Nos ha nacido un Salvador

María, que había concebido por obra del Espíritu Santo, veía acercarse la hora de dar al mundo el fruto de sus purísimas entrañas.

Un profeta de Israel había anunciado, hacía ya siglos, el tiempo de la venida del Mesías.

Para el cumplimiento de esta profecía, el Imperio romano, el mundo entero, se puso en movimiento. César Augusto, en la fastuosidad de su poder y de su gloria, promulgó un edicto por el que se ordenaba un censo general. Una de las regiones del Imperio era el reino de Judea, puesto por los romanos, a causa de sus discordias intestinas, bajo el cetro del idumeo Heredes. Los judíos, organizados por tribus y familias, se empadronaban, no como los romanos en la capital del distrito, sino en la ciudad o pueblo de donde cada familia traía su origen. María, descendiente de David por Natán, había de inscribirse, como heredera de la familia y último vástago de la misma, en el registro público de Belén. De esta manera el Emperador romano, el Rey más poderoso de la tierra, ejecutaba, sin saberlo, uno de los designios más altos del Altísimo, cuya providencia disponía con toda suavidad, en virtud de este Decreto, la confirmación más patente de la descendencia real de Jesucristo.

Nazaret dista de Belén unos 130 kilómetros. Para salvar esta distancia es menester atravesar la Galilea inferior, toda la Samaría y la parte septentrional de la Judea.

Belén, a su vez, dista 10 kilómetros de Jerusalén, y es un pueblo muy simpático, situado junto a una loma cubierta de excelente fertilidad.

Era tan enorme la concurrencia en este pueblo, llamado Ciudad de David, que no hubo para María y José lugar en la posada. Una tradición muy antigua nos dice que los santos esposos tuvieron que refugiarse en una cabaña o gruta vecina, en la cual solían, a veces, cobijarse los pastores.

Fue, pues, en un rinconcito humilde de aquella cabaña, de aquella miserable cueva, donde el 25 del mes de kislen, según los hebreos, o de diciembre, según los romanos, el año 4000 de la creación del mundo, el año 40 del reinado de Augusto, el 36 del de Herodes, en medio del sosiego inalterable de la noche, estando todo el orbe en paz, vino al mundo el Hijo de Dios hecho hombre, el Salvador, Jesús anunciado por los profetas.

La Natividad del Señor es el punto central de la historia del mundo. A él tendía la Edad Antigua; en él converge y de él dimana la Nueva Alianza, la Ley de gracia. Significa la reparación condigna a la divina justicia, ofendida por los pecados de los hombres. Es la restauración de la humanidad caída; es la sublimación de la naturaleza humana a la adopción de hijos de Dios.

Los primeros adoradores de Jesús fueron unos sencillos pastores de los alrededores de Belén. A un pesebre tan pobre y oculto no podían ser llamados los soberbios y los poderosos del mundo, como Herodes y los príncipes de los fariseos, sino la gente sencilla y humilde, como los pastores de aquellas montañas, que guardaban sus ganados contra las acometidas de los ladrones y los asaltos ,de los lobos durante las veladas de la noche. Estos fueron los privilegiados del Señor, a quienes habló el ángel: «No temáis —les dijo—, pues vengo a daros una nueva de grandísimo gozo para todo el pueblo. Y es que hoy os ha nacido en la ciudad de David el Salvador, que es el Cristo Señor.»

Al mismo tiempo que el ángel les anunciaba estas cosas, se unía a ellos todo un ejército de la milicia celestial, que alababa a Dios y decía: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.» Jesús es el príncipe de la paz. Pero la paz no reinará en el corazón de todos los hombres, sino de los hombres de buena voluntad. Estos son los que vivirán en paz: en paz con Dios, por la expiación de sus culpas y por el cumplimiento de la Ley; en paz con el prójimo, por un amor puro y sincero, y en paz consigo mismo, por el orden de todas sus cosas, según la voluntad de Dios.

D. Pedro Ginebra Espona, Pbro.
Licenciado en Sagrada Escritura

Ante la cuna de Belén

Espléndidos fulgores
de amor, de paz y bien
esparce sobre el mundo
la Cuna de Belén...

En ella sufre frío
el Niño celestial,
que enciende los luceros
del mundo sideral...

Aquella humilde cuna,
bañada en clara luz,
al Rey de cielo y tierra
le sirva ya de cruz...

El Niño que allí tiembla
de frío y de dolor,
nos trae a los mortales
la estrella del amor...

Le brindan sus caricias
con tierno amor y fe,
María, embelesada,
y extático, José...

Los ángeles desgranan
en torno a aquel portal
divinas armonías
de júbilo triunfal...

Los pobres pastorcitos
le llevan al Señor
ofrendas saturadas
del más ingenuo amor...

Los Magos rinden luego,
con pompa y majestad,
incienso, mirra y oro
a su divinidad...

Siguiendo ejemplos tales,
anhelo yo también,
dulcísimo Rey mío,
volar hacia Belén...

Dejar entre tus manos
mi pobre corazón;
llenarte de caricias
con tierna y santa unción.

Quemar ante tus plantas,
ardiendo cual volcán,
mis culpas y miserias
en noble y puro afán...

Y así purificado,
que prenda en mí mejor,
y más y más me abrase,
¡a llama de tu amor...

Jesús Galbis

¿Qué suena, Gil, en el hato?

—¿Qué suena, Gil, en el hato?
—Brás, que es nacido un doncel
que Juanito el de Isabel
aun no le llega al zapato.
—Mira lo que dices, Gil,
y no digas boberías,
que el niño de Zacarías
es escogido entre mil.
—Más lindo es éste buen rato,
tanto, que puesto a par de él,
Juaniquito el de Isabel
aun no llega al zapato.
—Juanito es como una sal,
gracioso, lindo y chapado.
—Digoos que es como pintado
respecto de este zagal.
Suena música en el hato
que dice a este doncel:
Juaniquito el de Isabel
aun no le llega al zapato.
—Juanico diz que ha de ser
el mayor que hay entre nos.
—Este otro dicen que es Dios,
mirad que tiene que ver.
Andan por sorno del hato
ángeles que dicen de él
que Juanico el de Isabel
aun no le llega al zapato.
—No lo hay en toda la tierra
otro mayor que Juanico.
—Ni tal como este chiquito
en el cielo ni en la tierra.
Quitémonos de rebato,
pregúntenlo al de Isabel,
que él mismo confiesa de él
que aun no le llega al zapato.
—Eleven los dos a la aldea
y apostemos un cabrito
que es Juanico más bonito
por lindo que éste otro sea.
—Los mejores de mi hato
apuesto por el doncel,
que Juanico el de Isabel
aun no le llega al zapato.

Juan López de Ubeda
(Siglo XVI)

La Duquesa de Turingia, reina y santa

El año 1207 nació en Presburgo la sucesora del reino de Hungría, hija del rey Andrés II y Gertrudis. Era una época aquella en que entendimientos falsos y ascetas malignos atraían poderosamente a la mujer, más que con sus razonamientos, con sus acciones. Las ceremonias tenebrosas, los rostros demacrados y las extravagantes penitencias de aquellos fanáticos eran cebo de curiosidad y señuelo de imaginación para las sectarias.

Pero entonces, igual que al principio de nuestra Era, junto al torbellino que arrastró a unas a la devoción independiente, hay una corriente suave que lleva a otras hasta los altares.

Llama mucho la atención a los materialistas las figuras de la Magdalena, de la Adúltera, y de la Samaritana, que han visto ir junto a la Madre del Redentor. Ellas amaron a Jesús con ojos humanos, pero al verlos clavados en los de Cristo, divinizaron su amor.

También en los ojos de San Francisco de Asís, el Cristo de la Edad Media, se enamoraron ojos de mujeres tan excelsas como Santa Isabel de Hungría.

San Francisco encarnó ese elemento inefable que eleva a las almas escogidas a las esferas celestes que Goethe llamaba "lo eterno femenino". Y aquella niña que al entrar en un templo arrojó al suelo su coronita, diciendo: «No es justo que yo vaya con corona de joyas donde está Cristo con corona de espinas», sería la mujer que poseería las tres coronas más valiosas: la de la realeza, la de la hermosura y la de la santidad.

Nació para ser reina, pero en el doble sentido que cantó Lope de Vega, en el solio del palacio y en el trono del hogar. Desde su nacimiento hasta aun más allá de la muerte ciñó perfectamente sus dos coronas —hermosura y realeza— en su acción de doble reina, batallando para ganar la de la santidad, porque aquella niña, la prometida a los cuatro años al landgrave de Turingia, el duque Luis, la del cuadro de Zurbarán, tenía la convicción de sus derechos espirituales y de su alma redimida que la hace mujer valerosa, como tantas de la Orden Franciscana más acreedoras de homenaje que las Clelias y Lucrecias.

Yo me imagino ante el cuadro de Zurbarán los tiernos amores de Isabel y de Luis, porque los ojos de la duquesita tienen un mucho de mujer española, aun más de mujer levantina. Su cara serena, llena de actitud, recoge toda su expresión, en sus ojos grandes y oscuros, con ese mirar que caracteriza a nuestra mujer, aquellas que nos hacen recordar a las que seguían a San Pablo en sus tareas apostólicas. Por eso, al contemplar ese cuadro, pienso en los dulces momentos en que el joven Luis consolaba a Isabel, en la expresión de sus ojos, que más que de mujer española parecen de mujer levantina, porque Isabel fue precisamente ante el dolor y las penas, ese callar y humillar los ojos de la mujer valenciana, que sabe que a los de Dios más vale decir amando con sólo la mirada, que perder la fuerza del amor por el despilfarro de la palabra.

Fue, pues, la realidad perfecta del ideal de la institución de San Francisco: joven digna, esposa amante, madre entrañable, a la par que gobernadora piadosa de sus reinos. Unió las amables virtudes del mundo con las altas perfecciones del claustro. Cuando a los cinco lustros no cumplidos dejó este mundo, antes que Gregorio IX la canonizara, Federico II, que la pretendió viuda, exclamaba ante su cadáver, poniéndole una corona en la frente: «Pues no pude coronarte emperatriz de mis reinos en vida, te corono ahora reina del cielo en la muerte.»

Desde aquí empezó ya Isabel su reinado en la corona de la santidad. Pues las insidias de los que querían denigrarla en vida, y aun después de su muerte, no han podido borrar de la historia sus virtudes, ni que fue ella la que vistió por vez primera el hábito de la V. O. T. de penitencia en Alemania.

Salvador Riera
Terciario franciscano

El triunfo del Corazón Inmaculado de María

¡Triunfarás, bien lo sé, Virgen María;
¡o dijiste ya allá en Cova de Iría
a tres niños en bella aparición!
No se ufanen, pues, Rusia y sus secuaces
en hacer guerra a Dios los más audaces
con su fiera e infernal revolución,

que esa Madre de amor y de pureza
a aplastar volverá aún la cabeza
de ese monstruo que al mundo pavor da
y esclaviza los pueblos y naciones,
envenena la, mente y corazones
y sembrando la muerte y odio va.

¡No temáis!, que llamado está al fracaso,
y ante Dios y María es muy escaso
ese horrible y fantástico poder.
Como látigo a Dios, él sirve ahora
contra aquel que al Señor ni ama ni adora
y aun negar, tal vez, osa hasta su ser.

Ahí tenéis como prueba a nuestra España,
que atacada se vio por él con saña
y a torrentes su sangre derramó;
pero estéril no fue tal sacrificio,
pues la miró el Señor, al fin propicio,
y su Madre divina la salvó.

Salvará Ella también, por fin, a Rusia,
a pesar de la fuerza y de la astucia,
del furor y el encono del Kremlin.
Triunfará; mas el cómo no sabemos;
de ese triunfo, no obstante, no dudemos
que suyo y resonante será al fin.

¿No estará ahí, tal vez, aquel secreto
sobre el cual pesa aún el duro veto
de poderse a los hombres revelar?
Al detalle lo sabe Sor Lucía;
mas yo espero que pronto vendrá el día
de poderse a los vientos publicar.

Se verá así de Dios la Providencia,
y el amor, la ternura y la clemencia
de María y su excelsa mediación,
con que, amante, en mil trances interviene,
hechiza a Dios, le aplaca y le sostiene
su tierno e Inmaculado Corazón.

Fr. Luis Ángel Roig, ofm

Consultorio religioso

Fr. Agnello, ¿sería usted tan amable de decirme, si una persona no ha tenido suficiente tiempo a rezar el Señor mío Jesucristo en el confesonario después de confesarse, le es válida la confesión?

Dicha confesión le es completamente válida si, por otra parte, no adolece de algún defecto que la invalide.

La razón es la siguiente: el rezar el Señor mío Jesucristo en el confesionario después de la confesión no está mandado como parte integrante de la buena confesión, sino tan sólo aconsejado como medio apropiado para excitarse al verdadero dolor interno de los pecados y para expresar exteriormente que se tienen las disposiciones interiores que exige la buena confesión.

Dos antonianas. — ¿Haría el favor de decirnos, Fr. Agnello, cómo se reza el Oficio parvo de la Virgen y cuáles son los misterios de la Corona Franciscana?

Lo que les digo es que adquieran un Oficio Parvo y que lean las normas que para rezarlo contiene al principio como instrucción. Si es que ya lo poseen y no han llegado a comprender dichas normas, consúltenlo personalmente a un sacerdote, religioso o persona práctica en ello, porque con su explicación de viva voz aprenderán a rezarlo mucho más pronto y mejor que con las reglas que por escrito en estas líneas yo pudiera darles.

En cuanto a los misterios de la Corona Franciscana, son, en número y orden, los siguientes: la Encarnación del Hijo de Dios; la Visitación de la Santísima Virgen a su prima Santa Isabel; el Nacimiento del Hijo de Dios; la Adoración de los Reyes Magos; el Hallazgo del Niño Jesús en el Templo; la triunfante Resurrección del Hijo de Dios, y la Asunción y Coronación de Nuestra Señora en la Gloria.

Fr. Agnello

Confidencias

La perfección consiste en combatir las «imperfecciones». Para ello hay que verlas o sentirlas. De modo que nuestra victoria no consiste en no sentirlas, sino en no consentir en ellas.

Las imperfecciones no quitan la vida del alma, pero sí el «esfuerzo» que hacemos para luchar espiritualmente. Por eso nunca quedaremos vencidas, sino cuando perdamos ese esfuerzo.

En un instante fue purificado San Pablo con purificación perfecta. El hecho fue totalmente milagroso. Nosotras no debemos pretenderlo.

La purificación se hace poco a poco, a fuerza de trabajo y de tiempo.

Los ángeles de la escala de Jacob tenían alas, pero no volaban, sino que subían y bajaban de peldaño en peldaño.

El alba, al levantarse, no ahuyenta de una vez las tinieblas, sino que poco a poco las disipa.

¡Qué hermosos ejemplos!

Animo y paciencia son los grandes medios para esta empresa.

María Santángel

El negrito Bamba

Unos dientes blanquísimos —dientes, en realidad, de leche— sonríen en una carita de azabache, adornada y rematada por una motita más negra, aun. ¡Qué sonrisa aquélla!... Y su dueño, el pequeño Bamba, consciente de su eficacia, la usa como su arma de conquista. Hasta la voluminosa y temible doña Tomasa, su madre, se siente indefensa ante esa boquita abierta y recamada de blancas perlas. Bamba es la gloria de todas las mamás y la envidia de todos sus compañeros.

«¡Tus lindos dientes te hacen triunfar», le ha dicho ese día, durante la lección de Catecismo, el Padre misionero. Mas el Padre ha dicho también otras cosas, ¡y qué lindas! Ha hablado de Jesús, de Jesús-Eucaristía. Ha dicho —y Bamba lo recuerda muy bien— que ese Niño tan bonito, hijo de Mamá María, se hace chiquito hasta entrar en la Hostia redondita y blanca, y después entra en el corazón de los niños y allí duerme tranquilo como en los brazos calentitos de la Virgen María. «La mayor dicha de un negrito —repitió varias veces el Padre— es poder recibir Jesús-Niño en su corazón.»

Bamba se acuerda de lo contentos que estaban sus dos hermanitos mayores el día de la primera Comunión. «¿Cuándo llegará para mí ese día?», se ha preguntado varias veces. Durante la explicación del Catecismo ha seguido atentamente las palabras del Padre misionero y las recuerda casi de memoria; todos han admirado que el revoltoso Bamba haya sido ese día el más atento de la clase.

Y ahora está triste...; acurrucado bajo un viejo baobá, piensa en su Comunión primera. ¿Por qué no podrá recibirla el domingo en la misa mayor, al lado de la buena cristiana doña Tomasa? Es el día de la Virgen y se pondría muy contenta al verlo tan juntito con Jesús... Y el negrito se levanta, ensaya una de sus sonrisas conquistadoras y corre en busca del misionero.

—Padre, dijiste que la mayor dicha de un negrito es recibir a Jesús-Niño en la Eucaristía. ¿No será también la mayor dicha de tu Bamba? ¿Me quitarás esa dicha? Fíjate que el domingo, Padre, es fiesta de Mamá Virgen y le gustará mucho que yo...

El misionero lo interrumpió con una palmadita en la cabecita motuda, sin saber que admirar más, si sus lindos y blancos dientes o sus ojos brillantes de entusiasmo. ¡Ciertamente, el menudo Bamba era un encanto!

—Bamba, eres muy pequeño. Tienes apenas..., ¿recuerdas cuántos años?

—Voy a cumplir seis, Padre.

—¿Cuándo cumpliste cinco?

—El mes pasado, Padre...

El misionero sonrió. Pero eso es muy poco. Y ensayó el argumento terrible contra el negrito, prendado de sus diente-citos hermosos.

—Mira, Bamba; cuando caigan tus lindos dientes de leche entonces recibirás a Jesús... Antes no. Jesús no lo quiere.

¡Pobre negrito! ¡Ni que hubiera sentido una cobra enroscada en su cuello!

Y se fue repitiendo: «Mis dientes. ¡Mis lindos dientes! ¿Qué sería de Bamba sin dientes?»

Ya nadie le querría. Ya no se sentiría orgulloso ante los demás compañeros; ya no sería el ídolo de las otras mamás. Y lo más terrible, tal vez el Padre, el buen Padre misionero, ya no le querría cómo antes. ¡Qué feo sería sin dientes! Como la abuela Katú, que se sentaba en el primer banco de la iglesia. Y llegaría el domingo y no estaría tan contenta Mamá Virgen porque Bamba no tendría a Jesús en su corazón, calentito como Ella le tenía en sus brazos. ¡Y el pequeño Bamba no sería feliz! Lo había oído cuando el Padre le dio a besar el Niño de yeso del altar. ¡Qué feliz sería ahora si besaba —como había dicho el misionero— al mismo Jesús vivo y de carne, como al nacer en el pesebre, junto al buey y al corderito!

¿Qué valía más, sus dientes blancos como la leche o recibir a Jesús y contentar a Mamá María? Esta pregunta se la hizo el negrito varias veces, y al fin se resolvió... Amaba mucho a Jesús y a la Virgencita, y se convirtió en un pequeño tirano, que fue arrancándose los lindos dientes con una piedra, hasta que su boquita floreció en una rosa roja de dolor, de amoroso dolor hacia Jesús.

No había tiempo que perder, y voló en busca del misionero.

—Padre, aquí tienes a Bamba, a Bamba feo como la abuela Katú..., pero contento porque va a recibir a Jesús-Niño y contentar a Mamá María. ¡Ya se han caído mis lindos dientes de leche—, y sonrió dolorosamente, y sus ojos brillaron más hermosos que nunca.

El Padre misionero apretó amorosamente entre sus manos la negra carita de Bamba y sus ojos se elevaron al cielo...

—¡Gracias, Padre, pues has dado tu pan a los pequeñuelos y lo has ocultado a los sabios de este mundo!
Y Jesús Niño sonrió en el Sagrario... ¡En África le amaban!

Es domingo. Bamba, el negrito, ha tomado su primera Comunión y está alegre, muy alegre, porque ha besado al Niño Jesús de carné y lo ha acunado en su corazón calentito. Al salir se acerca al misionero y le dice en secreto:

—Padre, Jesús y Mamá María me han dicho que mis dientes serán más lindos que los primeros, pero yo les he dicho que me los arrancaré de nuevo si me prohíbes volver a comulgar...

P. Jorge Orellana, S. J.

Ejemplo de un cristiano de misiones

«Porque tú me has hecho hijo de Dios»

Sucedió en el corazón de África. El misionero se sentía enfermo y lo avisó a su criadito. La noticia corrió en seguida por todas las chozas de los negros. Aunque a nadie le era permitido entrar en su habitación, un alumno de los más pequeños logra «colarse» y, puesto de puntillas sobre sus menuditos pies descalzos, asoma su cabecita negra y rizosa sobre la cama del enfermo.

—Padre, ¿te vas a morir?—, le dice al misionero con la angustia y el temor pintados en su semblante.

—No, hijo mío. Mañana, si Dios quiere, ya estaré bien.

—¿Te falta alguna cosa?

—Sí, pequeño. Me falta agua, agua limpia. ¡Tengo tanta sed!

—Yo te la traeré.

Y el negrito se marcha tan callandito como había venido.

El agua que el Padre necesita está muy lejos. Allá donde el cielo besa la tierra, al pie de aquel monte, como un hilillo de plata corretea rumoroso y saltarín un arroyuelo de agua pura. ¡Qué bien le vendría al misionero! Pero para llegar allí hay que cruzar un arenal inmenso con los pies descalzos y bajo un sol de fuego. Nuestro negrito no se arredra. Provisto de dos botellas, emprende el camino, y cuando la noche lo teñía todo de negro estaba de vuelta a la cabecera del enfermo.

—Padre, aquí tiene el agua limpia. Bebe.

—Pero, chiquillo, ¿cómo te has expuesto a tantos peligros por mí?

—Padre, ¡tú me has hecho hijo de Dios!

Respuesta admirable. ¡Qué fe tan grande la de este negro tan pequeño!

Noticias

Carcagente. Bendición de nueva imagen de San Francisco

Con toda solemnidad se ha celebrado, este año el Quinario en honor de N. Padre San Francisco. El P. Provincial bendijo la nueva hermosa imagen del santo Fundador en la propia casa de la generosa donante, doña Regina Amador, y de allí fue trasladada procesionalmente a su iglesia del antiguo convento franciscano. La procesión fue solemne, asistiendo las dignas Autoridades eclesiásticas, civiles y militares de la ciudad. Los sermones del Quinario estuvieron a cargo del mencionado prelado, quien, con su fervorosa palabra, logró despertar aún más el espíritu franciscano de esta ciudad, que brilló patentemente en la devotísima y larga Comunión general del día 4 de octubre, fiesta del Seráfico Padre. El coro de la iglesia de San Francisco dio mucho realce y devoción a todos los actos religiosos.

Fiesta a San Francisco en Énova

Como en años anteriores, la V. O. T. de penitencia de Énova ha festejado a su santo Patrón, el Pobrecillo de Asís. El día 12 del pasado octubre hubo por la mañana misa solemne, cantada por coro parroquial, y panegírico al santo. Por la tarde se celebró devota función religiosa, cantándose hermosos trisagios y las Llagas. Tanto por la mañana como por la tarde ofició el Rdo. Sr. Cura y predicó el Rdo. P. Rector del Colegio de San Antonio de Carcagente. ¡Muy bien por los terciarios de Énova y, sobre todo, por la comunidad de franciscanas, que irradian constantemente el espíritu del P. San Francisco.

Quinario a San Francisco en Gandía

El Beato Andrés Hibernón, franciscano, mantiene en Gandía el espíritu del Seráfico Padre. La V. O. T. de esta ciudad ha celebrado solemne Quinario a su santo Fundador desde el 15 al 19 de octubre. El último día hubo fervorosa Comunión general y, por la tarde, devota función religiosa, con sermón panegírico al Serafín de la Umbría, Patrono de la Acción Católica. Ofició en la solemne Reserva el Rdo. Sr. Cura Arcipreste, y predicó todos los días del Quinario el P. Juan Mª Nadal. Hubo muchas vesticiones del Santo Hábito franciscano. Gracias al celo de la Junta y religiosas franciscanas resultó el Quinario devoto y solemne.

Apertura de curso

El día 5 de octubre tuvo lugar la apertura oficial del curso académico 1947-48 en el Colegio de San Antonio, padres franciscanos, de Carcagente. Tras breves palabras de presentación y saludo del Rdo. P. Rector a las Autoridades civiles y militares de la ciudad, claustro de profesores, señores ex alumnos, alumnos y amigos del Colegio que llenaban el salón de actos, el catedrático de Literatura del Instituto de Segunda Enseñanza de Játiva, Sr. D. Ángel Lacalle, pronunció el discurso inaugural exaltando la figura de Edisson, proponiéndola como ejemplo de abnegación, constancia y trabajo a nuestros jóvenes. En el entreacto -la rondalla del Frente de Juventudes nos deleitó con diversas y hermosas piezas musicales. Al final se puso en escena la comedia Los Sueños de Valdivia, de Muñoz Seca, que hicieron las delicias de pequeños y mayores.

Liria a San Francisco

El Quinario que todos los años dedica la V. O. T. de penitencia de esta ciudad a Nuestro Seráfico Padre, se ha celebrado este año, desde el 22 al 26 del pasado octubre, con una suntuosidad y asistencia. Predicó el P. Pacífico Torres, ofm.

P. Lorenzo Pérez Pastor, ofm, in memoriam

P. Lorenzo Pérez PastorEx Ministro Provincial de los franciscanos de esta Provincia de Valencia y actualmente Vicario del convento de San Lorenzo Mártir. Falleció en san Lorenzo de Valencia la noche del 12 de noviembre de 1947, a los setenta y dos años de edad, cincuenta y cuatro de vida religiosa y cuarenta y seis de sacerdocio, ayudado de todos los Auxilios Espirituales de la Madre Iglesia y de las oraciones de los religiosos.

Al P. Lorenzo le conoce toda una generación de valencianos: sacerdotes y seglares; hombres y mujeres. Sobre todo, hombres. ¡Cuántos llorarán hoy en Valencia la pérdida del Padre espiritual que les supo comprender en los momentos de debilidad; que les dio la mano en las horas de vacilación; que los consoló en los días de pena; al que mereció siempre y en toda ocasión el dulce nombre de Padre!

Su confesonario se veía continuamente asediado, y no había hora en el día en que su presencia no fuese requerida por un alma necesitada de dirección. Así ha sido hasta no hace más de diez días; a pesar de sus achaques y de su ancianidad, bajaba y subía continuamente la escalera que desde el cuarto piso, donde tenía su celda, le conducía al confesonario. Siempre comprensivo, afable y bondadoso con todos, su recuerdo quedará grabado en este convento, donde moró cerca de cuarenta años, y la gratitud de tantas almas que hallaron en él «al Padre».

La Provincia Seráfica, sobre todo, le llora como se llora a un padre y a un hermano del alma. Cincuenta y cuatro años sirvió a la Provincia incansablemente. Tenía dieciocho años cuando vistió el Santo Hábito, renunciando a las comodidades que la situación de su familia le hubieran permitido. En 1901 fue ordenado de presbítero, y bien pronto le encomendó la Provincia cargos de gobierno. Ha sido Guardián de varios conventos; entre otros, de éste de Valencia; Definidor, Custodio y Ministro Provincial. Su gobierno fue siempre gobierno paternal. Su prelacia, de servicio para sus subordinados. En el juicio, el Señor habrá sido para él Padre, más bien que Juez; ya que padre fue él como prelado para sus súbditos.

Con la apacible serenidad con que vivió, así ha muerto. Podemos decir literalmente: «Durmió en la paz de los justos;» Los que le amamos en vida y tantas deudas espirituales tenemos con él, continuaremos amándole en la muerte: enviándole abundantes sufragios. Descanse en paz.