Índice del número 191

Noviembre de 1944. Director: Fr. José A. Arnau.

Reflexiones otoñales

"¡Hay que vivir la vida!...", se oye a menudo decir, como frase hecha. Y ¿qué es la vida para consumirla así, tan sin sentido?... "Un sueño", se dice, "una ilusión..." ¡Ah, sí, un sueño!... Así viven hoy muchas gentes, soñando..., soñando en afanes de bienestar, de fortuna, de riquezas...; soñando por hacer de este mundo el centro de gravedad y la meta de sus aspiraciones... Soñando vive nuestra sociedad, lejos, muy lejos de la realidad; de esa realidad que impone la concepción cristiana de la vida. Y... ¡qué desagradable cuando el sueño ha sido una utopía!...

Vivía Pompeya, confiada y tranquila, gozando de la paz que sus habitantes, soldados veteranos del Imperio, habían logrado con el triunfo de las armas. Su posición envidiable la había convertido en una de las mejores colonias romanas. Su clima y la rica llanura de la Campania fomentaban, además, una vida holgada y de placer. Y así vivían aquellos ricos pompeyanos, alternando su vida sibarítica con los vanos pasatiempos del circo y del teatro, cuyas ruinas aún se pueden contemplar. Así vivían los habitantes de Pompeya, que embriagados con el vino exquisito que les brindaban los ricos viñedos, escalonados en las laderas del Vesubio, olvidaban los gemidos de millares de esclavos, comprados para su servicio y esclavitud. Un día, el cielo les envió un saludable aviso: el terremoto del año 64 de nuestra Era estremecía toda la región de la Campania. Y apenas rehechas las ciudades de los daños causados por el terremoto, una nube de fuego y de ceniza, vomitadas por el vecino Vesubio, cubría, el año 79, a la rica Pompeya bajo una capa densísima de lava ardiente. ¡Qué trágico despertar!.

"¡Despierte el alma dormida!..., diría nuestro poeta a la sociedad de estos tiempos, contemplando los tremendos golpes con que trata el Señor de acudir al espíritu del hombre, empeñado en vivir al margen de su Ley santa... Bien sabido es que la Providencia amorosa de Dios dirige todos los acontecimientos del mundo, según sus fines altísimos y ocultos a nuestro rastrero mirar... Hasta esta terrible paradoja de la humanidad, que empeñada en disfrutar a mansalva de la vida, inventa los más crueles medios de destrucción, entra en los designios providenciales del Señor... Y s¡esto es así, ¿no valdría la pena hacer unas serias reflexiones y dar otro giro al rumbo de la vida?

Caducidad de lo creado

C on motivo de la guerra que conmueve en la actualidad al mundo entero, grande es el sentimiento de todos los amantes de la cultura por la destrucción de monumentos artísticos, tales como el monasterio de Monte Cassino, que durante varias horas estuvo sometido al bombardeo de centenares de aviones, seguido del cañoneo de numerosas piezas de artillería que con sus granadas (no obuses, como dicen erróneamente de prensa, pues un obús es en España un cañón corto y no un proyectil) completaron su destrucción. Pensaron los atacantes quebrantar de ese modo la resistencia alemana, cuyas líneas de combate incluían la cuna de la Orden benedictina; pero los luchadores que en ella se ampararon no sufrieron quebranto alguno, puesto que soportaron el ataque adversario refugiados en túneles a muchos metros de profundidad. Elementos civiles (seglares y monjes) sí que resultaron víctimas inocentes al ser sorprendidos inesperadamente.

Y lo ocurrido allí también ha ocurrido en otros lugares, y no del frente de guerra, pues el bombardeo por la aviación, con daños en monumentos artísticos o culturales de poblaciones de la retaguardia, no es exclusivo de ningún de los beligerantes.

El método actual de conducir la guerra parece inspirado en las ideas del general de aviación italiano Douhet, quien en su obra El dominio del aire, aparecida años antes de la actual contienda, preconiza el empleo en gran escala de aquella arma de combate, pensando que el pueblo que dominara el espacio aéreo ganaría la guerra futura, en que sería innecesaria la intervención del ejército terrestre y aún la de la marina. Y como la guerra en nuestro tiempo es entre naciones en armas y no sólo entre ejércitos, como antaño, todo lo que contribuya a deprimir la moral del enemigo (militar o civil) y haga acelerar al fin de la pugna bélica, con el triunfo propio, es lícito y debe emplearse. De ahí la conveniencia de bombardeos en gran escala, con bombas expioslas, incendiarias y con gases asfixiantes, para arrasarlo todo. Claro está que en estas consideraciones no entran para nada la Moral y el Derecho, que deben regular todas las acciones humanas.

La pérdida irreparable para la cultura de monumentos y otras obras artísticas hace pensar en la caducidad de todos lo humano. Pero s¡"el hombre se agita y Dios le guía", como dice Bossuet, y creemos los cristianos, hay que pensar que, puesto que Él lo permite, las calamidades y dolores que acarrea la guerra tienen un fin superior, pues, como notó San Agustín, aunque Dios podía impedir el mal, no lo hace, por ser mayores los bienes que de él saca que los que se producirían s¡no existiera. Y la destrucción de valiosas obras de la cultura humana es como un caso particular de una ley que podríamos llamar de caducidad de todo lo terreno.

Nada hay duradero en este mundo. Los grandes monumentos de la antigüedad han desaparecido, en su mayor parte, por la acción del tiempo o de los hombres. De las llamadas siete maravillas del mundo (las pirámides de Egipto, los jardines colgantes de Babilonia, el Júpiter olímpico de Fidias, el mausoleo o sepulcro de Mausolo, erigido a este rey por su esposa Artemisa, el faro de Alejandría, el coloso de Rodas y el templo de Diana en Efeso), solo subsisten las pirámides, pero tan maltratadas, que han disminuido algunos metros en sus dimensiones. Y sus difuntos moradores, para quienes fueron construidas, exhumados en la actualidad, se exhiben, para curiosidad de los visitantes, en el Museo de El Cairo. Entretanto, esas momias, atacadas por polillas de diferentes especies, lentamente se destruyen.

Ciudades como Babilonia, Nínive, Palmira o Cartago no son más que un montón de escombros, paseando ahora los lagartos por donde antes lo hacían sus moradores. Y monumentos como el Partenón de Atenas o el Coliseo de Roma, muestran su aspecto de vetustez doliente, y a no se por los cuidados que se les prodigan, años hace que de ellos no existiría sino el recuerdo.

De obras escritas, producto del ingenio humano, ¿cuántas no se han perdido? Aristóteles y Platón, no obstante ser jefes de escuelas filosóficas que siguieron viviendo por sus discípulos, escribieron obras que no han llegado hasta nosotros. Lo mismo pasa con tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Y aún con escritos de autores que vivieron ya en la Era cristiana, como los Santos Padres, aunque alguno sea la egregia figura de San Agustín, y aunque existe una Orden religiosa, por él fundada, que podía conservarlos.

De los primitivos Evangélicos, escritos sobre rollos de papiro, nada se conserva; el más antiguo, y no completo, es el llamado papiro de Oxyrineo (hoy en Filadelfia), que es del siglo III o IV. Y los manuscritos más antiguos del Antiguo Testamento que existen son del siglo IX o X después de J. C.

Y s¡buscáramos los restos mortales de los grandes personajes de la Historia encontraríamos que, sin remontarnos a la Edad Antigua, de cuyos protagonistas no se conserva ninguno, salvo de algún Santo, aun en tiempos recientes, se ha perdido el rastro de su sepultura en multitud de casos (Luis Vives, Hernán Cortés, Cervantes, Mozart, etc.). De otros se han destruido deliberadamente las cenizas (de Adriano, aventadas por los bárbaros; de los Reyes de Francia, desenterrados de St. Denis por los revolucionarios; de los de Aragón, que sufrieron igual suerte en Poblet, etc.).

Y aun los Santos de la Iglesia católica no han recibido mejor trato de sus enemigos. Tal es el caso entre otros, de San Francisco de Paula, quemado por los hugonotes; de Santa Genoveva de París, cuyas cenizas echaron al Sena en la Revolución francesa, y los de varios en España, en el reciente período revolucionario (San Francisco de Borja, San Pascual Bailón, la Beata Inés de Benigánim, San Luis Beltrán, etc.).

En resumen: todo pasa y desaparece con el tiempo, las cosas y los hombres, sin dejar rastro las más de las veces. Con razón pudo cantar el poeta guillotinado A. Chenier en su Imitación de Homero (Elegía XXXII):

¿Qué sois mortales? Hojas que en alto,
desde la copa que se eleva al cielo,
cubrís la tierra so un dosel sombrío,
y al cansado viandante dais consuelo:
pero los soplos del helado cierzo
os barrerán, ya secas por el suelo,
y cuando fueres pasto de la llama,
con nuevas hojas se ornará otra rama.

Sólo la palabra de Dios permanece para siempre, y ella nos dice que el mundo no es "el centro de las almas", sino morada transitoria, en la que no hay que tener apego excesivo a cosas n¡personas, perecederas todas; sólo el espíritu es inmortal y duradero. Y en otro mundo mejor, en la ciudad del eterno gozo —como escribe Papini—, podrá hallar la plena satisfacción de sus anhelos con la posesión de un bien que nunca se destruye: Dios infinito y eterno.

Arturo Fosar Bayarri

 

"Antes que existiera la cruz no había escalera para subir al cielo. Y por esto, n¡Abraham, n¡Jacob, n¡David, n¡hombre alguno podía llegar allá. Ahora está puesta esta escalera, que es la cruz".

San Agustín

Predica el Santo

Joven, siempre arriba...

R ozaron m¡hábito, al pasar, y sentí extraño estremecimiento... Dos jóvenes ardorosos; robustos, pletóricos de vida, que hablaban entre sí con la rapidez atropelladora de la juventud de hoy y respirando un tono de atrevimiento irreflexivo y optimista...

—Estamos en la edad de la conquista; es la hora de escalar la gloria y de gozar la vida...

—Es verdad, pero cuesta, s¡se quiere hacer con honor...

—¿Cuesta?... No lo creas; la juventud triunfa dondequiera que actúe con todo su ardor; nuestra fuerza es cono torbellino, que arranca cuanto se opone a su paso...

... Y rápidamente se alejaron de mí. Ya no podía captar su animada conversación; pero quedaron resonando en m¡interior, como persistente eco, algunas de sus ardorosas palabras.

... Como torbellino... Es verdad... El torbellino lo mismo levanta hasta las nubes cuanto arrebata, que lo revuelca, malicioso, en el cieno. No es la brisa tranquila, uniforme, refrescante, que, insensible y suavemente, abre las llores del jardín y las hojas ele los árboles del bosque...

El torbellino, al igual que arranca el espinoso y triste cardo, troncha despiadadamente el delicado y fragante lirio; no es el aura matinal que vivifica cuanto roza.

El torbellino siembra el terror por donde pasa, ya sea la fecunda y cultivada huerta, ya el inculto y solitario páramo. No es el suave viento que, empujando, trae las nubes de agua fecundante ; más bien, las ahuyenta o disipa...

Como torbellino... Sí, la juventud sin ideal noble, que le sirva de freno y guíe sus pujantes energías, es como el torbellino. Ahora se levanta, por el orgullo, hasta el cielo; ahora cae violentamente para revolcarse, indigna, en el vicio... No respeta a la inocencia más pura e indefensa, n¡repara en la desolación y amargura que deja tras de sí en los corazones en que ha marcado sus huellas.

Quiere gozar..., adquirir fama... y riquezas..., sea como fuere... ¿Qué importa tener que arrastrarse vilmente por el suelo?... ¿Qué, tener que atropellar lo más sagrado? ... Nada. Lo que sí interesa es el placer, la gloria, el dinero._ Y así, nuestra juventud de hoy, divino tesoro de pujante energía, por falta de ideal noble y elevado, se envilece, se enerva, se suicida en el deshonor...

No olvidéis, queridos jóvenes, que en vuestro camino de la vida quizás tropecéis con la fortuna. S¡para cogerla hay que bajarse, decid: No la quiero; una pobreza honrada vale más.

En vuestro camino de la vida quizás llegue la gloria a ofreceroslo con todos sus atractivos. S¡para poseerla es necesario bajarse, decid: No la quiero; una condición humilde vale más.

En vuestro camino de la vida expondrá, sin duda, el mundo sus placeres. S¡para gozar de ellos es preciso bajarse, decid: No los quiero; una vida austera vale más.

Vosotros siempre arriba, al ideal divino. El bajarse no es cristiano.

Sólo el que se humilla será ensalzado, ha dicho Jesús...

Pero humillarse no es bajarse. Es reconocer la verdad. Y Dios es la Verdad. Humillarse es, pues, reconocer a Dios, sujetándose a su voluntad santísima, aceptando su ley, amándole, en una palabra...

¡El amor de Dios! He ahí, joven ardoroso, la fuerza que, con ímpetu constante, sin los violentos descensos del torbellino de la ciega pasión, te hará subir hacia arriba siempre..., a la gloria, a la fortuna, a la felicidad única y verdadera.

Fr. Antonio de Padua

Una lección de puntos

H abía una vez en un pueblecito de Andalucía un anciano labriego que a costa de esfuerzos había logrado conseguir una fortuna que le permitiera vivir desahogadamente.

Mas he aquí que a la muerte de su mujer comenzaron los tres hijos que tenía a importunarle, diciéndole a cada paso:

—Pero, padre..., ¿a qué espera usted? ¿Por qué no nos entrega lo que nos corresponde de su dinero, s¡sólo hemos de emplearlo en rodearle de comodidades?...

Y el viejo, a quien los arrumacos de sus hijos habían hecho imaginarse el hombre más querido del mundo, cayó en la trampa, e hizo la repartición.

Se separaron sus hijos cuando consiguieron su deseo, y él quedó con el mayor. Pero principió entonces su calvario. Todo lo que él hacía contrariaba a su hijo y motivaba discusiones. Su situación se hizo tan insoportable, que tuvo que buscar en casa del segundo hijo un poco de respeto y de amor.

No lo encontró. No encontró n¡siquiera justicia. Se había convertido en un estorbo, en una carga molesta desde que no era dueño de lo suyo. Y acudió al hijo menor, y con él le aconteció lo mismo: sólo palabras duras y faltas de consideración tuvo para su padre. El viejo llevaba un arca en su peregrinación. Y de repente empezó a cuidarla mucho, a abrirla con frecuencia, a quedarse contemplándola, con las llaves en la mano. Solía encerrarse con ella en la habitación, y salía como temeroso de que le viesen con los bolsillos abultados...

Le preguntaron estas cosas al hijo mayor, y tuvo con sus hermanos una consulta. En ella acordaron los tres que su padre los había engañado y se había reservado parte de su fortuna, que de seguro conservaba oculta en aquella arca.

Desde aquel momento todo cambió otra vez para el viejecito. Tornaron los mimos, volvió la afabilidad, se le colmó de atenciones... Los hijos se disputaban el honor de agasajarle, de hospedar en su casa al padre y... al arca de las riquezas. Y él continuaba manteniendo el misterio, y a veces solía ir a casa de un notario amigo suyo, con el cual sostenía largas conversaciones. Y los hijos, más amables cada día, no se cansaban de decirle:

—En esta casa, ya lo sabe usted, padre : usted mande lo que quiera...

Pero transcurrió el tiempo, y al viejecillo le llegó su hora, saliendo de este mundo rodeado de atenciones.

Y cuando abrieron el arca los tres hijos, ansiosos de entrar en posesión de las riquezas, la hallaron atiborrada de pedruscos, y un papel que decía: «El que da lo que tiene antes de la muerte, merece una pedrada en la frente.»

Estampas evangélicas

La Presentación de María en el Templo
(Al margen de los evangelios)

E l lugar que ocupa la Santísima Virgen en la Liturgia es singularmente notable, no ya sólo porque a diario va su memoria unida a la de Jesucristo en los misterios de nuestra vida cristiana, sino porque la piedad de los fieles ha encontrado, además, múltiples motivos para honrarla bajo alguna especial advocación. No hay mes del año que no figure en lugar destacado en el culto católico, multiplicándose en muchos de ellos las fiestas en su honor. De estas fiestas, unas son de origen antiguo y otras lo tienen más reciente. Merece citarse entre las primeras la fiesta de la Presentación de María en el templo, no sólo por su antigüedad, sino porque, a excepción de las otras, que tienen su fundamento o motivo más o menos bíblico, ésta se apoya en una tradición cuyos primeros indicios aparecen en el siglo II de nuestra Era.

Fué en Oriente donde nació esta fiesta; aquel pueblo tan devoto de la Madre de Dios, encontró motivos paralelos de culto a Jesús y a su Madre en su Presentación en el templo. La Presentación de Jesús obedecía a una ley mosaica, cuyo cumplimiento aduce San Lucas en su Evangelio cap. 2, 22 ss. ¿Pero hubo una escena parecida para María?...

La ley mosaica sólo urgía la presentación de los niños en el templo, ceremonia de una significación simbólica; mas corriendo los siglos pudo haberse introducido alguna ceremonia especial para consagrar a ciertos servicios del templo a niñas y vírgenes excepcionales, especialmente en cumplimiento de algún voto de los padres. ¿Fué éste el caso de María? Sea como fuere, una tradición cristiana, nacida en Oriente en los primeros siglos de la Iglesia, cuaja en el siglo v¡en una fiesta de la Santísima Virgen, paralela a la de la Presentación de Jesús en el templo. ¿Cuál es su fundamento?

Presentación de María en el Templo

Presentación de María en el templo

Son tan lacónicos los Evangelios que sólo nos han dejado descrito, a grandes rasgos, un bosquejo de la vida de Jesús y de su predicación. Bien es cierto, como dice San Juan, que no habrían bastado todos los libros para contener todas las cosas que dijo e hizo Jesús; pero de algunos momentos de su vida es tan poco lo que nos dicen, que en pocas palabras se resume todo el largo período de su infancia. Y ¿qué decir de María? La primera vez que aparece su nombre es en la escena de la Anunciación. Después de esto su memoria va recordada muy pocas veces más, v como de paso. A San Lucas debemos, particularmente, los escasos datos que guardamos sobre Aquella, que mereció ser saludada por el Arcángel llena de gracia.

Sin embargo, la piedad y fervor de las primeras generaciones cristianas no se resignó a pasar por alto tanto silencio, y déseosas de, conocer pormenores de la Virgen de Nazaret, empezaron a tejer una historia, a base de los datos que tal vez recogieran del Discípulo amada y de San Lucas Evangelista. Los datos de la tradición apostólica irían engrosando sin duda, en época posterior, de suerte que en el siglo t¡aparece ya esa tradición elaborada y fija en el Protoevangelio de Santiago. La curiosidad, muy lógica, del pueblo cristiano quedaba satisfecha: había ya una, historia del nacimiento e infancia de María, trazada según el patrón de la historia paralela de San Lucas sobre Jesús. Es de advertir que en el relato de la infancia de María se observa una influencia bien marcada de ciertos pasajes bíblicos, sobre todo de la vida de Samuel. La concepción y nacimiento de María es del todo prodigiosa, como lo fué también la del profeta Samuel. He aquí lo que nos refiere el citado libro apócrifo.

Vivían, al parecer, en Jerusalén los dos santos esposos Joaquín y Ana, y un día, mientras presentaba sus sacrificios y ofrendas al Señor, el noble Joaquín recibió una pública humillación de parte de un judío insolente, llamado Rubén, que se había mofado de Joaquín porque el cielo no le concediera descendencia. Abatido Joaquín por esta ignominia se retiró de todo consorcio humano, amparándose en el desierto, donde ayunó cuarenta días y cuarenta noches. Mientras tanto, Ana, su muier, triste ya por su esterilidad, quedó doblemente desolada con la ausencia de su esposo. No cesaban ambos de rogar al Señor, con lágrimas y suspiros, para que se dignara enviarles el deseado fruto de bendición. No se hizo sordo el cielo a tan fervorosas oraciones. Un día se le apareció el ángel del Señor a Ana y le dice:

"Tu plegaria ha sido oída y he aquí que vas a concebir y darás a luz un germen, del que se hará lenguas toda la tierra"

Aún no había salido de su sorpresa cuando llegaron dos mensajeros a la casa de Ana con este anúncio:

"Joaquín, tu esposo, está por llegar, porque el ángel del Señor bajó, a decirle que sus oraciones habían sido acogidas, en prueba de lo cual vería bien pronto a su esposa en cinta.»

(Una tradición de Palestina localiza el encuentro de ambos esposos en la llamada puerta dorada del templo.) Gozosos y contentos ofrecieron a Dios sacrificios en acción de gracias; y esperaban con ansia el venturoso momento. Tuvo lugar éste a los nueve meses después de la embajada angélica, viniendo al mundo una niña todo celestial, a quien le impusieron por nombre María.

Presentación de María

Presentación de María en el templo

Pasaron los meses, y cuando la encantadora niña había llegado a la edad de dos años, quiso Joaquín, su padre, cumplir la promesa hecha al Señor, diciendo:

«Llevemos la niña al Templo del Señor.»

Pero Ana contestó:

«Aguardemos a que cumpla la niña los tres años, a fin de que no eche de menos a sus padres.»

Así lo hicieron, llevándola entonces, con extraordinaria solemnidad, a la casa del Señor. Acompañaban a María las vírgenes de Israel, llevando sendas antorchas encedidas. Recibida en el templo por el sacerdote de turno fué bendecida María y consagrada al servicio del Señor. Nueve años estuvo allí María, según dicho Evangelio apócrifo, al cual debemos estas noticias que acabo de transcribir con sumo gusto, para ilustración de nuestros lectores y en obsequio de María en la fiesta de su Presentación.

Fr. Rafael Fuster Pons, ofm