TERCERA PARTE

RUTAS DE SANGRE
Destrucciones y martirios

Religiosos que sufrieron cautiverio
durante el dominio rojo

Este trabajo resultaría incompleto si no diésemos a conocer a nuestros lectores en esta tercera parte los nombres de los religiosos de la Seráfica Provincia de Valencia que sufrieron cautiverio durante el Movimiento. Todos ellos, al prolongarse la guerra de Liberación, fueron cayendo en manos de la horda marxista, a pesar de que le constaba eran inofensivos, de conducta y honradez intachables y que ninguno de ellos había participado en la lucha activa de partidos políticos. Pero ¡eran religiosos!, y eso para los rojos españoles constituía un delito imperdonable de lesa patria. Todos estuvieron detenidos, más o menos tiempo, en prisiones de nuestra región, y, afortunadamente, todos salieron de ellas con vida; con vida corporal, sí, pero con la vida moral rota, destrozada, por efecto de la incomprensión de los hombres.

Se les puede considerar como víctimas de una larga amargura, de un penoso sufrimiento, al obligarles a vivir entre presos comunes, con gente de pésima condición moral, sometidos a la vigilancia de indeseables, alguno de los cuales deshonraba el uniforme del noble Cuerpo de Prisiones; en edificios ya de suyo odiosos, hacinados en pequeñas celdas, negándoles el alimento necesario, robándoles la comida y ropas que les enviaban sus familiares; en una palabra, viviendo en ambiente totalmente inadecuado a sus sentimientos, a su estado, a su educación.

Pero todo se sufrió por Dios y no hubo entre nosotros claudicación alguna. Nuestras humildes personas de ¡cuántos consuelos no sirvieron a los presos políticos, a los recluidos por sus ideas católicas en aquel largo período! Nuestros ministerios, ejercitados discretamente, ¡cuánto no ennoblecieron y purificaron las cárceles! En ellas celebrábamos la Santa Misa todos los días; rezábamos en grupos la corona franciscana; teníamos nuestro retiro mensual, nuestras conferencias litúrgicas; visitábamos los enfermos; exhortábamos a todos nuestros compañeros de infortunio a la frecuencia de sacramentos, a la práctica de la mutua caridad, al perdón de nuestros verdugos y enemigos y dábamos el ejemplo de una vida resignada, humilde, sin quejas de ninguna clase. Los religiosos formábamos en equipos de trabajo, de limpieza, de ayuda a la cocina, al almacén; no gozábamos destinos para disfrutar privilegios, ni admitimos dispensas en ningún trabajo; sufríamos, en suma, todos los rigores y las molestias propias del régimen penitenciario.

Aun más: nuestra condición de religiosos nos excluía sistemáticamente del disfrute de todo empleo en oficinas y dependencias que pudiera darnos algún relieve entre la población reclusa. Y nadie de nosotros lamentó ese trato, ni siquiera lo comentó. ¡Loado sea Dios que así nos humillaba!

En cambio esa misma desatención nos daba libertad e independencia para tener autoridad moral sobre los reclusos políticos cuando entre ellos ejercíamos los ministerios sagrados o éramos solicitados para llevar la paz a sus almas, la tranquilidad a muchas conciencias y el consuelo a todos los corazones.

Para muestra de cómo el marxismo ejercía la justicia tratándose de religiosos, basta citar un hecho rigurosamente cierto:

Uno de nosotros que en calidad de gubernativo pasó casi todo el tiempo de la guerra en la Prisión Provincial de Alicante, pidió a un paisano suyo empleado en las oficinas que le permitiese ver su ficha penal. Así lo hizo el buen amigo. En ella, como en todas las fichas, constaba el nombre y apellidos, edad, pueblo natal, estado, profesión, día de la detención, etc., mas en el casillero de "causas", es decir, motivos por los cuales se está detenido, decía textualmente: "Causas, se desconocen". Y con causas desconocidas estuvo dicho religiosos veinticinco meses en la Prisión Provincial de Alicante. Esa era la justicia republicana. Pero repetimos: ¡Bendito sea Dios!

En total fueron diecinueve los religiosos que entraron y salieron de las cárceles por sus propios pies. He aquí sus nombres y apellidos y los lugares de su reclusión. Los señalados con * han fallecido posteriormente.


NOMBRE CIUDAD CÁRCEL
P. Juan-Bautista Gomis Casanova Alicante Prisión Provincial
P. Francisco Llorens Moltó Alicante Prisión Provincial
P. Demetrio Moltó Vicent Alicante Prisión Provincial
P. Francisco Sanz Jover Alicante Prisión Provincial
P. Enrique Reig Moltó (*) Alicante Prisión Provincial
P. Manuel Balaguer Valor Alicante Prisión Provincial
Fray Amadeo Pérez Abad (*) Alicante Prisión Provincial
P. Justo Sendra Puigcerver Alicante Reformatorio
P. José María Baidal Bañuls Alicante Prisión Provincial
P. León Amorós Payá Albatera Albatera Campo de trabajo
P. Serafín Gilabert García Orihuela Campo de concentración
P. Andrés Savall Pérez Orihuela Campo de concentración
P. Luis Torres Parra Valencia Cárcel Modelo
P. Pacífico Torres Parra Valencia Cárcel Modelo
P. Luis Colomer Montés Valencia Cárcel Modelo
P. Amado Navarro Carpio Valencia Cárcel Modelo
Fray Andrés Santandreu Benavent Valencia Cárcel Modelo
P. Manuel Fabregat Morales (*) Valencia San Miguel de los Reyes
P. Domingo García Puigcerver Valencia San Miguel de los Reyes


Conclusión

En el presente trabajo hemos recogido cuantos datos nos han sido facilitados para dar a conocer a nuestros lectores los daños de orden físico y material que la revolución marxista de 1936 ocasionó a la Provincia Franciscana de Valencia. ¡Daños incalculables que somos los primeros en lamentar, y cuyas consecuencias no sólo tocamos palpablemente, sino que aun tardarán algunos años en ser reparados por completo! Así lo esperamos; confiando, primero, en la Providencia divina que vela por los suyos; segundo, en el amor que por la Provincia Regular sienten sus hijos; tercero, en el esfuerzo que para lograrlo realizan con tesón admirable, hace ya siete años, cuantos a ella se lo debemos todo: a saber, lo que somos, valemos, tenemos y poseemos. Mas si los daños materiales pueden repararse con tiempo y buena voluntad, no así los daños morales, los que también resultaron gravemente afectados por los desastrosos efectos de una guerra civil abominable, que dejó como secuela de su paso la pérdida de muchas vocaciones religiosas malogradas en flor, y un ambiente de indisciplina, indiferentismo, materialismo e inmoralidad, que invade, penetra y hasta se toca en todos los órdenes de la vida nacional, con grave detrimento de las instituciones de carácter religioso que viven a base del sacrificio.

La Seráfica Provincia de Valencia tenía al principiar el año 1936 repleto de alumnos internos su Colegio de Benisa; en Santo Espíritu del Monte había un hermoso plantel de fervorosos novicios; en Onteniente formaban parte de la comunidad un grupo numeroso de Coristas estudiantes que aspiraban al sacerdocio; en la demarcación regular se contaban doce conventos, formados con copioso y apto personal; cuatro de ellos eran Colegios donde cursaban el Bachillerato centenares de jóvenes confiados a nuestra labor científica y moral. Todo ello y mucho más, que era fruto de enormes sacrificios que sólo Dios conoce, cayó a tierra y se perdió a impulsos del furioso vendaval revolucionario que penetró como tromba a sangre y fuego en nuestras pacíficas Casas.

A los siete años de terminado el espantoso desastre de la guerra civil nuestra Provincia Regular, al igual que toda España, se rehace lentamente, y ya ha dado un poderoso avance en su reconstrucción total. Nuestras comunidades están en pie, funcionan normalmente; sólo falta cubrir las bajas del personal; pero eso es más difícil, ya que la formación de un religioso sacerdote, en ciencia y virtud exige, por lo menos, doce años de estudio, y como la revolución devoró la casi mayoría del elemento joven y animoso, y sólo dejó, en su casi mayoría también, el fermento anciano, sin energías ni ilusiones, fermento que poco a poco va sucumbiendo al peso de los años y del trabajo, sin ser reemplazado, de ahí que el problema del personal se agudiza cada día más, y este problema no tendrá solución adecuada hasta dentro de tres o cuatro años, cuando nuestros jóvenes clérigos, terminada por completo su carrera eclesiástica, vayan recibiendo órdenes sagradas hasta subir al altar.

Hay que tener en cuenta que la Seráfica Provincia de Valencia, como el Levante español, cayó de lleno, y durante todo el Movimiento, dentro de la zona roja; por ello las consecuencias a sufrir van para larga fecha. Dios quiera que el nuevo elemento joven que vaya formándose, y vaya reemplazando dentro de poco a los religiosos que presenciaron y pasaron por la amargura de la revolución, estén animados de espíritu seráfico, sientan el amor a la madre Provincia que los hace hombres y sean dignos descendientes de aquellos nobles y ejemplares varones que en 1878 reconstruyeron la Provincia Regular, la continuaron y la cubrieron de gloria, honrándola con el precio de su sangre, de su dolor y de su amargura.

Digamos, para terminar, como Tertuliano: "¡Que la sangre de nuestros mártires sea abundante semilla de generaciones de religiosos franciscanos valencianos!"