Nuestro natural
Como hombres no nos podemos considerar dentro de la categoría de los demás seres desprovistos de toda espiritualidad.
Nosotros tenemos lo que ellos tienen y algo más.
Nuestra forma substancial es el alma racional, y aunque resumimos en nuestro ser los elementos de todos los seres de la naturaleza, nuestro destino, aun natural, no es el de los demás seres inferiores. Ellos son nuestros. Sobre ellos se nos ha dado el derecho de dominar. Nosotros, en cambio, no somos de ellos, y a nadie, en último término, pertenecemos, sino a Dios.
Nuestra vida, aunque se desenvuelve acuciada por las mismas tendencias de las plantas y de los brutos animales, y se agita en un mar de sensaciones, emociones y pasiones que no trascienden la esfera de lo sensible, está iluminada por la luz del entendimiento, que nos hace capaces de conocer y querer, y de merecer además, porque cuenta con libre albedrío. Todo en nosotros, coordinado por la razón y la voluntad y sometido al control de la conciencia recta, concurre a nuestra perfección.
Por lo mismo que somos un compuesto de alma y cuerpo, de espíritu y materia vivos, hemos de sentir movimientos contradictorios que nos plantean una dura contienda, de la que no nos podemos desentender, y nos obligan a tomar la vida como milicia y a aceptar ciertas violencias, las necesarias para vencer en eso que llamamos luchas interiores.
La experiencia nos hace ver que no disminuye nuestra inquietud a fuerza de querernos desentender de los vientos encontrados de la carne contra el espíritu, v nos habremos de convencer de que en el afrontar con tesón la batalla en el campo que se nos plantee, echando mano de las armas que nos proporciona la fe, está nuestra tranquilidad y el relativo bienestar mientras caminamos por el mundo.
Hagámonos con un sentido íntimo de la honestidad, que no es precisamente el bien que creemos nos, ofrece el placer sensible, al que nos arrastra la vida puramente del sentido, sino lo que conviene y dice bien a nuestra naturaleza racional y nos da capacidad para prevenir, con la conveniente vigilancia, todo peligro, fuerza para cohibir cualquier movimiento contrario al bien del alma, estímulo para seguir el camino recto del deber y dirección para no desviarnos del mismo caminar con seguridad.
No perdamos de vista estas ideas para ser fieles a nuestras promesas secundando la gracia de Dios y asegurar la perfección que Dios nos exige con nuestro esfuerzo personal, como si no hubiéramos de tener más auxilio, y con toda la confianza puesta en la ayuda de Dios, como si de nosotros no dependiera nada.
De lo que Dios nos ha dado nada nos estorba para el logro de los fines legítimos si no deformamos nuestras almas con el abuso de sus dones.
Si algún mal reconocemos, a nosotros lo debemos atribuir, porque de la mano de Dios nada imperfecto ha salido. El mismo, al contemplar su obra, la declaró buena, y así es por naturaleza.
Los males materiales siempre son tolerados por Dios en cuanto que de ellos podemos sacar provecho espiritual y nos incitan a desear la unión con El. Tanto de éstos como de los demás debemos aprovecharnos en orden a nuestro último fin, con la Redención de Jesucristo nuestra nativa debilidad recibe el esfuerzo de la gracia, con cuya poderosa ayuda nos podemos prometer vida sobrenatural en la tierra y el merecimiento de la eterna felicidad.
Enrique Barrachina Gil, presbítero
Arcipreste de Chiva (Valencia)
Fray Antonio de Guevara en Valencia y su reino
«El Emperador, mi señor, me mandó que viniese en este Reino a convertir y bautizar a todos los moros siestas morerías; por lo cual doy inmensas gracias a mi Dios, pues tal en mis días veo y tal por mis manos pasa; porque si no soy apóstol en el mérito, soylo a lo menos en el oficio, pues ha tres años que no hago otra cosa sino disputar en las aljamas, predicar por las morerías, bautizar por las casas y aun sufrir grandes injurias» (1).
«En acabando que acabé de bautizar veinte siete mil casas de moros, en el Reino de Valencia, me mandó César, mi señor, que visitase también este Reino de Granada, obra por cierto asaz necesaria, aunque a mí muy enojosa... En este Reino de Granada han sido los moriscos tan mal enseñados en las cosas de la Ley, y por otra parte disimulan con ellos tanto las justicias del Rey, que no será pequeña jornada la mía prevenir y remediar lo futuro, sin que meta mano en lo pasado» (2).
[Pero en este Reino de Valencia], «en lo que el otro día, señor, dijistes y por fiastes, así Dios a mí me salve y ayude, que ni os mostrastes caballero, ni cristiano, ni aun cortesano; porque el cristiano hase de preciar de la conciencia y el caballero de la vergüenza, y el cortesano de la crianza; mas vos, señor, cometistes pecado, mostrásteos porfiado y fuites notado de mal criado. Habiéndose bautizado y a la fe de Cristo convertido el honrado Cidi Abducarim, y ésto no sin gran trabajo de mi persona ni sin gran contradicción de toda la morisma de Oliva, paréceos agora bien que sin más ni más le llaméis moro, le motejéis de perro y infaméis de, descreído... Pues Cidi Abducarim cree en Dios y vos creéis en Dios; él es bautizado y vos sois bautizado, y él va a la Iglesia y vos vais a la Iglesia; él guarda las fiestas y vos guardáis las fiestas; él confiesa a Jesucristo y vos confesáis a Cristo nuestro Dios y Señor; siendo, pues, esto verdad, como es verdad, y que a él no vemos hacer ningunos desafueros ni a vos vemos hacer ningunos milagros, no sé yo por qué te neis a vos por tan gran cristiano y llamáis a él perro moro.
Llamar a uno perro moro, o llamarle judío descreído, palabras son de gran temeridad y aun de poca cristiandad; porque así como no hay en el cielo mayor título de honra que llamar a uno buen cristiano, por semejante manera no hay so el cielo mayor denuesto que decir a uno que es sospechoso. ¿Qué mayor honra que llamar a un hombre de buena vida? ¿Qué igual infamia que motejar a uno de mala conciencia? En llamando a un convertido moro, perro o judío marrano, es llamarle perjuro, fementido, hereje, alevoso, desalmado y renegado: de manera que es mal tan fiero, que sería menos mal al que tal dice quitarle la vida que no probarle aquella infamia... Vuestra desgracia me ha caído en mucha gracia, es, a saber, que reprehendiéndoos yo el descomedimiento que tuvistes con Cidi Abducarim, me dijistes que era costumbre antigua en vuestra tierra llamar a los nuevamente convertidos moros o marranos a cada palabra, y que de habérselo vos llamado, ni teníades vergüenza, ni menos conciencia; pues vuestra lengua estaba habituada a lo decir y sus orejas a lo oír.
Cuando los hombres honrados y vergonzosos han caído en alguna notable culpa, deben mucho mirar y sobre ello pensar qué tal sea la desculpa que dan de su culpa; porque muchas veces acontece a los culpados mal avisados, que con lo mismo que se desculpan, con aquello mesmo más se condenan. Dar vos, señor, por desculpa de vuestra culpa que el llamar a uno moro o marrano es costumbre de vuestro pueblo, y que nadie se escandaliza de oirlo, desde agora digo que de tal costumbre apelo y de tan maldito pueblo como el vuestro me santiguo; porque yo andado he por el mundo y conozco razonable dél, mas siempre vi y
sentí que en las tierras honradas y entre las personas virtuosas se precian los peregrinos de las buenas obras que les hacen, y no se quejan de las palabras feas que les dicen...; en estas palabras [Levit. VIII] nos da Dios a entender
que si la ley de nuestra patria fuere mala,
y la costumbre de nuestra tierra fuere
inquieta, no sólo no la guardemos, mas
aun no la mentemos ni alabemos; porque
no hay en este triste mundo igual bobería
como decir uno que en su lugar hay alguna costumbre viciosa. Hablando la verdad, y aun con libertad, digo que osar llamar a un viejo honrado y cristiano, perro, moro, descreído, y defenderos con decir que así lo usan decir en vuestro pueblo, paréceme que, por una parte, os habíamos los inquisidores de castigar, y por otra los de vuestro pueblo os habían de apedrear; pues con la desculpa de vuestra culpa infamais a vuestra patria y perjudicáis a la Ley cristiana.
Cidi Abducarim fue lastimado de lo que dijistes, y todos quedamos escandalizados de lo que os oímos decir; y lo peor de todo es que me dicen agora todos los destas morerías que no quieren ser cristianos si los han siempre de llamar perros moros : por manera que vos, señor, como imitador de los hijos de Helí, perturbáis a los que están bautizados y sois causa que no se vengan más a bautizar... Por vida vuestra, señor, que no seáis en la condición bravo ni en las palabras boquirroto, porque jamás vi a hombre lastimar a otro hombre que no le pesquisasen la vida que hacía, y aun que no le espulgasen la sangre de do venía.
No sin misterio digo esto, señor; porque a la hora que llamastes a Cidi Abducarim perro moro, dijo a mis oídos uno: Yo juro a Dios y a ésta que es cruz que, si Cidi Abducarim desciende de moros, que están también allí tus bisabuelos en los osarios. He aquí, pues, señor, lo que allí ganastes y lo que los deslenguados como vos ganan, es a saber, que en pago de lastimar vosotros a los vivos, toman trabajo de desenterrar vuestros muertos, lo cual todo se excusaría, si cada uno refrenase su lengua.»
Hagamos punto aquí, esperando otra ocasión de hablar del P. Guevara en Cocentaina, Játiva, Alcira, Requena... De su intervención en el levantamiento moro de Benaguacil y Espadán va en Nuestro Colegio, número de mayo de 1946.
[Sin notas biográficas del P. Domingo Savall por el momento]
(1) Epístola XIV, 2.a parte, Beviara 22 de mayo de 1524. (Hay que concordar la cronología de las cartas con los otros escritos y documentos oficiales.)
(2) Ibídem, al final
Benisa

Preciosa imagen de la Inmaculada, obsequio al Convento de Franciscanos de varias familias de Benisa residentes en Valencia. Es obra del celebrado escultor señor Ponsoda. Ante esta imagen los Seráficos elevan sus oraciones para conseguir la perseverancia en la vocación y bendiciones para sus bienhechores.
Iglesia de San Lorenzo (Valencia)

Magnífico altar de San Antonio de Padua y nuevo comulgatorio, con el decorado definitivo de la capilla. Es el preferido por los numerosos devotos antonianos de la capital y pueblos comarcales, como se testimonió en las pasadas fiestas al glorioso taumaturgo paduano

Lienzos al óleo, del profesor don Manuel Diago, que decoran las paredes laterales y bóveda de la capilla de San Antonio de Padua.
Excmo. y Rmo. Dr. Marcelino Olaechea
Arzobispo de Valencia

Hizo su entrada solemne en la diócesis el día 16 de junio de 1946. El acto revistió inusitado esplendor. El pueblo valenciano rindió con ello digno homenaje al virtuoso y sabio Prelado que viene a regir los destinos espirituales de la sede valentina. La Acción Antoniana renueva sus felices augurios a la vez que, sumisa a su magisterio espiritual, implora su bendición para continuar en el apostolado inspirado en el celo y sabiduría del Doctor Evangélico.
En ocasiones he oído que la confesión frecuente tiene sus peligros; me diría, Fr. Agnello, el porqué, pues yo, a decir verdad, no acierto a explicármelo.
Con sumo gusto, carísima terciaria. La confesión frecuente es un gran bien y por lo mismo sumamente recomendable a las almas que desean adelantar en la perfección. Los santos la practicaban. San Buenaventura, tan angelical y seráfico en su vida, la practicaba todos los días. Pero s¡no se hace cual es debido y se cae en la rutina, entonces es cuando tiene sus peligros, porque nos expone a profanar un sacramento. Por lo tanto, procure que en sus confesiones ordinarias no falte nunca el dolor de sus pecados presentes o pasados y el sincero propósito de la enmienda, y que su confesión sea siempre franca y ceñida a su bien espiritual.
¿Puedo aplicar una comunión o una misa por varias intenciones?
Sí, siempre que no haya algún aspecto peculiar de justicia que lo impida. Por ejemplo, en una comunión puede tener la intención de cumplir con el precepto pascual, ganar una indulgencia, aplicarla por un difunto y ofrecerla en felicitación espiritual, por el onomástico de una persona amiga. Con una misa puede cumplir el precepto dominical, cumplir la penitencia de la confesión y ofrecerla por sus difuntos, etc. Pero s¡el confesor, al ponerle por penitencia oír una misa, le dice que sea distinta de la de precepto, entonces no se cumplen con una misa del domingo las dos intenciones; hay que oír otra misa, sea en domingo o en día de hacienda.
Yo tenía entendido que para ganar las indulgencias del Vía-Crucis hay que recorrer las estaciones del mismo; pero muchas veces veo a personas que desde su lugar, sin apenas moverse, lo hacen ya en común, ya en particular. ¿Me diría qué hay sobre el particular?
¿Cómo no? Precisamente pensaba ver s¡alguno de mis hermanos se animaba a escribir algo que orientara sobre el particular a muchas personas devotas que, por lo visto, no están bien informadas.
Brevemente le diré: S¡el Vía-Crucis lo hace en particular una persona o un número reducido, es condición indispensable el ir recorriendo una por una las catorce estaciones. S¡el Vía-Crucis se practica en público y el concurso de fieles es grande, entonces basta que las personas que asisten se levanten y arrodillen a cada estación, mientras el sacerdote o clérigo recorre con un crucifijo las estaciones y otro las va leyendo, etc. Pero s¡el concurso no es tanto, y razones de orden no aconsejan otra cosa, aun cuando se hace en público, deben todos procesionalmente cambiar de sitio en cada estación, juntamente con el que las va leyendo y el que lleva el crucifijo. Con esto ya tiene suficiente para orientarse el consultante.
Ya hace más de un año que un joven me viene acompañando cuando salgo de la oficina y cuando voy a ella; en ocasiones salimos los dos de paseo; no me dice nada de matrimonio; más aún, algunas veces que le he insinuado algo, por s¡"picaba", se hizo el desentendido; me ha hecho algunos regalitos; yo lo quiero de verdad..., pero, ¡y ahí está m¡tormento!, se han enterado en m¡casa y por encima de todo quieren que lo deje... ¿Qué me dice, Fr. Agnello?
Nada, hija, sencillamente lo que le dicen en casa, que lo deje y cuanto antes; ya lo debía haber hecho mucho antes; Continuar así no le conviene bajo ninguna de las maneras; se está haciendo un
daño enorme y se expone a que no «pique» n¡deje "picar", ¿me entiende?
En cambio, s¡se lo deja «plantado», y él de verdad la quiere, puede que pronto vaya a buscarla y dispuesto a «picar» incluso, con lo que cambiaría el asunto. Obedezca a sus padres y pida mucho a Dios que le dé fuerzas y luces para saber estar a la altura de las circunstancias.
Fr. Agnello
Fiestas antonanas en Valencia

Alumnos del Centro Antoniano, con sus profesores y Director P. Luis Mª Torres, al terminar felizmente el curso escolar 45-46
Con inusitado esplendor, entusiasmo y fervor religioso, superando al de otros años, no sólo la barriada de San Lorenzo, s¡que también Valencia entera, han contribuido a que las fiestas antonianas revistieran grandiosa brillantez.
El solemnísimo novenario, que resultó muy concurrido, y sobre todo el día del Santo, fueron el mejor exponente de la devoción de este pueblo, que siempre ha querido ofrecerle el mejor tributo de cariño. Y su paso por las calles fue también una prueba más de la confianza que sus devotos tienen depositada en sus grandes prerrogativas, a las que con gran júbilo y contento universal el Vicario de Cristo, Pío XII, le ha distinguido con la aureola de Doctor de la Iglesia católica, esperando que desde el cielo continúe ejerciendo su poderosa protección y su acción evangelizadora en esta sociedad sombreada por el error, anémica de vida espiritual y destrozada por el odio de los hombres.

El fotógrafo sorprende a los niños de la primera Comunión con su Director Rdo. P. Luis Mª Torres, de regreso de la iglesia al Centro Antoniano, para que las señoritas de Juventud Antoniana les sirvan chocolate, dulces y refrescos.

Los niños de la primera Comunión con la imagen de San Antonio, a las puertas del Centro Instructivo Antoniano, momentos antes de marchar a la iglesia de San Lorenzo.
Como en años anteriores, resultó también muy solemne y conmovedor el acto de acercarse por vez primera a la Sagrada Mesa los niños del Centro Antoniano, lirios blancos y aromáticos que perfumaron ese día los corazones de sus padres y devotos del Santo.
La Acción Antoniana se complace en felicitar a las juntas Directivas antonianas, a su digno Director, P. Luis Torres, y a cuantos han contribuído a dar mayor realce a la festividad de San Antonio de Padua.
Elección de Estado.
Discutían los colegiales sobre la importancia del porvenir.
—Yo quiero ser profesor —dice uno—; ¿qué sería de los jóvenes sin maestros ?
—Yo abogado —repone otro—; ¿qué sería de la sociedad sin leyes justas y bien aplicadas?
—Yo seré militar —salta un tercero—. Hacen falta valientes defensores de la patria.
—-Yo prefiero ser médico —afirma otro— para curar a los pobrecitos enfermos.
—Yo aviador...; yo diputado...; y así fueron declarando sus inclinaciones.
—Yo, amigos, seré todo eso —interrumpe el último, seriecito y candoroso— haciéndome sacerdote. El sacerdote es capitán de los soldados de Cristo. Es médico, que cura los pecados y los vicios. Es abogado, que explica y defiende la Ley de Dios. Es maestro, que enseña el verdadero camino para ir al cielo.
Niños de gran corazón que aspiráis a ser maestros, militares, médicos o abogados..., hacéos sacerdotes y lo seréis todo a un mismo tiempo.
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