SEGUNDA PARTE

RUTAS DE SANGRE

Religiosos fallecidos a consecuencia de la revolución roja sin derramamiento de sangre

En esta segunda parte van las biografías de algunos beneméritos religiosos de esta Provincia Franciscana que ofrendaron a Dios sus vidas aureoladas por el dolor y el sufrimiento. Su martirio fue, en verdad, incruento, pero no menos meritorio a los ojos del Señor. Por eso es muy justo que les dediquemos un lugar preferente en esta galería de franciscanos que supieron padecer por el nombre santísimo de Jesucristo y morir dignamente en defensa de la fe.

No crean nuestros lectores que solamente estos ocho religiosos recorrieron la vía penosa y amarga del dolor, fueron más los que en aquellos aciagos días murieron fuera del ambiente conventual, cuyas semblanzas omitimos en gracia de la brevedad, aunque al fin daremos sus nombres y apellidos, para gloria suya y consuelo de familiares, amigos y bienhechores.

P. Benjamín Martí Ortolá

No es una víctima de sangre, sino de dolor y sufrimiento de la revolución marxista, que dejó de existir en la enfermería del Penal de San Miguel de los Reyes, de Valencia, el 23 de abril de 1938.

Los sacerdotes que le asistieron en los últimos momentos de su vida, compañeros de infortunio en el triste penal que se levanta en medio de la riente huerta valenciana, atestiguaron por escrito que el P. Benjamín Martí murió como un santo, edificando a la población reclusa con sus virtuosos ejemplos.

¡Otra víctima inmolada por el odio rojo! ¡No derramó su sangre ante un pelotón de bárbaros milicianos, pero ofreció su vida, truncada a los treinta y un años de edad, en aras de la causa católica de España!
Parece que Dios se complació en el sacrificio de este su fiel siervo, porque las circunstancias de su preparación no eran las más apropiadas. El Movimiento del 18 de julio de 1936 le sorprendió en Francia perfeccionándose en el estudio de la lengua francesa, que había de enseñar después en nuestros colegios. Pudo muy bien haber permanecido en Francia todo el tiempo de la guerra civil española, y no obstante, regresó a la Patria, y en vez de incorporarse, como otros muchos religiosos valencianos, a una comunidad de las Provincias Seráficas de la zona nacional, fue a Teruel, que se encontraba en zona de máximo peligro. Cuando el cerco y ataque a Teruel, en diciembre de 1937, no huyó, sino que se refugió en el Seminario, y en este edificio cayó prisionero de guerra, y como tal fue traído por los rojos a Valencia y encerrado en San Miguel de los Reyes, donde a los tres meses sucumbió víctima de terrible tuberculosis pulmonar, contraída por los horribles sufrimientos del asalto de Teruel y del penoso cautiverio hasta el penal.

Nació el P. Martí en Benisa el 27 de abril de 1907. A los doce años de edad ya era colegial seráfico, y en septiembre de 1922 le vemos ya novicio en Santo Espíritu del Monte. Cursó la carrera eclesiástica, y antes de terminarla el cumplimiento de los deberes militares le lleva a la zona del protectorado español en Marruecos y se incorpora a las Misiones Franciscanas de Tánger. Ordenado de sacerdote en abril de 1930, aun permanece dos años más al servicio del Vicariato Apostólico. Regresa a la península y se dedica, en los colegios de Benisa y Onteniente, a la enseñanza, especialmente de lenguas extranjeras que había empezado a estudiar en las Misiones de Marruecos.

Alma sencilla, espíritu fervoroso, con ansias de ser útil a sus semejantes, el P. Benjamín Martí pasó por el mundo sin contaminarse de las humanas pasiones. Fue como una flor que se tronchó en plena hermosura de color, de perfume y de lozana plenitud.

A los treinta y un años de edad, dieciséis de religión y ocho de sacerdocio entraba en la eternidad el alma de este buen religioso para recibir el galardón prometido a los justos: mientras su cuerpo, deshecho por la muerte y amortajado con el ignominioso uniforme de presidiario, recibía sepultura en la fosa común del Cementerio General de Valencia.

P. José Sebastiá Jordá

Pertenecía a la comunidad de Carcagente y falleció en Benicalap en casa de familiares suyos, pocos días después de la liberación, a consecuencia de las privaciones y amarguras sufridas durante treinta y dos meses que estuvo escondido en una buhardilla en el poblado de Beniferri.

Pocos años vivió entre nosotros el P. Sebastiá. Tomó el hábito en septiembre de 1927, después de hacer renuncia del Curato y Arciprestazgo de Enguera, que regentó en propiedad veinticuatro años consecutivos. Para que el lector forme concepto de lo que fue este santo religioso, daremos en breves líneas su silueta moral. Físicamente era un hombre enjuto de carnes, austero de aspecto; pero de carácter amable y culto en el trato social, pobre de espíritu, obediente, retirado del mundo, sin voluntad propia, con un renunciamiento completo a la divina providencia; alma de oración, de sacrificio; en una palabra, era el encanto de sus Superiores y el honor de la comunidad de que formaba parte.

Nació en Valencia el 3 de mayo de 1868. De niño manifestó la piedad de su corazón; estudió brillantemente la carrera eclesiástica en el Seminario Conciliar; ordenose de sacerdote en abril de 1892; ejerció el ministerio en varios pueblos de la diócesis, hasta que en el concurso celebrado en 1902 fue agraciado con el curato de Enguera. En lo que más se distinguió fue por su desinterés y amor a sus feligreses, virtudes que le conquistaron la veneración de Enguera y de los pueblos de su Arciprestazgo.

A los cincuenta y nueve años de edad lo abandonó todo para seguir a Jesucristo con más perfección. Su profesión solemne coincidió con la persecución que la República decretó contra la Iglesia y Ordenes Religiosas; mas el P. Sebastiá no titubeó en unirse con votos perpetuos a nuestra Seráfica Orden y correr la suerte de sus Hermanos de hábito.

Formando parte de la comunidad del Colegio de Carcagente fue obligado por la chusma amotinada a salir forzosamente de aquella ciudad, pasando por la amargura de ver incendiado el Colegio. Vino a Valencia, e incorporado a la comunidad de San Lorenzo le sorprendió el Movimiento, refugiándose para su seguridad en casa de un hermano suyo que vivía en Beniferri.

En un destartalado porche o desván de humilde casa de labradores pasó el buen Padre todo el tiempo que duró la guerra civil, escondido, sin hablar con nadie, sin atenciones de ninguna clase, comiendo poco y mal y durmiendo peor; con intenso frío en el invierno y sofocante calor en verano; privado de todo contacto hasta con su familia; expuesto a ser descubierto, porque en la misma casa se albergaban refugiados rojos; en una palabra, todo un cúmulo de privaciones, amenazas y sobresaltos que minaron su quebrantada salud y redujeron aún más su extremada delgadez. Con decir que estuvo treinta y dos meses sin afeitarse, n¡cortarse los cabellos, n¡lavarse la cara, n¡cambiar de traje, etc., está dicho todo. Cuando salió del encerramiento causaba miedo, y n¡la familia, n¡los mismos religiosos, apenas s¡podían reconocerle.

En estas circunstancias vinieron los alegres días de la liberación, y cuando todo principiaba a reoganizarse y se reunían de nuevo los restos dispersos de las comunidades religiosas, el P. Sebastiá, el varón de Dios, bueno y sencillo, agotado de fuerzas físicas y morales, no pudo recobrar ya las energías y entregó al Señor su alma, purificada por el sufrimiento y la incomprensión, el 25 de abril de 1939. Contaba setenta y un años de edad, cuarenta y siete de sacerdocio y doce de profesión religiosa. Está enterrado en un nicho del cementerio de Burjasot.

D. José Manuel Marhuenda Salazar, párroco de Benimámet, en carta del 5 de noviembre de 2015, nos añade a la biografía del P. José Sebastiá que estuvo en esta Parroquia de 1895 al 1900 como regente y de 1900 al 1902 como ecónomo.

P. José Cebolla Cabedo

En el Libro de Defunciones del Juzgado municipal de Sueca, correspondiente al año de 1938, se encuentra una partida que dice que el 24 de septiembre falleció José Cebolla Cabedo, de sesenta y tres años de edad, natural y vecino de la ciudad, de estado soltero y labrador de profesión. Este labrador, amortajado con traje de seglar y enterrado sin pompa en la fosa común, es el Rdo. P. Franciscano Fr. José Cebolla, religioso de esta Seráfica Provincia, notable calígrafo, competente profesor y entusiasta por la música.

Murió durante el dominio rojo en casa de parientes suyos, los cuales para evitarse riesgos y molestias, no dudaron en desvirtuar en un documento público como es el certificado de defunción, la condición y la personalidad del finado al inscribir como labrador de oficio a un benemérito sacerdote, adornado de bellas cualidades personales y aureolado con la gloria de excelsas virtudes morales.

El P. Cebolla tenía una desmedida afición por la música; estaba dotado de excelente y bien timbrada voz de contralto, que emitía con arte y escuela. La extensión de su hermosa voz y su afición al canto le permitió poseer un vasto y escogido repertorio de música clásica propio, con el que daba realce igual a funciones religiosas que a reuniones familiares y actos públicos, a los que era invitado para que su voz maravillosa diera brillantez y amenidad al programa. Y el buen P. Cebolla nunca se negaba a ello.

En Onteniente, donde estaba de familia al estallar la revolución roja, ejercía el cargo de profesor del Colegio de la Concepción en su especialidad propia de Caligrafía, asignatura que enseñó toda su vida lo mismo en España que en América, donde residió varios años en nuestra Comisaría Provincial de la Argentina. Ejerció también cargos subalternos.

Al estallar el Movimiento marchó a Sueca. ¡Cuánto debió sufrir aquel espíritu selecto al no poder expansionar en obras y palabras su temperamento artístico! Padecía una enfermedad crónica, la diabetes sacarina, que minaba su existencia, hasta que, por fin, acabó con aquella naturaleza fuerte y robusta con que le había dotado la divina Providencia. Su muerte ocurrió el 24 de septiembre de 1938, a los sesenta y tres años de edad, cuarenta de hábito y treinta y dos de presbiterado.

Hno. Pascual Ordiñana Esteve, Terciario profeso

En febrero de 1928 tomó el hábito de terciario regular en Santo Espíritu del Monte un hombre que contaba sesenta y un años de edad, que fue siempre buen amigo de los religiosos, admirador de la Orden Franciscana; había vivido cas¡de continuo en aquel recogido convento, a donde se retiraba a practicar ejercicios espirituales, días de retiro, pasar vacaciones, etc., y deseó vivamente el ingreso en el claustro, pero deberes familiares se lo impidieron; mas, al fin, lo consiguió. Ese hombre se llamaba Pascual Ordiñana, nacido en Alcudia de Carlet y vecino de Valencia.

De joven formó parte del Patronato de la Juventud Obrera, institución católico-social que educaba al trabajador cristiano en los principios de la fe y en el espíritu del sacrificio para sostener la lucha entre los enemigos de Dios y de la Patria; y aquella institución tenía al frente de ella un católico práctico y fervoroso y, además, terciario franciscano, llamado don Tomás Terranegra, que llevaba con frecuencia los mejores muchachos a Santo Espíritu del Monte para formarles en un ambiente de piedad sólida y de cariño a aquel apacible convento. Muchos religiosos que visten hoy hábito, honrando con el prestigio de su virtud y ciencia distintas Ordenes regulares, salieron de dicho grupo de jóvenes del Patronato de Valencia. Pues bien, el Hermano Ordiñana era uno de los pocos que quedaban de aquella generación y que en el declive de su vida encontró lo que deseaba: morar en Santo Espíritu. Durante su vida trabajó en Valencia de hojalatero, siendo de los mejores oficiales de un acreditado taller. Las luchas políticas y sociales de la agitada época en que le tocó vivir no influyeron para nada en su condición moral. Cristiano, buen compañero, trabajador, respetuoso, cumplidor de sus obligaciones, fiel, enemigo de revueltas, sin afiliarse a sindicato n¡sociedad alguna, toda su ilusión era que llegase el domingo para marchar solo a Santo Espíritu y ser útil a la comunidad en algo propio de su oficio.

Nueve años antes de la revolución Dios le concedió la gracia de desprenderse del mundo y poder vivirlos en su amado convento llevando el hábito de los terciarios profesos. Ejerció el cargo de portero y, además, el de la máxima confianza de los Superiores, que es el de Síndico o Administrador de los bienes de la comunidad. En esos nueve años fue siempre el mismo Hermano Ordiñana: amable, atento, obediente, sumiso, sencillo, amante del silencio y de la oración. A pesar de padecer una crónica afección asmática, no se le oyó quejarse nunca n¡lamentarse de sus molestias.

Venida la revolución, el buen Hermano Pascual tuvo que volver al mundo y a la vida secular. Se retiró a casa de unos sobrinos que vivían en Valencia y, aunque víctima de los acontecimientos políticos, pudo defenderse malamente durante dos años sin apenas salir a la calle. Mas un día vio la casa invadida por milicianos y policías armados, efectuando un aparatoso y minucioso registro y sometido él a un odioso interrogatorio. La impresión que recibió fue tan grande y el sobre salto tan fuerte, que le dio un agudo ataque de disnea que, primero, le privó la palabra; después, el conocimiento, y finalmente, le quitó la vida. Murió, con la resignación de que siempre dio ejemplo, a los setenta y un años de edad, el 22 de diciembre de 1938.

Fr. Jesús Arlandis Ibáñez, seminarista franciscano

La revolución marxista sorprendió a este joven estudiante cumpliendo sus deberes militares en el cuartel de la Montaña, de Madrid, en el servicio de Transmisiones. Fortuna fue para él encontrarse en la luctuosa fecha del 18 de julio de 1936 con permiso en su pueblo natal, Masarrochos. Como su condición de religioso encuadrado en el ejército rojo constituía un serio peligro para su vida, logró esconderse y pasar desapercibido en aquellos momentos de confusión. Al poco tiempo tuvo que regresar movilizado a Madrid, pero no se incorporó a su antiguo regimiento y estuvo al azar de las circunstancias, sufriendo algunas veces las incomodidades y molestias a que estaban sujetas las personas de orden, y otras los peligros de su incorporación aún a filas en un ambiente tan contrario a sus sentimientos. Así pudo sortear las dificultades que se le presentaban; pero lo que no logró vencer fue una terrible enfermedad que contrajo por los sobresaltos de su condición de religioso y las privaciones propias de alimentos y de elementos curativos para atender a su salud.

La tuberculosis pulmonar, agravada por las circunstancias, minó poco a poco su naturaleza, y no tuvo más remedio que retirarse a Masarrochos a vivir, en completo reposo, en compañía de su familia, hasta que los estragos de la enfermedad le llevaron al sepulcro a los veinticuatro años de edad. ¡Fue una víctima del sufrimiento, inmolada por la revolución!

Nació el 3 de marzo de 1914, de padres muy cristianos. A los trece años marchó a Benisa como colegial seráfico, y cuando tuvo la edad reglamentaria vistió el hábito en el Noviciado de Santo Espíritu del Monte. En plena carrera eclesiástica tuvo que abandonar el Coristado, siendo aun profeso simple, por cumplir sus deberes militares, sorprendiéndole en ellos los acontecimientos que hemos indicado al principio.
Era un joven muy virtuoso y murió con pleno conocimiento. Recibió todos los santos sacramentos, hizo su profesión solemne y ofreció a Dios el sacrificio de su vida por el triunfo de la fe católica en España y el reinado de Jesucristo.

Falleció el 24 de noviembre de 1938 y su cadáver está enterrado en el cementerio del poblado de Masarrochos, término municipal de Valencia.

Fr. Juan Cortés Molina, seminarista franciscano

La muerte de este joven estudiante, desde que ingresó en el Colegio Seráfico en 1929 hasta su muerte, se desenvolvió en un régimen de constante anormalidad; abarcó toda la época triste que atravesó desde que se implantó la afrentosa República hasta que nos liberó de ella el Glorioso Movimiento Nacional. Dios quiso que la corta vida religiosa del Corista fuera un sufrimiento interno y externo y una prueba de la gracia de la vocación que el Señor le concediera. ¡Loado sea Dios y bendigamos sus designios sobre nuestras almas!

Nació en Biar en diciembre de 1918 y a los once años estaba en el Colegio de Benisa. Marchó al Noviciado en diciembre de 1933, y al año siguiente, cuando profesó, estaba de familia en la comunidad de Onteniente. Sólo año y medio permaneció estudiando la facultad de Filosofía, cuando le sorprendió el Movimiento, contando dieciocho años de edad. Durante la revolución permaneció en su pueblo natal sin que le molestasen. En los dos años que estuvo en casa de sus padres se comportó como un buen religiosos; con las debidas precauciones confesaba y comulgaba, oía misa cuando podía, apenas s¡salía de casa, cuidó mucho de tener buenos amigos; pero sobre todo manifestaba, s¡se le presentaba ocasión oportuna, deseos de que terminase la guerra para reintegrarse al convento de Onteniente y vestir de nuevo el santo hábito.

Mas, desgraciadamente, a fines de 1938, y cuando la revolución estaba ya vencida, su quinta fue movilizada y no tuvo más remedio que incorporarse a filas: Después de una corta instrucción militar fue enviado al frente de Cataluña, donde en aquella región se estaban librando sangrientos combates. Desde su partida al frente nada se ha sabido de él por más averiguaciones que se han practicado. Cabe preguntar: ¿Sería asesinado en el frente por su condición de religioso, como lo fueron otros muchos? ¿Moriría en acción de guerra? ¿Fallecería en campo de concentración? Nada en concreto se puede responder. Al salir de su casa contaba veinte años de edad y cuatro de religión.

Sólo sabemos cierto una cosa, y es: ¡sus padres perdían el hijo y la Provincia Seráfica de Valencia una esperanza de religioso! ¡El cielo, en cambio, contará desde su muerte una alma que gozará indefinidamente la gloria de Dios!

P. José María Trenzano Monter

Otra víctima incruenta de la revolución marxista que perdió nuestra Provincia Regular, y dolorosa en extremo por tratarse de un joven bueno y que sabía captarse las simpatías. Su carácter afable y su viveza en la expresión hacía deliciosa su conversación y amable su compañía. Estaba de morador en Onteniente y era inspector de una brigada de colegiales cuando la horda se apoderó de los destinos de nuestra Patria, y tuvo que abandonar su hábito exterior y el convento. Ya en su pueblo natal, Cocentaina, para que no le molestase el comité rojo local, que llevaba malas intenciones, se alistó alas milicias republicanas con el noble fin de pasarse a las filas nacionales. Así sucedió en efecto. Incorporado a filas, fue enviado al frente de Teruel, y conocedor del terreno donde se operaba, por haber residido mucho tiempo en el convento de los Franciscanos de dicha capital aragonesa, pudo sin grande riesgo salvar las líneas que separaban ambos ejércitos.

Alistado en el ejército nacional manifestó ser un valiente defensor de la Patria y un esforzado campeón de Jesucristo. Su condición de sacerdote y religioso era en aquel entonces entre los nacionales la mejor garantía de un probado patriotismo y de una confianza ilimitada para sostener el ideal cristiano entre Jefes y soldados. El P. Trenzano se dejaba llevar algunas veces de los generosos impulsos de su juventud, y en cierta ocasión, por un esfuerzo que tuvo que hacer en un combate, se sintió herniado. Conociendo que s¡no se operaba no podía dar a la causa nacional el rendimiento que ésta necesitaba, pidió permiso para trasladarse a Zaragoza y someterse a una intervención quirúrgica.

En el Hospital Militar de dicha ciudad fue operado felizmente. Médicos y practicantes le daban la seguridad más completa de su pronto restablecimiento para volver al frente y realizar la labor espiritual encomendada a su celo. Cuando he aquí que se le infecta la herida, sin darse cuenta a tiempo oportuno los facultativos, y muere cas¡repentinamente el bonísimo P. Trenzano en la cama del hospital, causando profundo dolor pérdida tan irreparable. Tenía entonces veintinueve años de edad, doce de hábito y cinco de sacerdocio. El fallecimiento ocurrió el 9 de diciembre de 1938, cuando ya alboreaba la victoria nacional.

Como muchos de los niños que se educan con los Padres Franciscanos de Cocentaina, el P. Trenzano marchó a Benisa de pequeño; luego, a la edad reglamentaria, pasó al Noviciado de Santo Espíritu del Monte; finalmente, cursó con aprovechamiento la carrera eclesiástica.

Era efusivo de carácter, buen compañero, y en el tiempo que estuvo en Onteniente desempeñando una de las inspectorías del Colegio se captó de tal modo las simpatías de los alumnos internos, que todos querían pertenecer a su brigada.

¡Descanse en la paz del Señor el infortunado P. José María Trenzano!

Fr. José Antón Hernández, hermano laico

Una nueva víctima de la guerra civil española, cuya odisea vamos a contar brevemente.

Nació en Casas Bajas (Valencia) el 23 de julio de 1897. Vistió el hábito franciscano en agosto de 1923. Después de profeso estuvo algunos años en Agres, donde demostró las aptitudes que poseía para el desempeño de los oficios de sacristán, portero y hortelano. En 1931 le vemos en Chelva formando parte de aquella ejemplar comunidad del Sagrado Retiro, siendo uno de los religiosos más edificantes por su piedad y espíritu de renunciamiento propio. La revolución le sorprendió allí, y detenido, como todos los demás religiosos del convento, fue encerrado en la cárcel e igualmente objeto de malos tratos. Por mediación de un hermano suyo que era miembro del comité rojo de Casas Bajas, fue libertado y marchó a su pueblo natal. De Casas Bajas, que era zona roja, pudo escapar y marchó directamente a Teruel, presentándose acto seguido al Superior de los Padres Franciscanos, poniéndose al servicio de aquella comunidad.

Cuando en diciembre de 1937 entraron los rojos en Teruel Fr. Antón estaba enfermo en cama, y no pudiendo huir cayó prisionero de guerra.

Por su calidad de hospitalizado le trasladaron a Santo Espíritu del Monte, convertido por el mando militar en hospital de sangre. Una vez curado le obligaron los rojos a incorporarse a filas como soldado, y bajo esa odiosa bandera hizo toda la campaña del Ebro. Mas una noche, estando durmiendo, fue afectada la casa por una bomba de la aviación nacional, y al derribarse parte del edificio un cascote le hirió de gravedad en la cabeza. Conducido al balneario de La Isabela, situado en término municipal de Sacedón (Guadalajara), convertido en hospital, mostrose como religioso en su trato, piedad y compostura, a pesar de encontrarse entre rojos y servido por éstos. Pero su virtud ejemplar de tal modo se impuso, que el mismo director del hospital, al comunicar oficialmente el fallecimiento de Fr. Antón, hizo un elogio de su fervoroso comportamiento y cristiana conducta, que edificó a todos.

Una intervención quirúrgica que hubo necesidad de practicarle, liberada ya totalmente España, costó la vida al bendito Fr. José Antón, que en toda la odisea de la Cruzada supo comportarse como un perfecto religioso, sin renegar de su propia vocación. Ocurrió la muerte de este buen Hermano lego el 27 de mayo de 1939, a los cuarenta y dos años de edad y dieciséis de vestición.

 

En parecidos términos podríamos escribir las semblanzas de otros varios religiosos fallecidos durante el largo tiempo de la guerra civil, como, por ejemplo:

Padres:

y los Hermanos legos:

que murieron víctimas del dolor, aunque bien atendidos, en casas particulares.

¡Dios pague a los familiares y amigos y bienhechores de la Orden Franciscana la caridad que tuvieron entonces para con sus hijos!