La juventud y San Antonio

Concurren a porfía en San Antonio razones poderosas para considerarle como uno de los más completos modelos y maestros cíe la juventud, singularmente de la franciscana, o más bien seráfica, porque este es el calificativo exaltado del franciscanismo. Dentro del franciscanismo, San Antonio es un héroe, porque es un santo.

Fuera de la Orden, en lo humano o profano, sería uno de esos personajes legendarios que la leyenda hubiera levantado a la categoría de mitológicos por sus hazañas y hechos gloriosos. La Iglesia le exaltó a la brillante cumbre de la santidad en grado eminentísimo, y su nombre, fresco como el lirio de su virginidad, es como un emblema de juventud perenne: activa, pródiga, valiente y audaz, con todas las gracias y encantos de la edad más hermosa de la vida en su honestísimo y cristiano concepto. San Antonio murió a los treinta y seis años, dentro de la juventud, centro de la vida ordinaria. Pero si por su copiosa labor, y por su cultura y rara experiencia, llega a merecer las garantías de la edad madura y es solicitado su consejo por el Romano Pontífice, por su inocencia virginal tiene el atractivo de la infancia, hasta alcanzar la amistad personal del Niño Jesús y sus divinas caricias.

San Antonio estaba dotado de todas las virtudes y cualidades juveniles. Sus historiadores le presentan puro de alma y cuerpo; y por eso en las imágenes aparece con el lirio de la virginidad que perfuma toda su sida, llegando hasta nosotros su fragancia. Cuentan de él que era gracioso, amable y atrayente, como es la inocencia y la niñez; pero dicen también que era humilde, activo, estudioso y lleno siempre de generosidad, hasta desear y buscar la gloria del martirio; virtudes va de años mozos y varoniles. De todo ello dan los biógrafos una copiosísima relación de hechos comprobantes históricos, que no caben en la índole y estrechez de este trabajo. Pero no dejaremos pasar dos cualidades superiores, que nos atraen irresistiblemente a mencionarlas y que desearíamos ver inculcadas en la juventud seráfica , porque ellas son como una consagración de juventud y virilidad permanentes y una exaltación a las regiones que conducen a las cimas de fa santidad y de la gloria el apostolado y la santa audacia, que son correlativas. Quien tiene esas cualidades no envejece.

San Antonio fue un predicador incansable y un taumaturgo extraordinario. Hacía milagros con la predicación y hacía predicación con los milagros —cuando no se armonizaban predicación y milagro, como en el sermón de los peces—; es decir, era un apóstol. Esta cualidad o categoría supone mucha ciencia y mucha fe; la primera, para predicar, y la segunda, para obrar milagros. Para adquirirlas se necesita la virtud del estudio y el estudio y práctica de la virtud, que San Antonio poseía a maravilla. Como buen misionero y taumaturgo tiene una popularidad universal bien cimentada, y hasta los impíos le invocan para hallar las cosas perdidas. Se ignora el origen de esta corriente universal de simpatía y confianza en esta peculiar protección del Santo, que con tantos prodigios diarios se ve confirmada; pero obliga a pensar que, si en cosas baladíes se muestra tan propicio el Santo, mucho más se mostraría si, en vez de lo superfluo, se le pidiera protección para encontrar la fe que se ha perdido.

Nada más lógico que buscarle para recuperar esa perla preciosa de salvación; pues si en vida logró, con su predicación y con su celo, aquel sinnúmero de conversiones de que está llena, mucho más podrá alcanzarlo ahora que goza de la influencia celestial.

En los años de la juventud suele perderse la fe, y con ella el supremo ideal de la vida, que hace que la juventud se prolongue a pesar de los años.

A conservar esa fe y vigorizarla los que tengan la dicha de poseerla; a recuperarla los que hayan tenido la desgracia de perderla, y a alcanzarla los que todavía no la conocen, debe tender el apostolado antoniano por medio de esta nuestra querida Revista, que por algo se llama LA ACCIÓN ANTONIANA.

F. M. Morales

Ven, Madre

Ven, madre, que la lid ya ha terminado.
Ven, madre, ya no ruge la metralla
y no rasgan los espacios azulados
vulcánicos estruendos de batalla.

Ven, madre, a buscarlo frío y yerto, tendido, ya cadáver, en la tierra.
Ven, madre, a buscar al hijo muerto
en las ruinas humeantes de la guerra.

Ven y cava, piadosa, en blando suelo,
una tumba entre plantas y entre flores.
Ven y ponle una cruz que mire al cielo,
una cruz sin adornos, sin primores.

Y en las tardes serenas del otoño,
cuando el sol tras los montes lejos muera;
y en las mañanas de aves y retoños
de la bella radiante primavera,

ven, madre, hasta el vetusto camposanto
y cántale sin pena y sin dolor.
Ven y canta el alegre y tierno canto
que trina en la espesura el ruiseñor.

El que dice de luces y fulgores,
el que sabe de paz y soledad,
que mitiga las penas y dolores
y nos habla de perdón y de piedad.

Que aroma con esencias orientales
y es más terso que el cáliz de la flor,
y suave cual las gasas matinales
del alba arrebolada de color.

Que oculta entre risas sus desvelos,
que esconde entre notas sus gemidos
y rebosa de alivio y de consuelo
el alma de los tristes y afligidos...

E. J. V.