La respuesta del Cid

He visto un asomo de rebeldía en tus ojos, cuando tu padre te estaba reprendiendo y... ¡en verdad que me duele! Y me duele precisamente por eso: porque sabiendo que, en modo alguno eres tú lo que se dice... un granujilla —¡tú qué vas a serlo!—, como tal parecías empeñado en mostrarte.

No; no me mires de ese modo. ¿A qué esos ojos de asombro? Te digo yo que no hay nada que pueda disculpar tu proceder, n¡has de encontrar razón alguna que tu actitud apoye. Así que, como castigo, me vas a hacer el favor de escuchar un corto relato...

Mira: puedes ahorrarte esa sonrisa de pícaro que tus labios esbozan... Sí, hombre, sí; y sé que estás al cabo de la calle en muchas cosas... ¡No te conoceré yo!

¿ Ves...? Mirarme con recelo tampoco... ¡No me mires receloso, caramba! N¡gesto truhanesco n¡recelo alguno quiero mientras que me escuchas. Porque no se trata de un cuento dulzón para niños bobalicones... ¡Bueno estás tú para cuentos! De un hecho histórico se trata y acaecido precisamente en España, hace ya unos cuantos siglos. Préstame atención, anda... Siempre te has confiado en mí en los momentos difíciles y sabes que sienmpre te he ayudado...

Ahora tengo verdadero interés de que sepas lo que un padre significaba para el más esforzado paladín que cabalgara aquellos siglos...

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Una mancha gris bajo una mancha azul. Y en la mancha gris, la cinta blanca de un camino polvoriento.

Luce el día. En el añil del cielo y en el confín del horizonte, nubes extrañas fingen maravillosas rutas. Arde el sol ibérico:.. ¡¡Es Castilla!!

En Castilla, una fortaleza; la guarnecen unas torres; un pequeño bosque la respalda...

Guardan la fortaleza, pesadas puertas herrumbrosas. El patio es angosto y triste. No hay ningún atractivo amable en la severa austeridad de esta mansión enclavada en el mismísimo corazón castellano. Y, sin embargo... ¡esto es VIVAR!; ¡este es el SOLAR DEL CID! ¡¡Estos páramos tristes que a VIVAR circundan... son los que RUY DIAZ a diario cruza!!

Late en el aire de VIVAR como un soplo de antigüedad heroica... De vez en cuando, el franciscano diálogo de unas aves escuálidas, prende en el azul armoniosas resonancias...

La majestuosa figura de: CAMPEADOR, su regio continente y frente olímpica, su luenga barba lilial... ¡mejor fondo no hallaría!

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Torna de Cintra, el scheik Jabbias... ¡Fíjate: mira cuán lucido cortejo ¡e acompaña...!

Misión diplomática llevóle y, a juzgar por el contento que a su rostro asoma, satisfecho de su misión regresa.

Avanza el cortejo... La señorial altivez del scheik destaca como una joya engarzada en el oro de su séquito. Más que un scheik parece un rey. Dentro de nada has de verle rey en Toledo...

Una brisa de epopeya hace ondear las banderas sobre las bruñidas lanzas. En el rielar de las armas, ponen los blancos alquiceles un temblor de palomas azoradas...

Acrece el sol la fuerza de sus rayos... En lo alto de la torre del homenaje, recortada en azul, flamea la enseña de don Diego, padre del CID. Aún es vivo don Diego y la enseña, semeja un corazón que de inquietud palpita y al viento die, las juveniles estrofas del filial desafío:

«Non es de sesudos homes
n¡de infanzones de pró,
facer denuesto a un fidalgo
que es tenudo, más que vos...»

Quiere el moro saludar «al que en buena çinxó espada». Favor precioso le debe y al CID le llevan velas de buen deseo que el corazón le empujan.

El aire lleno de polvo y el día lleno de sol, presta brillo sudoroso a la fatiga.

Traspuesto el linde de VIVAR, mascan el aire los corceles como s¡mascasen rosas... La fatiga se esfuma con el vaho de laurel que los cascos levantan.

Siente el scheik en el alma los pujos de un cordial abrazo que busca prodigarse, y la admiración pone un tierno brillo en las pupilas contempladoras del adusto páramo donde VIVAR se halla...

El Cid

Próximo a la fortaleza queda el séquito distante...

El scheik avanza... Se adentra en ella luego. En el estrecho patio, un hombre vuelto de espaldas, cubierto el cuerpo con un cuero sin curtir, desnudos los brazos, cura las llagas a un viejo jumento.

Los mesurados pasos del scheik armonizan con la calma del hombre al limpiar con una almohaza el cuerpo de la cabalgadura. En el suelo, un saco de avena próxima, una silla; más allá, un arnés.

¡Qué altivo el scheik! Solemnemente se dirige al hombre que en tal menester se ocupa, para decirle:

«¿Sabes, villano, s¡está el CID en su casa?»

Y el hombre entonces abandona la tarea, vuélvese con lentitud —¡qué sonrisa aquella, la del barbado rostro!— y responde mirando con fijeza los ojos del scheik:

«Está el CID... ¡El CID te habla...!» Y el scheik le reconoce y asombrado exclama:

«El CID eres, en verdad... —y añacle—: ¿Pero es posible...? Tú, el héroe cuyas hazañas los míos admiran; tú, el CAMPEADOR, sostén de tronos, conquistador infatigable... ; tú, el CID, cabalgador de BABIECA, potro con nervios ele acero y encendido resuello de corazón enamorado...; ¡tú, de este modo vestido, entregado a estos menesteres...!»

Y el CID sonríe, mientras el scheik prosigue:

«Cuando el pasado verano te vi... ¡yo prisionero, tú, vencedor!, en el palacio del rey, tenías el majestuoso porte del conquistador del Ebro,... ¿Recuerdas, CID...?

»Lucía en tu mano la TIZONA v ta arrogtancia en aquella corte destacaba a tal extremo que, s¡el rey te preceilía... semejaba el encargado de anunciarte; y al seguirte... ¡parecía que formaba parte del brillante séquito que contigo llevabas!»

Una sonrisa, toda luz, nimba el rostro del CAMPEADOR...

«La nobleza sentíase orgullosa de pertenecer a tu servidumbre. Altivos duques que, henchidos de vanidad a nade hacían caso, poníanse en pie cuando tú pasabas... Lucías un traje magnífico... Tú, CID, tan sobrio siempre, ostentabas entonces una armadura deslumbrante y mis ojos, fascinados, te veían como una aparición surgida de una Arabia de ensueño...

»Era dulce y afable tu cortesía... Ninguno como el CID... ¡Nadie como tú, Nadie, por alto que fuese —infante, príncipe o rey—, podía igualarse a ti. ¡Nadie era demasiado alto para tu talla! Y era tal tu arrogancia que, de saludar las águilas... ¡a tu paso, te habrían saludado!

»Entonces...»

Y el CID le detiene con un gesto para decirle:

«ENTONCES ESTABA EL CID... EN EL PALACIO DE UN REY.»

El scheik prosigue:

«Comprende, CID, m¡extrañeza... Allí eras el primero... El peso del prodigio hacía inclinar nuestros vencidos turbantes... ¡Pasaba el CID! ¡En cambio, ahora... !»

Este es un instante en que todos los sonidos se esconden tras un iceberg de silencio, temerosos de las palabras que el CID apresta:

«AHORA, SCHEIK —le dice con orgullo—; ¡¡AHORA ESTA EL CID EN LA CASA DE SU PADRE... !!»

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En el añil del cielo de Castilla, hienden el aire las palabras del CID, luego de prender en las almenas de la fortaleza un temblor de emoción...

Pasa volando una golondrina, por llevarse en las alas estas palabras que escapan del ROMANCERO y crecen y se multiplican y se hacen cielo... y cubren llanuras y ríos y montes, porque los hombres sientan, allá en la hondura entrañable, el luminoso temblor con que fueron pronunciadas...

¡Y el scheik comprende...! ¡Y el CID se ufana...!

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« iAHORA, ESTA EL CID EN LA CASA DE SU PADRE...!» Puede que algún día te dés cuenta de lo que el CID dijera... Has de sentir entonces que, el odio haya brotado en tu corazón; que el rencor haya dejado en él una semilla...

Pero... ¡cómo! ¿Estás llorando...? Entonces... es verdad que te arrepientes... ¡Y ya te lo han perdonado!

Soleriestrich

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