PARTE PRIMERA

RUTAS DE SANGRE
Destrucciones y martirios

Convento de Benisa

El edificio del Convento fue incautado por las autoridades para que las milicias internacionales pasaran en él sus vacaciones. No sufrió daños materiales sensibles; pero, en cambio, por la calidad de quienes lo ocuparon y que se renovaban cada tres meses, dejó un ambiente de inmoralidad muy acusado. Con decir que la iglesia y la sacristía, una vez profanados y destruidos altares, imágenes y todo lo relacionado con el culto divino, fueron dedicados a salones de cine y baile, y que en la capilla de la Comunión se instaló un bar, basta ello para damos cuenta de la moralidad de los extranjeros allí albergados al servicio de la revolución.

El Colegio Seráfico, situado en edificio aparte, fue respetado por el comité local, que lo destinó a fines escolares.

Tres bajas de sangre tuvo la comunidad durante la dominación roja, las tres muy sensibles, como veremos a continuación.

P. Zacarías Ivars Castells

P. Zacarías IvarsEsta baja fue muy lamentable por tratarse del Guardián del convento y Rector, a la vez, del Seraficado, y además por las circunstancias siguientes: ser hijo del pueblo, haber morado allí casi toda su vida religiosa, tener un carácter atractivo, desempeñar también el cargo de organista y ser precisamente paisanos suyos, los que le dieron la más cruel muerte en las inmediaciones de Calpe.

El vil asesinato del P. Zacarías, conocido en toda la región de la Marina, llenó de consternación al pueblo, y la simpatía que despertaba se puso de manifiesto en el traslado de su cadáver a la villa después de la liberación.

Cuando se produjo el Movimiento y abandonaron los religiosos el convento, el P. Zacarías marchó al campo y estuvo más de mes y medio sustraído a toda otra actividad que no fuere la de ayudar a sus familiares en la recogida de cosechas, especialmente la de la pasa. Ni una sola vez estuvo en el pueblo, ni admitía visitas de ninguna clase, ni leía periódicos, ni hablaba con nadie. Nada hacía sospechar que el comité rojo de la localidad le molestase; cuando he aquí que un día se presentaron cuatro individuos armados en la casa donde vivía el buen Padre y le obligaron a marchar con ellos. Aunque el pretexto que dieron para llevárselo no fue sospechoso, sin embargo, el P. Zacarías no las tenía todas consigo; quisieron hablarle y bromearle, mas él se impuso un silencio hermético que no logró sacarle palabra. Ya lejos del pueblo, a una distancia de 8 kilómetros de la villa, en término municipal de Calpe, le hicieron bajar del coche, y en medio de la carretera de Valencia a Alicante, estando el P. Zacarías de pie mirando a los asesinos, principiaron a dispararle tiros de pistola, cuyas balas se incrustaron en el cuerpo de la víctima, pero sin caer el cadáver a tierra. Después de vaciar todo un cargador aún continuaba el cadáver en pie, como acusación contra el sacrílego asesinato, hasta que uno de los criminales se le acercó cautelosamente y, clavándole un estilete en el pecho, le hizo caer de golpe en tierra para no levantarse más. Esto ocurrió el 4 de septiembre de 1936. El cadáver estuvo muchas horas en medio de la carretera, hasta que familiares suyos, no sospechando nada bueno de los individuos se lo llevaron en el auto, recogieron piadosamente su cadáver y lo enterraron en Calpe en nicho provisional.

Al conocerse en Benisa el horrible asesinato del virtuoso P. Zacarías las gentes sensatas se llenaron de terror y de indignación, hasta el extremo que los mismos asesinos, para evitar un linchamiento del pueblo, ofendido en sus sentimientos, atribuyeron el crimen a elementos extraños a la población. Se sabe por confesión de los mismos asesinos que la víctima les perdonó y que murió confesando públicamente su fe y amor al Corazón de Jesús.

La simpatía que despertaba en su pueblo natal el llorado Padre nacía de su relativa juventud, de su amor a la música, de la acrisolada honradez de su familia y en particular porque la mayoría de la juventud de Benisa había recibido del abnegado religioso la formación del corazón y la instrucción de la inteligencia, pues toda su vida en el Colegio la dedicó a la enseñanza de las clases populares.

A los doce años de edad tomó el hábito seráfico; profesó a los dieciséis; cantó misa a los veintitrés; murió a los cuarenta y uno; vivió en Benisa, consagrado a la enseñanza, dieciocho años consecutivos, y llevaba tres de Superior.

Estaba condecorado con el título de Lector Provincial.

Fr. Sebastían Ferrer Bañuls, hermano laico

Fr. Sebastián FerrerPocos religiosos había tenido la Seráfica Provincia de Valencia tan activos y trabajadores en el oficio de la construcción como este benemérito Hermano. A los diecisiete años de edad y vestido"ya con la túnica de Donado, trabajaba en la edificación de los conventos. Su entrada en la Orden coincidió precisamente con la construcción de las Casas religiosas de Pego, Teruel, Segorbe y Chelva, ampliación de las de Benigánim, Santo Espíritu, Cocentaina y otras; y en todas ellas Fr. Sebastián dio pruebas como albañil de amor al trabajo, de espíritu de humildad, de trato ameno con sus compañeros de oficio, de su actividad asombrosa, de su fuerza física, apenas igualada; y lo más plausible de él es que nunca perdió el espíritu de oración y devoción, "al cual sobre todas las demás cosas temporales deben servir", como dice Nuestro Seráfico Padre San Francisco a sus hijos, en su Testamento.

Este género de vida, con el obligado ajetreo de viajes y cambios continuos de conventos, llevó el animoso Fr. Sebastián más de treinta años consecutivos por entre andamios, alternando con peones, albañiles y maestros de obras, en medio de ingentes montones de material de construcción. ¡Qué activo, qué trabajador era Fr. Sebastián!

Nació en Pego el 26 de febrero de 1887. En septiembre de 1907 subió al Noviciado, y hasta su muerte, ocurrida en circunstancias trágicas el 17 de septiembre de 1936, no dejó nunca de ser el religioso amable, trabajador, fervoroso, obediente, fiel y con verdadero espíritu de sacrificio.

El continuo esfuerzo de vida trabajada le hizo perder energías al llegar a los cincuenta años, y los Superiores le dieron entonces un oficio en armonía con sus fuerzas, sus achaques y laboriosidad,y le enviaron de ayudante de cocina al Colegio Seráfico, oficio que llevó durante ocho años con alegría de su alma y satisfacción de sus Hermanos de hábito. En su nuevo y humilde destino no perdió jamás su habitual alegría, y para todos tenía siempre a flor de labio una frase ocurrente y una amable sonrisa. Era querido de todos, de los religiosos y de los pequeños seráficos.

Al producirse el Movimiento marchó, como la mayoría de los religiosos, a buscar amparo entre sus familiares, pero el comité rojo de Pego, que no detuvo a ningún religioso de la comunidad de la villa, ni tampoco de otros conventos, echó mano de Fr. Sebastián, lo encerró en los calabozos del antiguo convento de San Antonio y, en unión de varios sacerdotes y seglares, sufrió toda clase de atropellos y malos tratos. Una de las humillaciones que el Señor dio a gustar en esta vida al bonísimo Hermano era verse víctima de palabra y de obra de individuos de pésimos antecedentes, que además de estar continuamente blasfemando, con lo cual herían sus sentimientos cristianos y religiosos, calumniaban .y motejaban a una honorable familia de elevada posición económica, política y social, a la sombra de la cual habían vivido sus padres, y hasta él mismo nació en la casa solariega de dichos señores y al servicio de ellos tenía todavía sus familiares. Y aquel religioso de fuerza hercúlea, de cuerpo vigoroso, que había desafiado siempre peligros, se veía ahora en la cárcel, maniatado, cautivo, víctima de un odio que nunca mereció y objeto de tratos indignos por parte de lo peor del pueblo, y cuya sola razón y fuerza estaba en las armas que empuñaban.

Cuando en la madrugada del 17 de septiembre, triste por la pertinaz lluvia que caía, obligaron a doce presos, entre los que se contaba Fr. Sebastián, a subir a un autobús lleno ya de milicianos armados, conoció el bendito lego el inminente fin que le guardaba. Pero entonces se agigantó aún más su alma animosa y decidida, y mientras reos y verdugos callaban por la gravedad del momento, sólo Fr. Sebastián dejaba oír su voz potente y ofrecía su vida y la de sus hermanos de martirio por el triunfo de la fe de Cristo en España y en el mundo entero. Todo el trayecto que recorrieron desde Pego hasta Gandía estuvo el buen Hermano dando aliento a las presuntas víctimas. El, desprendido de todo, sin apego a la familia, honores, hacienda, posición social, ni nada, era el más indicado para levantar el abatimiento en que se encontraban sus compañeros. "No penséis en nada de este mundo -les decía Fr. Sebastián-; pensemos en Dios, pidámosle perdón de las ofensas que le hemos inferido; perdonemos también a estos verdugos nuestros, víctimas de sus ideas, y muramos por Cristo, ya que por odio a El nos van a quitar la vida". Cuando el autobús llegó al sitio denominado Pedrera de San Juan, en las inmediaciones de Gandía, que era el sitio indicado para la ejecución, el primero que saltó a tierra fue Fr. Sebastián, en brazos del cual se apearon todos los demás, menos uno que murió en el trayecto víctima de una afección cardíaca.

Puestos en fila los mártires de Dios y de la Patria, aun Fr. Sebastián tuvo arrestos de valentía suficientes para sostenerles en pie. Mas la primera descarga fue a parar al cuerpo del bendito Hermano, y al caer en tierra bañado en su propia sangre, su garganta, enronquecida y casi segada por una bala, tuvo energía bastante para decir con voz debilitada, pero que le oyeron todos, " ¡Jesús, perdón y misericordia!".
Así murió este hijo de San Francisco, a los cincuenta y ocho años de edad y treinta y nueve de vestición. Sus restos mortales fueron trasladados a Pego y colocados en la parcela de la comunidad.

Fr. Salvador Mollar Ventura, hermano laico

Otra víctima sacrificada por la horda marxista en su odio a Cristo. En los quince años que este buen Hermano llevó el hábito franciscano no tuvo más que un oficio, y éste de conformidad con su piedad y costumbres sencillas: el de sacristán.

Fr. Salvador MollarSirvió en dos conventos durante su vida religiosa: Santo Espíritu y Benisa, y en ambos no sólo mereció la bendición de sus Superiores, sino la fraternal caridad de sus Hermanos y el aprecio y consideración de los fieles que frecuentaban las iglesias por ver en él el prototipo del sacristán diligente, piadoso, limpio, ordenado, atento y cuidadoso de tener las cosas a punto y conservarlas, cual corresponde al voto de pobreza que había prometido. Esta es la nota destacada de aquella vida humilde y sencilla que, según la frase evangélica, "Pasó por el mundo haciendo bien".

Las horas libres que le dejaban sus ocupaciones de encargado de la iglesia las dedicaba a la limpieza de la casa, a la postulación por el pueblo, a enseñar doctrina cristiana a los niños y a otras prácticas sencillas de conformidad con su estado de religioso lego, que había abrazado con inefable gozo de su alma.

Abstraído del mundo, sin dar importancia alas cosas de la tierra, atento solamente al cumplimiento de sus deberes, el bendito Fr. Salvador, con su atractiva presencia, humilde y modesta mirada, afable sonrisa y sencillo trato, es una estampa arrancada de Las Florecillas, el libro candoroso y suave que nos cuenta las primeras tradiciones y leyendas de San Francisco y sus hijos, inmortalizadas por la historia, la leyenda y el Arte. ¡Así eran y así son todavía la mayoría de nuestros Hermanos legos!

En ese ambiente encontróse Fr. Salvador con la revolución marxista. Los rojos de Benisa despidieron a los religiosos del convento. Al verse, pues, nuestro Hermano fuera de su centro natural y en la calle, se acordó de Manises, su pueblo natal, y de su hermana, que allí residía, la que le abrió de par en par las puertas de su casa confiada en que nadie del pueblo se metería con su hermano religioso. Mas a los pocos días los milicianos de Manises, estimando que tenían un enemigo dentro de la ciudad, fueron por el bendito lego y lo encerraron en el convento de las religiosas Carmelitas Descalzas, donde encontró la amable compañía de un Hermano suyo de hábito, del P. Juan Bautista Botet, hijo de la localidad y asesinado también por los rojos.
A renglón seguido unos individuos armados, conocidos por lo más corrompido de Manises y vestidos con el repulsivo mono de los milicianos, se llevaron al P. Botet y varios sacerdotes, sin aparecer más por ninguna parte. Nuestro buen Hermano Fr. Salvador quedó solo y triste en la cárcel, abandonado a su propia suerte; pero su ánimo varonil, su fe en Dios, su esperanza en el cielo y la resignación con que se entregó en manos de la Providencia, obraron el milagro de hacerle desear la palma del martirio, para unirse con tantos Hermanos suyos sacrificados y para ofrecer a Jesucristo su vida como protestación de su fe. Desde aquella fecha, que fue el 8 de septiembre, no hizo más que prepararse para la muerte, renovar sus votos religiosos, dar buen ejemplo a todos y animar a los que vacilaban. Por fin, el 27 de octubre de 1936, le hicieron subir en un coche completamente cerrado, y al cabo de corto trayecto se vio dentro del escalofriante "Picadero de Paterna" y puesto ante un piquete de guardias de Asalto arma al brazo. En el embarazoso silencio que demandaban las circunstancias, el invicto Hermano levanta la voz y pide a Dios perdón por sus verdugos, y en el preciso momento en que su lengua, embargada por la emoción, confesaba la realeza de Cristo, una descarga cerrada hace caer en tierra el cuerpo de Fr. Salvador, mientras su hermosa alma caería en el cielo en brazos de su Criador.

El bondadoso Hermano fue sacrificado a los cuarenta años de edad y quince de votos religiosos.

P. Andrés Ivars Cardona, Lector general y Historia eclesiástica

P. Andrés IvarsA estas tres víctimas podemos y debemos añadir otra que, aunque no pertenecía de familia a la comunidad de Benisa, era, sin embargo, natural de la villa, murió en sus cercanías, está su cadáver sepultado en el Cementerio Municipal y es un hijo benemérito de la Provincia Regular de Valencia. Se trata del conocido P. Andrés Ivars, residente en el Colegio de Cisneros, de la calle de Joaquín Costa, número 72, Madrid, y Director de la revista Archivo Ibero-Americano.

Cuando en plena revolución no pudo sostenerse en Madrid y se dirigía a Benisa para encontrar refugio en casa de sus familiares, a pesar de llevar la documentación personal en regla, extendida por el mismo Ministerio de Asuntos Exteriores de la República, fue reconocido como religioso al apearse del tren en la estación de Denia y detenido acto seguido. El comité rojo de esta ciudad se encargó de truncar la vida sencilla y humilde, la vida de abnegación y trabajo constante del virtuoso varón, dedicado únicamente a investigaciones científicas de carácter histórico, en cuyo campo cultural había conseguido destacarse como una autoridad. Fue una pérdida irreparable para la ciencia histórica la desaparición del P. Ivars, que a la ingente labor que ya había realizado unía la de un inmenso caudal de notas, fichas, papeletas y cuartillas, con cuyos materiales, reunidos a costa de minuciosos trabajos de búsqueda por archivos y bibliotecas, se proponía dar mayor empuje a su revista y publicar documentadas monografías de asuntos relacionados con nuestra Seráfica Orden.

Benisa meció la cuna de tan notable escritor. La Seráfica Provincia de Valencia se encargó de formar su corazón y cultivar su inteligencia desde la edad de los trece años, hasta que en junio de 1909 se ordenó de sacerdote. Conociendo sus preclaras dotes marchó a Roma y obtuvo el título de Lector general de Historia Eclesiástica. Vuelto a España, vivió casi siempre en Madrid, donde era conocido y apreciado por archiveros, bibliófilos, políglotas, etc. Su cultura era extensa, fruto de un incansable amor al estudio. Su colaboración era muy solicitada en publicaciones de carácter histórico.

Deja escritas varias obras, entre ellas las siguientes:

Y sin terminar muchas monografías y apuntes de extensos artículos para su revista el Archivo.
Era religioso humilde, amante del retiro y del trabajo, abstraído de todo cuanto no fuera el estudio de las letras, de un carácter bondadoso y muy práctico en la ciencia del sacrificio.

Detenido en Denia el 7 de septiembre de 1936, como hemos dicho, y conociendo la virulencia del trato que daban sus verdugos, precursor de un fin trágico, quiso prepararse para la muerte, lo que logró mediante la eficaz colaboración de un sacerdote, también asesinado, llamado don Felipe Ciscar Puig. Al día siguiente, y sin que se sepan detalles, apareció su cadáver en las inmediaciones de Gata de Gorgos. Manos piadosas que le reconocieron le depositaron cuidadosamente en un nicho del Cementerio Municipal, hasta que venida la liberación fue trasladado a Benisa, donde reposan sus preciosos restos.

El P. Ivars, en la plenitud de su vida física, moral e intelectual, entregó su alma buena a Dios cuando tenía cincuenta y un años de edad, treinta y cinco de religión y veintisiete de sacerdocio.