Estampas evangélicas

Un caso grave de conciencia farisaica

Lo refiere San Mateo a propósito del último viaje de Jesús a la Ciudad Santa. Este episodio se halla entre los muchos dichos y hechos de Jesús acumulados por el evangelista en esta última etapa de su vida.

La moneda del CésarLos judíos, al tiempo de Jesús, vivían de meros recuerdos históricos. Fanáticos nacionalistas, los partidos dirigentes de la vida religiosa y política del pueblo no alimentaban su fanatismo más que de glorias nacionales ya muy remotamente pasadas.

Arribado un día prodigiosamente el pueblo hebreo a las tierras de Canaán y asentado en ellas, gracias a la protección visible de Jahvé, el Dios de Israel, que brazo en alto le libró de todos sus enemigos, llegó a formar andando el tiempo un considerable imperio, de alguna resonancia política en aquella lejana época de la cultura oriental. Los días de David y de Salomón marcan el punto culminante del poderío de Israel.
Mas el carácter teocrático de este imperio era toda su razón de ser, por lo que, olvidados bien pronto los judíos de su origen providencial y queriendo seguir la misma suerte que cualquier otra nación de la tierra, vinieron a perder poco a poco su antiguo brillo imperial, y de señor de otros pueblos, el pueblo hebreo llegó a ser su propio esclavo y el objeto de su más fiero escarnio, según dice en frase cruda el profeta de Anatot.

El momento de esta suma abyección corría desde la dominación romana, en que la nación judía perdió su soberanía no obstante el título de reyes que conservaron aún sus jefes y que, para mayor oprobio, detentaba una familia extraña y hostil al pueblo judío. De hecho no había más soberanía que la del César.

Allí mismo en el atrio de los gentiles a las mismas puertas de templo, morada de la santidad y quintaesencia de orgullo racial de los judíos, se hacían transacciones comerciales y se pagaba en la moneda corriente: la moneda romana. Por allí mismo se dejaban ver de vez en cuando los recaudadores del tributo al Emperador. ¡Qué rabia debía devorar los judíos la vista de tales goim!

El denario exigido por estos agentes imperiales ofrecía en el anverso el busto de Tiberio, coronado de laurel, y en el reverso la de la emperatriz Julia Livia, sentada y apoyada en el cetro. ¡Qué profanación aquella moneda a la vista del santuario! ...

Allí mismo en las escuelas del templo, donde sentaban cátedra los más famosos de sus rabinos, se había propuesto este grave caso de conciencia, y más de una vez habían venido a las manos herodianos y fariseos.

Era un terrible dilema de muy difícil solución, y como imposible de resolver por sus consecuencias, había pasado a la historia de la casuística rabínica. Negar el derecho del emperador a exigir tributos de sus súbditos era incurrir en la pena capital. Reconocer su soberanía era (en mente farisaica) disminuir la de Dios.

Habían dado con el lazo, del que Jesús no podía escapar. Así se frotaban las manos de puro contento, pensando sus enemigos que esta vez no podría evadirse. Y con taimada prudencia y mal disimulado respeto, después de confesar la sinceridad y saber del Maestro, le proponen el caso en estos términos: ¿Es lícito pagar el tributo al César o no? Mas Jesús leía en sus corazones, carcomidos por el odio, y veía su prematura alegría de triunfo logrado. Ni podían sospechar en tan pronta solución del caso, ya que los más ingeniosos rabinos no habían podido dar en ella. Pero el dilema era más bien aparente. En realidad, no había pugna de conceptos entre Dios y el César. Jesús ha deslindado los términos: Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que a él pertenece.

Un fariseo convertido más tarde —San Pablo— completa la frase del Maestro al decir que «toda autoridad legítima viene de Dios».

Fr. Rafael Fuster, ofm

A fraternizar

Las diferencias entre los hombres no son suficiente motivo para extinguir el amor mutuo que nos debemos.

No hay precepto sobre el precepto del amor.

No hay ningún otro precepto que no esté incluido en éste de alguna manera.

Amor cristiano hacia Dios y hacia los hombres es todo el contenido de la caridad, resumen de la Ley y de los Profetas, vínculo de perfección.

¿Se trata de hacer bien al prójimo?

Ante todo, amémosle. Fraternicemos con él.

Fraternizar es tener conducta de hermano, considerando a los demás como hijos de un mismo Padre.

Y no falseamos la verdad al querer tener al prójimo copio hermano, porque todos los hombres nos podemos considerar como hijos de Dios.

De hecho somos con toda propiedad hijos de Dios, a quien por eso se nos ha dicho que le llamemos Padre nuestro.

Si todos somos de hecho hermanos por ser hijos de Dios, todos, con respecto a Dios, somos lo mismo en cuanto a hombres y sujetos de los mismos derechos.

Si Dios con el mismo rasero de su perfecta justicia nos trata a todos, ¿por qué nosotros hemos de tener esa desigualdad unos con otros y nos dejamos sugestionar por la simpatía indiscreta para juzgar y mostrarnos en la administración del amor con tan poca equidad?

No es cristiano ese mirar con desprecio al prójimo, como si fuera ser inferior.

El amor lo debemos a todos según el precepto de Jesucristo y según postulado de Derecho Natural, que nos obliga a hacer a los demás lo que queremos se haga con nosotros.

No dignifica ése rebajar a los demás para hacer pedestal de grandeza propia su abatimiento.

Humanamente es vituperable la conducta de los que se pasan la vida ocupados en desprestigiar al prójimo sin consideración al espíritu de hermandad que debe reinar entre los hombres.

¿Es que acaso los matices de las buenas cualidades propias personales no adquieren su mayor realce junto a las buenas cualidades de los demás?

¿Acaso las diferencias individuales de cualidades y aptitudes no son socialmente la base de las colaboraciones necesarias para llevar a cabo las obras perfectas?

¿No estamos viviendo en el mundo en plan social para ayudarnos unos a otros a llevar las cargas de la vida?
¿Por qué, en vez de alivio para el prójimo, hemos de ser peso?

¿Cómo no nos avergüenza el que, gozándonos de ser amados, neguemos a los demás el amor que de justicia les debemos?

Por mucho que hagamos, aunque ardamos en amor de Dios, aunque nos dejaramos martirizar, aunque estuviéramos resignados a perderlo todo si es menester, como no amemos al prójimo nada de meritorio podremos presentar en el tribunal de Dios, que nos ha de premiar conforme al canon de la totalidad de sus mandamientos y al espíritu de las obras de misericordia, relacionadas todas con el prójimo, en quien nos obliga Cristo a ver representada su divina persona.

Los verdaderos hermanos no se devoran entre sí; saben vivir esa unidad de afectos personales que les lleva no sólo al respeto mutuo, sino al interés, también mutuo, por el honor, por la prosperidad y por el bienestar.
Sufren mutuamente, se alegran mutuamente, se gozan mutuamente, haciendo cada uno suyas las penas, las dichas v el bien de los otros.

Nada de envidias ni de recelos; la verdadera hermandad se funda en los postulados del amor de Dios, que obliga a entregarse a los demás aun con sacrificio, a ejemplo de Jesucristo, que mostró su caridad a los hombres muriendo por todos.

Enrique Barrachina Gil
Pbro., Terciario franciscano

(Continuará)