PARTE PRIMERA

RUTAS DE SANGRE
Destrucciones y martirios

Convento de Segorbe

Al iniciarse el Movimiento el edificio del convento, situado en el sitio más pintoresco de la ciudad, fue habilitado para hospital de sangre, derribando, por tanto, tabiques, quitando puertas y ventanas, desapareciendo oficinas con sus muebles, ropa, vajilla y demás enseres, y adaptándolo para el nuevo uso.

De la copiosa biblioteca, formada por unos 6.000 volúmenes, no quedó ni rastro siquiera.

La iglesia y sacristía devastadas por completo y convertidas en almacenes.

El local del Patronato y Colegio de la Esperanza, dedicado a enseñanza y situado en el centro de la población, fue afectado por una bomba de la aviación, y quedó completamente inutilizado desde entonces.

Después de la liberación convento e iglesia fueron convertidos en cárcel por los nacionales, hasta que, por fin, pudieron recuperarlos los religiosos, pero en estado lamentable de conservación.

La comunidad tuvo cinco víctimas, durante los primeros días del período rojo. A continuación damos de cada una su semblanza personal respectiva.

P. Camilo Tomás Domínguez

Camilo Tomás DomínguezLos elementos rojos de Segorbe, al proclamarse la revolución en julio de 1936, se proponían exterminar todo el clero secular y regular de la ciudad, principiando por el Prelado de la diócesis. La comunidad de PP. Franciscanos, formada por diez religiosos, dio cinco víctimas al marxismo internacional, y aunque todas muy sensibles, una de ellas, por sus años, por sus méritos y por los cargos que ostentó, fue lamentable. Este religioso es el P. Camilo Tomás, de setenta años de edad, cincuenta de hábito y cuarenta y cinco de ordenación sacerdotal.

Por su prudencia y discreción mereció la Prelacía mayor de esta Seráfica Provincia cuando aun no tenía la edad reglamentaria. Posteriormente obtuvo todos los demás cargos de responsabilidad, incluso el de Definidor Interprovincial, en Madrid; en los últimos años de su vida, retirado por su propia voluntad en el apacible convento de Segorbe, llevaba la dirección espiritual de los seminaristas internos. Dios le concedió, entre otras muchas gracias, el don de la dirección espiritual en las comunidades de religiosas de vida contemplativa y activa. A su muerte fue llorado por innumerables almas de vida interior y de sacrificio, que el buen Padre dirigía por las sendas de la perfección, conservando como recuerdo dulce de su memoria las cartas y escritos de conciencia, que son testimonios auténticos de una vida llena de amor a Dios. En la dirección de Santos Ejercicios, tanto a comunidades religiosas de ambos sexos como a sacerdotes y seglares, tenía tal acierto y discreción, tan atractiva simpatía y tanta oportunidad en el desarrollo del plan, que no sólo admiraba y deleitaba, sino que movía los corazones, sacando abundantes frutos de santificación en sus oyentes.

El Movimiento le sorprendió, y cuando quiso ponerse a salvo de las turbas amotinadas, no tuvo tiempo, y acto seguido se encontró encerrado en el viejo torreón romano que en Segorbe sirve para cárcel del partido judicial. Al entrar en la lóbrega prisión vio allí al respetable señor Obispo de la diócesis, a su Vicario General y a numerosos sacerdotes y religiosos. Los días que pasaron en la cárcel fueron horribles por la dureza del trato que recibían, el escaso y sucio alimento que les daban y las amenazas y blasfemias que oían sin cesar. Desde el primer momento las víctimas no se hicieron ilusión alguna: comprendieron que estaban destinadas al sacrificio y se dispusieron a hacerse dignas de él y de morir por Cristo.

El móvil que impulsaba en España a la horda en aquellos días de infernal desenfreno era doble: primero, el robo; luego, el instinto perverso de acabar con el catolicismo en nuestra Patria. Para conseguir la primera finalidad los criminales de Segorbe ordenaron a sus víctimas, especialmente al Prelado, a que les entregara cuantos bienes tenía a su nombre y en particular el tesoro de la Catedral; pero al no obtener contestación siquiera, sin miramiento alguno a la categoría de los reos, les insultaron, les abofetearon el rostro, les herían en diferentes partes del cuerpo, hasta el extremo de correrla sangre abundantemente por el suelo. Uno de los verdugos arrancó violentamente al señor Obispo el pectoral y el anillo. Este criminal había ido expresamente a Segorbe desde Castellón de la Plana para torturar a la ilustre víctima. Esto ocurrió el 8 de agosto.

Mientras sucedían estas escenas de crueldad y barbarie, veían nuestros religiosos, con amargura infinita, cómo a diario eran sacados del inmundo local indefensos sacerdotes, que sin juzgarles en ningún tribunal, no volvían a la cárcel. Observado lo cual, redoblaron sus preparativos para recibir el martirio y sus generosos ofrecimientos a Dios de la vida que les pedía.

Para calmar la amargura y tristeza de los religiosos, éstos pedían incesantemente al Señor la gracia de morir todos juntos, de que los cinco franciscanos cautivos de la horda derramaran a la vez su sangre en la confesión de su fe por Jesucristo. Mas el buen Dios no quiso otorgarles esta petición.

Primero se llevaron, el 9 de agosto por la mañana, al P. Camilo Tomás y a otro religioso sacerdote. Entonces los tres Hermanos legos que allí había se arrodillaron a los pies de las presuntas víctimas y les suplicaron con lágrimas en los ojos la Seráfica bendición y que pidieran al Señor el señalado beneficio de que también ellos, humildes hijos del Seráfico San Francisco, fuesen dignos de la corona del martirio.

Seguidamente hicieron subir a los dos Padres en un coche, que partió velozmente con dirección a Sagunto, y después de entregarlos al comité de dicha localidad, éste encerró ambas víctimas en la cárcel. Dos días permanecieron allí, sin apenas darles de comer, maltratándolos continuamente, y el 11 de agosto de 1936, y sin que el asesinato fuera presenciado por nadie, abrieron fuego de fusil sobre los dos indefensos ancianos sacerdotes, tumbando sus cuerpos exánimes en tierra, en el mismo cauce del río Palancia y casi junto a su desembocadura en el mar.

Dos días después el comité local recogió los cadáveres, que ignoraba de quienes fuesen, y los enterró en la fosa común del cementerio. Venida la liberación, Segorbe quiso honrar a sus muertos, y reconocido el cadáver del P. Camilo Tomás, fue trasladado a la ciudad y sus restos mortales se hallan en un nicho especial cedido por el Ayuntamiento.

El difunto Padre había nacido en Beniarrés (Alicante) y residía en Segorbe hacía ya ocho años.

P. José Sancho Sanchis

José SanchoCompañero de comunidad y de martirio del P. Camilo Tomás. Era natural de Llosa de Ranes (Valencia) e ingresó en la Orden Franciscana a los veintiún años de edad, después de cursados los estudios y la carrera del Magisterio. Era, además, organista, y desempeñó este oficio en los conventos de esta Seráfica Provincia, donde moró de familia. Cantó su primera misa en mayo de 1897, y fue, sucesivamente, Maestro de Coristas, Lector de Artes y Vicario. Estuvo asimismo en la misión de Marruecos, regentando la cátedra de Matemáticas en las Escuelas de Alfonso XIII, de Tánger.

Era de condición humilde, de costumbres sencillas, de carácter afable, sin pretensiones de ninguna clase y asiduo a los actos de comunidad. Vivió gran parte de su vida religiosa, que fue de treinta y seis años, en el convento de Segorbe, apreciado de todos por sus bellas cualidades. A pesar de sus años y haciendo honor a su carrera, tenía interés en ir diariamente al Patronato, dirigido por nuestros religiosos, a dar clases diurna y nocturna a los alumnos de la localidad que estudiaban las primeras letras.

El Movimiento le sorprendió en este género de vida sencilla, sin más aspiraciones que la práctica del bien, y este bien hecho solamente por Dios, para cuya gloria y honor trabajaba. Cuando le encerraron en la cárcel, a pesar de sus sesenta y nueve años bien cumplidos, era el más animoso de cuantos allí se encontraban. Hasta el mismo señor Obispo, a quien tanto hicieron padecer los dirigentes de la revolución, celebraba las ocurrencias del P. Sancho, encaminadas sólo a hacer 'llevadera aquella triste vida de sufrimientos que había de acabar tan trágicamente para todos.

Cuando le sacaron de la prisión, el 9 de agosto por la mañana, abrazó al Prelado y le pidió la bendición para que Dios le concediera la gracia de la fortaleza y pudiera confesar en alta voz, con su propia sangre, la fe que había recibido en el bautismo, que renovó en su profesión religiosa y que pensaba rubricar con un final de vida gloriosa. Abrazó igualmente y besó en la frente a los tres Hermanitos legos que quedaban en la cárcel, y que encomendó a la solicitud paternal del señor Obispo, ya que eran tres Hermanos legos ancianos, achacosos, virtuosos y desamparados en aquellos momentos. Subió al coche y, durante el trayecto hasta Sagunto y dos días después desde Sagunto hasta el poblado del Puerto, no dejó de animar a su compañero de infortunio, el P. Camilo Tomás, que iba desfallecido, desalentado y sin articular palabra. A los milicianos que los habían de asesinar encargaba que no les llevaran muy lejos, y que pensaran que iban a quitar la vida a dos septuagenarios y, por lo mismo, no les hicieran sufrir mucho.

Al llegar a las inmediaciones de Canet de Berenguer, el P. Sancho, con cariñosa solicitud, ayudó a bajar del auto al P. Camilo, que se encontraba ya en estado semiinconsciente, y le dirigía frases de aliento con la esperanza de una vida mejor. Hablándole del sacrificio de Cristo en la cruz por la Redención del mundo, sonó la descarga que hizo caer en tierra a los dos venerables ancianos que sólo habían pasado por el mundo practicando el bien. Los asesinos, una vez cometido el sacrílego crimen, huyeron hacia Segorbe, y sólo después de la liberación supieron los habitantes del lugar que los dos cadáveres que aparecieron muertos violentamente en el cauce del río Palancia, junto a su desembocadura en el mar, el 11 de agosto de 1936, eran de dos PP. Franciscanos.

Inhumados los restos mortales de ambos mártires de la fe, el cadáver del P. Sancho fue trasladado a su pueblo natal, donde, recibido por todos sus paisanos con los máximos honores, lo depositaron definitivamente en un nicho costeado por suscripción popular.

El P. Sancho contaba al morir la edad de sesenta y nueve años, de los cuales, cuarenta y cinco vistió el hábito franciscano y treinta y nueve estuvo investido con la dignidad sacerdotal.

Fr. Domingo Ferrando Savall, hermano laico

Fr. Domingo FerrandoEra el cocinero del convento de Segorbe. Toda su vida religiosa, que fue de cuarenta años, se esmeró en la práctica de dos virtudes, de las que dio raros ejemplos: la piedad y la pobreza seráfica, virtudes propias de un Hermano lego que ha de vivir sólo para Dios y para beneficio de sus hermanos de hábito. No fue sólo cocinero nuestro querido Fr. Domingo, en otros conventos donde moró desempeñó también el oficio de sacristán, con tal gravedad, orden y sentido litúrgico, que era la admiración de los fieles que frecuentaban la iglesia. Le apreciaban todos por un don que el Señor le había concedido naturalmente, era su carácter inalterable, y con él, el dominio que tenía sobre su propia voluntad.

Cuando los milicianos le prendieron, en julio de 1936, no perdió su calma habitual; fue encerrado en la cárcel, y apenas entró en aquel infecto lugar, rebosante de sacerdotes y religiosos, presididos por el señor Obispo de la diócesis, ordenó su vida de tal modo, que parecía haber estado allí toda su vida: a sus horas rezaba, hacía oración, dormía, comía, en una palabra, era la admiración de todos por la imperturbable serenidad de que gozaba el bendito Hermano.

Dios concedió a Fr. Domingo la gracia de pasar los últimos días de su vida entre fervorosos sacerdotes y santos religiosos. Purificó varias veces su conciencia; alababa al Señor por la inestimable merced de morir por la confesión pública de su Fe en Jesucristo. El último día que vivió, habiendo oído una blasfemia horrenda, no pudo dominar sus nervios, siempre templados, y en voz alta contestó con una alabanza en honra y gloria de Jesús Sacramentado que le valió un tremendo culatazo en la cabeza que le dio el bárbaro guardia que le vigilaba; mas su respuesta fue: " ¡Sea por amor de Dios!", que admiró a todos por la dulzura con que fue pronunciada esta jaculatoria.

El 10 de agosto, muy de madrugada, en el coche que conducía al señor Obispo de Segorbe, Excmo. y Rmo. Sr. D. Miguel Serra, a su hermano don Carlos, canónigo, y al Vicario General de la diócesis, don Marcelino Blasco, hicieron subir también al humildísimo lego, que llevando atadas las manos no dejaba de besar el anillo pastoral del Prelado y se preparaba para el sacrificio de su vida con fervorosos actos de amor a Dios.
En el coche reinaba un silencio impresionante, mientras corría veloz por carreteras que conducen a Vall de Uxó, que era el lugar destinado por el comité local para el martirio de las preciosas víctimas que iban a ser inmoladas. Y como si fueran vulgares criminales aquellos hombres encanecidos en la virtud, en la ciencia, en las dignidades y por los años, fueron obligados por imberbes muchachos armados de fusiles a descender del coche en el mismo cementerio municipal de la villa. Todas las víctimas, como obedeciendo a una inspiración del cielo, se agruparon en torno del Prelado y le pidieron su postrer bendición episcopal y que presentase sus almas ante el tribunal de Dios. Una descarga cerrada tumbó en tierra las víctimas, algunas mal heridas solamente, pero pronto fueron rematadas por el disparo del odio y del rencor.

Así acabó su vida ejemplar el bendito Fr. Domingo, a los sesenta y un años de edad y cuarenta de religión. Era natural de Callosa de Ensarriá.

Fr. José María Juan Balaguer , hermano laico

Fr. Domingo FerrandoSacristán del convento de Segorbe y compañero en el martirio del anterior Hermano Fr. Domingo Juan.

Nació en Castell de Guadalest (Alicante) y a los veinte años de edad solicitó su ingreso en la Seráfica Provincia de Valencia. Inmediatamente después de profesar, en 1896, marchó a las misiones del Perú. Durante el Noviciado había oído hablar de las penalidades que sufrían los misioneros franciscanos que evangelizan las regiones salvajes del Alto Amazonas; sabía que los indios pagaban el sacrificio que por ellos se hacía dando muerte horrible a muchos y buenos Padres que se dedicaban a instruirles en los dogmas de la fe cristiana y en los principios de la civilización; tenía noticias de que en la entonces Prefectura Apostólica del Río Ucayali se admitían Hermanos legos como auxiliares del sacerdote misionero, y anhelando también extender las conquistas de la fe de Cristo en las almas sumidas en el paganismo, y deseoso, a la vez, de la palma del martirio, marchó en 1899 a la República del Perú, donde permaneció entre fieles e infieles más de treinta años. ¡Fue a América en busca del martirio, y el martirio por Cristo lo había de encontrar en su propia Patria!

Piadoso como era, a su retorno a la Provincia Regular los Superiores le encargaron el desempeño de la sacristía en los conventos de Benisa y Segorbe, donde vivió de familia. Sumamente obediente y correcto, fervoroso y ordenado, la oficina que regentaba resplandecía de continuo por la limpieza y aseo, cuidado en la guarda de ornamentos y utensilios del culto. Oportuno y discreto, siempre daba gusto alternar con el buen Hermano, que había aprendido, una cultura general y sabía expresarla con el dominio y aplomo que de sí mismo consigue el que ha viajado mucho por el mundo.

Cuando menos lo pensaba el bendito Fr. José Mª, que nada desagradable le había ocurrido en América viviendo entre indios salvajes, fieras, animales dañinos, climas insalubres, viajes peligrosos y gentes de todas razas, se ve ahora en Segorbe encerrado en una cárcel, con inminente peligro de su vida, sólo por el enorme delito de ser religioso. Y cuando había recuperado la salud, quebrantada por el enervamiento del clima tropical, he aquí que se encuentra con una enfermedad mayor, cual es: el odio que le profesan los enemigos de Dios y de la Patria.

Pronto comprendió nuestro buen Hermano que el fin de su vida estaba próximo y que sus días eran contados. Las continuas "sacas" de presos que ya no regresaban; las amenazas y gestos que le dirigían, acompañados de ademanes violentos, y los deseos de sangre que manifestaban en todo momento, pusieron a Fr. José María en trance de arreglar definitivamente sus cuentas con Dios y aceptar resignadamente el género de muerte que El se sirviera darle. La presencia del señor Obispo de Segorbe en la cárcel, siempre tan digno y tan ecuánime, daba a los pobres reos valor y fortaleza. El día en que subieron al coche para llevarlos a Vall de Uxó, Fr. José María había confesado y comulgado, hecho la recomendación de su alma, y había pedido a Dios que aceptase su martirio en descuento de las faltas que pudiera haber cometido en sesenta años de vida sobre la tierra.

Cuando después de la liberación se exhumaron los restos de las víctimas de Segorbe, el cadáver de Fr. José María Juan estaba sobre el del Prelado, reconociéndose claramente sus facciones y detalles de su persona.

Nota: El la revista aparece como Fr. José María Balaguer Juan, cambiado el orden de sus apellidos. El que hemos indicado corresponde al que figura en la Secretaría provincial.

Fr. Emilio Belda Ferre, hermano laico

Fr. Emilio BeldaPortero del convento de Segorbe y el más anciano de los religiosos que formaban la comunidad. Era amantísimo del silencio, a pesar del desempeño de su oficio. Excepto los momentos en que atendía cumplidamente a los seglares y sacerdotes que llamaban a la portería, el resto del día se le veía con el rosario en la mano, leyendo algún libro piadoso, limpiando alguna cosa, dentro de la iglesia, remendando alguna pieza de ropa, pero sin hablar con nadie, guardando silencio absoluto.

Durante muchos años, especialmente en su edad mejor, fue organista de nuestros conventos, o más bien dicho, desempeñaba el oficio de organista. Sabía pulsar el armonio, hacer acordes, acompañar sencillos cantos populares, y con esto llenaba, sin ninguna aspiración, el cargo en conventos donde la música y el canto no revestían ninguna dificultad.

Vivía ya en Segorbe algunos años, y era tan sumamente retirado del trato de las gentes que, a pesar del oficio de portero, apenas si conocía a nadie en la ciudad, debido ello, además de su carácter retraído, a una crónica afección cardíaca que le ponía con frecuencia en trances apretados. Por esto al estallar la revolución y verse en la cárcel, de tal modo le afectó el calor y falta de ventilación, junto con el amontonamiento de presos en estrechos locales y la zozobra con que se vivía en aquellos momentos angustiosos, que los mismos milicianos llevaron al hospital aquel pobre anciano octogenario que padecía frecuentemente ataques de disnea. De ahí que sacaron a todos los sacerdotes y religiosos que había en el viejo torreón romano y los asesinaron, pero el buen Fr. Emilio no sabía nada de sus Hermanos de religión, que ya estaban en la eternidad gozando piadosamente de la vista de Jesucristo, por el cual derramaron generosamente su sangre y dieron su vida.

Todo hacía suponer que a este venerable religioso, anciano y achacoso, le dejarían con vida. Pero el decreto de exterminio contra el clero secular y regular estaba dado y había que cumplirlo: era la consigna de la Tercera Internacional, que dominaba en España desde que el Gobierno central había hecho dejación de sus derechos y poderes en manos de la chusma, que campaba a sus anchas por toda la desgraciada zona en que dominaban los elementos rojos. Aun no habían transcurrido ocho días de su permanencia en el hospital de la ciudad, cuando una madrugada fueron los milicianos y en un camión se llevaron al buen Fr. Emilio en dirección desconocida. Algunas horas después se decía en Segorbe que en la carretera de Zaragoza y cerca de la fuente y del ex Monasterio de la Esperanza, situado a 3 kilómetros de la población, había el cadáver de un hombre anciano muerto violentamente. Reconocido el cuerpo inanimado, se vio era el de Fray Emilio Belda, asesinado alevosamente al apuntar el día 14 de agosto de 1936.

Este fin tuvo el bondadoso Hermano que había visto la luz primera de este mundo, en Bocairente, el 6 de noviembre de 1857, y que llevaba cuarenta y cinco años de hábito franciscano. Su cadáver fue exhumado de la fosa común después de la liberación y colocado, como los demás caídos, en un nicho cedido gratuitamente en el cementerio por el Ayuntamiento de la ciudad.