Estampas evangélicas

De Cafarnaum a Naím

Obrada la curación prodigiosa del hijo del centurión, Jesús se desplaza de Cafarnaúm hacia la baja Galilea, fiel a aquel reproche que dirigiera a los habitantes egoístas del lago: «También debo ir a evangelizar a otras ciudades de Israel.» Ahora es Naím la que tiene el honor de recibir la visita benéfica del profeta.

No sabemos si el viaje lo realizó pasando por Nazaret o directamente, a través de la fértil llanura que se abre a los pies de Kara-Hatin hacia el Mediodía y desemboca en Sahal-el-Ahma, llamada por Eusebio de Cesárea llanura de Sarón. El viajero que cruza esta región de Norte a Sur tiene por guía el monte Tabor, que se yergue majestuoso a la extremidad meridional de la misma. Ladeado el monte Tabor en su base, ya está a la vista Naím en lo alto de los vecinos montes, que se encuentran en la misma dirección meridional.

Naím es una pequeña aldea poblada por unos 200 habitantes, musulmanes en su totalidad. Sus casucas pobres hállanse diseminadas en la vertiente septentrional del gebel Dahi o pequeño Hermón. Ningún atractivo especial, fuera del recuerdo de Jesús, ofrece, al peregrino este pasaje. Todo es desolación y aridez: ni arboleda, ni vegetación, ni cultivo alguno se ve en sus alrededores. ¡Como si les hubiera llegado la maldición pronunciada por David sobre el vecino Gelboe! Pero una cosa hay interesante: es el recuerdo de Jesús, que parece flotar aún en el ambiente del pueblo citado.

Debió llegar Jesús a Naím al atardecer de aquel día, hora en que suelen los judíos llevar a enterrar a sus muertos.

La escena era para conmover a cualquiera: cuatro jóvenes llevaban en unas parihuelas a un compañero de su edad. Seguía al féretro un grupo de hombres y de mujeres que le acompañaban a la sepultura; y entre las mujeres se destacaba una que, envuelta en un amplio manto y medio velado el rostro, lanzaba suspiros y ayes desgarradores que eran coreados de vez en cuando por las mujeres amigas y vecinas... ¡Pobre mujer, era ya viuda de marido y ahora quedaba huérfana y desamparada, puesto que aquel joven difunto era el hijo único de sus entrañas!...

Había salido ya de la aldea el cortejo fúnebre por la ladera del monte y topaba en ese preciso momento con la caravana diminuta capitaneada por Jesús. Para cualquiera de sus discípulos aquel era un encuentro casual; para Jesús era todo providencial.

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El joven difunto, envuelto en una sábana, se balanceaba siguiendo los movimientos acompasados de los que le llevaban en hombros; mas de repente se para toda la comitiva. Era Jesús que detuvo a los portadores del cadáver, ordenándoles dejarle en tierra. Su corazón compasivo iba a remediar la triste situación de aquella pobre viuda. Mujer —le dice—, no llores. Y uniendo al tono compasivo de estas palabras su poder omnipotente, prosiguió dirigiéndose al muerto: Joven, a ti te lo mando; levántate. Y ante el estupor de aquellas gentes, el joven difunto removió la sábana que lo envolvía y el sudario que le velaba el rostro y se levantó como si hubiera estado durmiendo.

Este es el milagro de Naím y lo que le ha hecho célebre en la historia. Al cabo de veinte siglos su nombre recuerda, como aquel día, al Profeta de Nazaret, que pasó por este mundo haciendo bien a todos, sanando enfermos y resucitando muertos.

Fr. Rafael Fuster, ofm

[Nota biográfica del P. Rafael Fuster]

Justificada inquietud

—¿Por qué lloras, niño?
—¡Porque mamá le dijo a papá que era un pavo!
—Y él, ¿qué le contestó?
—¡Papá le dijo que ella era una burra... Je, je, je!...
—Y eso, ¿qué te importa? ¿Por qué sigues llorando?
—¿Cómo no he de llorar? Pues yo, ¿qué soy entonces?