Estampas evangélicas

Su retorno glorioso

Todavía un poquito de tiempo me queda de estar con vosotros, y ya luego no me veréis porque me voy al Padre... De esta suerte preparaba Jesús a sus discípulos en aquella noche memorable de la Cena. Bien poco le restaba de vida mortal entre los suyos; mas para que su ausencia no fuera tan penosa a sus discípulos, Jesús permanecería aún cuarenta días en este mundo, apareciendo aquí y allá para confirmarlos en la verdad de su Resurrección. El Evangelio nos ha conservado sólo algunas de esas apariciones, de las muchas que, sin duda, Jesús hizo en este intervalo de tiempo.

La Ascensión de CristoYa estaba cumplida la obra confiada a Jesús por el Padre. El Reino de Dios quedaba firmemente asentado sobre la predicación de Cristo y por las pruebas aducidas después de su Resurrección. La semilla evangélica tenía tal fuerza de expansión que sólo los siglos lo demostrarían en la estupenda vitalidad de la Iglesia.
A los cuarenta días de resucitado Jesús se apareció por última vez en Jerusalén, probablemente en el Cenáculo. Los discípulos acababan de regresar de Galilea, a donde habían ido por mandato de Jesús, y en donde recibieron varias veces su visita. Y ahora por orden, sin duda, de Jesús regresaban a Jerusalén ante la inminencia de su separación definitiva. Ya en curso el día cuadragésimo, y estando en oración toda la Comunidad, se hace visible Jesús, quien les comunica sus últimas disposiciones, haciendo hincapié, sobre todo, en la gran promesa del Padre, es decir, que así como Juan había bautizado en agua, ellos serían bautizados en el Espíritu Santo no muchos días después.

Camino va del Monte Olivete, va consolando el divino Resucitado a los suyos porque su separación es momentánea, ya que va a prepararles un lugar en el Reino de su Padre... Pero, Señor -interrumpen ellos-, ¿es que acaso vas a restaurar en nuestros días el reino de Israel? Todavía andan preocupados aquellos hombres, que tantas cosas habían visto, por el carácter temporal del reino mesiánico. Mas Jesús ataja cuestiones inoportunas en estos solemnes momentos. Sólo una cosa interesa ahora a los Apóstoles: propagar el Reino de Dios, hacerse eco de la predicación del Maestro, de un confín al otro de la tierra, para lo cual serían debidamente ilustrados y robustecidos por la virtud de lo alto, con que el Espíritu Santo los investiría bien luego.

Así diciendo, habían llegado a la cima del monte de los olivos. Jesús se detiene unos instantes... El sol brilla en lo más alto del cielo y bien pronto va a ser oscurecido por el verdadero Sol del mundo... Jesús levanta las manos y les bendice paternalmente, al par que despega del suelo, camino por los aires, a la vista de sus discípulos, que postrados en el suelo, han clavado su mirada en el cielo, hacia donde camina Jesús en su viaje de Ascensión... Una nube luminosa envuelve, por fin, a Jesús y desaparece para siempre de la vista de los mortales, para volver de nuevo, al fin de los tiempos, con aire de majestad y de gloria, a juzgar a todas las naciones de la tierra, ya que, sentado a la diestra del Padre, ha recibido de El todo poder en el Cielo, en la tierra y en los infiernos.

Fr. Rafael Fuster

A Jesús sacramentado y solitario

Si el tierno pajarillo
ensaya en el tejado
su canto mesurado
que alaba al Creador,
también mi pobre alma,
cual débil avecilla,
en su piedad sencilla
le cantará su amor.

En tanto, Señor mío,
mi afecto, siempre ansioso,
no puede estarse ocioso
y entona su piar;
que el alma que te adora,
de amor enardecida,
suspiros lanza herida
para su ardor calmar.

De amor, ¡oh Jesús mío!
mi Bien, mi paz, mi encanto,
interminable canto
mi fe te elevará;
y en alas del afecto
un eco penetrante,
que no cesa un instante,
tu amor escuchará.

En el Sagrario oculta
su gloria y su grandeza,
y envuelto en la pobreza,
se ofrece en el Altar,
para triunfar amante,
de todo despojado,
de quienes le han dejado
por mísero gozar.

¡Oh pan vivo del cielo!
¡Oh Hostia Sacrosanta!
Panal del alma santa,
de puridad licor;
Manjar pingüe de grandes,
cuyo sabor divino
misterio es peregrino,
secreto de su amor.

De vida sois la fuente
de luz y de hermosura,
de gracia y de ventura,
Sacramentado Amor.
Amarte es mi delicia,
servirte es mi deseo;
tu amor, mi único empleo:
¡Oh mi Dios y Señor!

¡Amor de los Amores,
Divino Penitente,
Sacramentado Amante,
Amable Redentor!
¡Oh locura divina
por siempre inconcebible,
que pácenos ver posible
de la fe el resplandor!

Adórote, Dios mío,
con cuantos a Ti adoran,
y en cielo y tierra moran
prendidos de este imán.
Tomando de tu pecho,
foco de amor sagrado,
adórote, mi Amado,
con infinito afán.

Y no te llames solo
en un sentido triste;
pues que tu sierva asiste
aquí junto a tu altar;
cual débil avecilla
siempre te plañe y canta,
y por tu amor levanta
su más vivo piar.

Del todo y para siempre
soy vuestra, Jesús mío;
de tu bondad confío
se cumpla tu querer;
viva para tu gloria
oculta, sola y pobre,
y logres que en mí obre
tu gracia y tu poder.

La Viejecita

Es una poesía inédita de Sor Isabel del Niño Jesús, religiosa que fue del Monasterio de Santa Clara, de Teruel. La ha conservado y corregido ligeramente, junto con varias otras de la misma religiosa, Fr. Luis Ángel, ofm.