Índice del número 233-234

Mayo y junio de 1948. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

¡Madre de los desamparados!

Sobre el cielo, tan diáfano y espléndido, de nuestra adorada Valencia brilla una estrella fulgentísima, que ilumina la noche de nuestras inquietudes con el suave fulgor de sus destellos, y atrae hacia ella las agujas imantadas de nuestros corazones, cuando el cansancio los agota en los afanes de la lucha cotidiana, o les amenaza la zozobra entre el oleaje tempestuoso del agitado mar de la existencia.

Nuestra amantísima Patrona, la Virgen de los Desamparados, desde el trono, que la piedad de nuestros mayores le levantara en el propio corazón de Valencia, vela por nosotros con toda la ternura de su corazón de Madre, y de sus ojos, que son abismos de bondad y de amor, cae a torrentes la miel de la divina dulzura sobre el mar de nuestras congojas y pesares, para su curación o alivio.

Por eso, si Valencia entera vibra de emoción y desgrana a diario el incienso de sus plegarias a los pies de su benditísima Patrona, el calor de esta emoción y el fuego de estas súplicas adquiere proporciones volcánicas, cuando celebra su fiesta, y aún más, cuando, como este año, concurren circunstancias extraordinarias, como son, las Bodas de Plata de su Coronación Pontificia, y la concesión, hecha por nuestro Santísimo Padre el Papa Pío XII, del título de Basílica Menor, a su Real y evocadora Capilla.

La Acción Antoniana une su voz, tan humilde como entusiasta y encendida, al coro de aclamaciones, alabanzas y súplicas que toda Valencia tributa en estos días a su idolatrada Reina, y ardientemente le suplica mire con ojos llenos de misericordia a España y al mundo entero, y haga descender sobre la torpe y enloquecida humanidad el rocío de las bendiciones celestiales, que la restituyan a la práctica de la justicia y al goce permanente y estable de la verdadera paz.

La piadosa actitud de nuestra Patrona

En la Santísima Virgen María cabe distinguir dos actitudes diferentes, nutridas ambas en un amor y ternura maternal, que excede a toda ponderación y rebasa los límites de todo humano cálculo.

Es la primera aquella en que sobre la cumbre del Gólgota, levanta su cabeza y dirige sus ojos, hechos volcanes de llanto, al Hijo de sus entrañas, que sobre aquel leño de ignominia se desangra y muere por los pecados del mundo.

233_01Yo me imagino que el corazón de la dulce Madre se le iba por los ojos para clavarse con Cristo en la Cruz y verter sobre ella el mar, sin riberas, de su amargura... pero, además, ese corazón, más puro que la luz y más bello que todas las hermosuras creadas, subía a la cruz para recibir del Hijo moribundo los infinitos tesoros de su misericordia y de su amor, que luego tenía que derramar sobre los pobres mortales, que Jesús le entrega allí en calidad de hijos, representados en la persona de Juan, el discípulo amado del Señor.

Y aquí viene la segunda actitud de la Santísima Virgen, que es aquella en que, lleno su corazón, a rebosar, de la misericordia que le transfiere nuestro divino Redentor, al exhalar su último suspiro en la cruz, inclina su cabeza y dirige su mirada llena de ternura y compasión hacia los pobres mortales, que desde el mismo instante de la muerte de Jesús ocupamos en su tierno corazón el puesto de verdaderos y muy amados hijos suyos.

Esta segunda actitud de la Madre de Dios y Madre nuestra, es la que se refleja admirablemente en la bella y evocadora imagen de nuestra amadísima Patrona, la Virgen de los Desamparados.

El peso de la misericordia inclina su rastro benigno hacia nuestras miserias, y sus ojos, grávidos de bondad, buscan con afán materno las llagas de nuestro corazón, para verter sobre ellas e bálsamo de sus divinas dulzuras...

La primera actitud de la Virgen apenas dura unos momentos, unas horas, si queréis, es decir: mientras el Hijo Divino de su corazón pende del árbol de la cruz; mas esta segunda actitud de nuestra piadosa Madre persiste a través de los siglos y durará hasta ti fin del mundo, mientras haya en la tierra penas y angustias que aliviar, mientras existan ojos que lloren, almas que sufran, corazones que sangren a las punzadas del dolor...

La piedad y la misericordia de la Reina del cielo hacia los desamparados de la tierra no conoce límites; tan grande es, cuanto fue de inmensa su amargura al pie de la cruz, donde recibió de Jesús el don de maternidad universal.

Así lo siente nuestra querida Valencia, que a diario desfila ante su excelsa «Mareta», para rendirle los homenajes de su filial amor y recibir de sus benditos ojos el consuelo de sus celestiales caricias...; mas en estas jornadas de gloria que dedicamos con delirante entusiasmo a la celebración de su fiesta, brota de nuestras almas el vivo anhelo de que no nos falte nunca ese cariño de Madre, que tanto alienta nuestros corazones en todos los vaivenes de la vida, y que jamás nos sintamos desamparados por Ella, como reza la íntima y ardiente plegaria que todos aprendimos de pequeños:

"Mare dels Desamparáts,
que no me desampareu,
en la vida, ni en la mort,
ni en lo Tribunal de Deu".

Jesús Galbis


Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia

XIII. El socio del predicador del Buen Ejemplo

En el sermón del buen ejemplo del Padre Molíns nos hemos encontrado con un santo varón digno de figurar al lado del virtuoso Provincial: el Hno lego Fray Rafael Viñes. No pudo verdaderamente escoger el P. Molíns mejor compañero para su sermón que este venerable religioso, modelo de todas las virtudes propias de su estado, pero muy particularmente de la modestia religiosa. En verdad, fue siempre tal la compostura de este hermanito, que entre tantos santos varones como florecieron en los años de la restauración de la Provincia, ha sido Fray Rafael Viñes el que ha quedado en la mente de los supervivientes de aquella edad dorada como el prototipo de la santidad auténticamente franciscana.

Era natural de Játiva, y entró en la Orden de madura edad, apenas la Provincia fue restaurada. Los Superiores le enviaron a la fundación de Cocentaina, y allí es donde mayores recuerdos de santidad ha dejado. Ejerció el oficio de sacristán de aquel Convento, y un día, mientras encendía los cirios del altar, acertó a entrar en la Iglesia un caballero, y tal impresión le causó la compostura y el aspecto de santo del buen sacristán, que el caballero se sintió movido de repente a cambiar de vida. Y en testimonio del afecto que el bendito hermanó le había despertado, envió al convento una buena limosna de trigo.

Su modestia religiosa era el vestido de un alma rica en todas las virtudes que constituyen al verdadero fraile menor. Nunca se inmutaba. Parecía calmoso, y sin embargo, nunca llegaba tarde en los servicios de su oficina. Y es que aquella calma era más bien reflejo de su mansedumbre que simple producto de un temperamento apacible.

Su santidad fue la santidad sencilla de quien anda por las vías ordinarias del espíritu. No obstante, en su última enfermedad, los religiosos que le asistían, observaron repetidas veces signos claros de gracias especiales del Señor. De cuando en cuando, y aún en los momentos de mayores dolores, se iluminaba su rostro y quedaba como en suspenso, con la vista fija en un punto, hacia el cual hacía una reverencia. Si el hermano enfermero le preguntaba si había tenido alguna visión, le contestaba con una sonrisa. Con esa misma placidez envió su alma al Creador. Acaeció su muerte el primero de noviembre de 1912, en el convento de Santo Espíritu del Monte, en cuyo cementerio se conservan sus restos mortales.

Fr. Joaquín Sanchis Alventosa, ofm

Páginas de historia franciscana

La Virgen de los Desamparados y el alma franciscana

En este Mayo de 1948, en el libro de la Historia Franciscana constarán unos párrafos gloriosos que agregar a los de años ya pasados, y serán una página que enlazará en los años venideros este recuerdo.

Desde los albores de 1238 había quedado la Santísima Virgen del Puig como Patrona del Reino. La Virgen aparecida bajo aquella campana tenía como todas las de los siglos medios las características propias de aquellas advocaciones, nacidas como privilegios y protecciones de los tiempos de nuestra reconquista española. Mas si España tiene en la médula de su ser un destino genuinamente ecuménico, Valencia, tiene la primera parte de esa misión grandiosa.

Esto iba a tener una auténtica realidad cuando en la fibra más sensible de nuestro corazón cristiano eligiera su patronazgo. Y la patria de un San Vicente Ferrer —símbolo de labor ecuménica— sintió una vez más su genio universal, abierto y caritativo, al elegir Patrona bajo una advocación también universal y caritativa: la Mare de Deu dels Inocents, Folls, Mártirs e Desamparats.

Los pueblos veneran a la Madre de Dios según su carácter. Valencia, llevada de ese genio suyo, adoptó el patrimonio, que no es de un pueblo ni de una raza, sino que se extiende por encima de latitudes y diferencias. Siendo fruto de su genio y raza, quiso que por él recibiera la humanidad toda, las gracias de María llevada de su generosidad universal. Y la imagen que dieron los ángeles a la piedad del venerable Jofre, el Consejo Municipal al establecer su procesión general ya la denominó «Gloriosa Verge María dels Desamparats honra i patrocini de esta Ilustre Ciutat», con la satisfacción constante del pueblo valenciano, que fue satisfecha en el 23 de abril de 1885 cuando recibió la fausta nueva de que S.S. el Papa León XIII había declarado canónicamente Patrona del Reino de Valencia a su Madre querida la Virgen de los Desamparados.

* * *

Al poco de ocupar la Silla valentina el Cardenal Reig, manifestó su deseo de coronar a la Virgen y hecha la petición en septiembre, el 15 de octubre de 1921 Benedicto XV concedía el privilegio. A los dos años, S.S. Pío XII, delegaba al cardenal valenciano para coronar solemnemente a la Imagen. Y hoy, cuando Pío XII concede el título de Basílica Menor a la Real Capilla, el alma franciscana habrá vivido una de las efemérides de amor mariano en las figuras de los Santos Padres terciarios franciscanos.

En la Coronación, 3 esta suprema representación de la Iglesia, se unió la de la España franciscana y la persona egregia de Alfonso XIII.

* * *

Y en este Mayo de «Les Noces d'Argent» de aquel venturoso de 1923, al llegar por los mares y las huertas esas imágenes de Cullera, Agres y Onteniente, Valencia, la del genio universal y caritativo, dará en ellas, en estos tiempos críticos para la cristiandad, una vez más, su mensaje de Paz y Bien en el Homenaje que le rendirán a la que lleva la advocación, que, como su manto se abre al mundo acogedor: la de «los pobres Inocentes, Mártires, Locos y Desamparados».

Salvador Riera
Terciario Franciscano

La fiesta de la Virgen de los Desamparados en Valencia

Mirad, Ángeles del cielo,
desde el balcón de la gloria,
cómo celebra Valencia
la fiesta de su Patrona...

La visión, os lo aseguro,
es de aquellas que impresionan,
que conmueven las entrañas
y del alma no se borran...

Es Valencia un paraíso,
que la primavera adorna
con las galas encendidas
de sus flores primorosas.

Su cielo limpio y sereno
claridad y luz derrocha,
la esmeralda de sus campos
vida espléndida denota,
en su mar azul refleja
la celeste luz, sin sombras,
sus vergeles son floridos
y sus frutas deliciosas...

En este marco de ensueño
la Divina Madre goza
recibiendo día a día
las plegarias fervorosas
de los hijos de Valencia,
que la quieren y la honran...

Mas cuando llega el gran
día de su fiesta, se desbordan
los filiales entusiasmos,
que el valenciano atesora
en su corazón sencillo,
y le estalla el alma toda
en gritos que son plegarias,
en lágrimas que son rosas,
y a modo de lluvia caen
sobre la tierra, y la alfombran,
para que pase la Virgen
triunfal, soberana, hermosa...

Las campanas al espacio
dan su algarabía loca,
de fantásticos caprichos
enciende el aire la pólvora,
se lanzan raudas al vuelo
miles de blancas palomas,
y la Virgen mientras tanto
sobre el mar humano flota,
como faro, que ilumina
nuestras más amargas horas
como estrella, que deshace
con su brillo nuestras sombras,
o cual áncora potente,
que al peligro de zozobra,
nos preserva del naufragio
en borrascas tormentosas...

Viendo el paso de la Virgen
por Valencia, se emocionan
los humanos corazones,
y de ellos suspiros brotan
de amores y de esperanzas,
que en momentos de congoja
serán miel que dulcifique
las del llanto amargas horas...

Por eso, mientras las voces
himnos de júbilo entonan,
y los pechos son volcanes
de amor, que abrasa las bocas
y agita fuerte las manos,
que aplauden estrepitosas;
las almas aman y esperan,
los ojos miran y lloran...

Abrid Ángeles del cielo
las ventanas de la gloria,
que ya Valencia celebra
la fiesta de su Patrona...

Jesús Galbis

La Mano de María

Leyenda del siglo XII

En la ciudad de Beauvais, el Mediodía de Francia, vivía en el siglo XII un monje doctísimo en todas las ciencias. Se llamaba Vicente, y la fama de su saber, franqueando las murallas de su villa natal, le hacia conocido por todas partes bajo el nombre de Vicente de Beauvais.

Vicente de Beauvais era un varón para el que no había secretos en el inmenso campo de la humana sabiduría. Había leído todo lo que un monje del siglo XII era capaz de leer; sus contemporáneos no podían comprender cómo había tenido tiempo de devorar tantos y tantos manuscritos.

Este gigantesco trabajo constituía, sin embargo, la menor parte de sus méritos. Se veneraba más todavía su santidad que su ciencia, y su reputación de monje sabio y piadoso llegó hasta la corte de Francia, donde reinaba a la sazón Luis IX, rey según el corazón de Dios, rey que resplandecía en piedad y en toda clase de virtudes cristianas, y que ha sido canonizado por la Iglesia. San Luis apreciaba de tal manera los méritos de Vicente de Beauvais, que le mandó llamar a la corte para nombrarle preceptor de sus hijos. Este Vicente de Beauvais es quien nos legó, en una de sus crónicas, la preciosa leyenda que vamos a narrar a nuestros lectores con el nombre de «La Mano de María».

Entre los edificios religiosos de la Villa de Beauvais, merece especial mención la catedral. Es una verdadera maravilla, aun datando de aquellos tiempos en que las maravillas arquitectónicas abundan de tal manera, que parece que surgían como por encanto.

Cuando se terminó la catedral, los habitantes de Beauvais se encontraron desagradablemente sorprendidos por aquellas bóvedas tan sombrías y aquellas paredes tan desnudas. ¿Qué es una
iglesia sin pinturas que recuerden la vida de Nuestro Señor y las glorias de su divina Madre? Se buscó, pues, con empeño un pintor que fuere capaz de llenar aquel vacío; y cuando se le hubo encontrado, le llamó el primer magistrado de la ciudad, y en nombre de todos los habitantes, le dijo:

—Sabed que esperamos mucho de vuestro arte. Queremos que con el encanto de vuestros colores y de vuestros pinceles, hagáis aparecer en los muros de nuestra iglesia todos los santos del paraíso. Deseamos que nuestra catedral sea una verdadera visión del cielo.

El pintor respondió humildemente que él esperaba, con el auxilio divino, poder salir bien del compromiso que contraía, y que él suplicaba a la Reina de todos los santos que se dignase guiar ella misma sus pinceles.

Inmediatamente comenzaron a levantarse los andamios hasta la altura de la bóveda, y en la parte más alta empezó su obra el pintor.

En fondo de cielo azul, rodeado de celajes de suavísimos colores, apareció un día la imagen de la Madre de Dios, tan pura, tan dulce, tan animada, que se pudiera creer que el artista había sido, en efecto, ayudado por manos angélicas. Antes de trazar las líneas del divino rostro, había orado mucho; pudiera decirse que había querido imprimir en su alma el retrato de la Reina del cielo, y aquel prodigio del arte, salido de sus nanos, era más la expresión de su piedad que de su talento artístico. La misma María demostró como agradecía el trabajo del joven pintor y sus piadosas intenciones.

Habiendo el artista concluido su obra, quedó admirándola silenciosamente en una prolongada meditación. Completamente absorto y arrobado, fue dando algunos pasos hacia atrás de una manera inconsciente, para mejor contemplar la imagen. Repentinamente, por un movimiento brusco del pintor, se rompió la tabla en que apoyaba sus pies... y el infeliz cayó en el vacío.

No tuvo más que el tiempo preciso para verse suspendido sobre el abismo, y exclamar con un grito de suprema angustia: «¡Oh María, Madre mía, sálvame» Fue bastante. Al oír aquella súplica confiada y amorosa, la Virgen pintada sobre el muro se anima; y a vista de los ángeles, que parecen contemplarla asombrados, da un paso hacia adelante, dejando marcados en la bóveda los contornos de su figura delicada y graciosa. Tiende la mano a su devoto, que instintivamente sé apresura a tomarla, y los obreros que trabajan un poco más lejos, corren estupefactos al socorro de aquel a quien una mujer de ideal hermosura, coronada con diadema real, tiene firmemente asido, sosteniéndole con su mano en el vacío. Salvado el artista, la Señora se retira y ocupa de nuevo su lugar en la pared, mientras los testigos de esta escena maravillosa recobran la voz para gritar: «¡Milagro»

Los pintores, los artistas, los hombres de genio no se ven todos los días. Pero como el pintor de Beauvais, todos los cristianos pueden imprimir en su alma la imagen de la Reina de los cielos, y llevando en el corazón la efigie de Aquélla que puede salvarnos en la hora del peligro gritar en los momentos de apuro: «¡Madre mía, guardadme, salvadme» María atiende siempre estos clamores filiales. Su poder no ha disminuido; y hasta el fin de los siglos, ella tenderá siempre su mano salvadora a aquellos sus hijos que la invoquen con fe.

Mi ofrenda a la Virgen de Fátima

¡Bendita seas por siempre,
de los Cielos gran señora,
por el bello y gran regalo
que me envías de la Gloria.

Cuando ya de esta mi vida
la carrera hacia el fin toca,
y desfallecen mis fuerzas,
y la inspiración se agota;

bajo él título de Fátima,
dulce Madre, me remozas,
y aun escapan de mi pecho
tiernas y vibrantes notas.

Te canto con toda el alma
y con mis potencias todas,
y quisiera aún cantarte
como tú al Excelso loas.

Con tus caros pastorcitos
me asocio aún en buena hora,
y te entono dulces cantos
que tú escuchas amorosa.

¡Qué dulce y bello es cantarte
con almas tan candorosas,
con los niños inocentes
que en hacerte gozar gozan.

De tu amado Francisquito
no tengo la flauta armónica;
pero tengo aquella lira
que gané en lid amorosa.

Me la has dado, y para ti
deben ser todas sus trovas
que, como tuyas, a Dios
darán siempre honor y gloria.

A tu imagen, pues, regalo
la lira que es tuya toda,
por ser tú quien me la diste,
y por ser tú quien la arrobas.

Guárdala ahí en tu regazo,
de inspiración fuente honda,
y, si aún tú me la prestas,
vibrará con nuevas notas.

Fr. Luis Ángel Roig, ofm

La puerta estrecha

«Esforzaos a entrar por la puerta estrecha» (Mt 7, 13-14)

¿Cuál es esta puerta estrecha por donde quiere Jesucristo que entremos resueltamente? Puesto que estaba hablando entonces del reino de Dios o perfección evangélica, no pudo tomar estas palabras en su sentido propio, sino en el sentido figurado tan familiar a Jesús por ser muy corriente y usado entre los orientales.

Puerta es aquí el comienzo de la perfección cristiana, el, punto de partida de la santidad de vida tal como Jesús la práctica y la enseña. En sentir de los exégetas, esa puerta no es otra que la penitencia; penitencia rectamente entendida, es decir: arrepentimiento del pecado y mortificación de las pasiones que nos incitan a cometerlo.

Para pasar por esta estrecha puerta es necesario dejar afuera todo bagaje impertinente, y recoger aun el vuelo de las mangas y de la túnica para que no se nos enganche en las jambas impidiéndonos pasar adelante. No transpondrá el umbral de esta estrecha puerta quien vaya cargado con extraño equipaje. Del mundo ha de despegarse, y hasta de sí propio ha de vaciarse, quien quiera entrar por esta puerta y tomar la estrecha senda que desde ella sube empinada a lo alto del monte en que está edificada la ciudad de Dios.

—¿Quieres tú subir la senda de la perfección cristiana?

No es momento éste para deliberar si la subiremos o no. La decisión de subirla está ya tomada en firme.

—¿Cuándo la tomé yo?

—Al recibir el bautismo nada menos. Entonces; renunciaste expresamente a Satanás, a sus pompas y vanidades, y, expulsado el maligno de tu alma, recibiste en ella a Jesucristo sellando tu corazón y tu frente con la señal bendita de su cruz. Te ratificaste en tu decisión cuando fuiste confirmado, cuando recibiste la primera comunión; cuando decías que querías ir al cielo; cuando proponías no volver a pecar y cumplir mejor tus deberes cristianos. Entonces, si obrabas con sinceridad, resolvías observar los mandamientos de la ley de Dios, los preceptos de la Iglesia; proponías cumplir tus deberes de estado; no dejarte arrastrar por las seducciones del mundo ni por el ímpetu de tus pasiones; querías ser buen cristiano a carta cabal, ejercitarte cada día en buenas obras, secundar al recibirlas, las inspiraciones de Dios. Todo esto proponías hacer, y el hacerlo no es otra cosa que ir subiendo la estrecha senda de la perfección cristiana.

Santa Teresita, que sentía en el fondo de su alma estos vivos anhelos, halló en la sagrada Escritura un ascensor para subir con seguridad y rapidez en el caminito de la perfección. El ascensor son los brazos de Dios, a quien pertenece ante todo la obra de nuestra santificación. El modo de meterse en tal ascensor es amar a Dios de todo corazón y demostrarle este amor en cada una de nuestras obras. «No tengo otro medio de demostraros mi amor, dice ella a Jesús en su poético lenguaje, que cubriros en flores, es decir, no rehuir ningún sacrificio por pequeño que sea, ninguna palabra, ninguna mirada; aprovechar las menores acciones y ejecutarlas todas por amor».

Siglos antes ya escribió San Agustín sublimes conceptos sobre la eficacia santificadora del amor de Dios; y el Padre San Francisco de tal modo intuyó lo que es el amor y tan honda necesidad sintió de vivir de amor, que se vació por entero de toda cosa criada para que no hallase el amor de Dios estorbo alguno en su corazón. Ni riquezas ni placeres ni voluntad propia retuvo: todo lo hecho como combustible en la hoguera del amor de Dios a quien amó, no ya al estilo de los hombres, sino como le aman los encendidos serafines que arden como ascuas vivas junto al trono de Dios. Así le amó el Seráfico Francisco.

No pudo contentarse con amarle; quiso que le amasen todos los hombres, y hasta sentía incontenibles impulsos de infundir su corazón en los pajaritos y en los árboles del bosque para que también ellos amasen a su Dios y Señor.

Lo que con respecto a estos seres inferiores se redujo a una sublime aspiración, ciertamente meritoria, con respecto al prójimo tuvo espléndida realidad que perdura todavía en la santa Iglesia produciendo renovados frutos de santidad.

Supo San Francisco inflamar en santo amor los corazones de sus contemporáneos y atraer al amor y a la imitación de Cristo los hombres, las mujeres, las familias y la sociedad. En todos se dejó sentir el influjo sobrenatural de la robusta fe y de la caridad amplísima de aquel hombre sinceramente, católico y apostólico que vivía a tenor del Evangelio entregado por entero al amor y al servicio de Cristo y de su Iglesia.

El santo entusiasmo de renovación interior y de reforma de costumbres que despertó en la gente del pueblo, lo encauzó y llevó felizmente a la práctica por medio de la Tercera Orden de Penitencia, la primera de las terceras órdenes conocidas en la historia de la Iglesia, en la que San Francisco se acreditó de genial organizador de corporaciones y director seguro de multitudes. Las dirigió, en efecto, y las dirige todavía a la pureza de la vida cristiana, sin que sea esto una opinión particular, sino enseñanza solemne de los Sumos Pontífices.

«Tuvo San Francisco el acierto de proporcionar a los seglares por medio de su Tercera Orden los medios de adquirir la perfección cristiana». «La regla de la T. O. no es otra cosa que el Evangelio en la práctica».

«La T. O. hace a los hombres, verdaderamente cristianos mediante las salvadoras prescripciones de la regla con que los aleja del vicio y los atrae a la práctica de la virtud».

Por esto había dicho ya León XIII: «La T. O. es el medio más eficaz para volver el mundo a la práctica del Evangelio», «puesto que se propone santificar las acciones ordinarias y comunes de la vida, informándolas con el verdadero espíritu de Jesucristo» Y añadió más tarde: «Estoy convencido de que por la T. O. de San Francisco y la difusión del espíritu franciscano salvaremos al mundo».

De ahí el constante anhelo de los Papas por la propagación y difusión de la T. O. de Penitencia.

«Nuestra mayor satisfacción sería ver ingresar en la T. O. de San Francisco a todas las familias cristianas, y que los padres, rezasen con sus hijos: los doce Padrenuestros prescritos» (León XIII a L. Harmel T. F.).

«Procurad que todos conozcan y amen la T. O. de Penitencia; haced que los párrocos enseñen cuidadosamente lo que ella es, los privilegios de que goza y los grandes beneficios que proporciona al individuo y a la sociedad» (León XIII, Encic. Auspicato).

«Extender, difundid la V. O. T. franciscana por todas partes, abrazadla con amor; inscribíos en esa gloriosa milicia secundando los deseos del Sumo Pontífice, y así la paz y el bien de ese mensaje franciscano será un eco fidelísimo del saludo de San Francisco» (Carta colectiva de Obispos españoles a sus diocesanos, octubre 1926).

Según esto, no parece aventurado afirmar que entra por la puerta estrecha evangélica el que ingresa en la V. O. T. de Penitencia. Jesucristo insta a que entremos todos por la puerta estrecha. El Papa, representante de Cristo en la tierra, dice refiriéndose a la T. O, franciscana: «Exhortamos a todos los católicos del mundo entero a inscribirse en ella, y, si ya se han inscrito, a permanecer fieles en esta institución tan adecuada a las necesidades de, los actuales tiempos» ( Benedicto XV, Encic. Sacra propedium. Las penas y dolores).

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

San Antonio de Padua,
modelo y protector de los cristianos

—¿De dónde sois? —preguntó León XIII al ilustre Locatelli, arrodillado a sus pies.

—De Padua, Santísimo Padre.

—¿De Padua? ¡Qué dicha ¿Amáis mucho a vuestro Santo, al gran San Antonio?

—¡Ah, Santísimo Padre ¿No le he de amar, si he nacido y crecido junto a su sepulcro, y tengo la dicha de llevar su nombre?

—Hijo mío, todavía no le amas bastante. Es necesario amarle y hacer que sea amado, porque, sabedlo bien, San Antonio no es sólo el Santo de Padua: es el Santo de todo el mundo.

Pues por ser San Antonio el Santo de todo el mundo, le cuadra muy bien el ser generalmente modelo y protector de los cristianos. Abraza a todos con la universalidad de su patrocinio, que, lejos de disminuirse con el rodar de los tiempos, parece acrecentarse cada día; y brilla con tanto fulgor de santidad en las virtudes de la vida cristiana, que todos pueden encontrar en él excelentes ejemplos que imitar.

Empecemos por niños y jóvenes. Fue Antonio en su infancia y juventud acabado modelo de las virtudes que adornan y embellecen esta edad floreciente... Piadoso con Dios, obediente a sus padres, modesto en su porte, enemigo del ocio y amistades peligrosas; un joven cabal y perfecto, cual pudieran desearlo para sí los mejores y más exigentes padres. ¿Qué mucho, si Dios le destinaba desde entonces para lo que había de ser con el tiempo, y Antonio correspondía siempre con la más exquisita fidelidad?

Uno de los momentos críticos de la vida del hombre es el de la edad de la discreción, cuando el niño llega a la madurez del conocimiento que se requiere para distinguir el bien y el mal, y puesto entre los dos caminos, el del vicio y el de la virtud, es suficientemente responsable delante de Dios de la elección que haga, ahora alargue la mano al fruto prohibido, ahora ofrezca a Dios, como debe, las primicias de su razón y libertad.

En este momento crítico, ¡cuántos, desgraciadamente, echan por el mal camino y ofrecen no a Dios, sino al demonio, el primer uso de su razón y libre albedrío, que los constituye reos de culpa en la divina presencia. No así Antonio, en quien parece se adelantó la razón a la edad, y la virtud a los años; para Dios fueron los primeros rayos de su inteligencia, los primeros latidos de su corazón, la primera elección de su voluntad y libre albedrío; ¿no ha de ser propuesto como ejemplar de jóvenes y niños?

Pero algo más hay en San Antonio, que ha de cautivar a esa edad bulliciosa: el cariño que San Antonio le tuvo. Cuando S. Antonio ejercía su apostólico ministerio por las provincias de Francia e Italia, es fama que siempre iba precedido de multitud de inocentes niños, que con ramos de olivo en las manos entonaban alegres y religiosos cánticos. Siempre fueron los niños el objeto más amado de su corazón, y a imitación de Jesucristo, les profesaba especial cariño, por lo mismo que en ellos veía una imagen perfecta de la inocencia y candidez. Conste también que apenas la bendita alma de Antonio se separó de su cuerpo, numerosos grupos de niños paduanos, movidos de celestial impulso, recorrieron las calles y plazas de la ciudad, gritando: «¡Murió el Santo! ¡Ha muerto San Antonio»

Pues ¿y qué decir de los milagros que en favor de los niños y jóvenes obró el gran taumaturgo?...

De los niños y jóvenes pasemos a los padres de familia No hay que separarlos aquí, ya que la naturaleza los juntó y el amor les hace unos. ¿Qué madre no tiene por hecho a sí el beneficio que San Antonio ha concedido a su pequeñuelo? ¿O no se siente inclinada a amar a su hijo y a cuidadlo cuando ve a San Antonio tan solícito por él, que lo arranca de las garras de la muerte o le libra de inminente naufragio? ¡Y cómo enseña San Antonio a los padres a amar a sus hijos, a desvivirse por ellos, a procurarles todo bien, tanto del alma como del cuerpo.

¡Qué humano y benigno aparece San Antonio cuando, compadecido de la aflicción de una madre o de la pena de un padre, restituye a un joven el pie que imprudentemente se había cortado, o sana a una niña de la calentura que iba a padecer!

¡Qué humano también y bondadoso cuando, solícito de la paz doméstica y unión conyugal, libra de la terrible pasión de los celos a aquel padre infeliz que por infundadas sospechas dudaba de la legitimidad de su hijo!

No sé qué hay en el glorioso San Antonio, o si faltan palabras en el diccionario, que no acierta uno a expresar el atractivo que produce su santidad; con qué bondad acoge a los que acuden a él; cómo se allana y humana al tratar con los pobrecitos y desheredados de la fortuna, sin que por otra parte esquive o repela a los poderosos del siglo cuando son, como su amigo el conde Tisso de Camposampietro, bonísimos cristianos. En San Antonio se ven excelentemente puestas en práctica las palabras del Apóstol, que se hacía todo a todos, y es, no hay que dudarlo, entre los Santos de la Iglesia de Dios, uno de los que, en el trato con los prójimos, más se acercan al divino modelo de todos: Jesucristo, Nuestro Señor, que consolaba a los pecadores y se compadecía de las turbas que, cansadas del camino, le seguían, ¿De dónde, si no, pensamos que le viene a San Antonio ser el Santo de todo el mundo y uno de los que más goza de popularidad, por no decir el más popular? ¡Porque parece, tan humano y socorre tanto!

Después de los padres de familia vienen los sacerdotes, religiosos y predicadores, que son los padres de las almas. ¡Ojalá para sanar esta sociedad, gangrenada por el vicio y la herejía, enviase el Señor otra vez a San Antonio!. Pero si en persona no, por lo menos otros imitadores de sus huellas, animados de su mismo espíritu y celo, y obradores en las almas de las maravillas que él obró.

De cualquier modo que sea, salta a la vista que nuestro Santo es un perfecto modelo y protector de los padres de almas; y cuanto va dicho hasta aquí es una elocuente demostración de lo mismo. No nos extendemos sobre el particular, porque lo juzgamos innecesario en cosa tan manifiesta y patente.
Mas la virtud culminante de San Antonio era el celo de la gloria de Dios, y en esta virtud sí que debiera ser San Antonio, hoy más que nunca, modelo y protector de todos los cristianos.

Extenso es el campo, y no es obra de un día ni de solas fuerzas humanas arrancar todas las malas hierbas que en él han nacido y arraigado. Tampoco se nos pide eso: se nos pide que luchemos, que trabajemos, según nuestra posibilidad, contra los enemigos de la divina gloria, que rebatamos sus tiros; que procuremos desalojar de sus trincheras a los que en ellas se han parapetado, y que no consintamos que por nuestra desidia y pereza se envalentonen nuestros enemigos y sufra menoscabo la gloria de Dios. Si nos portamos como buenos, cualquiera que sea el resultado final, para nosotros siempre será excelente, y al fin de la jornada recibiremos el premio valiosísimo que, imitando a San Antonio, habremos merecido.

Vida de San Antonio
Apostolado de la Prensa

San Antonio de Padua y la Asunción de la Virgen

El Taumaturgo Paduano, que como es sabido, profesaba una filial y cordialísima devoción a la Madre de Dios, fue en el siglo XIII uno de los más fervorosos y entusiastas propugnadores del misterio de su gloriosa Asunción en: cuerpo y alma a los cielos de modo que la misma vida de San Antonio se encuentra tan estrechamente vinculada a la Asunción de la Virgen, que bien pudiera ocurrir, que lo que a primera vista aparece como una rara coincidencia, sea más bien una especial disposición de la Providencia de Dios, para sus altos e inescrutables designios.

En efecto: nació San Antonio el día de la Asunción, 15 de agosto de 1195, recibió las aguas regeneradoras del Bautismo en una iglesia dedicada a la Asunción, y, próximo a morir, los últimos latidos de su corazón fueron para cantar a la que ha sido exaltada sobre los coros de los Ángeles, aquella sublime y delicada estrofa «O GLORIOSA DOMINA»...

Se refiere también en las biografías del santo un hecho portentoso relacionado con este misterio: La víspera de la Asunción, debía leer Fr. Antonio en el coro el martirologio de Usuardo, sombreado de dudas y reticencias acerca de la glorificación corporal de María, y a tiempo de verse perplejo en si acudir o no al coro, recibe la visita de la Virgen asunta; y llegado el momento de la lectura, entona jubiloso un himno de gloria y exaltación a la Madre de Dios y Madre nuestra, que en cuerpo y alma reina en los cielos, junto a su Divino Hijo, sobre las jerarquías angélicas y sobre todos los bienaventurados.
Pero donde más campea el amor ardentísimo de San Antonio hacia la bienaventurada Virgen María y su celo por defender el misterio de su Asunción gloriosa en cuerpo y alma a los cielos, es en sus escritos, pocos quizás en número, pero preciosos, en verdad, por su contenido.

Sus «Sermones in laudem Beatissimae Maríae Virginis», forman un verdadero tratado martirológico, en que se esclarecen las prerrogativas de la Madre de Dios a la luz de pasajes y sentencias de la Sagrada Escritura, poniendo en juego el Doctor Evangélico todos los resortes de su elocuencia y todo el fuego de su arrebatado amor, para ensalzar a la bienaventurada Virgen María.

Mas para llevar a los fieles de un modo categórico a la consideración provechosa sobre la realidad admirable de la Asunción de la Virgen, compuso San Antonio el famoso discurso «In Asuntione Sanctae Mariae Virginis», al cual aludía a lo largo de otros sermones suyos, como objeto de sus especiales complacencias. En este bellísimo sermón expresa el Santo Doctor todo el contenido del misterio de la Asunción de la Virgen, es decir, su entrada triunfal en cuerpo y alma en la mansión de los bienaventurados, fundándose en aquellas palabras del Deuteronomio: «Y yo llenaré de gloria el lugar donde asentaré mis pies».

A este propósito dice el santo: «El lugar donde asentó sus pies el Señor fue la bienaventurada Virgen María, de quien asumió la humanidad; lugar que glorificó el día de la Asunción, exaltándola sobre los coros de los Ángeles», y concluye con esta rotunda afirmación: «La Santa Virgen fue llevada EN CUERPO al cielo, porque según el cuerpo fue pedestal de los pies del Señor».

Mucho podríamos decir sobre, este tan agradable tema, pero basta con lo anterior, para dar a nuestros lectores una pálida idea del fervor con que san Antonio creyó y propagó la Asunción de la Virgen María a los cielos, y excitar en todos los corazones antonianos afectos de encendida devoción hacia la Madre de Dios y sentimientos de inmenso júbilo ante la proximidad de la declaración dogmática de este inefable y dulcísimo misterio.

Fr. Pacífico Torres, ofm