Página litúrgica
Epifanía del Señor
El solo nombre de Epifanía (fiesta cíe los Santos Reyes) evoca en nuestra mente la hermosa estrella de luz resplandeciente que, con sus fulgores argénteos, va guiando la típica caravana de los Reyes Magos de Oriente, que montados sobre gigantes dromedarios caminan hacia Belén a adorar al divino Niño y ofrecerle oro, incienso y mirra, obsequiando, a su regreso, a los niños pobres y premiando la aplicación y virtud de los pequeñuelos.
Sentido litúrgico de la fiesta
La liturgia, sin olvidar el regio esplendor de esta fiesta y el dichoso viaje de los Reyes Magos, llama nuestra atención hacia la gran Manifestación (epifanía) del Señor a toda la humanidad. Más que en los felices sabios, quiere que pensemos en el divino Niño, cuya adoración es el objeto de su venida de Oriente; más que en los ricos presentes que le ofrecen, en la ofrenda que Dios hace de Sí mismo, apareciendo revestido de nuestra carne mortal para la redención de todos.
Hasta el año 376 la fiesta de la Epifanía era la manifestación del Verbo en carne mortal, es decir, se celebraba el divino Nacimiento; pero a partir de esta fecha, en que se introdujo la fiesta de Navidad el 26 de diciembre, el carácter de esta solemnidad es la ostentación solemne del Misterio navideño.
Es la Epifanía la manifestación oficial de Jesús como Rey de Reyes y Señor de los que dominan: He aquí que viene el Señor, dueño de todo, y el reino está en su mano y la potestad y el imperio. (Introito.) Es la proyección de la divina Luz a las tinieblas del paganismo: Levántate y recibe la luz, Jerusalén; porque la gloria del Señor ha aparecido sobre ti. Y a tu luz caminarán los gentiles y los reyes al resplandor de tu nacimiento. (Grad N. Epístola.) Es la ostentación de su divinidad, que atrae a las almas, ilumina las inteligencias y santifica los corazones: Vimos su estrella en Oriente y venimos con dones a adorar al Señor (Aleluya.)
Triple Epifanía de la divinidad
Absorta la liturgia en la contemplación de la divinidad del tierno infante, no sólo le ofrece oro, como a Rey; mirra, como a Hombre, e incienso, como a Dios, sino que asocia a la adoración de los Magos la proclamación de su filiación divina por el Padre Eterno en las riberas del Jordán y el reconocimiento del poder divino por los hombres en el primer milagro en las bodas de Caná de Galilea. La antífona del Magníficat (II Vísperas) expresa claramente, como motivo de este día, la triple Epifanía del Señor en los tres milagros Conducción de los Magos al pesebre del Niño Dios por medio de una estrella, la conversión del agua en vino en las bodas de Caná v el bautismo de Jesucristo por San Juan.
Adoración de los Magos
Los tres sabios de Oriente ven en el fulgor de una estrella la reverberación del esplendor de Belén, e iluminados con luz divina reconocen en el débil Niño recostado en un pesebre al Rey de cielos y tierra, al Redentor del mundo v al Dios omnipotente. Por eso, «postrados ante Jesús, le adoran, y abiertos sus cofres, le ofrecen presentes de oro, mirra e incienso» (Evangelio).

Epifanía del Señor. Manifestación a los Reyes Magos.
Bautismo de Jesús
Oculto andaba Jesús entre la turba de judíos que guardaban turno para bautizarse en el Jordán, y he aquí que cuando le llegó su vez se abrieron los cielos y se oyó una voz de lo alto que decía: He aquí mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias.
Bodas de Caná
La tercera «Epifanía» del Señor sucede en Caná, de Galilea. En un banquete adonde fue invitado juntamente con su Madre y algunos discípulos, llegó a faltar el vino. María, viendo el sonrojo de aquellos esposos, le insta dulcemente a que provea de vino. Y el buen Jesús, por complacer a su Madre, convierte el agua en generoso vino, manifestando públicamente con este milagro su divinidad. Sólo Dios puede hacer milagros.

Bodas de Caná de Galilea
En resumen
Día grande y solemne para la humanidad es la Epifanía, en que Dios, revestido de nuestra naturaleza, nos deja vislumbrar un rayo de su divinidad. Con la adoración de los Magos nos muestra su Realeza divina; con el bautismo del Jordán nos revela su divina filiación, v con su primer milagro, su dominio y Poder divino.
«Te alabamos. Te bendecirnos. Te adoramos.»
Fr. Juan Mª Nadal, ofm
[Nota biográfica del P. Juan Mª Nadal
Frutos dignos de penitencia (II)
"El que me ama guardar mis Mandamientos" (Jn 14, 21)
Preguntó un día a Jesús un gallardo mancebo, deseoso de asegurar la salvación de su alma: " —Maestro bueno, ¿qué buenas obras debo hacer para conseguir la vida eterna?". Le respondió Jesús: «Si quieres entrar en la vida eterna guarda los Mandamientos."» (Mt 19, 16-17)
No tan sólo dos Mandamientos dice Jesús que se han de observar para salvarse, ni siquiera cinco o nueve, sino todos los diez Mandamientos de la Ley de Dios es menester cumplir para ganarse el cielo: Guarda los Mandamientos.
No hay código tan compendioso como este Decálogo que ha dado Dios al hombre. Sólo contiene diez preceptos (esto significa la palabra decálogo); y todos ellos tan trabados entre sí, que fácilmente pueden reducirse a dos solos: El amor a Dios y el amor al prójimo. «En estos dos mandamientos está cifrada toda la Ley de Dios, como asegura con su palabra infalible Nuestro Señor Jesucristo.» (Mt 22, 40) El amor a Dios y el amor al prójimo no son, en realidad, dos amores distintos. Son un solo y mismo amor. Es el amor a Dios abrazando también al prójimo, porque Dios le ama y quiere que nosotros le amemos. Bien mirado, en el prójimo no amamos sino la obra de Dios y los distintos atributos de Dios que en ella resplandecen. En este único y santo amor está la garantía del cumplimiento perfecto de la Ley de Dios (Rom 13, 10). El amor a nadie hace mal; por lo que dijo San Agustín: «Ama v haz lo que quieras», pues el amor te impulsará a obrar siempre bien.
¡Cuán poco amor debemos de tener, puesto que tantas maldades se cometen en el mundo! ¡Cuán poco se ama a Dios, puesto que tanto se falta a su Santa Ley! Se falta en casa, en la calle, en el deporte, en los teatros, en los cines, en las playas, en las conversaciones, en las miradas, en los deseos, en las obras, en el vestir, en el comer, en días de hacienda y en días de fiesta. ¡En qué, piélago de pecados ven anegado el mundo los escrutadores ojos de Dios!
En verdad, hay muy poco amor a Dios en el mundo. Se aman las riquezas más que a Dios; los deleites y los propios gustos antes que a Dios, y por eso se los prefiere a Dios siempre que se peca. No hay amor a Dios en el corazón que tiene puestas sus aficiones en el pecado; y se aguza el ingenio para apoderarse a mansalva de lo ajeno; se conculca y desdora a sus espaldas la fama del prójimo; se encenaga y pervierte el corazón en los deleites de la carne; se blasfema el santo nombre de Dios; se profanan los domingos. No hay amor; no hay espíritu de sacrificio; no hay espíritu de penitencia. Si hubiera amor, él llevaría entrañada la penitencia y se gozaría en los frutos de ella, cuyo primero y principal es el cumplimiento de la Santa Ley de Dios. No se deja de cumplirla por convicciones contrarias a ella, sino por no querer domar las pasiones con la penitencia, la cual, faltando el amor, resulta ingrata y molesta.
Sin embargo, es necesario hacer penitencia, al menos en un grado mínimo, que evite todo pecado mortal contra la Ley de Dios, pues los que no cumplen los Mandamientos no entrarán en el reino de los cielos, como nos advierte San Pablo (Rom 5, 21). Hasta los niños de primera Comunión saben por el Catecismo que el modo auténtico de amar a Dios es cumplir sus Mandamientos. Sin este cumplimiento no hay vida cristiana, ni piedad verdadera, ni cosa que tenga valor ante Dios.
Los que se esmeraron en cumplirlos llegaron a santos. La gracia necesaria no ha de faltarnos para que también los cumplamos nosotros y seamos santos en la medida del grado de amor a Dios que tengamos. La gracia ilumina nuestra alma, la fortalece y sostiene en el cumplimiento del deber y en la práctica de la virtud. A todos la ofrece Dios, y la da en medida colmada a quien se la pide con perseverancia dispuesto a enmendar y mejorar su vida.
Nuestro Padre San Francisco la pidió, la consiguió para sí y para su hijos, y la ofrece a cuantos ha informado con su espíritu, es decir, a sus hijos de las tres Ordenes, a sus devotos, a los que trabajan en acción Católica, de la cual es celestial Patrón por la recia y vigorosa organización que acertó a darle en su tiempo. Su actividad prodigiosa y su cálida palabra estuvieron siempre al servicio del Papa y de los Obispos para atraer las almas a Cristo, y en Cristo y por Cristo, salvarlas.
Otro tanto, en la medida de nuestras fuerzas, nos toca hacer a sus hijos y devotos. El que aspire a desempeñarlo digna y eficazmente vea de esmerarse en amar a Dios con todas sus fuerzas, ofreciéndole cada día, como fruto de amor y de penitencia, el cumplimiento de los Mandamientos de la ley de Dios.
Fr. Luis Mestre, ofm
[Nota biográfica del P. Luis Mestre]
Al dulce nombre de Jesús
Su nombre divino Jesús es al alma, Si el alma tentada |
Si el alma está tibia, Jesús es la llave El hombre le adora, |
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