Paloma mística
Hallábase San Antonio predicando en la ciudad de Limoges (Francia) y su celebridad y fervor llegó hasta la Abadía de Benedictinos, quienes, para gozar de la palabra evangélica del franciscano, le invitaron a que les dirigiera su palabra. He aquí el texto de la plática que les dirigió:
«¿Quién me dará alas como de paloma y volaré a m¡asilo, y allí descansaré en paz? Tal es el grito de un alma cansada del mundo, que suspira por la soledad y el santo descanso de la vida del claustro.
»¡Oh vida religiosa!, de t¡habla el Profeta cuando dice: ¡"Abandonad las ciudades, habitantes de Moab; id a habitar en la roca, y sed como la paloma que hace su nido en lo más profundo del hueco de la piedra.!" Abandonad las ciudades, esto es, los vicios que las deshonran, el tumulto que allí impide a las almas elevarse hasta Dios y hasta pensar en Él. Abandonad las ciudades, porque el Señor ha dicho: Yo soy el Santo y no entraré eta la ciudad. He vasto en ella la iniquidad y la contradicción. Día y noche se pasea la iniquidad a su alrededor sobre sus muros; en medio de ella se encuentran trabajos e injusticia; la usura y el dolor no pueden desaparecer de sus plazas públicas. Allí se encuentra la iniquidad contra Dios y contra el prójimo; contradicción contra el predicador y la verdad; trabajo en las ambiciosas solicitudes del siglo; injusticia en las obras, dolo en las relaciones, usura en las transacciones, etc.
»Habitanles de Moab, es decir, del mundo que está lleno de orgullo como Moab. Todo es orgullo en el inundo: orgullo del espíritu, que no quiere humillarse ante Dios; orgullo de la voluntad, que rehusa someterse a la voluntad de Dios; orgullo de los sentidos, que se rebelan contra la razón y la dominan...
»Pero ¿hasta abandonar el mundo? No; alejarse del tumulto de las ciudades, abstenerse de sus vicios, no debe bastar al alma religiosa. Por eso el Profeta añade: Estableced vuestra morada en la piedra. Esta piedra es Jesucristo. Estableced en El vuestra morada, que El sea término de vuestros pensamientos, el objeto de vuestros afectos. Jacob reposó en el desierto sobre la piedra y se durmió, y en su sueño vió el cielo abierto, conversó con los Angeles y fue bendito del Señor. Así sucederá a toda alma que sólo en Jesucristo establece su descanso.
»Ella verá los esplendores del cielo; formará sociedad con los Angeles; será bendita, como Jacob, desde el Septentrión al Mediodía, desde el Oriente al Occidente. Por el Septentrión debe entenderse el soplo divino que mortifica la carne y sus concupiscencias; por el Oriente, la luz de la fe y de las buenas obras; por el Mediodía, el pleno lucir de la sabiduría e la caridad; por el Ocaso, la desaparición completa de los vicios. Pero el alma que no reposa sobre la piedra ninguna bendición tiene que esperar.
»Y sed como ¡a paloma, que hace su nido en lo más profundo del hueco de la piedra. S¡Jesucristo es la piedra, el hueco de la piedra donde el alma debe refugiarse es la llaga del costado cíe Jesucristo. ¿No es, por ventura, a este asilo escogido a donde el divino Esposo llama al alma religiosa, cuando le dice en su
cántico: Levántante, paloma mía, amiga mía, esposa mía; apresúrate a venir a las aberturas de la roca, a las profundidades de k¡piedra (Cant., II, 13, 14). El divino Esposo habla de las múltiples aberturas de la piedra, pero también habla de la cueva profunda (caverna maceriae). Hay err su carne numerosas heridas, y sobre todo la llaga de su costado. Esta llaga conduce a su Corazón, que es a donde llama al alma con quien quiere desposarse. El le ha abierto sus brazos y le ha abierto su costado y su Corazón, para que allí vaya a esconderse.
»Cuando la paloma se retira a las profundidades de la piedra se pone a cubierto de las persecuciones del ave de rapiña y se procura una morada tranquila, en donde reposa dulcemente, en donde arrulla en
paz. Del mismo modo, el alma religiosa hallará en el Corazón de Jesús un segurísimo asilo contra todas las maquinaciones de Satanás y, juntamente, un delicioso retiro.
»No nos detengamos a la entrada de la gruta, sigamos hasta lo más profundo de ella. En la entrada de la gruta, en los labios de la llaga, encontramos, es cierto, la sangre que nos ha rescatado, y esta sangra habla y pide misericordia por nosotros. Pero no se debe detener ahí el alma religiosa. Después que ha oído la voz de esta sangre divina, debe caminar hasta el manantial de donde brota, hasta lo más íntimo del Corazón de Jesús, que allí encontrará luz el alma, consolaciones, paz y delicias inefables.
»Y en este hueco más profundo de la piedra, sed como la paloma que construye su nido. La paloma hace su nido con pajas que recoge acá y acullá. Y nosotros, ¿con qué construiremos nuestra morada en el Corazón de Jesús? Este divino Salvador, al concedernos misericordiosamente el lugar donde hemos de establecer nuestra morada, nos da también materiales para construirla. ¡Oh alma religiosa, paloma amada de Cristo, mira esas pajas que el inundo huella con sus pies! Esas pajas son los actos de las virtudes de tu esposo el Salvador, de las cuales te da ejemplo son la humildad, la mansedumbre, la paciencia, la pobreza, la mortificación. El inundo las desprecia como pajas inútiles, y sin embargo, sólo valiéndote de ellas podrás establecer tu eterna morada en lo más profundo de la piedra, en el Corazón cíe Jesús.»
Fray Antonio, de la Orden de los Menores, íntimo amigo mío, deseó vehementemente aprender Teología mística, e hizo abundante acopio de ella, tanto, que puedo decir de él lo mismo que se decía de San Juan Bautista: "que era una lámpara de luz y de ardor". Por dentro estaba inflamado de amor de Dios, y resplandecía al exterior por el buen ejemplo.
Tomás Gallo, Abad de Vercell¡y célebre profesor de Teología mística
El doctorado evangélico de San Antonio es franciscano
El sano vigor de una rama no es distinto n¡mayor que el que procede del propio árbol. En esto hay misterio natural, porque es frecuente lo contrario: árboles robustos suelen tener ramas secas y podridas que se cortan y cercenan sin menoscabo del tronco, y aun esa poda es beneficiosa al árbol; pero nunca el árbol raquítico tiene ramas robustas, porque nadie da lo que no tiene.
S¡el agua del río es cristalina, lo es porque viene de origen. S¡está contaminada, suele serlo en su curso; pues remontándolo hasta su fuente se observa la pureza de ésta y de su manantial. Así en las familias y en las generaciones vigorosas, pues la ley de herencia se repite lo mismo en el orden natural que en el sobrenatural.
Un día nos atrevimos a afirmar que en las Ordenes religiosas nadie es más puro n¡perfecto, en lo que es peculiar de una Orden, que su propio fundador. Y s¡Dios es el que da la fecundidad y el crecimiento a todo ser, bien podemos colegir que Dios las ha suscitado y fecundado en aquellos que las fundaron; y todos los frutos peculiares de cada familia religiosa, planteles del Padre Celestial, tienen su origen condensado en el fundador. Nadie es más benedictino que San Benito, n¡más dominico que Santo Domingo, n¡más franciscano que San, Francisco.
Diciendo este pensamiento a un sacerdote ejemplar, quedó pensativo con alguna eluda; pero una religiosa que allí estaba lo penetró y aceptó vivamente. Las virtudes y méritos de un religioso están en potencia en su Santo Fundador. El voto religioso imprime cierto carácter y absorbe al neófito, para elevarlo y comunicarle la savia de la nueva vida que abraza, como un injerto sobrenatural. Los defectos y vicios de cada uno siguen con él, pues la corriente no remonta.
El espíritu franciscano es principal y preferentemente evangelizador. La imitación de Cristo es acusadamente franciscana. Francisco de Asís es el alter Christus en la esencia viva del Evangelio: la humildad, la pobreza y la caridad hechas copias vivientes.
Y s¡Francisco imitó a Cristo en el desprendimiento de todas las cosas, igualmente le imitó en el apostolado de su doctrina y en su predicación a toda criatura con la palabra y con el ejemplo, y sus Florecillas son como un tapiz evangélico. Predicó el Evangelio al sol, al agua, al fuego y a la muerte, llamándoles hermanos. Lo predicó a los pajarillos y al lobo de Gubbio, invitándoles a dar alabanzas al Señor que los había criado. Lo predicó a los bandidos, y a los leprosos, y a los infieles, y abrazó a todas las clases sociales en su Tercera Orden, para que su predicación ejemplar fuese universal, es decir, evangélica.
Hay predicaciones que van preferentemente a la inteligencia, porque así conviene según las circunstancias; pero la predicación franciscana va derechamente al corazón por el atajo del sentimiento y por los senderos abruptos de la austeridad y de la penitencia, indispensables para que la eficacia del vencimiento propio logre el convencimiento ajeno y le rinda, sin esfuerzo y como por sorpresa, de las multitudes sedientas de verdad y de amor.
San Antonio podemos decir que predicó «al natural», evangélicamente. El iba preparado de ciencia y de virtud por los que no lo estaban, y en eso fue maestro consumado, hasta alcanzar la borla del doctorado que le ha concedido la Iglesia, doctorando así a la Orden Franciscana en su preclaro hijo. Su ciencia evangélica la cursó en la escuela del que se llamó a sí mismo «el Heraldo de Cristo». Su taumaturgia no es un efecto del silogismo, sino del amor, que es el alma franciscana. Y esa unción de caridad, que da carácter seráfico al franciscanismo, fue una brasa encendida en la lengua de Antonio; lengua que todavía se conserva incorrupta, copio una prueba de la incorrupción de la doctrina que propagó y de la pureza y conmovedora sencillez con que la predican los hijos del que se desprendió hasta de su propio padre para hacerse Hermano de todos los hombres.
F. M. Morales
San Antonio y María Luz
Mar¡Luz, tal era su nombre y tal era el esplendor de su gracia, como vivo reflejo de la luz de la gracia que esplende el nombre de María, reflejo de la luz divina. Adolescente de quince abriles, o niña cas¡mujer, como rosal crecido que ostentaba sus gracias como búcaro cuajado de bellas rosas. Tal era esta niña sencilla y graciosa, humilde y elegante, con la elegancia propia de su raza, porque era de raza netamente española, como esas mujeres que en España nacen como en su propio ambiente, dóciles y aptas para que germine en ellas cuanta semilla buena sembró en su corazóh la virtud.
Así era Mar¡Luz, hermosa sin jactancia n¡ficción, como las flores que deben sus colores y sus perfumes a su propia savia, y no a pinceles y esencias. Era suave como un día de calma; caritativa corno un alma buena; alegre y juiciosa; y en su amor tan sencilla y confiada, que se apegaba a las personas a quienes quería como un suave jazmín que perfuma con sus flores lo que estrecha con sus ramas. Así juntó Mar¡Luz su corazón al corazón de San Antonio de Padua, como un lirio de las ramas de su altar, y tan confiada a él, que le trataba comó a un buen amigo y le tuteaba con la candidez con que los niños santos hablan al Niño Jesús, porque lo ven niño corno ellos y con esa sencillez que ven impresa en las caricias y modalidades que se imaginan realizadas por el divino Niño.
Mar¡Luz veía las imágenes de San Antonio con aquel hermoso Niño que le abraza, que le sonríe, que le acaricia con aquella su manecita de jazmín, y se encantaba imaginando aquellos dulces idilios de Jesús y del Santo, y parecíale San Antonio cono otro Niño' que alternaba con los halagos del pequeño Divino. Todo esto hacíale concebir que San Antonio era un Santo de gran podér, porque en sus ruanos está el poder de Dios, que era aquel gracioso Niño, y que era un Santo muy- sencillo, todo lleno de inocencia y de candor. Por eso se atrevía a tutearle y tratarle con la misma sencillez. No sentía esa emoción en otros Santos. S¡miraba a San Pedro con aquellas llaves y con aquella seriedad, se sentía oprimida y no osaba n¡rezarle; San Agustín, Santo Tomás, San Buenaventura..., veía en ellos una aureola de esplendor y de luz que le anonadaba, y ocultábase como se ocultan las humildes violetas en los jardines, ante el esplendor y pujanza de las rosas y de otras flores elegantes que brillan con la clara luz del sol. Por esto sólo a San Antonio le confiaba sus secretos, sus ansias y sus anhelos, como a un hermano mayor de su plena confianza.
Alguna grave preocupación le agitaba aquellos día-:; y ¿quién sabe s¡sería alguna cosa perdida, algún apuro en sus estudios, algún caprichoso deseo o, tal vez, algún naciente amorío que en su floreciente prim.ivera hubiera sorprendido su candidez? Lo cierto es que ya varios días se le veía acudir al altar de San Antonio, y allí altercaba con él, ya rezando el responsorio en busca de sus milagros, va haciéndole promesas o dándole reconvenciones; y unas veces se inclinaba como humillada; otras miraba a la imagen, mientras una interna emoción la ruborizaba, como dando contestaciones al Santo y haciéndole, nuevas protestas de su amor y devocion. Así andaba todo ese tiempo con esas intimidades y confidencias ante el Santo; pero el bueno de San Antonio parece que no accedía a sus deseos, o no se daba por entendido.
Por unos días de ausencia tuvo que interrumpir Mar¡Luz sus visitas al Santo y no pudo darse cuenta de la gran novedad de la Iglesia, esto es, que el Romano Pontífice tuvo a bien declarar a San Antonio de Padua Doctor de la Iglesia universal, con el títule de Doctor Evangélico, rumboso galardón que viene a elevarle al rango de los grandes Maestros de la Iglesia, como San Agustín, San Ambrosio, Santo Tomás y otros Doctores; honor bien merecido por ser San Antonio el primer Maestro de la Escuela Franciscana, por sus luminosos escritos y por su predicación evangélica. Por todo esto la iglesia franciscana que frecuentaba Mar¡Luz, y donde tenía puestos sus amores en el Santo milagroso, había experimentado una nueva transformación en aquellos días con los preparativos de la fiesta que había de celebrarse en honor de San Antonio como proclamación de su nuevo doctorado.
Un arco se levantaba en la fachada de la iglesia, ostentando un gran birrete de doctor y un gran lema, que decía: Gloria a San Antonio de Padua, Doctor Evangélico. El altar estaba cuajado de luz y de flores. Un gran libro servía de pedestal; y entre nubes que llevaban destacados los cuatro libros de los Evangelios, se alzaba la imagen de San Antonio, esplendorosa, sosteniendo en sus brazos al Niño Jesús, y envuelto en un rayo de luz este lema: Esta es la fuente y el divino manantial de toda m¡sabiduría.
Mar¡Luz llegó en esos momentos de tanto esplendor; no sabía, lo qué pasaba. Miró el arco y quedó confundida; penetró en la iglesia y, al contemplar la gloria en que estaba envuelta la imagen de sus amores, se sintió herida de un extraño temblor, y con paso vacilante vino a recogerse en un rincón, frente al altar del Santo, pues no tuvo valor de acercarse a sus gradas, como lo había hecho tantas veces con la mayor confianza y devoción. Su devoción a San Antonio acababa de recibir un duro golpe. San Antonio, Doctor de la Iglesia, va no sería el Santo de su confianza, ya no se atrevería a tutearle. «No en vano —se decía— que en estos días no quería escucharme, estaría engolfado en los esplendores de su nueva grandeza y no escuchaba m¡voz. El sol de su gracia no llegará ya a vivificar a la pobre violeta, que quedará marchita y seca, sin vida y sin amor.»
La pobre niña quedó sumida en su llanto, sin atreverse a mirar hacia el altar.
Unos golpes suaves y una voz dulce vino a despertarla de aquel su doloroso soñar. Era la presencia de su Padre Director, que, conociendo la psicología sencilla y candorosa de su alma, al verla en aquella posición había comprendido la inocente tragedia de su corazón, y llevóla consigo fuera de la iglesia para iluminarla, para consolarla, instruirla y afianzarla en su devoción.
—No te aflijas —le dijo—, sé lo que te pasa.
La niña prorrumpió en un nuevo llanto.
—Ya no será m¡San Antonio —decía entre sollozos—, ya no me atreveré a acercarme a su altar; su nueva grandeza me acobarda. ¿Cómo un gran Doctor de la Iglesia Universal querrá escuchar las súplicas de una humilde doncella? ¿Cómo querrá avenirse a escuchar mis simplezas, mis incoherencias, mis intimidades, ya que yo le trataba como a un Santo sencillo que se gozaba de ocuparse de los pobres para proveerles de pan, de encontrar las cosas perdidas de sus devotos, y que oyendo el clamor de su santo responsorio, con el que algún alma afligida ruega su auxilio, al momento se mueve para pedir al Niño Jesús su poder de hacer milagros; y corre a las cárceles, al lecho de los enfermos, a las olas de los mares, a la cabaña del pobre, al palacio de los ricos, allí donde suena el eco del responsorio, y esparce sus milagros llenando de alegría los corazones. ¿Pero ahora?
—Ahora —le dice el Padre—, ahora exactamente lo mismo. No seas tontina, Mar¡Luz. La grandeza de San Antonio, que ahora se le reconoce, no es nueva; su sabiduría no ha bajado ahora del cielo, va la tuvo en esta vida, pero fue sencilla y humilde en medio de su grandeza. Para no mostrarla quiso ocultarse en el desierto de Monte Paulo; pero la Providencia, que exalta cuando es hora a los humildes, la dió a conocer por la obediencia, que le obligó a predicar a los frailes franciscanos y dominicos reunidos en Forlí para la ordenación; allí mostró con el raudal de su palabra su inmenso saber, que se había cimentado aún más en aquel retiro; y dada a conocer su sabiduría, el Seráfico Padre San Francisco le dió el encargo de enseñar la Sagrada Teología a sus frailes, siendo el primer Maestro de la Orden, de cuyo manantial de ciencia y sabiduría se informó la primera generación franciscana, y de esa abundosa fuente bebieron y se saciaron los primeros doctores franciscanos San Buenaventura y el Venerable Juan Duns Escoto, dando forma y
consistencia a las principales características de la Escuela Franciscana, que tanta gloria y esplendor ha dado a la Iglesia y a la Orden.
Después, San Antonio se dió a la predicación del Santo Evangelio, y con su elocuencia arrebatadora conmovía a los pueblos, convertía a los herejes y alumbraba al mundo con la luz de su sabiduría. Era tan contundente su doctrina, que al escucharle el Vicario de Cristo en la tierra le proclama Martillo de los herejes; era tan copioso su caudal de las Divinas Escrituras, que en otra ocasión el Santo Padre Gregorio IX le llama Arca del Testamento y Archivo de las Sagradas Escrituras; y es tradición que todos los
Evangelios y otros libros de la Biblia San Antonio se los sabía de memoria. En sus escritos daba solución apropiada a las más intrincadas cuestiones teológicas; y en su maravillosa predicación, que, como Cristo, confirmaba (on prodigiosos milagros, inducía a los fieles, y también a los herejes, a la práctica del Santo Evangelio, que él hacía inteligible y aceptable con divina sabiduría. Por esto; muy propiamente ahora, el Papa le proclama Doctor Evangélico. ¿No te parece, Mar¡Luz, que esta gloria de San Antonio no es nueva?
—Y ¿cómo ha estado por tanto tiempo olvidada?—, replica Mar¡Luz en medio de su estupor.
—Lo ha estado para ti, como para otros muchos, pero no para la Orden Franciscana n¡para la Iglesia. Lo que ha ocurrida es que San Antonio, en medio de sus trapajos apostólicos, vino a gustar lis delicias del trato con el Niño Jesús, y se enamoró de la sencillez, de la inocencia y candor del Divino Niño, y quiso hacerse niño como él; y como sabía muy bien por el Evangelio que s¡no nos hiciéramos como niños no podíamos entrar en el Reino de los cielos, se sumió en la humildad y sencillez de Jesús, y dejando que el raudal de su sabiduría se esparciera por el mundo, como se esparcen las aguas de un copioso manantial, él escogió la mejor parte., que era gozarse en las delicias que le daba a sentir en sus visitas el Niño Jesús, y se olvidó de su doctorado para ser elPadre de los pobres y el consuelo de los necesitados y de los sencillos y humildes, que, como tú, han puesto su confianza y su amor en él.
—Gracias, Padre —repuso Mar¡Luz—; gracias porque habéis descargado la pena de m¡corazón y me habéis alumbrado y enardecido más en su amor y devoción. San Antonio para mí continuará siendo m¡refugio y m¡protector, sin que me deslumbre su grandeza. Dejadme que vuelva a postrarme ante su altar.
Entre el siglo de Abelardo y el siglo de Santo Tomás de Aquino, entre la época de San Francisco y la de San Buenaventura, Antonio pasa como un meteoro recogiendo en la gama de su palabra la cultura y la piedad de lo pasado, con gérmenes de lo por venir, y realizando en sí las dos virtudes esenciales por las que un docto puede ser hijo de San Francisco: la humildad y la pasión del apostalado.— P. AGUSTÍN GEMELLI.

San Antonio de Padua. Imagen que se venera en la iglesia de San Lorenzo de Valencia. Obra de Ponsoda.
El tema de pintar a San Antonio con el Niño el que lleva la palma de la inspiración y constancia es Murillo. Su contemporáneo Antonio Pereda abunda también en esta inspiración divino-humana. En la plástica, Juan de Juni, en Valladolid, y Alonso Cano, en Granada, que se difunde copiosamente a través de Sevilla y Cádiz. En Valencia, Esteve, Vergara, López, etc., desarrollan con admirable acierto la misma idea. A un pueblo de místicos correspondía plasmar el ideal artístico-místico del gran apóstol de Jesús.
por José Zahonero. 196 páginas.