Índice del número 216
De de diciembre de 1946. Director: Fr. José A. Arnau, ofm
- Dos fechas príncipes. Editorial
Fallece el P. Valentín Schaaf, Ministro general
San Francisco y la naturaleza. Fr. Francisco Ferrer, ofm
Cuando caen las ilusiones. Fr. Antonio de Padua
Manjón, un hombre que se entregó al pueblo.
Duns Escoto, teólogo de la Inmaculada. - El Belén del corazón. D. Enrique Barrachina Gil, presbítero
En Belén. Fr. Manuel Balaguer, ofm
Consultorio religioso. Fr. Agnello.
Noticias.
Raquel, la betlemita. Fr. León Villuendas Polo, ofm
Icono de este número: San Francisco predicando a las aves.
Dos fechas príncipes
Las celebra la Iglesia con extraordinaria pompa y las debemos guardar nosotros en los pliegues más íntimos de nuestro corazón.
«¡El día de la Inmaculada!...» El día de la única Mujer concebida sin mancha y llena de gracia. El día de la venturosa mujer que aplastó la cabeza de la serpiente que engaño a nuestros padres allá en el paraíso. El día de nuestra Madre del cielo y de la Madre Dios..., y «¡el día de Nochebuena!...» El día que, rasgándose el cielo, las nubes llovieron al justo y la tierra germinó al Salvador. El día que el Mesías prometido, rompiendo los lazos del pecado que nos esclavizaban al demonio, nos dio la libertad de verdaderos hijos de Dios. El día que en el Portal de Belén, de la Virgen María y el casto José, nació, hecho niño para salvar al mundo, el Verbo divino, el Hijo de Dios.
Que la luz celestial que estas dos fechas despiden orienten hacia Dios nuestra vida y que la virtud misteriosa que encierran culmen el ansia de paz y de dicha que siente nuestro corazón.
Ha fallecido el P. Valentín Schaaf
MINISTRO GENERAL DE LA ORDEN FRANCISCANA

Inesperadamente ha fallecido en el Colegio Internacional de San Antonio, de Roma, el día 1º de este mes de diciembre, el reverendísimo Padre Volantín Schaaf, Ministro General de la Orden Franciscana. Poco más de un año ha estado al frente de los destinos de nuestra Seráfica Orden, dando pruebas de, una extraordinaria capacidad de gobierno, y cuando ahora hace quince días, de regreso de un largo viaje a los Estados Unidos, se le vio sano, fuerte y robusto y todos se prometían de su ciencia, virtud y dotes de prudencia una fecunda labor de apostolado, la muerte ha venido a tronchar estas bellas esperanzas, arrebatándole de este mundo.
A la izquierda su hermano Constantino, con Valentín al otro lado de la mesa. La foto fue tomada cuando el Hno Valentín tenía unos 20 años, hacia el 1903.
Sobre la foto aparece el nombre de los dos hermanos religiosos.

Fue enterrado en la Basílica de Santa María de Araceli, Roma. En la foto el altar de San Buenaventura. Fr. Valentín fue enterrado en la cripta que se encuentra bajo de este altar. Han colocado un altorrelieve con la imagen del que fuera Ministro general. Hay que recordar que fue elegido para este cargo el día de la fiesta de San Buenaventura del año 1945.
San Francisco y la naturaleza
Difícilmente se encontrará un hombre que al contacto con la naturaleza reaccione con emoción de resonancia más trascendente que el «Poverello» de Asís. N¡se crea que ello es debido a un sentimentalismo de sabor panteísta o de morboso teosofismo. Todo lo contrario. Francisco de Asís es verdaderamente un poeta, un idealista; pero es, ante todo, un cristiano, en todo el alcance de la palabra, y, por lo mismo, un enamorado cabal de la obra de Dios, no como la sueñan februlentas imaginaciones, sino como ella es en sí, concretamente, tal cual Dios la hizo y la restauró con su amor misericordioso y redentor.
Francisco ama la naturaleza, pero de un modo sobrenatural; a la vez se crucifica a sí mismo con la renuncia más completa, pero sin despreciar a la naturaleza. Esto hay que tenerlo en cuenta para saber medir, cual conviene, su compleja y sobremanera rica personalidad. No hacerlo así es mutilar al santo. Por olvidar alguno de estos puntos, es por lo que frecuentemente se ha forjado un San Francisco poeta sentimentalista al uso de los turistas del siglo xx, o se ha fingido un San Francisco marchito y triste, cual lo plasmaron algunos pintores del siglo XVII o como lo presentan ciertos manuales de piedad de tipo jansenista.
Y San Francisco no es eso. El ama a Dios en el obrar y en el padecer; ama asimismo a las criaturas, concretamente, con un amor particular y universal a la vez, que llega a todas y a cada una como el sol, con amor que se renueva específicamente en cada caso. Esta genialidad del «Poverello» parte de su certera intuición del universo, que después sus hijos doctores sabrán formular en las escuelas en tesis luminosas que proclamarán la trascendente Realeza de Jesucristo.
Para Francisco el amor de Dios al hombre se concreta en el Verbo humanado, y en ese amor encuentran su razón de ser todas las cosas; por eso, al ponerse en contacto con las criaturas, su fina sensibilidad, iluminada y caldeada a la vez por los rayos de esta sobrenatural intuición de su fe, siente los profundos vínculos con que en Jesucristo están unidas todas las cosas, y prorrumpe en trasportes de gozo y de dolor, según capte el himno armonioso de la creación a su Dios o sienta la estridencia del desvío humano, al constatar que el Amor no es amado.
En este plano constituido Francisco lanzará, como rayo de luz y fuego, su anhelo de hermandad al mundo. Hermana agua y hermana tierra, hermanas flores y hermanas aves, hermano sol y hermana luna, hermano lobo y hermana oveja, todo unido en vínculos de hermandad para servir al hombre, el hermano mayor, quien, en Jesucristo y por Jesucristo, debe amar al Padre común que está en los cielos.
Al obrar de este modo Francisco a la par que inyectó al Renacimiento, que se iniciaba en su tiempo, la vitalidad cristiana, previniéndole así para que no fuera pagano, hizo un beneficio a la cultura occidental, a m¡ver, más notable: inmunizó a los latinos contra el pesimismo oriental que les amenazaba con la aparición de la herejía Cátara. Las doctrinas de esta secta sobre la maldad radical del mundo físico, encontraron con los esplendores optimistas de las estrofas del cántico al «Hermano Sol», que los juglares de Cristo, amaestrados por Francisco, iban cantando por las playas y por los montes con aplauso y aceptación de aquélla. El catarismo no encontró, pues, ambiente adecuado para su medro donde los hombres aprendieron de labios de Francisco a ver en toda criatura un «hermano» que, a lo menos, le habla del amor, poder y hermosura del Padre celestial.
El nihilismo cátaro perdió su virulencia al encontrar en su paso la transparente vitalidad franciscana; el renacimiento se remozó con el sobrenaturalismo cristiano ante el Pregonero del gran Rey, y el misticismo de las almas fieles vieron en Francisco al guía ideal que, posando su planta sobre las obras de Dios, las va conduciendo hasta comprender el gran misterio del amor.
El poeta podrá cantar: Amo todo.
Te amo, sol, en el fulgir — y en el brillar:
me recuerdas el vivir — y el triunfar.
Te amo, pino, en el clamor — del pinar:
me recuerdas el rumor — de m¡mar.
Te amo, abeja, en tu aguijón — tan fatal:
me recuerdas el dulzor — del panal.
Te amo, noche, en tu negror — fantasmal:
me recuerdas un amor — de otra edad.
Te amo, risco, en el cantil — colosal:
recuerdas mi juvenil — loco afán.
Te amo, Todo, con amor — de Serafín...
como te amó el amador — de Asís... (1).
Madrid, junio de 1946.
(1) Doctor Zahonero, Poemas Franciscanos.
Predica el Santo
Cuando caen las ilusiones...
Hermosa es la vida cuando todo sonríe y las ilusiones la hermosean y alegran como los capullos y flores de un rosal de primavera...
Pero poner el corazón, la voluntad y el alma en estas sonrisas de la juventud que son las ilusiones, puede ser..., mejor, es siempre funesto...
Porque las ilusiones caen, como caen las flores y las hojas del rosal, y entonces... ¡ay ! ... s¡no hay algo más hondo, más sólido, más verdadero, sólo queda punzante desespero, como al rosal no le quedan más que las espinas...
Por eso quisiera cayeran sobre tu corazón estas palabras como luz y bálsamo
Para ti, que has esperado en vano al compañero que lícitamente habías soñado y que había constituido el objeto principal de tus plegarias...
Para ti, que has perdido el príncipe que había conquistado tu corazón y que noblemente te prometía un hogar feliz para el reinado de tu amor...
Para ti, que has sufrido engaños, traiciones, decepciones, a cambio de tus mejores años y más puras energías...
Para ti, cuyas ilusiones van cayendo como se van las primaveras...
Para t¡y para todos los que peregrináis por este valle de lágrimas...
Dios os conoce y os ama. Por lo tanto, poned. en El vuestro porvenir, y vuestra voluntad sea cumplir y aceptar siempre que se cumpla la suya. Así vuestro porvenir, siempre eterno, estará asegurado.
Mirad a través de vuestras decepciones amargas, por encima de vuestras ilusiones caídas..., y veréis un cielo muy puro, muy azul, y allí un Amigo infinitamente bueno y hermoso, que os dice:
«Animo, hija mía, tu porvenir está en mis manos, confía en Mí... Te amo desde la eternidad para hacerte feliz eternamente y m¡amor no cambia, soy siempre el mismo... Tú no lo tienes todo perdido, como crees, y tu vida no ha quedado desprovista de encantos, a pesar de tanta desilusión sufrida... Mira, en el ejercicio de la caridad y en la actividad de obras sociales experimentarás los nobles y puros goces de un corazón nacido para amar y ser amado... Tu vida será aún hermosa y fecunda, con hermosura y fecundidad nuevas e inmarcesibles , tu recompensa, segura e incomparable... Con Dios no hay engaños n¡traiciones...»
¡Ah! S¡siempre se viviera con esa fe. ¡Cuán hermosa sería nuestra vida! ... y, sobre todo, ¡qué de horizontes tan luminosos y fecundos se descubrirían... cuando caen las ilusiones! ...
Fr. Antonio de Padua
Manjón, un hombre que se entregó al pueblo
Quien le da al pueblo un pedazo de pan, le da mucho. Pero el que le da buena idea, una buena formación, le da más, porque le da el pan que podrá ganarse dignamente con esa formación y ese conjunto de virtudes, sin las cuales no puede haber felicidad posible, al menos la pequeña porción de felicidad que cabe en este mundo. De todo quiso dar al pueblo Manjón: pan e ideas.
Don Andrés Manjón fue un sacerdote granadino que consagró su vida a educar, formar y elevar a las clases sociales más desamparadas de la sociedad. De su gran corazón, mejor aún que de su cerebro, nacieron sus Escuelas del Ave María, su poderosa atracción entre las clases populares granadinas. sus experiencias en la enseñanza de los niños, su pedagogía, en fin, una pedagogía moderna y española, muy de hoy, sin dejar de ser esencialmente tradicional, vinculada a todo lo -bueno y sano que tienen las preocupaciones pedagógicas actuales, pero vinculada también a las más nobles y cristianas tradiciones de la escuela española, cuyas esencias no pueden quedar a merced de la primera novelería sentimental o seudocientífica que nos importe cualquier teorizante, con mayor o menor buena fe y más o menos pedantería.
Andrés Manjón y su profunda obra social sale de esa cantera inagotable que es el Evangelio: «El que más se parezca a este pequeñuelo, ese será el mayor en el Reino de m¡ Padre.» «La mies es mucha y los operarios pocos.» Granada empezó a beneficiarse de los frutos de las escuelas de Manjón. Pero pronto la fama de esas escuelas se esparció por España y otras ciudades empezaron a acariciar la idea de tener escuelas como aquéllas; escuelas modernas, alegres, llenas de vida; escuelas-jardín, jardines de la enseñanza, jardines de Dios. Hasta el Papa llegó la fama de esta obra benemérita, y desde Roma llovieron bendiciones para las escuelas del apostólico sacerdote granadino.
Ahora se celebra el primer centenario de su nacimiento. Valencia está celebrando una Semana Manjoniana, organizada por el Secretariado de Educación de la A. C. en colaboración con la Inspección de Enseñanza Primaria y diversas entidades pedagógicas valencianas. Y es que Valencia fue una de las primeras ciudades españolas en que prendió la semilla manjoniana, una semilla rica en contenido cristiano y patriótico, porque a don Andrés Manjón le preocupó hondamente —paisano de Ganivet y de quien el grande pensador hubiera podido aprender la gran sabiduría que no está en los libros n¡el cerebro—, le preocupó hondamente, decimos, España y la formación de los españoles, formación no sólo intelectual, sino de la voluntad, porque él supo ver ese gran cáncer nacional que es la flojera de voluntad —molicie agitanada— de los españoles.
Estampas evangélicas
De Belén a Beit-Sahur
Rebosaba de gente por aquellos días la insigne ciudad de David. Eran todos descendientes de la gloriosa tribu de Judá y oriundos de la casa de David, que acudían allá en fuerza del decreto imperial que ordenaba el censo del vasto imperio romano.
Y era tal allí la afluencia de gentes, que no parecía sino un comentario real al dicho profético: Y tú, Belén, tierra de Judá, ya no cuentas entre las pequeñas aldeas de Israel, pues de t¡nacerá aquel que empuña el cetro para regir t¡su pueblo... Ese descendiente de Jacob ya está a las puertas. ¡Levantad vuestros ojos y veréis que está cerca vuestra redención...
Su configuración topográfica es muy accidentada, como se presenta toda la región montañosa de Palestina.
Interminables colinas, alternando con otros tantos wadis o barrancos, dan un aspecto muy vario a esta región, que, por otra parte, es más alegre por sus campos de trigo y viñedo, que, con los olivos, constituyen la riqueza agrícola de esta zona. Una de las colinas más altas, situada a lo largo del camino natural que va de Jerusalén a Hebrón, fue poblada muchos siglos atrás por las razas cananeas, bautizándola con el nombre de Efrata, la fértil, que más tarde cambió con el no menos significativo de Belén,
casa de pan, aludiendo ambos nombres a la riqueza del suelo.
Al peregrino que visita por primera vez la ciudad de Belén le llama la atención un monte cónico, que se yergue a unos kilómetros en dirección Sur oriental, y lleva el nombre de Herodium. En tiempo de Jesús fue una poderosa fortaleza la levantada sobre su cima por Herodes el Grande, en previsión de posibles incursiones armadas de los feroces idumeos. La airosa fortaleza hoy está totalmente por el suelo, pero allí está el Herodium, como un centinela en guardia permanente, señalando a las generaciones que ya pasaron.
Y s¡alargamos la vista hacia Oriente contemplamos, en los últimos rellanos de nuestra colina, un campo más dilatado, donde se ve un reducido poblado llamado Beit-Sahur. ¡Qué gratos recuerdos guarda esta planicie! Fue, dicen, el campo de Booz, donde la moabita Rut espigaba tras los segadores de aquél para alimentar a su suegra Noemí. Unas grutas que allí hay, en el declive del terreno, se prestan muy bien para guardar los rebaños al abrigo de las noches frías de invierno. En semejantes ocasiones montaban guardia los pastores, que se relevaban de tres en tres horas.
Al atardecer de aquel día llegaban a Belén un joven y una jovencita cas¡niña; eran sus nombres José y María. ¡Qué cansancio reflejan sus rostros! Han recorrido en pocas Jornadas los 150 kilómetros que dista Belén de Nazaret, constreñidos por la orden imperial. ¿Y dónde albergarse los recién llegados s¡resultó tan pequeña la ciudad para la extraordinaria concurrencia? En vano tocan puertas y más puertas en busca de un cobijo. No hay lugar para ellos en toda la ciudad. Y es que la Providencia divina guía los acontecimientos según un plan totalmente distinto del de los hombres.
Había en las afueras de la ciudad una cueva frente al mismo campo de los pastores o de Booz, que por lo inmediata a la población servía para meter las bestias y rebaños, y en casos apurados servía también para los forasteros y transeúntes que no encontraban mejor acomodo. Y este fue precisamente el caso de María y José. Allí, pues, entre los animales y en un pesebre, vino aquella noche memorable al mundo el Hijo de Dios, hecho Hombre y nacido de María Virgen e inmaculada. ¡Qué momentos tan solemnes aquellos en que hace su entrada en el mundo el , Príncipe de la. Paz y Señor de las naciones! Belén no se da cuenta del trascendental acontecimiento, y es preciso que una legión de ángeles venga a rendirle homenaje y a traer el mensaje a los hombres de buena voluntad. Son los sencillos pastores quienes captan primero el mensaje del cielo, traído por ejércitos de ángeles que revolotean por los aires alegres y gozosos.
Beit-Sahur suena, pues, a, nombre privilegiado por haber recibido la visita de los espíritus celestes en aquella primera Nochebuena. Allí resonó aquel cántico bajado del cielo: Gloria a Dios en las alturas y Paz a los hombres de buena voluntad. ¡Dichosos los pastores que tan alta invitación tuvieron para presentar las primicias de su adoración al Niño Dios! Dichosos ellos que tan grata nueva oyeron por primera vez entre los mortales, y vieron la gloria de Dios bajada a la tierra, y la paz traída de regalo a los hombres por el mismo Hijo de Dios.
Por eso, después de las segundas Vísperas de Navidad, el día 25 de diciembre se organiza todos los años una devota peregrinación al campo de los pastores. Es la visita que devuelve Belén a Beit-Sahur, en recuerdo de aquella primera que hicieron los pastores en aquella Nochebuena.
Estatuas de grandes hombres
La costumbre de erigir estatuas a los héroes populares en parques y plazas ha prevalecido durante mucho tiempo y, aparentemente, no pierde el favor del público. Las cosas cambiarían, sin embargo, s¡se llevara a cabo el plan de Rossini.
Una delegación fue un día a visitar al gran compositor italiano y le informó que le esculpirían su figura en mármol blanco para adornar la plaza pública de su ciudad natal. El artista preguntó cuánto costaría la estatua.
—Doce mil francos—, fue la respuesta.
—Pues —dijo Rossini— dadme esa suma y en las grandes ocasiones iré yo a pararme sobre el pedestal. Así tendréis el original en lugar de una «simple copia».
Duns Escoto
Teólogo de la Inmaculada y metafísico del amor
LA doctrina escotista de la Inmaculada Concepción de María toma su punto de partida del principio del orden en Dios: Dios quiere primero el fin y después los medios, y entre estos, emplea los mejores. El fin es la Glorificación y el amor de Dios. Cristo, Dios-Hombre, es quien más y mejor puede amar y glorificar. El está sobre todo lo creado. María, Madre de, Cristo, ocupa el segundo lugar. En el Ordo Intentionis de Dios, ambos, Jesús y María, son la meta de lo creado, los modelos de todo lo existente.
Con la caída de nuestros primeros padres la culpa invade el género humano. El Ordo Intentionis de Dios; desde toda la eternidad, dejaba fuera de la tragedia humana a la que El había pensado como ejemplar junto a Cristo. La Gracia de Cristo se anticipa y, aunque hija de Adán, es Inmaculada desde el primer instante de su Concepción (Ox. lib. 3, dist. 18, q. 1. n. 13).
Duns Escoto es, además, el teólogo del amor. Todo lo creado es manifestación del amor, libre, infinito y desinteresado, de Dios, que alianza su manifestación más sublime en la predestinación de Cristo, aunque Adán no hubiese pecado. Todo lo que Dios ha creado es bueno por ser querido por él. Al metafísico del amor no respetó el odio humano, sus restos mortales, que descansaban en la Minoritenkirche de Colonia, han sido profanados por bombas venidas de su propia tierra natal. El odio no perdona n¡a los de su propia Patria. El amor cristiano no conoce fronteras.
—