La Purificación de nuestra Señora

En las alas de su humildad y de su obediencia va la Virgen María a Jerusalén, a los cuarenta días del nacimiento del Niño Jesús, para cumplir el precepto de la Ley, que prescribía la purificación de las madres y el rescate de los primogénitos.

No había en la santa Virgen ni la más mínima sombra de mancha alguna: purismos antes, en y después del nacimiento de su divino Hijo, no tenía nada de que purificarse; mas Ella esconde en su alma, bajo el velo de una profunda humildad, la preciosa joya de su inviolada pureza, de la misma manera que en la cavidad de la concha se oculta la perla de grande y codiciado valor.

Brilla además en este episodio, evangélico el fiel espíritu de obediencia que animaba a María y a José con respecto a los preceptos de la Ley Mosaica, que ciertamente no estaba hecha para ellos; porque se apresuraron a obedecerla, por su afán de no sobresalir y para dar ejemplo a sus coetáneos y a toda la posteridad, haciéndose eco de aquéllas palabras que treinta años más tarde pronunciaría el divino Jesús: «No he venido a quebrantar la Ley, sino a cumplirla.»

Y al lado de la humildad y la obediencia, resplandecen también la pobreza y sencillez de los sagrados esposos, que presentan la ofrenda de los pobres, es decir: dos tórtolas o palominos y rescatan con cinco siclos de plata a quien con las rosas de oro de sus cinco llagas había de rescatar a todos los hombres de la servidumbre del pecado.

En aquel ambiente de sencillez, humildad y pobreza cumplía la Santísima Virgen los preceptos de la Ley deseando pasar desapercibida y ser ignorada en su altísima dignidad de Madre del Redentor, cuando he aquí que el anciano Simeón, hombre justo y temeroso de Dios, inspirado por el Espíritu Santo, le sale al encuentro a la entrada del templo y tomando al tierno niño en sus brazos, prorrumpe en aquel cántico, que es a la vez. de alabanza y santificación, de júbilo y ternura, por haber visto sus ojos al Salvador, tan deseado.

Mas ¡ay!, ante los ojos embelesados de la dulce Madre se empaña el brillo de aquella luz anunciada por el anciano sacerdote, cuando de sus mismos venerables labios caen sobre su corazón como agudas espinas las palabras proféticas de la Pasión de Jesús y siente ya sobre las fibras más delicadas de su alma el filo cortante de la espada anunciada por el profeta.

Se abre entonces ante el alma de María la trágica perspectiva de la vida de Jesús, pasada en el desierto de Egipto, en las estrecheces de Nazaret, en las fatigas del apostolado y coronada, por fin, en la ignominia de la cruz, y al pronunciar en su corazón el nuevo FIAT, rinde su más heroico acto de acatamiento al beneplácito divino y nos ofrece a los pobres mortales el más elevado testimonio de su amor maternal, que la hace acreedora a nuestra sempiterna gratitud y al más encendido y filial afecto de nuestros corazones.

Aprendamos, pues, de nuestra excelsa Madre la lección de humildad, obediencia y pobreza que nos da en el día de su purificación, y con la práctica constante de estas tres virtudes, atraeremos sobre nuestras almas las miradas benignas de la Reina del cielo y vendrán sobre nuestro pobre mundo, tan envenenado y turbulento, días de paz y bienandanza, como ardientemente lo deseamos todos los hombres de buena voluntad.

Jesús Galbis

Estampas evangélicas

Los dos reinos. Herodes el Grande

¡Crudelis Herodes...!. Así le saluda el poeta sacro; y ¡que bien merecido tiene el título!, ya que la crueldad fue la nota dominante de su vida, a juzgar por los escasos datos bíblicos que poseemos y los no tan escasos que nos ha transmitido la tradición judía. Cuarenta años duró su reinado y, ¡cuántas atrocidades se cuentan de él, durante ese largo reinado! De un judío de aquellos tiempos son las más de las noticias que nos han llegado de Herodes. Flavio Josefo, que tal es el nombré de ese historiador, estaba como avergonzado de que su patria hubiera sido regida por semejante monstruo humano. ¿Serán, acaso, exagerados sus datos? Así podríamos tal vez conjeturar si no coincidieran en otras fuentes autorizadas; sobre todo teniendo en cuenta que Herodes no era judío de raza, sino idumeo. Oriundo de la vecina Idumea, país limítrofe y enemigo secular de la Judea, aparece en escena, este intruso idumeo, en el último período de la época macabea; y entroncado luego con esa gloriosa familia de Herodes, acaba por exterminarla usurpando el mando de la pequeña nación judía.

Era por el año 714 de la era romana, 37 antes de Jesucristo, cuando tomaba al asalto la ciudad fortificada de Jerusalén y conseguía, bien presto que los Romanos, dueños ya de aquellas tierras, legalizaran ese inicuo asalto a la ciudad Santa cediéndole la corona del reino judío. A partir de ese momento es una larga serie de asesinatos individuales o en masa los que perpetra el tirano rey para asegurar su trono. ¡A cuántas torturas sometió su malsano instinto a todos aquellos que estorbaban a sus planes, aunque fuera sólo imaginariamente!

El citado historiador judío nos refiere pormenores espantosos de su sevicia inhumana, as! como el tremendo castigo que la divina justicia le tenía reservado para sus últimos días. «Al final de su vida, escribe, le acometió una terrible enfermedad. Un ardor interno le iba consumiendo lentamente; los dolores insufribles de sus entrañas le impedían ceder al deseo vehemente de tomar cosa alguna; se le acumulaba el agua en el cuerpo y en los pies; pululaban los gusanos en su carne; se le hacía difícil la respiración; su aliento era fétido; violentas convulsiones de todos sus miembros le daban fuerza sobrehumana.

Nada le aprovechaban los baños de Cilirhoe; mandó, pues que le tornasen a Jericó y al ver que su mal no tenía remedio se llenó de amarga cólera, pensando que todo el mundo se alegraría de su muerte. Por eso mandó encerrar en el hipódromo a todos los magnates que por orden suya y bajo pena de muerte se habían congregado en Jericó, y dispuso que a su muerte fuesen todos degollados, para que hubiese llanto en el país. Cinco días le restaban de vida cuando, habiendo llegado de Roma el permiso, mandó, decapitar a su propio hijo Antípater, por sospechas de haber aspirado a la corona. Finalmente, en un momento de desesperación, echó mano de un cuchillo para suicidarse, pero lograron quitárselo».

Apenas parece creíble que hubiera llegado a tanto crimen este hombre si no es auxiliado por una endiablada astucia y un muy taimado temperamento; sólo así se comprende que pudiera llegar a planear y ejecutar sus nefastos planes, a sangre, fría.

Es cierto, al menos, que su hijo del mismo nombre, el tetrarca de Galilea, gozaba de esa fama, según nos lo refiere el Evangelio, pues Jesús le motejó despectivamente zorro cuando le comunicaron los planes astutos y traicioneros que estaba urdiendo contra El. No podía ser otra cosa que la herencia que llevaba en la sangre el hijo de tal padre.

* * *

El asiduo lector de esta revista que haya tenido la paciencia de leer mis últimos articulitos en esta sección, podrá deducir de lo dicho a qué reino pertenece el triste personaje que acabo de pesentarles. Sin duda que coincidirán conmigo encuadrándolo entre los secuaces de Satanás. A él pertenecen todos sus rasgos. Lascivo, como el que se revuelve eternamente en el fuego y fango del infierno, repudiaba las mujeres, una tras una, cuando su sadismo no les daba también muerte, como le sucedió a la desgraciada Mariamme.

Cruel sobremanera, era un digno engendro del que fue homicida del género humano. En una palabra, se valió de la mentira, de la violencia y de las demás armas inventadas por el padre de la mentira, para conquistar el reino de este mundo.

* * *

Y éste el que mandaba en Judea cuando vino a nacer, casi a la vista de su fortaleza, el Redentor del mundo. Muy cerca de su palacio habían pasado María y José en su viaje a Belén y rozando sus muros volvieron a pasar Con el verdadero Rey de los judíos, el día de su presentación al Templo. ¡Ah, si lo llega a saber el infame tirano de los judíos!

Fr. Rafael Fuster Pons, ofm

Oración enseñada por el Ángel a los pastorcitos de Fátima

Texto. «Oh Dios mío, creo, adoro, espero
y os amo! Os pido perdón por los que no creen,
ni adoran, ni esperan, ni os aman.»

Glosa.

Creo en Vos, ¡oh Dios mío! Sí, en vos creo;
mas no es esta mi fe cual yo quisiera,
ni es tampoco según vuestro deseo.
Fe más grande, más viva y más sincera
mi alma implora de Vos, y así la espera.

En el suelo postrado, yo os adoro
asombrado, Señor, de tal grandeza;
reconozco mi nada y mi bajeza,
y os confieso mi más rico tesoro;
ante Vos es escoria vil el oro.

Espero en Vos, y en esta mi esperanza
sostén hallo y un guía fiel y amante
que me lleva a la eterna bienandanza;
con ella, aunque me dé el postrer instante
inquietud y temor, sigo adelante.

Os amo ¡oh Dios! bondad suma e infinita,
que al Cielo todo abrasa en sus ardores;
de ese fuego en mí prenda una chispita,
y unido a aquellos santos amadores,
me consuman, Señor, vuestros amores.

Indulgencia y perdón de Vos imploro
para aquellos que no creen ni esperan,
ni os aman, ni os adoran cual yo adoro.
¡No serían así, si os conocieren!
Por ellos y por mí suplico y lloro.

Fr. Luis Ángel Roig, ofm

Bienaventurados los pacíficos

Entre las obras de misericordia menciona el catecismo del P. Vives la de «sufrir con paciencia las flaquezas de nuestros prójimos». No poca mansedumbre y bondad se requieren para esto en determinadas ocasiones. El tener ecuanimidad y moderación en tales casos, y, no pudiendo remediar lo que lamentamos, hacerse el ánimo de aguantarlo, de disimular, callar y olvidar; es prueba palmaria de sólida virtud.

Ya S. Pablo nos exhorta a que aguantemos pacientemente los defectos de nuestros prójimos: «Revestíos de entrañas... de paciencia, sufriéndoos los unos a los otros y perdonándoos mutuamente si alguno ti,ene queja de otro.» (Col 3, 12-13). Y nos da seguridades muy consoladoras del inestimable e inmenso bien que esto nos reportará: «Comportad las cargas unos de otros y con esto cumpliréis la ley de Cristo.» (Ga 6,2).

¡Ah!, se dice a veces, si yo supiera que soy fiel a Dios, si estuviera seguro de mi salvación, todo lo que padezco me parecería ligero; se me quitaría un gran peso de encima.

Pues ahí nos da el Apóstol un rayito de luz acerca de este problema, a veces torturante; nos da un indicio seguro por el que podemos apreciar y valorar nuestro estado interior: «quien de ordinario está armado de paciencia, ese cumple la ley de Cristo», ese está, por consiguiente, el camino de salvación, ya que «mediante vuestra paciencia salvaréis vuestras almas», según palabra infalible de Nuestro Señor Jesucristo, que el doctor de la Iglesia S. Alberto Magno expone de esta original manera: «si un alma lleva con paciencia sus trabajos, puede tener seguridad moral de que está en gracia de Dios.»

Y como no hay día que no tenga su trabajo, ni hay hora que no lleve marcada la señal de la cruz, mirando en ella la voluntad de Dios y recibiéndola con amorosa resignación, hallaremos cada día una mina de valores eternos.

Menudean, en efecto, y más de lo que nuestro egoísmo quisiera, las ocasiones de soportarnos unos a otros y de conllevar algún peso del prójimo.

Dios nos ha querido hacer muy limitados en fuerzas, talentos y habilidades para que, no bastándose nadie a sí mismo, nos busquemos unos a otros, nos ayudemos mutuamente, y entre todos levantemos las cargas haciendo todo lo que necesitamos. La vida social es natural al hombre. Vivimos agrupados porque nos necesitamos unos a otros; y, para que haya concierto y buen orden entre todos, nos es forzoso obrar de común acuerdo, y ceder más cíe una vez de nuestro interés particular en aras del bien general y común. Forzosamente ha de traer esto molestias y roces inevitables.

Tenemos, en efecto, distintos caracteres y temperamentos; diversos gustos y aficiones; desigual salud, fuerzas y recursos materiales, y es menester para 110 faltar a nuestro deber con superiores, iguales o inferiores, que, nos carguemos de paciencia pensando que el vecino también ha de proveerse de ella por idénticas razones. Quiere Dios que tengamos que sufrir algo de nuestros prójimos y hermanos, aun sin culpa de ellos, para que así se manifieste de cuanta virtud es cada uno, y tomemos pie y ocasión para medrar espiritualmente.

Más que el ayuno corporal y la aflicción de los miembros del cuerpo estima Dios en sus siervos la condescendencia, la compasión y e buen trato de unos con otros. a¿ Sabéis qué ayuno quiere decir el Señor? Que no hagas injustos contratos, que te guardes de la usura, que no oprimas al desvalido ni le impongas gravamen. Que partas tu pan con el hambriento, que alojas a los pobres en tu casa, que vistas al desnudo y no le desprecies ni te burles de él. Si esto haces tendrás prosperidades, será celebrada tu justicia, y el Señor te acogerá; le invocarás y te oirá benigno; le llamarás y él te dirá: Aquí estoy» (Is 58, 6 ss).

Jesucristo nos pide todavía mayor perfección: «Yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos que hace salir el sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e' injustos. Pues si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen esto mismo los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen esto también los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos como perfecto es vuestro Padre Celestial» (Mt 5,44ss).

Eco vibrante de estas sólidas enseñanzas de Jesucristo son las insistentes recomendaciones del Padre San Francisco a cuantos quieran ser cristianos prácticos y ejercer eficazmente el apostolado de acción católica: «Sean amantes de la paz; tengan caritativa benevolencia entre sí y con los demás; procuren apaciguar las contiendas» (Regla T .O. de Penitencia).

Estas cristianas recomendaciones hallaron larga y alta resonancia en la bellísima composición poética que San Francisco tituló Cántico del Hermano Sol. En este hermoso cántico, hablando el Santo con Dios, exhala sus íntimos anhelos de que sea Él loado por el hermano sol y por todas las criaturas, mencionando las más destacadas; y, ansiando que el inefable bien de la paz de cristo reine entre los hombres, canta transportado: Señor, seas también

"Loado por aquellos que por tu amor perdonan
Que en las tribulaciones no se descorazonan;
Por los que en paz soportan una amarga existencia
Porque ha de coronarles tu sabia Providencia."

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

Lección práctica

Se refiere que un joven enviado a París para completar sus estudios, volvió de aquella ciudad después de ganar un diploma de profesor, pero también, después de perder su fe de cristiano. Convidado a una reunión de familia, tuvo nuestro profesor el atrevimiento de decir en la mesa:

—Comamos bien y bebamos mejor, mientras tenemos tiempo, porque con la muerte todo se acaba.

—Si habláis del cuerpo pase —repuso uno de los convidados—, pero parece que olvidáis que el alma no muere.

—¡El alma! —contestó el primero—. ¡El alma! ¿Quién ha visto un alma?...

Grande fue la admiración de los asistentes al oír palabras tan impías; pero no tardaron en recibir su debida contestación. Un anciano, tomando una botella de vidrio blanco, vacía y tapada, y levantando la voz, dijo al seudofilósofo:

—Dejadme, señor, mostraros que hay muchas cosas que nunca hemos visto, y que, no obstante existen y en cuya existencia creemos todos. Mirad la botella. ¿Qué hay dentro?

La tomó el profesor, la miró y la remiró con atención y al fin contestó que no contenía nada.

—Pues bien —repuso el anciano—, os voy a probar que está llena.

Sumiendo entonces la botella destapada en el agua, hizo ver a todos las burbujas de aire que salían a borbotones de la botella».

—¿Qué es esto?— dijo.

—Es el aire que llenaba la botella.

—Muy bien. Estaba pues llena y nadie podía ver que había algo en ella. Así también en nosotros existe el alma sin que se vea.

La lección es práctica y casera.

Consultorio religioso

¿Haría el favor, Fray Agnello de decirme si para salvarse es preciso ser católico?

—Sí, señor. Para salvarse se necesita pertenecer a la Iglesia Católica, porque así lo estableció Jesucristo: el que creyere y fuere bautizado, se salvará; el que no, se condenará; y siendo Jesucristo dueño absoluto de su Reino, tiene derecho perfecto de señalarnos las condiciones para admitirnos a él.
Para salvarse hay que profesar la Religión verdadera, y ésta no se halla más que en la Iglesia Católica; ella es la única depositaría de los dogmas y de los preceptos revelados por Jesucristo.

Por consiguiente, quienquiera que voluntariamente permanezca fuera de la Iglesia Católica, no piense salvarse. No puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre.

Fray Agnello, ¿es pecado trabajar el Domingo por simple entretenimiento?

—Señora, no se puede trabajar el Domingo por simple entretenimiento. Por lo tanto, pecan aquellos que pasan la mañana de tal día cultivando el huerto, porque dicen que no saben cómo emplear el tiempo, y pecan también aquellas mujeres que por la misma razón pasan la tarde cosiendo.

Si uno ayuna u oye misa en honor de la Santísima Virgen o de otro Santo, ¿puede ofrecer a Dios esta buena obra, al mismo tiempo, en reparación de sus pecados?

—Sí que puede, porque nada impide tener dos o tres santas intenciones en la misma buena obra.

Fr. Agnello

Confidencias

Empleo del tiempo.—Uno de los mayores goces de la mujer es haber empleado bien el día; pero este goce depende de aprovechar bien el tiempo.

«Saber ocuparse», sin preguntar a cada momento ¿qué voy a hacer?, es la manera más útil para conseguir la dicha, y la virtud. ¿Y cómo lograrlo?

Ser diligente en emprender «cada obra». Obrar con firmeza. Proseguir con perseverancia. Interrumpirla con amabilidad. Reanudarla sosegadamente. Concluirla con un poco de lentitud.

Y todo ello siguiendo el plan de vida que ordena tiempo y trabajo.

Tiempo que nos da Dios para nuestra santificación.

Trabajo que debemos dar a Dios para su gloria.

María de Santángel

El bastón de San Antonio

El año 1559, y en la ciudad de Roma. El protagonista un artesano, Andrés Petracelli, por más señas. Hábil en su oficio, trabajador; pero, de la noche a la mañana, por un revés de la fortuna, sin un lugar donde caerse muerto.

En venganza —¡triste venganza!—, olvido de sus deberes cristianos. Sólo una oración a San Antonio con la que le destetó su madre, quiso conservar por lo que pudiera tronar.

Como sonámbulo, se encontraba una mañana en la plaza de Montecaballo. La cabeza no le funcionaba ya. En cuerpo y alma tenia que entregarse al diablo, el único que podía remediar su insufrible situación.
De pronto un desconocido, nada concreto en sus ademanes, se le presenta delante.

—Oye, Andrés. ¿Quieres ser feliz?

—Al mismo demonio seguiría por tener qué comer.

—Muchas gracias. Sígueme. Por hoy, entremos en esta fonda. Mañana, a la salida de la ciudad te espero. Pero has de caminar conmigo lejos, muy lejos...

—Convenido.

A la mañana, muy de mañana, abandona Andrés la ciudad. Antes de llegar a Tirmiciano se le hace encontradizo el personaje de marras. Pero, no hubieron caminado los primeros pasos, cuando les ataja sus andares un fraile de los de cordón y capucha. Además, cosa extraña para su proverbial dulzura, aquel fraile comenzó a enarbolar y florear un descomunal bastón.

—¡Al infierno, bestia cruel! ¡Al abismo! ¿Cómo has tenido audacia para enmarañar a este pobre hombre, en las redes de tus falaces palabras? ¡Al infierno, o te mido las denegridas espaldas!...

Al oír tan desacostumbrado saludo el desconocido, que no era otro que Satanás en pantalones, lanzó un estruendoso resoplido. Pero, tan potente y putrefacto que el pobre Andrés cayó desvanecido en el suelo.

El brioso fraile lo levantó; y cuando estuvo en sus cabales, y del todo despejado le dijo de esta manera:

—Acuérdate, Andrés, de poner toda tu confianza siempre en Dios, cuyo poder es tan grande como su misericordia. Vive resignado con tu suerte. No olvides tus antiguas prácticas religiosas. Dios no abandona a sus hijos, aunque a veces parezca que los pierda de vista. Hace como que no los ve, pero son trazas de padre que bien quiere a sus hijos. Dicho esto, desapareció el fraile del bastón, que no era otro que San Antonio de Padua, enviado por Dios para socorrer e instruir a su devoto.

Andrés Petraceli volvió a sus prácticas religiosas y, como le prometió San Antonio, fue saliendo airoso de todos sus apuros.

En agradecimiento al Santo amigo de los hombres, hizo pintar un cuadro que recordase el suceso del que había sido protagonista, y lo regaló al convento de Ara Celi, convento de frailes hijos de San Francisco y hermanos de hábito de San Antonio.

Noticias

Nuevo protector de la Orden Franciscana

Ha sido designado nuevo Protector de nuestra Orden el Cardenal Micara. Sea para muchos años para bien de la Orden.

Audiencia Pontificia

Ha sido recibido en audiencia especial el P. General de nuestra Orden, Fray Pacifico Mª Perantoni, quien presentó al Sumo Pontífice relación detallada de los actos celebrados en Portugal y España durante los Congresos Asuncionistas del mes de octubre con las Conclusiones y votos.

Profesión religiosa

El día 7 de enero del año en curso, emitió sus votos solemnes en el convento de San Francisco de Teruel y ante el Sr. Obispo, Fray León Villuendas Polo, O.F.M., Fr. Conrado Lucas Tovar, entusiasta propagador de nuestra revista.

Le felicitamos de corazón y pedimos a Dios, para él, la santa perseverancia.

VI Centenario de la custodia de Tierra Santa

Con ocasión del VI centenario de la custodia de Tierra Santa, el Pontífice ha enviado al ministro general de los franciscanos, a los que se hallaba confiada dicha custodia, una carta de felicitaciones especiales por el generoso trabajo realizado durante varios siglos en beneficio de la fe y de los peregrinos. La conmemoración que había debido celebrarse en 1942, fue suspendida a causa de la guerra. La custodia de Tierra Santa, la importante misión de la Orden franciscana, fue fundada en el primer capítulo general de 1217. Todos los conventos de Siria y Palestina fueron destruidos, sin embargo, en 1291 por los sarracenos, y muchos religiosos fueron asesinados. La custodia de Tierra Santa recobró nueva vida, en el año 1333, cuando Roberto, Rey de Nápoles, compró al Sultán algunos lugares sagrados de Jerusalén, confiando la custodia a la Orden de los Frailes Menores, lo que el Papa Clemente VI confirmó por carta apostólica, de lo que ahora se celebra el centenario.

Necrológicas

Roma.—En octubre pasado falleció Su Eminencia el Cardenal Carlos Salotti, Protector de la Orden Franciscana y Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos. Verdaderamente amaba a la Orden y de él se esperaban felices acontecimientos para ella. Descanse en paz.

Benisa. — Con la sonrisa en los labios, murió, el 30 del pasado diciembre, nuestro buen amigo y fervoroso terciario franciscano, Miguel Ybars Pineda (de Cecilia), uno de los hombres de conciencia más delicada, incapaz de decir la mentira más insignificante ni de ocultar la verdad.

Ador.—Fortalecido con los Santos Sacramentos entregó su alma al Creador, el día 10 del pasado diciembre, el virtuoso joven Bautista Miñana Estruch, hijo de nuestra querida suscriptora Asunción Estruch. A ella y a todos sus familiares nuestro pésame y nuestra promesa de oraciones.

Beniarrés.—El día 20 de diciembre del año pasado murió D. Joaquín Domínguez Calvo, que era Católico práctico, Terciario ejemplar, y entusiasta suscriptor y propagador de La Acción Antoniana. Nos asociamos al justo dolor de sus amigos y familiares, y suplicamos una oración para su alma a nuestros lectores.