Paloma mística

Hallábase San Antonio predicando en la ciudad de Limoges (Francia) y su celebridad y fervor llegó hasta la Abadía de Benedictinos, quienes, para gozar de la palabra evangélica del franciscano, le invitaron a que les dirigiera su palabra. He aquí el texto de la plática que les dirigió:

«¿Quién me dará alas como de paloma y volaré a m¡asilo, y allí descansaré en paz? Tal es el grito de un alma cansada del mundo, que suspira por la soledad y el santo descanso de la vida del claustro.

»¡Oh vida religiosa!, de t¡habla el Profeta cuando dice: ¡"Abandonad las ciudades, habitantes de Moab; id a habitar en la roca, y sed como la paloma que hace su nido en lo más profundo del hueco de la piedra.!" Abandonad las ciudades, esto es, los vicios que las deshonran, el tumulto que allí impide a las almas elevarse hasta Dios y hasta pensar en Él. Abandonad las ciudades, porque el Señor ha dicho: Yo soy el Santo y no entraré eta la ciudad. He vasto en ella la iniquidad y la contradicción. Día y noche se pasea la iniquidad a su alrededor sobre sus muros; en medio de ella se encuentran trabajos e injusticia; la usura y el dolor no pueden desaparecer de sus plazas públicas. Allí se encuentra la iniquidad contra Dios y contra el prójimo; contradicción contra el predicador y la verdad; trabajo en las ambiciosas solicitudes del siglo; injusticia en las obras, dolo en las relaciones, usura en las transacciones, etc.

»Habitanles de Moab, es decir, del mundo que está lleno de orgullo como Moab. Todo es orgullo en el inundo: orgullo del espíritu, que no quiere humillarse ante Dios; orgullo de la voluntad, que rehusa someterse a la voluntad de Dios; orgullo de los sentidos, que se rebelan contra la razón y la dominan...

»Pero ¿hasta abandonar el mundo? No; alejarse del tumulto de las ciudades, abstenerse de sus vicios, no debe bastar al alma religiosa. Por eso el Profeta añade: Estableced vuestra morada en la piedra. Esta piedra es Jesucristo. Estableced en El vuestra morada, que El sea término de vuestros pensamientos, el objeto de vuestros afectos. Jacob reposó en el desierto sobre la piedra y se durmió, y en su sueño vió el cielo abierto, conversó con los Angeles y fue bendito del Señor. Así sucederá a toda alma que sólo en Jesucristo establece su descanso.

»Ella verá los esplendores del cielo; formará sociedad con los Angeles; será bendita, como Jacob, desde el Septentrión al Mediodía, desde el Oriente al Occidente. Por el Septentrión debe entenderse el soplo divino que mortifica la carne y sus concupiscencias; por el Oriente, la luz de la fe y de las buenas obras; por el Mediodía, el pleno lucir de la sabiduría e la caridad; por el Ocaso, la desaparición completa de los vicios. Pero el alma que no reposa sobre la piedra ninguna bendición tiene que esperar.

»Y sed como ¡a paloma, que hace su nido en lo más profundo del hueco de la piedra. S¡Jesucristo es la piedra, el hueco de la piedra donde el alma debe refugiarse es la llaga del costado cíe Jesucristo. ¿No es, por ventura, a este asilo escogido a donde el divino Esposo llama al alma religiosa, cuando le dice en su
cántico: Levántante, paloma mía, amiga mía, esposa mía; apresúrate a venir a las aberturas de la roca, a las profundidades de k¡piedra (Cant., II, 13, 14). El divino Esposo habla de las múltiples aberturas de la piedra, pero también habla de la cueva profunda (caverna maceriae). Hay err su carne numerosas heridas, y sobre todo la llaga de su costado. Esta llaga conduce a su Corazón, que es a donde llama al alma con quien quiere desposarse. El le ha abierto sus brazos y le ha abierto su costado y su Corazón, para que allí vaya a esconderse.

»Cuando la paloma se retira a las profundidades de la piedra se pone a cubierto de las persecuciones del ave de rapiña y se procura una morada tranquila, en donde reposa dulcemente, en donde arrulla en
paz. Del mismo modo, el alma religiosa hallará en el Corazón de Jesús un segurísimo asilo contra todas las maquinaciones de Satanás y, juntamente, un delicioso retiro.

»No nos detengamos a la entrada de la gruta, sigamos hasta lo más profundo de ella. En la entrada de la gruta, en los labios de la llaga, encontramos, es cierto, la sangre que nos ha rescatado, y esta sangra habla y pide misericordia por nosotros. Pero no se debe detener ahí el alma religiosa. Después que ha oído la voz de esta sangre divina, debe caminar hasta el manantial de donde brota, hasta lo más íntimo del Corazón de Jesús, que allí encontrará luz el alma, consolaciones, paz y delicias inefables.

»Y en este hueco más profundo de la piedra, sed como la paloma que construye su nido. La paloma hace su nido con pajas que recoge acá y acullá. Y nosotros, ¿con qué construiremos nuestra morada en el Corazón de Jesús? Este divino Salvador, al concedernos misericordiosamente el lugar donde hemos de establecer nuestra morada, nos da también materiales para construirla. ¡Oh alma religiosa, paloma amada de Cristo, mira esas pajas que el inundo huella con sus pies! Esas pajas son los actos de las virtudes de tu esposo el Salvador, de las cuales te da ejemplo son la humildad, la mansedumbre, la paciencia, la pobreza, la mortificación. El inundo las desprecia como pajas inútiles, y sin embargo, sólo valiéndote de ellas podrás establecer tu eterna morada en lo más profundo de la piedra, en el Corazón cíe Jesús.»

 

Fray Antonio, de la Orden de los Menores, íntimo amigo mío, deseó vehementemente aprender Teología mística, e hizo abundante acopio de ella, tanto, que puedo decir de él lo mismo que se decía de San Juan Bautista: "que era una lámpara de luz y de ardor". Por dentro estaba inflamado de amor de Dios, y resplandecía al exterior por el buen ejemplo.

Tomás Gallo, Abad de Vercell¡y célebre profesor de Teología mística

El doctorado evangélico de San Antonio es franciscano

El sano vigor de una rama no es distinto n¡mayor que el que procede del propio árbol. En esto hay misterio natural, porque es frecuente lo contrario: árboles robustos suelen tener ramas secas y podridas que se cortan y cercenan sin menoscabo del tronco, y aun esa poda es beneficiosa al árbol; pero nunca el árbol raquítico tiene ramas robustas, porque nadie da lo que no tiene.

S¡el agua del río es cristalina, lo es porque viene de origen. S¡está contaminada, suele serlo en su curso; pues remontándolo hasta su fuente se observa la pureza de ésta y de su manantial. Así en las familias y en las generaciones vigorosas, pues la ley de herencia se repite lo mismo en el orden natural que en el sobrenatural.

Un día nos atrevimos a afirmar que en las Ordenes religiosas nadie es más puro n¡perfecto, en lo que es peculiar de una Orden, que su propio fundador. Y s¡Dios es el que da la fecundidad y el crecimiento a todo ser, bien podemos colegir que Dios las ha suscitado y fecundado en aquellos que las fundaron; y todos los frutos peculiares de cada familia religiosa, planteles del Padre Celestial, tienen su origen condensado en el fundador. Nadie es más benedictino que San Benito, n¡más dominico que Santo Domingo, n¡más franciscano que San, Francisco.

Diciendo este pensamiento a un sacerdote ejemplar, quedó pensativo con alguna eluda; pero una religiosa que allí estaba lo penetró y aceptó vivamente. Las virtudes y méritos de un religioso están en potencia en su Santo Fundador. El voto religioso imprime cierto carácter y absorbe al neófito, para elevarlo y comunicarle la savia de la nueva vida que abraza, como un injerto sobrenatural. Los defectos y vicios de cada uno siguen con él, pues la corriente no remonta.

El espíritu franciscano es principal y preferentemente evangelizador. La imitación de Cristo es acusadamente franciscana. Francisco de Asís es el alter Christus en la esencia viva del Evangelio: la humildad, la pobreza y la caridad hechas copias vivientes.

Y s¡Francisco imitó a Cristo en el desprendimiento de todas las cosas, igualmente le imitó en el apostolado de su doctrina y en su predicación a toda criatura con la palabra y con el ejemplo, y sus Florecillas son como un tapiz evangélico. Predicó el Evangelio al sol, al agua, al fuego y a la muerte, llamándoles hermanos. Lo predicó a los pajarillos y al lobo de Gubbio, invitándoles a dar alabanzas al Señor que los había criado. Lo predicó a los bandidos, y a los leprosos, y a los infieles, y abrazó a todas las clases sociales en su Tercera Orden, para que su predicación ejemplar fuese universal, es decir, evangélica.

Hay predicaciones que van preferentemente a la inteligencia, porque así conviene según las circunstancias; pero la predicación franciscana va derechamente al corazón por el atajo del sentimiento y por los senderos abruptos de la austeridad y de la penitencia, indispensables para que la eficacia del vencimiento propio logre el convencimiento ajeno y le rinda, sin esfuerzo y como por sorpresa, de las multitudes sedientas de verdad y de amor.

San Antonio podemos decir que predicó «al natural», evangélicamente. El iba preparado de ciencia y de virtud por los que no lo estaban, y en eso fue maestro consumado, hasta alcanzar la borla del doctorado que le ha concedido la Iglesia, doctorando así a la Orden Franciscana en su preclaro hijo. Su ciencia evangélica la cursó en la escuela del que se llamó a sí mismo «el Heraldo de Cristo». Su taumaturgia no es un efecto del silogismo, sino del amor, que es el alma franciscana. Y esa unción de caridad, que da carácter seráfico al franciscanismo, fue una brasa encendida en la lengua de Antonio; lengua que todavía se conserva incorrupta, copio una prueba de la incorrupción de la doctrina que propagó y de la pureza y conmovedora sencillez con que la predican los hijos del que se desprendió hasta de su propio padre para hacerse Hermano de todos los hombres.

F. M. Morales

San Antonio y María Luz

Mar¡Luz, tal era su nombre y tal era el esplendor de su gracia, como vivo reflejo de la luz de la gracia que esplende el nombre de María, reflejo de la luz divina. Adolescente de quince abriles, o niña cas¡mujer, como rosal crecido que ostentaba sus gracias como búcaro cuajado de bellas rosas. Tal era esta niña sencilla y graciosa, humilde y elegante, con la elegancia propia de su raza, porque era de raza netamente española, como esas mujeres que en España nacen como en su propio ambiente, dóciles y aptas para que germine en ellas cuanta semilla buena sembró en su corazóh la virtud.

San AntonioAsí era Mar¡Luz, hermosa sin jactancia n¡ficción, como las flores que deben sus colores y sus perfumes a su propia savia, y no a pinceles y esencias. Era suave como un día de calma; caritativa corno un alma buena; alegre y juiciosa; y en su amor tan sencilla y confiada, que se apegaba a las personas a quienes quería como un suave jazmín que perfuma con sus flores lo que estrecha con sus ramas. Así juntó Mar¡Luz su corazón al corazón de San Antonio de Padua, como un lirio de las ramas de su altar, y tan confiada a él, que le trataba comó a un buen amigo y le tuteaba con la candidez con que los niños santos hablan al Niño Jesús, porque lo ven niño corno ellos y con esa sencillez que ven impresa en las caricias y modalidades que se imaginan realizadas por el divino Niño.

Mar¡Luz veía las imágenes de San Antonio con aquel hermoso Niño que le abraza, que le sonríe, que le acaricia con aquella su manecita de jazmín, y se encantaba imaginando aquellos dulces idilios de Jesús y del Santo, y parecíale San Antonio cono otro Niño' que alternaba con los halagos del pequeño Divino. Todo esto hacíale concebir que San Antonio era un Santo de gran podér, porque en sus ruanos está el poder de Dios, que era aquel gracioso Niño, y que era un Santo muy- sencillo, todo lleno de inocencia y de candor. Por eso se atrevía a tutearle y tratarle con la misma sencillez. No sentía esa emoción en otros Santos. S¡miraba a San Pedro con aquellas llaves y con aquella seriedad, se sentía oprimida y no osaba n¡rezarle; San Agustín, Santo Tomás, San Buenaventura..., veía en ellos una aureola de esplendor y de luz que le anonadaba, y ocultábase como se ocultan las humildes violetas en los jardines, ante el esplendor y pujanza de las rosas y de otras flores elegantes que brillan con la clara luz del sol. Por esto sólo a San Antonio le confiaba sus secretos, sus ansias y sus anhelos, como a un hermano mayor de su plena confianza.

Alguna grave preocupación le agitaba aquellos día-:; y ¿quién sabe s¡sería alguna cosa perdida, algún apuro en sus estudios, algún caprichoso deseo o, tal vez, algún naciente amorío que en su floreciente prim.ivera hubiera sorprendido su candidez? Lo cierto es que ya varios días se le veía acudir al altar de San Antonio, y allí altercaba con él, ya rezando el responsorio en busca de sus milagros, va haciéndole promesas o dándole reconvenciones; y unas veces se inclinaba como humillada; otras miraba a la imagen, mientras una interna emoción la ruborizaba, como dando contestaciones al Santo y haciéndole, nuevas protestas de su amor y devocion. Así andaba todo ese tiempo con esas intimidades y confidencias ante el Santo; pero el bueno de San Antonio parece que no accedía a sus deseos, o no se daba por entendido.

Por unos días de ausencia tuvo que interrumpir Mar¡Luz sus visitas al Santo y no pudo darse cuenta de la gran novedad de la Iglesia, esto es, que el Romano Pontífice tuvo a bien declarar a San Antonio de Padua Doctor de la Iglesia universal, con el títule de Doctor Evangélico, rumboso galardón que viene a elevarle al rango de los grandes Maestros de la Iglesia, como San Agustín, San Ambrosio, Santo Tomás y otros Doctores; honor bien merecido por ser San Antonio el primer Maestro de la Escuela Franciscana, por sus luminosos escritos y por su predicación evangélica. Por todo esto la iglesia franciscana que frecuentaba Mar¡Luz, y donde tenía puestos sus amores en el Santo milagroso, había experimentado una nueva transformación en aquellos días con los preparativos de la fiesta que había de celebrarse en honor de San Antonio como proclamación de su nuevo doctorado.

Un arco se levantaba en la fachada de la iglesia, ostentando un gran birrete de doctor y un gran lema, que decía: Gloria a San Antonio de Padua, Doctor Evangélico. El altar estaba cuajado de luz y de flores. Un gran libro servía de pedestal; y entre nubes que llevaban destacados los cuatro libros de los Evangelios, se alzaba la imagen de San Antonio, esplendorosa, sosteniendo en sus brazos al Niño Jesús, y envuelto en un rayo de luz este lema: Esta es la fuente y el divino manantial de toda m¡sabiduría.

Mar¡Luz llegó en esos momentos de tanto esplendor; no sabía, lo qué pasaba. Miró el arco y quedó confundida; penetró en la iglesia y, al contemplar la gloria en que estaba envuelta la imagen de sus amores, se sintió herida de un extraño temblor, y con paso vacilante vino a recogerse en un rincón, frente al altar del Santo, pues no tuvo valor de acercarse a sus gradas, como lo había hecho tantas veces con la mayor confianza y devoción. Su devoción a San Antonio acababa de recibir un duro golpe. San Antonio, Doctor de la Iglesia, va no sería el Santo de su confianza, ya no se atrevería a tutearle. «No en vano —se decía— que en estos días no quería escucharme, estaría engolfado en los esplendores de su nueva grandeza y no escuchaba m¡voz. El sol de su gracia no llegará ya a vivificar a la pobre violeta, que quedará marchita y seca, sin vida y sin amor.»

La pobre niña quedó sumida en su llanto, sin atreverse a mirar hacia el altar.

Unos golpes suaves y una voz dulce vino a despertarla de aquel su doloroso soñar. Era la presencia de su Padre Director, que, conociendo la psicología sencilla y candorosa de su alma, al verla en aquella posición había comprendido la inocente tragedia de su corazón, y llevóla consigo fuera de la iglesia para iluminarla, para consolarla, instruirla y afianzarla en su devoción.

—No te aflijas —le dijo—, sé lo que te pasa.

La niña prorrumpió en un nuevo llanto.

—Ya no será m¡San Antonio —decía entre sollozos—, ya no me atreveré a acercarme a su altar; su nueva grandeza me acobarda. ¿Cómo un gran Doctor de la Iglesia Universal querrá escuchar las súplicas de una humilde doncella? ¿Cómo querrá avenirse a escuchar mis simplezas, mis incoherencias, mis intimidades, ya que yo le trataba como a un Santo sencillo que se gozaba de ocuparse de los pobres para proveerles de pan, de encontrar las cosas perdidas de sus devotos, y que oyendo el clamor de su santo responsorio, con el que algún alma afligida ruega su auxilio, al momento se mueve para pedir al Niño Jesús su poder de hacer milagros; y corre a las cárceles, al lecho de los enfermos, a las olas de los mares, a la cabaña del pobre, al palacio de los ricos, allí donde suena el eco del responsorio, y esparce sus milagros llenando de alegría los corazones. ¿Pero ahora?

—Ahora —le dice el Padre—, ahora exactamente lo mismo. No seas tontina, Mar¡Luz. La grandeza de San Antonio, que ahora se le reconoce, no es nueva; su sabiduría no ha bajado ahora del cielo, va la tuvo en esta vida, pero fue sencilla y humilde en medio de su grandeza. Para no mostrarla quiso ocultarse en el desierto de Monte Paulo; pero la Providencia, que exalta cuando es hora a los humildes, la dió a conocer por la obediencia, que le obligó a predicar a los frailes franciscanos y dominicos reunidos en Forlí para la ordenación; allí mostró con el raudal de su palabra su inmenso saber, que se había cimentado aún más en aquel retiro; y dada a conocer su sabiduría, el Seráfico Padre San Francisco le dió el encargo de enseñar la Sagrada Teología a sus frailes, siendo el primer Maestro de la Orden, de cuyo manantial de ciencia y sabiduría se informó la primera generación franciscana, y de esa abundosa fuente bebieron y se saciaron los primeros doctores franciscanos San Buenaventura y el Venerable Juan Duns Escoto, dando forma y San Antonio de Paduaconsistencia a las principales características de la Escuela Franciscana, que tanta gloria y esplendor ha dado a la Iglesia y a la Orden.

Después, San Antonio se dió a la predicación del Santo Evangelio, y con su elocuencia arrebatadora conmovía a los pueblos, convertía a los herejes y alumbraba al mundo con la luz de su sabiduría. Era tan contundente su doctrina, que al escucharle el Vicario de Cristo en la tierra le proclama Martillo de los herejes; era tan copioso su caudal de las Divinas Escrituras, que en otra ocasión el Santo Padre Gregorio IX le llama Arca del Testamento y Archivo de las Sagradas Escrituras; y es tradición que todos los
Evangelios y otros libros de la Biblia San Antonio se los sabía de memoria. En sus escritos daba solución apropiada a las más intrincadas cuestiones teológicas; y en su maravillosa predicación, que, como Cristo, confirmaba (on prodigiosos milagros, inducía a los fieles, y también a los herejes, a la práctica del Santo Evangelio, que él hacía inteligible y aceptable con divina sabiduría. Por esto; muy propiamente ahora, el Papa le proclama Doctor Evangélico. ¿No te parece, Mar¡Luz, que esta gloria de San Antonio no es nueva?

—Y ¿cómo ha estado por tanto tiempo olvidada?—, replica Mar¡Luz en medio de su estupor.

—Lo ha estado para ti, como para otros muchos, pero no para la Orden Franciscana n¡para la Iglesia. Lo que ha ocurrida es que San Antonio, en medio de sus trapajos apostólicos, vino a gustar lis delicias del trato con el Niño Jesús, y se enamoró de la sencillez, de la inocencia y candor del Divino Niño, y quiso hacerse niño como él; y como sabía muy bien por el Evangelio que s¡no nos hiciéramos como niños no podíamos entrar en el Reino de los cielos, se sumió en la humildad y sencillez de Jesús, y dejando que el raudal de su sabiduría se esparciera por el mundo, como se esparcen las aguas de un copioso manantial, él escogió la mejor parte., que era gozarse en las delicias que le daba a sentir en sus visitas el Niño Jesús, y se olvidó de su doctorado para ser elPadre de los pobres y el consuelo de los necesitados y de los sencillos y humildes, que, como tú, han puesto su confianza y su amor en él.

—Gracias, Padre —repuso Mar¡Luz—; gracias porque habéis descargado la pena de m¡corazón y me habéis alumbrado y enardecido más en su amor y devoción. San Antonio para mí continuará siendo m¡refugio y m¡protector, sin que me deslumbre su grandeza. Dejadme que vuelva a postrarme ante su altar.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

 

Entre el siglo de Abelardo y el siglo de Santo Tomás de Aquino, entre la época de San Francisco y la de San Buenaventura, Antonio pasa como un meteoro recogiendo en la gama de su palabra la cultura y la piedad de lo pasado, con gérmenes de lo por venir, y realizando en sí las dos virtudes esenciales por las que un docto puede ser hijo de San Francisco: la humildad y la pasión del apostalado.— P. AGUSTÍN GEMELLI.

San Antonio de Padua. Ponsoda

San Antonio de Padua. Imagen que se venera en la iglesia de San Lorenzo de Valencia. Obra de Ponsoda.

El tema de pintar a San Antonio con el Niño el que lleva la palma de la inspiración y constancia es Murillo. Su contemporáneo Antonio Pereda abunda también en esta inspiración divino-humana. En la plástica, Juan de Juni, en Valladolid, y Alonso Cano, en Granada, que se difunde copiosamente a través de Sevilla y Cádiz. En Valencia, Esteve, Vergara, López, etc., desarrollan con admirable acierto la misma idea. A un pueblo de místicos correspondía plasmar el ideal artístico-místico del gran apóstol de Jesús.


Novela de carácter oriental

Raquel la betlemita

VI. Rut, la espigadora

La jovencita Raquel sentía atractivo especial por los campos de Booz. Hacia ellos dirigía con frecuencia sus excursiones festivas, acompañada de sus buenos padres. Ellos le recordaban el idilio escriturístico que tuvo por escenario aquellos trigales salpicados de amapolas. En una de las excursiones, a ruegos de su hija, la madre de Raquel expuso la sencilla cuanto sublime narración bíblica en la siguiente forma:

—Has de saber, hija querida, que los montes de Moab vieron nacer a Rut; sí, esa cordillera que nosotros contemplamos, y que se yergue majestuosa al_ otro lado del Mar Muerto, fue testigo de su extraordinaria belleza, y la festejó cuando la contempló coronada de flores el día de su matrimonio con nuestro paisano el betlemita Mahalón, augurándole mil felicidades. Pero, ¡desgraciadamente!, no fue así; pronto, muy pronto, el que era toda su alegría y la paz de su corazón le fue arrebatado y arrancado de su lado. Un día, a poco de haberse desposado, Mahalón murió, dejando a Rut en la primavera de su vida sin hijos y sumida en la más profunda pena.

Su suegra, la graciosa Noemi, otra betlemita, obligada a peregrinar por tierras de Moab, había perdido en ellas a su adorado esposo Elimelec, a su hijo Quelion y, últimamente, a su predilecto Mahalón. Tan tristes acontecimientos le obligaron a volver s esta nuestra amada Belén, de la que había salido con su esposo e hijos a causa de la carestía. Las mohabitas Rut y su compañera Orfa, la viuda de Quelion, con sentimiento de piedad resolvieron seguir a su buena suegra Noemi. Sin embargo, tanto ruega, tanto insiste ésta para que vuelvan a su tierra, que al fin Orfa, llegados ya a los confines de Judá, entre sollozos besa a Noem¡y se separa de ella para siempre, volviéndose a Moab. Rut, empero, no se rinde; responde con sabiduría a todos los razonamientos de su suegra y protesta que su suerte será la suya, que su pueblo será el suyo y que el sepulcro será común a entrambas. Noem¡hubo de ceder, y las dos dirigieron sus pasos a Belén.

Hacía algunas horas que el sol proyectaba sus encendidos rayos sobre la encantadora Belén, y ya de puerta en puerta había volado la feliz nueva de la vuelta de Noem¡con Rut, su nuera, después de más de diez años de ausencia. Al aparecer por primera vez en las calles de la ciudad, fue aclamada y festejada con expansiva alegría por todas sus vecinas, que siempre habían visto en Noem¡una buena y sincera amiga. Por otra parte, la presencia de Rut, la moabita, llenó de gozo a los habitantes de Belén, los cuales, cas¡sin darse cuenta, presagiaban en ella un noble timbre de gloria para su patria.

Raquel, que, fija la mirada en su madre, seguía atenta la narración, exclamó entusiasmada:

—Acto noble, acción heroica la de Rut, el seguir a su desconsolada suegra.

—Sí, querida hija, acto noble el de abandonar su tierra para ser el consuelo de Noemi, que verás recompensado magníficamente s¡sigues el interesante hilo de m¡historia.

Este campo de Booz será el gracioso escenario en donde se desarrollará el sublime idilio, saturado de divina poesía, que dirá a las futuras generaciones los altos destinos que la Divina Providencia reservaba a la virtuosa Rut, la moabita.

Mañana espléndida del mes de junio. La atmósfera era transparente; por doquier se oían los armoniosos cantos de los segadores y las sugestivas cantinelas de las morenas y vivarachas betlemitas, que allá en los valles de Belén recogían la mies dorada... Rut, que conoce las estrecheces de su amada y enlutada suegra, ha bajado con el alba al valle oriental, y cual tímida tortolilla que va a picar el grano, se ha metido en uno de los campos a recoger las doradas espigas caídas de las manos de los segadores, que a hurtadillas la contemplan; pero nadie dice nada a la nueva espigadora, porque la gracia y la modestia irradian de su faz macilenta por el dolor, a la vez que santifican su extraordinaria belleza; Rut, siempre tímida, continúa espigando...

Booz, el amo de este campo donde espigaba Rut, llega de Belén algo más tarde.

—El Señor sea con vosotros—, dice a los segadores.

—Que el Señor te bendiga—, respondieron ellos.

Después, vuelto al mayoral, le preguntó quién fuese aquella joven. Le respondió:

—Esta es la moabita que poco ha vino con Noem¡del país de Moab. Desde buena mañana recoge las espigas perdidas, y aún no ha descansado un instante.

Dícele entonces Booz:

—Escucha, hija, no vayas a otro campo a espigar n¡te alejes de aquí; júntate a mis muchachas y síguelas donde estuviere el tajo de la siega. Cuando tengas sed, bebe; cuando sientas hambre, come.

Ella, pegando su frente en tierra, hízole una profunda reverencia, y le dijo:

—¿De dónde a mí tanta dicha que haya encontrado gracia en tus ojos y te dignes tratarme con tan singular bondad siendo yo una mujer extranjera?

Y él:

—¡Ah! Me han referido cuanto has hecho en favor de tu suegra, m¡parienta, después que has quedado viuda; que por ella has dejado tus padres y la tierra donde naciste, y has venido a este nuestro pueblo que tú no conocías. El Señor te recompense, graciosa Rut; que el Dios de Israel, bajo cuyas benéficas alas te has colocado, te conceda copiosa recompensa.

Le respondió Rut la espigadora:

—Oh, Señor mío, he hallado gracia en tus ojos, pues me has consolado en el dolor y hasta confortado m¡corazón en la angustia.

A la hora de comer, invitada por Booz, sentóse junto a la cuadrilla de los segadores, y él, mismo le ofreció una buena porción de polenta, de la que se sació y guardó las sobras. Levantóse de nuevo y volvió a espigar, haciendo grandes manojos, porque Booz había dado orden de no impedirle que se metiera en el tajo; más aún, había dicho a los segadores:

—Dejad caer de propósito de vuestros manojos algunas espigas para que, estando en el suelo, ella las recoja sin vergüenza.

Mientras tanto ya declinaba el día; el sol se acercaba a su ocaso, y al encender con sus últimos destellos la colina occidental de Belén, teñía de los más variados colores las montañas de Moab. Rut volvía contenta a casa, ansiosa de ver a su adorada suegra. Al entrar en casa y verla Noem¡cargada con tanto bien de Dios, la abraza afectuosamente y le pregunta cosas. Rut le responde:

—En el campo de un señor muy bueno y caritativo, que se llama Booz.

A esta declaración de la nuera, exclamó Noemi:

—Bendito sea el caritativo Booz, pues como amaba a m¡esposo e hijos cuando vivos, así los ama después de muertos.

Y añadió

—Has de saber, hija, que es nuestro pariente. Y ahora, Rut, porque yo quiero tu bien, escúchame y pon en práctica cuanto te digo. Lávate, alíñate con tus mejores prendas, corónate como el día de tus bodas y vuelve a Booz; él mismo te dirá lo que has de hacer.

Adornose Rut con sus mejores galas, y -n día, radiante de gozo, se presentó, como de costumbre, en el campo de Booz. Al contemplarla ante sí tan bellamente vestida, comprendió el noble y rico Booz que la espigadora se le ofrecía por esposa y que el cielo quería que por medio de ella perpetuase la descendencia de su casa, y sin más exclamó:

—Bendita seas del Señor, hija mía, porque has superado tu primera bondad con la que ahora manifiestas. Haré cuanto tu corazón desea. pues todas las gentes de m¡ciudad saben que tú eres mujer virtuosa. Sí, buena y graciosa Rut, yo soy pariente tuvo, pero has de saber que hay otro que lo es más próximo. Según nuestras leves, él tiene derecho a tomarte por esposa; caso que él renunciare, te lo prometo, yo seré tu esposo. ¡Viva el Señor!

Expuesto el caso al pariente más cercano, éste renunció al derecho de parentela con la solemnidad de aquellos tiempos, es decir, en presencia de diez ancianos y junto a la puerta de la ciudad. Hecha la renuncia por el pariente más cercano, en testimonio de lo cual entregó a Booz, según el uso, el calzado de sus pies, entró éste en posesión legal de cuanto pertenecía a Elimelec, Quelion y Mahalón, comprándolo de Noemi, y se casó con Rut, de Moab, la espigadora, que había sido mujer de Mahalón, a fin de hacer revivir en su descendencia el nombré del difunto. Los ancianos y el pueblo, presentes a la ceremonia, gritaron:

—¡Nosotros somos testigos! Haga el Señor que esta virtuosa mujer, que hoy introduces en tu casa, sea como Raquel y Lía, las cuales fundaron la casa de Israel; como ellas, sea dechado de virtud, y su nombre sea glorificado en Belén.

El Señor concedió a Booz y Rut un hijo que alegró extraordinariamente a todo el vecindario. Las mujeres corrieron presurosas a felicitara Noemi, la virtuosa suegra, y le decían:

—Bendito sea Dios que te ha dado un heredero y ha querido conservar tu nombre en Israel. Te ha nacido un niño de tu graciosa nuera, para que tengas, oh Noemi, quien consuele tu alma sea el sostén de tu vejez.

Has de saber, m¡querida Raquel, que el hijo nacido de Booz y Rut fue llamado Obed, el cual fue padre de Isaí y abuelo de David con el andar de los siglos, antecesor del mismo Niño Jesús, el Redentor del mundo, que nació en nuestra Belén adorada.

Fr. León Villuendas, ofm

(Continuará)

Poemas franciscanos

D. José Zahonero Vivopor José Zahonero. 196 páginas.
Editor, López Mezquida. Valencia, 1946.

Un libro de poesía religiosa donde se guarde a la vez el decoro religioso y el poético, como Gerardo Diego y el sentido común piden, es un libro importante. Este de poemas franciscanos, franciscanamente escrito, «en Paz y Bien», por un sacerdote valenciano, lo es. Está prologado y bendecido por un Prelado, franciscano también: Fr. León de Villuendas, Obispo de Teruel. El autor, famoso ya en las aulas eclesiásticas y en los púlpitos de más de media España, es un maduro literato. Y ha sido editado —la efigie humanista de Luis Vives como ex libris— por E. López Mezquida, en su Valencia, con algo mucho mejor que lujo, con buen gusto: buen papel, buenos tipos tipográficos, buena impresión y unas viñetas primorosas y sencillas. Y de portada, una tabla franciscana de Giotto.

Un libro, en fin, rigurosamente franciscano. Poesía pura, en las dos exigentes acepciones de la frase, la que el devoto busca y la que al avezado conocedor de poesía satisface. Quisiéramos disponer de más espacio para poder dedicar el que merece a «la modestia de estos versos», poesía de verdad, poesía teologal y seráfica, de José Zahonero. Realmente, en el momento en que cas¡toda la juvenil española lleva a Dios en el corazón o tiene a Dios a la vista, la aparición de este excelente libro de poemas de un joven sacerdote es muy interesante. Nos gustaría podernos detener a analizar la personalidad de este poeta ungido y tonsurado, que en cánticos espirituales nos da la crónica rimada de los días gozados en la paz del convento franciscano de Santo Espíritu. Curiosa personalidad poética, oscilante, a las veces, entre cierta fuerte aspereza a lo Unamuno y la muelle y peligrosa blandura de un Amado Nervo, pero que al fin se equilibra, se armoniza en una dulce y serena expresión, con dejos inefables de otro poeta y sacerdote mediterráneo, el más grande místico moderno, mosén Jacinto Verdaguer.

Nos limitamos a dar una muestra de la gracia literaria con que José Zahonero acierta a exponer los más hondos conceptos:

«Voluntad desordenada
que por todo se perece,
este Yo, que es pura nada
y aún se crece.»

O de la suave flexibilidad con que sabe manejar el viejo romance castellano:

«Unos frailes franciscanos
me dijeron: reposa,
míranos como hermanos,
Dios estaba en su boca.»

Y a proponer a los lectores de Ya, amigos de la poesía, la lectura de estos Poemas franciscanos, con la honrada seguridad de que no quedarán defraudados. - J. Mª. C. (Del periódico Ya, Madrid.)

Bibliografía

La escuela mística alemana y sus relaciones con nuestros místicos del Siglo de Oro, por el Rdo. P. Joaquín Sanchis, O. F. M. Un tomo de 237 páginas 21 por 17 cm. Editorial Verdad y Vida. Madrid.

Las páginas de La Acción Antoniana han dado a conocer a sus lectores en más de una ocasión trabajos del P. J. Sanchis, Rector del Colegio de Onteniente. Ahora no es simplemente una obra más salida de su fecunda pluma, una obra de piedad o de divulgación, sino el fruto dorado de sus años mozos consagrados al estudio en las aulas universitarias. Ya hace cerca de diez años que tiene preparada esta obra, pero los azares de la guerra y sus consecuencias han retrasado hasta ahora su publicación, que ha sido acogida muy favorablemente en los medios competentes.

El título de la obra deja entrever que se trata de un trabajo de investigación, fruto de muchas horas de estudio y de meditación. Su valor sólo los doctos y eruditos lo podrán justamente apreciar, ya que no es fácil tarea la que se ha propuesto su autor. Una cosa es cierta, y es que la capacidad nada común del Padre Sanchis y su tesón en el trabajo silencioso y abnegado, ofrecen hoy al público estudioso unos datos interesantes para mejor conocer una de las más brillantes páginas de nuestro Siglo de Oro, el gran siglo de la mística española que dio tantos santos a la Iglesia y héroes a la patria.

Felicitamos de corazón al P. Sanchis por su excelente trabajo.

Ejercicios piadosos de los terciarios franciscanos, por el Rdo. P. Estanislao de Marchena, O. F. M. Segunda edición. Un tomo de 294 páginas 16 por 11 cm. Imprenta de San Antonio. Sevilla.

La inmensa literatura franciscana de carácter piadoso cuenta con un libro más de esta índole. Su autor, consciente de la misión cristiana del terciario franciscano, ha querido poner a su alcance un medio de avivar su piedad y devoción a base de la misma Regla de la V. O. T., exponiendo muy atinadamente, en forma de meditación mensual, la norma de vida cristiana que le brinda la Regla de la Tercera Orden. Las demás prácticas franciscanas recogidas en este librito persiguen el mismo fin: avivar en el terciario la llama de la devoción. El P. Estanislao de Marchena ha logrado su intento, como puede verse por esta segunda edición que acaba de aparecer.

Recomendamos este librito a los terciarios franciscanos como un buen devocionario franciscano.

Novenario y Fiesta

Iglesia de San Lorenzo. PP. Franciscanos, Valencia, que las Asociaciones Antonianas dedican a su excelso Patrón San Antonio de Padua y con motivo de celebrar la extraordinaria prerrogativa con que le distingue la Santa Madre Iglesia de Doctor Evangélico

Domingo, día 2

Las Asociaciones Antonianas tendrán su ejercicio reglamentario con misa de Comunión general, a las ocho y media.

Martes, día 4

A las ocho, misa de ejercicio y ofrecimiento y bendición del nuevo Comulgatorio y hermosísimos lienzos de la capilla del Santo.

Por la tarde, a las siete y media, comienza el solemnísimo Novenario. Exposición del Santísimo, trisagio, sermón, ejercicio de la novena y bendición eucarística. Se dará a besar la reliquia del Santo y habrá sorteo de objetos piadosos entre los presentes y asociados difuntos. El mismo orden se observará todos los días.

Domingo, día 9

A las nueve, misa de primera Comunión para los niños preparados en el Centro Instructivo Antoniano, que oficiará el Rdo. P. Guardián de la Comunidad y dirá una plática alusiva a tan conmovedor acto.

Terminada, se obsequiará a los niños, por las señoritas Celadoras, en dicho Centro.

Días 10, 11 y 12

Triduo Eucarístico, por las intenciones de don Francisco Barranca, con misa de Exposición, por la mañana, a las siete y media, y ejercicio vespertino como los otros días.

Jueves 13, fiesta principal

Al toque de alba, ruidosa despertá con tracas y tronaors y alegre diana por la banda de música Barella. A las ocho, misa de Comunión general, que oficiará el M. Rdo. P. Luis Colomer, Ministro Provincial.

A las diez y media, la solemnemente cantada, con sermón panegírico y de circunstancias, por el mismo orador del Novenario. La capilla del maestro don V. Sansaloní interpretará, a gran orquesta, una de sus más escogidas partituras.

Por la tarde, a las siete, ejercicio vespertino y sorteo Seguidamente se procederá a la bendición de los lirios y se organizará la solemne procesión, que recorrerá las calles dé costumbre. Llegada la imagen del Santo a la iglesia, se disparará una traca de largo tendido, y terminado el canto del responsorio, se trasladará nuevamente la imagen al Centro, disparándose acto seguido atronador «bombardeo» y profusión de luces y fuegos aéreos.