PARTE PRIMERA
RUTAS DE SANGRE
Destrucciones y martirios
Convento de Benigánim
El comité rojo de esta localidad no sólo destruyó el hermoso y artístico Calvario público de la subida del convento, no sólo cortó los cipreses del camino y de la plaza, no sólo taló el bosque de pinos y encinas del huerto de los religiosos, sino que devastó y dejó para siempre inhabitable el edificio conventual. De él, además de desaparecer muebles, cuadros, vajilla y ropa, fueron arrancadas puertas, ventanas, marcos, vigas y toda la madera apreciable siquiera para quemar.
En su vesania el populacho se ensañó hasta contra la misma cerca del huerto, derribándola en parte.
De la pequeña comunidad que habitaba el convento, Dios escogió una víctima para el sacrificio, y esa víctima de clase humilde. Hela aquí:
Fr. Vicente García Catalá, hermano laico
Al advenimiento de la República, en abril de 1931, el Ayuntamiento de esta villa se incautó del convento que ocupaban los religiosos con el especioso pretexto de que el Estado cedió el edificio a la Corporación Municipal para fines sanitarios. Desde aquella fecha hasta julio de 1936 los frailes ocupaban la iglesia, el huerto, que poseían en usufructo, y un pabellón nuevo, que construyeron en 1917 en terreno propiedad del mismo huerto. El convento permaneció todo el tiempo clausurado, a pesar de las notables reformas que en él hizo la Provincia Regular.
Por este motivo la comunidad tuvo que reducirse y era corto el personal que la formaba, y aun éste tenía que sufrir decontinuo serias molestias por la incomprensión de los que en aquel tiempo tenían en sus manos los destinos del pueblo. A pesar, pues, del escaso número de religiosos que vivían en comunidad, ésta no dejó de sumarse, como las demás de nuestra Seráfica Provincia, al tributo de sangre que demandaba a voz en grito la revolución entonces triunfante. La víctima escogida por los esbirros rojos fue un inocente Hermano lego ya entrado en años, natural de Bellreguart, pero que había pasado su larga vida religiosa cultivando el huerto de este convento y postulando por los pueblos de la demarcación guardianal. Se llamaba Fr. Vicente García Catalá, de sesenta y ocho años y treinta y ocho de votos.
Hijo de padres honrados y piadosos, sintió la gracia de la vocación en unos ejercicios espirituales que, en unión de otros compañeros de su pueblo, practicó en el Palacio Ducal de Gandía. No quiso desoír la voz de Dios y, abandonando las comodidades del mundo, a los veintisiete años de edad vistió la túnica de Hermano, y tres años después el hábito de Novicio lego, siguiendo luego normalmente la profesión de votos. Pero desde el día en que solicitó humildemente ser religioso, hasta el mismo día en que murió a manos de sicarios de la horda, siempre en todo momento fue trabajador incansable. Enamorado de las faenas del campo y entendido en el oficio de labrador, llevaba las tierras de huerta y secano del convento con esmerado trabajo, haciéndolas producir los frutos propios del tiempo y rindiendo abundantes cosechas con aquellos brazos de hierro que tenía, y la voluntad tenaz que poseía, y el gusto que manifestaba en las labores agrícolas. Era, como hijo de la huerta de Gandía, un enamorado de la tierra, de los árboles y de los animales.
Los Superiores le llevaron a América del Sur y en la Argentina vivió unos pocos años enseñando a trabajar labores de huerta a los colonos que estaban al servicio de la tierra de la Comisaría de la Seráfica Provincia de Valencia. Cuando regresó a España volvió a encargarse del huerto de Benigánim, que consideraba como suyo, y a regarlo con el sudor de su frente, y desde la mañana hasta la noche no descansaba para ser siempre útil a sus Hermanos de comunidad.
A esta vida intensiva de trabajo manual unía el bendito Fr. Vicente una humildad profunda y una piedad fervorosa. Eran notorios sus buenos ejemplos en los pueblos que visitaba con motivo de la postulación, y especialmente en las casas de los Hermanos de Cartilla, donde se hospedaba y era sumamente apreciado por sus relevantes dotes de espíritu de mortificación. Durante los años de la República, a pesar de las continuas molestias en que se veían obligados a vivir por razón de la estrechez del local que ocupaban los religiosos, nunca salió de sus labios una queja ni una palabra de animadversión contra los políticos que causaban la ruina de la Patria. El sólo atendía al trabajo del huerto y a la recta formación de su espíritu.
Al iniciarse el Movimiento y comenzar las algaradas, que en Benigánim tomaron mal cariz desde el principio, Fr. Vicente marchó solo a Bellreguart. Allí sabía que se encontraban refugiados otros religiosos franciscanos en casas de sus familiares; mas él no visitó a ninguno, por no comprometerse ni comprometer a nadie. Pero el comité local, advertido de su presencia, no le molestó en lo más mínimo, hasta que se presentó en el pueblo un individuo forastero, de malas intenciones, que exigió al comité la demolición de la iglesia parroquial, el asesinato de personas honradas y la entrega y destrucción de imágenes en las puertas de las casas. Los milicianos se allanaron a la demanda de aquel energúmeno, y el mismo día del Padre San Francisco, 4 de octubre, el comité detuvo al bondadoso Fr. Vicente, que se entregó sin oponer la menor resistencia.
Conociendo que se acercaba su próximo fin, se animaron mutuamente por Cristo cuantos reos se hallaban aquel día en la cárcel, y a las cuatro de la tarde, llevados al sitio denominado Pedrera de San Juan, del término municipal de Gandía, fueron asesinados unos tras otros, oyéndose en las casas circunvecinas, junto con el disparo de las armas homicidas, los gritos animosos de las víctimas inmoladas.
El cadáver de Fr. Vicente, horriblemente desfigurado, estuvo varias horas insepulto en la carretera de Valencia. Hoy reposan sus restos en el cementerio de Bellreguart.
