Estampas evangélicas
Fiesta de los Tabernáculos
Los viajes de Jesús a Jerusalén solían coincidir con alguna festividad religiosa. Esta vez fue en ocasión de la llamada fiesta de los Tabernáculos o de las tiendas, que celebraban los judíos con gran solemnidad hacia la salida del verano, o sea a fines de septiembre o principios de octubre.
E-a la tercera de las grandes fiestas nacionales y de gran significado religioso por su origen, que remontaba a los mismos días en que Israel aparecía como pueblo elegido de Dios para los altos designios a que era destinado. En aquellos momentos solemnes, cuando los hijos cíe Jacob salían de Egipto agrupados a las órdenes de Moisés, tuvo lugar un hecho, imborrable en la memoria de todo buen israelita: durante cuarenta años anduvieron errantes por el desierto que se extiende entre Egipto y Palestina, flanqueado por el Sinaí v el mar Mediterráneo. Y la Providencia de Yahve fue tal con su pueblo, que le dio como una columna que iluminara la noche, a fin de dirigir sus pasos, y anublara el sol durante el día para que no los sofocase el calor. Rico, además, fue el alimento que periódicamente caía sobre la faz de la tierra durante ese largo peregrinar por el desierto. Y los hijos de Israel habitaron en tiendas de campaña.
Tan singular beneficio va a quedar fijo para siempre en los anales del pueblo de Dios, cuya memoria debían recordar de generación en generación. Fue el mismo Moisés quien escogió, inspirado por Dios, este tiempo para celebrar tal recuerdo: «Observarás la fiesta de la recolección a la salida del año (agrícola), cuando hubieres recogido los frutos del campo» (Ex., 23, 16). «Cuando hubiereis congregado todos los frutos de vuestra tierra celebrarás una fiesta al Señor durante ocho días... a fin de que vuestros descendientes sepan que Yo he hecho habitar en cabañas a los hijos de Israel cuando los saqué de la tierra de Egipto» (Lev., 23, 39-43).
En los días iniciales de su historia habitó Israel en tiendas. ¿Cómo fuera posible olvidarlo... ?

La Ciudad Santa rebosaba de alegría, de esa alegría santa y bulliciosa que inspiran las fiestas patrióticas. En todas las azoteas o tejados de las casas se habían levantado tiendas con ramaje vario: palmeras, mirto, ramas de limonero, de sauce. De esta manera se representaba más al vivo, según rito impuesto por Moisés, la vida de la primera generación israelita del desierto. Los incontables peregrinos acudían de todas partes con algazara a la fiesta, cargados de haces de ese variado ramaje para plantar sus chozas en los alrededores de la ciudad y, sobre todo, en la ladera del monte Olivete. ¡Qué espectáculo más típico ofrecía la ciudad vista desde la cima del monte Olivete!
N¡cedía a la alegría del hogar v de la ciudad la que vivía el templo en esos días, frecuentadísimo como era por las turbas innumerables de peregrinos que acudían a los sacrificios, votos y promesas que ante el altar se hacían a Yahve.
Un rito nuevo llamaba la atención de los peregrinos en la fiesta de los Tabernáculos, y era una libación que durante los siete días de la fiesta tenía lugar en el altar de los holocaustos: los Ministros del templo iban procesionalmente con un precioso vaso a la fuente de Siloé, en donde lo llenaban de agua, y volvían por el mismo orden al templo para derramarla sobre el altar. Esta aparatosa ceremonia encerraba, sin duda, su simbolismo las tierras ele Palestina, agostadas por el calor de los largos meses de estío, anhelaban ya el agua de bendición. La fiesta era principalmente en acción de gracias por los beneficios recibidos de Jahve en el campo; mas como la festividad de aquél dependía del agua caída a tiempo y en medida, de aquí la oportunidad de este rito en la fiesta otoñal de los judíos.
También los galileos venían a la fiesta, y ultimando se hallaba un grupo de ellos los preparativos para la peregrinación, cuando clan con Jesús, que andaba por la Galilea, ya que en Judea le buscaban para matarle. Sus paisanos y parientes, ignorantes de cuanto maquinaban los judíos, le invitan a subir con ellos a Jerusalén. Tal vez pretendían explotar su poder taumatúrgico en provecho propio o, cuando menos, llamar la atención de los peregrinos en favor de la región norteña de Palestina. «Nadie haría que quedaran en oculto obras como las que tú haces... ; s¡tal poder tienes, manifiéstate al mundo...» ¡Qué lejos estaban estos galileos de saber quién era su paisano! «Subid vosotros a la fiesta, que Yo no subo ahora, pues aún no se ha cumplido m¡tiempo.»
Y el escenario en Jerusalén aparecía muy otro. Sólo Jesús lo sabía y sus enemigos, que andaban al acecho y habían atado todos los cabos para que no escapara esta vez de sus manos. A medida que se avecina la fiesta un nerviosismo en crescendo se apodera de los dirigentes judíos. «Y ¿dónde está?», se preguntan unos a otros, que van de una a otra parte cuchicheando y dando consignas con gestos extraños. A cada esquina vuelven sobre la pregunta: «¿Dónde está aquél? ...» Hay centinelas puestos v guardias prevenidos para sorprenderle al instante. Pero pasa el primer día, y el segundo, y el tercero, y han fracasado las medidas tomadas con tanta precaución... «Mediada la semana de fiestas aparece, inadvertido en el templo, el Rabí de Nazaret...»
¡Qué bien fracasan los planes humanos cuando otros son los de Dios!
Paz y Bien
El Apóstol

Como bandadas incontables de aves se congregaban en torno de Francisco las muchedumbres
de los pueblos por donde el siervo de Dios pasaba, y al
oír la voz de este nuevo Bautista, que decía: Haced penitencia..., buscad ante todo el reino de Dios..., tened paz
entre vosotros..., era tal la devoción y el entusiasmo divino
que aquellas gentes cobraban, que todos, hombres y mujeres, se venían a sus pies, instándole que los admitiera en
su compañía para seguir su modo de vida y perfección... Mas él, con persuasivas y encendidas palabras, decía a todos: Seguid el Evangelio de Jesús...
"Cuando la gente oyó esta predicación —dice el P. Lacordaire— ya no se pensó más que para imitar a los santos fuese preciso abandonar el mundo. Toda habitación se podía convertir en celda, y toda casa en una Tebaida".
Se acerca
Con mudos pasos, como va la nieve Sobre la arcilla dura llueve y llueve Los «Triunfos de la» muerte» medioevales Mas... hacia Europa, desangrada y fría, Dª Blanca de los Ríos Lampérez Terciaria franciscana |
El contemplativo

La vida de piedad que predica y practica el Pobrecillo de Asís se caracteriza por el fiel cumplimiento de todo el Evangelio según el espíritu y según la letra, y el anhelo de hacerse en todo semejante al Redentor, no sólo en su vida oculta y contemplativa, sino también en la pública y activa. Vida activa o contemplativa era el dilema que se ponía hasta entonces; vida activa y contemplativa declaró Francisco, suprimiendo la antítesis en la unidad superior de una completa imitación de Cristo...
Su ingente obra de apostolado no disminuyó su vida de continua oración. Al retirarse por la noche de su vida misionera se veía pronto envuelto con las dulzuras de la contemplación. Una noche fue acechado por un novicio, que cayó sin sentido al revelársele algo de lo que el alma de Francisco veía.
D. José Benlliure, el pintor de San Francisco de Asís
En su estudio. Después de haber trasladado al lienzo los rayos de luz que su alma franciscana había captado durante los veintitrés años vividos en Asís, el artista mira y remira su obra, envolviéndola con una mirada, luminosa y llena de ternura, doblemente paternal. Porque para don José Benlliure, su obra de San Francisco es un alumbramiento y una resurrección.
"Un día —escribe el P. A. Torró— vio Benlliure yacente ante sus ojos al ser amado que era la expresión más fiel de su alma, a su querido hijo Pepito. No sabemos quién moría entonces con más verdad, s¡el padre o el hijo. Yo diría que morían los dos s¡la virtud poderosa del arte no los resucitara.
"Resucitó Pepito, transformado en el San Francisco de los cuadros maravillosos, y el padre ha inmortalizado su propia vida de tal manera por ellos que ya no le puede alcanzar la saña furiosa de la Parca. ¡Estupenda maravilla! La muerte del hijo dilaceró el pecho del padre e hizo brotar la caudalosa vena de inspiración mística que en él se encerraba; pero ésta, anhelosa y compasiva, fue a recogerse en el rostro cadavérico del hijo, infundiéndole vida eterna.
"¡Sesenta y seis cuadros ha producido nuestro artista, que representan otras tantas fases de ese milagro! ¡Un cuerpo exangüe y muerto; muerto para el mundo, para la ambición, para el odio, pero vivificado luego por la llama del genio, por la vida indeficiente del amor, por la inspiración mística de Asís! De este modo ha venido al mundo del arte el San Francisco de Benlliure".
Página litúrgica
La Liturgia fuente de espíritu cristiano
Uno de los ecos más intensos y prolongados de la Liturgia en el tiempo después de Pentecostés es que «vivamos y caminemos según el espíritu de Cristo». Nos recuerda vivamente cómo hemos de luchar bravamente contra la carne que se rebela contra el espíritu, y cuya derrota es corrupción y muerte, y cómo la gracia y la paz es el trofeo del fiel discípulo de Cristo.
Vida cristiana. - El cristiano que ha recibido el espíritu de Jesús en el Bautismo, que es templo del Espíritu Santo y miembro vivo del Cuerpo místico de Cristo, no puede vivir sino unido a su divina cabeza v vivificado por su misma Vida. Así como el sarmiento separado de la vid muere, del mismo modo el alma, separada de la Vid mística, Cristo, muere a la vida de la gracia, que es la misma vida de Dios participada a nuestra alma. Por el contrario, el alma que, incorporada a Jesús por el Santo Bautismo, va adhiriéndose más a El, apartando todo obstáculo a su divina acción y comunicación vital, crece en la vida del espíritu; mejor dicho, Jesús va creciendo y desarrollándose más en ella, hasta ser el principio vital de su pensar, querer y obrar; hasta el punto de poder decir con el Apóstol: «M¡vida es Cristo.» (Ph. 1, 21). «Ya no vivo yo, sino Cristo vive en mí.» (Gal. 2, 20). Ser cristiano no es sólo ser discípulo de Cristo, sino participante de su vida, pasión y muerte, que se difunde en nuestras almas, especialmente, por los Sacramentos.
Manantial de espíritu cristiano. Todo Sacramento es acción de Cristo, y como tal, acción eficaz de vida divina en el alma que no pone óbice. Por medio del signo sacramental va obrando Jesús en las almas su propia vida, creándola s¡la han perdido o reanimándola s¡la halla lánguida y remisa. Ahora bien, Cristo se ha acomodado a nuestra naturaleza, y así, nos comunica su gracia interior mediante símbolos, ritos y ceremonias para santificar nuestra alma y nuestro cuerpo; y a todo este conjunto que forma la Acción total de Cristo como cabeza del Cuerpo místico, llamamos Liturgia.
La Liturgia no es simplemente la parte sensible, ceremonial y decorativa del culto, sino que es el mismo culto de la Iglesia. Como Cuerpo místico de Jesús, la Iglesia tributa culto a Dios, y así, toda acción litúrgica es acción vital de Cristo que comunica vida y espíritu a los miembros que no ponen óbice a su acción, y tanta más vida reciben cuanta más franca comunicación haya entre la divina cabeza y sus miembros. Ahora bien, cuanta más parte nos quepa en la acción litúrgica, más espíritu y vida se nos comunicará, pues la acción litúrgica es acción orgánica; y así como todos los miembros contribuyen a la más insignificante acción del cuerpo, del mismo modo nosotros en el culto no somos simples espectadores, sino cooperadores a la Acción de Cristo.
Así las cosas, ya no nos extrañará que la Liturgia sea una fuente de vida cristiana, un venero del divino Espíritu que infunda piedad sólida y vida santa. Pío X afirma: «La participación activa de los santos misterios y de la oración pública y solemne de la Iglesia, es la fuente principal e indispensable del verdadero espíritu cristiano.» (Mot. proprio, 22 noviembre 1903.)
Vivamos con la Iglesia. - ¡Ah s¡conociésemos el don de Dios! S¡comprendiéramos el tesoro de vida divina que podemos recibir cada día. S¡asistiéramos a la Santa Misa como miembros necesitados de la acción vital de la divina cabeza, de la virtud redentora de su divino Corazón. ¡S¡nos asociáramos y viviéramos la Acción de Jesús! La Iglesia ora, canta, llora... ; y con todo esto, comunica siempre espíritu, vida. Asociémonos de corazón a esa oración, canto y dolor, v recibiremos la acción vital de la gracia que se oculta tras la belleza litúrgica.
Fr. Juan María NadalCullera, 15 septiembre 1944.
Espíritu de penitencia
Penitencia es una virtud por la que el alma se duele de sus pecados y los detesta, queriendo evitarlos en adelante y servir fielmente a Dios.
S¡a esta buena disposición del alma se une la manifestación humilde de los pecados hecha al ministro de Dios para la absolución de ellos, se tienen, además de la virtud, el sacramento de la penitencia o de la confesión, eficaz, por voluntad de Cristo que lo instituyó, para perdonar enteramente todos los pecados que se hayan cometido.
La virtud de la penitencia no debe extinguirse n¡dejar de actuarse luego de una buena confesión. Ella ha de mantener vivo en nuestro corazón el dolor de haber en otro tiempo pecado y ha de impelernos, fuerte y eficazmente, a evitar toda ocasión de pecado para no caer de nuevo en él. Más: ha de excitarnos también a obras de penitencia, con las que expiamos nuestros pecados sufriendo con buena voluntad el castigo que por él hemos merecido. Esta buena disposición interior, con la que debemos cumplir la penitencia satisfactoria de la confesión y hacer otras obras expiatorias, es el Espíritu de Penitencia.
De la penitencia hecha con este espíritu dijo Jesucristo a todos, sin excepción: «Haced penitencia porque se acerca el reino de los cielos.» (Mt 3, 2.) Y urge, con terrible amenaza, a que todos hagamos penitencia de nuestra mala vida, diciendo en otra ocasión: «S¡vosotros no hiciereis penitencia, todos pereceréis.» (Lc 13, 5.)
Bien instruido en esta doctrina, San Pedro decía en uno cíe sus primeros sermones, luego de haber proclamado la divinidad de Jesucristo, a quien los judíos crucificaron: «Haced penitencia y convertíos, a fin ele que se borren vuestros pecados.» (Act 3, 9.)
San Pablo resume en pocas palabras la historia de su apostolado, diciendo que, primero a los judíos v luego a los gentiles, les predicó que hiciesen penitencia y se convirtiesen a Dios. (Act 2, 38 y 26, 20.)
Tanto la penitencia como la conversión, que no vienen a ser sino una misma cosa, miradas desde dos puntos de vista suponen y requieren dos cosas fundamentales: dejar de pecar y vivir según las enseñanzas de Jesucristo. Así, vinieron los primeros cristianos; y su vida, alejada de las obscenidades de la carne y de los escándalos del mundo, fue llamada sencillamente vida de penitencia. (Act 17, 30.)
Esta sencilla vida de penitencia evangélica es la que vivió San Francisco y la que predicó de nuevo al mundo, alejado de Cristo por la herejía y la inmoralidad de costumbres.
Su espíritu de penitencia fue heroico en el vestido, en la comida, en la vivienda, en sus ocupaciones y trabajo, todo fue penitencia, pobreza y obediencia.
Para ejercicio des u virtud y purificación de su corazón, permitió Dios que le viniesen de parte de las criaturas no pocas contrariedades y tribulaciones; el enemigo infernal cargó luego la mano con dureza no igualada por los hombres n¡por las enfermedades; y el mismo Jesucristo, para consumar la obra de afinamiento y espiritualización de San Francisco, le dio los últimos toques dolorosos, con los que acabó de purificar aquel cuerpo tan rendidamente sujeto a continua v áspera penitencia y deificó aquel alma seráfica, cuya perfecta configuración con Cristo se manifestó afuera por las sagradas Llagas, que cuanto tienen de admirables y de gloriosas por ser las Llagas de Cristo en San Francisco, otro tanto tuvieron de dolorosas para el Seráfico Padre, que supo encubrir con la jovialidad y la santa alegría des u espíritu lo que su martirizado cuerpo padecía.
A sus hijos transfundió San Francisco su espíritu para que fuesen continuadores de su obra de regeneración cristiana en el mundo. A todas las naciones los envió "a predicar la paz y la penitencia" según la facultad que les había concedido el Papa Inocencia III de predicar penitencia por todo el mundo; y daban razón de sí, a quienes les preguntaban por su origen y género de vida, diciendo sencillamente: «Somos frailes penitentes de Asís.» La vida de pobreza, humildad y obediencia que llevaban bien podía, en efecto, llamarse vida de penitencia. Tal vida no era sino la práctica del Evangelio; era el Evangelio hecho vida en ellos, como lo fue en Jesucristo y en los Apóstoles; era la imitación de Jesucristo llevada a todos los ámbitos de la vida y a los senos más recónditos de ella.
La imitación de Jesucristo qué San Francisco y sus hijos se habían propuesto, no puede comenzar sino por la penitencia, n¡mantenerse n¡llevarse adelante sino con la penitencia. Cuanto más de cerca y con más perfección se quiere imitar a Jesucristo, más necesaria y urgente es la omnímoda abnegación propia y el constante y heroico espíritu de penitencia.
Por esto, siendo el espíritu franciscano la fiel imitación de Jesucristo, ha venido a tomar, en fuerza de ello, la forma peculiar de espíritu de penitencia.
Yo soy librepensador
—iAh! ¿Sí?
Librepensador, según nuestro criterio, quiere decir libre actor.
El librepensamiento es un manto que cubre todos los errores y las inmoralidades; permite pensar libremente todas las inmundicias y todos los crímenes; pensar libremente en todos los actos contrarios a la naturaleza; pensar libremente que dos y dos son tres; que no se debe nada a nadie, n¡a Dios, n¡a los padres, n¡al panadero; pensar libremente que el robo no es un pecado; que se hacen obras inmorales corrompiendo la juventud; pensar libremente que se hace resaltar la verdad diciendo mentiras; pensar y obrar libremente, sobre todo, cuando pasiones vergonzosas entran en juego y... envanecerse de todo esto.
Es un engaño, un robo, vuestro librepensamiento, porque nadie es dueño ele pensar semejantes cosas. No toméis ese aire de ofendido, de pudibundo, porque pongo a la luz del día el fondo de vuestro librepensador. Eso es lo que quiere decir: que todo librepensador es dueño de hacer todo eso sin remordimiento y sin que nadie pueda reprochárselo.
El librepensamiento es una sublevación contra Dios, ante todo, y después, contra toda moral. ¡Oh es bien sucio y repugnante el manto del librepensamiento!
Todos los ladrones y asesinos son librepensadores. Preguntádselo.
Quiero creer que al repetir la frase «Soy librepensador» no hacéis más que presentar como excusa, a la falta de vuestros deberes, una frase leída en algún diario inmundo u oída en una inmunda taberna, sin saber cuántas cosas repugnantes esconde esta frase.
Cumplid con vuestro deber y seréis felices sin necesidad de buscar semejantes excusas.
S¡la verdadera fe es como un tesoro, como un enorme saco de oro; s¡la fe en una religión falsa es como un saco de piezas falsas doradas; la incredulidad librepensadora es un saco vacío... lleno de viento que permite las locuras.
Consultorio religioso
Desearía saber, a ser posible, el origen y el porqué de obsequiar los fieles a las almas del Purgatorio, y tan especialmente en su día, con lamparillas de aceite, velas de cera, etc. - Agustina (Valencia).
A la verdad que es sugestivo el tema que me propone esta lectora de Valencia. Se puede decir mucho, pero la índole de la sección me obligará a ser breve. Veré de armonizarlo todo con la claridad.
1.° Origen. - Esta práctica es antiquísima. Podemos afirmar que es anterior en muchísimos siglos al Cristianismo. El culto a los muertos es algo que se remonta a los tiempos más remotos de la humanidad. La Prehistoria ya nos ofrece preciosos testimonios de ello. Las lámparas funerarias ya se encuentran en las célebres tumbas del Alto Egipto —unos dos mil años antes de Jesucristo, según la cronología más común—; el pueblo judío también las usó; lo propio hicieron los griegos y los romanos. Los primeros cristianos no hicieron más que continuar esta práctica, que se ha venido manteniendo hasta nuestros días. En este hecho, pues, son concordantes las civilizaciones más diversas, lo cual es un argumento moral de gran valor para corroborar la demostración del a inmortalidad del alma humana.
2.° Razón. - Pero cuando analizamos el porqué o, s¡me permite, el espíritu que anima esta práctica, aparece al punto la marcada diferencia que hay entre ellas. En general, podemos decir que las civilizaciones paganas se dejan llevar en este culto a los muertos, que en ocasiones llega hasta la idolatría por un sentimiento de miedo. Creían que el alma del difunto sobrevivía y que rondaba en torno de su sepulcro o de su casa, y que podía perjudicar a los vivos s¡no le trataban con los debidos respetos. De aquí todo aquel esmero en proporcionarles cuanto pudiera hacerles agradable la vida de ultratumba: espléndidos sepulcros, valiosas joyas, abundantes y selectos manjares y luces para iluminarles en la tenebrosa noche del sepulcro. Así, satisfecho el espíritu del difunto, no iría a molestar a sus allegados.
Para los cristianos, en cambio, y antes para los judíos, estas ofrendas a los difuntos revestían, y continúan revistiendo, el carácter de sufragios, de intercesión, de sacrificios que se hacen a Dios para que perdone la parte de deuda que acaso no satisfizo en vida el difunto por sus pecados. El Cristianismo, al tomar de los pueblos antiguos ciertas prácticas que en manera alguna se oponen a su moral y a su dogma, les comunicó un nuevo significado. Las sobrenaturalizó. La lámpara que ardía en un sepulcro egipcio, griego o romano, era una mera luz material que iluminaba al difunto en las tinieblas del sepulcro. Para el cristiano no es eso. Es, primero, una ofrenda que se hace a Dios por nuestros hermanos difuntos y que les hace mucho bien, según nos lo da a creer el consolador dogma de la Comunión de los Santos; es también un símbolo de la luz eterna que poco a poco va alejando las tenebrosidades de la culpa y absorbiendo en su seno a los espíritus ya purificados de los que en vida fueron fieles a las leyes del Señor. La Iglesia siempre ha proclamado este aspecto espiritual de las prácticas externas y de las manifestaciones de afecto que los fieles hacen en favor de sus difuntos.
3.° Especialmente.- Y todas estas manifestaciones se hacen de una manera particular en el día de la Conmemoración de los Fieles Difuntos, porque ese es el día que en el año litúrgico se dedica a recordar especialmente a las almas que están en el Purgatorio. El origen de esta conmemoración especial de los fieles difuntos es también antiquísimo. Tal como se celebra en la actualidad, viene desde el siglo XIII; pero en su origen se confunde con los comienzos del Cristianismo. Basta. Puesto en este asunto, voy a contestar a la pregunta de un amable lector que ya nos ha honrado con otras.
¿Qué hay sobre el jubileo de las Almas? Le agradecería me lo explicase, ya que es tan amable como el nombre que ha adoptado.
Gracias por la buena referencia. Al grano. El jubileo de las Almas lo estableció Benedicto XV en el año 1914 para auxiliar, sin duda, a la multitud de almas abandonadas por la mortandad de la otra guerra mundial. Como ve, las circunstancias y motivos de su origen son muy parecidas a los imperantes en estos calamitosos tiempos. Este Jubileo es el más extenso de todos los similares. Se puede ganar en todas las iglesias y oratorios públicos y semipúblicos. El tiempo es desde el medio día del 1.° de noviembre hasta la medianoche del día siguiente. Las condiciones, como está concedido «al igual que el de la Porciúncula», son las mismas: confesión, comunión, visita de la iglesia u oratorio y rezo de los seis Padrenuestros, Avemarías y Glorias. Las indulgencias de este Jubileo son aplicables tan sólo a los fieles difuntos, de suerte que el mismo que lo practica no puede aplicarse a sí mismo ninguna.
Fr. Agnello
Señoras y caballeros, al tren
El cierzo arreciaba en una tarde otoñal de las llanuras castellanas y la gente se arremolinaba por los andenes de la estación del ferrocarril con el bullicio estridente de la gente joven, que reía, palmoteaba y andaba arriba y abajo al compás de su charla jubilosa, que les hacía gritar o reír a carcajadas o detenerse y agruparse como para escuchar en secreto algún comentario malicioso de su crítica mordaz, que tenía por blanco algún viajero inocente que, silencioso y cabizbajo, esperaba con ansia la llegada del tren. En sus andares se les veía detener su mirada hacia un recodo de la estación, donde, separadas del bullicio, había un pequeño grupo de Hermanas del a Caridad, cuyos rostros, blanqueados por el claro reflejo de las anchas alas de sus blancas tocas, mostraban el ceño triste de la ansiedad.
Un oficial del a estación hizo sonar la campana indicadora de la proximidad del tren; era el primer toque de aviso, y el tintineo estridente de la campanilla hizo estremecer a las monjitas, cuya ansiedad se hizo más palpable con sus miradas escrutadoras hacia la avenida de la ciudad. ¿Qué esperaban? A todos llamaba la atención aquel grupo de monjitas que, silenciosas, agrupadas, recelosas y mirando con ansiedad al camino, se les veía musitar entre s¡algunas palabras, o rezando otras con miradas fijas al cielo, o agitándose temblorosas, pero sin moverse del lugar. Se Parecían a un nido ele palomas blancas, medrosas e intranquilas, cuyos rezos o quietos a charla era como el arrullo de sus almas inocentes. Sólo una se mantenía tranquila y serena, con la seguridad de llegar a tiempo. Era la superiora del grupo.
El jefe ele la estación, que había cesado en su reparto de billetes, salió unos momentos a dar un vistazo por los andenes, y al ver el grupo de monjas y pensar que aun no habían sacado billetes, se acercó a ellas, y cortés y galante, les saludó y preguntó s¡habían de tomar el tren y adónde iban.
—Sí, señor —contestó la superiora—; vamos a Medina.
—¿Y cómo es que no sacan billetes?
—Es que esperamos al administrador que ha de sacarlos.
Se retiró el jefe de la estación a su despacho, y al oír el segundo toque de la campana volvió a salir preocupado por aquellas monjitas que no sacaban billete y cuyo administrador parecía haberse dormido.
Se fue a ellas, y les dijo:
—Miren, hermanas, que queda poco y se van a quedar en tierra, pues el administrador no llega n¡se acuerda de ustedes.
La madre superiora contestó con resolución.
—S¡el administrador no llega, ya mandará San Antonio a alguien que nos saque el billete, no le quepa a usted duda.
-¿San Antonio? —exclamó el jefe con son de duda—. Pues va veremos.
Dio media vuelta y se volvió a su despacho, esperando jubiloso ver a San Antonio, con su cogulla parda, asomarse al ventanuco de la taquilla pidiendo media docena de billetes para sus simples devotas. Pero n¡por esas.
El tiempo corría; las blancas palomas de la Caridad se agitaban con un rezo va marcado, que llamaba la atención de las concurrentes. Los que se acercaron a ellas escuchaban con repetidas voces las palabras del tan eficaz responsorio: S¡buscas milagros, mira..., y miraban todos a ver en qué paraba aquello.
Iban a dar la tercera señal y volvió a salid el jefe, y se acercó a las monjitas, diciéndoles:
—Hermanas, el tren va a llegar y ustedes se quedan en tierra. Ya ven que n¡el administrador n¡el emisario de San Antonio ha llegado todavía. Vean qué se hace.
—Ya vendrá —contestó la monja con resolución—. San Antonio no puede faltar y se lo estamos pidiendo.
Sonó el tercer toque de aviso y el jefe se volvió a retirar. Las monjitas, suspiraban unas; rezaban otras, y la Madre miraba al cielo como hablando con alguien en cariz de reconvención.
Volvió a asomarse el jefe, y allá en lontananza comenzaba a vislumbrarse ya el penacho del humo de la máquina y el tom pon ton del cercano tren se dejaba oír con el temblor de la vía.
El jefe salió, por fin, con un número de billetes igual al de las monjas, y acercándose a ellas les dice:
—Ya ven ustedes como San Antonio no ha enviado a nadie, y gracias que me compadezco yo de ustedes.
—Y ¿quién lo ha dicho, señor? Acaso no ha sido usted el emisario que esperábamos de San Antonio? ¿Quién le ha movido a usted a ese favor de sacarnos los billetes s¡no es San Antonio, a quien se lo hemos pedido? Ha sido usted el emisario que esperábamos; San Antonio que se lo pague con creces.
—Ciertamente —añadió el jefe—, sin darme cuenta he sido yo el enviado de San Antonio; ya veo que no abandona nunca a sus devotos.
En ese momento llegaba el tren, y las monjitas subieron para Medina, oyendo con gozo al empleado, que decía: «Señoras y caballeros, al tren.»
Noticias
Discurso del PapaCon motivo de haberse cumplido el V aniversario del comienzo de la guerra pronunció el Santo Padre un interesante discurso, radiado a todo el mundo por la Radio Vaticana. Ante la perspectiva de una pronta terminación de la guerra, el Sumo Pontífice, rector supremo de los pueblos cristianos, marca las directrices para conseguir una paz justa y duradera, basada en la doctrina del Evangelio.
Homenaje al Sr. Obispo de TeruelDe paso para Madrid, se ha detenido unos días en Valencia el Excmo. y Rmo. Sr. Obispo de Teruel, P. León Villuendas. Venía de Torrijo del Campo (Teruel), su pueblo natal, a donde había ido desde Madrid, acompañado del Padre Francisco Ferrer y del secretario del director general de Transportes, señor Vara. El objeto del viaje era el de recibir un justo homenaje de sus paisanos en ocasión de las fiestas de dicho pueblo. Antes de llegar allí fue obsequiado en Monreal por los Hermanos de la Doctrina Cristiana y su Colegio.
El P. León Villuendas llegó a Torrijo seguido de una pequeña caravana de autos, que conducían a sus familiares y autoridades eclesiásticas y civiles de Teruel, siendo verdaderamente triunfal la entrada y apoteósico el homenaje tributado por sus paisanos. Entre los actos celebrados en su honor se destaca el descubrimiento de la placa, en la casa familiar del Prelado, rotulando por acuerdo del Ayuntamiento la calle con el nombre de P. León Villuendas, Obispo de Teruel.
En las fiestas del pueblo que siguieron al homenaje del Excmo. y Rmo. P. Villuendas, éste tomó parte, con asistencia pontifical, en la Misa solemne y procesión eucarística, el día 17, y con la celebración de la Misa de campaña, el día 18. Fue brillantísima y muy oportuna la arenga dirigida en este acto a sus paisanos, ante la cruz y lápida dedicada a los caídos detrito por Dios y por la Patria en la pasada cruzada.
La Acción Antoniana saluda, una vez más en esta ocasión, a su antiguo e ilustre colaborador.
Quinario de las Llagas de San FranciscoCon la solemnidad acostumbrada se celebró en Valencia, Teruel y otras poblaciones el solemne Quinario a las Llagas del Seráfico Padre San Francisco. En nuestra iglesia de San Lorenzo tuvo lugar del día 13 al 17 de septiembre, siendo los tres últimos días solemnizados con el culto especial de las Cuarenta Horas en honor de Jesús Sacramentado.
Apertura de Curso en el Centro Instructivo AntonianoEl día 2 de los corrientes tuvo lugar la apertura de Curso en nuestro Centro Instructivo Antoniano. Después de la Misa celebrada en la iglesia de San Lorenzo, con asistencia de los alumnos, se trasladaron éstos a los salones del Centro, donde se dio la primera lección del Curso. Varios niños alumnos de nuestro Centro han ingresado ya en el Seminario Diocesano o en nuestro Colegio Seráfico. Bendiga el Señor este plantel de vocaciones misioneras.
El Día de las MisionesEl mes de octubre recuerda a todo católico los anhelos de la Santa Madre Iglesia por extender el Reino de Cristo por toda la faz de la tierra. El Día de las Misiones significa especialmente esas ansias de expansión universal de la fe de Cristo.
Son, naturalmente, los misioneros quienes directamente roturan el terreno inculto del os pueblos infieles, pero esta ingente labor requiere el apoyo de limosnas de todo el mundo. España, que se incorporaba con entusiasmo a este movimiento misionero y lograba en el año 1931 su más alto nivel en las colectas destinadas a este objeto, experimentó un descenso lamentable en los tristes años sucesivos hasta la fecha gloriosa del triunfo nacional. Mas a partir de esta fecha, reanuda su marcha ascendente en su generosidad en favor de las Misiones. Basta mencionar que las 421.887 pesetas recaudadas en el año 1939, han ¡do aumentando hasta la cantidad de 2.304.512 pesetas alcanzada en 1943.
¡Católico, no decrezca tu generosidad ayudando a las Misiones con tu óbolo!
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