Buen olor de Cristo

El Espíritu de Dios informa a los santos y los lleva suave y eficazmente a la imitación de Jesucristo; imitación de su profundísima humildad, de su omnímoda abnegación, de su constante paciencia en llevar la cruz.

Al practicar estas cristianas virtudes, esparcen los santos por el mundo el buen olor de Cristo (2 Cor 2, 15).

Modelo sublime de esto fue un terciario franciscano contemporáneo, muerto en Alcoy en olor de santidad, en 9 de marzo de 1884, a la temprana edad de veintisiete años. Llamábase Casimiro Barello. Vestía la túnica talar o hábito exterior de la V. O. T. de Penitencia, a la que estaba inscrito, y peregrinaba de uno en otro pueblo, visitando en sus iglesias a Jesús Sacramentado y a la Santísima Virgen, y proveyendo a su sustento con su trabajo personal o con limosnas espontáneamente ofrecidas. Pocos días se detenía en cada pueblo, atento siempre a cumplir allí los designios de Dios acerca de él. Las noches pasábalas en campo abierto, bajo los árboles o en casitas de campo ruinosas. Muy temprano, antes de abierta la puerta de la iglesia, ya estaba Casimiro orando devotamente ante ella. Ya dentro del templo, oía con recogimiento y reverencia todas las misas que se celebraban, y permanecía arrodillado ante Jesús Sacramentado hasta que el sacristán iba a cerrar la puerta de la iglesia. Durante la solemne exposición de las Cuarenta Horas se le vio en distintos pueblos arrodillado todo el día ante Jesús Sacramentado, sin probar bocado hasta la noche.

Con su admirable devoción al Santísimo Sacramento, con su penitencia, modestia, humildad y trato sencillo, amable y cortés, edificó a las gentes y las atrajo a mejor observancia de los mandamientos de Dios y de la Iglesia. Fue esto cosa notoria a los párrocos y a los señores Obispos. La breve estancia de Casimiro en Játiva produjo en la histórica ciudad aumentos de fe, de piedad y de fervor. El Cardenal Monescillo, Arzobispo de Valencia, aseguraba que este peregrino fue enviado por Dios para bien de nuestro pueblo; y el señor Nuncio Apostólico reconocía que en las ciudades por donde había pasado había hecho más bien a las almas que todas las misiones populares de aquellos tiempos.

Así llegó, peregrinando por Cataluña, Aragón y Valencia, hasta la ciudad de Alcoy, donde a los pocos días murió, dejando una fama de santidad que perdura todavía. Atribuyéronsele en vida hechos milagrosos, y con sus reliquias se han obrado portentosas curaciones en favor de sus devotos.

El espíritu de penitencia de Casimiro fue prodigioso, no menos que su seráfico amor a Jesús Sacramentado. Por ambos dos es Casimiro fidelísimo hijo del Padre San Francisco de Asís, a quien consciente y perfectamente imitó en esto, como en su desprendimiento de las cosas del mundo y en su confianza en la divina Providencia. Unos datos tomados de su biografía lo pondrán de manifiesto.

Terminado el servicio militar, abandona la casa paterna, obligándose con voto a andar descalzo, descubierta la cabeza y vistiendo a raíz de la carne una túnica de paño, sujeta al cinto con una cuerda, resuelto a llevar este plan de vida: "Seré peregrino mientras viva. Mis viajes serán siempre a pie, y m¡alojamiento, al aire libre o en cualquier tugurio. No aceptaré de limosna sino el pedazo de pan necesario para cada día. M¡puesto será a los pies de Jesús Sacramentado, ante el cual pasaré días enteros. El mundo me maltratará, me arrojará de sí, me encarcelará. De estos tratamientos tengo yo sed, fiara dar a conocer a m¡Dios sosteniéndolos con paciencia."

Miraba este gran penitente los padecimientos con el espíritu de fe propio de los santos. «Es un señalado favor el padecer; el Señor regala penas a los que más ama. ¡Cuántos santos han sufrido la cárcel, el destierro y la muerte! La enfermedad es un bien inmenso, pues, bien aceptada, nos aparta del pecado nos alcanza grandes méritos para el cielo.» Con estas palabras consolaba a los atribulados y a los enfermos, moviéndolos a paciencia, a dolor de sus pecados y a deseos de imitar a Jesucristo.

«No se aflija usted por no tener vista —decía a una viejecita apenada—; lo único que vemos con los ojos es el mundo, y éste nos engaña y nos hace perder el cielo. Como usted no ve el mundo, no será engañada por él, y así no perderá el cielo.

Con mucha dulzura y no menos gracia, decía a una religiosa de Játiva que deseaba la librase el Señor de ciertas dolencias: «El espíritu de Jesucristo es espíritu de cruz, ¿y cómo usted, siendo su esposa, pide le sea quitada la pequeña cruz con que la ha favorecido?»

Por su parte, conservaba inalterable alegría interior en medio de los contratiempos y adversidades de la vida. «S¡no ame recibieran aquí esta noche y tuviera que quedarme en campo raso —decía ya enfermo y' cercano a la muerte—, se me cumpliría entonces el gozo que anhelaba el Patriarca San Francisco, de ser despedido a palos cuando llamase en la portería de algún convento.»

Su amor a Jesús Sacramentado le llevaba a dirigirse prontamente a la iglesia tan luego como llegaba a una población; y solía suceder que, no habiendo estado jamás en ella, iba resueltamente por las calles que más rectamente llevaban a la iglesia donde estaba expuesto solemnemente el Santísimo Sacramento. Allí se prosternaba devotamente ante Jesús, y allí pasaba en profunda oración todo el día.

«Yo deseo que todos los hombres conozcan a Dios, le amen y le sirvan —dijo a unos que le interrogaban acerca de su, genero de vida—; s¡yo fuera un sabio, me valdría de m¡lengua y de m¡sabiduría para conseguir mis deseos; pero como soy un ignorante, un rudo, no puedo valerme más que de m¡cuerpo, para que, viendo los hombres cómo adoro a Dios y le sirvo, le conozcan también, le amen y le sirvan.»

—Cuando pasa usted el día arrodillado ante el Santísimo Sacramento, ¿ve acaso algo extraordinario en la Sagrada Hostia?

Casimiro Barello—No; no veo más que lo que ven los fieles: la Hostia, y oculto en la Hostia, a Jesús inmortal y glorioso, como está en los cielos; pero es por un acto de la mente auxiliada por la fe. Por los ojos no veo nada de extraordinario, n¡quiero ver; porque así, oculto el Señor, me acerco a Él, le hablo, le estrecho más sobre m¡corazón, y hasta le como. S¡le viera como está en la gloria, no sólo no haría nada de eso, sino que, al verme tan lejos de los bienaventurados, caería humillado y confundido en su presencia.

—¿Y usted quiere mucho a la Santísima Virgen?

—Tanto, como que es m¡Madre y me da a su Hijo.

— Y a quién quiere más, ¿a la Madre o al Hijo?

—Yo le diré: cuando me acerco a la Madre, voy como al descubierto, sin temor, con grandísima confianza; mas Cuando me acerco al Hijo, antes busco a la Madre, me pongo bajo su manto., y así me atrevo a presentarme ante el Señor.

De paso para Alcoy, llegó a los aledaños ele Cocentaina, y requerido por un Padre franciscano que le salió al encuentro, dirigióse con él al convento para pasar allí la noche. Ya en el convento, visitó a Jesús Sacramentado; asocióse al ejercicio del Vía-Crucis, que por ser viernes practicaron los religiosos aquella noche; tomó con ellos frugal colación; asistió en la madrugada a la misa de la Concepción y comulgó en ella asociado a los religiosos; despidióse más tarde cíe ellos, dejándolos edificados, y partió.

Desde este día, 21 de febrero, por la tarde, hasta el 9 de marzo, en que murió con la muerte de los justos, estuvo en la ciudad de Alcoy, edificando a sus habitantes con su palabra y santos ejemplos.

La fama de santidad de Casimiro se extendió por toda España y por Italia. El Martirologio franciscano le dedica en 9 de marzo este pío recuerdo:

«En Alcoy, ciudad de España en la diócesis de Valencia, el siervo de Dios Casimiro Barello, confesor de la Tercera Orden, quien hizo grandes méritos para el cielo en continuas peregrinaciones piadosas, en las que dio señalados ejemplos de humildad, de paciencia y de subidísimo amor al Santísimo Sacramento del Altar.»

Esta fama de santidad de vida es el buen olor de Cristo, que, por dicha nuestra, nunca faltará por entero en el mundo.

Fr Luis Mestre, ofm

Ráfagas

Estudie usted la Religión...

¡Pero no la estudie alrededor de la mesa de un café...! N¡en las páginas de una novela... N¡por la voz de ganso de un fatuo charlatanismo...

Estudie usted la Religión...

Pero estúdiela usted como lo que es... Como una cosa muy seria... Y como, sin duda, se precia usted a sí mismo... Como un hombre serio...

Todas las disciplinas tienen su propia Facultad... Todas las ciencias, su maestro, su catedrático...

La Religión, no?...

Estudie usted, pues, la Religión en la única Cátedra facultada para enseñarla; bajo el único Maestro graduado para explicarla...

Y vaya usted con humildad... Como el alumno ante el famoso catedrático... Con la humildad del que no sabe; del que sabe que no sabe... Porque para aprender es necesario saber antes que no se sabe...

S¡ante un gran sabio de ciencias exactas, un alumno atrevido por soberbio e ignorante, se alzase con jactancia: «Toda esa teoría es falsa...» Y al ser invitado a controversia, exclamara: «No; yo no he estudiado nada eso...; pero según dijeron esta tarde en el café..., o en tal novela..., o...»

Así hay muchos hombres. En otras materias, en su profesión, en las ciencias, muy serios, muy consecuentes, lógicos, reflexivos... ¿En Religión...?

¿Por qué no en Religión?...

Fr. Gil Sendra, ofm

Consultorio religioso

Hace tiempo oí decir que es preferible aplicar las misas por uno mismo en vida, a dejarlas para después de la muerte; de momento me quedé algún tanto extrañado y no d¡importancia; pero teniendo que arreglar mis asuntitos, me viene la duda sobre el particular. ¿Sería tan amable, Fr. Agnello, que me aclarara el punto, s¡es que vale la pena?

Son muchas las personas que preguntan lo mismo, por lo que comprenderá el consultante que vale la pena se aclare este punto.

La respuesta la da clara y terminante S. S. Benedicto XV en su Breve ele 31 cíe mayo de 1921. Dice: «Es de considerar, ante todo, que los frutos de la misa mucho más aprovechan a los vivos que a los difuntos, porque s¡están bien animados y dispuestos, se les aplican más directamente, con más certeza y abundancia. De donde se sigue que, con el don de la perseverancia, nos procuramos en vida facilidad para aplacar a la justicia divina y para quitar por completo, o disminuir las penas que debiéramos pagar en el purgatorio... La mayor parte, con detrimento de su provecho espiritual, ignora que les aprovecharían mucho más las misas que se mandasen decir en vida que las que, después de muertos, les pudiesen mandar decir sus parientes, herederos o amigos.»

Además es más meritorio el desprenderse en vida del dinero, que se da en estipendio, que encomendárselo a los herederos; también s¡asiste a la santa misa como oferente, participa con más seguridad de los frutos del santo sacrificio, en cuanto éste es latréutico, eucarístico, propiciatorio, impetratorio y satisfactorio, pues respecto a los difuntos, se duda entre los teólogos si, fuera del satisfactorio, llegan a percibir de los otros en su totalidad. Quiere esto decir que una misa aplicada en vida por uno, s¡éste se halla en las debidas condiciones, a la vez que satisface por sus deudas a la Divina Majestad, aumenta en méritos y perfección, lo que glorifica más a Dios; mientras que los difuntos sólo pueden recibir la parte satisfactoria por las penas que habrían de sufrir, pero ningún aumento de mérito.

Por lo dicho, va podrá tener una idea más clara sobre el particular.

cordón

¿Me diría, Fr. Agnello, s¡es efectivamente cierto que las amistades son un serio obstáculo para conseguir la perfección en la vida espiritual?

Dejando aparte algunas consideraciones o, más bien, desahogos espirituales de la consultante, ya que no aclaran el alcance de la pregunta, algún tanto vaga, me ceñiré a dar una respuesta general.

Según la opinión común de los autores que tratan de la vida espiritual, la amistad puede ser un medio de santificación o un fuerte obstáculo para la perfección, según que fuere sobrenatural o natural y sensible. Ahora bien; siendo la amistad una mutua comunicación entre dos personas, para especificarla habrá que atender a la diversidad de comunicaciones y de bienes que se comunican. En lo que respecta a la amistad verdadera, buena y útil, dice San Francisco de Sales «Cuanto más excelentes sean las virtudes que entren en esta comunicación, tanto más perfecta será esta amistad. Será ciertamente muy laudable s¡comunicas acerca cíe las ciencias; mucho más s¡comunicas acerca de las virtudes...; pero s¡esta mutua y recíproca comunicación fuere acerca de la caridad, devoción y perfección cristiana, ¡oh, Dios mío, qué amistad tan preciosa! Será excelente, porque viene de Dios; excelente, porque va a Dios; excelente, porque su vínculo es Dios; excelente, porque durará para siempre en Dios...» Esto que el Santo dice de la amistad buena y provechosa, podemos desdoblarlo hacia las amistades falsas o peligrosas sencillamente atendiendo a la calidad de lo que se comunican en tales amistades, por lo que fácilmente se las puede clasificar como amistades sensibles, frívolas, carnales, etc... Ya el nombre dice bastante, para comprender al punto que tales amistades son un obstáculo fuerte para el progreso en la vida espiritual.

No sé s¡le habrá satisfecho m¡respuesta; pero s¡acaso ella le da pie a concretar un poco más su caso, a la espera de nueva consulta. Y se me olvidaba: Dios le pague sus buenas referencias a la simpática Revista y a esta sección tan interesante.

Fr. Agnello


Novela de carácter oriental

Raquel la betlemita

Prólogo

Palestina es ciertamente el país de más interés histórico-geográfico del mundo. Cada nombre de lugar es una lección; cada monte, cada valle, cada llanura, un libro abierto; cada ciudad, un poema. No hay apenas hombre grande en la historia universal que por allí no haya pasado, desde Abrahán hasta San Francisco de Asís, desde Alejadro Magno hasta Napoleón Bonaparte.

Pero no es sólo el interés histórico-geográfico el que coloca a Palestina como el primero entre todos los países del mundo; es también su interés actual, etnográfico y humano, social y psicológico. Luchas y contrastes violentísimos de sangre y razas; luchas de civilizaciones en momentos de desarrollo diversísimos; luchas de religión y sectas contrapuestas y enemigas, como no se dan en ningún otro puáto de la tierra.

Calcúlese por esto el interés de una novela que en tal ambiente se desarrolla.

Cordon

Porque, toda novela es un poema; y de toda auténtica poesía se ha dicho, con razón, que es más verdadera que la historia. Porque la historia cuenta lo individual, acaso lo anecdótico, y la poesía o la novela, lo verosímil, que es más verdadero que lo real porque ha de alcanzar una cierta universalidad que le da carácter literario y científico.

Más conoce de la vida de los cristianos de los primeros siglos quien haya leído Fabiola, del Cardenal Wisemann, o Quo Vadis, de Sienkievich, que el que haya leído igual número de páginas de cualquier otro libro de historia; y mucho más que leyendo cualquier otra descripción, se familiarizará con la vida y costumbres de la Montaña santanderina del siglo xix quien haya una vez leído Peñas Arriba y Sotileza, de José Mª de Pereda, por ejemplo.

La novela que prologamos no es de carácter histórico, sino actual; no nos habla de cosas pasadas, sino vivientes y sangrantes. Pero proyectadas sobre un mundo lleno de poesía y de encanto Belén, Jerusalén, Siquén o Naplús... Religión cristiana, allí precisamente donde el Cristianismo tuvo su origen sobre la tierra; judíos, musulmanes... ¡Qué fuerza evocadora tan enorme tienen todas estas cosas ! ...

a

¿Y el autor?...

El día 29 de marzo de 1934, hacia las once de la mañana, hacía su entrada solenmne en Jerusalén y en la Basílica del Santo Sepulcro, una peregrinación española de cas¡trescientos peregrinos, al frente de la cual tuvo el honor y la satisfacción inmensa, imborrable, de ir el que escribe estas líneas. Había en ella algo que la elevaba al rango de verdadero acontecimiento, no sólo por verificarse en el Año Santo del jubileo por el centenario de nuestra Santa Redención, sino porque de España jamás había salido para Tierra Santa peregrinación alguna tan numerosa, y en barco, español y desde puerto español, y con una perfección de organización y detalles que le hace formar época.

Al entrar en la Basílica del Santo Sepulcro, el turbión de confusas emociones que, agitándose con fuerza, invadía atropelladamente nuestra alma, formaba como una danza macabra, desordenadísima e indescifrable, en el interior de nuestro espíritu. Quien haya estado allí sabrá lo que digo, y lo sabrá para siempre con recuerdo imperecedero.

En aquel momento de confusión espiritual y deslumbramiento interior, en que no habíamos hallarlo todavía el hilo conductor de las ideas, para irlas enhebrando y prendiendo en él ordenadamente nuestras intensas emociones, un frailecico franciscano, de luenga y poblada barba, cas¡por sorpresa comenzó a hablar. Y hablaba en nuestra lengua castellana, cuando en torno nuestro sólo se oían lenguas, para nosotros, sin eco mental, sin contenido ideológico; y era español como nosotros; y ponía en sus palabras una emoción tan honda como la nuestra, que le hacía también temblar, temblar la voz, y temblar las manos, y temblar el cuerpo todo, como nosotros temblábamos...

Pero hablaba con orden, hablaba sabiendo lo que decía y cómo lo decía. ¡De todo aquello tan digerido! ¡Eran ya tantos los años que llevaba allí, viviendo en un agujero del Sepulcro mismo del Señor, que eso son las celditas en que los hijos del Seráfico Patriarca, como castas palomas arrulladoras, han puesto su morada!

El P. León Villuendas nos daba la bienvenida y nos daba la clave del misterio de Tierra Santa. Era ya de la casa; era ya un hijo de Jerusalén y de Tierra Santa, sin dejar de ser español y todo nuestro. El recuerdo del P. León Villuendas y del saludo solemne, cariñoso, emocionado, que, nos dirigió desde la puertecita del Sepulcro del Señor, no se borrará jamás, seguramente, del alma ele los peregrinos.

Pues s¡el P. León Villuendas es hijo de Jerusalén y de Tierra Santa, Raquel, la Betlemita, es hija espiritual del P. León Villuendas, que ha puesto en ella todos sus saberes, con todas sus intensas y mas fervientes emociones.

Y nada más queda que decir, porque como a nosotros, el P. Villuendas en aquel día memorable, Raquel, la Betlemita, está ahí —para deleitaron e ilustraros— esperándoos...

La Laguna y 9 de marzo de 1935.

Fr: Albino, Obispo de Tenerife

Fr. ALBINO GONZÁLEZ Y MENÉNDEZ - REIGADA - O.P. - Su lema: “Lux et vita. Tecum aut de Te, Domine”

Nació en Cangas de Tineo, Asturias, el 18 de Enero de 1881. Dominico. Doctor en Derecho y Filosofía y Letras por Salamanca. El 8 de Diciembre de 1924 el Papa Pío XI nombra Obispo de Tenerife.

Fue consagrado en Madrid el 19 de Julio de 1925. Tomó posesión por poder D. Santiago Beyro y Martín, el 1º de Agosto. El 10 de Agosto de 1925 hizo su entrada en la Diócesis. Durante su pontificado el 7 de Junio de 1946 el Cardenal Tedeschin¡coronó solemnemente la Imagen de la Virgen de Las Nieves, Patrona de la Isla de la Palma. Amplió el edificio del seminario. Creó el seminario Menor en 1944. Ordenó 48 Sacerdotes Diocesanos. Rigió la Diócesis durante veinte años hasta su traslado a la Diócesis de Córdoba, donde murió el 13 de Agosto de 1958..

Introducción

Al que va a leer

Tienes en tus manos, lector curioso, Raquel, la betlemita. Es una joven graciosa cuanto pía. Nacida en Belén de padres honradísimos, fué en su apacible y tranquila infancia una síntesis de bondad y alegría, de dulzura y belleza, de candor e inocencia. De la infancia pasó a la peligrosa juventud sin despertarse a las impuras realidades de la vida. Raquel joven continuó durmiendo sosegadamente el sueño de la inocencia. Huérfana de padre y madre a los quince abriles, vióse en la precisión de emigrar a Buenos Aires al lado de unos tíos suyos, que careciendo de sucesión, la adoptaron por hija.

Frisaba en los veintidós cuando contrajo matrimonio con un gallardo joven de veintiocho años; palestinés como ella. Ismael era su nombre; y entre otras envidiables cualidades, poseía la de aparecer fervoroso cristiano. El Señor les bendijo con un gracioso niño, Ismaelito, rayo de sol para rasgar las sombras de la
vida, ángel de la tierra que causaba envidia a los del cielo. Muertos sus tíos a los pocos años, de común acuerdo volvieron a su patria, estableciéndose en Naplusa, de la que Ismael había salido a los dieciocho años. Pero ¡oh terribles desengaños de la vida!, al poner el pie en Tierra Santa el compañero de Raquel se quita el disfraz y aparece cual es: es Ibrahim, fanático musulmán, que encierra a Raquel en un inmundo harén, en el que por tres años llora sin consuelo su tremenda desgracia...

Un día la Providencia rompe las cadenas de su abyecta esclavitud, y Raquel se fuga. Ayudada por la caridad intrépida de un Padre franciscano, vuelve con su pequeño, Ismael, providencialmente encontrado, a la capital de la Argentina. Allí vive al presente Raquel, como antes de su desgracia, graciosa y pía...

a

«¿Historia o novela?», preguntará el curioso. Podría ser historia, benévolo lector; conozco casos, sucedidos durante m¡estancia en Palestina, tan parecidos al que relato en estas páginas, que para identificarlos bastaría cambiar los nombres. Sabed, sin embargo, que Raquel, la betlemita, es una historia fingida, es una novela.

Léela con atención, —y perdona m¡presunción— estoy por asegurarte que la continuarás hasta el fin con crecido interés.

Y ¿qué provecho sacarás de su lectura?

Cuando no otra cosa, conocerás varios lugares bíblicos, te pondrás al corrientede usos y costumbres orientales y te enamorarás siempre más de la moral y vida cristianas representadas en Raquel, tan superiores a la moral y vida del falso profeta de la Meca, personificadas en Ibrahimn, el traidor musulmán de Naplusa. Y s¡estas páginas tuvieran la suerte de cruzar los mares y cayesen en las manos de jóvenes hispanoamericanas, acaso servirían de voz alerta y podrían ahorrarse el fatal engañó, por desgracia bastante frecuente, de caer en las redes de astutos musulmanes que merodean por la América española...

Adiós, lector benévolo. Que te solacen y aprovechen estas mis páginas, principiadas a escribir en m¡celdita del Santo Sepulcro y terminadas en este Santuario de la Anunciación, precisamente cuando en el alminar próximo el almuédano elogiaba al profeta de la Meca y las campanas de nuestra Basílica repiqueteaban alegres, recordando a los cristianos el saludo del Arcángel: «Dios te salve, María.»

El autor

Nazaret, Fiesta de la Sagrada Familia. 1933.

I.- La risueña e histórica Belén

Vedla recostada muellemente sobre unas colinas a 800 metros sobre el nivel del Mediterráneo. En derredor suyo verdes campiñas que le dan la nota de alegre y simpática. Sus habitantes, hábiles y trabajadores, han sabido transformar sus pendientes rígidas en campos fructíferos mediante ribazos que del alto, gradualmente, llegan al llano, formando así un vasto anfiteatro siempre verde, donde entres las viñas, crecen con lozanía olivos, almendros, higueras y granados.

En la parte alta, las torres de los Salesianos, de los Hermanos de la Doctrina Cristiana y de la iglesia protestante, apoyadas sobre edificios suntuosos, elevan al cielo sus artísticas y afiladas agujas. En las estribaciones de la colina occidental se asientan, alineadas unas, en desorden otras, las blancas casas. A continuación, y ya sobre la meseta de la colina oriental, surge majestuosa la Basílica de la Natividad, rodeada de los conventos franciscanos, griego y armenio. Abajo, hacia Oriente y Mediodía, vense vastas llanuras cultivadas, en las que, entre olivos e higueras, crecen el trigo y la cebada. Ellas recuerdan el tierno idilio de Rut, la Moabita, que espigaba en los campos de Booz; ellas evocan la memoria de los sencillos pastores que guardaban sus rebaños, cuando resplandeció a sus ojos celestial claridad y resonó en sus oídos el canto angélico Gloria in excelsis.

Belén

Vista de Belén

Los hijos de la risueña Belén no son como los otros árabes. S¡ella es un oasis en medio de los áridos montes de Judea, sus habitantes se distinguen ele sus hermanos de raza que pueblan la Palestina,
y que, por regla general, son apáticos, rutinarios y ocupados en no hacer nada.

Los betlemitas, en efecto, son activos e industriosos, rinden culto al trabajo; unos se dedican al cultivo de los campos; otros al pastoreo de sus ganados, y los más a la fabricación de objetos de piedad y de artísticos juguetes del país. Aunque todos idolatran su incomparable Belén, saben ausentarse de ella por algunos años, encaminándose por lo común a la América española, de la que vuelven con buenos cuartos y hablando nuestra hermosa lengua. Las mujeres, sobre todo, dan a Belén una nota típica; se diferencian hastante de las otras árabes por sus costumbres, por sus facciones, y más aún por su graciosa y elegante vestimenta, que tanto llama la atención de peregrinos y turistas.

Al recorrer las estrechas y empinadas calles de Belén, el forastero, y sobre todo el peregrino, se siente en casa propia. Nada de aquel mirar hosco y amenazádor de los otros pueblos árabes; nada de aquellos muchachos andrajosos, sucios e impertinentes de las otras aldeas; nada de aquellas viviendas asquerosas convertidas en enjambres de moscas de los otros villorrios de Palestina. Es que Belén, aunque sin pujos de modernista conservando el carácter típico de pueblo oriental, es cas¡todo cristiano; es la patria de Belén, que hoy cuenta unos 1.000 habitantes, jamás ha sido una gran ciudad. Ya el profeta Miqueas, hace unos veintisiete siglos, dijo de ella que era muy pequeña en comparación ele las importantes ciudades de Judá. Sin embargo, pequeña cuanto se quiera, ¿de cuántos ilustres personajes no ha sido cuna? Elimelec, Noemi, Booz, Obed y Jesé nacieron en Belén. Y David, el gran rey, el inspirado salmista, el progenitor del Mesías, ¿no fué aquí donde vino al mundo? ¿No pastoreó sus ganados en los campos de Belén antes que el profeta Samuel le ungiese por orden del Señor Rey de Israel?

Belén en la actualidad

Belén en la actualidad

Y Joab, el que tomó por asalto la fortaleza de los jebuseos; y Abisaí, el compañero inseparable de David, a quien un día libró de muerte segura; y Asael, el corredor más ligero, que sucumbió heroicamente junto a Gabaón, ¿no fueron todos ellos betlemitas? Pero lo que hace de Belén la ciudad más importante del universo, es el ser patria y cuna de Aquel por el cual había suspirado ya tantos siglos el mundo antiguo. ¡El nacimiento de Jesucristo! ¡Con cuál patética y conmovedora solemnidad lo anuncia todos los años nuestra Madre la Iglesia el día 24 de diciembre!

«En el año 5199 de la creación del mundo, cuando en el principio Dios creó el cielo y la tierra; en el año 2957 del diluvio; en el año 2015 del nacimiento de Abrahán; en el año 1510 de Moisés y de la salida del pueblo de Israel de Egipto; en el año 1032 de la unción real de David; en la semana 65, según la profecía de Daniel; en la olimpíada 194; en el año 752 de la fundación de Roma; en el año 42 del Imperio de Octavio Augusto, reinando la paz en todo el Universo, en la sexta edad del mundo, Jesucristo, Dios Eterno e Hijo del Eterno Padre, deseando santificar la tierra con su venida, concebido por obra del Espíritu Santo, y pasados los nueve vieses de su concepción, nace en Belén de Judá, de María Virgen, hecho Hombre. Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, según la carne.»

Belén

El nacimiento del Verbo encarnado es el hecho más grande de la historia, y es —repito— el que hace de Belén la ciudad más célebre del mundo. Por el Niño nacido en Belén vinieron a ella los tres grandes personajes del Oriente; por el Niño nacido en Belén, Santa Elena, la emperatriz del Imperio romano, la dotó, en el siglo IV', de la suntuosa Basílica que aun hoy contemplamos con admiración; por el Niño nacido en Belén, San Jerónimo y las nobles matronas romanas Paula y Eustoquia, abandonaron la Roma imperial y vivieron felices junto a la Gruta del nacimiento; por el Niño nacido en Belén, los Cruzados de las armas y los otros de la cuerda, los franciscanos, surcaron los mares y compraron con mil penalidades la incomparable dicha de poseer la cuna del Redentor; por el Niño nacido en Belén, peregrinos de todos los siglos, de todas las naciones, de todas las razas, de todas las clases sociales, sin exceptuar príncipes y reyes, juzgaron
grande honra y se creyeron felices al visitar la ciudad destinada por el Eterno para ser la patria, no de un Alejandro, que apenas conquistado el mundo quebróse su espada para bajar al sepulcro; no de un Napoleón, que se coronó de laureles, para después ir a morir en un islote del Atlántico; no de un Miguel Angel, n¡de un Rafael, n¡de un Murillo, que asombraron al mundo con sus inspiraciones sublimes..., sino la de Jesucristo, que siendo Hijo de Dios vivo, resplandor de su gloria y Omnipotente como el Padre y el Espíritu Santo , y con ser, como Dios, el Ser de los seres, el Ser primero y absoluto, el que lo sacó todo de la nada, se hizo hombre y nació en Belén de la Virgen María para regenerar el mundo y pacificar las sociedades, fundiendo todos los pueblos en un ósculo de amor y en un abrazo, de reconciliación.

Los betlemitas se sienten orgullosos de tanta grandeza... y con motivo.

(Continuará)

Fr. León Villuendas, ofm

Un monumento al P. Vives

Digno de toda alabanza y del más decidido apoyo, es el noble empeño que La Hermandad de Caballeros Cruzados de Santo Espíritu del Monte se han impuesto para levantar un monumento al ilustre misionero y genial catequista venerable Fr. Pedro Vives en la plaza del Real Convento de Santo Espíritu. Ya tienen la maqueta del monumento y ahora piden a los católicos valencianos que aprendieron las verdades de nuestra fe en su precioso catecismo, que contribuyan con su óbolo en señal de gratitud, y así poder dedicar al venerable P. Pedro Vives, un digno recuerdo en el segundo centenario de su muerte.

En esta administración se reciben limosnas y donativos para el efecto.

Monumento al P. Vives

Dos vistas del monumento al P. Vives en la placeta de Santo Espíritu y otro en la villa de Murla