Paz y Bien. La hoja del Terciario Franciscano de la Seráfica Provincia de Valencia. Suplemento de la Acción Antoniana.

Frutos dignos de penitencia (III)

Cumplimiento de los mandamientos de la Iglesia
fuera de la Iglesia no hay salvación (Conc. Lateranense IV)

Poco antes de subir Jesucristo resucitado a los cielos dio cita a sus Apóstoles para que acudiesen a Galilea, donde tenía determinado dejarse ver y tratar de ellos. Al tenerlos allí reunidos les dijo solemnemente: «Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, e instruid a todas las naciones bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándolas a observar todo lo que yo os he mandado... El que creyere y se bautizare, se salvará; pero el que no creyere, será condenado» (Mt 28, 19-20, y Mc 16, 16).

Con estas palabras da Jesús un derecho a su Iglesia: el de adoctrinar en la fe a todas las generaciones e incorporárselas por el bautismo e impone un deber a todos los hombres: el de aceptar la doctrina predicada por la Iglesia y entrar en ella por el bautismo. Este deber es ineludible y trascendental por ir vinculada a su cumplimiento nuestra salvación eterna.

La Iglesia, fiel al mandato de Jesucristo, cuidó desde un principio de dar normas y leyes para adotrinar a las almas en la fe y para santificarlas con los sacramentos. En el Código de Derecho Canónico tenemos recopiladas las leyes de la Iglesia y en el Catecismo hemos aprendido las principales entre las de carácter obligatorio general: las denominadas "Mandamientos de la Santa Madre Iglesia".

En ellos la autoridad misma de Jesucristo, ejercida visiblemente por la Iglesia, ha determinado el modo de santificar las fiestas con la devota asistencia a la Santa Misa y el descanso corporal, que permite emplear el domingo en cosas santas; ha fijado las veces y el tiempo en que, por lo menos, debemos recibir los sacramentos de confesión y comunión si queremos salvarnos; ha prescrito el modo de contribuir al sustento de los ministros del altar, y ha concretado, en forma de abstinencia y de ayunos, el precepto general de Jesucristo, tocante a la obligación de hacer penitencia.

A todo cristiano que esté en condiciones de cumplirlos obligan estos Mandamientos de la Iglesia. Aceptándolos y cumpliéndolos con rendida obediencia a Jesús, cabeza invisible de la Iglesia, que habla y obra por medio de ella, producirá el cristiano excelentes frutos de penitencia. ¿Acaso no es necesario espíritu de penitencia para disponer el horario del domingo, anteponiendo a todas las ocupaciones el deber de oír devotamente la Santa Misa? ¿No se ha necesitado, en ocasiones, valor heroico para observar fuera de casa la ley de la abstinencia?

No todos tienen el espíritu de sacrificio necesario para observar constantemente, aun sin tener que vencer serias dificultades, los Mandamientos de la Iglesia que determinan y concretan el modo práctico de cumplir los de la Ley de Dios. No todos tienen, en verdad, este espíritu de penitencia. No todos los cumplen debidamente. No son poco los que los quebrantan. Desconsoladoras son las estadísticas recientes respecto a la observancia del precepto dominical y del precepto pascual en muchas de nuestras ciudades y pueblos. Es grande el porcentaje de los que no oyen Misa los domingos; es muchísimo mayor el de los que no comulgan por Pascua florida. Esto pone de manifiesto cuán bajo es el nivel moral de muchísimos católicos y cuánto hay que hacer para que reaccione y se intensifique la vida cristiana entre nosotros.

Cada cual debe comenzar esta tarea por sí mismo y por sus subordinados. Es el único modo de influir benéficamente en otros. Los que queremos vivir según el espíritu franciscano debemos ir delante en esta campaña de santificación propia y de moralización general, pues nos estimula a ello el ejemplo de N. P. San Francisco, que prometió obediencia al Papa y a la Iglesia romana, dispuso que nadie fuese admitido en su Orden sin haber dado antes pruebas fehacientes de conducirse como buen católico, en lo tocante a la fe y costumbres, y para acabar de cerciorarse de que verdaderamente era buena y bien llevada, según Dios, la «vida de penitencia» que en el Evangelio había aprendido, hizo expresamente un viaje a Roma para exponerla al examen y aprobación del Sumo Pontífice, a cuya autoridad estuvo siempre sumiso y quiso que, como él, lo estuvieran sus hijos. Con exquisito cuidado procuró que su Orden fuese muy adieta a la Iglesia en su pensar, sentir y vivir, y lo realizó tan a maravilla, que la Iglesia, en el oficio litúrgico del Santo, le honra y alaba por haber sido siempre EL VARÓN CATÓLICO por antonomasia.

Fr. Luis Mestre, ofm

[Notas biográficas del P. Luis Mestre]

La voz del Papa

Pio XII«Es necesario, casi diremos, popularizar lo que pertenece a la vocación privilegiada (estado religioso), a la alta aristocracia de las almas.

»¿Cómo hacer esto? Es la Tercera Orden de San Francisco la que responde: Se hace así. ¿Qué cosa es, en efecto, la profesión de vida de un terciario franciscano? No es el rigor de los votos, no es la vida común, no es la vida religiosa según la letra; pero lo es según el espíritu. Es el espíritu de aquella vida y de aquella perfección llevado a la familia, a la vida cotidiana, a la vida ordinaria del siglo.

»Así, en el terciario, al voto de castidad, a esta superior dignidad de la vida cristiana, que consiste en la pureza físicamente tomada y más fielmente observada, corresponde el espíritu de penitencia en la mortificación total de su vida y conversación. Al voto de obediencia corresponde el espíritu de la misma llevado a todas las devociones, a toda la generosidad en la observancia de todas las leyes de Dios, de todos los preceptos de la Iglesia, de todas las manifestaciones de la autoridad, de todas las exigencias del deber. Al voto de pobreza corresponde el desprendimiento del corazón de los bienes de la tierra y la caridad larga y generosa para con los pobres y los que sufren. Y así el espíritu del terciario franciscano es el apostolado de la vida cristiana, de la fe cristiana, de la paz cristiana llevada a todas partes, a todos los hogares, a todos los ambientes, a todas las diversas instituciones sociales.»

(De la alocución de Pío XI a los terciarios de Araceli (Roma), el día 26 de febrero de 1923.)

Tiempo de Septuagésima

Toma el nombre de "Septuagésima" un domingo anterior a la pascua, a 70 días de ella en la denominación anterior a los cambios que introdujo el Concilio en la liturgia.

El domingo siguiente a Septuagésima era el de Sexagésima, a 60. Después venía Quincuagésima y a la semana siguiente comenzaba la cuaresma, los cuarenta días anteriores a la Pascua.

Introducción

Con la última antorcha de la Candelaria se extingue el postrer fulgor del ciclo de Navidad-Epifanía, cuya luz ha iluminado nuestras almas bañándolas con los más puros destellos de la divinidad. En Adviento clamábamos por la Luz que disipara nuestras tinieblas; en Navidad celebramos el nacimiento del «Sol de justicia»; en la Epifanía nos apresuramos a recibir los resplandores de la divina Estrella. Y todo este período de luz concluye con la procesión de las candelas, que nos introduce en la Liturgia ascética del tiempo penitencial.

Antecuaresma

Con este nombre distinguimos las tres semanas de Septuagésima, Sexagésima y Quincuagésima, que se intercalan en el año litúrgico entre el período de Epifanía y la Cuaresma. Con el domingo de septuagésima se inicia el ciclo Pascual, cuya remota preparación forma la antecuaresma. Con este preludio cuaresmal la Liturgia nos introduce suavemente en la vida de purificación y acecéis, que ha de culminar luego en austeridad y penitencia como disposición necesaria para percibir en nuestras almas el sacrificio de Cristo Redentor y que su sangre divina nos comunique la pascual resurrección.

Septuagésima

La idea fundamental de esta semana litúrgica es recordarnos que somos peregrinos en este mundo y que nuestra verdadera patria es el cielo, a donde debemos dirigir constantemente nuestra mirada.

El Breviario nos refiere la creación de Adán, su prueba en el paraíso, su infidelidad y su castigo. Adán no fue fiel a la prueba del Señor y por eso fue desterrado del paraíso de delicias a este valle de lágrimas, donde es necesario luchar constantemente hasta ganar la corona. Y el Evangelio nos invita a trabajar en la viña del Señor si queremos cobrar el denario de la vida eterna.

Sexagésima

Toda la Liturgia de Sexagésima es una oración clamorosa de la Iglesia, afligida por las tribulaciones que la rodean, como secuela del pecado original y pecados actuales. Toda carne corrompió sus caminos, hasta el punto que Dios se arrepintió de haber creado al hombre y envió el diluvio universal, salvando de sus aguas al justo Noé, que fue escogido para padre de la nueva generación. El verdadero Noé fue Cristo, que cual divino sembrador vino a sembrar la semilla de su palabra, de su acción y de su sacrificio para ser germen vital en nuestras almas.

Quincuagésima

En esta semana piensa la Iglesia en el gran patriarca Abrahán, padre creyente, y en el sacrificio que generosamente iba a inmolar de su hijo, figura del sacrificio de Jesús. La fe viva del patriarca complació a Dios, y esa misma fe es la que realiza el milagro del ciego del Evangelio.

Lección litúrgica

Si la luz de la Liturgia navideña ha elevado nuestro pensamiento a la verdad sobrenatural, ahora esa misma luz excita nuestras almas al combate de las pasiones que dificultan nuestra vida divina. Después del pecado de Adán hay lucha entre nuestra carne y nuestro espíritu, y sin esfuerzo no obtenemos la paz; hemos de tener paciencia en nuestras miserias y sembrar sin desmayos la virtud en nuestra alma, pero, sobre todo, hay que orar confiadamente al buen Jesús, que quiere pronunciar la hermosa palabra: «Tu fe te ha salvado.»

Fr. Juan Mª Nadal, ofm

[Nota biográfica del P. Juan Mª Nadal]