Los cuadros de nuestro altar de San Antonio
La página central de este número reproduce los lienzos con que el cálido y suave pincel del artista valenciano D. Manuel Diago ha decorado el altar de San Antonio, centro de la devoción antoniana de Valencia. El primero presento al Taumaturgo paduano como Padre de los pobres, recordando la piadosa obra del Pan de S. Antonio. El segundo nos ofrece una página de su celo apostólico con el sermón de los peces. Estas cuartillas no pretenden otra cosa que ilustrar uno y otro cuadro.
1. La obra del Pan de los pobres.
En marzo de 1890, una piadosa señora de Tolón, dueña de una modesta tienda de lienzos, al pretender abrir su almacén observó que había perdido la llave. Llamado el cerrajero, probó éste cuantas llaves maestras tenía en su taller, y no logrando su objeto, trató de descerrajar la puerta; mas la señora Luisa Bouffier, que así se llamaba la dueña del establecimiento, acordándose en aquel instante de San Antonio de Padua, se sintió movida a ofrecerle una limosna de pan en favor de los pobres s¡se abría el almacén sin arrancar la cerradura. «Aguarde usted, maestro —dijo—. Acabo de ofrecer una limosna a los pobres, s¡San Antonio hace un milagro; pruebe usted de nuevo cualquiera de las llaves que acaba de usar». Lo hizo así, y la primera llave que introdujo, abrió la puerta, sin ofrecer la más pequeña resistencia.
Grande fue la sorpresa y la gratitud de la piadosa señora Bouffier, y no menos la admiración de las personas que presenciaron el suceso; tanto, que algunos días después eran ya muchas las que acudían a San Antonio en sus necesidades: ofreciendo limosnas de pan.
Una amiga de la señora Bouffier, testigo de los primeros milagros, hizo promesa de dar un kilo de pan diario durante todo su vida, s¡lograba, que cierta persona de su familia abandonase un vicio que desde antiguo le esclavizaba. A poco, la gracia fue concedida, el vicio desapareció, y la señora, además de comenzar a cumplir puntualmente su promesa, compró una estatua de San Antonio, y se la regaló a la señora Bouffier para que la colocase en un cuartito de la trastienda, convertido en improvisado oratorio.
A contar desde ese día, fueron innumerables las gentes que comenzaron a acudir a aquel rinconcito a pagar al Santo los favores y gracias recibidos. Algún tiempo después, ascendía a medio millón de francos el importe de pan que la señora Bouffier repartía mensualmente a los pobres. Pronto se estableció esta obra en las Iglesias, con los cepillos del pan de San Antonio. Y hoy día son innumerables, los pobres que se ven socorridos en todo el mundo gracias a la compasión del Santo Paduano.
2. El sermón de los peces.
Predicaba el Santo en Rímini, asiento entonces de los herejes valdenses. No pudiendo éstos impedir su predicación, dijeron a, todos los vecinos la consigna de que nadie acudiese a oírle. De esta suerte, haciendo el vacío a su alrededor, y empleando la conspiración del silencio, lograrían, por fin, que se marchase.
Lleno de la mayor desolación, a causa de la obstinación de aquellos herejes, se levantó cierta mañana Antonio, y después de haber celebrado el, santo sacrificio de la Misa en la iglesia desierta, se dirigió por inspiración divina a orillas del mar, junto a la desembocadura del río Marechia, y llamó, en nombre de Dios, a los seres que los habitaban, diciendo: «¡Peces del río, peces del mar, escuchadme! A vosotros voy a dirigiros la palabra, ya que estos pérfidos herejes no quieren escucharla».
Apenas hubo pronunciado estas últimas palabras, las aguas del mar y del río antes tranquilas, se conmovieron instantáneamente, y por entre sus azuladas ondas comenzaron a asomarse, en variedad indefinida, multitud de peces, los cuales, colocándose por orden, delante los pequeños y detrás los más grandes, escucharon atónitos la encantadora plática del Santo Taumaturgo; y cual s¡fueran capaces de comprender su significado, meneaban. las cabecitas, dando signos de escucharla con admiración y gusto.
Entretanto, habíase reunido en la playa un inmenso gentío, lleno de asombro ante tan extraño acontecimiento. Entonces se volvió el Santo a los pertinaces herejes y les exhortó a que, siguiendo siquiera el ejemplo de los mudos habitantes del mar, hicieran reverencia a su Dios. Sus palabras tuvieron esta vez el deseado efecto: Rímin¡entró por el buen camino, y los efectos de la misión fue
Fr. Joaquín Sanchis Alventosa, ofm
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