El Via Crucis
Ningún buen cristiano suele quedarse el Viernes Santo sin hacer devotamente el Via Crucis, los Pasos o el Calvario, como quiera llamársele. Son muchísimos los que lo practican durante la Cuaresma. No pocos los que, progresivamente van en aumento, le consagran su devoción en todo tiempo del año eclesiástico: unos, cada viernes; otros, cada día.
El Vía Crucis es la meditación de la Pasión de Jesucristo; meditación avivada v sostenida con el recorrido de catorce estaciones que recuerdan las principales en que se halló Jesús camino del Calvario, para consumar en él nuestra redención muriendo en la cruz.
Si es muy propio este piadoso ejercicio de la Semana Santa, consagrada toda entera por la Iglesia a la conmemoración de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, también lo es de la Cuaresma, tiempo de penitencia y de oración con que nos preparamos a la digna celebración de los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro divino Redentor; y no deja de ser adecuado a todo tiempo litúrgico, ya que el amoroso recuerdo de lo que Jesús ha padecido por salvarnos no puede menos de ser siempre grato a su divino Corazón y hondamente beneficioso a nuestras almas. El amor siempre constante que Jesús nos tiene pide de nosotros justa correspondencia que debe manifestarse a toda hora, como a toda hora está patente y manifiesto el inmenso amor con que nos ama. ¿Qué menos que recordar agradecidos lo que por nosotros padeció y procurar no agravar con nuevos pecados su dolor?

Si todos los días se celebra la Santa Misa, que es la renovación verdadera, aunque misteriosa, del sacrificio del Calvario, también todos los días debemos mantener vivo en nuestro pecho el recuerdo de la Pasión de Jesucristo, para excitarnos con él a contrición de nuestros pecados y a enmienda de nuestras depravadas costumbres, ya que todos llevamos un enemigo de Dios en nuestro corazón, a quien debemos sojuzgar y vencer para que sólo Cristo reine en nosotros.
La eficacia que para esto tiene el Vía Crucis es reconocida unánimemente por todos los santos. No hay uno solo que no haya sido devoto de Jesús crucificado y que no haya meditado atenta y devotamente los dolores de Jesucristo en su Pasión. ¡Con qué amor y con qué dolor los meditaba el Padre San Francisco hasta derramar abundantes lágrimas por la Pasión de Jesús y expiar en su cuerpo con heroicas penitencias los pecados que fueron la causa de lo que Jesús padeció!
El ejemplo de los santos es enseñanza y estímulo para los que queremos asegurar nuestra eterna salvación. Ahora bien; el ejercicio del Vía Crucis es el modo práctico y a todos asequible de meditar la Pasión de Jesucristo y de hacerla vivir, en cierto modo, en nuestra alma, asegurando con ello la participación del mérito de Cristo. Muertos estábamos todos espiritualmente; viónos así Jesús y se entregó voluntariamente a la muerte para darnos vida exuberante: la vida divina de la gracia. ¡Dichosos los que, muriendo místicamente con Cristo, quedan vivificados con la vida de Cristo!

Condición indispensable para vivir esta vida y llevarla adelante con buenas obras, mostrándonos con ellas dignos discípulos de Cristo, es llevar un día y otro día nuestra cruz, sin sacudírnosla nunca por cansancio ni por fastidio. Si menguan las fuerzas para llevarla, el buen cristiano no pide se le dispense de la cruz, teniendo bien sabido que sin cruz no hay gloria ninguna; pide más bien ánimos y bríos nuevos para llevarla valerosamente hasta la cima de su calvario. Sí; es menester llevar generosamente nuestra cruz de cada día si queremos ser' buenos discípulos de Cristo. (Lc 9, 23.) Cada día hemos de ir muriendo a nosotros mismos, a semejanza de San Pablo, si queremos asegurar nuestra gloria, que únicamente en Jesucristo hallaremos. (1 Cor. 15, 31). Por lo mismo, siempre nos es provechoso el recuerdo de la Pasión de Jesús. La Iglesia nos incita constantemente a renovarlo. Aun en el día de Pascua está la cruz bendita campando en el altar; en todo tiempo litúrgico nos santiguamos con esta señal del cristiano; precisamente en tiempo pascual pone la Iglesia en boca de los clérigos en el oficio divino la conmemoración de la cruz, en vez del sufragio de los santos. Es que quiere que amemos la cruz, que la llevemos impresa en la memoria y en el corazón, pues cíe poco nos serviría ostentarla en el pecho si no la llevásemos en el alma; de nada nos serviría besar la cruz con los labios, si no besásemos devotamente con el corazón la cruz de la tribulación que nos presenta Dios.
Estímulo para que lo hagamos así cada día, mediante el ejercicio del Vía Crucis, son las indulgencias que ha concedido la Iglesia a los que devotamente lo practican. Son las siguientes, que conviene recordar en estos días:
- a) Plenaria, cada vez que se haga el Vía Crucis completo.
- b) Otra plenaria, comulgando el mismo día en que se haga el Vía Crucis o comulgando dentro del mes en que se ha hecho diez veces.
- c) Los enfermos y los imposibilitados física o moralmente de recorrer las estaciones, pueden ganar las mismas indulgencias teniendo consigo, a ser posible en la mano, un crucifijo bendecido para esto por los Padres Franciscanos, arrepintiéndose de sus pecados y rezando devotamente veinte Padrenuestros, Ave y Gloria, a saber: catorce por las estaciones; cinco por las llagas del Señor y uno por las intenciones del Papa. Los que por lo grave de la enfermedad no pudieren rezar, podrán ganar las mismas indulgencias besando o mirando el crucifijo con sentimientos de contrición v diciendo, si les es posible, una jaculatoria en memoria de la Pasión y Muerte del Señor.
- d) Por cada una de las estaciones del Vía Crucis empezado v no acabado por razonable motivo, lo mismo que por cada Padrenuestro, Ave y Gloria que, sin haber llegado a los veinte prescritos haya rezado un enfermo o imposibilitado de recorrer las estaciones, se ganan diez años de indulgencia. (Sagrada Penit., 20 oct. 1931 y 7-18 mar. 1932.)
San Leonardo de Puerto Mauricio, gran misionero popular franciscano, para dejar asegurado el fruto de sus misiones recomendaba en cada pueblo donde misionaba la devoción al Vía Crucis, del que decía que «es el más antiguo de todos los ejercicios, el más piadoso, el más excelente, y aun podría llamársele la devoción madre de todas las devociones».
Fr. Luis Mestre, ofm
[Nota biográfica del P. Luis Mestre]
«Si el porvenir está reservado a la democracia, una parte esencial de su realización deberá corresponder a la Religión de Cristo y a la Iglesia, mensajera de la palabra del Redentor... Ella, de hecho, enseña y defiende la verdad, comunica fuerzas sobrenaturales de gracia para actuar en el orden de los seres y de su finalidad establecida por Dios, último fundamento y norma directiva de toda democracia.»
Palabras de PIO XII
El arco del Ecce Homo
La calle Tarik-Bab-Siti Marvaat atraviesa hoy el emplazamiento del antiguo lithostrotos, donde Jesús hubo de comparecer ante el tribunal de Pilatos. Allí se puede visitar una capillita que lleva el nombre de la Flagelación y conserva aún las líneas generales de su origen medieval. Desde la época de los cruzados han pasado por allí muchas generaciones cristianas, que regaron con lágrimas de ternura aquel suelo empapado, hace veinte siglos, con la sangre de nuestro divino Redentor. Allí sufrió Jesús el tormento de la flagelación al modo romano, lo que aumentó su crueldad. Porque es sabido que en el Código penal judío, al igual que en otros pueblos orientales, existía desde muy antiguo la pena de la flagelación o apaleamiento, con palos o varas, para determinados delitos, pena que fue ley hasta la época helenística, en que aparece la flagelación propiamente dicha, debido, sin duda, a influencia helénica.
Desde este tiempo la legislación rabínica establecía esta pena como primer castigo contra los transgresores de la ley, fijando entonces el modo y las circunstancias en que debía aplicarse tan terrible castigo. En primer lugar, se sustituyen ya las varas por el flagellum o flagruni; debía examinarse también previamente la complexión física del reo, por ver si podía soportar con vida el castigo; y por fin, se fijan en cuarenta el número de golpes, los que, en caso de ser doble o triple el flagellum, se reducían a la mitad o a una tercera parte.
La legislación penal entre los griegos y romanos comprendía también la flagellatio, con la particularidad, al menos entre los romanos, que para los esclavos se usaba sólo el fíagelluin y para los ciudadanos la vara o virga. Así vemos a San Pablo apaleado en Filipo y en otras partes, por tres veces, según testimonio del mismo, hasta recibir treinta y nueve sendos golpes; detalle propio de los rabinos, que al interpretar esta ley penal determinaban que no se había de pasar de treinta y nueve golpes, por si acaso se habían descontado en uno de más.

El castigo infligido a Jesús revistió la máxima crueldad, aparte de lo ignominioso y degradante que fue, por habérsele tratado como un esclavo. La expresión griega de los evangelistas San Mateo y San Marcos no da lugar a duda, ya que ambos hablan de la flagelación propiamente dicha.
Ordenado este castigo por la autoridad romana, fue ejecutado bárbaramente por soldados del Imperio, que a su crueldad nativa unían la que excitaba su desdén hacia los judíos y, sobre todo, la acusación lanzada contra Jesús de que se hacía pasar por rey a costa de la autoridad del César.
Asusta pensar en lo horrible que debió ser para Jesús la flagelación. Atado a una argolla empotrada en una columna, en uno de los atrios del Pretorio sufrió el tremendo castigo, con vida gracias a una fuerza sobrehumana, pues que no era raro ver perecer a los reos en tan inhumano castigo. El historiador judío Flavio Josefo nos refiere que el gobernador Albino, sucesor años más tarde de Pilatos, mandó flagelar a un pobre hasta el punto de que llegaron a descargar los golpes sobre los desnudos huesos. Esto prueba que la flagelación romana no estaba sujeta a cierto tiempo ni a contados golpes, sino que dependía, más o menos, de la arbitrariedad del juez. Y si esto es así, cabría dar alas a la imaginación piadosa, deseosa de averiguar los pormenores de este tormento sufrido por Jesús.
En este particular es por demás sugestivo, y parece encajar, con lo dicho, el relato de esta escena, debido a la pluma inspirada de la Venerable Madre Sor María de Jesús de Agreda : "Quedó Su Majestad desnudo en presencia de mucha gente y seis verdugos le ataron crudamente a una columna de aquel edificio para castigarle más a su salvo. Luego, por su orden, de dos en dos le azotaron, con crueldad tan inaudita, que no puede caer en condición humana si el mismo Lucifer no se hubiera revestido en el impío corazón de aquellos sus ministros. Los dos primeros azotaron al inocentísimo Señor con unos ramales de cordeles muy retorcidos, endurecidos y gruesos, extremando en este sacrilegio todo el furor de su indignación y las fuerzas de sus potencias corporales. Y con estos primeros azotes levantaron en el cuerpo deificado de nuestro Salvador grandes cardenales y verdugos, de que le cuajaron todo, quedando entumecido y desfigurado, por todas partes para reventar la preciosísima sangre por las heridas. Pero cansados estos sayones, entraron de nuevo, y a porfía, los otros dos segundos; y con los segundos ramales de correas como riendas durísimas, le azotaron sobre las primeras heridas, rompiendo todas las ronchas y cardenales que los primeros habían hecho y derramando la sangre divina, que no sólo bañó todo el sagrado cuerpo de Jesús, sino que salpicó y cubrió las vestiduras de los ministros sacrílegos que le atormentaban y corrió hasta la tierra. Con esto se retiraron los segundos verdugos y comenzaron los terceros, sirviéndoles de nuevos instrumentos unos ramales de nervios de animales casi duros como mimbres ya secas. Estos azotaron al Señor con mayor crueldad, no sólo porque ya no herían a su virginal cuerpo, sino a las mismas heridas que los primeros habían dejado , sino también porque, de nuevo fueron ocultamente irritados por los demonios... Los inhumanos golpes rompieron las inmaculadas y virgíneas carnes de Cristo, derribando al suelo muchos pedazos de ella y descubriendo los huesos en muchas partes de las espaldas... El número ajustado de los azotes que dieron al Salvador del mundo fue cinco mil ciento y quince, desde las plantas de los pies hasta la cabeza..."
Al salir de la capilla de la Flagelación puede verse a pocos metros un arco, que podría remontar, en su forma actual, hasta la Edad Media. Todo el mundo lo conoce por el nombre de «El arco del Eccehomo». En el vértice del arco aparecen dos piedras destacadas por su forma especial, las cuales, según una tradición que, probablemente, deriva de los cruzados, fueron donde descansaron los pies vacilantes de Jesús y los de Pilatos al mostrarle al pueblo después de la flegelación, con aquella famosa frase: Ecce Homo. Sea cual fuere el origen de este arco v la historia de aquellas piedras, es lo cierto que un día resonaron en los aires en este mismo lugar los gritos despiadados de «¡Quítale, quítale!», en vez de moverse a compasión a la vista de un hombre inocente hecho todo una llaga.
¡Hasta aquí pudo llegar el odio humano; pero el amor de Dios llegó mucho más allá ...!
R. F. P.
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