban el clero y autoridades civiles y militares y jerarquías del Movimiento, con una muchedumbre que recibió a los religiosos entre salvas de aplausos y entusiastas vivas.
Cambiados los saludos protocolares entre las autoridades y religiosos, en popular y efusiva procesión se dirigieron al templo parroquial. El trayecto, imponente por el gentío que acordonaba las aceras y aplaudía y vivaba a los religiosos. Los balcones, engalanados con colgaduras. A la llegada al tempo -materialmente lleno- se entonó una Salve, el P. Luis Colomer dirigió sentidas palabras de agradecimiento a la población y autoridades por las finezas recibidas, y ofreció, en nombre de la Orden Franciscana, la cooperación al apostolado de las almas.
Después se organiza la subida al Santuario. A la llegada, el Sr. Cura párroco entregó las llaves al P. Provincial, quien abrió la iglesia. La numerosa comitiva entró y acompañó a los religiosos por las diferentes dependencias, previamente dispuestas y adecentadas para la permanencia definitiva de los religiosos. Comentarios obligados; recuerdos de otros tiempo; mejoras introducidas después de la Liberación; faltas sensibles causadas por la revolución marxista, etc. Pero en el rostro de todos se reflejaba satisfacción.
La Virgen del Castillo no estará ya sola. Tendrá otra vez a sus hijos, los Franciscanos, por custodios... Ellos le cantarán, le rezarán, le harán compañía, y mientras, el pie del monte, la ciudad, esté de fiestas o sufra o trabaje la fértil campiña, o se lance al mar en busca del sustento, ellos le dirán: Vuelve tus ojos misericordiosos hacia tus hijos, y con tu mirada bendice sus alegrías, mitiga sus penas, fecundiza sus campos y guíales a puerto seguro de salvación.

Estampas evangélicas
De Tiberíades a Roma
Aún anda Jesús entre los mortales, aunque a intervalos, después de su gloriosa resurrección. Esta vez es el mar de Tiberíades, de tan dulces recuerdos para el Divino Resucitado. Sus aguas, ora tranquilas, ya fuertemente agitadas, parecen recordar aún la presencia de Aquél que no ha mucho mandaba a los vientos y sosegaba el impetuoso oleaje... "Después se apareció de nuevo Jesús en el mar de Tiberíades a sus discípulos, y sucedió de esta manera: Hallábanse juntos Simón Pedro y Natanael, oriundo de Caná, y los hijos de Zebedeo y otros de sus discípulos". Pedro, que siente nostalgia por el mar, se hace a la vela, llevando consigo a los referidos compañeros, a quienes une ya para siempre un mismo ideal. ¡Pero qué noche tan trabajosa! N¡un solo pez logró ser capturado en las redes del diestro pescador, a pesar de sus mañas y el constante maniobrar en las horas plácidas y silenciosas de la noche.

Mar de Tiberíades
Empezaba a soplar el viento, y la nave de Pedro se retira de alta mar hacia la costa en busca del abrigo que le ofrece el pequeño puerto de Betsaida. Los siete hombre tienen cara de cansancio, y van cayendo uno tras otro dormidos sobre los remos; pero el sol, que ya apunta por entre los montes de Kursi, despabila pronto sus pesados ojos que, entreabiertos, pueden distinguir en la cercana playa a la gente que como de costumbre acude en busca de la pesca. Entre los allí presentes hay un personaje que se destaca de los demás y atiza el fuego que acaba de encender. De pronto se acerca a la barca y les habla: "Muchachos, ¿tenéis algo que comer?". "Nada", respondieron. "Pues echad —prosigue— la red a la derecha del navío y daréis con pesca abundante". Sin más replicar ejecutan las órdenes del Desconocido, y al momento se llenan de tanta pesca las redes que apenas podían arrancarlas por el peso de ellas. El prodigio ha abierto los ojos de uno de ellos. Juan el Zebedeo dice a Pedro al oído: "¡Es Jesús!". Y Pedro, por toda respuesta, se ha lanzado al agua para salvar a nado los doscientos codos que distan de la playa. Su entusiasmo no le permite aguardar los movimientos lentos de la nave, cargada con la pesca milagrosa.
El mismo Personaje que antes indicara el lugar hacia el cual echaron las redes con tan buena suerte, manda ahora: "Traed algunos peces de los que acabáis de coger". De un salto sube Pedro a la barca y trae, con la ayuda de los otros hombres, la red abarrotada de grandes peces, como unos 150, y a pesar de su enorme peso las redes no se han roto... Con solicitud de madre acaba de asar el Desconocido un pez y les invita a comer, desfallecidos como están por la noche pasada en vigilia y en trabajo infructuoso. Ya nadie puede dudar que es el Maestro, pues se deja ver por sus trazas, como se dejó ver a los discípulos de Emaús en la fracción del pan.
![]()
"Simón, hijo de Juan, ¿me amas?". Había una cuenta pendiente entre Pedro y Jesús, y tenía que saldarse antes que el Maestro dejara para siempre la tierra. En las horas trágicas de la Pasión, cuando todos los discípulos habían desertado, también sucumbió el valiente Pedro con la cobarde negación del Maestro; aquella cobardía debía quedar públicamente reparada en esta hora solemne. Por eso, con énfasis simbólica, repite por tres veces la misma pregunta el Maestro, dando con esto ocasión al discípulo para reparar su triple negación, y añade: "Cuando eras joven tú mismo te ceñías la túnica y te dirigías a donde querías, mas cuando seas viejo otro te ceñirá y conducirá a donde tú no querrás... Sígueme".
Corrieron los años y Pedro se encontró más de una vez frente a esa profecía de Jesús. En el templo de Jerusalén y en las cárceles de Herodes Agripa se vio cargado de cadenas y de hierro, mas aún no era viejo y se sentía gozoso y alegre de padecer por el nombre del Crucificado...
![]()
Era hacia el año 67 de la era cristiana cuando Pedro había llegado ya a su vejez. El terrible y sanguinario Nerón se divertía a costa de los cristianos e iba a la caza de ellos. Había sonado la hora de la gran persecución y se busca con avidez a los cristianos de más significación para sacrificarlos. El supremo pastor de la grey de Cristo pretende esquivar el peligro y sale furtivamente, según cuenta la leyenda, de la ciudad, buscando un refugio donde escapar de la persecución. Y caminando a lo largo de la vía Apia sale a su encuentro el Desconocido de Tiberíades que viene ahora cargado con la cruz. "¿Quo vadis, Domine?" "¿A dónde vas, Señor?". "A Roma —contesta—, a padecer de nuevo". San Pedro cae en la cuenta, recuerda la profecía del lago de Genesaret y vuelve a la ciudad, donde pronto cae en poder del enemigo, y ceñido por el verdugo, es llevado al suplicio de la cruz.
Entronización de los Sagrados Corazones
de Jesús y de María
Venid, ¡oh Jesús! Venid, María; Espantosa y glacial indiferencia Vuestro dulce reinado hoy escarnecen, Abrigaros queremos contra el frío No ignoramos que tan dulce reinado Cuando aquí en vuestro nombre el dolor llame, Serán siempre las vuestras nuestras leyes; El amaros fue siempre gran consuelo; Venid, pues, ¡oh Sagrados Corazones! Fr. Luis Ángel, ofm Benisa, mayo 1944. |
—