Índice del número 217

Del mes de enero de 1947. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

Año 1947. Un nuevo plazo de santificación

Junto a la tumba de San Francisco de Sales se afanaba su sobrino, el Obispo Carlos A. de Sales, por librar del demonio a un poseso. Eran tales los visajes del desgraciado, que una religiosa allí presente exclamó asustada: «Santa María, Madre de Dios, ampáranos.» El diablo, entonces, gritó lleno de rabia: «¡Ah, si yo tuviese un minuto de tiempo y una madre María, no sería demonio!» Y dando un fuerte alarido, abandonó al poseso.

Un minuto de tiempo... Con un minuto y las entrañas misericordiosas de María el diablo no ardería en el infierno. ¡Qué fecundidad encierra ese corto instante! Pues bien, el Año Nuevo nos va a regalar, minuto tras minuto, una copia de momentos aprovechables para la vida eterna. Por eso saludan alborozadas las campanas al año que comienza: porque el Año Nuevo es un nuevo plazo de santificación que nos ofrece el Señor; una nueva jornada de sufrimientos, es verdad, pero también de gracias.

Eso desea La Acción Antoniana para todos sus bienhechores, suscriptores y lectores, que el nuevo año sea verdaderamente una jornada de vida eterna; que todos sus momentos nos encaminen hacia el cielo. No esperamos de 1947 halagos, y sí muchos sacrificios. El marco de dificultades políticas y económicas que le rodea no es para hacerse muchas ilusiones. Pero, al menos, que los sacrificios sean aprovechados y nos lleven a Dios. Estas son las venturas que predecimos y esperamos del año que comienza. Las venturas que aprendemos en el portal de Belén: «Paz... a los hombres de buena voluntad.»

Compensaciones del deber cumplido

Muchas son las almas que sufren, pero pocas las que voluntariamente sufren.

Algo todos sufrimos en este mundo, pero sufren más los espíritus selectos a quienes una gran rectitud de -conciencia-les hacen muy sensibles al deber, cuya justicia les tiene enamorados. Son éstos, los enamorados de la justicia del deber, los grandes mártires, de tormento incruento, de la Humanidad. Sufren sin ser advertidos, sin ser reconocidos, sin ser, por tanto, galardonados aquí. Sufren interior 1 y exteriormente el tormento de la indiferencia, del desprecio, cuando no del combate sañudo de los más. Ellos son en la tierra como el oasis en el desierto; y a pesar de ser los que sacian los nobles anhelos y los que subvienen a las grandes necesidades, las más de las veces se les tiene en el incógnito de héroes anónimos y hasta motejados de necios dentro del mundo moderno, do abunda la ambición, la mentira, la perfidia y el más espantoso desorden de apetitos.

Apenas encontramos tipos de éstos en una sociedad tan necesitada de sentido de verdadera justicia, tan lejos de la justicia del deber, tan fríamente indiferente frente al deber de la justicia.

Y bien podemos esforzarnos para ahondar el pensamiento en estas reflexiones salvadoras, porque la observancia del deber es lo único que nos podrá salvar y nos abrirá de par en par las puertas del cielo.

Siempre, para nosotros, ante todo el deber, que aunque su observancia en este mundo pervertido nos haga sufrir y mucho, no dejarán de ser nuestros sufrimientos títulos poderosos para que Dios haga que nuestra vida se convierta en gloria y por ellos atraigamos almas al cumplimiento de sus obligaciones.

Es preciso volver al mundo a una vida seria de soluciones pacíficas, y para ello hay que estimular la conciencia del deber y afirmar la voluntad en su cumplimiento estricto, sin miras impuras, con espíritu de piedad hacia Dios, empeñado en que no se perturbe el orden que Él ha establecido. No hay otra base firme para asentar a la sociedad en un ambiente de quietud y de calma que garantice el derecho de todos con plena confianza. Para ello hay que armarse de valor desterrando vanos temores, pensando sólo en la justicia de Dios, que, al fin de cuentas, nos ha de pedir razón de nuestro modo de proceder. El respeto humano no debe influir para nada en la conducta de un cristiano, so pena de hacerle fluctuar a merced de opiniones falsas y producirle tormentos grandes, hijos de la inconstancia en la dirección recta que impone la fe viva en los designios de Dios, únicos que debemos obedecer si queremos no errar y caminar con seguridad.

Nada es el sufrimiento que nos impone el deber cotejado con las cumplidas satisfacciones que su observancia nos proporciona.

El hábito del cumplimiento del deber nace transparente la conciencia, y la fortalece y anima a obrar cada vez mejor.

Deber cumplido es un paso firme hacia la gloria imperecedera y jalón que contribuye a orientar la vida en dirección al gozo feliz de la salvación. Cada deber cumplido es un grado de valor que injiere el alma para seguir el camino recto de la justicia santa que atrae las bendiciones del cielo. Es un estímulo a la esperanza en las promesas de Dios. Es un título de confianza en la misericordia divina.-Es un despeje de obstáculos para la libertad espiritual que se necesita en orden a la vida santa. Es un avance hacia la verdadera felicidad del alma. Es un apoyo de la gracia, que se familiariza con las almas nobles que se activan en dirección fecunda de rectitud.

Los deberes cumplidos son sumandos que dan por resultado la cifra de la única felicidad posible acá en el mundo y, a la vez, de la seguridad de la eterna, porque a la fidelidad de sus siervos promete Dios el premio de la entrada en su gozo.

Enrique Barrachina Gil, Pbro.
Cura Arcipreste de Chiva (Valencia)

Eficacia de la bendición de San Francisco
contra todo mal

Entre todos aquellos casos que se cuentan del eficaz poder del Padre San Francisco para librar a sus hijos del poder del diablo, que con tentaciones y malas artes los traía a mal traer, es celebérrimo el ocurrido al sencillo y devoto Fr. León, el más asiduo y quizá el más íntimo de los compañeros y amigos del Padre San Francisco.

Ya en memorable ocasión, atormentado en su espíritu el dulce amigo a quien nuestro Padre distinguía con el cariñoso título de ovejuela de Dios, pudo tranquilizarle el amante y solícito Padre permitiendo un desahogo a su fatigado pecho y obsequiándole con un atento y amable escrito, que profundamente agradeció Fr. León.

Aunque este escrito ha llegado hasta nosotros en forma de billetito o cartita, le ha superado en fama y en portentosa eficacia espiritual y temporal otro autógrafo del Santo Padre conocido con el nombre de Bendición de San Francisco.

La escribió el Santo Padre en el Monte Alverna, en uno de los días inmediatos a la impresión de las llagas de Jesús en su cuerpo y mientras el corazón del Santo Padre se sentía henchido de amor a Cristo y de ardientes deseos de experimentar en su cuerpo los acerbos dolores de la sagrada Pasión de nuestro Redentor Jesús.

Partícipe como el que más fue Fray León de aquellos sublimes misterios, «con los que Jesucristo quiso reencender en divino amor el frío corazón de los hombres»; pero permitió el Señor que en medio de tales transportes «se viese enredado en una grave tentación, no de la carne, sino del espíritu, según dicen los biógrafos, sin dar más luz sobre este punto. Parece ser que necesitó un testimonio de que las antiguas relaciones no se habían enfriado con las grandes cosas acaecidas a Francisco.
«Con su delicada penetración habitual
debió conocer Francisco los embates que se libraban en el alma de su fiel amigo; por lo que un día, llamando a Fr. León, pidió le trajera un pergamino, pluma y tintero. Mientras Fr. León, lleno de ansiedad, estaba de pie a su lado, el Seráfico Patriarca estampó en el pergamino la bendición de los Patriarcas del Antiguo Testamento (núm. 6, 24-26).

«El Señor te bendiga y te guarde.
El Señor te muestre su rostro y tenga misericordia de ti.
Vuelva el Señor su rostro hacia ti y te conceda la paz.
El Señor te bendiga, oh Fr. León».

«Al pie de este escrito, en vez de firma, dibujó el símbolo de la cruz erguida sobre una calavera, como imagen de la victoria de Cristo sobre la muerte, y, alargando el escrito a Fr. León, le dijo con mirada benévola y con sonrisa resplandeciente de bondad: "Toma esto y llévalo contigo hasta el día de tu muerte."

«Lo recibió enternecido Fr. León, y al momento se disiparon de su alma todas las ideas tenebrosas y perturbadoras. Todavía vivió Fr. León más de treinta años, y no dejó nunca de llevar sobre su corazón aquel estimado pergamino, que a su muerte quedó como preciada reliquia en la iglesia de San Francisco de Asís» (Joergensen, San Francisco, 1. IV, c. V).

Este texto de la Bendición de San Francisco, profusamente reproducido por las artes con una imagen del Santo bendiciendo a Fr. León, arrodillado a sus pies, ha obrado multitud de prodigios entre los devotos que con fe se han servido do ella en apretados peligros de alma y de cuerpo.

Nuestro amor al Seráfico Padre nos haga dignos de recibir plenamente lo que en su Bendición quería él para Fr. León y para todos sus hijos de las tres Ordenes.

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

Breve reseña histórico-mariana

La devoción universal a la Concepción Inmaculada de María es muy anterior a la dogmática definición por el Papa Pío IX.

Descuella en esta avanzada concepcionista nuestra Patria, cuya devoción está ligada al papado, que dicta y renueva Bulas a petición de nuestros monarcas, fieles traductores del sentir de nuestro pueblo.

Apartándonos de los trabajos que sobre la Mariología franciscana se han escrito en esta Revista, es nuestro modesto propósito enumerar brevemente los hechos de nuestros capitanes en favor de la Inmaculada y los hechos de los Papas a este respecto, que tanto han complacido a la nación española.

Según Tritemio y Baronio, fue en España donde primero se celebró el culto a esta Celestial Señora. Ya en aquellos dilatados tiempos leemos cómo el piadoso Recaredo consagraba a la «sin mancilla en su virginal pureza» la capilla de Santa María, en Toledo, que fue la base de su famosa Catedral. Juan I de Aragón, en su célebre privilegio en honor de la Inmaculada, no hizo más que dar brillantez y solemnidad a las creencias de sus súbditos y resto de españoles.

En 1471, el franciscano Francisco Della Rovere es elevado al pontificado con el nombre de Sixto IV. Durante su permanencia en la Silla de San Pedro aprueba esta fiesta, y en 1483 dice en sus Constituciones: Sana cum S. R. Ecclesia de intemeratae, semperque Virginis Mariae Conceptione, publice Festum solemniter celebret etc. speciale, ac propium super hoc officium ordinaverit, etc. Leonardo de Nogaroli, clérigo Veronense, compuso el rezo que aprobó este Papa. Según Gavanto, San Pío V hizo otro, y Clemente VII hizo esta fiesta Doble Mayor.

A partir de Sixto IV, nuestros monarcas y prelados, identificados en el sentir de sus súbditos, empiezan a mostrar su celo y a construir capillas conmemorando este Misterio, tales como la que fundó el Cardenal Mendoza en Toledo. Los reyes dictan leyes en favor del mismo, empezando por jurar este dogma, como lo hizo Felipe IV, en las Cortes, y ordenando que igual juramento prestasen los que se graduasen en varias Universidades, siguiendo el ejemplo de la de Valencia, que así lo venía haciendo desde 1530.

Durante el reinado de este soberano, y a instancias del mismo, la Santidad de Alejandro VII publica una Bula, en 8 de diciembre de 1661, sobre la festividad de la Purísima Concepción, y renueva las Bulas de Sixto IV, Paulo V y Gregorio XV en favor de la doctrina de la Inmaculada María.

Clemente XI, por su Breve del día 5 de diciembre de 1708, declaró Fiesta de Precepto esta festividad. Y Benedicto XIV estableció que se celebrase esta solemnidad Coram Pontífice, Cardinalibus, consuelisque Prcesulibus in Papale Capella.

Nuestro rey Carlos III extendió a todas las Universidades españolas el juramento ordenado por Felipe IV, y en loor de la Virgen Inmaculada fundó la Orden que lleva su nombre, figurando en el centro de la insignia la imagen de María.

Y por último, habiendo solicitado Su Santidad Pío IX desde el destierro de Gaeta la opinión de los Obispos sobre la cuestión de la Inmaculada Concepción, lo definió solemnemente, el día 8 de diciembre de 1854, en presencia de más de doscientos prelados y de inmensa muchedumbre, promulgando la Bula Inneffabilis Deus, «que ha sido revelada por Dios y, por lo tanto, debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la Beatísima Virgen María, en el primer instante DE SU CONCEPCIÓN, FUÉ PRESERVADA INMUNE DE TODA MANCHA DE CULPA ORIGINAL», y cuya definición dogmática causó inmensa alegría en todo el orbe.

Sólo España, la nación devota por excelencia de la Inmaculada, la nación Mariana, la que más trabajó para llegar a este solemne momento, no pudo participar legalmente de la alegría universal, porque el Gobierno tardó en publicar la Bula, y aun lo hizo con reservas impertinentes.

Moreno Royo

Predica el Santo

...Se levantan hasta Dios los corazones

El corazón humano, hecho para amar y para amar mucho, decepcionado por lo poco que le llenan las criaturas en las que había cifrado todos sus anhelos, se remonta en busca del verdadero amor, de la verdadera felicidad. ¿No es esto lo que te sucede a ti?...

Cuando alargaste la mano a la flor y te punzaste con las espinas que ocultaban tras su hermosura...; cuando los hombres correspondieron a tu amor con su egoísmo y fría indiferencia...; cuando cayeron, como caen las flores, tus ilusiones..., entonces sonó en tu corazón la, voz de Dios, que amorosamente te decía: «Animo, hija mía... Te amo desde toda la eternidad para hacerte eternamente feliz.» ¡Qué palabras éstas tan consoladoras para ti y para todos los que vivimos en este mundo de ilusiones: Dios nos ama desde toda la eternidad para hacernos eternamente felices!... Al meditarlas, se alegra, se ensancha, se eleva hasta Dios nuestro corazón.

Sí, hija mía, Dios te ama desde toda la eternidad. Antes que tú existieras, le conocieras y le amaras, ya te tenía El presente en su mente y en su corazón. Y porque te amaba, te creó...; y porque te amaba, te divinizó...; y porque te amaba, te redimió...: se encarnó en el seno purísimo de la Virgen María, y nació, hecho Niño, en Belén para decirte en medio de de tus sufrimientos y desilusiones: «Animo, hija mía... Te amo desde toda la eternidad para hacerte eternamente feliz.»

Todos los seres de la creación buscan y anhelan lo que les sirve para la plenitud y perfeccionamiento de su existencia. Los hombres no están exentos de esta ley. Los hombres también van en busca de lo que les sirve para la plenitud y perfección de su naturaleza, de aquello que colma por completo los anhelos de su corazón, de aquello que les dé la felicidad ideal, la felicidad eterna. Y como esta felicidad no está, ni puede estar nunca, en las criaturas, ya que son esencialmente limitadas, efímeras y caducas, podemos afirmar que el hombre, al buscar constantemente la felicidad, va siempre en busca de Dios; porque sólo Dios, Infinito y Eterno, puede llenar cumplidamente los afanes de bien infinito y eterno de nuestro corazón. Esto precisamente es lo que quiso decirnos San Agustín en estas palabras, que debieran estar escritas con letras de oro en el corazón de todos los hombres: «Nos hiciste, Señor, para ti; y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.»

Tú buscas, como todos los hombres, luz que satisfaga tu inteligencia; bien que aquiete tu voluntad; amor que llene 'tu corazón. Tú buscas, como todos los hombres, la felicidad ideal, la felicidad perfecta, la felicidad eterna. Tú buscas, como todos los hombres, a Dios, y por eso no te llenan, ni pueden llenarte, las criaturas. Y Dios te busca a ti... Para eso abandonó el cielo y nació Niño en Belén... Para eso derramó por ti su sangre en la Cruz... Para eso te aguarda, prisionero de amor, en la Eucaristía: para unirse contigo y hacerte eternamente feliz. ¿Te das cuenta ahora, hija mía, de que Dios te ama desde toda la eternidad para hacerte eternamente feliz? Por esto te decía que cuando caen las ilusiones..., se levantan hasta Dios los corazones.

Fr. Antonio de Padua

Las pasiones

(Conclusión)

Hemos afirmado que las pasiones se adelantan a los dictámenes de la razón. Supongamos que se ofrece a los sentidos exteriores o a la imaginación un objeto naturalmente agradable a la parte animal del hombre. Podrá ser un incentivo a la virtud, como, por ejemplo, una azucena, suave emblema de la pureza, o un cuadro de la Santísima Virgen, la más hermosa entre las hijas de Eva; o podrá ser incentivo a! pecado, como el delicioso fruto que tentó a Eva a tomarlo y comerlo, o la fascinadora belleza que robó el corazón de David. En uno y otro caso la facultad sensitiva experimenta al punto una sensación de placer, a la manera que se siente alivio al apagar la sed con un trago de agua fresca. Si la impresión de los sentidos es fuerte, todo el cuerpo participa de ella y se conmueve. El hombre animal se-excita de pies a cabeza, y antes que la razón tenga tiempo de aprobar o reprobar, es atraído con fuerza, y tal vez con violencia, al objeto de su cariño. Es la pasión que se adelanta á la razón.

En segundo lugar, las pasiones resisten a los dictámenes de la razón. Una vez excitadas les es difícil volverse a sosegar. Después que cesa el viento, causa de la tormenta, las embravecidas olas siguen bramando y encrespándose y agitando de una parte a otra al espantado marinero. Después del relámpago, continúa el fragor del trueno, que retumbando de nube en nube mantiene viva la impresión del peligro. De igual manera, después que una persona encolerizada ha comenzado a volver en sí, todavía le hierve la sangre en las venas, le llamean los ojos, le tiemblan de coraje los labios y el alboroto y conmoción de su naturaleza animal amenazan ahogar la voz de su conciencia. Esta es la pasión que resiste a la razón.

Para expresar este doble desorden de las pasiones las compararon los antiguos a la hechicera Circe, que primero fascinaba a los hombres con sus encantamientos, y después los convertía en bestias. Las pasiones quieren cautivar al hombre con los placeres del sentido, para hacerle después obrar como si no fuera racional. F.1 Espíritu Santo compara al que se rinde a sus pasiones «con el caballo y el mulo, que no tienen entendimiento» (Salmo 31, 9), y en otra parte dice: «Cuando el hombre estaba en honor y dignidad, no lo conoció: se comparó a las bestias sin entendimiento y se hizo semejante a ellas» (Salmo 48, 13). «Algunos hay —exclama San Juan Crisóstomo— que son hombres en el nombre, pero no en las obras. Si te veo llevar una vida opuesta a las leyes de la razón, ¿por qué te he de llamar hombre y no bestia? Si te veo vivir del robo y del pillaje, ¿por qué te he de llamar hombre y no lobo? Si te veo revolearte en el cieno de la impureza, ¿por qué te he de llamar hombre y no cerdo? Si te veo valerte de astucias y fraude, ¿por qué te he de llamar hombre y no serpiente? Si te veo lleno de rencor y veneno, ¿por qué te he de llamar hombre y no áspid? Has recibido de la mano de Dios una naturaleza nobilísima y haces todo lo posible para degradarla. Algunos emplean su ingenio en hacer participar a los animales lo más que pueden de la dignidad del hombre, y así domestican al león y enseñan al loro a hablar. Pero ¿cómo es eso? ¡Sabes dominar la fiereza del león y tú mismo eres más fiero que el león! Peor aún, las fieras tienen cada una su vicio: la serpiente es astuta; el áspid, venenoso; el lobo, rapaz. Pero el hombre malo llega a tener todos los vicios juntamente. ¿Cómo, pues, quieres que te llame hombre si te has despojado de las insignias y has arrojado de ti la púrpura y la diadema?»

Iba un hombre a galope tendido por un camino, y le gritaron: «¿Adonde vas?» «No sé —contestó él—; preguntádselo al caballo.» Se le había desbocado el animal y ya no podía con él. Preguntad al esclavo de la pasión: «¿Adónde vas?», y si quiere hablar con sinceridad no tendrá más remedio que responder: «No sé; preguntádselo a la pasión que me lleva.» A merced dé ella va, y sólo una providencia especial de Dios puede librarle de precipitarse en el abismo. «El hombre que no ha aprendido a dominar las pasiones —dice San Ambrosio—, va arrebatado como por un caballo furioso, que da en el suelo con su jinete, le arroja a un barranco, le magulla y atropella.»

Mas no por esto hemos de arredrarnos, sino muy al contrario, animarnos siempre a mayores empresas. «No es valiente —dice San Bernardo— el que no cobra nuevos alientos y en quien el corazón no late con más fuerza en presencia de los obstáculos.» Por otra parte, nunca hemos de considerarnos seguros. Los enemigos, a veces, parece que están muertos, pero no están sino dormidos. Pueden despertar con gran furor a la menor provocación y arremeter contra nosotros cuando menos lo pensemos. Más frecuente es todavía el que se presenten corno aliados para hacernos traición. «Nos mueve la pasión y pensamos que es celo.» No nos forjemos ilusiones. Bien podrá ser que logremos hacer de las pasiones aliados, y hasta aliados necesarios, pero no por esto mudaremos su naturaleza levantisca. Son como los regimientos indígenas de tropas medio civilizadas, que a las órdenes de un oficial extranjero pelean con denuedo contra un enemigo común, pero que están dispuestos a amotinarse y desertar en el momento más comprometido. Sólo después de muchos años de formación y disciplina llegan, tal vez, a ser de confianza absoluta; pero hay que probarlos mucho y dirigirlos muy bien.

Así era cómo los santos sacaban gran provecho de las pasiones. Algunos parecían haber vuelto al estado de la inocencia primitiva. Otros, en cambio, tuvieron que soportar los más violentos asaltos hasta el último momento. Pero todos, sin excepción, tenían a raya la naturaleza rebelde y la obligaban a rendirse a la ley superior del espíritu.

En esto consiste, según San Agustín, la paz prometida a los hombres de buena voluntad y que los hace hijos de Dios. «Los pacíficos —dice— serán llamados hijos de Dios porque nada hay en ellos que resista a Dios, y así se asemejan a Dios como un hijo a su padre. Aquéllos son pacíficos en sí mismos, que ordenando todos los movimientos de su alma y sujetándolos a la razón, teniendo enfrenada la concupiscencia de la carne, llega a participar del reino de Dios, en el cual todas las facultades guardan entre sí tan buen orden, que la que es en el hombre más principal y excelente, manda sin hallar resistencia en las que le son comunes con las bestias; y la parte superior, que es la inteligencia, está, a su vez, sujeta al Señor de todas, que es la misma Verdad increada, el unigénito Hijo de Dios. Y no podría ejercer su autoridad sobre las facultades inferiores, si ella no se sometiese a su superior. En esto consiste la paz que se da en la tierra a los hombres de buena voluntad; y ésta es la vida que lleva el que es sabio perfecto y consumado.»

R. J. Mayer, S. J.

Sobre la perseverancia

• La perseverancia quebranta los muros más sólidos y vence los imposibles más colosales. — Virgilio.
• La perseverancia, virtud admirable, es la que proporciona la gloria a los hombres y la que constituye la corona de todas las virtudes. — San Bernardo.
• La victoria es siempre del más perseverante. — Napoleón.
• Es inevitable el rodar muchas veces cuando se sube. El secreto de subir no está en caer, sino en no permanecer caído. — Luis J. Actis.

Estampas evangélicas

La ruta de los Magos

Seguramente va a picar la curiosidad de nuestros lectores el título que encabeza este articulito. Con ello creo interpretar los sentimientos de muchas personas piadosas que, en su devoción a los Reyes Magos, habrán pretendido acompañarles desde su tierra hasta la cueva de Belén para rendir homenaje de adoración al Niño Dios. Vamos allá.

Nos va a servir de guía el relato evangélico que nos indica el punto de partida y el de llegada, aunque imprecisamente el primero. Dice así:

«Nacido ya Jesús, vinieron del Oriente a Jerusalén unos Magos preguntando: "¿Dónde ha nacido el Rey de los judíos?, pues hemos visto su estrella en Oriente y venimos para adorarle."»

Levantemos, pues, el vuelo en alas de nuestra imaginación y aterricemos en el Oriente. ¿Pero en qué lugar concretamente? Si nos situamos en Jerusalén, en donde el Evangelio hace hablar a los Magos, el Oriente representa una dilatada zona geográfica que corre desde la región del Golfo Pérsico hasta la del Mar Rojo. ¿Desde qué punto precisamente partieron los nobles personajes protagonistas de esta escena? ¿De Arabia? ¿De la baja Mesopotamia o Caldea? ¿De Persia? Ha habido diversos pareceres, y los hay aún ante la imprecisión del Evangelio sobre el particular, pero como en la Persia era especialmente donde radicaba la casta sacerdotal de los Magos, dedicados particularmente al estudio de los astros, remontémonos hasta aquellas regiones y formemos en la nutrida caravana de estos nobles personajes.

La estrella misteriosa parece desplazarse hacia el Mediodía; sigámosla. Crucemos el Tigris y sigamos la desviación del astro hacia el Occidente, nos encontramos luego en plena Mesopotamia; no perdamos de vista la estrella. Un poco más y ya nos encontramos en Harrán; preparémonos para vadear el Éufrates pegados a las colas de los dromedarios, pues es ancho su cauce. Un alto, que empieza el desierto de Siria.

La estrella sigue su curso hacia Mediodía a través del monótono y fatigoso desierto, y parece llevarnos hacia la región de Damasco. Gracias a Dios, pues así podremos respirar un tanto en aquel hermoso paraje.

Ya estamos en Damasco, y ¡que bien sienta un breve alto en tan delicioso lugar después de largas jornadas a través del desierto! Pero no podemos detenernos mucho, ya que la estrella sigue su
curso desviándose ligeramente hacia el Suroeste. Sigámosla recorriendo el camino que hace cuatro mil años anduvo el patriarca Abrahán con su familia. Y hemos llegado a los confines de Tierra Santa, y el Jordán nos obliga a hacer un alto antes de proseguir la marcha. ¿Qué hacer ahora? ¿Pasamos el río por el geser-be-nat-Jakub o continuamos paralelamente por la región de Galaat? La estrella nos ofrece las dos posibilidades, pero tomemos la última y asi recordaremos mejor las emociones del patriarca Jacob, que pasó por esta misma región hasta la hendidura geográfica marcada por el río Jabbok. Ahora es forzoso cruzar el Jordán en la afluencia del Jabbok, pues la estrella Se desvía claramente hacia el Oeste. Pero sigamos por el Gor y llegaremos pronto a Jericó para descansar unos instantes, que la última etapa es sumamente penosa.

Los sufridos dromedarios han enfilado el empinado Wuadi-el-Kelt y suben fatigosamente, quejándose de la aspereza del camino que lastima sus pezuñas; no es el desierto de Judá al estilo de los arenales por los que suelen caminar. La cuesta arriba es imponente, pero, afortunadamente, ya estamos a la vista de Betania. Unos pasos más y nos encontramos en la cima del monte Olivete y a la vista de la gloriosa ciudad de Jerusalén.

Detengamos aquí el paso y proseguiremos en otra ocasión.

Fr. Rafael Fuster Pons, ofm

Apostolado obrero

En los umbrales de un nuevo año hemos de sentir en nuestro interior un acicate mayor para entregarnos sin reserva alguna a las tareas del apostolado.

No puede significar una enmienda de vida, como el mundo pretende irónicamente señalar, para después volver con más ahínco a ser juguete de las pasiones y de los vicios.

Para nosotros no hay etapas ni aplazamientos. Un año más que nos concede el Señor es una nueva oportunidad que nos ofrece para seguir Sin desmayos por la senda áspera y difícil de la santificación propia y la conquista de otras almas hermanas.

Hemos de estar en nuestro puesto de siempre. La fábrica, el taller, el campo esperan nuestra acción benéfica y recristianizadora. Las costumbres corrompidas, el materialismo y egoísmo imperantes no cesan en su avance destructor. Cada día se alejan más los hombres de Dios, y por ello es necesario redoblar esfuerzos y actividades para contener esa ola de corrupción.

También para este año, como para todos, la consigna ha de ser «Sed de almas». Nada importa que los esfuerzos anteriores cayeran en el vacío, ni las dificultades del medio ambiente donde se ha de trabajar y vivir, ni la indiferencia cuando no la burla de seres depravados, ni la conmiseración de otras almas incapaces de sentir el ideal que todo lo dan por perdido, replegándose en una inconsciencia estúpida o suicida.

No. A nosotros, obreros cristianos, no puede asustarnos ninguna actitud, ni dificultades, ni obstáculos. Por encima de todo está el fin, un objetivo arduo y preñado de sacrificios, pero que contamos con la pericia y ayuda de nuestro Jefe y Señor, y por ello sabemos que con El todo lo podemos.

Santo Espíritu del Monte

Cómo y por qué fue destinado a Colegio de Misiones el convento de Santo Espíritu

Los datos que a este particular eran en mi poder sólo se referían a que en agosto de 1690, el entonces Ministro Provincial P. Juan Rodríguez, hizo entrega de este convento al P. Antonio Linás, quien, con la autorización papal, iba fundando colegios de misiones. Y nada más; un poco escueta la noticia, pero germen de una mayor ampliación.

Durante mis visitas, los documentos que de Santo Espíritu encontré en el viejo Archivo General del Reino, hoy de Valencia, no satisfacían mi ambición. Tuve que desistir, pues, de este empeño y lanzarme por entre los caminos infructuosos de papeles de conventos.

A la vista, alguna cosa de la documentación del Archivo de los Religiosos Franciscanos, correspondiente al desaparecido convento de San Francisco de Valencia; libros de la Conrería, de la Sindicatura, de cuentas, etc. Poco interés me ofrecen, y de pronto... a mis manos la Patente que motiva esta crónica. ¡Deseo logrado al fin! Y en una sala del vetusto caserón, entre legajos, librotes y fardos de papeles, empiezo a escribir:

«Fr. Juan Rodríguez, letor jubilado, Comissario de la Casa Sta. de todo este Reyno, y Ministro Provincial, etc.

»A todos los Padres Guardianes y Presidentes, Madres Abadesas y demás religiosos y religiosas de dicha nuestra Provincia, salud y Paz en N. S. Jesucristo.

«Hacemos saber a vuesas Paternidades y Reverencias, como Ntro. Rdmo. Padre Fr. Juán Alvin, letor jubilado, Calificador del Santo Officio y Vicario General de toda la Orden, nos ha echo estimar una patente para que la notifiquemos a todos vuesas Paternidades y Reverencias, la qual es del tenor siguiente:

»Fray Juán Alvin, letor jubilado, etc., al P. Fray Antonio Linás, calificador del Santo Oficio, letor jubilado, etc.

«Por quanto nos ha presentado dos bulas apostólicas de la Santidad de Inocencio XI, que enpiesan ambas ados Eclesie Catholice, para el fin de Predicar misiones en todas nuestras Provincias desta familia Cismontana y eregir o fundar uno ó dos Colegios de Missiones apostólicas como comissión delegada para este intento, conforme consta por las dichas Bulas, admitidas y veneradas en el Capítulo General inmediato de Roma, y dadas ala emprenta con licencia del Ordinario y déla Orden y atendiendo a los fervorosos deseos de V. Paternidad, deseamos fomentar dichas Missiones y poner todas nuestras fuerzas para adelantar las si fuera posible, y que en todas dichas nuestras Provincias y todas las de nuestra Seráfica Orden se funden dicho colegios, por ser tan del agrado de Dios N. S. y zelo de Nuestro Seráfico P. S. Francisco, que tanto anelava por la salvación de las Almas, así de fieles como de enfieles, conforme canta Ntra. Madre la Iglesia Santa: non sibi soli vivere, etc.., y también por el grande fruto que se nos esperimenta de dichas Missiones y Colegios:

»Por tanto damos toda nuestra plena autoridad a V. Paternidad para que ponga en execusión dichas Bulas Apostólicas; assi para las fundaciones de dichos Colegios como para las Missiones: Cosediendo a V. Paternidad la misma autoridad, assi activa como pasiva, de todos los casos a nos reservados para Religiosos y Religiosas, conforme se espresa en las mismas Bullas para sus súbditos y compañeros, mandando a todos nuestros inferiores les den todo fomento, amparo como a hijos Verdaderos de Ntro. Padre San Francisco, y para que prediquen no solo en todas nuestras Iglesias, sino entodas las Comunidades, assi de Religiosos como de Religiosas, congregados a son de campana (clausis januis, etc.) si fuere necesario, y alentando los mas fervorosos para el dicho ministerio dándoles Patentes a los que se determinaren para que se retiren en dichos nuestros Conventos de Missioneros para tan alta empresa, y esto, sea por sí o por otros Commisarios delegados conforme se expresa en dichas Bullas; advirtiendo a todos los Religiosos las palabras de nuestro antecesor enbevidas en ladicha Bulla:

ómnibus hac singulis Prelatis et Religiosis sub obediencia ntra. de gentibus, et iam si alicuius Provincie reformate discalciate sint per Santam obedienciam in virtute Spiritu Santi, et supenis excomunionis mayoris, privacionis officiorum et dichnitatum, et inutilitatis perpetue ad obtinenda ipso facta in servandis recipiemus et mandamus, ut nulo modo, directe vet indirecte per se, vel per interpósitam personam Religiosos si sint subditos aut con subditos volentes ad predictum santa opus trancire impediant; perturbent aut avertant sed eius posius diu inspirationem hac vocacionem sequi Charitative Suadeant;

Alegrándose toda la Provincia de ver que algún hijo se alimente para tanto Santo Ministerio, conforme dize la Bulla: Ut supra súbdito ad perfectius munum ad exercitium translato id in tota Provincia, assi advertimos, que los contradicentes aplicaremos las dichas penas; y a todos los Religiosos que fonmentaren Santo exercicio de la Missión y V. Paternidad ya todos sus compañeros les damos nuestra Sta. Bendición en el nombre del Padre, etc., y mandamos a todos los superiores que se lea esta mandada patente en todos nuestros Conventos de S. Francisco de [entre estas dos palabras existe un borrón] guesca, firmados de nuestro officio y refrendados de nuestro Secretario en 11 del mes, de Abril del año 1690. Fr. Juán Alvin, Vicario General. Por mandado de S. Reverendísima, Fr. Juan de Castro, Secretario General de la Orden.»

Al llegar aquí, la voz del amigo señor Turégano, con su: «Señor, la hora», me recuerda la de aquel bedel del Instituto. «Por favor, que me falta un poco»; le ofrezco un pitillo, y continúo:

«Por quando obedeciendo a los Mandatos Ponteficios y órdenes de nuestros Padres Reverendísimos, notificamos a Vuesas Paternidades y Reverencias como en 3 dias del presente mes de Agosto determinamos con los Padres del Reverendo diffinitorio señalar, como en effeto señalamos y dimos para Colegio de Padres Missioneros, nuestro Real Convento de Santo Spiritu del Monte, con todas las calidades y sircunstancias que se mandan en las Bullas que sita su Reverendísima en su Patente; por la qual, deseando mayor aumento de Virtud (como lo deseamos en los demás Conventos) en dicho Colegio y fruto spiritual de las Almas, rogamos, y en Christo Nuestro Señor encargamos a todos vuesas Paternidades y Reverencias, se alienten para dicho ministerio, y los que fueren llamados por particular inspiración del Divino Spiritu para morar en dicho Colegio, y enplearse en los exercicios Santos de las Missiones, y al comisario y fundador de dichos Conventos o al Padre de que fuese del Real Convento de Santo Spiritus, para que dispongan los que desearen mas del servicio de la Divina Magestad, y para que este llegue a noticia de todos, mandamos por Santa Obediencia a todos los Padres Guardianes y Presidentes que, recibidas estas nuestras Patentes letras y leidas en Comunidad, dejando copia de ellas, las rremitan de Convento en Convento, por el orden de la lista, dentro de undia natural, con propio Religioso de la obediencia o donado y no Corista, y del último a nuestra Presencia para que nos conste de su execución, dada en el Real Convento de nuestro Seráfico Padre S. Francisco de Valencia a 8 agosto 1690. Fr. Juán Rodríguez, Ministro Provincial. Por mandado de S. P. M. Reverendísima, Fr. Gaspar Serdá, Diffinidor y Secretario de la Provincia.»

Los escasos visitantes ya se marcharon. Nos hemos quedado solos; un poco tarde es ya, pero cuando desciendo por la vieja escalera, lo hago satisfecho, y al cerrar el portalón don José y despedirnos, no puedo evitar el volverme, y allá dentro, para mi, le digo al Archivo: «¡Ya te he sacado una modesta chispita de entre las muchas y brillantes que guardas en tus empolvados anaqueles!».

Moreno Royo

Epifanía

La luz del cielo baja a la tierra en la persona del Hijo de Dios. El Unigénito del Padre toma la arcilla humana del seno de María Virgen y nace en Belén al filo de una noche invernal plácida y serena. Mas al abrir sus ojos de tierno infante a la luz del mundo enciende en claridades divinas los luceros del espacio, porque en aquellos ojuelos arrobadores estaba como encerrada y comprimida, por un milagro de la omnipotencia de Dios, la eterna y verdadera luz de que nos habla San Juan en su Evangelio.

Al momento de nacer Jesús sólo María, la Madre Virgen, y el bendito José participan de aquella celeste claridad; mas el revuelo angélico presto agita la comarca entera de Belén y llegan al humilde portal los pastores, ansiosos de adorar al Niño Jesús y ofrecerle sus pobres ofrendas con grande y delicado amor.
Mientras tanto, para rendir homenaje de adoración al Rey de todo lo creado, las estrellas del cielo brillan con extraordinarios fulgores, siendo una de ellas (sin duda la más esplendorosa y magnifica) la encargada de transmitir el divino mensaje de Jehová a las lejanías del Oriente.

El resplandor de esa estrella tuvo que ser por fuerza tan arrebatador e inquietante, que los afortunados ojos que la vieron ya no podrían sosegar hasta hundirse en el abismo de eterna luz, de la cual era ella apenas un apagado reflejo. Su misterioso fulgor tendría sobre las almas la fuerza de un imán irresistible, que las impulsaría a seguirla hasta encontrar al dulce Niño de quien era mensajera feliz.

Así sucedió, en efecto, a los Magos, que al ver en Oriente la estrella que tanta dicha presagiaba al mundo, se pusieron en marcha hacia Jerusalén, a cuya ciudad llegaron preguntando «¿Dónde está el nacido Rey de los Judíos?»

Heredes, picado de envidia, debió acoger con agrio gesto esta pregunta, diciéndose para sus adentros: «¡Si aquí no hay más rey que yo...!» Los Magos notarían su asombró cuando a renglón seguido añadieron con toda ingenuidad: «Hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarle y ofrecerle nuestros dones.»

Desde aquel instante el tiranuelo Heredes ya no se dio punto de reposo. Al ver la fastuosidad de los Magos no es extraño que en su corazón, roído ya por la envidia, creciera también la avaricia, el afán de apoderarse de los tesoros que los Magos ofrecieran al Niño Jesús; pero disimulando su encono les encaminó a Belén, recomendándoles con refinada hipocresía que le informaran detalladamente sobre el paradero del Niño, para ir también él a adorarle.

Partieron los Magos de Jerusalén dejando conmovida a toda la ciudad, con su rey a la cabeza. La estrella les precedía hasta hacer alto sobre el portal donde estaba el Niño. Ellos, al verla, sintieron estremecerse de gozo todas las fibras de sus corazones y, frente al humilde y destartalado aposento, no se detienen a averiguar si aquella pobre morada sería el palacio del Rey a quien buscan, sino que en seguida entran con santa y jubilosa emoción, hallan al Niño con María, su Madre, le adoran postrados a sus pies y le ofrecen sus presentes de oro, incienso y mirra.

La Fe es la estrella puesta por Cristo sobre el cielo de las almas para atraerlas hacia El. Desgraciadamente, son muchas las que aun no han visto sus resplandores; muchas también las que, habiendo recibido la luz de esa divina estrella, no la siguen, o si lo hacen es con lamentable lentitud y pereza. Finalmente, no faltan almas que, habiendo visto la estrella de Jesús, la siguen resuelta y decididamente hasta encontrarle, y le ofrecen, con generosidad no interrumpida, el oro de su caridad, el incienso de su oración y la mirra de su sacrificio.

Del número de estas últimas almas hemos de procurar ser nosotros, y empeñarnos, además, en extender el conocimiento y el amor de Jesús, nuestro Rey, a todo el mundo, para que ojalá nadie haya en él tan ciego que no vea la luz de la verdad, ni tan frío de corazón que no sienta arder en. el fondo del mismo aquel fuego misterioso y divino que el Niño de Belén vino a traer a la tierra.

Jesús Galbis

A

La mirada del ángel

—¿Qué tienes, ángel del cielo,
en esa dulce mirada
que lleva fulgor de chispa
y fuego de viva brasa?...

—Mis ojos son dos luceros
encendidos en la llama
de otros ojos más divinos
que de luz la tierra bañan...

Miro con pasmo y envidia,
si en mí pudiera abrigarla,
trocado en cielo radiante
tu triste valle de lágrimas...;

miro al Rey de las alturas,
tendido sobre unas pajas,
cómo tirita de frío
por dar calor a las almas...;

y mis ojos, que son chispas,
y mis ojos, que son brasas,
se derriten de pena y
de puro amor me saltan...

—Vuelve al cielo, ángel hermoso,
que en la tierra desolada,

hay también ojos muy puros,
luceros de grandes almas,

que al Divino Niño miran
de tal modo que le agradan.,.;
como el Padre San Francisco,
a quien seráfico llaman,

cuyos ojos, abrasados
de amor y llanto, se apagan
en venturosa ceguera,
para el cielo tan preclara...;

como el ángel de los pobres,
el dulce Antonio de Padua,
que a Jesús, el Niño amado,
con unción divina abraza...

¡Cuánto fuego en esos ojos..!
¡Cuánto amor en esas almas..!

—Me voy al cielo, mas antes
quisiera ver hecho ascuas
él mundo todo en el fuego
de mi divina mirada...

Jesús Galbis

—