PARTE PRIMERA
RUTAS DE SANGRE
Destrucciones y martirios
Convento de Carcagente
Este edificio fue incendiado, en mayo de 1936, por las turbas revolucionarias. Mas el fuego sólo prendió en la parte antigua del edificio, desplomándose únicamente la fachada y destruyendo el oratorio y las habitaciones que recaían a la calle de Santa Ana. Con este motivo los religiosos tuvieron que abandonar la ciudad, ya que el Comité del Frente Popular no garantizaba sus vidas.
La parte moderna del Colegio levantada por la comunidad fue utilizada por los rojos para la enseñanza, no sufriendo ningún daño. La biblioteca desapareció en absoluto.
La iglesia del ex convento de San Francisco, a cargo también de los religiosos, fue devastada.
Durante la revolución la comunidad tuvo una víctima cuya biografía damos a continuación.
P. Benjamín Reig Moltó, Definidor provincial
Después del triunfo electoral del Frente Popular, en febrero de 1936, se inició en España la persecución sañuda contra el Clero y Ordenes religiosas. Las turbas, dueñas absolutas de la situación, asaltaban no sólo iglesias y conventos, sino centros políticos y recreativos, Bancos y hasta casas particulares.
Carcagente, hermosa población de la Ribera, sufrió los horrores de estos nuevos bárbaros, y antes de estallar la revolución marxista vio incendiadas sus iglesias, arrojados los religiosos de sus conventos, clausurados centros de derecha y perseguidas las personas de significación social-cristiana. Entre los edificios asaltados e incendiados por el populacho, se contó el Colegio de San Antonio, residencia de los PP. Franciscanos. Los religiosos tuvieron que salir violentamente de su morada y n¡siquiera les permitieron vivir en la población alojados en casas particulares. Esto ocurría el 12 de mayo de 1936.
Con este motivo la comunidad de Carcagente se fundió con la de San Lorenzo, de Valencia, y entre los religiosos incorporados se encontraba el P. Benjamín Reig, conocido en la capital por haber sido durante dos trienios Guardián de San Lorenzo, Visitador de su Tercera Orden y haber actuado con éxito en diversas manifestaciones de la vida religiosa de la capital. El P. Reig era un enamorado del ideal franciscano. Hijo de Cocentaina y de padres fervorosamente católicos y terciarios, él y todos sus bonísimos hermanos de sangre fueron modelos de piedad y de virtudes sólidas, practicadas con firmes convicciones. En todos los cargos que ocupó en nuestra Seráfica Provincia dio siempre el P. Benjamín la nota exacta del cumplimiento del deber, de la prudencia y de su amor al hábito. Pasó gran parte de su vida en Onteniente consagrado a la enseñanza y a la inspección de los alumnos internos del Colegio de la Concepción. Fue Guardián de Agres, Teruel, Valencia y Carcagente, y al tiempo de su muerte ostentaba el cargo de Definidor Provincial.
Fue amante de la música. Dios le había dotado de excelente voz de barítono, que emitía con dulce expresión. Esto, unido a su carácter franco, decidor y alegre, le granjeó la amistad de nuestros bienhechores, de la que se aprovechaba para mejorar las condiciones de las casas que gobernó. Se distinguió de manera especial en la dirección y práctica de Ejercicios Espirituales a religiosas.
Al estallar el Movimiento revolucionario, no creyéndose seguro en la demarcación de esta Seráfica Provincia, se refugió en pleno campo, en la soledad de una finca rústica, cerca de Almansa (Albacete). Allí fue detenido y para confesar más gloriosamente a Jesucristo, pues tenía la firme convicción de su próxima muerte, vistióse el hábito talar, dejose maniatar, y seguido de aquellos sicarios, armados hasta los dientes, antes de llegar al pueblo dispararon sobre él, después de haberle injuriado de obra y palabra durante un largo trayecto, en la carretera de Ocaña a Alicante. Ocurrió este vil asesinato el 12 de agosto de 1936. Tenía entonces el virtuoso Padre sesenta y dos años de edad, cuarenta y siete de vida religiosa y treinta y ocho de presbiterado.
La memoria del Padre Benjamín Reig es recordada con frecuencia y con elogio por las religiosas terciarias franciscanas, que encontraron siempre en él un prudente consejero, un fervoroso confesor y un celoso director espiritual. ¡Qué su alma descanse en la paz del Señor!
