Página litúrgica

Ministros de la Liturgia
II

En el culto tributado a Dios por la Iglesia se distinguen tres clases de ministros; de ahí las distintas ceremonias y ritos que se observan en la misma. Hay ecos de dolor enlazados con gritos de júbilo; himnos de alabanza unidos con férvidos deseos; oraciones sublimes de adoración al lado de otras de súplica y auxilio. De ahí el rico y variado contenido de nuestra Liturgia.

1. Siendo el ministro aparente un hombre pecador, no nos extraña que, indeciso al pie del altar, gima y se arrase en llanto a la vista de su miseria e indignidad. No nos maravilla que a cada momento diga Kirie eleison o Miserere mei. Que dé golpes de pecho y pida con lagrimas en los ojos perdón y misericordia. Sí, verdadero hombre e hijo de Adán, pecador es el sacerdote en la misa y en la administración de cualquier sacramento. En la ofrenda de la Víctima divina bien claro lo manifiesta: «Recibid, oh Padre Eterno, esta inmaculada hostia, que yo, indigno siervo tuyo, ofrezco a mi Dios vivo y verdadero por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias...»

2. Bajo la naturaleza humana se esconde la gracia sacerdotal, con toda su eficacia, que eleva al hombre a la dignidad de ministro de la Iglesia. Revestido por la Iglesia, cual Rebeca divina, aunque a los ojos de la carne es hombre, está divinizado, y Dios ve en él, aun bajo la culpa del pecado, la hermosura de su Ungido e Hijo; y si bien la voz es de Jacob pecador, los vestidos son de Esaú divino. Ya no es sólo el hombre pecador, sino que es el miembro esclarecido de la Iglesia como cuerpo místico de Cristo. Es verdad que también la Iglesia tiene necesidad de llorar por sus pecados e infidelidades, pero también hay multitud de almas que con sus gracias y virtudes embellecen y dignifican el conjunto y como rayos esplendorosos disipan las tinieblas, y Dios sólo ve aquel alma santificada y regada con su preciosa sangre.

La Iglesia triunfante, con el cetro de la Inmaculada y tantos ángeles y santos, se unen a la oración común y elevan, con el sacerdote y pueblo, la Víctima divina. Siempre está a nuestro lado a recoger y asociarse a nuestra oración. Por eso el dolor de la Iglesia es siempre iluminado; siempre sus lágrimas son brillantes y sus anhelos llenos de esperanza. El sacerdote lleva sus ornamentos de príncipe, y si bien significan la cruz y el pecado, son finos y delicados porque ya Cristo los ha borrado, y los pecados, perdonados y llorados, se convierten en perlas y diamantes de gloria. Todas las almas en gracia pertenecen a la sociedad de la Iglesia, cuya cabeza es Cristo. Todos los miembros, al contacto de la divina cabeza, están santificados, pero hay miseria y debilidad.

Sólo cuando se acaba el tiempo será la Iglesia pura e inmaculada. Por eso en la Liturgia, que es oración de la Iglesia, o sea oración del hombre, pero no individual, sino como miembro agraciado del Cuerpo de Cristo, tiene que llorar y clamar misericordia. Y sobre todo tiene que orar y pedir auxilio al Padre por intercesión del Hijo, como Intercesor obligado para con el hombre. El sacerdote, en la misa, en todo sacramento y oración litúrgica, se acuerda siempre del papel que representa, y siempre habla como embajador del pueblo, como representante de la Iglesia. Así dice oremus, y no oro; y frecuentemente se dirige al pueblo para que la acción sea común; habla en voz fuerte para que todos se unan a sus plegarias, que son también suyas; extiende sus brazos para recoger todas las oraciones; levanta la hostia para que todos la vean, y claramente, al ofertorio de su sacrificio, protesta que su sacrificio es también suyo.

3. Pero el ministro propio es Jesucristo. Porque el sacrificio de la misa, como cualquier sacramento, es una renovación y aplicación actual de su sacrificio en la cruz y así como nadie; sino El, nos pudo redimir, nadie, sino El, puede repetir su acción y aplicarnos sus méritos. El, ayer, hoy y siempre, es nuestro abogado e intercesor para con el Padre. Y así el sacerdote principia la misa (misa catecúmenos) como hombre pecador, la ofrece como Cuerpo místico (Ofertorio) y realiza el acto sacrificial como Dios-hombre, como Jesucristo en el Monte Calvario (Consagración).

En algunos momentos de la misa, como en los sacramentos, es sólo Jesucristo quien obra, pero como nosotros, en gracia de Dios, somos sus miembros, no podemos menos de participar de sus efectos maravillosos. Así que toda oración litúrgica es eficaz por ser Jesucristo el sacerdote y es de grandes provechos para el hombre debido a sus relaciones como Jesucristo cabeza.

Fr. Juan Mª Nadal

[Nota biográfica del P. Juan Mª Nadal]

Fiestas antonianas en Valencia

Valencia cada año se supera en la manifestación entusiasta de su devoción a San Antonio de Padua. Así lo demuestra el aumento constante de fieles que acuden en demanda de auxilio al Santo Paduano, que tiene su exponente en las fiestas anuales de su día. La iglesia de San Lorenzo de Valencia, cada año se ve más engalanada y, sobre todo, más asistida del fervor de los devotos del Santo de los pobres. Las fiestas del pasado junio revistieron inusitado esplendor. La Acción Antoniana se complace en felicitar a las Juntas Directivas antonianas, a su director el P. Luis Torres y al predicador de la novena P. Juan Mª Nadal.

Procesión de San Antonio, 1945

El Santo Paduano pasea por las calles de Valencia en solemne y devota procesión. El pueblo devoto le tributa ferviente tributo de cariño.