Página poética

M¡año santo

En año tal descienden
los ángeles, del mundo a las regiones,
y amor divino prenden aquí en los corazones,
y del Cielo nos traen ricos dones.

Es éste un Año Santo
que el Señor, bondadoso, nos depara;
Pío XII, entretanto, como tal lo declara,
y al mundo a celebrarlo así prepara.

Y s¡esto es para todos,
para mí lo es aun más, y en gran manera;
por eso, de mil modos, celebrarlo quisiera
como es digno, y de mí el Señor espera.

M¡vida religiosa
entró ya en el 50 aniversario;
que, aun en mar borrascosa,
m¡esquife solitario
hizo frente y venció a cruel adversario.

Como yo, de igual suerte,
lucharon otros mil, y perecieron;
atrocísima muerte por Dios ellos sufrieron,
y al Cielo, ilustres mártires, subieron.

No ha cesado aún la lucha
de mí en torno, enemigos se congregan,
cuya voz ya se escucha;
males físicos llegan,
y por verme morir cuanto antes bregan.

Moriré cuando el Cielo,
por la gloria de Dios, lo determine;
yo, entretanto, en el suelo
por él mientras camine,
guiando iré a quien al Cielo se encamine.

Tengo yo experto guía
de Fátima en la Reina, m¡Señora;
en la Virgen María, la gran Corredentora
del mortal, y su Madre y Salvadora.

Son, pues, las BODAS DE ORO
de aquella profesión, que un día yo hice,
y que fue el gran tesoro
con que a Dios satisfice,
y el mismo por el cual Dios me bendice.

Por ello a Dios bendigo,
con todo el corazón, el alma y mente;
a ver s¡al fin consigo
aquel premio excelente,
que feliz me ha de hacer eternamente.

 

Fr. Luis Ángel, ofm


Pego, febrero de 1950.

Cervantes, genio de España. Cercantes, terciario franciscano

Soldado, cautivo, alegre,
espíritu siempre en gracia,
flor y nata del ingenio,
escritor de pluma de águila,
padre de Don Quijotísimo,
siempre inquieto, siempre en calma,
Esclavo del Sacramento
y de la Virgen sin mancha:

puesto ya un pie en el estribo,
suspirando eternas ansias,
vistióse de San Francisco,
ciñó la Cuerda Seráfica.

Fr. Juan Bta. Gomis, ofm

Madrid, marzo 1948


La jaulita de palomas de San ]osé

Sabido es que en los tiempos primitivos de la cristiandad, en aquellos años posteriores y próximos a la muerte del Redentor, se escribieron muchos libros acerca de la vida y acontecimientos de Cristo y de su Santísima Madre; ante todo los Libros Sagrados, cuya veracidad es indiscutible, como doctrina de fe; y aparte libros apócrifos que entre algunas ridiculeces, relatan pasajes verosímiles, que pudieron haber ocurrido, y otros manuscritos y Memorias que, escritas con gran conocimiento de la época y ajustándose al carácter de las personas y costumbres de aquel tiempo, vienen a dar origen a multitud de leyendas, que no siendo históricas. pero estando bien fundadas, pueden considerarse como historias que pudieron haber sido.

De estas Memorias y de estos relatos conserváronse multitud de pergaminos en aquellos primitivos monasterios cristianos, herederos tal vez de los archivos de aquella secta de los Esenios, y que guardados cuidadosamente por sus austeros moradores, han podido formar esa hermosa tradición más o menos auténtica, que ha dado vida aparente a ese silencioso misterio que envuelve toda esa vida oculta de Jesús, de María y de San José, que el Evangelio tiene encerrada como en broches de oro, en frases bellísimas y sustanciosas, pero extremadamente breves. Así, pues, podemos decir que de ese manantial legendario de Memorias y pergaminos antiguos han ido surgiendo, como brotes de piedad y de amor a las Sagradas Personas de Nazaret esa floración hermosa de sus leyendas que tanto cautivan a las almas sencillas y sentimentales.

Esta leyenda, pues, que relatamos de la Jaulita de palomas de San José, no es una relación histórica, pero es una de esas historias que pudo haber sido.

Sabido es que la Virgen María tenía un próximo pariente que se llamaba José. Santa Ana, madre de la Virgen, era hija de Mathán, y tenía un hermano llamado Jacob, que fue el padre de San José; así resulta que José y la niña Myriam eran primos hermanos, siendo ya José de 20 años al nacer la niña de Ana, su tía. José era muy querido de sus tíos, porque era sumamente bueno, muy trabajador, muy humilde, un hombre justo, manso y humilde de corazón. Era artesano, y aunque ordinariamente trabajaba en maderas,
era como cuentan las leyendas, notable en trabajos de metales y de piedra, siendo uno de los artífices que trabajo en la reparación del Arca Santa en materiales de bronce y de oro, cuando el Arca Santa hubo de ser reparada y repuesta en el Sancta Sanctorum en aquellos días en que se estaba reconstruyendo el nuevo templo.

Siendo José de la intimidad de sus tíos Joaquín y Ana. era conocedor del gran gozo que se esperaba en la casa; y él, como buen artífice, preparó con grande esmero la cunita en que habían de recostar al recién nacido. Nació la niña y José como los dichosos padres sintió una inmensa alegría al ver aquel sol de la gracia que el cielo les había regalado. Desde ese día no dejó ya José de visitarlos regularmente, sintiendo un cariño respetuoso hacia aquella niña, primita suya, pues, al verla sentía en sí algo extraordinario que hacíale creer que aquella niña estaba destinada para algo grande. aunque no podía dar en qué pudiera consistir ese algo misterioso.

Cuando José visitaba a su primita Myriam nunca iba con las manos vacías. Una vez, cuando ya la niña era mayorcita, trájole una pequeña rueca para que aprendiera a hilar, porque viendo a su madre Santa Ana como hilaba con habilidad, ella quería aprender, y al llevarle José su pequeña rueca la niña saltaba de gozo, y José, enternecido, le besaba tiernamente sus manitas.

Jaula de palomas

Otra vez, como José sabía tocar muy bien el arpa, viendo las ansias de la niña de aprender a tocar, le arregló una arpa pequeña muy linda, y él mismo la enseñaba a tañerla, y como era habilidosa, pronto aprendió y acompañaba el canto de los salmos que su padre Joaquín le enseñaba.

Otro de los deportes, como diríamos ahora, que en aquella casa se cultivaba, era el recrío de las palomas.
Las palomas, avecillas sin hiel, símbolo de la inocencia, eran el encanto de la niña Myriam.

Su madre Santa Ana, según cuenta la leyenda, tenía un grande palomar y todos los días, cuando iba a la fuente, con el cántaro al hombro, subía la colina rodea da de palomas, y cuando llegaba a la fuente, les echaba un puñado de trigo, y con una concha les daba de beber. La niña Myriam, también a veces la acompañaba, y otro pelotón de palomas blanquísimas la rodeaban o precedían, volviendo hacia ella y envolviéndola en sus arrumacos de tierno amor: eran las palomitas que ella recriaba en un gracioso palomar que su primo José le había construido.

Mas llegó un día... Las palomas quedaron tristes; ya no zumbaban sus arrumacos de amor. Myriam, su amita cariñosa, ya no abría el portoncito de su palomar para acariciar a sus palomas y alegrarlas con su sonrisa celestial, como alegran los rayos del sol a la tropa de avecillas que anidan en la fronda de los árboles de los valles y del bosque. Aquellas blanquísimas palomas estaban tristes y desmedradas. Ya no veían aquella manecita de nardos y de jazmines que se abría dulcemente para echarles el yantar de las mañanas; su divino resplandor, que les daba gozo y vida, habíase eclipsada para alumbrar y perfumar otro ambiente Las palomitas blancas estaban tristes. Myriam, la dulce niña, las había abandonado en su lindo palomar. Myriam. siguiendo la voz del cielo había ingresado en el Colegio de Vírgenes del templo; y, lo dejó todo para seguir la voz de Dios.

José la visitaba frecuentemente, y Myriam, que no podía olvidar a sus lindas palomitas, le preguntaba por ellas; se las recordaba por sus nombres, nombres bíblicos que ella les había impuesto. «¿Cómo está m¡paloma Paraíso?», le decía. "¿Cómo arrulla m¡palomita Paz? ¿Y la Ramita de Olivo? ¿Y m¡hijita de Noé?. ¿Cómo vuela m¡Arco Iris y m¡Blanca Nubecilla de los Montes del Carmelo?» Y así se las iba recordando todas.

Un día presentóse José, como de costumbre, para ver a Myriam. Entre otros regalos que le llevaba, era portador de otro más grande envoltorio, que recelaba no fuera visto por la niña antes de que él hablara con la Directora. Débora, que tal era la encargada de las niñas del Santuario, escuchó con interés el relato que le hacía José sobre las palomitas de Myriam, y el ansia que sentía la niña por verlas y tenerlas a su lado.

— Pero ¿cómo harán el patio y la casa andando sueltas? —le indicaba la Señora Directora.

— Para que no ensucien la casa —advirtió José—, llevo también de repuesto el material; que sí lo permites, armaré el palomar en la azotea.

Ante estas prevenciones accedió gustosísima Débora, ansiosa de contemplar las ternuras de Myriam con su palomas.

Sin perder tiempo salió José presuroso, mientras Débora corría a llamar a Myriam. Momentos después entraba José con su envoltorio, y a presencia de la niña descubrió una hermosa jaula con tres parejitas de las blancas palomas de Myriam.

¡Con qué gozo abrió Myriam la jaulita! Y no con menos gozo saltarían las palomas sobre los hombros de la niña, que las iba acariciando. Y como s¡adivinaran su deseo, de Myriam volaron sobre los hombros de Débora, arrullándola con mil ternezas, como agradecidas a su decisión de permitir que quedaran con su amita para recibir sus caricias y entretenerla en sus recreos.

Más previsor el buen José entregó también a la Superiora un saquito de trigo para alimento de las palomas, con la promesa de enviar lo necesario para que no faltase nada, que eso corría por su cuenta.

Finalmente entregó José a Débora un pequeño bulto, envuelto en un lienzo blanco de lino puro, diciéndole: «Es para Myriam; recuerdo de su madre». Lo abrió Débora y encontró una concha. «Es la concha, dijo José con la que Ana, su madre, daba de beber a las palomas.»

Mientras todo esto, ya las palomas habían comenzado a revolotear con algazara, como queriendo dar un concierto, arrullando todas y haciendo la rueda a todos ellos, como para agradecerles la buena acogida que les dieron.

María guardó con extremada gratitud aquella jaulita de José que tanto gozo le había dado.

Entre las arras y el equipo de sus desposorios figuraba la jaulita de José; que María había guardado como prenda de su tierno amor. Y dice la tradición que cuando José y María presentaron a Jesús en el templo, en esa misma jaulita llevaron el par de palomas y de tórtolas, que sirvieron como de precio para redimir al primogénito, según ordenaba la Ley.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

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