PAZ Y BIEN, la hoja del Terciario franciscano de la Seráfica provincia de Valencia. Suplemento de la Acción Antoniana
Carta de San Francisco a los rectores de los pueblos
Fray Francisco, vuestro pequeñuelo y despreciable siervo en el Señor, desea salud y paz a todas las potestades y cónsules, jueces y rectores de todas las partes del mundo y a todos los demás a quienes llegaren estas letras.
Considerad y reflexionad que el día de la muerte se acerca. Os ruego, pues, con la reverencia que puedo, que no os olvidéis del Señor ni os apartéis de sus Mandamientos por cuidados y congojas que tenéis en este inundo. Porque todos aquellos que le olvidan y se apartan de sus mandamientos son malditos y el Señor se olvidará de ellos. Y cuando venga el día de la muerte, todo lo que juzgaban tener les será arrebatado. Y cuanto más sabios y poderosos han sido en el siglo tanto mayores tormentos sufrirán en el infierno.
Por lo cual, con gran interés os aconsejo, mis señores, que posponiendo todos los cuidados y afanes recibáis benignamente el cuerpo y sangre de Nuestro Señor Jesucristo en su santa conmemoración. Y tanto honor deis al Señor en el pueblo que se os ha confiado, que todas las tardes se anuncie por algún pregón o por otra señal la hora en que se deben dar gracias al Señor Omnipotente y cantarle alabanzas. Y si esto no hiciereis, sabed que habéis de dar cuenta delante de Nuestro Señor en el día del juicio. Los que guardaren este escrito consigo y lo cumplieren, sepan que serán benditos del Señor.
Ejemplo de San Francisco
De la espiritual alegría y su elogio. De la tristeza
Aseguraba nuestro Santo que la alegría espiritual era un remedio segurísimo contra mil acechanzas y astucias del enemigo.
Decía también: «El diablo se alegra en gran manera cuando puede arrebatar la paz de espíritu a algún siervo de Dios. Lleva consigo como unos polvos, que procura esparcir en los pequeños poros de la conciencia por si puede manchar el candor de la mente y la pureza de la vida.»
«Empero —añadía— si la alegría espiritual llena los corazones, en vano esparce su veneno la infernal serpiente. No pueden los demonios dañar al servidor de Cristo cuando le ven rebosando alegría santa. Mas estando el ánimo lloroso, desconsolado y triste, con facilidad es absorbido por la tristeza o se entrega con demasía a los goces vanos.»
Procuraba por esto el Santo que su corazón se solazase en júbilo, conservando la paz del espíritu y la dulcedumbre de la alegría. Evitaba con especialísimo cuidado la perniciosa enfermedad de la tristeza, de tal suerte que apenas conocía asomarse ella a su pensamiento volaba al instante a la oración. Porque decía:
«Cuando el siervo de Dios se siente conturbado por alguna cosa, como puede suceder, debe acudir prontamente a la oración, permanecer en presencia del Padre celestial hasta recobrar su saludable alegría. Pues si se entretiene en la tristeza, el habilísimo demonio se siente con fuerzas, tanto, que si no se aleja con lágrimas engendra en el corazón una pereza continua.» (Tomás de Celano.)
Frutos dignos de penitencia
X
Táctica contra las pasiones
Sin lucha metódica y constante contra las pasiones imposible es vencerlas. Nunca se rinden ellas a discreción ni se dan por definitivamente vencidas. Propenden constantemente a erguir la cabeza, aun en los momentos en que no pueden menos de sentirla abatida y conculcada. Son como la mala, hierba, que mil veces arrancada, vuelve a retoñar y a reproducirse. Y es que allá en el fondo del corazón queda siempre algo de la mala raíz. Extirparla por entero de allí es empresa sobrehumana, que sólo la mano de Dios omnipotente puede realizar. Lo realiza, en efecto, según su sabiduría y amor, en premio de las victorias conseguidas por el alma generosa y esforzada que ha llegado, en el propio vencimiento, a todo lo que Dios de ella pedía. Antes de hora tan venturosa suele permitir Dios que en el campo de las almas crezca la cizaña juntamente con el trigo, y hasta llega a dar orden a sus fieles criados de que no traten de arrancarla de cuajo por temor de que juntamente con ella arranquen también el trigo. (Mt 13, 19)
Quiere, sin embargo, el Señor que estemos todos atentos a purificar el corazón y que pongamos mano fuerte en ello. Quien sólo se cuida de lo que ven los hombres, no haciendo caso de lo que mancha el corazón, es comparado por Jesús a sepulcro blanqueado y adornado por de fuera, mientras por dentro está lleno de huesos de muerto y de podredumbre. (Mt 23, 27)
A dos cosas debemos atender principalmente en la mortificación de las pasiones a los movimientos desordenados interiores, con tendencia a exteriorizarse en actos, y a la represión pronta y decidida de ellos tan luego hayan entrado en el campo de la conciencia. Con tal brío y presteza deben ser entonces reprimidos, que nunca se llegue a la mala palabra ni al gesto o actitud inmorales. Hacerlo así es nuestro deber siempre que las malas tendencias nos incitan a pecado grave. Cueste lo que cueste hay que enfrenar entonces la mala tendencia, para que no llegue a traducirse en pecado consentido de pensamiento, de palabra o de obra.
Esta lucha, en la que parece predominar la actitud defensiva v de resistencia, debe ser auxiliada, y a veces sustituida, por la ofensiva o ataque directo contra los vicios capitales.
¿Cómo se les ataca para vencerlos y reducirlos a la impotencia? Por el ejercicio de las virtudes a ellos opuestas. En el Catecismo, junto a los vicios capitales, se enumeran las virtudes contrarias. La práctica de ellas es el más eficaz medio de evitar el pecado actual. No nos libra la virtud de las acometidas de la pasión; pero nos preserva de sus dañinas mordeduras. Como a perro acometedor, la virtud encadena la pasión para que no muerda ni hiera con sus zarpas por mucho que ladre.
¿Es ésta la táctica que preconiza la V. O. T. de Penitencia para que el buen cristiano logre verse libre de los lazos y marañas de las pasiones? Esta es, en efecto, aunque perfeccionada en sencillez y eficacia, como otro día veremos.
Fr. Luis Mestre
[Nota biográfica del P. Luis Mestre]
Palabras del Papa
«Por último, lo que tanto preocupa y desvela a los que trabajan por el arreglo de la cuestión social: las relaciones del rico y el pobre, será perfectamente resuelto por los mismos que dan motivo o son objeto de esas cuestiones modernas, fijos y bien persuadidos los pobres de que la pobreza no carece de dignidad; y ricos y pobres convencidos que conviene que el rico sea misericordioso y generoso y que el pobre se contente con su suerte y su trabajo; pues como ninguno de los dos está destinado para estos bienes perecederos, el uno deberá ir al cielo por la paciencia y el otro por la liberalidad.
Por esta causa, Nos deseamos, de largo tiempo y en gran manera, que se propongan todos, en cuanto a cada uno le sea posible, la imitación de Francisco de Asís. Por eso, así como antes de ahora habíamos prestado siempre una atención singular a la Tercera Orden Franciscana, así ahora, llamados por la suma bondad de Dios para el cargo del Sumo Pontificado, siempre que la ocasión se presenta exhortamos a todos los cristianos que no rehusen dar su nombre a esta milicia de Jesucristo.» (León XIII, Encíclica Auspicato.)
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