Página litúrgica

Adviento

iQué esperanzada tranquilidad se percibe en toda la naturaleza! Muy silenciosos han quedado nuestros campos. Cesó el ruido de las herramientas y juntamente se amortiguó la alegre floresta y el trino gozoso de nuestras aves. El sol se ha encogido y estrechado en su circulo celeste, y además de casi desperdigar sus rayos luminosos, que no calientan con eficacia nuestros cuerpos fríos, se apagan pronto, dejando entrada libre a la noche, que se extiende larga con su manto de oscuridad y tinieblas. Algunas veces el cielo se oscurece, y entonces se nos ofrecen esos días llenos de abatimiento melancólico, en los que nuestros sentimientos, asomándose al exterior de sus ventanas, quieren descubrir el misterio que encierra la creación. Mirando entonces fijamente en lontananza, el horizonte se cierra por todas partes, y nos quedamos ensimismados ante la contemplación de una naturaleza callada, que precisamente quiere hablarnos por medio de su quietud silenciosa.

La Anunciación a MaríaEscucha, cristiano, el silencio de la creación y adivina su habla expresiva. Todo esto no es más que el velo que cubre y arrebata a la experiencia de nuestros sentidos el verdadero proceso que allá en lo hondo de la tierra se verifica con el desarrollo y crecimiento de una nueva vida, que nace pujante e irresistible quebranto la dura costra del suelo fértil, que, en su dureza, clama por esa llovizna fina que va cayendo continua como sin querer despertar a la naturaleza de su profundo y hondo letargo. Pero en las entrañas de la tierra, la semilla que cubrió con avidez el laborioso labriego, se entreabre con energía, y del grano muerto brota espontánea una nueva y rejuvenecida existencia, prometedora de los más agradables y deliciosos encantos.

Lo que la naturaleza con su elocuente silencio dice tan vivamente a nuestra experiencia, expresa igualmente la Iglesia en su liturgia adventina. Todo en ella nos habla de ansias irresistibles, esperanzas zozobrosas, deseos vehementes, nacidos en un estado de encadenada esclavitud. Para ser la Iglesia más verdadera en las expresiones de su sentir, retorna con su ánimo al tiempo que precedió a la venida del Redentor y, apropiándose la triste realidad de aquellos días, vive en el transcurso de breves semanas todos los sentimientos agobiadores que tan largamente pesaron sobre el pueblo irredento de Israel.

La figura del Profeta Isaías, con sus gestos y ademanes llenos de violencia santa, se nos representa en la escena litúrgica, ora clavando su mirada penetrante en las alturas y en encendida plegaria extender sus brazos, como para rasgar el velo azul del firmamento, ora pataleando sobre las grietas rajadas del suelo árido y seco; y todo esto para qué el cielo, junto con el rocío, llueva al justo, y la tierra, en su producción, haga florecer al Mesías.

Y Juan Bautista, el Precursor y Heraldo del Rey Redentor, entra también en escena con su persona macerada en el sacrificio de la penitencia. Es el más grande Profeta de entre los hombres. El sabe aunar y juntar en sí todas las ansias de redención que sintieron sus mayores, y haciéndose eco de las palabras proféticas que tan delirantemente sonaron en los ámbitos del pueblo judío, va repitiendo desde la soledad del desierto, al tumulto de los suntuosos palacios, la última amonestación profética que el Señor envía a su pueblo para que se prepare dignamente a su venida, suspirada durante siglos en el cautiverio del pecado.

También María, la tierna raíz de José, la Doncella sin mancilla vista por el Profeta Isaías en sus maravillosas profecías, sale en primer plano en el escenario del adviento litúrgico. Ella se hace acreedora a que se realice en su propia persona el deseado milagro, mil veces cantado, de ser la Rosa que daría vida a la delicada Florecilla que había de llenar al mundo con el saludable perfume de sus gracias, que comenzaron a esparcirse en el pobre pesebre para desbordarse en torrente incontenible desde las cumbres del monte de redención. ¡Con qué humildad tan recatada acoge la dulce Virgen el anuncio de su Maternidad divina!

¡El Señor viene! El primer anuncio de su venida se hizo en el Paraíso, cuando Dios, castigando la rebeldía de Adán, les hizo promesa de un Redentor que los uniría de nuevo a su vida divina, decretando su llegada para cuando se cumpliese la plenitud de los tiempos. Y el mundo sin redención, comenzó a vivir un adviento histórico de espera infatigable, aunque lleno de zozobras, A veces casi desesperadas. Sin embargo, la esperanza vivía en los corazones de todos; y aunque los tiempos fueran nefastos y las tragedias terribles, la esperanza viva en el futuro Redentor permanecía incólume frente a toda borrasca que amenazase cerrar la contestación a los acontecimientos venideros. Los Precursores de Israel, los Profetas y varones santos del pueblo judío, eran, los artífices que, en su modalidad ejemplar y prédica verbosa, mantenían encendida y siempre ardiendo la llama de la esperanza. Y bien sonase en las riberas tranquilas del Jordán o en los remansos valles de Judea, en la esclavitud de los pueblos idólatras o en la dispersión entre los gentiles, la voz del que entonaba el canto de la libertad que había de traer el Redentor, su eco era resorte que infundía ánimo al anciano, y hacía saltar de gozo al joven, y llenaba de alegría al niño. Porque toda espera frustrada, toda ansia defraudada, todo deseo sin realización, era compensado con la certeza irrevocable de que había de Venir Aquel que, además de romper yugos y cadenas esclavas, haría fluir leche abundante y miel sabrosa de las cúspides de los más altos montes palestinenses.

El Señor vendrá! Sea la expectación de María, llena de sumiso acatamiento ante los grandes hechos que en Ella se van a realizar, el mejor Adviento que tu alma viva, en espera de ver nacido en tu corazón al Redentor del mundo.

Fr. José López González, ofm

[Nota biográfica del P. José López]

El sermón de las viudas

El P. Villon es llamado a uno de los arrabales de París a dar conferencias apologéticas.

Se ha preparado, estudiando libros y más libros; ha pensado las ideas diligentemente; ha buscado imágenes retóricas; ha redondeado sus párrafos... El éxito le espera.

Llega a París; llega a la iglesia de su destino; sube al púlpito y mira las naves. Ni un solo hombre; mujeres, mujeres, mujeres...

El P. Villon siente que la cabeza se le va... ¿Para qué tanta apologética? ¿Para qué haber quemado sus cejas en los libros sabios?

Era menester cambiar de tema y de sermón. La asistencia femenina miraba curiosa hacia el púlpito.

¿Oué sucedía al Padre?

Por fin el orador rompe a hablar.

—Amadas hermanas; amadas hermanas mías...

Y el buen Padre repitió con retintín el segundo «amadas hermanas mías,>... Después de un nuevo calderón dijo:

—Veo con suma tristeza que me hallo en un pueblo de viudas. Vamos a rezar un De profundis por vuestros difuntos maridos.

Y como lo dijo lo hizo.

Y se bajó del púlpito.

Al día siguiente, a la misma hora, la iglesia estaba llena de hombres: los muertos habían resucitado.

El P. Villon no había predicado nunca sermón tan breve, ni de éxito, tan rotundo, ni aprendido tan al pie de la letra por el auditorio.

Aquella noche fue repetido en todas las casas.

Y a la noche siguiente pudo el predicador decir su sermón apologético, que aunque gustó mucho y le atrajo concurrencia masculina para todos los restantes días, no llegó a ser de tanta eficacia e ruido como el primero.

Ha pasado tiempo, y todavía se acuerdan en el arrabal parisiense del sermón de las viudas...