Supremas lecciones del Divino Maestro

1ª. El perdón de los enemigos. «Padre, perdónales, porque no saben lo que se hacen.» (Lc 23, 24)

a¿Es lícito odiar, al enemigo? De diversa manera contestan el pagano, el judío el cristiano. Por boca del pagano y del judío habla la pasión diciendo: «Hay que amar al amigo y odiar al enemigo.» El buen cristiano repite y practica la enseñanza de Jesucristo, Verdad eterna: «Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen y orad por los que os persiguen y calumnian... S¡sólo amáis a los que os aman, ¿qué mérito es el vuestro? ¿No hacen también esto los pecadores y los paganos?» (Mt 5, 44-46).

El ejemplo de Jesucristo precedió y acompañó siempre a sus enseñanzas. Más nos enseñó Jesucristo con so ejemplo que con su predicación, la cual no era sino expresión de lo que Jesucristo sentía y predicaba.
Jesús conocía la hipocresía y la malicia del pérfido Judas, y recibió, sin embargo, su beso traidor y aún se esforzó entonces por salvarle: «Amigo, ¿con un beso entregas al que te ama y está dispuesto todavía a perdonarte?» Pendía Jesús de tres clavos y desangrábase entre crueles dolores. En torno suyo cantaban victoria los que le habían crucificado, burlándose de Él e insultándole. Con una palabra hubiera podido arruinarlos; pero Jesús, que ama al pecador para salvarlo, no profirió palabras de venganza, sino palabras de amoroso perdón: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.»

Este perdón es también para nosotros s¡estamos arrepentidos de nuestros pecados.

2ª. Bondadosa misericordia. «Hoy estarás conmigo en el paraíso.» (Lc 23, 43)

Jesús crucificado está desangrándose en media de atrocísimos dolores, y el mundo presencia su agonía con indiferencia o con rabia. «El pueblo lo estaba mirando, y, a una con él, los principales hacían befa de Jesús diciendo: A otros ha salvado; sálvese, pues, a sí mismo s¡él es el Cristo.» (Lc 23, 35).

Uno de los ladrones crucificados junto a Cristo, blasfemaba de él. Su compañero le reprendía: ¿N¡aun tú temes a Dios estando ya en el suplicio? Nosotros bien merecido tenemos el castigo; pero éste ningún mal ha hecho. Y dijo a Jesús: ¡Señor! acuérdate de mí cuando estés en tu reino.» (Lc 23, 40-42).

Este otro ladrón se ha arrepentida de sus crímenes; ha creído en la divinidad de Jesucristo viéndole llagado y moribundo en la cruz: «¡Señor! ¡acuérdate de mí!»... Ha esperado en la omnipotencia de Jesús que va a entrar en su reino; ha amado al Amor misericordioso, y éste Amor se ha inclinado hacia el ladrón rrepentido: «En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso

Hemos nacido todos en pecado y, por desgracia, hemos añadido al pecado de origen nuestros pecados personales. Arrepentidos de ellos hemos acudido a Jesús en el sacramento de la penitencia y hemos oído resonar su amorosa voz en el silencioso secreto de la conciencia: «Ten confianza, hijo mío, tus pecados te son perdonados.» (Mt 9, 2). Jesús es Amor, y abraza amorosamente a todo pecador arrepentido.

Santa María Magdalena de Pazzis vio volar del cadalso al cielo el alma de un público malhechor ajusticiado y arrepentido.

Desde el primer Viernes Santo acá son innumerables los que, dándose golpes de pecho, han pedido a Jesús perdón de sus pecados; y a todos sin excepción ha repetido Jesús la consoladora palabra que devuelve la paz al corazón arrepentido: «Perdonados te son tus pecados; s¡murieras ahora, vendrías conmigo al paraíso

3ª. Amor filial a María. «He ahí a tu Madre.» (Jn 19, 27)

En San Juan, a quien dirigió esta palabra Jesús, estábamos representados todos los cristianos.

María, a quien dijo Jesús: «He ahí a tu hijo», es verdadera Madre espiritual de cada cristiano en particular, y desempeña con él su oficio maternal como s¡sólo él existiera en el mundo. La vida espiritual que recibimos en el bautismo ha brotado de Jesús como fuente, pasando por el corazón amantísimo de María para llegar a nosotros. Nuestra vida espiritual es Jesús. «M¡vida es Cristo». podemos decir todos con S. Pablo; mas no hubiera llegado Cristo a ser vida nuestra s¡María no lo hubiera dado a luz en Belén, y no nos hubiera engendrado a nosotros en el Calvario y dado a luz en el bautismo. María es nuestra Madre. ¡La Madre de Dios es m¡Madre! «¡Ahí tienes a tu Madre!»

A todos ha dicho Jesús esta palabra que, aunque no haya pasado por nuestros oídos, ha llegado a nuestra alma obrando la maravillosa realidad sobrenatural que ella significa.

Plugo a Jesús hacérsela oír a Sta. Gema: «Consideraba, dice ella, que Jesús se me había llevado a mis padres, y a veces me creía desamparada. Aquella mañana. Jesús me repetía cada vez con mayor ternura: Hija mía, siempre estaré contigo. Yo seré tu Padre, y aquélla, señalándome a la Virgen Dolorosa, será tu Madre. Nunca puede faltar la asistencia paternal a quien está en mis brazos; y nada te faltará a t¡aunque te haya quitado todo apoyo y consuelo de la tierra. ¿No eres feliz siendo hija de Jesús y de María?» (Autobiografía.)

Enseñada por Jesús y por su Ángel Custodio, llamaba un día la candorosa Gema a la Sma. Virgen: «Madre mía, Madre mía.» La Sma. Virgen respondióle con cara de alegría: «Tú gozas llamándome Madre: y yo gozo llamándote hija.»

Sí; somos hijos de la Sma. Virgen.

¡Madre de los Desamparados! ruega por nosotros para que seamos buenos hijos tuyos.

4ª. Resignación en el dolor. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt 27, 46; Mc 15, 34)

Jesús está en la cruz expiando nuestros pecados; se ha hecho responsable de ellos; ha cargado voluntariamente con la pena y castigo que nosotros merecíamos, y quiere padecer todo el castigo sin ahorrarse parte alguna de él, n¡siquiera la más triste y dolorosa, la que Jesús naturalmente no podía sentir, la que experimentan las almas en el infierno donde mascan toda la amargura del pecado en su total e irremediable apartamiento de Dios.

Jesús, el Hijo de Dios consubstancial con el Padre: Jesús, cuya sagrada Humanidad está hipostáticamente unida para siempre a la segunda persona de la Santísima Trinidad; Jesús, cuya alma goza desde la Encarnación de la unión beatífica, quiso sentir el desamparo de Dios en la parte inferior de su naturaleza humana; quiso padecer sin consuelo divino y sin ayuda sensible de su Eterno Padre para que el pecado quedase plenísimamente expiado y para que en nuestras tribulaciones y penas gozásemos nosotros del consuelo de Dios.

¡Hondo misterio de dolor el de Jesús crucificado! Jamás la mente humana n¡la angélica lo podrán sondear n¡comprender. N¡siguiera hubiéramos podido sospechar la pena del alma de Jesús al sentirse desamparado de su Padre s¡el mismo Jesús no nos la hubiera manifestado. Nos la hizo saber para consuelo nuestro. Miraba Jesús a sus mártires, a sus confesores v a sus vírgenes: veía las tribulaciones que por ellos habían de pasar por su causa y, compadeciéndoles, quiso tomar para sí lo más amargo y punzante de ellas. Quiso sentir el doloroso desamparo interior de Dios: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has desamparado?»

5ª. Mortificación. «Tengo sed.» (Jn 19, 28)

¡Tengo sed!Había dicho el Profeta hablando en nombre de Jesús: «Se me pega la lengua al paladar.., Para m¡sed me dieron vinagre» (Salmos 21 y 68), y así sucedió puntualmente mientras, herido de pies a cabeza y sin otro apoyo que los clavos que taladraban sus manos y pies, se desangraba Jesús en, la cruz redimiendo nuestras almas y abriéndonos el cielo.

Jesús tuvo sed varias veces en su vida; pero la tuvo muy ardorosa en la cruz, provocada por el copioso derrame de sangre, por el cansancio y por la fiebre. Jesús tuvo entonces sed de agua para sus fauces resecas; y tuvo en su corazón sed de amor de las almas.

Acuciado por esta doble y angustiosa sed, lanzó aquel grito de alarma «Tengo sed.» Estaba pasando doloroso tormento por nosotros y quiso que lo supiéramos para que correspondiésemos a su amor. Sabía que le iban a aplicar a la boca hiel y vinagre, y aceptó este nuevo y cruel tormento previsto y vaticinado siglos antes. No rehusa ningún dolor expiatorio; los abraza todos generosamente para que no rehusemos nosotros la necesaria mortificación cristiana; la mortificación que evita todo pecado; la que nos aparta de toda ocasión de cometerlo; la que nos sostiene en la práctica constante de la virtud. Valiosa mortificación es el sacrificio de nuestros gustitos en aras del deber, y la renuncia a nuestros caprichitos para cumplir la voluntad¡de Dios.

Es verdad que nuestra naturaleza, inclinada a las comodidacies, a los placeres y a los deleites, teme el sacrificio y huye del dolor y no sabe a veces soportar n¡la picadura de un mosquito n¡un leve papirotazo, como decían nuestros clásicos. Es verdad que la naturaleza protesta ante estas ligeras molestias; pero Jesús las abrazó generosamente por amor al Padre y por amor a las almas, y quiere que las abracemos también nosotros: «El que no abraza cada día amorosamente su cruz, no es digno de Mí.» (Lc 14, 27).

Jesús siente todavía sed de almas; murió con sed de hacernos bien, y con esta sed está en el sagrario. Sabe que tenemos gran necesidad de Dios, y quiere que nos lleguemos a Dios por amor.

¡Sí Jesús tiene sed de almas, y las almas tienen sed de Dios: «M¡alma tiene sed del Dios vivo» (Salmo 48).
El P. S. Francisco la sentía tan ardorosa que anhelaba amar a Dios cuanto es posible a humana criatura.

Ame yo a Jesús calmando su sed con mis buenas obras, y Jesús calmará cumplidamente m¡sed de amor a Dios.

6ª. Vida santa. «Todo esté consumado.» (Jn 19, 30)

Todo se ha cumplidoEl que ha cumplido la voluntad de Dios puede descansar tranquilo porque lo ha hecho todo; todo lo que le tocaba hacer.

Jesuscristo vino al mundo precisamente para cumplir la voluntad de Dios y no para otra cosa; y se sometió rendidamente a la voluntad soberana del Pacre en el momento mismo de su encarnación, diciéndole con rendimiento y con humildad jamás igualados por los santos n¡por la misma Sma. Virgen: «Heme aquí que vengo ¡oh Dios mío! para cumplir tu voluntad.» (Hbr 10, 7).

En el cumplimiento de la voluntad de Dios se empleó toda su vida: «Quae placita sunt el facio semper» (Jn 8, 29), y la cumplía con tanta decisión y gusto como tomamos el pan cuando tenemos buen apetito: «M¡comida es hacer la voluntad del que me ha enviado.» (Jn 4, 34).

Sabiendo que en el huerto de los Olivos va a comenzar su pasión, se dirige allá desde el cenáculo «para que conozca el mundo que yo amo al Padre y que cumplo lo que me ha mandado» ( Jn 14, 31). Cuando ha sido ya azotado, coronado de espinas y crucificado; cuando ya ha probado el amargor de la hiel y su alma ha quedado desolada al sentirse desamparada del Padre, exclama penetrado de dolor y lleno a la vez de satisfacción: «Todo está acabado»; he cumplido m¡misión; ya he consumado la Redención y he salvado al hombre.

Dios nos ha puesto en este mundo para que le retornemos en amor todo cuanto nos ha dado por amor. Conociendo Dios, amándole y agradeciendo sus donts, es como se hace este retorno: y por esto el fin del hombres es «conocer, amar y servir a Dios». Todo lo que no sea esto, de nada sirve ante Dios y de nada ha de servirnos en definitiva. Todo el valor y eficacia de nuestra vida se cifra únicamente en que observemos el Decálogo y cumplamos los deberes de nuestro estado que expresan la voluntad de Dios respecto a nosotros. El secreto del éxito está en que cumplamos a todo hora la santa voluntad de, Dios. Sólo así podremos decir en la hora decisiva con Jesucristo: «Todo está consumado»; y con el P. S. Francisco: «He hecho lo que me tocaba»; y coro S. Pablo: «Acabé m¡carrera, conservé la fe y ahora espero tranquilo la corona que me dará el justo Juez.» (2Tes 4, 8).

7ª. Unión con Dios. «Padre, en tus manos encomiendo m¡espíritu.» (Lc 23, 26).

«Estando Jesús para expirar, clamó con voz muy grande y sonora diciendo: Padre mío, en tus manos encomiendo m¡espíritu. Y dicho esto, expiró.» (Lc 23, 46).

Tres evangelistas consignan la circunstancia de este grito de Jesús; grito que no tiene explicación natural estando su cuerpo desangrado y extenuado. Aquella gran voz de Jesús era la voz milagrosa con que daba su vida, no un puro hombre, sino el Hombre-Dios; aquel que con pleno dominio de la vida y de la muerte había dicho: «Nadie me arranca la vida. La doy Yo porque quiero y la recobraré cuando me plazca». (Lc 10, 18).

Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, «que estaba en el principio en Dios, que se encarnó y habitó entre nosotros», es el Buen Pastor que voluntariamente va a «dar su vida por sus ovejas», a fin de que ellas vivan eternamente; va a «dejar el mundo para volver al seno del Padre», y con voz vigorosa y sonora, en la que vibra la omnipotenc:a de Dios, exclama: «Padre mío, en tus manos encomiendo m¡espíritu.»

«El que desde la eternidad estaba en Dios, el que vino a este mundo sin salir del seno del Padre... vuelve al Padre para consumar la unión de nosotros con él y con el Padre.» (San Juan.) «Padre mío, en tus manos encomiendo m¡espíritu.»

Cuando ya vió el P. S. Francisco llegar la muerte, pintóse en su rostro una expresión de serena alegría y dijo levantando sus manos al cielo: «Bienvenida seas, hermana muerte»; y, dejando caer los brazos, oró con débil voz: «Saca, Dios mío, m¡alma de la prisión para alabar tu nombre. Me están aguardando !os justos hasta que me recompenses.»

Para esta recompensa, que será el goce de la misma felicidad de Dios en unión inefable y definitiva con él, hemos sido creados. La esperanza. de esta magnífica recompensa quita su amargor a la muerte y la dulcifica y hace amable.

La vida es para la unión con Dios por la gracia.

La muerte, para la unión eterna con Dios en la gloria. Que la logremos todos por los méritos de nuestra Señor Jesucristo. Amén.

Oración a Jesús crucificado

Jesús, Hijo de Dios, hecho hombre, que por nuestra salvación os dignasteis nacer en un establo, pasar pobremente la vida con incomodidad y escasez, y morir en los atroces dolores de la cruz; os pido digáis a vuestro Padre a la hora de m¡muerte: PADRE, PERDÓNALE; y a vuestra Madre querida: HE AHÍ A TU HIJO; y a m¡alma: HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAISO.

DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¡no me abandonéis en aquella hora!

TENGO SED, Dios mío; m¡alma está sedienta de Vos, que sois fuente de aguas vivas.

M¡vida pasa como sombra, dentro de poco TODO SE HA ACABADO. Por tanto, ¡oh adorable Salvador mío!, desde ahora para toda la ternidad, EN VUESTRAS MANOS ENCOMIENDO MI ESPIRITU.

Señor Jesús, recibid m¡alma, llenadla ahora de vuestra gracia para que sea digna de la eterna gloria. Amén.

Fr. Luis Mestre, ofm