Jesús ante los tribunales

... De esta manera creía el gobernador romano de la Judea poder desentenderse del enojoso asunto que en mal hora le acababan de llevar los judíos. Aquel hombre soberbio que recibiera tan despectivamente a la comisión del Sanedrín, va deponiendo poco a poco su actitud altanera ante el cariz que va presentando el asunto; y pensó poder inhibirse en él remitiendo el reo a Herodes, el tetrarca de Galilea, a cuya jurisdicción acababa de oír que pertenecía Jesús como galileo. Por un momento pareció ver despejada la situación, pero bien pronto se desvanecieron sus esperanzas al ver de nuevo a Jesús en su presencia en vista del fallo favorable de Herodes.

Era muy de mañana cuando se inició el proceso formal contra Jesús ante la autoridad romana. Así parece desprenderse de los evangelistas, todos los cuales dicen que apenas despuntó el día se reunieron los príncipes de los sacerdotes v demás miembros del Consejo para dictar pena de muerte contra Jesús y llevarlo luego a Pilatos para que la ratificara... ¡Qué humillante era el confesarlo! Nobis non licet occidere quemquam:«A nosotros no se nos permite ejecutar a nadie.» Porque es sabido que los judíos habían perdido la soberanía nacional y a nadie podían condenar a muerte sin contar con la autoridad romana, soberana y suprema entonces del país. Y este es el caso de Jesús. El Sanedrín había pronunciado la pena de muerte contra Jesús por blasfemo: «El —decían— había hablado contra el templo, que, destruido, lo reedificaría en tres días; se había proclamado, además, Hijo de Dios...» Claro está que estas acusaciones, tan graves para un judío, no pasaban de ser ridiculeces para un escéptico romano, que tomaba con desprecio las cosas religiosas de los judíos.

Por esta razón ante Pilatos cambiaron de tono las acusaciones lanzadas contra Jesús. «¿Qué acusación traéis contra este hombre?» Por descontado está que Pilatos no hubiera incoado el proceso contra Jesús sin una base penal del Código romano; había, pues, que darle carácter político a la acusación contra Jesús. «Si éste no fuera malhechor —dijeron de modo vago— no te lo hubiéramos entregado... Hemos descubierto que trae a nuestro pueblo agitado prohibiendo pagar los tributos al César y proclamándose Mesías y Rey.» Pilatos, representante y defensor de la autoridad imperial en Judea, no parece muy afectado por semejantes cargos. Veía en aquel reo un no sé qué de extraño e imponente. Y su admiración creció de punto cuando, interrogándole varias veces, no daba respuesta alguna. Las acusaciones tan graves depuestas contra El no alteraban aquella serenidad divina de su semblante, severo a la vez y bondadoso... «¿Cómo...? ¿A mí no me contestas? ¿No sabes que tengo poder para condenarte o soltarte? ... Dime, ¿eres el rey de los judíos?» «Tú lo dices: yo soy rey. Bien entendido que mi reino no es de este mundo, ya que me ves sin ministros ni soldados.»

Jesús ante el tribunal

Pilatos se encontraba en una encrucijada difícil. De una parte, le atemorizaba la inocencia de aquel hombre que tenía delante: «Yo no veo en El causa alguna para condenarle.» De otra parte, el retintín amenazador del pueblo amotinado le acobardaba. Aquel «Crucifícale», repetido incesantemente, y el «No eres amigo del César», le agitaba sobremanera. Y a aumentar esta zozobra vino a contribuir la pesadilla de su mujer Prócula, padecida en sueños la noche anterior. Es cierto que Pilatos hubiera podido desembarazarse en esta ocasión adoptando medidas enérgicas, como las adoptadas al principio de su mandato en Judea. Hubiera podido, es verdad, ordenar a sus soldados, concentrados con motivo de la Pascua, que cargasen con las espadas desnudas sobre las turbas apiñadas en torno a la fortaleza Antonia, según lo hizo por el año 26, con los judíos amotinados en Cesárea, en torno a su palacio. Pero la psicología singular de aquel pueblo de dura cerviz y tenaz en sus orgullosas pretensiones, acobardó esta vez al altivo Pilatos, quien cedió paso a paso a su demanda, injusta a todas luces, después de un forcejeo de largas horas, prolongado desde la madrugada de aquel día hasta alrededor de medio día.

Sentado al fin Pilatos en la silla curul, dictó sentencia de muerte contra Jesús de Nazaret; sentencia que fue ejecutada fulminantemente, ya que el Calvario, lugar de la ejecución, apenas dista un kilómetro del Pretorio, de donde partió Jesús al instante, aunque muy lentamente, debido al inmenso gentío y, sobre todo, a sus muy desfallecidas fuerzas.

Era la hora de sexta cuando Jesús fue clavado en la cruz. En lo alto de ella fijose la causa de su sentencia, escrita en las tres lenguas oficiales, es decir, hebrea, griega y latina. La leyenda decía así: ((Jesús Nazareno, rey de los judíos.» El lo dijo, que era rey, pero no de este inundo. Su reinado acá lo ejerce desde la cruz que se trocará presto en glorioso, según lo prometió al buen ladrón: "Señor, acuérdate de mí cuando estuvieres en tu reino." "En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso."

Fr. Rafael Fuster, ofm

[Nota biográfica del P. Rafael Fuster]

Meditación y plegaria

Con un trueno de luz se rasgaron los aires
y el navío del monte navegó por los cielos.
De las sombras del inundo se hizo fulgor la nave
del Gólgota arrastrada por la sed del madero.

Con la sangre del Hijo halló su voz el hombre
y el pecho de la tierra descubrió su latido;
la tarde, cual ballesta de ansiedad sin rumores,
recogió de la carne el cuerpo fugitivo.

¡Oh Jesús! Nos dejaste la noche redimida,
la bandera del alba en la dura tiniebla,
el corazón del cielo en las entrañas vivas
de los bosques del alma con sus horas en rueda.

José María Alfaro